jueves, 19 de mayo de 2016

PÍO XII, EN EL UMBRAL DE UNA NUEVA ÉPOCA I



Pío XII comienza su pontificado poco antes del inicio de la segunda guerra mundial. También le tocó conocer su fin el 6 de agosto de 1945, con el estallido público de la primera bomba atómica.

Pío XII se halla así en el quicio entre un mundo que desaparece y otro que nace. Prepara la dinámica explosión de espíritu del Concilio Vaticano II.

De su pontificado, en esta primera parte, se consideran los siguientes aspectos:

Þ      La búsqueda de la paz
Þ      Una nueva primavera de la esperanza
Þ      El ecumenismo
Þ      La esperanza universal

Pontífice en la grave hora para la paz

La paz internacional es uno de los componentes principales de la común es­peranza. La paz dijo es  «el primer anhelo que Dios ha sacado de Nuestro corazón de padre».


El 9 de abril de 1939, en la solemnidad de la Pascua, en su homilía: «Vemos en muchas regiones a los ciuda­danos inquietos y ansiosos por el temor de males mayores que  parecen anunciarse». Son los pecados humanos la causa de las quiebras de la paz, por lo cual Cristo instituyó en el día pascual de la paz el sacramento de la confesión en el Cenáculo. La paz es obra de la justicia y de la caridad de Cristo.

Siete días más tarde Pío XII dirigía a la nación española un mensaje de felicitación: «por la paz y la victoria, con que Dios se ha dignado coronar el heroísmo cristiano de vuestra fe y caridad, probado en tantos y  generosos sufrimientos».
El 24 de agosto, ocho días antes del estallido de la guerra:

«Una hora grave suena nuevamente para la familia humana —comienza el patético mensaje—... Armados solamente con la palabra de la Verdad, por encima de las públicas tensiones y pasiones, os hablamos (oh hombres de Estado y responsables del mundo) en el nombre de Dios, de quien toda paternidad toma el nombre... Inminente es el peligro, pero aún es tiempo. Nada está perdido con la paz. Todo puede estar perdido con la guerra».

El 24 de noviembre, en la Basílica Vaticana, el Papa dirige en la Misa una Homilía sobre la guerra y la paz. «No, la consumación de los siglos no ha llegado todavía». Pero si esto es así, sin embargo «sentimos en Nuestro corazón que la hora pre­sente es una fase de la grave historia de la humanidad, que ha sido anunciada por Cristo».

El 31 de mayo de 1942, en el 25 aniversario de su congregación episcopal,  declara que  este tiempo de guerra «aparece como viva representación de la realidad de las palabras del Salvador: Se levantará una nación contra otra y un reino contra otro reino, y habrá pestes, hambres y terremotos por las regiones».

Pío XII en el mensaje radiado al mundo, al día siguiente del armisticio, el 9 de mayo de 1945, recordará que la paz sólo es posible en Cristo y pedirá al Señor que cumpla su promesa profética, transformando la paz humana y terrena de las armas en paz celeste y divina.

«La guerra ha suscitado en todas partes discordia, desconfianza y odio. Por consiguiente, si el mundo quiere recuperar la paz, urge que desaparezcan la mentira y el rencor y en su lugar reinen soberanas la verdad y la caridad.
«Por tanto, antes que nada supliquemos con instancia en nuestras plega­rias cotidianas al Dios de amor, que cumpla su promesa hecha por boca del profeta Ezequiel: Yo les daré un corazón unánime, infundiré un nuevo espíritu en su interior y arrancaré de sus entrañas el corazón de piedra y lo sustituiré por un corazón de carne, para que caminen por el camino de mis preceptos y observen mis juicios y los pongan por obra, y ellos sean mi pueblo y Yo sea su Dios (Ez., u, 19-20).
«¡Que el Señor se digne despertar este nuevo espíritu en los pueblos y particularmente en los corazones de aquellos a quienes ha sido confiado el cuidado de establecer la futura paz! Entonces, y solamente entonces, el mundo resucitado evitará la vuelta del tremendo azote y reinará la verdadera, estable y universal fraternidad, y la paz garantizada por Cristo, aun en la tierra, a quienes quieran creer y esperar en su ley de amor» (T. 624).

El 2  de junio de 1945 expone por primera vez las razones por las que no ha querido hablar de los crímenes nazis, para evitar el grave riesgo a muchos inocentes.

Aprovecharemos esta oportunidad para señalar algunos datos:

Þ      en 1943 ofreció su oro y su propio pectoral pontificio para el rescate que los nazis exigieron a los judíos de Roma, bajo amenaza de deportación colectiva.
Þ      el 29 de noviembre de 1945 recibe a un grupo de judíos prófugos, que vienen a él, porque le consideran defensor suyo.
Þ      la Ministro israelí Golda Meir, dedica un elogio a su memoria.
Þ      en 1955, la Orquesta Nacional de Israel actúa en el Vaticano en un concierto de agradecimiento al Pontífice por su acción en favor de los judíos.
Þ      es su propio Secretario de Estado durante toda la guerra Montini, después Pablo VI, quien con la autoridad pontifical le defiende ante las propias autoridades de la Jerusalén israelí, en su viaje a Jerusalén, al salir del estado de Israel


La nueva primavera de la esperanza

El 2 de octubre de 1955, hablando a las jovenes de Acción Católica Italiana:

«Observad, queridas hijas, el mundo en que vivimos; considerad el tiempo al que muchos signos señalan como uno de los más resolutivos de la historia del cristianismo. Parece, en efecto, como si Dios estuviese pre­parando a la humanidad entera algo verdaderamente insólito» (T. 650).

Pero es especialmente en su, del

El 19 de marzo de 1958, seis meses antes de su muerte discurso a los jóvenes de la Acción Católica Ita­liana:

«Mirad, queridos jóvenes, el mundo que está delante de vosotros. Mirad el pasado remoto, reciente y recientísimo, y no podréis menos de decir que por muchos aspectos venimos de un oscuro invierno.
«Pero si detrás de vosotros ha quedado el invierno, ante vosotros está prometedor, luminoso y fecundo, el verano: Prope est aestas, el verano está próximo» (T. 664).
«El estío vendrá, queridos hijos, y vendrá cuajado de abundantes cose­chas. La tierra bañada de lágrimas, sonreirá con perlas de amor y, rociada con la sangre de los mártires, hará germinar cristianos... Como en todas las primaveras, también en la inmediata no faltarán los vientos y las tem­pestades: la Iglesia no ha terminado su martirio» (T. 664).

