sábado, 18 de febrero de 2017

Pablo VI, realizador del Concilio Vaticano II


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lunes, 30 de enero de 2017



La Alocución del Pontífice en el Sínodo Romano

Juan XXIII el 25 de enero de 1959 hizo pública en la Basílica de San Pablo su decisión de convocar un Concilio Ecuménico. Acompañó el anuncio de otras dos decisiones importantes: un Sínodo Romano; y la puesta al día del Derecho Canónico.

En la  Alocución de la tercera sesión, el 27 de enero de 1960, enumera los llamados «egotismos» de Cristo en el evangelio de Juan y dice que el más bello de todos, y resume todos: Yo soy el Buen Pastor.

Describe en la Alocución tres recuerdos de su vida: la Beatificación del Santo Cura de Ars, patrono de los sacerdotes, en 1950; la coronación pontifical, en la Basílica Vaticana, de Pío X, en 1903; y finalmente, el 4 de noviembre de 1958, la escena de la coronación pontifical propia, en la que se paró la comitiva junto a la estatua de san Gregorio Magno.

Sigue un comentario del capítulo 10 del Evangelio de San Juan sobre el Buen Pastor.

«Entre los innumerables beneficios con que el benignísimo Dios se ha dignado honrar, como abrumar Nuestra humilde persona, contamos como el principal y más precioso, que desde la infancia hasta la edad de ancianidad actual, la imagen de Jesucristo divino Pastor siempre atrajera suave y fuertemente Nuestro ánimo.
«Y esto Nos infunde una esperanza cierta de que, cuando llegue la hora de volver al Padre, entonces también brille la misma dulcísima imagen ante Nos, y pueda recrear el final de la vida terrena. La suavidad de este divino Pastor, como se derrama en todo el capítulo décimo del Evangelio de San Juan, es tan grande que resistirle, o no querer sujetarse a ella, nadie lo puede sin peligro de su salvación y felicidad eternas»

Comienza con el recuerdo de la entrada por la puerta del pastor (Juan, 10, 1-2), y añade: «Palabras con las cuales parece quedar abierta en cierto modo la puerta y que el pastor entra por ella, que conoce a todas sus ovejas y las llama por su nombre». En lo relativo al final de la parábola, dice:

«Especialmente hay que advertir, al final de esta parábola en que se trata del Buen Pastor, que Cristo Jesús reitera las mismas palabras y menciona a su divino Padre, con cuya luz iluminada nuestra mente se levanta y abre a lo sublime: Como me conoce a mí el Padre, así yo conozco al Padre: y doy mi vida por mis ovejas... Por eso me ama el Padre, porque yo doy mi vida (Jn., 10, 15).

«Y finalmente El mismo, dando la última pincelada, a manera de pintor a esta imagen del Buen Pastor, añade: Y tengo otras ovejas, que no son de este redil; y a éstas también es preciso que las traiga, y oirán mi voz y se hará un solo rebaño y un solo pastor.
¡De qué gozo Nos llenan estas palabras afirmativas con las que este futuro suceso clara y firmemente es anunciado:

Oirán mi voz y se hará un solo rebaño y un solo pastor.

Según la mente de este pasaje—, la profecía del solo rebaño y pastor se cumplirá, con gozo de la Iglesia, cuando los pueblos no cristianos hoy día entren en la Iglesia en todo el mundo. Entonces habrá un solo rebaño y un solo pastor.

Finalmente, un decreto, relativo al Sínodo Romano, mandaba:

«Libro II, parte 1.a, a. 228, 2.—Los católicos ofrezcan oraciones intensas a Dios, para que todos se congreguen en un solo rebaño bajo la guía de un solo pastor».

Al indicar a los católicos romanos su deber de orar a Dios para que todos se reúnan en un  solo rebaño, no pone concreción alguna limitativa del  todo. Son, por lo tanto, todos los que de cualquier modo están fuera del rebaño los que se ha de pedir entren a formar parte de él. Se trata de formar un único rebaño, formado de todos los hombres, que aún no lo forman.


Juan XXIII y la esperanza ecuménica en el Concilio Vaticano II

Documentos relativos al Concilio sobre la esperanza ecuménica

El P. Igartua S.J. examina nueve documentos, de los cuales seis pertenecen a la preparación inicial del Concilio, mientras los tres últimos ya corresponden al inmediato desarrollo del Concilio: la Encíclica «Poenitentiam agere», de 1 de julio de 1962; la Alocución de Apertura del Concilio; y la Carta a los Obispos «Mirabilis Ule», a continuación de la primera sesión conciliar.

