domingo, 16 de marzo de 2008

El Hijo de Dios en los sinópticos

Aula P. Igartua: "El Mesías Jesús de Nazaret"


El Hijo de Dios en los sinópticos



  1. Los Títulos de divinidad en los evangelios

  2. Jesús afirma la divinidad en los sinópticos
    Dos declaraciones de la divinidad en los sinópticos
    o El testimonio de Jesús ante el Sanedrín y
    o la confesión de Pedro en Cafarnaun.

    El “Yo” divino de Jesús en los sinópticos
    o “Yo soy”
    o El “Yo” sujeto de una acción divina
    o Superioridad de la persona de Jesús
    o Misión y origen de Jesús
    o Los poderes personales: Perdonar pecados – hacer milagros

Capítulo I: Los títulos de divinidad en los evangelios

Los títulos que pueden significar divinidad en el NT son tres: Señor, Hijo de Dios y también Hijo del Hombre.

El título de Señor

En el uso ordinario social Señor es nombre de respeto y dignidad. No se puede pensar que este nombre contuviera una profesión de fe en la divinidad. Parece que el nombre de Señor denota una jefatura del grupo apostólico superior a la de Maestro y de carácter religioso.

Emplean en título de Señor:

Ø Gente no judía, como el centurión (Mt 8, 6.8; Lc 7, 6; Jn. 4, 49), o la samaritana (Jn 6, 23). Zaqueo, que podría considerarse como ajeno a costumbres judías (Lc 19, 8) y la cananea lo utiliza de manera conmovedora (Mt 15, 22-27; Mc 7, 28)

Ø Gente judía: el archisinagogo Jairo y la mujer adúltera.

Ø El grupo de los doce apóstoles


Cuando Pedro camina sobre las aguas y solicita ayuda (Mt 14, 28.30),
• Cuando admira el milagro de la pesca prodigiosa (Lc 5, 8),
• En ocasión de la enseñanza de la parábola del ladrón (Lc 12, 41),
• En la confesión de fe después del discurso del pan de vida (Jn 6, 69),
• En la sagrada cena en el lavatorio de los pies (Jn 13, 6.9) y
• Al declarar su voluntad de seguirle hasta la muerte y le anuncia las negaciones (Jn 13, 36).
• En la solemnidad de la transfiguración sublime (Mt 17, 4), y
• Al preguntar cuántas veces había que perdonar los pecados (Mt 18, 21).

Jesús se apropia del nombre de Señor

Encontramos este título de Señor, como dicho por Jesús en los evangelios sinópticos, en algunas de las parábolas:

Ø Donde se describe el reino de los cielos
Ø En la de las vírgenes de Mateo. En Lucas el la figura del paterfamilias o señor de la casa
Ø en la parábola de los talentos – las minas en Lucas.

Más claramente emplea Jesús el nombre de Señor para designar al que juzga a sus servidores en el juicio último.

Dos importantes pasajes en los tres sinópticos

Ø El del día de los ramos y del triunfo. Donde el nombre de Señor alcanza una importancia especial en labios de Jesús

Ø En el salmo 110 (109), salmo mesiánico y admitido por los judíos como tal, como se desprende de la misma intervención de Jesús ante ellos. Pues este salmo de David, al dirigirse al Mesías en visión profética, le llama Señor, y no de cualquier modo, sino Señor del propio David autor del slamo: "Mi Señor". De aquí toma pie Jesús para plantear la pregunta: "¿De quién es hijo el Mesías?" (Mt 22, 42). En todo caso, en los tres evangelios la cuestión es ésta: todos enseñan que el Mesías es "hijo de David". Y la cuestión propuesta por Jesús, es, simplemente: pues David en este salmo le llama “mi Señor”, se presenta un problema: ¿cómo puede llamar Señor suyo a quien es su lejano descendiente? Es un hijo todavía lejano cuando lo escribió. ¿Cómo puede ser su Señor, a quien debe reverencia?
“Dijo Yahvéh a mi Señor: Siéntate a mi derecha mientras pongo a tus enemigos por escabel de tus pies”.


Y añade Jesús: "David, movido por el Espíritu, le llama su Señor. ¿Cómo entonces puede ser hijo suyo?" (Mt 22, 43-44; Mc 12, 36-37; Lc 20, 42-44). Lo que destaca Jesús es que hay un problema de realeza para que sea "Señor de David". El problema solo puede resolverse admitiendo que el profeta, inspirado por el Espíritu en su Salmo, entendió que el Mesías prometido era un ser superior a lo humano, trascendente, divino.

En el evangelio de Juan hallamos tres pasajes interesantes para comprender el uso de la palabra Señor.

Ø La confesión plena de Marta, con ocasión de la promesa de Jesús de resucitar a su hermano Lázaro.
Ø En la Cena última, terminado el lavatorio de los pies, Jesús dice: “Vosotros me llamáis Maestro y Señor, y decís verdad pues lo soy” (Jn 13, 14).
Ø Tras la resurrección. Los apóstoles que le han visto, dicen a Tomás que no le ha visto: “Hemos visto al Señor” (Jn 20, 25). Y cuando ocho días después el Señor deshace las objeciones de Tomás… éste dic: “Señor mío y Dios mío”.