Pío XII y los cristianos separados de Roma
a) Oriente y los cristianos separados

El 20 de octubre de 1939, en su primera Encíclica «Summi Pontificatus»:

«No queremos pasar en silencio el profundo eco de conmovido reco­nocimiento que suscitó en Nuestro corazón la felicitación de aquellos que, sin pertenecer al cuerpo visible de la Iglesia Católica, en su nobleza y sin­ceridad no han dejado de sentir todo lo que en el amor a la persona de Cristo o en la fe en Dios, les une a Nos. Vaya a todos ellos la expresión de Nuestra gratitud. Los encomendamos a todos y a cada uno a la protec­ción y a la dirección del Señor, y aseguramos solemnemente que sólo un pen­samiento domina Nuestra mente: imitar el ejemplo del Buen Pastor, para conducir a todos a la verdadera felicidad, para que tengan vida y la tengan más abundante (Jn., 10, 10)».

La Encíclica sobre el Cuerpo Místico de Cristo, del 29 de junio del año de 1943, expone claramente el deseo de que los separados vuelvan su vista hacia la iglesia «y se esfuercen por salir de un estado en el que no pueden estar seguros de su salvación eterna; porque aunque sus deseos y votos inconscientes se orientan hacia el Cuerpo Místico de Cristo, están privados de todos los dones y socorros celestiales de los que no se puede gozar más que en la Iglesia universal». Y les exhorta por ello a entrar en la única Iglesia fundada por Jesucristo.

El 9 de abril de 1944, en la Encíclica  «Orientalis Ecclesiae», en el 15o centenario de la muerte de San Cirilo de Alejandría:

«Sepan que Nos, movidos por la misma caridad que Nuestros Prede­cesores, procuramos principalmente con perpetuos deseos y oraciones que, removidos felizmente los obstáculos inveterados, brille por fin aquel día en que haya un solo rebaño y en un solo redil, obedeciendo con corazones unánimes a Jesucristo y a su Vicario en la tierra» (T. 304).

Sumamente importante, en la apertura del Año Santo de 1950, es la Instrucción del Santo Oficio sobre el Movimiento ecuménico; publicada el 20 de diciembre de 1949.

«La Iglesia Católica, aunque no interviene en los congresos y reuniones «ecuménicos» (nótese que la palabra es subrayada por la misma Instrucción), sin embargo nunca cesa, como puede verse en muchos documentos ponti­ficios, ni cesará en adelante, de favorecer con intensísimos anhelos, y fomen­tar con asiduas oraciones a Dios, todos los esfuerzos por realizar aquello que tan dentro del corazón de Cristo Señor está, es decir, que todos los que creen en El sean consumados en uno (Jn., 17, 23)...
«Ahora bien, en muchas regiones del mundo, ya por los variados acon­tecimientos exteriores y mudanzas de actitudes, ya principalmente por las oraciones comunes de los fieles, bajo la acción de la gracia del Espíritu Santo (afflante quidem Spiritus Sancti gratia), crece continuamente en los corazones de muchos separados de la Iglesia Católica el deseo de que se vuelva a la unidad de todos los que creen en Cristo el Señor» (T. 627 a).

Este reconocimiento de que la obra del movimiento ecuménico proviene de la gracia inspiradora del Espíritu Santo.

El 8 de septiembre de 1951, la Encíclica «Sempiternus Rex» sobre el Concilio de Calcedonia, cuyo 15 centenario:

«Oh dolor, muchos en las regiones orientales a lo largo de los siglos se apartaron desgraciadamente de la unidad del Cuerpo Místico de Cristo, de la cual es un hermosísimo modelo (spectatissimum exemplar) la unión hipostática: ¿No es acaso cosa santa, saludable y conforme a la voluntad de Dios, que todos vuelvan por fin algún día al único rebaño de Cristo?» (T. 311).

El 5 de junio de 1954 la Encíclica sobre San Bonifacio, «Ecclesiae fastos:

«Nos, así como deseamos esto vehementemente, así lo pedimos con suplicantes oraciones al dador de los dones celestiales, para que por fin se cumpla el anhelado deseo de todos los buenos, que todos sean una sola cosa y que todos se vuelvan hacia la unidad del rebaño para ser apacen­tados por un solo pastor» (T. 315).

La Alocución a la Federación Inter­nacional de Hombres Católicos, el 8 de diciembre de 1957:

«El sacrificio de los fieles perseguidos, unido al del Redentor, es aún más precioso a los ojos de Dios que el celo de los apóstoles; de él espe­ramos, en el día de la misericordia, el retomo a la unidad de pueblos enteros, hoy oprimidos y separados violentamente del único rebaño pre­parado por el buen Pastor» (T. 322).


b) Pío XII, Rusia y el comunismo

Es célebre la posición tomada por el Pontífice frente al comunismo con el conocido Decreto del Santo Oficio, del 1 de julio de 1949, excluyendo de los sacramentos a los católicos que diesen su favor al comunismo.

Sin embargo Pío XII, colocado por necesidad enfrente del gran enemigo de la Iglesia, supo distinguir perfectamente entre la forma política comunista, que regía al pueblo ruso, atea y materialista, y el mismo pueblo, impregnado de piedad en el alma profunda y uno de los miembros más ilustres del cristianismo separado.

Tres documentos del Pontífice en relación con esta Rusia cristiana.

1.- La Carta «Singulari animi», del 12 de mayo de 1939, acerca de la conmemoración de los 950 años del bautismo de San Vladimiro y- de la conversión de Rusia al cristianismo. En ella, deplora las presentes circunstancias de opresión religiosa que el gran pueblo padece, confiando en que desaparezca esta triste situación algún día.

2.- El 7 de julio de 1952 la Epístola Apostólica «Sacro vergente anno», dedicada a los «Carissimis Russiae populis». En ella consagra el pueblo ruso al Corazón Inmaculado de María. Ya había hecho una especial men­ción del pueblo ruso en 1942 en la Consagración del Mundo al Corazón de María. Al consagrar expresamente el propio pueblo ruso a María y a su Corazón Inmaculado, con la esperanza de que «la libertad de la Iglesia sea un hecho cuanto antes» (T. 640), donde Ella es honrada «no puede faltar la esperanza de salvación».

3.- La Carta «Novimus vos» del 20 de enero de 1956, con ocasión del milenario del bautismo de la Princesa Santa Olga, que dio después origen a la conversión de Rusia.

«Confiad, os decimos: Nos que siempre hemos mostrado tan amante voluntad a todas las comunidades orientales de la Iglesia, del mismo modo que Nuestros Predecesores, juntamos Nuestras ardientes oraciones con las vuestras y las dirigimos juntamente con vosotros al trono de Dios, para que todo aquel amadísimo pueblo, del cual muchos se apartaron del redil del solo rebaño más por las circunstancias de los tiempos que por mala voluntad, vuelvan cuanto antes movidos por la divina inspiración a la unidad católica y, por lo tanto, a Nos...-» (T. 321).