1.- El 25 de enero de 1959: Anuncio del Concilio. Presenta a los ojos de sus oyentes el panorama triste de los cristianos de la Iglesia, divididos entre sí a lo largo de los siglos. Y frente a este panorama presenta de nuevo el ideal católico tal como fue concebido por Jesucristo para el mundo: «el bienestar y la felicidad del mundo han sido concebidos por el anuncio de Jesucristo como un solo rebaño bajo la guía de un solo pastor».

Su esperanza, pues, desde el principio, está dirigida a reunir, partiendo del Concilio, de nuevo el único rebaño.

2.- El 3 de abril de 1959: Alocución a la Federación de Universidades Católicas. Consiste en renovar por el Concilio el rostro de la Iglesia, para todos puedan verla como es:

«El Concilio, al ofrecer su admirable espectáculo de concordia, unidad y unión de la Santa Iglesia de Dios, ciudad puesta sobre el monte, será por su misma naturaleza una invitación a los hermanos separados, que se honran con el nombre de cristianos, para que puedan volver al rebaño universal, cuya guía y custodia confió Jesucristo a San Pedro con un acto absoluto (indeflexo) de su voluntad-».

3.- En adelante sus referencias al Concilio suelen ir entreveradas con la mención de la vuelta de los separados. Así la oración por él redactada, para ser rezada por la intención del Concilio, dice:

«Te rogamos también por las ovejas que ya no pertenecen al único redil de Jesucristo, que, del mismo modo que se glorían del nombre cristiano, lleguen igualmente por fin a la unidad bajo el gobierno del único pastor» (T. 339).

4.- El 2 de febrero de 1960, el día de la Purificación, en la tradicional ofrenda de los cirios y su destino a los santuarios célebres del mundo, revela que aquella mañana, en la misa matutina, ha consagrado su vida al Concilio, es decir, la ha ofrecido a Dios por el mismo (resulta conmovedor ver cómo Dios se la aceptó, terminada la primera sesión). Y ve el Concilio como un paso del Ángel del Señor por las naciones, produciendo «un despertar de energías, con palpitaciones de amor, con elevaciones hacia la Iglesia santa, católica y apostólica, como Jesús la quiso en la unidad del rebaño y del pastor».

5.- El 5 de junio de 1960, en el Motu Proprio «Superno Dei nutu», del, que dispone la formación de las diversas Comisiones que prepararán el Concilio:

«Hemos estimado que sucedió por una celeste inspiración de Dios que se Nos ocurriese, apenas elevado al solio Pontificio, y como flor de inesperada primavera, el pensamiento de celebrar un Concilio Ecuménico

«Pues de esta solemne reunión de los Obispos alrededor del Pontífice Romano la Iglesia, amada Esposa de Cristo, puede recibir un nuevo y mayor esplendor en estos tiempos perturbados, y brota una nueva esperanza de que los que se ennoblecen con el nombre cristiano, y sin embargo se hallan separados de esta Sede Apostólica, oyendo la voz del divino Pastor, vengan a la única Iglesia de Cristo-» (T. 348).

6.- El 14 de noviembre de ese año 1960: Alocución dirigida a las Comisiones preparatorias del Concilio, designadas por el Motu Proprio anterior, les dice del mismo modo, hablando del movimiento de interés hacia el Concilio despertado por su anuncio entre los mismos cristianos separados, que ello:

«Nos levanta a una alegre esperanza de que sucederá que todos los que profesan el nombre de Cristo puedan algún día reunirse en aquella unidad, que el mismo Jesús, con inflamado Corazón, pidió a su Padre: Que sean uno; que los santifiques en la verdad» (T. 673).


7.- El 1 de julio de 1962, tres meses antes de la solemne apertura, en su Encíclica «Poenitentiam agere», en que pide oraciones y sacrificios por el Concilio a las almas fieles, propone así el ideal del Concilio como objeto de las peticiones y sacrificios que pide:

«Es necesario que también los hijos de la Iglesia en nuestro tiempo, como en el de la Iglesia primitiva, se hagan un solo corazón y un alma sola, y que orando y haciendo penitencia alcancen de Dios que tan importante asamblea produzca frutos saludables que todos gustamos de antemano en el alma: a saber, que la fe católica, la caridad y las costumbres puras reflorezcan y tomen tal incremento que aun a aquellos que están separados de esta Sede Apostólica, les estimulen a buscar sincera y eficazmente la unidad, y a entrar en un solo rebaño bajo un solo pastor».

8.- La Alocución de apertura del Concilio manifestó claramente la visión del Concilio en los ojos del Papa. Trataba de la unidad visible que es señal de la Iglesia, y lamentaba que «por desgracia la universal familia cristiana no ha alcanzado todavía de modo pleno y perfecto esta unidad visible en la verdad».