La trascendencia del título de Hijo del hombre

Según toda la tradición judía, este ser misterioso llamado “Hijo del hombre” es un hombre singular y personal, que recibe de Dios el imperio del mundo eternamente.

Jesús se apropia el título de “Hijo-de-hombre”

Jesús se identifica con este “Hijo-del-hombre” de Daniel, tanto en cuanto a su propia humanidad como en la trascendencia mesiánica del mismo, que parece sobrepasar lo estrictamente humano.

Jesús se apropia del título de Hijo-del-hombre en su pleno sentido trascendente de igualación con el poder divino, cuando habla de su segunda venida como Hijo-del-hombre.

La apropiación de poderes divinos en Jesús Hijo-del-hombre:

Ø El poder de perdonar los pecados en la curación del paralítico…. (Mt 9, 2-6; Mc 2, 3-12; Lc 5, 18-24).
Ø La declaración de que es “Señor del sábado” (Mt 12, 8; Mc 2, 28; Lc 6,5)
Ø Su misión de venir a salvar, que es propio y exclusivo de Dios, que es el único Salvador (Is 45, 21).

En el evangelio de Juan tenemos la mención del Hijo-del-hombre en el sermón de la eucaristía, donde llega a decir que es necesario comer “el pan que permanece eternamente, que da el Hijo-del-hombre”

El título de Padre y el de Hijo

La palabra Abba es la palabra aramea que significa Padre en tono familiar, fue pronunciada así por el mismo Jesús en Getsemaní

La oración del Padre nuestro en la redacción de Lucas 11,2, que comienza sólo con “Padre” es la oración enseñada por Jesús.

Jesús llama a Dios “su Padre” de manera singular, bien llamándole “mi Padre” de manera especial y diversa de la general, bien llamándose a sí mismo “Hijo de Dios”. Ambas fórmulas son, en realidad, dos expresiones de una misma verdad: la filiación divina de Jesús respecto a su Padre.

Se ha sostenido que Jesús nunca ha usado la expresión de “Hijo de Dios”. Esta opinión debe ser matizada, pues de lo contrario está en contra de textos expresos evangélicos, tanto de los sinópticos como en Juan, donde es el mismo Jesús quien afirma que se ha llamado a sí mismo precisamente “Hijo de Dios”. (Jn 10, 36).

En el juicio de Caifás, es a la pregunta de si es verdaderamente “Hijo de Dios” a la que Jesús responde con un sí afirmativo concreto.

Tanto Mateo como Juan convienen en que los sacerdotes le acusaban, en la cruz y ante Pilato, de haberse llamado y hecho “Hijo de Dios”: Así, se podrá decir que no ha presentado como título suyo popular el de “Hijo de Dios”, pero no que no se ha llamado de este modo.

En cuanto a la manera de aplicar el nombre de Padre a Dios, o el de “Hijo de Dios” a alguien a quien da vida el padre, en el lenguaje humano, y le comunica al hacerlo una naturaleza igual a la suya.

Puede llamarse Dios padre de los hombres todos, por haber dado la vida al hombre al crearlo, “a imagen y semejanza suya” (Gn 1, 26-27; 5, 1; Sab 2, 23: al describir la creación del primer hombre Adán) (…)

De modo más pleno y especial es Dios padre por elección de alguno, a quien escoge como hijo. Así ha escogido a Israel como un hijo, y a él le llama así su “hijo primogénito” (Is 63, 16; Deum 32, 6). De este modo especial son también escogidos los justos, los cuales “son contados entre los hijos de Dios”.


Modo de empleo de Padre o Hijo en Jesús



Cuando Jesús llama a Dios “mi Padre”, o cuando se da el título de “Hijo de Dios” en relación con el Padre, ¿de qué manera emplea estas dos palabras en su profundo significado?

Ø El empleo especial del nombre de Padre por Jesús, o del de Hijo de Dios, no es simplemente por ser hombre, que debe a Dios en cuanto tal su creación.
Ø Ni siquiera por sólo la elección habida con Israel,.
Ø El nombre de Abba, Padre, que da a Dios es un índice del modo absolutamente íntimo en que mantiene la relación con Dios “su Padre”. Únicamente podemos distinguir en la relación de Hijo a Padre en Jesús si lo hace en forma de título solamente mesiánico o también de divinidad. Ambas maneras nos ofrecen una especialísima relación de Jesús a su Padre Dios