La esperanza  universal de Pío XII

El Pontífice Pío XII proclamó de manera clara con voz de acento profético la esperanza universal de la Iglesia respecto del futuro religioso del mundo.

El 2 de junio de 1939, en su Alocución a los Cardenales del día de San Eugenio:

«Esto, ¿qué es sino la oración por la paz entre los pueblos, que la Iglesia, ya desde la aurora del cristianismo, alzaba a aquel Dios que ansia de todos los hombres que se salven y lleguen al conocimiento de la verdad?» (T. 606)

En su Encíclica «Summi Pontificatus» del 20 de octubre, declara que el fin propio de la misión de la Iglesia consiste en «actuar en la tierra el plan divino de instaurar en Cristo todas las cosas, las de los cielos y las de la tierra» (T. 609-610).

a) La esperanza de la plenitud religiosa universal

El 24 de junio de 1944 Alocución a las Obras misionales. Declara que la universalidad de la fe y del amor, propia de la Iglesia, la estimula e incita «hacia la meta a la cual tiende, de hacer coincidir los confines del Reino de Dios con los del mundo».

Hablando el 28 de abril a los Dirigentes de las Obras Misionales:

«La parábola del Buen Pastor, que la Santa Iglesia ponía ayer en los labios de todos los predicadores del Evangelio, expresa a maravilla el senti­miento que Nos urge y que anima también vuestros corazones, Venerables Hermanos y queridos hijos, frente al esfuerzo gigante que falta por hacer para que no haya más que un solo rebaño y un solo pastor» (T. 312).

El único rebaño y pastor del mundo entero, ya que se dirige a las obras misio­nales. Es movido por el «amor ardiente de Cristo, que hace decir: Tengo tam­bién otras ovejas que no son de este redil y es preciso que las traiga» (ib.)


El 8 de diciembre de 1954, al clausurar el año mariano de la Inmaculada, dirige el mensaje radiado a la «Casa de  María».

«Conscientes de la necesidad y posibilidad de una más amplia y asidua predicación del Evangelio de Jesucristo, hemos asumido el oficio de llamar a toda la Iglesia a una gran obra, lanzando aquel «grito de alerta» al que hacen eco en adelante Pastores y fieles en tantas partes del mundo.
«Tenemos firme confianza de que, en un tiempo quizás menor de cuanto sería humanamente previsible, el mal podrá ser detenido en su marcha y el bien podrá tener sus pacíficas y constructivas victorias. Nada se haría sin una ayuda especialísima de Dios, y ésta ciertamente no faltará. Pero se necesitan también almas generosas, ya que Dios quiere en sus obras la coope­ración de los hombres» (T. 645).


En la Encíclica sobre el Sagrado Corazón de Jesús, la «Haurietis Aquas», el 15 de mayo de 1956, ha­llamos un pasaje que descubre la esperanza uni­versal de la Iglesia.

«Aunque la piedad para con el Santísimo Corazón de Jesús ha pro­ducido en todas partes frutos saludables de vida cristiana, a nadie, sin embargo, se le escapa que la Iglesia militante en la tierra, y sobre todo la sociedad civil de los hombres, no han alcanzado todavía aquella forma plena y perfecta de perfección que responda a los deseos y anhelos de Jesucristo, místico  Esposo  de  la  Iglesia  y Redentor del  género humano»  (T.  653).

No han alcanzado esta plenitud de perfección «todavía». Pero esa «plenitud de perfección» que Jesucristo le desea y ha fijado, ¿en qué consiste y hasta dónde llega?:

«Porque (en eso consiste que no la han alcanzado) no pocos hijos de la Iglesia afean con demasiadas arrugas y manchas el rostro de esa Madre que en sí reflejan; no todos los cristianos brillan con aquella santidad de costumbres a que son llamados por Dios; no todos los pecadores han vuelto a la casa del Padre abandonada de mala manera... no todos los paganos se cuentan todavía entre los miembros del Cuerpo Místico de Cristo» (T. 653).

b)    La esperanza del día de la fe universal

Diez testimonios de Pío XII se refieren al día de la fe universal del mundo.

1 — 29 octubre 1939. Homilía en la Consagración de doce Obispos Misioneros.

«Pedimos al Supremo Príncipe de los Pastores que inspire y proteja con su gracia celestial vuestros viajes y empresas apostólicas, y que brille por fin el día, en el que, gracias también a vuestro trabajo, el divino Rey "dominará de un mar al otro mar y desde el río hasta los extremos de la tierra"» (T. 611).

2 — 25 febrero 1941. Alocución a los Párrocos y Predicadores cuaresmales.
         
«¡Cuándo vendrá aquel día en que todo el mundo será de Cristo y en que de todas sus ovejas desviadas y errantes se haga un solo pastor y un solo rebaño!» (T. 300).

3 — 2 junio 1942. Alocución a los Cardenales en el día de San Eugenio.

«A una tal Iglesia Dios, no lo dudéis, ha marcado el tiempo en que vendrán a ella   innumerables   entendimientos   e   innumerables   corazones, que todavía  dan oído a otras voces y siguen  otros ideales o más bien otros ídolos falaces.
Ese día debe llegar y llegará, porque no hay sílaba de Dios que se pierda, en el que la humanidad extraviada por el error y el engaño, estará dis­puesta a escuchar con nuevo interés y con nueva esperanza el sermón de la montaña, del amor y de la fraternidad no mentirosa» (T. 616).

4 — 19 noviembre 1953. Discurso a los Embajadores en el Vaticano.

«La gravedad de los males actuales no debe quitar a nadie la confianza en un porvenir mejor.
«La verdad y la justicia no son sólo palabras. Tienen la fuerza misma del Altísimo, que las garantiza, se hace su defensor y, desde ahora, a pesar de las apariencias, pone en el corazón de sus hijos la certeza del triunfo final de la paz en la estima recíproca de los pueblos.
Que el Todopoderoso os conceda a vosotros y a vuestros países respec­tivos ver el alba de ese día que todos desean y por el cual muchos no vacilan en ofrecer hoy sus sufrimientos y su vida» (T. 642).

5 — 8 diciembre 1954. Mensaje radiado en la inauguración de la «Casa de María».

«Nos oramos, para que el soplo divino de la gracia, como el viento impe­tuoso de Pentecostés, llene no sólo vuestra Domus, vuestra Casa, sino toda la Iglesia.
Nos oramos a Jesús, para que apresure el día que ha de venir en el que una nueva misteriosa efusión del Espíritu Santo investirá a todos los soldados de Cristo y a todos los enviará, como portadores de salvación, entre las miserias de la tierra. Y serán días mejores para la Iglesia; serán a través de la Iglesia— días mejores para todo el mundo» (T. 647).