Pero él creía deber de la Iglesia Católica trabajar en su consecución, la del «misterio de aquella unidad que Jesucristo, próximo a su sacrificio, pidió con ardentísimas oraciones a su Padre celeste»; y estas mismas oraciones de Jesús eran para él la garantía de la esperanza, cuyo primer fruto ya se podía percibir en la unidad existente, aunque imperfecta aún: una unidad de triple grado actualmente: «la de los católicos entre sí; la formada por las piadosas oraciones y ardientes deseos de los cristianos separados, que desean la reunión; finalmente, la unidad mostrada por los que profesan diversas formas de religión no cristianas todavía, que se apoya en la estima y respeto hacia la Iglesia Católica»


9.- El 6 de enero de 1963, un mes después de terminada la solemne primera sesión, en la Carta «Mirabilis Ule», dirigida a los Padres Conciliares, a los Obispos del mundo entero, muestra el que era el principio del camino.

Conmemora el Pontífice, el consuelo que ha recibido de la benevolencia mostrada hacia el Concilio por los cristianos separados, que han enviado observadores y han hablado favorablemente de la primera sesión. Y por ello pide a todos que se muestren entregados a ellos en la caridad, aunque siempre «in integra veritate profitenda», porque ellos están llamados «juntamente con nosotros a la misma fe y a conseguir la misma salvación en el único rebaño de Cristos.

Y al llegar a este punto eleva de pronto el tono a una gran solemnidad de esperanza:

«Pertenece  esto  a los misteriosos  designios  de  Dios,  y en ello se nos ofrecen a la vista los primeros fulgores de aquel día tan deseado, (cuya futura llegada saludaba así Cristo Nuestro Señor con  ardientes  deseos  y ánimo   confiado:   —Y tengo otras ovejas que no son de este redil, y es preciso que también a esas las traiga..., y se hará un solo rebaño y un solo pastor-».

Habla Juan XXIII de un día o tiempo futuro, que no ha llegado todavía, anunciado por Cristo con la profecía de un solo rebaño y un solo pastor.


Juan XXIII y la imagen del Buen Pastor

El capítulo 10 del Evangelio de San Juan ejerció una especial fascinación sobre Juan XXIII, sobre todo con la imagen del Buen Pastor. Se ve en su Alocución al Sínodo Romano, en la que tiene por un especial beneficio del  Señor que  «desde  su infancia hasta la edad de ancianidad actual, la imagen de Jesucristo Divino Pastor siempre atrajera fuerte y suavemente su ánimo». Y asimismo su esperanza de que «cuando llegue la hora de volver al Padre, también entonces brille la misma dulcísima imagen ante él».

Ya desde la homilía del día de su coronación, el 4 de noviembre de 1958, había declarado que «era muy dulce y suave repasar con la mente la imagen del Buen Pastor, que en la narración del Evangelio es descrita con palabras tan exquisitas y atrayentes»; viendo en la imagen del Buen Pastor la mejor imagen para reflejar el modelo que debe imitar el Pontífice Romano, ya en su celo pastoral, ya en relación con el amplio panorama misional descrito en la profecía final del único rebaño y pastor, que ha de formarse.
Por dos veces al menos aludió más tarde a estas palabras de la homilía de la coronación para corroborarlas, añadiendo al capítulo 10 de Juan, los capítulos 14-17 del mismo, con su oración y discurso en la cena, y principalmente resumiéndolas en la petición del «unum sint»:

Una, la Alocución del 20 de junio de 1962 a la Comisión Central de preparación del Concilio en su sesión séptima, última de las celebradas por aquélla; la otra, en su Discurso a los Seminaristas y estudiantes religiosos en Castelgandolfo, el 10 de agosto de 1962 con ocasión de su 58 aniversario sacerdotal.

La sencillez de su propio temperamento y virtud ponía en él reflejos de la amable figura del Buen Pastor. Declaró que quería llamarse Juan, por su devoción a los dos Santos Juanes, Bautista y Evangelista, y también porque su propio padre había tenido ese nombre.

Se gloriaba de ser hijo de Bérgamo y amaba a su país natal con ternura. En la celebración de su ochenta aniversario, muy solemnemente celebrado en el mundo, no dejó de aludir, medio festivamente, medio emocionadamente, con su estilo característico, a la longevidad de sus progenitores, que sobrepasaron los ochenta, y de otros de su familia.

También es característica de su estilo la manera de rechazar las previsiones trágicas o profecías de que los tiempos actuales son peores que nunca y que parecen anunciar el fin, con los que está en total desacuerdo.

No necesitamos extendernos en mostrar su carácter pastoral en la palabra y la acción. Entre sus Encíclicas hallamos, además de las dos generales ya citadas «Ad Petri Cathedram», (29 junio 1959), y la dedicada a S. León Magno «Aeterna Dei sapientia» (11 noviembre 1961), otras cuatro importantes: «Sacerdotii Nostrii) en el 1.cr Centenario de S. Juan B. Vianney (1 agosto 1959); «Princeps Pastorum», sobre las misiones y clero indígena (28 noviembre 1959), y las dos grandes y memorables Encíclicas sociales «Mater et Magistra» (15 mayo 1961), y «Pacem in terris» (11 abril 1963).