El título Hijo de Dios en los sinópticos

Ø La escena del Bautismo. Este es mi Hijo muy querido en quien tengo mis complacencias (Mt 3, 17; Mc 1, 11; Lc 3, 22)
Ø La escena de la Transfiguración. En ambas refieren los tres sinópticos que fue oída la voz del cielo que declaraba: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco” (Mc 1, 11 par.:9, 6 par.).
Ø La solemne pregunta hecha por Caifás a Jesús en el Sanedrín: “¿Eres tú el Hijo de Dios? (Mt 26, 63; Lc 22, 70; Mc 14, 61 quien la formula así: “del Dios bendito”). Los tres evangelistas está acordes en atestiguar que la respuesta de Jesús fue afirmativa: “Tú lo dices, lo soy”.
Ø La oración de Jesús en Getsemaní. En los tres evangelios Jesús se dirige a Dios para pedirle en la hora de la angustia y del drama con el nombre tierno de Padre. Marcos llega a poner el nombre arameo utilizado por Jesús, Abba…
Ø La confesión de los demonios. En el caso del endemoniado de Gerasa, los demonios clamaban a Jesús: “¿Qué tenemos que ver contigo, Jesús, Hijo del Dios altísimo?” (Mt 8, 29; Mc 5, 7; Lc 8, 28).
Ø La parábola de los viñadores propuesta por Jesús. En esta parábola aparece con claridad la dignidad que Jesús se atribuye a sí mismo, de “Hijo de Dios”, a diferencia de todos los profetas y enviados anteriores.
Ø “Yo te alabo, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a sabios y a prudentes, y las has revelado a los humildes. Así te ha agradado, Padre. Todas las cosas me han sido entregadas por mi Padre. Y nadie conoce al Hijo sino el Padre, ni nadie conoce al Padre sino el Hijo, y a quién el Hijo se lo revele” (Mt 11, 25-27; Lc 10, 21-22).

Respecto al evangelio de Juan, si quisiéramos proponer la abundancia de las expresiones que pone en boca de Jesús, manifestando la relación Hijo a Padre y viceversa, necesitaríamos prácticamente incluir el evangelio casi entero.


Jesús de Nazaret – Ratzinger

En relación con los títulos que expresan la divinidad. "Recapitulemos. Hemos encontrado tres expresiones en las que Jesús oculta y desvela al mismo tiempo el mis­terio de su propia persona: Hijo del hombre, Hijo, Yo soy. Las tres están profundamente enraizadas en la pa­labra de Dios, la Biblia de Israel, el Antiguo Testa­mento; pero estas expresiones adquieren su pleno sig­nificado sólo en Él; por así decirlo, le han estado esperando.

En las tres se presenta la originalidad de Jesús, su no­vedad, lo que es exclusivamente suyo y que a nadie más se puede aplicar. Por ello, las tres expresiones sólo pue­den salir de su boca, sobre todo la palabra «Hijo», a la que corresponde el apelativo de oración Abbá-Padre. Por eso, ninguna de las tres podría ser, tal como eran, una simple fórmula de confesión de la «comunidad», de la Iglesia naciente.

Esta ha reunido el contenido de las tres expresiones centradas en el «Hijo» en la locución «Hijo de Dios», apartándola así definitivamente de sus antecedentes mi­tológicos y políticos. Sobre la base de la teología de la elección de Israel adquiere ahora un significado totalmente nuevo, delineado en los textos en los que Jesús habla como el «Hijo» y como «Yo soy».

Pero fue necesario esclarecer completamente este nuevo significado en múltiples y difíciles procesos de diferenciación, así como de ardua investigación, para protegerlo de las interpretaciones mítico-politeístas y políticas. El primer Concilio de Nicea (325 d.C.) utili­zó para ello el término «consustancial» (homooúsios). Este término no ha helenizado la fe, no la sobrecarga con una filosofía ajena, sino que ha permitido fijar lo incomparablemente nuevo y diferente que había apa­recido en los diálogos de Jesús con el Padre. En el Cre­do de Nicea, la Iglesia dice siempre de nuevo a Jesús, con Pedro: «Tú eres Cristo, el Hijo de Dios vivo» (Mt 16, 16)."



Capítulo II.- Jesús afirma su divinidad en los Sinópticos

I.- Dos declaraciones solemnes de la divinidad en los sinópticos

Una, la realizada por Jesús ante el sanedrín y la otra, la confesión de Pedro.

1.- Testimonio de Jesús ante el Sanedrín

La sesión del Sanedrín compuesto por sacerdotes, escribas y ancianos el Consejo bajo la presidencia del Sumo Sacerdote lleva a cabo un proceso judicial contra Jesús de Nazaret por el título mesiánico y por la afirmación de divinidad.

Según la norma del juicio, adujeron varios testigos, que llama “falsos” tanto Mateo como Marcos, pero sus testimonios no eran suficientes para la condena. Finalmente se produjo el testimonio sobre la destrucción del templo y su reedificación en tres días.

El Sumo Sacerdote Plantea a Jesús directamente la pregunta que está en el fondo de toda la acusación, implicando en ella tanto el mesianismo de Jesús, como el alcance de este mesianismo.


En Mateo, Caifás, pregunta a Jesús: "Te conjuro por Dios que vive que nos digas: ¿eres tú el Cristo, el hijo de Dios?". Jesús responde: “Tú lo has dicho”


En Marcos, Caifás pregunta: "¿Eres tú el Cristo, el Hijo del Bendito?". Jesús responde “Yo soy”


En Lucas, el Sanedrín pregunta: "Si eres el Cristo, dínoslo", Jesús responde: "si os lo digo no me creeis" y le vuelven a preguntar: "¿Eres tú el Hijo de Dios?" a lo que Jesús responde: “Vosotros los decís. Yo soy”

Los tres textos coinciden en la doble pregunta sobre la mesianidad (el Cristo), y la divinidad (el Hijo de Dios).