6 — 26 junio 1955. Alocución a los Ferroviarios Romanos.

«Así la gracia de Dios y la buena voluntad de todos vosotros y de todos los demás trabajadores cristianos esparcidos por toda Italia, acelerarán la venida de aquel día en que Jesús reinará en los corazones y en el mundo» (T. 649).

7 — 1 abril 1956. Mensaje radiado del día de Pascua.

«Apresúrese la hora en que toda la tierra, iluminada por los fulgores del Rey eterno, se regocije, como vosotros en este día, por sentirse liberada de la oscuridad espiritual, en nuestros días tan densa» (T. 652).

8 — 21 abril 1957. Mensaje radiado del día de Pascua.

«¡Ven, Señor! La humanidad no tiene fuerza para quitar la piedra que ella misma ha fabricado, intentando impedir tu vuelta. Envía tu ángel, oh Señor, y haz que nuestra noche se ilumine como el día. ¡Cuántos corazones, oh Señor, te esperan! ¡Cuántas almas se consumen por apresurar el día en que Tú solo vivirás y reinarás en los corazones! ¡Ven, Señor Jesús! ¡Hay tantos indicios de que tu vuelta no está lejana!» (T. 656).
9 — 16 mayo 1958. Alocución a los Dirigentes del Consejo de la NATO.

«¡Quiera Dios apresurar la aurora de aquel día en que todos los hombres le rendirán el homenaje de su fe y de su amor! Ellos forjarán las cadenas que enlazarán a los hombres juntos en armonía y paz» (T. 666).

10 — 11 setiembre 1958. Alocución al Instituto Nacional de Previsión de España.

«Recordadle a la Virgen que a Ella, a su Corazón Inmaculado y ma­ternal, no menos que a su potentísima intercesión, encomendamos todo, para que esta pobre humanidad pueda finalmente ver la luz primera de aquel día en que, resplandeciendo sobre el universo el sol de la justicia y de la caridad, todo reverdezca, todo se renueve y florezca en un suave aire de serenidad y de paz» (T. 668).

Primero. Al referirse a ese tiempo, el Pontífice marca su convicción de su futura existencia en la forma de expresar su contenido con futuros verbales absolutos. En aquel día, «el divino Rey dominará de un extremo al otro de la tierra», «todo el mundo será de Cristo», «habrá una nueva efusión de gracias del Espíritu», «Jesús reinará en los corazones», «los hombres todos le rendirán el homenaje de su fe».

Segundo. Por tres veces en ellos encontramos afirmada con es­pecial vigor la esperanza de ese día, con palabras que expresan una certeza fundamentada en palabras del mismo Señor. Así dice que «ese día debe llegar y llegará, porque no hay sílaba de Dios que se pierda», y en otro testimonio que «el Altísimo es quien pone en el corazón de sus hijos la certeza del triunfo final de la paz, fundada en la verdad y la justicia». O en otro testimonio, que ese día «ha de venir».

Finalmente, exceptuando un testimonio, todos los demás no podrían rectamente interpretarse del triunfo final en el cielo, sino que suponen la fe y la Iglesia, existiendo en la tierra. El testimonio que nos parece que puede referirse más claramente a la segunda venida del Señor es el de 1957, en el que dice que entonces «Jesús solo reinará en los corazones» y habla de «la vuelta del Señor». Pero, con esta ocasión, indicaremos que el Pontífice afirma que «hay muchos indicios de que esta vuelta del Señor no está lejana».. Escribe el resto de tu post aquí.

lunes, 9 de mayo de 2016

Pío XII, el umbral de una nueva época

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domingo, 24 de abril de 2016

PÍO XI, EL PONTIFICE DE CRISTO REY (II)

En la segunda parte de este capítulo V del libro “El Mundo será de Cristo” del P. Juan Manuel Igartua S.J. podemos encontrar de forma esquemática las siguientes cuestiones:

1.- El Reino de Cristo y las Esperanzas de la Iglesia.

 Encíclica Quas Primas (11-12- 1925): Resume la doctrina y la parte de la institución de la fiesta de Cristo Rey.
 Encíclica Miserentissimus Redemptor (1928): Compara el Corazón de Jesús a dos signos de paz: el arco iris y la cruz que vio Constantino.
 Examina la liturgia de la fiesta de Cristo Rey, tanto en la Liturgia de las horas como en las oraciones de la Misa de la fiesta de Cristo Rey.
 Consagración del Mundo al Corazón de Jesús de León XIII. Pío XI la renueva y manda hacer en adelante el día de la fiesta de Cristo Rey y las modificaciones introducidas en la fórmula de León XII

2.- Pío XI, Pontífice de la paz 

 Lista de documentos sobre la paz
 Encíclica Impéndete (1931) pide ayuda para los hombres necesitados (crisis económica mundial)
 Alocución de Navidad de 1932. Las grandes persecuciones a la Iglesia: México, Rusia y España.

3.- Visión panorámica del pontificado de Pío XI

 Innumerables santos elevados a los altares (beatificaciones y canonizaciones) sobre todo el año santo 1925. Destaca la beatificación y canonización de Teresita de Lisieux, “Estrella de su pontificado”
 Enseñanza magisterial de carácter político y social: Ubi arcano (1922- paz); Mens Nostra (1929 – ejercicios espirituales); Divini illius Magistri (1929 – educación cristiana); Casti connubii (1930 – Matrimonio cristiano); Quadragesimo anno (1931 – cuestión obrera); Non abbiamo bisogno (1931 – Defensa de la Acción católica frente a las agresiones del fascismo); Divini Redmptoris (1937, condena del comunismo); Mit Brennenger Sorge (1937 – condena del nazismo).
 Enseñanza sobre la verdad. Srudiorum duce (1923 – Santo Tomás de Aquino).
 Tratado de Letrán. La independencia del Estado Vaticano

1.- El Reino de Cristo y las Esperanzas de la Iglesia

Durante el primer Jubileo de 1925, Pío XI aprovechó esta gran solemnidad para proclamar las esperanzas de la Iglesia. El 29 de mayo promulgó el nuevo Año Santo para 1925 con la Bula «Infinita Dei misericordia».

Señalaba en ella tres fines del Jubileo:

  La paz, no jurídica sólo, sino de las almas y corazones, la paz en Europa;
 La unidad: «que todos los acatólicos vengan a la verdadera Iglesia de Cristo»;
 Los asuntos de Palestina, la tierra del Señor.