Asimismo mencionaremos, como rasgos típicos de su figura, la visita inmediata a su Catedral Romana de Letrán, el 23 de noviembre de 1958, y su discurso sobre el altar, el libro y el cáliz; sus visitas navideñas inaugurales de 1958 al Hospital del Espíritu Santo, a los niños de la Villa Nazareth de Tardini, y a los presos de la cárcel Regina coeli de Roma. ¿No era «el Párroco del mundo» iniciando su tarea parroquial por lo más inmediato?

O también su mensaje de alabanza de Dios y del trabajo del hombre y de su ingenio, en ocasión del vuelo espacial ruso (12 agosto 1962); sus primeros viajes pontificales a Loreto y Asís, típicos de su devoción (4 de octubre de 1962), en la antevíspera del gran Concilio.

Preferimos terminar con dos rasgos propios de su profunda piedad. Su devoción a San José, Patrono de la Iglesia universal, le llevó a nombrarle Protector del Concilio (y a insertar su nombre en el canon de la Misa) (13 de noviembre de 1963). Y su profunda piedad con la gran Madre de Dios le llevó a darle ya anticipadamente el nombre que Pablo VI declarará glorioso y oficial: «Madre de la Iglesia».

Había indulgenciado la ofrenda diaria del trabajo y la del sufrimiento y en su edificante agonía, a la vista del mundo entero, pendiente de la plaza de San Pedro, ofrecía por la Iglesia tanto sus trabajos precedentes como su inmenso sufrimiento final.

Y el ofrecimiento del agonizante era de esta forma, que tomamos de la relación directa de sus palabras de moribundo, y que puede servir de emocionante testimonio de todo lo que hemos dicho en este capítulo, sobre el pensamiento y el amor ecuménico lleno de esperanza de Juan XXIII:

«Este lecho es un altar y el altar necesita una víctima: estoy dispuesto. Ofrezco mi vida por la Iglesia, por la continuación del Concilio Ecuménico por la paz del mundo, por la unión de los cristianos.

»El secreto de mi sacerdocio está en el Crucifijo, que he querido poner frente a mi lecho. El me mira, y yo le hablo. En las largas y frecuentes conversaciones nocturnas el pensamiento de la redención del mundo me ha aparecido más urgente que nunca: et alias oves habeo, quae non sunt ex hoc ovili...

»Mi jornada terrena se acaba; pero Cristo vive y la Iglesia continúa su empresa: las almas, las almas: ut unum sint, ut unum sint». Escribe el resto de tu post aquí.

sábado, 21 de enero de 2017

San Juan XXIII, inspirador del Concilio Vaticano II (cont.)

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sábado, 31 de diciembre de 2016

Eguberri eta urte berri on

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domingo, 13 de noviembre de 2016

SAN JUAN XXIII INSPIRADOR DEL CONCILIO (I)



El breve Pontificado del Papa Juan XXIII suscitó una nueva etapa de esperanza ecuménica. Veamos los diversos puntos de esta esperanza, a través del Papa que movilizó a la Iglesia en el Concilio Ecuménico Vaticano II.

El capítulo dedicado a Juan XXIII consta de los siguientes apartados:

Ø        La unidad de los cristianos
a)     La unión del Oriente separado
b)   La unidad de todos los cristianos
Ø        La unidad de todos los hombres
Ø        La alocución de Juan XXIII al Sínodo Romano
Ø        Juan XXIII y la esperanza ecuménica en el Concilio Vaticano II
Ø        Juan XXIII y la imagen del Buen Pastor

En esta primera sesión veremos los dos primeros apartados: la unidad de los cristianos; y la unidad de todos los hombres. Hacemos una selección de los textos que expuso el P. Igartua S.J..


La unidad de los cristianos


La idea de la unidad cristiana llenó la mente de Juan XXIII desde antes de su Pontificado. Fue nombrado Visitador Apostólico de Bulgaria el 19 de marzo de 1925, y Delegado Apostólico para Turquía y Grecia el 16 de octubre de 1931.