En la hora suprema Jesús no ha vacilado. Ha respondido un claro sí a las dos preguntas. Y a la segunda sobre la divinidad, o alcance de la mesianidad afirmada por él, no sólo ha dado un rotundo sí, sino que en la formulación de la respuesta ha afirmado su identificación divina, por la misma fórmula.

Rasgaron sus vestidos, como lo hacían al oir una audacia sobre el nombre divino. ¿Cuál era la blasfemia pretendida? Lo era, cierto, el haberse atribuido Jesús la divinidad, siendo un hombre solamente a su juicio.

“¿Qué necesidad tenemos de testigos? Y ellos respondieron: Reo es de muerte” (Mt 26, 65-66); Mc 14, 63-64; Lc 22, 71). Era reo de muerte por la blasfemia de haberse igualado a Dios.

En la presentación de la suprema escena en los tres sinópticos, Jesús se declara auténticamente “Hijo de Dios”, poseedor de la divinidad misma, y por esto es condenado a muerte en el tribunal religioso, aunque luego en el civil se presente la acusación mesiánica como principalmente válida.


2.- Jesús confirma la confesión de Pedro

Jesús a sus propios discípulos les habló en la intimidad con mayor claridad. En el evangelio de Juan aparece que Jesús había declarado su mesianidad de un modo inicial a los discípulos que primero el conocieron. El pasaje de la “confesión de Pedro” es una instrucción sobre su divinidad, sobre todo en Mateo.

La pregunta sobre su identidad y la respuesta en los sinópticos

Jesús les planteó el problema de su identidad personal: “¿Quién dice la gente (los hombres, Mt y Mc; las multitudes, Lc) que soy yo?”

“Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”, tal fue la pregunta de Jesús. La respuesta de Pedro la hemos visto en cuanto a su común denominador en los tres evangelistas.


En Mateo, respuesta de Pedro: “Tú eres el Cristo, el hijo de Dios, del que vive” (Mt 16, 16)
En Marcos, respuesta “Tú eres el Cristo” (Mc 8, 29) = Mesías
En Lucas, respuesta “Tú eres el Cristo de Dios” (genitivo de pertenencia, relación singular con la divinidad.

Valor del texto de la confesión de Pedro

El texto de Mateo se halla en todos los códices sin excepción, y no puede plantearse duda legítima textual de interpolación.

Una razón histórica a favor de su autenticidad y coherencia es que no era posible que la comunidad aceptase como confesión de fe de Pedro ésta, si es que no contenía su fe real en Jesús Hijo de Dios.

La promesa hecha a Pedro del primado que acompaña a la confesión de la divinidad es una prueba de que el texto no sólo es concorde con la fe de Pedro, conocida entre los oyentes, sino que tal confesión existió históricamente, como pronunciada en Cesarea de Filipo. En caso contrario, ¿Con qué derecho se atribuiría a Pedro tal enorme preeminencia, si Jesús no se la otorgó?

El cambio de nombre de Simón, hijo de Jonás, en Pedro es relatado por Mateo como premio a su confesión. Es un serio dato a favor de la existencia real del diálogo entre Jesús y Pedro.

La proclamación de su fe la hace Simón-Pedro (llamado aquí por el propio evangelista con este nombre doble), de esta manera:
«Tú eres el Cristo (ó Jristós), El Hijo de Dios, (ó Uiós tou Zeoú), del que Vive (tou Dsóntos)».
Concuerda el texto de Mateo con el de Marcos en la primera parte de la profesión: «Tú eres el Cristo» (Mc 8, 29). También el de Lucas contiene esta misma proclamación base: «el Cristo» (Lc 9, 20). La triple coincidencia da a esta base común la seguridad de que la declaración se halla contenida en la formulación de Pedro.

En el pasaje de Mateo se explicita la proclamación divina: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, del que Vive». Ya la relación no es solamente que el Cristo es «de Dios» (Lucas), sino que es «el Hijo de Dios».


Realidad histórica de la confesión narrada por Mateo

¿Fue dicho así por Pedro realmente? La respuesta de Jesús, entera­mente paralela a la de Pedro, confiere una gran verosimilitud a esta proclamación expresa. Pues en boca de Jesús se pone esta respuesta a Pedro:

«Tú eres el Cristo,
el Hijo de Dios vivo.»
«Dichoso eres, Simón, hijo de Jonás,
pues te lo ha revelado
mi Padre, que está en los cielos». (16, 17).

El premio a la confesión es imponer a Simón el nuevo nombre de Pedro o Piedra (Petros, Petra), porque piensa «edificar su Iglesia», su nueva organización de pueblo de Dios (Iglesia o Asamblea, en el AT). La iglesia se edifica sobre la proclamación de que Jesús es Dios e Hijo de Dios verdadero y natural.

«Yo te digo que tú eres Pedro,
y sobre esta Piedra edificaré mi iglesia»
(16, 18).

Rasgos de divinidad:

La promesa de inmortalidad. «Y las puertas (o poderes) del Hades (la muerte, el infierno) no dominarán sobre ella» (16, 18). Es decir, mi nueva comunidad será inmortal en este mundo, no se acabará.

El poder de atar y desatar en relación con el cielo.

