lunes, 28 de marzo de 2011

LA GARANTÍA HISTÓRICA DE LOS TESTIMONIOS- "LOS EVANGELIOS ANTE LA HISTORIA"

CAPÍTULO II.- LA GARANTÍA HISTÓRICA DE LOS TESTIMONIOS ESQUEMA 1. La naturaleza de los escritos como se presentan a un lector sin prejuicios, a) Coordenadas históricas del relato b) Declaración expresa de los documentos: Lucas y Juan 2. La fuerza testifi¬cante de los autores de los escritos, a) Presencia de los testigos en los hechos b) La sinceridad heroica de los narradores c) El carácter sagrado de su testimonio 3. La garantía de la comunidad cristiana en la que se originan y a) La comunidad que recibe el testimonio b) La proximidad de la comunidad a los hechos c) El gran río de la tradición 4. Las comprobaciones actuales arqueológicas que puedan haberse encontrado y se ofrezcan a nuestros ojos del siglo XXI. a) Los lugares bíblicos b) La Cruz y el Título c) La Sábana Santa En otra sesión trataremos de los criterios de historicidad actualmente aceptados. RESUMEN 1. La naturaleza de los escritos documentales Los Evangelios y Hechos apostólicos ofrecen una neta impresión de libros de carácter histórico. Los múlti¬ples detalles de esos libros, y el testimonio de sus autores revelan un propó¬sito cierto de narrar acontecimientos sucedidos para enseñar al lector. a) Coordenadas históricas del relato El relato hace patente su carácter histórico en base a Detalles: geográficos; temporales; y sociales Detalles geográficos. Los hechos acontecieron en Palestina. En los evan¬gelios se mencionan muchos datos geográficos que son conocidos hasta hoy día. Detalles temporales. Se citan personalidades político-religiosas: Herodes el grande, su hijo Antipas, Pilato, los sacerdotes Caifas y Anas. Lucas sitúa el comienzo de la vida públi¬ca de Jesús, enmarcada en la historia de la humanidad. «En el año decimoquinto de Tiberio César, siendo procurador de Judea Poncio Pilato, tetrarca de Galilea Herodes, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y la región Traconítida, Lysania tetrarca de Abilina, y siendo sacerdotes supremos Anas y Caifas...» (Lc. 3,1-2). El tiempo supremo de la pasión se estable¬ce una cronología rigurosa, incluso la hora de la crucifixión y la de la muerte y sepultura; el día de la resurrección, y la fecha de algunas apariciones. Detalles sociales. Aparecen diversos estratos sociales de aquel tiempo y lugar, como las sec¬tas farisaica y saducea, junto con los escribas de la ley. Todos ellos aparecen en Flavio Josefo. Al lector de los evangelios, no le cabe la menor duda de que tiene delante un relato de carácter histórico o de suce¬sos reales, según la voluntad del autor. b) Declaración expresa de los documentos: Lucas y Juan Lucas: Prólogos de los Hechos de los Apóstoles y del Evangelio de Lucas Hechos de los Apóstoles: «El primer libro (Evangelio) lo escribí, oh Teófilo sobre todo lo que Jesús hizo y enseñó hasta el día en que, después de haber dado instrucciones a los apóstoles que había elegido, fue llevado al cielo» (1,1-2). Evangelio: «Puesto que muchos han intentado narrar or¬denadamente las cosas que se han verificado entre nosotros tal como nos las han transmitido los que desde el principio fueron testi¬gos oculares y servidores de la Palabra, «he decidido yo también, después de haber investigado diligentemente todo desde los orígenes, escribírtelo por su orden, óptimo Teófilo, para que conozcas la solidez de las enseñanzas que has recibido» (Lc. 1,14). El autor del Evangelio ha escrito su evangelio sobre lo que Jesús «hizo y enseñó», desde su comienzo en la vida pública hasta la Ascensión. El libro de los Hechos que es una historia comienza en la Ascensión, como si fuera continuación del evangelio, luego su precedente también es historia. El relato de Lucas coincide sustancialmente con los de Marcos y Mateo. Esta coincidencia justifica la verdad de los otros dos. El cuarto evangelio, el de Juan, tienen un esquema semejante al de los sinópticos: bautismo, vida públi¬ca con doctrinas y milagros, traición de Judas, Cena con despedida, prendi¬miento en Getsemaní, pasión y muerte con detalles análogos, re¬surrección y apariciones del resucitado. En el episodio de la lanzada en el Calvario: «Al instante salió sangre y agua. Lo atestigua el que lo vio, y su testimonio es válido, y él sabe que dice la verdad, para que también vosotros creáis.» (Jn. 19,35). No se puede pensar que en el resto de su narración haya querido decir cosas no reales, sabiendo que le han de creer también. En la primera Epístola de Juan: «Lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras ma¬nos, acerca de la Palabra de la Vida... lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos» (1 Jn. 1,1-3). Los cuatro evangelios son narraciones de hechos reales y narrados como reales, según declaración expresa de dos de sus principales autores. No se puede dudar de la verdad histórica de lo narrado. 2. El carácter sagrado del testimonio El valor del testimonio proviene de: a) la presencia en los hechos; b) la probada sin¬caridad; y el carácter sagrado de tal testimonio en hombres profundamente religiosos. a) Presencia de los testigos en los hechos El após¬tol Juan es el autor del cuarto evangelio, y fue testigo directo de los hechos y palabras de Jesús, ya que pertenece al grupo de los Doce (Mc 3,17). Lucas se ha informa¬do de «testigos oculares y servidores de la Palabra», de apóstoles. Uno es Juan, de quien podrían proceder los relatos de la infancia de Jesús, recibidos de la Virgen María, que vivió con Juan, cumpliendo el encargo del Señor en la Cruz. Lucas habló con Pablo desde el año 51, y con Marcos, los cuales habían oído directamente a Pedro. Marcos escribió el evangelio de Pedro, según el testimonio de Papías, En cuanto al evangelio de Mateo, aunque no sea probable que su evangelio sea el aramaico del apóstol Mateo traducido simplemente, debe pensarse que aquel es su base, con ampliaciones y refundición. La unánime tradición eclesial refiere los cuatro evangelios a Mateo, Marcos, Lucas y Juan como a sus autores Se debe tomar como dato cierto que los hechos evangé¬licos, y muy particularmente el de la resurrección de Jesús y sus apariciones, provienen en última instancia de testimonios directos de aquellos que vivieron los sucesos mismos. b) La sinceridad heroica de los narradores Los apóstoles sabían que por afirmar que Jesús de Nazaret hizo tales hechos, y especialmente que resucitó sólo iban a encontrar graves dificultades y la muerte. Tal testimonio es digno de ser creído. Los apóstoles afirmaban ante el Sanedrín que «se ha de obedecer a Dios antes que a los hombres», y por la siguiente razón: «No podemos nosotros —dijeron a los sacerdotes y jefes— dejar de hablar de lo que hemos visto y oído» (Hech. 4,19). Por otra parte, no ocultan aquellos hechos que puede parecer que enseñan lo contrario a lo que quieren enseñar. Narran con toda claridad hechos contrarios, en apariencia, a la procla¬mación de la divinidad de Jesús. Los apóstoles, según la tradición, fueron mártires todos ellos en diversos puntos de la tierra.