Podemos decir que el recuerdo más destacado del Año Santo y su culminación fue la institución de la fiesta de Cristo Rey y la doctrina sobre su realeza expuesta en la Encíclica «Quas primas», del 11 de diciembre, al finalizar el año.

Encíclica Quas Primas (11-12- 1925)

La Encíclica «Quas primas» reconoce doctrinalmente la tradicional enseñanza de la Iglesia sobre Cristo, Rey del universo, y para inculcarlo, instituye la fiesta de Cristo Rey.

Comienza la Encíclica por declarar que la paz de Cristo es solamente posible en el Reino de Cristo. Cristo es Rey principalmente por su unión hipostática y la concesión por el Padre del Reino universal en su glorificación.

Los fundamentos bíblicos y litúrgicos de este título de Cristo son expuestos antes de pasar a declarar las cualidades del Reino de Cristo, por el que Cristo Hombre tiene las potestades supremas del universo, como Legislador, Juez y Gobernante.

La Encíclica declara que el Reino de Cristo, según el Evangelio, «no es de este mundo», es decir, que es espiritual y no se opone a los estados terrenos o temporales. Sin embargo, proclama abiertamente la Encíclica que sería un error torpe no reconocer el dominio del mismo Cristo aun sobre las cosas temporales, pues es Dios-Hombre Rey universal, pero que Cristo no pretende ejercitar este dominio temporal.

El Reino de Cristo —como ya declaró León XIII en Annum sacrum— es de carácter plenamente universal: «su soberanía se extiende a todos los hombres». Con las propias palabras de León XIII, que Pío XI hace suyas, recuerda que no sólo los católicos, ni solamente los cristianos, aunque separados, pertenecen al derecho de Cristo, según la formal declaración de León XIII en su Encíclica, sino también los no cristianos, «cuantos existen privados de la fe cristiana»: musulmanes, judíos, grandes religiones del mundo, idólatras también. Todos ellos, «con toda verdad toda la universalidad del género humano, está bajo la potestad de Jesucristo» (T. 584).

Y no solamente los hombres como individuos, sino también como seres sociales, las naciones y pueblos de los hombres. De donde fluye el carácter eminentemente social del Reino de Cristo. De aquí la obligación de los jefes de las naciones, prosigue la Encíclica, de prestar a Cristo pública reverencia y obediencia.

La Fiesta de Cristo Rey, signo de las esperanzas de la Iglesia

La Encíclica en su segunda parte trata de la fiesta de Cristo Rey. La Encíclica instituye la fiesta litúrgica de Cristo Rey en la Iglesia, pensando, que más contribuye a la enseñanza de las doctrinas teológicas eclesiales la instauración de las fiestas litúrgicas, que solas las enseñanzas doctrinales de los documentos del magisterio.
Así en diversos tiempos la Iglesia ha instituido varias fiestas litúrgicas, como las de los Mártires, la Virgen y los Santos, y en un orden de cosas más afín con la de Cristo Rey, la del Corpus y la del Sagrado Corazón de Jesús.
Estas fiestas se han introducido para remediar a determinadas necesidades espirituales del pueblo católico. La fiesta de Cristo Rey es introducida como remedio «contra el laicismo, peste de nuestra época». La fiesta de la soberanía de Cristo, no solamente sobre los individuos, sino también sobre la sociedad civil.
Las naciones podrán recordar con esta fiesta, «que los magistrados y gobernantes están obligados, lo mismo que los particulares, a dar honor y obe¬diencia públicamente a Cristo», y que en el día del Juicio último del mundo les será pedida cuenta de esta obligación.
Pero esta fiesta de Cristo Rey tiene otro valor en relación con la esperanza ecuménica de la Iglesia: «La solemnidad anual de Cristo Rey, que se celebrará desde ahora, Nos da muy buena esperanza de que la sociedad humana se apresurará a volver con buenos auspicios al amantísimo Salvador».

Encíclica «Miserentissimus Redemptor» (1928)

Empieza la Encíclica por recordar que el Señor ha prometido estar con su Iglesia y asistirla con su protección hasta el fin del mundo. A esta promesa pertenece la manifestación del Sagrado Corazón a Santa Margarita Alacoque en Paray le Monial.
El Sagrado Corazón es un signo de esperanza puesto por Dios en su Iglesia en los tiempos actuales, frente a los gravísimos peligros de hoy.
El testimonio de León XIII comparando la señal constantiniana de la cruz en el lábaro con el Sagrado Corazón en la Iglesia actual, es completado con la comparación con el arco iris dado por Dios a Noé en el tiempo del diluvio.

Vamos a analizar esta triple señal de esperanza.
La nueva señal de alianza de Dios con su Iglesia, señal de misericordia, por tanto, es el Corazón de Jesús. La segunda comparación, que es la que estableció León XIII en su texto: «Estando la Iglesia oprimida por el yugo imperial, en los tiempos próximos a sus orígenes, fue vista en la altura por un joven emperador una Cruz, presagio y causa juntamente de la amplísima victoria que después se siguió. «He aquí otra señal divinísima y llena de presagios, que se ofrece hoy a la vista: es decir, el Sacratísimo Corazón de Jesús, con la Cruz sobrepuesta, luciendo entre las llamas con brillantísimo resplandor».

El Corazón de Jesús es, pues, señal de esperanza cierta de la salvación de la sociedad humana en la tierra. Y aquí es cuando el Pontífice proclama solemnemente el valor de signo de la esperanza ecuménica que tiene esta fiesta en la Iglesia:

«Al hacer esto, no sólo colocamos a plena luz la soberanía que Cristo tiene sobre todo el universo, sobre la sociedad, tanto civil como doméstica, y sobre los individuos, a) sino que también cogimos de antemano ya entonces el gozo de aquel día. lleno de presagios, b) en el que todo el orbe gustosa y voluntariamente obedecerá el suavísimo dominio de Cristo Rey». «Todo el orbe voluntaria y gustosamente se someterá a su obediencia».

La formulación indica con plena claridad un día futuro o época en que todo el orbe será cristiano socialmente. Este día tiene su anticipo en la fiesta de Cristo Rey.

La liturgia de la fiesta de Cristo Rey

El Oficio divino expresa en el Himno de Vísperas la petición de que los extraviados se reúnan en un solo rebaño. El Himno de Laudes expresa de manera universal la petición de la Iglesia: el orbe entero sometido a Cristo Rey y adorándole en la paz universal, he aquí la forma plástica en que la esperanza es propuesta en forma de petición en el Oficio.
En la liturgia de la Misa: Primero en la Oración o Colecta propia de la Fiesta: «Omnipotente y sempiterno Dios, que quisiste instaurar todas las cosas en tu amado Hijo Rey del universo: concede, te rogamos, que todas las familias de las naciones disgregadas por la herida del pecado, se sometan a su suavísimo imperio».
También la Oración sobre las ofrendas o Secreta formula de modo equivalente la misma petición «Te ofrecemos, Señor, la Hostia de la reconciliación humana: otorga, te rogamos, que Aquel a quien inmolamos en el presente sacrificio conceda a todas las naciones los dones de la unidad y de la paz». También aquí la petición es para todas las naciones, que se reúnan en la uni¬dad de Cristo, o sea en su fe, y el don de la paz universal.