«Te daré a ti las llaves del Reino de los cielos.
y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos.
y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos»

Mostrar la autenticidad del episodio de la promesa en Mateo es tangencial a nuestro propósito. Pues sólo tratamos hasta ahora de mostrar que los evangelistas ponen en labios de Jesús afirmaciones de divinidad. Y esto consta en Mateo, de modo particular en este episodio, pues pone en labios de Jesús la equivalencia de la confesión de Pedro aprobada, al decir: «Esto te ha sido revelado por mi Padre que está en los cielos», que es lo mismo que decir: «Lo que dices es verdad, yo soy el Hijo de Dios, y mi Padre que está en el cielo, del que soy Hijo, te lo ha revelado, y yo lo sé».

3.- Comparación de ambas declaraciones en Mateo

La fórmula de la confesión de Pedro y la pregunta propuesta por Caifás a Jesús en el juicio del Sanedrín en Mateo resultan enteramente paralelas e idénticas en su formulación, con una sola diferencia en la posición de un término de la misma.

He aquí las dos formulaciones en Mateo:

Pedro: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que Vive» (Mt 16, 16).
Caifás: «Por el Dios, el que vive, te conjuro que nos digas: ¿eres tú el Cristo, el Hijo de Dios?» (Mt 26, 63-64).

Ø Ambas expresan la mesianidad, el Cristo;
Ø En ambas se expresa la divinidad, el Hijo de Dios.
Ø Ambas utilizan el artículo determinante «el», tanto para Cristo, «El Cristo», El Mesías, como para Hijo de Dios. «El Hijo de Dios». Si en el Cristo tal determinación singular muestra claramente que se habla de una persona concreta, El Mesías, del mismo modo en «El Hijo de Dios» se indica una relación singular con la divinidad, un Hijo, al parecer único, pues se le llama «El Hijo de Dios».
Ø En ambos casos Jesús dio respuesta afirmativa: a Caifás, a su solemne pregunta, con un «Tú lo has dicho», es así; y a Pedro confirmando la confesión con su alabanza y con la propia manifesta­ción: «Te lo ha revelado mi Padre que está en los cielos».

Un tercer caso paralelo. La narración de Jesús andando sobre las aguas del lago de Genesaret, tras la multiplicación de los panes. En Mateo, Marcos y Juan.

Ø sólo Mateo propone una confesión de los apóstoles en la barca al ver el poder de Jesús, que camina sobre las aguas, y calma de pronto la tormenta y el viento.
Ø sólo Mateo pone en el episodio la audacia de Pedro, quien al ver a Jesús en la noche sobre las aguas, dice: «Si eres tú, mándame venir a ti». Al responder Jesús simplemen­te: «Ven», Pedro comienza a caminar sobre el mar alborotado, lo mismo que Jesús.

El hecho más importante de este episodio en Mateo es que al reconocer ya a Jesús en el que andaba sobre las aguas, y entrar en la barca con ellos, haciendo cesar el viento, los discípulos le adoraron (prosekúneson) diciendo: «Verdaderamente, eres Hijo de Dios», (alezos, Zeoú Uiós éi) (Mt 14, 33).


4.- ¿Por qué sólo en Mateo?

La razón podría ser simplemente una razón de fidelidad y de modestia. Pues en la cronología evangélica, en cualquier caso, se supone que Marcos ha escrito o redactado su evangelio en vida de Pedro, y según sus catequesis, como «intérprete de Pedro»

Marcos tuvo como norma «poner por escrito las cosas como las recordaba, con cuidado de una cosa: no omitir nada de lo que había oído, y no falsear nada en ello». Si Marcos puso lo que había oído a Pedro, sin quitar ni añadir nada, se sigue simplemente que Pedro, en las catequesis que Marcos oyó, no mencionó la promesa hecha por Jesús a él.

Si se pregunta por qué entonces Lucas no lo insertó, hay que decir que cuando Lucas lo escribió es más probable que fuese todavía en vida de Pedro, según la cronología más tradicional.

Si se pregunta de dónde pudo sacar Mateo este testimonio, y cuál fue su fuente, deberíamos decir que las catequesis apostólicas fueron repetidas y muchas. Cualquiera de ellas pudo dar el testimonio mateano, conservado con un gran respeto a Pedro, y sacado a luz cuando él hubo desaparecido como obstáculo.

Podemos proponer un caso de más difícil explicación, y que por otra parte hace evidente su realidad. Es el de la historia de la resurrección de Lázaro en Juan.

Juan lo narra con lujo de detalles impresionante por lo cual no puede tomarse la narración como relato ficticio teologal: desde la llamada de las hermanas angustiadas a Jesús cuando se hallaba lejos, hasta el encuentro con ellas y los judíos asistentes, que eran muchos, y la resurrección dramática de Lázaro, que da ocasión, según Juan, a la decisión final de dar muerte a Jesús (Jn 11, 47-53).

¿Cómo es que los tres sinópticos han guardado un silencio absoluto sobre la resurrección de Lázaro, de tal importancia histórica cuando faltan sólo seis días para le muerte de Jesús?

O Juan finge el hecho con tanto detalle, y resulta entonces un escritor indigno de crédito, lo cual es imposible suponer, y es contra su propio testimonio (Jn 19, 35), o los sinópticos al callar el hecho de Lázaro nos dejan la certeza de que no se puede muchas veces dar razón del silencio y la omisión, cuyo secreto sólo conoce el escritor quejo calla.