Primer radiomensaje, el 29 de octubre de 1958:

«Abrazamos con encendida y paterna caridad a la Iglesia, tanto occi­dental como oriental; y también a todos aquellos que han sido separados de esta Sede Apostólica, donde Pedro vive hasta la consumación del mundo en sus Sucesores y desempeña el mandato de Jesucristo de atar y desatar todas las cosas en la tierra y de apacentar todo el rebaño del Señor: a todos ellos, decimos, les abrimos Nuestro corazón y les tendemos las manos abiertas.
Esperando su vuelta a la casa del Padre común, repetimos estas palabras del divino Redentor: Padre santo, guarda en tu nombre a los que me diste, para que sean uno, como nosotros (Jn., 17, 11). Porque así se hará un solo rebaño y un solo pastor».


a) La unión del Oriente separado

El 13 de mayo de 1956, como legado del Papa en Fátima, con ocasión del 25 aniversario de la Consagración de Portugal al Corazón de María, en su homilía:

«… Añadiré a ellos, en la veneración de mi pueblo y recuerdo de esta peregri­nación mía, el testimonio de mis deseos por todo lo más querido a mi corazón de pastor, en las actuales circunstancias tan delicadas, oh Señora de Fátima, como es el volver a reunir otra vez Oriente y Occidente en tu amor, desde el nacimiento del sol hasta su ocaso».

En el discurso del 5 de junio de 1960, domingo de Pentecostés, a Cardenales, clero y pueblo, Juan XXIII ante las reliquias de los dos Doctores orientales, San Gregorio Nazianceno y San Juan Crisóstomo:

«Son las dos voces más autorizadas, las de ambos santos, para presagiar, bendecir e interceder por el retomo de las Iglesias de Oriente al abrazo de la Iglesia una, santa, católica y apostólica.
«¡Oh, qué prodigioso suceso seria éste y qué flor de humana y de celeste caridad la preparación decidida para la reunión de los hermanos separados de Oriente y de Occidente en el único rebaño de Cristo, Pastor Eterno! Esto debería representar uno de los frutos más preciosos del próximo Con­cilio Ecuménico Vaticano II».

Al filo de su última enfermedad, en mayo de 1963, publicaba la Epístola Apostólica «Magnifici eventus», dirigida a los Obispos de las naciones eslavas:

«Sabéis, Venerables Hermanos, que Nos esforzamos y procuramos con ardientes deseos que los orientales que se honran con el nombre de cris­tianos, separados de la comunión de la Sede Apostólica, traten de volver a la misma y que de manera gradual (gradatim) en el cumplimiento del deseo de Cristo, se consume la unidad del único rebaño y pastor».


b)   La unidad de todos los cristianos

El 24 de octubre de 1954, Año Mariano de la Inmaculada, el Cardenal Ron­calli, como Legado Papal, en la Misa de clausura del Congreso Mariano Internacional de Beirut:

«Todavía una petición, ¡oh María! Puesto que por respeto a la plegaria de Jesús: Que todos sus hermanos estén unidos entre sí y con El, como El con el Padre (Jn., 17, 23), el anuncio de un solo rebaño bajo el cayado de un solo pastor, seguramente se realizarán, haz, oh María, que esta realización de la unidad, a la cual aspiran todos los creyentes en Cristo, comience a partir de aquí, de la tierra del Líbano, por tu intercesión»

Y puntualizaba así, continuando, su pensamiento en dicha plegaria:

«La reconstitución de la catolicidad en su amplitud y perfección será el suceso más importante de los tiempos modernos-».

El mensaje radiado de Navidad del año 1958, dos meses des­pués de su elección:

«Recordando las palabras de tantos Predecesores Nuestros que, desde la cátedra apostólica, extendieron —desde el Papa León XIII al Papa Pío XII, pasando por San Pío X, Benedicto XV y Pío XI, todos dignísimos y glo­riosos Pontífices— la invitación a la unidad, Nos permitimos —quid dicimus? Nos permitimos?—, pretendemos seguir, humilde pero fervientemente, Nuestra tarea, a la que Nos espolean la palabra y el ejemplo que Jesús, el Buen Pastor divino, continúa dándonos al mirar las mieses que blanquean sobre vastos campos misioneros: Es preciso que a ésas también las traiga, y se hará un solo rebaño y un solo pastor, y en el clamor elevado a su Padre en sus últimas horas, en la inminencia del supremo Sacrificio: Padre, que sean uno, como Tú, Padre, en Mí y Yo en Ti, que ellos sean uno en Nosotros, para que el mundo crea que Tú me has enviado (Jn., 17, 21)».

Desde el principio de su Pontificado eran propuestos a los hombres como dos lemas del pensamiento de Juan XXIII, «el único rebaño y pastor» hablando de la unidad del mundo misionero, y el «que sean uno», pensando en la unidad de los cristianos.

En la Carta de 3 de enero de  1959 a los «Franciscans Friars of Atonement», fundados por Watson, el iniciador del Octavario de oraciones por la unidad cristiana, dice:

«Como el divino Salvador, el Sucesor de Pedro puede decir: Tengo otras ovejas, que no son de este redil. También a éstas tengo que traerlas, y oirán mi voz. En efecto, Nuestro ilustre Predecesor y Nos mismo hemos dirigido con frecuencia llamamientos amorosos a nuestros hermanos sepa­rados, invitándoles afectuosamente a volver a la Casa de su Padre, de modo que pueda cumplirse la oración del Redentor: Y no habrá más que un solo rebaño y un solo pastor».