2.- Pío XI, Pontífice en la angustia de la paz

El Pontificado de Pío XI se desarrolla después de la guerra europea de 1914-18, desde 1922 hasta 1939, los diecisiete años pontificales de Pío XI tienen una aurora de paz insegura, y un «atardecer tempestuoso» en vísperas de la segunda guerra mundial.

He aquí la lista de varios documentos sobre la paz al principio de su pontificado:
 7 abril 1922 - Carta «Con vivo piacere» sobre la reunión de Ginebra
 29 abril 1922 - Carta al Cardenal Gasparri «il vivissimo desiderio».
 6 agosto 1922 - Carta Apostólica «7 disordini» sobre la paz en Italia.
 28 octubre 1922 - Carta Apostólica «Ora sonó» sobre la paz en Italia.
 27 junio 1923 - Carta al Secretario de Estado «Quando nel principio» sobre la paz.
 21 octubre 1923 - Carta al Cardenal Vicario «Prope adsunt dies» sobre la celebración de Misas por los muertos de la guerra.

La Encíclica «Nova impéndete del 2 de octubre de 1931, ante la gravísima crisis económica y laboral del mundo, que sume en el hambre a multitudes, llama a los hombres para ayudar a sus hermanos necesitados. Ya el Papa advierte una de las causas de la presente necesidad en la carrera de armamentos que se inicia de nuevo.

De nuevo en su Alocución navideña de 1932, donde ya se siente el dolor de las tres grandes persecuciones clavadas en su corazón: Méjico, Rusia y España, que ha iniciado su camino de dolor sectario, arrojando al destierro al Cardenal Primado (el cardenal Segura).

Su gran documento sobre la tremenda crisis que comienza es la Encíclica «Caritate Christi compulsi» del 3 de mayo de 1932, en la que compara gravemente la actual catástrofe del mundo con el diluvio universal, y propone como remedios contra la causa de los pecados, la oración y la penitencia.

El Papa de la fe intrépida, en un mismo mes, Marzo de 1937, lanza las tres graves Encíclicas que denuncian el peligro comunista ruso, el peligro alemán y la tragedia mejicana. Y en setiembre del mismo año, en su Encíclica del Rosario, atribuyendo su curación a Santa Teresa del Niño Jesús, pide más oraciones por el mundo en peligro. En un Radiomensaje al mundo el 29 de setiembre de 1938, el Papa dice: «... Indeciblemente agradecidos por las oraciones que se han hecho por parte de los fieles del mundo entero para pedir por Nos, ofrecemos de todo corazón esta vida que por tales oraciones el Señor Nos ha concedido y como renovado, la ofrecemos por la salvación y por la paz del mundo». Cuatro meses más tarde el Señor tomaba la vida, inmolada en caridad, de Pío XI.

3.- El Pontífice piadoso y del Tratado de Letrán

La profunda piedad de su Pontificado queda destacada por varios documentos sobre diversos Santos emanados de su pluma y las numero¬sas beatificaciones y canonizaciones por él realizadas. Entre los primeros po¬demos mencionar las Cartas sobre San Ignacio y San Javier al General de la Compañía (3 diciembre 1922), sobre San Francisco de Sales (26 enero 1923), sobre San Josafat (12 noviembre 1923), sobre San Columbano (6 agosto 1923), San Bernardo de Mentón, patrono de los alpinistas alpinos (20 agosto 1923), sobre la Invención de la Cruz (Viernes Santo 1926), sobre San Francisco de Asís (30 abril 1926), sobre San Luis Gonzaga (13 junio 1926), sobre el culto divino (20 diciembre 1928), sobre San Wenceslao (4 marzo 1929), sobre San Agustín (20 abril 1930), sobre San Alberto Magno (16 diciembre 1931), sobre San Beda el Venerable (27 mayo 1935). Destaca la Encíclica «Miserentissimus Redemptor» sobre la reparación en el culto al Sagrado Corazón (8 mayo 1928), con la «Quas primas» sobre Cristo Rey.

Los Santos elevados a los altares por Pío XI en los tres años jubilares: desde Santa Teresa del Niño Jesús, su primera Santa y «Estrella de su Pontificado», beatificada en 1922. En 1925, Año Santo, Santa Teresa del Niño Jesús, Pedro Canisio, Magdalena Postel, Sofía Barat, el Cura de Ars y Juan Eudes; beatifica a Imbert, Eymard, Gianelli, Strambi, Cafasso, Soubirous, M. Sacramento y BB. Ursulinas, y en 1929 beatifica a Fournet, Thouvet, Cappitanio, Sales y Saltamochio, Filippini, Garicoits, MM. Damasco, MM. de París, Piriot. En su año jubilar segundo, aniversario de su sacerdocio, canoniza en 1930 a Catalina Thomas, L. Filippini, Teófilo de Corte, Juan Brebeuf y compañeros mártires del Canadá, y Roberto Belarmino, beatificando en 1929 a Bosco, Teresa Redi, La Colombiére, Carboniano, Camporubeo, los MM. Ingleses, Ogilvie, y en 1930 a Frassineti y Conrado Parzham; en el tercer año Santo, el jubilar de la Redención en 1933, beatifica a Eufrasia Pelletier, Vicenta Gerosa, Gema Galgani, José Pignatelli y Catalina Labouré, y canoniza a Andrés H. Fournet y Bernardeta Soubirous, y en 1934 en el mismo Año Santo, canoniza a la M. Thouvet, la Madre Sacramento, Luisa Marillac, José Cottolengo, y a Bosco y Parzham antes beatificados. En 1935, a los dos grandes ingleses Fisher y Tomás Moro, Cardenal y Canciller del Reino respectivamente, y en 1938 a Bobola, Leonardi y Salvador Horta.

Su acción social queda patente en sus grandes Encíclicas:

1922 - Ubi arcano, sobre el Reino de Cristo y la paz de Cristo.
1929 - Mens Nostra, sobre los ejercicios espirituales.
1929 - Divini illius Magistri, sobre la educación cristiana.
1930 - Casti connubii, sobre el matrimonio cristiano.
1931 - Quadragesimo anno, sobre la condición de los obreros.
1931 - Non abbiamo, sobre la Acción Católica.
1935 - Ad Catholici sacerdotii, sobre el sacerdocio.
1936 - Vigilanti cura, sobre el cine.