Comparado con este caso, nos parece que el hecho de que Mateo haya ofrecido un complemento del relato de Marcos y aun de Lucas, que ellos han omitido cuanto a la respuesta de Jesús y la totalidad de la confesión de Pedro, resulta mucho más comprensible y explicable. Lo que hay que explicar en realidad no es la verdad de Mateo, sino la omisión de Marcos y aun de Lucas, al narrar el episodio. Mucho mas extraño resulta que Lucas haya callado la resurrección de Lázaro, conociendo por otro lado a la familia de Betania, de la cual cuenta un hecho valioso y del que es el único testigo (Lc 10, 38-42), que haber callado la plenitud de la confesión de Pedro, cuando la ha insinuado de algún modo.


II - EL YO DE JESÚS EN LOS SINÓPTICOS

Además de las dos declaraciones de Divinidad asignadas a Jesús en los Sinópticos, hay otras formas de afirmación de la misma divinidad, puestas en boca de Jesús por los autores de los tres evangelios citados.

Ø Afirmaciones de su yo personal con resonancias divinas
o “Yo soy”
o El Yo sujeto de acción divina
Ø Manifestaciones sobre la superioridad de la persona de Jesús
Ø Misión y origen de Jesús
Ø Manifestaciones de sus poderes personales que alcancen límites trascendentes y divinos. El perdonar pecados y hacer milagros

El “Yo divino” de Jesús en los sinópticos

La persona se traduce por el pronombre personal «Yo» en el lenguaje humano. Si se toman las expresiones de alguien a través de las frases en que expresa la primera persona y su actividad, ha de aparecer el concepto que tal persona humana tiene de sí misma como actuante de su actividad humana. Por todo ello, el «yo» en sus formulaciones lleva a discernir quién es el que habla.

En Jesús, si verdaderamente tiene conciencia de un «Yo» que sea divino, esto habrá de aparecer algunas veces en las formulaciones del mismo en su lenguaje cuando emplee la primera persona.

“Yo soy”

La más importante forma de las locuciones en «yo» en los sinópticos, es: «Yo soy» o «Soy Yo». Adquiere importancia especial por ser la fórmula sagrada que Dios empleó con Moisés en la zarza ardiente para expresar la suya trascendente. Designa así el nombre mismo de Yahyéh, palabra que significa precisamente en lengua hebrea «El-es», o «Soy-El-que-soy (o es)». Piensan algunos que era una «forma de majestad» de hacer sentir la presencia de Yahvéh en su persona.

En Marcos hallamos dos veces el Yo-soy.

Ø Cuando Jesús camina en la noche sobre las aguas embravecidas, tranquiliza a sus discípulos con esta palabra: «No temáis, soy Yo» (6. 50).
Ø En la solemne ocasión de la respuesta a Caifás ante el Sanedrín sobre su propia identidad. «¿Eres tú el Hijo del Bendito (Dios)?-Yo soy» (Mc 14, 62).

En Lucas encontramos en otras dos ocasiones.

Ø En la respuesta a Caifás. Ofrece la misma forma de Marcos. «¿Eres tú el Hijo de Dios? » —«Lo decís vosotros, Yo-soy» (Lc 22, 70).

Ø La declaración a los discípulos reunidos, después de la resurrección, al presentarse a ellos: «No temáis, Yo-soy» (Lc 24,36), y al afirmar su realidad personal directamente: «Sov-Yo, tocad y ved» (Lc 24, 39).


En Mateo la hallamos en tres ocasiones

Ø En la escena de la tempestad con Jesús sobre las aguas, con el «Yo-soy» que pronuncia como en Marcos para tranquilizar a los discípulos.
Ø Hallamos además la afirmación de su presencia con esta fórmula en dos ocasiones:
o Cuando declara cuál es la mínima cantidad de «ecclesia» necesaria para su presencia, «dos o tres reunidos en mi nombre», y la afirmación: «Allí soy o estoy en medio de ellos» (Mt 18, 20; ecclesia en v. 17).
o Después de la resurrección, al enviarlos en misión eclesial por el mundo. Dice en la aparición que podemos llamar «eclesial»: «Yo soy o estoy (egó eimí) con vosotros hasta el fin del mundo» (Mt 28, 20).

El “Yo” sujeto de una acción divina

En Mateo

Ø Expresa su fuerza universal de restaurador y consolador: «Venid a mí, todos los que sufrís (trabajáis) y estáis cargados, que Yo os aliviaré (reconfortaré)».

Ø Cuando envía a sus apóstoles en misión les dice: «Yo os envío como ovejas en medio de lobos» (Mt 10, 16).

En Lucas tenemos dos ejemplos

Ø Se considera capaz de disponer las cosas del cielo personalmente: «Yo os preparo, como mi Padre a mí, un reino en el que comáis y bebáis en mi reino sobre mi mesa, y os sentéis en tronos para juzgar a las tribus de Israel» (Lc 22, 29-30).

Ø En la cruz, al buen ladrón le promete estar con él en su reino, que es el Paraíso: «Hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lc 23, 43).