c) El carácter sagrado de su testimonio La predicación cristiana está fundada en la convicción de que Jesús es Dios verdadero. Ahora bien, los primeros predicadores y proclamadores de la divinidad de Jesús eran de religión judía en origen. Pero, el judaísmo es «rabiosamente» mono¬teísta, es decir, que un judío lo que menos puede admitir es la divinidad multiplicada o compartida. Es el dogma central de su fe. Para un judío, nadie puede pretender compartir con Dios la gloria de la divinidad sin blasfemar. Solo hay una razón para que proclamasen la divinidad de Jesús de Nazaret y es que Jesús mismo lo había afirmado, y ellos se convencieron de la verdad de sus afirmaciones por los he¬chos. Les convenció sobre todo su Resurrección. Pablo argumenta a favor de la resurrección de los muertos en base a la resurrección de Cristo, fundamento de la fe cristiana. Este hecho no sería verdadero si no fuera posible la resurrección. Atestiguar la resurrección de Cristo, si ésta no fuera verdad, constituye un delito de lesa divinidad. Es mentir para deshacer el dogma fundamental del judaísmo. Por tanto, conociendo la santidad y religiosidad de aquellos hombres, hay que desechar la hipótesis de que hu¬bieran inventado la resurrección de Cristo o sus hechos y pa¬labras para propagar una mentira religiosa de tan enorme gravedad. 3. La garantía de la comunidad cristiana Estos documentos escritos surgen en un determinado ambiente, y son recibidos por un amplio grupo humano. Esto conduce a una exigencia implacable de verdad de los hechos. No se habla aquí de cosas que son ignoradas por los que las reciben, sino de cosas que han sucedido en medio de ellos.