Su aspecto de protector e impulsor de la ciencia se muestra en su Encíclica Studiorum Ducem sobre Santo Tomás de Aquino (29 junio 1923), el Motu Proprio «Litterarum latinarum» (19 octubre 1924), el Motu Proprio «7 primitivi cimiteri», sobre arqueología sagrada (11 diciembre 1926), la Constitución Apos¬tólica «Deus scientiarum Dominus» (14 mayo 1931).

Sellaron su gran Pontificado los tres Jubileos que, siguiendo el estilo de León XIII, proclamó, y la firma del célebre Tratado de Letrán. Sus tres Jubileos: el de 1925, Año Santo de gran conmoción católica y esplendor; el de 1929, en sus cincuenta años de sacerdocio, y el de 1933 en el centenario de la Redención.

El Tratado de Letrán confiere al Romano Pontífice el rango soberano y libre que le era necesario para desarrollar su católica labor, y prepara así, lo mismo que por su rápida y genial organización de la Ciudad del Vaticano. Con razón se ha escrito en elogio suyo, de este Vicario de la Verdad, que «decía la verdad a todos, aunque no les resultase grata». Pero el más autorizado de los elogios de Pío XI y la mejor expresión de la esperanza ecuménica de su pensamiento, lo hallamos en labios de su íntimo cola¬borador, y Sucesor después en el Pontificado, Pío XII: «Pío XI, sentado en el solio de San Pedro como en la cima más alta de los Alpes por él escalada, dirigía alrededor su vista sobre el horizonte turbado de los pueblos, enfrentados y olvidados de Dios y de su Cristo, Pacificador del cielo y de la tierra; e invocaba, a guisa de estrella polar de su Pontificado, la Paz de Cristo en el Reino de Cristo . Escribe el resto de tu post aquí.

sábado, 27 de febrero de 2016

Pío XI, el Pontífice de Cristo Rey (II)

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domingo, 14 de febrero de 2016

PIÓ XI, EL PONTIFICE DE CRISTO REY (I)

El 6 de febrero de 1922 era elegido Pontífice el Cardenal de Milán, Mons. Aquiles Ratti, con el nombre pontifical de Pío XI. Fue la voz de la esperanza del Reino de Cristo en un mundo aún alejado de El.

1.- La paz de Cristo en el Reino de Cristo

De los dos lemas se sus predecesores hizo el suyo:

«(…) Y deseamos que Nuestra obra sea tal cual la que realizaron en favor del orbe católico Nuestros dos próximos Antece­sores: de los cuales uno (Pío X) trabajó por «instaurar todas las cosas en Cristo», el otro no cesó de persuadir a los hombres «la paz cristiana».
«Los propósitos de ambos en el Pontificado, queremos Nos de tal manera reducirlos a uno, que sea como Nuestro lema: la paz de Cristo en el Reino de Cristo (Pax Christi in Regno Christi)».

En su primera Encíclica «Ubi arcano» del 23 de diciembre, expone qué es la paz y cómo solamente la paz de Cristo es la paz de verdadero nombre.

«Sigúese, por tanto, que no puede existir paz verdadera, es decir, la anhe­lada paz de Cristo, en ninguna manera, si la doctrina, preceptos, ejemplos de Cristo no son guardados fielmente por todos en su forma de vida privada y pública...
«De lo dicho queda claro que no existe paz de Cristo sino en el Reino de Cristo (…) Nos, buscando junta­mente lo que ambos Predecesores Nuestros se propusieron, trataremos con el máximo empeño de buscar «la paz de Cristo en el Reino de Cristo».

En la Encíclica «Quas primas», Pío XI vuelve a recordar su lema:

«Dijimos también que no habría esperanza cierta de paz permanente entre los hombres mientras los individuos y las naciones negasen y rehusasen el imperio de nuestro Salvador. Y así como advertimos que se ha de buscar la paz de Cristo en el Reino de Cristo, así dijimos que lo procuraríamos en cuanto Nos fuese posible».

En la Encíclica «Divini Redemptoris» (1937) contra el peligro del comunismo ateo:

«(…)  «Esperamos, esperamos, espe­ramos siempre en la Paz de Cristo en el Reino de Cristo».


2.- La esperanza de la  Paz de Cristo: Un solo rebaño y un solo Pastor

a) La esperanza de un solo rebaño y pastor en toda la tierra

En la conmemoración del centenario de Propaganda Fide:

«Esta audiencia Nos ha hecho volver a los comienzos en el Cenáculo de nuestra fe. Hemos visto, en una amplia y bellísima muestra, la verificación de aquel deseo que Dios mismo inspiraba: Alabe al Señor toda lengua».

La Alocución a los Cardenales, en el primer Consistorio, el 11 de diciembre 1922:

«Este principado de la caridad, del que hablamos, es consecuencia del principado de dignidad y de gobierno; y el mismo existe en el Pontí­fice Romano por la conciencia misma de la paternidad universal, la cual viene de Dios, por quien existe toda paternidad en el cielo y en la tierra, y ha sido comunicada por Jesucristo al Pontífice en Pedro con estas pala­bras: Apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas; palabras que se refie­ren a todos, que o ya están en el rebaño o son destinados a el, hasta que se haga un solo rebaño y un solo pastor, (donec fiat unum ovile et unus pastor)».

La Encíclica Ubi arcano propone el programa y lema de acción de Pío XI, «La Paz de Cristo en el Reino de Cristo».:
«Cuando Nos miramos en derredor, desde este como observatorio y ata­laya de la Sede Apostólica, Venerables Hermanos, se Nos presentan todavía muchos en número excesivo, los cuales o ignorando totalmente a Cristo (los no cristianos: penitus Christum ignorantes) o no conservando su íntegra y pura doctrina (los separados de Occidente, protestantes: non eius integram germanamque doctrinam retinentes) o no conservando la unidad prescrita (los separados de Oriente: praescriptamve unitatem) no son aún de este re­dil, al cual sin embargo son destinados por Dios».

El texto prosigue, y llega a la mención literal de la profética afirmación de Jesús:

«Y su Vicario no puede menos de recibir con plena alegría, repitiéndola en su memoria, aquella profecía del mismo Cristo: Y oirán mi voz, y se hará un solo rebaño y un solo pastor» (T. 264).

Pero todavía la afirmación de certeza de la esperanza va a afirmarse más:

«Y hágalo Dios así, que, como lo pedimos con deseos y oraciones unánimes Nos con Vosotros, Venerables Hermanos, y con vuestros grupos de fieles respectivos, veamos, cuanto antes, comprobada por el anhelado suceso, esta suavísima y cierta profecía del divino Corazón».