En la homilía de la canonización de los Santos Carlos de Sezze y Joaquina Vedruna de Mas, el 12 de abril de 1959, ya dado el anuncio del gran Concilio:

«Por lo que a Nos toca, Venerables Hermanos y amados hijos, rogamos juntamente con vosotros a estos Santos para que quieran alcanzar de la divina clemencia a Nos, que soportamos el peso del Sumo Pontificado, principalmente lo que sirva para llevar a feliz término, con la ayuda de la divina gracia, los trabajos emprendidos, ya anunciados al mundo católico: que haya un solo rebaño y un solo pastor para todos los cristianos unidos entre sí con amor fraterno, y que todos los pueblos, apaciguados por fin los ánimos y arreglados con orden, justicia y caridad los problemas, progresen en la consecución de tal prosperidad que sea anuncio y auspicio de la eterna felicidad».

El 29 de junio de 1958, la Encíclica programática «Ad Petri Cathedram»:

«Todos saben que el divino Redentor fundó una sociedad, tal que per­maneciese una hasta el fin de los siglos, según aquello: Yo estoy con vos­otros todos los días hasta la consumación de los siglos (Mt., 28, 20); y por esta causa dirigió al Padre celeste encendidas plegarias.
«Y esta oración de Jesucristo, que ciertamente fue grata al Padre y escuchada conforme a lo que se le debía (Hebr., 5, 7): Que todos sean uno, como Tú, Padre, en Mí y Yo en Ti, que ellos sean uno en Nosotros (Jn., 17, 21), Nos infunde una dulcísima esperanza y confirma que por fin suce­derá que todas las ovejas que no son de este redil quieran volver a él; por lo cual, conforme a la afirmación del mismo Redentor: se hará un solo rebaño y solo pastor».

Y al terminar la exposición de la unidad de la Iglesia, robustece su esperanza de la futura unidad de los cristianos el recuerdo de la oración de Cristo en la Cena:

«Aumente y llene esta esperanza, este anhelo Nuestro, la divina oración de Cristo: Padre Santo, guárdalos en tu nombre a los que me diste, para que sean uno, como nosotros... Santifícalos en la verdad: tu palabra es la verdad... No sólo por ellos te ruego, sino también por los que han de creer en Mí por su palabra...  para que sean consumados  en uno».

En el año 1960, el documento más importante, aparte de los del Concilio, es la Encíclica «Aeterna Dei Sapientia» sobre San León I el Magno:

«Sin embargo, vemos con alegre consuelo y suave esperanza, que en varias partes de la tierra se hacen esfuerzos más frecuentes por muchos, que con gran empeño tratan de alcanzar que se instaure entre los cristianos lodos aun aquella unidad visible, que satisfaga dignamente a los pensa­mientos, mandatos y deseos del Señor.
«Y teniendo Nos la persuasión de que esta unidad, que tantos hombres de magnífica voluntad desean no sin una inspiración del Espíritu Santo, no puede realizarse sino según aquella predicción de Jesucristo: se hará un solo rebaño y un solo pastor, por ello imploramos con preces ardientes al mismo Cristo, a quien tenemos por Mediador y Abogado ante el Padre (1 Tim., 2, 5), que todos los cristianos conozcan las notas con que la verdadera Iglesia suya se distingue de las demás, y se entreguen a ella a manera de hijos fidelísimos».

He aquí los anhelos, la ardiente oración de Juan XXIII por la unidad visible reconociendo la inspiración ecuménica del Espíritu, aun fuera de la Iglesia cató­lica, pero al par afirmando que no hay sino una sola manera de realizarla: la Iglesia católica romana. Y entonces expresa con vehemencia el hondo anhelo de su alma, que será «el triunfo del Cuerpo Místico de Jesús»:

«Ojalá lo haga así Dios benignísimo, que cuanto antes brille aquel día deseadísimo en que se reúna la feliz concordia de todos! Entonces todos los que han sido redimidos por Cristo, juntándose en una sola familia y ala­bando juntos la divina misericordia, cantarán con una misma voz alegre: ¡Qué bueno y alegre es que los hermanos habiten reunidos!
«Y esta paz, con que los hijos de un mismo Padre celeste y herederos todos de su misma felicidad eterna se saludarán mutuamente, testificará ciertamente el glorioso triunfo del Cuerpo Místico de Jesucristo».