En más de uno de los sinópticos

Jesús dice que sus palabras tendrán valor de eternidad, porque son infalibles en sí mismas. Mateo y Lucas ponen en su boca estas palabras: «El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán» (Mt 24, 35; Lc 21, 33).

Las fórmulas: “Yo os digo” y “Amén”

Ø La fórmula habitual del hablar de Jesús: «Yo os digo» resplandece en las famosas matizaciones o aun modificaciones puestas a los preceptos divinos por Jesús en el sermón del monte, corrigiendo a Moisés o perfeccionándolo. «Habéis oído que se dijo, pero Yo os digo…»

Ø Más llamativa todavía es la forma especial de aseveración firme, y aun reiterada, que aparece en sus labios con el Amén. Se ha notado que es una de las formas propias de hablar de Jesús, que parecen pertenecer a sus «ipsissima verba». Esta fórmula «Amén, yo os digo» se halla puesta en labios del propio Jesús por los cuatro evangelistas con notable abundancia: en Mateo aparece hasta 23 veces, en Marcos diez veces, en Lucas seis veces, y en Juan hasta diecinueve veces, en forma aún más significativa, ya que siempre aparece con el Amén repetido; «Amén Amén, yo os digo», lo cual da mayor fuerza aún a la aseveración, y parece indicar la forma exacta de la locución en labios de Jesús.

La más alta formulación en los sinópticos de este personalismo trascendente de Jesús ha sido dada por él mismo en un texto que es considerado como suprema expresión directa de divinidad en los sinópticos:


«Te alabo, Padre, Señor de cielo y tierra,
Porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes,
y las has descubierto a los infantes.
Sí, Padre, porque así te ha agradado (hacerlo).
Todas las cosas me han sido dadas por mi Padre.
Y nadie conoce al Hijo sino el Padre,
ni nadie conoce al Padre sino el Hijo,
y si el Hijo quiere revelárselo (a alguien)».

Superioridad de la persona de Jesús

Ø Se proclama superior al profeta Jonás: Y aquí hay uno que es más que Jonás» (Mt 12, 41; Lc 11, 32).
Ø Se proclama superior a Salomón: « (…) y aquí hay uno que es mayor que Salomón» (Mt 12, 42; Lc 11, 31).
Ø Declara que «muchos profetas y reyes (justos, en Mateo) desearon ver lo que vosotros veis, y oir lo que oís, y no lo vieron ni oyeron» (Mt 13, 17; Lc 10, 24), es decir verle a él y oirle a él.
Ø Jesús introduce correcciones a la ley de Moisés.
Ø Queda todavía alguien a quien el propio Jesús ha declarado «el mayor de los nacidos de mujer», que es Juan Bautista (Mt 11, 11; Lc 7, 28).
Ø Quedan aún, en una región superior a los hombres, los ángeles de Dios. Jesús declarará que los ángeles son sus servidores personales (Mt 13, 41; 16, 27; 24, 31; 25, 31; Mc 13, 27; Lc 9, 26).
Ø Declara que él es superior a los signos de divinidad más sagrados existentes en la tierra: el Templo y el sábado, el día del Señor. Pues bien, Jesús declara que él es «mayor que el Templo» (Mt 12, 6; cf. Jn 2, 19). Y también que es «dueño o señor del sábado» (Mt 12, 8; Mc 2, 28; cf. Mt 12, 12; Mc 3, 4; Lc 6, 9).
Ø Jesús llega a constituirse en el punto clave y centro del ámbito religioso, que es lugar que corresponde a Dios. Exige la fe en él para la salvación (Mt 7,21-23; 10, 32-33; Lc 9, 26); exige el amor total a él, que ha de ser reservado a sólo Dios, conforme al primer mandamiento (Mc 12, 29), pidiendo que se abandonen todos los amores por la entrega a él (Mt 10, 37; Mc 10, 29; Lc 14, 26); el mundo de los hombres se divide en los que están por él y los que están contra él (Mt 12, 30; Mc 9, 40; Lc 9, 50). Finalmente, exige que se haya de dar hasta la propia vida por él, si llega el caso, y esto es lo que luego han hecho millares de mártires por su nombre (Mt 10, 39; Lc 9, 24-25).

Misión y origen de Jesús

Cuando Jesús quiere expresar su propia misión, repetidas veces lo hace con el verbo «venir» «haber venido» para un fin determinado. Estiman algunos teólogos que esta forma de hablar indica un origen de preexistencia por la forma y modo de emplear el verbo.

Porque él ha venido para una cosa determinada (Mc 1, 38), y si se pregunta cuál es esta misión singular de su predicación, en la que habla siempre de la llegada del «Reino de los cielos o de Dios», en enseñanzas y singularmente en parábolas abundantes, la respuesta nos la dan palabras del propio Jesús, que se refieren a la salvación de todos.

Nos ilumina sobre este «venir» la manera de expresarse con respecto a la «segunda venida» del Hijo del hombre, que será para juzgar. Jesús la define diciendo: «Vendrá el Hijo del hombre», «cuando venga el Hijo del hombre»; y esta venida ciertamente es desde una preexistencia gloriosa con Dios tras su muerte (Mt 16, 27; 24, 27.30.37.44; 25, 31; 26, 64—Mc 13, 26; 14, 62— Lc 9, 26; 18, 8; 21, 27). No se puede dudar de que Jesús ha hablado de una última venida del Hijo del hombre para juzgar.