a) La comunidad que recibe el testimonio Los evangelios atañen de modo especial a la primitiva comunidad de Jerusalén. Se puede afirmar que la comunidad cristiana de Jerusalén, dentro del primer año de la resurrección, sumaba ya bastantes millares de personas, y en ningún caso bajaría de diez mil. Esta comunidad, formada tan rápidamen¬te, ha sido toda ella más o menos testigo de los sucesos acae¬cidos, y todos saben lo fundamental. Cuando el evangelio aramaico de Mateo, antes del 50, comience a circular entre aquellos fieles, aquellas frases y hechos de Jesús, en particular la resurrección tras la afrentosa muerte, tiene muchos testigos todavía, y es increí¬ble que hubiese podido ni escribirse ni ser aceptado si contu¬viese o mezclase falsedades. Los evangelios de Marcos y de Lucas hallarán todavía mucha gente que ha vivido los sucesos. En aquella comunidad orgáni¬camente establecida, no es posible difundir tal mentira sobre estos hechos tan graves e importantes.

b) La proximidad de la comunidad a los hechos Las «decenas de mi¬les de hermanos» pueden testificar muchas cosas de la vida de Jesús públicamente acontecidas, y de modo particular su muerte en cruz y también los hechos de Pentecostés. De la Resurrección pueden confirmar que han hablado con numero¬sos testigos de la resurrección en apariciones. Era imposible mentir ante un auditorio tan próximo a los sucesos, tan numeroso y vario (Hech. 2,9-11,41), tan entregado a la verdad de la divinidad creída de Jesús, y dirigido por los mismos testigos oficiales y directos. La proximidad a los sucesos relatados es superada por la inmediatez de la percepción de los sucesos por los testigos directos. Pablo en la Carta a los Corintios nos re¬fiere un suceso personal acontecido a él en el año 36, seis años después de la resurrección de Cristo. Juan relata a sesenta años de distancia los recuerdos de la mañana de resurrección y las apariciones por él vistas. El mismo peso argumental puede valer para los testi¬monios de Pedro aducidos por Lucas en los Hechos apostóli¬cos, cuyo sermón de Pentecostés refiere el relato de un testigo presencial sólo cincuenta días después del gran acontecimiento. c) El gran río de la tradición La Iglesia de nues¬tros días atribuye los documentos a fuentes apostólicas contemporáneas de Jesús, las epístolas a Pablo y a Pedro, a Juan y otros apóstoles. Y los evangelios a Mateo, Marcos Lucas y Juan. Tenemos el enorme peso de una tradición secular de la Iglesia, que desde nuestros días nos lleva hasta los de los apóstoles en la conservación y transmi¬sión de los evangelios sobre los hechos y dichos de Jesús. La Iglesia actual me lleva hasta la Iglesia primitiva, la Iglesia primitiva me lleva a la Iglesia apostólica, la Iglesia apostólica me sitúa con los testigos directos de los sucesos. 4. La comprobación arqueológica actual