El 13 de octubre de 1962, Alocución a los Observadores de las Iglesias sepa­radas presentes en el Concilio:

«Vuestra presencia aquí, tan estimada, la emoción que oprime mi cora­zón sacerdotal, de Obispo de la Iglesia de Dios, como lo dije hace poco en el Concilio, la emoción de mis colaboradores y también la vuestra propia, estoy seguro me invitan a confiaros el deseo de mi corazón, que ansia ar­dientemente trabajar y sufrir para que se acerque la hora en que se realizará, para todos, la oración de Jesús en la última Cena-».

El 22 de diciembre de 1962, el Mensaje de Navidad:

«Sobre el vasto y complicado horizonte, todavía agitadísimo de la crea­ción, cuya imagen se halla en las primeras líneas del Génesis (Gen., 1, 2), el Espíritu de Dios iba sobre las aguas. Más allá de precisiones y apli­caciones más menudas, es cierto que, refiriéndose a cuanto sobrevive del patrimonio espiritual de la Iglesia, aun en aquello en lo que se encuentra en plenitud, pocas veces en la sucesión de la era cristiana, transcurridos veinte siglos, se ha podido advertir una inclinación tan apremiante de los corazones hacia la unidad querida por el Señor.
«La sensibilidad que puede constatarse en esta primera presentación del problema religioso a la atención de nuestros contemporáneos, a través del Concilio Ecuménico concentra a todos preferentemente en torno a la ale­goría del único rebaño y del único pastor. Es un concentrarse tal vez tímido, tal vez con alguna aprensión de prejuicio, que sabemos imaginarnos y que­remos comprender también para poderlo superar con la gracia divina.
«El unum ovile et unus pastor —que encuentra acentos de íntima súplica en el unum sint de la última Cena— vuelve con eco imperioso desde el fondo de veinte siglos cristianos y late en el corazón de cada uno».

Y prosiguiendo en la apasionada llamada del unum sint, añade poco después:

«¡Que sean uno, que sean uno!». Que todos sean una sola cosa, como Tú estás en mí, Oh Padre, y yo en Tí, que sean ellos también una sola cosa en nosotros: para que el mundo crea que Tú me has enviado (Jn. 17, 21). Esta es la única explicación del milagro de amor iniciado en Belén, del cual los pastores y los magos fueron las primicias: la salvación de todas las almas, su unión en la fe y en la caridad, por medio de la Iglesia visible fun­dada por Cristo-».

Recuerda que la obligación no es realizar la unidad sino hacer lo posible por ella, y que de esto seremos examinados el día del juicio. Y termina concreta y espléndidamente:

«Este latido del corazón de Cristo debe invitarnos a un propósito reno­vado de entrega para que entre los Católicos permanezca solidísimo el amor y testimonio hacia la primera nota de la Iglesia (la unidad): y para que en el vasto horizonte de las denominaciones cristianas, y más allá, se realice aquella unidad, hacia la cual sube la aspiración de los corazones rectos y generosos».

El 25 de enero de 1963, último día del Octavario, hablando a los participantes en un congreso deportivo:

«Hoy por la mañana, como el 18 de enero pasado, hemos ofrecido el di­vino sacrificio por esta intención, como eco de ferviente súplica a la plegaria de Jesús en la última Cena: que todos sean una sola cosa, ¡Ut unum sint!
»Pues bien, la gracia del Señor quiere ciertamente servirse de todos los medios para que los hombres se encuentren, se conozcan, se amen, y a par­tir de aquí a través de un camino posterior, que es un secreto de la gracia celeste, lleguen a penetrar y vivir el precepto aporque se trata de un pre­cepto del Señor—, del unum sint, bajo la vigilancia paternal y la guía del único pastor».

De nuevo como otras veces a lo largo de su vida, el unum sint y el único rebaño y pastor entrelazan sus fórmulas en la expresión de su esperanza.


La unidad de todos los hombres

El 28 de noviembre de 1959 publicó la Encíclica misionera «Princeps pastorum».

«Estimamos y tenemos por cierto, que nunca haremos bastante para que los anhelos del divino Redentor en esta materia se lleven a efecto, y así se congreguen todas las ovejas felizmente en un solo rebaño bajo la guía de un solo pastor».

El 11 de octubre de 1959 había celebrado en la Basílica Vaticana la despedida misionera, con imposición del crucifijo, a 500 misioneros. Juan XXIII, les exhortó:

«Tened valor: la Iglesia ha recibido de su Fundador el mandato uni­versal de dirigirse a todas las naciones, para reunirías en una sola familia, y ninguna fuerza humana, ninguna dificultad ni obstáculo puede debilitar el impulso misionero, que sólo terminará cuando Jesús entregue el reino al Padre».

En el paso del año 1959 al 60 hallamos en Juan XXIII tres veces la mención de la llegada del Reino de Dios a la tierra.