Tal vez no haya ningún otro Pontífice que lo haya repetido tantas veces. Vamos a mostrar estos diversos pasajes, en los cuales se califica a la afirmación de Jesús expresamente de profecía, funda­mento de la esperanza del Pontífice:

a)      Alocución a los Orientales de Roma (6 diciembre 1923): « (…) que se realice la unidad del rebaño bajo un solo pastor. Aspiración de su Corazón, y al mismo tiempo profecía, puesto que en realidad El dijo: fiet, es cosa que sucederá, habrá un solo rebaño y un solo pastor»
b)      Alocución en Consistorio semipúblico ante el patriarca greco-melquita (21 junio 1928). «Invocando el deseo y profecía juntamente del Salvador: se hará un solo rebaño y un solo pasto.
c)      Alocución a la asociación de policías de Londres (7 octubre 1927): « (…)  auspicio de aquel día¡y quiera Dios que venga pronto!en el cual el divino Pastor pueda ver realizada su profecía: Se hará un solo rebaño y un solo pastor».
d)      Alocución al Instituto Pontificio Oriental (25 abril 1929): «El Santo Padre (…) espera para la realización de aquella divina unidad de las almas en el único rebaño, que es suspiro y promesa del supremo Pastor divino».
e)       Alocución en la lectura del Decreto de martirio de los BB. Fisher y Moro (10 febrero de 1935) - « (…) se realice en la medida más amplia y en el tiempo más breve posible la divina plegaria, plegaria que es también profe­cía (…) que se haga un solo rebaño y un solo pastor».

b)    Pío XI y la esperanza de retorno de los separados de Oriente

Hay hasta 26 testimonios de Pío XI en relación con el Oriente sepa­rado y con la esperanza de su retorno a la casa del Padre.

Destacan por su importancia las dos Encíclicas Ecclesiam Dei, sobre San Josafat, de 1923, y «Rerum Orientaliumn, de 1928, sobre los estudios orientales. El texto más característico pueda ser el 25 de la serie, donde pide que los pueblos de Oriente «reconozcan sinceramente el imperio dulce y universal de Cristo». Es también característica la frase del n.° 23: «Las porciones desprendidas de una roca aurífera son también ellas aurí­feras».    

c)   Pío XI y Rusia: los disidentes y los ateos

En el interés del Pontífice Romano por los pueblos del Oriente, los pueblos Es­lavos ocupan un lugar singular.

La acción de Pío XI en favor del pueblo ruso se abre con un acto de caridad. La indulgencia concedida a la jaculatoria «Salvador del mundo, salva a Rusia».

El encargo hecho a la Orden Benedictina de crear un monasterio de rito oriental, va dirigido de modo especial al pensamiento de Rusia disidente:
«¿Qué podríamos desear Nos más vivamente que ver a todos los cristianos, haciendo cesar su anta­gonismo hereditario, restablecer entre ellos la perfecta unidad de la Iglesia católica, para no formar más que un solo rebaño y un solo pastor? Este deseo lo dirigimos con un especial amor al inmenso pueblo de Rusia».

La Constitución Apostólica «Quam cúrame del 15 de agosto de 1929 instituye jurídicamente un Seminario de sacerdotes para Rusia, cuya primera piedra fue puesta en 1928 en el monte Esquilino, junto a Santa María la Mayor.

«No hay ninguna esperanza humana de que las cosas religiosas mejoren en Rusia. Pero, puesto que Nuestra fe Nos enseña a creer en la esperanza contra esperanza (Rom., 4, 18), porque no hay cosa imposible para Dios (Lc. I, 37),...»; y por esto decide crear el Seminario de sacerdotes para Rusia, para cuando llegue «el tiempo de la misericordia».

Este Seminario Ruso o Russicum es puesto en el mismo documento institu­cional bajo la especial protección de Santa Teresa del Niño Jesús, cuyo nombre llevará.

Por esta misma razón quiso indul­genciar en este mismo año de 1929 una oración a la Santa en favor del pueblo ruso, donde le pide los bienes espirituales abundantes para el gran pueblo a fin de que, «vuelto espontáneamente al único redil, que el Corazón amante de Cristo resucitado confió por entero a San Pedro y a sus Sucesores, guste por fin la alegría de glorificar en la comunión de la Santa Iglesia Católica al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo».

El año 1930, por el Motu Proprio del 6 de abril «Inde ab inito Pontificatu», disponía que la Comisión Pontificia pro Rusia, ya existente, fuese separada de la Congregación de asuntos Orientales y funcionase independientemente, por el aumento de preocupaciones creadas por los asuntos rusos, ya en su nación ya fuera de ella.

El Jubileo del Centenario de la Redención celebrado en 1933, fue extendido al mundo entero en 1934 por la Constitución Apostólica del 2 de abril «Quod superiore anno». En ella Pío XI, a la vista de los enormes crímenes y sacrilegios contra Dios de los ateos militantes, cuyo triste grito «Sin Dios y contra Dios» es conmemorado, dispone que durante el año jubilar se haga reparación por estos pecados, para alcanzar misericordia de Dios para Rusia, y establece un acto en la Basílica Vaticana con dicho fin. Ya en 1930 había establecido la celebración de una Misa en la Basílica aquel 19 de marzo para reparar estos mismos pecados, que comenzaban a entristecer profundamente su alma, con la Carta «Ci conmuovono» del 2 de febrero, además de la reparación con el fin de «la salvación de tantas almas puestas en tan duras y difíciles pruebas, el alivio de Nuestro ama­dísimo pueblo ruso, y para que individuos y pueblos eslavos vuelvan cuanto antes al único rebaño del único Salvador y Libertador, Nuestro Señor Jesucristo».

Llegado a 1937, en el ocaso de su ardiente energía, saca nuevas fuerzas a la vista del inmenso peligro que se cierne sobre el mundo y condena enérgica­mente el comunismo ruso con la célebre Encíclica «Divini Redemptoris», del 19 de marzo1937.

«Nos, levantados a lo alto los ojos, fortalecidos por la fuerza de la fe, parece como que vemos los nuevos cielos y nueva tierra, de que habla Nuestro primer Predecesor San Pedro (2 Pedr., 3, 13). Y mientras se des­vanecen las cosas que prometen para esta vida mortal los mentirosos pre­goneros del error, después de haber dado lugar a tantos crímenes y dolores, resuena en cierto modo muy alegremente desde el cielo lo que el divino Redentor profetizó en el Apocalipsis: He aquí que hago nuevas todas las cosas».. Escribe el resto de tu post aquí.