a) Los lugares bíblicos En el terreno judío, los testimonios del «monasterio» ju¬dío de Qumrán, el Templo de Jerusalén. Las caballerizas de Salomón, la tumba de Absalón, las ruinas de Macheronte... o el antiguo ziggurat o torre religiosa de Babel, en Babilonia, así como las ruinas excavadas de Jericó. La pis¬cina de los cinco pórticos de Juan, la casa de Pedro en Cafarnaúm o la sinagoga cuyos res¬tos hablan todavía del pasado o la cueva del nacimiento en Be¬lén. La precisión con que son señalados hoy día los dos lugares fundamentales, el Calvario y el Sepulcro de Jesús, tiene una seguridad histórica firme, que debe llamarse además providen¬cial. Los enemigos del cristianismo fueron los encargados de certificar el exacto lugar de los sucesos. Fue el célebre ha¬llazgo de la madre de Constantino, la emperatriz Helena (venerada como santa por la Iglesia), lo que provocó una plena recuperación de los re¬cuerdos. En los lugares topográficos recordados por la tradición como Calvario y Sepulcro de Jesús el emperador Adriano había he¬cho construir solemnes templos o imágenes de los dioses del paganismo: imágenes de Júpiter y de Venus, so¬bre los lugares atribuidos permanentemente al triunfo del Resucitado y a su suplicio redentor, señalaban con precisión de exactitud los espacios. Bastó a Constantino ordenar la exca¬vación en dichos lugares, y hubo de aparecer la roca del Cal¬vario, elevada sobre la proximidad con pared de roca hendida (como si hablase todavía hoy del terremoto señalado por el evangelio), y bajo de ella, a pequeña distancia, la piedra del se¬pulcro de Cristo. La gran basílica constantiniana logró encerrar en un solo recinto, aunque a distintos niveles, ambos recuerdos imborra¬bles, y hoy todavía los podemos admirar y los hemos admirado y tocado.

b) La Cruz y el Título El hallazgo de la Cruz de Cristo por san Helena, madre de Constantino, fue acompañado por otro asom¬broso en sí mismo: el de un fragmento del título de la cruz de Cristo, el célebre INRI (Jesús Nazareno Rey de los judíos) que se puede admirar hoy en la Iglesia constantiniana de San¬ta Croce en Roma en la capilla de las reliquias de la Pasión. Este fragmento arqueológico es de particular importancia por¬que lleva en sí mismo y en su presencia propia, según lo mues¬tra su vista, la huella de su testimonio. El fragmento muestra el texto escrito en las tres lenguas evangélicas, hebreo, latín y griego (Jn. 19,20 y Le. 23,38 —prob— lo atestiguan); y, extraor¬dinaria confirmación, que, aunque el griego y el latín se escribían de izquierda a derecha, están las tres lenguas de derecha a iz¬quierda, porque así se escribía el hebreo a cuyo pueblo se pre¬sentaba la causa de la condenación. c) La Sábana Santa Además de este testimonio venerable de la crucifixión del Señor, que Dios quiso conservar y mostrar a los hombres has¬ta nuestros días, existe otro singularmente misterioso y digno de la más alta estima, creciente cada día en los ambientes cien¬tíficos objetivamente observadores: el de la llamada Santa Síndone de Turín. Se conserva, como es sabido, en Turín en una capilla espe¬cial cuidadosamente custodiada, una larga sábana o síndone (nombre griego) de unos cuatro metros de longitud y uno de anchura que muestra una misteriosa imagen doble de un hom¬bre de frente y de espaldas, desnudo como cadáver, con las manos cruzadas por delante. Una tradición histórica, que documentalmente puede subir hasta el siglo XII solamente (es bien sabido que ha sido frecuente que las reliquias se conservasen antiguamente sin documentos acreditativos adjuntos, por bas¬tar la tradición misma para ello), asegura que tal imagen doble, opuestas ambas por el vértice de la cabeza con una separación de alguna amplitud, es la imagen del cadáver amortajado en la sábana de Jesús de Nazaret, el Crucificado Escribe el resto de tu post aquí.

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