Ø        En su Alocución con ocasión del Decreto de virtudes de Isabel Seton, primera Venerable norteamericana, el 18 de diciembre, «entrevé en el horizonte las más hermosas esperanzas para el triunfo del Reino de Cristo, según la viva expresión de la oración dominical: ¡Adveniat regum tuum
Ø        En el mensaje navideño del 23 de diciembre: «El misterio de Navi­dad nos da la certeza de que nada se pierde de la buena voluntad de los hombres, de cuanto ellos obren con buena voluntad, tal vez sin ser del todo conscientes de ello, para el advenimiento del Reino de Dios sobre la tierra y para que la ciudad de los hombres se modele a ejemplo de la ciudad celeste».
Ø        El 10 de enero de 1960, a la Acción Católica recuerda que la ayuda que prestan a la Jerarquía «expresa y sugiere, en unión con el sacerdocio católico, la consonancia de ideales y amores para el «Adveniat Regnum tuum» sobre toda la tierra, y para la salvación de cada alma».

Juan XXIII, a los Padres Sacramentinos,  en la audiencia a su Capítulo del 28 de junio de 1961:

«Debemos rechazar todas las ilusiones fáciles, ya que si se llegase a poner en acto el ideal completo sería verdaderamente la hora dichosa de cerrar todas nuestras puertas y casas y marchar en coro exultante al Pa­raíso (in coro osannante al Paradisol
«Hará falta mucho, por el contrario, antes de que todas las naciones del mundo se den cuenta del mensaje evangélico; y también, encontraremos dificultad no pequeña en hacer cambiar la mentalidad, las tendencias, los prejuicios de los que han pasado antes que nosotros; y hará falta, de todos modos, también examinar lo que el tiempo, las tradiciones, las costumbres han tratado de insertar sobreponiéndose a la realidad y a la verdad.

«Permanece, con todo, intacto y ardiente el deseo de responder al anhelo de unidad manifestado por el divino Maestro, y todo nuestro empeño para que un día los pueblos de todas las latitudes queden unidos con los dul­císimos lazos del único Credo de la santa Iglesia de Dios» .

Este  texto,  después de rechazar «las ilusiones fáciles», inme­diatamente surge su esperanza, a pesar de todo, de que se llegue a un día en que «todas las naciones se den cuenta del mensaje evangélico», matizando esta esperanza, «hará falta mucho tiempo» para ello. Todo esto está claramente mostrando que en su pensamiento se afirma la idea de que llegará ese día. Ha excluido la «plenitud» de la realización, como si fuera un cielo en la tierra, ilusión peligrosa.

El 2 de febrero de 1963, en la ceremonia tradicional de la bendición de los cirios.

«Los grandes pueblos del Asia y del Extremo Oriente, cuyas luces de civilización conservan huellas indudables de la primitiva revelación divina, serán llamados un día por la Providencia Nos lo sentimos como voz misteriosa del Espíritua dejarse penetrar de la luz del Evangelio, que brilló en las costumbres de Galilea, abriendo el libro de la nueva historia, no de un pueblo o de un grupo de naciones, sino de todo el mundo»

He aquí, pues, a Juan XXIII, el Pontífice que siente las llamadas del Espí­ritu en su alma, oyendo la voz misteriosa que le habla desde el fondo: también los grandes pueblos asiáticos orientales (China, India, etc.) formarán un día, como los occidentales antes y al par de ellos, la nueva historia del gran pueblo de Dios.

Esta es la perspectiva en que se proyectaba su anhelo de la unidad cristiana primera, como un paso de la evangelización del mundo. Recordemos el texto, ya antes citado al hablar de la unidad cristiana, del 16 de mayo de 1963, veinte días antes de su muerte, y dirigido a las Obras Pontificias Misionales, a las que habla del unum sint de los cristianos, pero en esta perspectiva precisamente univer­salista:

«Este prodigio de la unidad cristiana, que Nos rogamos con oración cotidiana al Señor, quiere mover también a los artífices de las estructuras civiles, a los estadistas y hombres de gobierno, por los caminos de la mutua integración, del respeto de las sólidas instituciones internacionales; quiere conducir a medios eficaces de comprensión y de colaboración, para que la humanidad, sobre cuya frente está sellada la luz del rostro de Dios (Sal. 4, 7), pueda finalmente encontrarse unida, como en un fraterno abrazo, en la expansión de la paz cristiana» (T. 678).

No hemos hablado aquí de los textos relativos al acontecimiento conciliar, que deberían ser sumados a éstos, cuando hablan de la perspectiva de evangelización universal, en esperanza, en que se sitúa el Concilio en la mente de Juan XXIII.

Pasaremos a estudiar principalmente un texto de Juan XXIII en que esta universal perspectiva se afirma con singular energía en la esperanza del Pontífice con ocasión del Sínodo Romano, que antecedió al Concilio.. . Escribe el resto de tu post aquí.