Los poderes personales de Jesús

a) El perdón de los pecados.

Ø El caso del paralítico, curado de su enfermedad de modo repentino y ante una multitud, precisamente en señal de su poder de perdonar los pecados.

Ø El caso de la mujer pecadora convertida, sea ella quien sea. Jesús a la vista de tan extraordinaria acción, dice a la mujer: «Te son perdonados tus pecados». Los asistentes, también aquí, se maravillan de esta audacia: «¿Quién es éste que hasta perdona pecados?».
Ø En lo alto de su cruz Jesús dice a uno de los bandidos crucificados: «Amén, te digo a ti, hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lc 23, 42:43). Perdona y aun promete el paraíso, como quien es dueño de la situación enteramente.

b) El poder de los milagros

Jesús manifiesta un poder asombroso, no solamente en hacer milagros, sino precisamente en el modo como los hace.

Ø El leproso que acude a pedir su curación recurre a la potestad de Jesús para curarle, sólo con quererlo. Y Jesús lo acepta: «Si quieres, puedes curarme. —Quiero, Queda limpio.» (Mt 8, 3; Mc 1, 41; Lc 5, 13).
Ø En el caso de la hemorroísa se advierte por el propio Jesús que una fuerza o energía curación ha salido de su naturaleza para curar a la mujer. «¿Quién me ha tocado? He sentido salir de mí una fuerza». (Mc 5, 30; Lc 8, 46; cf. Mt9, 22).
Ø En el caso del de la mano deformada y «seca», sea por una hemiplegia sea por artrosis deformante, le ha bastado a Jesús con decir: «Extiende tu mano» Mt 12, 13; Mc 3,5; Lc 6,10).
Ø En los casos de los ciegos le ha sido suficiente tocar con su mano a los privados de vista (Mt 9, 29; Mc 8, 24), o simplemente conceder de palabra la visión (Mc 10, 52; Lc 18, 42).
Ø Según Lucas, hace desaparecer la enfermedad totalmente con solo dar la orden, o imponer las manos, a una mujer encorvada, a un hidrópico, y hasta a diez leprosos juntos (Lc 13, 13; 14,4; 17, 14).
Ø Tenemos que recordar que hay una docena de pasajes en los sinópticos, de curaciones masivas de todos los enfermos presentes
Ø Hay dos resurrecciones en los sinópticos. El caso de la niña de Jairo, a la que simplemente dice: «Niña, levántate». La resurrección verificada en Naim, devolviendo el hijo a su madre llorosa.
Ø En los sinópticos hallamos dos multiplicaciones de panes con la sola acción de distribuirlos entre la multitud, habiendo más al final de restos, que al principio de enteros (Mt 14, 13; 15,32; Mc 6, 34; 8, 1; Lc 9, 12).
Ø Pueden señalarse también de manera especial los dos milagros relativos a la tempestad en el lago, con el poder de Jesús para mandar directamente a las aguas y al viento. «¿Quién es éste á quien obedecen el viento y el mar?».

Debemos de nuevo recordar, hablando de los milagros como poderes mostrados por Jesús, que no es necesario probar o saber si han de considerarse como históricos, en este momento de nuestro desarro­llo. Nos basta haber consignado que los evangelistas ciertamente los atribuyen a Jesús como hechos, y ponen en sus labios, con ocasión de estos milagros, palabras que muestran claramente, en la misma intención de los escritores, que él se consideraba posesor de tales poderes ante los casos que se le presentaban, ante el mar embravecido, ante la carencia de alimentos ante la enfermedad o la muerte.


Realidad histórica de los milagros

La crítica más exigente debe respetar hechos atestiguados por documentos serios, serenos y producidos no con demasiada lejanía de los hechos. Son lógicos los críticos racionalistas no-creyentes, es decir ateos, (o hasta deístas solamente, si los hubiere hoy), al negar la posibilidad misma del milagro. Pues, de no haber Dios superior a la naturaleza y autor de ella, es enteramente lógico que no puede haber fuerza alguna superior a las fuerzas naturales y a las leyes de la naturaleza, científicamente establecidas: y comprobadas. En cambio, si se acepta la existencia de un Dios creador de la naturaleza no se ve como puede ponerse en duda que el que la hizo la pueda modificar a voluntad, sin perturbar por ello las mismas leyes generales establecidas, sino haciendo singulares excepciones a ellas con el mismo poder que las imprimió en la naturaleza de las cosas.

El crítico creyente necesaria y lógicamente ha de aceptar la posibilidad del milagro, y rechazar el postulado previo de su imposibilidad real. Y, dando la vuelta a la negación del increyente, y con su misma lógica, si hay realmente milagros ello significa que hay Dios.

Hay determinadas cosas que el sentido común clama que nunca serán posibles para ninguna ciencia: tales son el resucitar los muertos, el curar instantáneamente una grave destrucción orgánica (lepra, tumor canceroso, ojo deshecho, grave fractura ósea y destrucción del tejido...), ni tampoco multiplicar la materia copiosamente o calmar instantáneamente la terrible energía de una tempestad furiosa y embravecida. El verdadero milagro seguirá siempre siendo milagro.




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