domingo, 6 de abril de 2008

Ordenación episcopal - Mario Iceta - Obispo Auxiliar Bilbao


Sábado 12 de abril de 2008

A las 12 horas
En la catedral de Bilbao


Ordenación episcopal de D. Mario Iceta Gavicagogeascoa


Obispo Auxiliar de Bilbao


Ongi etorri - Jaugoikoaren grazia laguntzeko kargu zail horretan eskatu dezagun

viernes, 4 de abril de 2008

Aula P.Igartua - El Mesías Jesús de Nazaret








Memorial Padre Ramón Orlandis S. J.

SCHOLA CORDIS IESU FUNDACIÓ RAMON ORLANDIS REVISTA «CRISTIANDAD»

le invitan a los actos del

MEMORIAL PADRE RAMON ORLANDIS
con motivo del cincuentenario de su fallecimiento

13.00 Misa presidida por el padre Pedro Suñer, S.I.
14.00 Comida y parlamentos.
16.00 Responso ante la tumba del padre Orlandis.

Sábado, 12 de abril de 2008
Casal Borja
Calle Llaceres, 30
Sant Cugat del Vallès Barcelona, marzo de 2008

Reserva de tickets: transferencia a la cuenta 2100.1159.97.0100188450 (tit: Mercedes Fernández), indicando el nombre del remitente.
Precio: 15 euros
Fecha límite: jueves, 10 de abril

domingo, 16 de marzo de 2008

El Hijo de Dios en los sinópticos

Aula P. Igartua: "El Mesías Jesús de Nazaret"


El Hijo de Dios en los sinópticos



  1. Los Títulos de divinidad en los evangelios

  2. Jesús afirma la divinidad en los sinópticos
    Dos declaraciones de la divinidad en los sinópticos
    o El testimonio de Jesús ante el Sanedrín y
    o la confesión de Pedro en Cafarnaun.

    El “Yo” divino de Jesús en los sinópticos
    o “Yo soy”
    o El “Yo” sujeto de una acción divina
    o Superioridad de la persona de Jesús
    o Misión y origen de Jesús
    o Los poderes personales: Perdonar pecados – hacer milagros

Capítulo I: Los títulos de divinidad en los evangelios

Los títulos que pueden significar divinidad en el NT son tres: Señor, Hijo de Dios y también Hijo del Hombre.

El título de Señor

En el uso ordinario social Señor es nombre de respeto y dignidad. No se puede pensar que este nombre contuviera una profesión de fe en la divinidad. Parece que el nombre de Señor denota una jefatura del grupo apostólico superior a la de Maestro y de carácter religioso.

Emplean en título de Señor:

Ø Gente no judía, como el centurión (Mt 8, 6.8; Lc 7, 6; Jn. 4, 49), o la samaritana (Jn 6, 23). Zaqueo, que podría considerarse como ajeno a costumbres judías (Lc 19, 8) y la cananea lo utiliza de manera conmovedora (Mt 15, 22-27; Mc 7, 28)

Ø Gente judía: el archisinagogo Jairo y la mujer adúltera.

Ø El grupo de los doce apóstoles


Cuando Pedro camina sobre las aguas y solicita ayuda (Mt 14, 28.30),
• Cuando admira el milagro de la pesca prodigiosa (Lc 5, 8),
• En ocasión de la enseñanza de la parábola del ladrón (Lc 12, 41),
• En la confesión de fe después del discurso del pan de vida (Jn 6, 69),
• En la sagrada cena en el lavatorio de los pies (Jn 13, 6.9) y
• Al declarar su voluntad de seguirle hasta la muerte y le anuncia las negaciones (Jn 13, 36).
• En la solemnidad de la transfiguración sublime (Mt 17, 4), y
• Al preguntar cuántas veces había que perdonar los pecados (Mt 18, 21).

Jesús se apropia del nombre de Señor

Encontramos este título de Señor, como dicho por Jesús en los evangelios sinópticos, en algunas de las parábolas:

Ø Donde se describe el reino de los cielos
Ø En la de las vírgenes de Mateo. En Lucas el la figura del paterfamilias o señor de la casa
Ø en la parábola de los talentos – las minas en Lucas.

Más claramente emplea Jesús el nombre de Señor para designar al que juzga a sus servidores en el juicio último.

Dos importantes pasajes en los tres sinópticos

Ø El del día de los ramos y del triunfo. Donde el nombre de Señor alcanza una importancia especial en labios de Jesús

Ø En el salmo 110 (109), salmo mesiánico y admitido por los judíos como tal, como se desprende de la misma intervención de Jesús ante ellos. Pues este salmo de David, al dirigirse al Mesías en visión profética, le llama Señor, y no de cualquier modo, sino Señor del propio David autor del slamo: "Mi Señor". De aquí toma pie Jesús para plantear la pregunta: "¿De quién es hijo el Mesías?" (Mt 22, 42). En todo caso, en los tres evangelios la cuestión es ésta: todos enseñan que el Mesías es "hijo de David". Y la cuestión propuesta por Jesús, es, simplemente: pues David en este salmo le llama “mi Señor”, se presenta un problema: ¿cómo puede llamar Señor suyo a quien es su lejano descendiente? Es un hijo todavía lejano cuando lo escribió. ¿Cómo puede ser su Señor, a quien debe reverencia?
“Dijo Yahvéh a mi Señor: Siéntate a mi derecha mientras pongo a tus enemigos por escabel de tus pies”.


Y añade Jesús: "David, movido por el Espíritu, le llama su Señor. ¿Cómo entonces puede ser hijo suyo?" (Mt 22, 43-44; Mc 12, 36-37; Lc 20, 42-44). Lo que destaca Jesús es que hay un problema de realeza para que sea "Señor de David". El problema solo puede resolverse admitiendo que el profeta, inspirado por el Espíritu en su Salmo, entendió que el Mesías prometido era un ser superior a lo humano, trascendente, divino.

En el evangelio de Juan hallamos tres pasajes interesantes para comprender el uso de la palabra Señor.

Ø La confesión plena de Marta, con ocasión de la promesa de Jesús de resucitar a su hermano Lázaro.
Ø En la Cena última, terminado el lavatorio de los pies, Jesús dice: “Vosotros me llamáis Maestro y Señor, y decís verdad pues lo soy” (Jn 13, 14).
Ø Tras la resurrección. Los apóstoles que le han visto, dicen a Tomás que no le ha visto: “Hemos visto al Señor” (Jn 20, 25). Y cuando ocho días después el Señor deshace las objeciones de Tomás… éste dic: “Señor mío y Dios mío”.

La trascendencia del título de Hijo del hombre

Según toda la tradición judía, este ser misterioso llamado “Hijo del hombre” es un hombre singular y personal, que recibe de Dios el imperio del mundo eternamente.

Jesús se apropia el título de “Hijo-de-hombre”

Jesús se identifica con este “Hijo-del-hombre” de Daniel, tanto en cuanto a su propia humanidad como en la trascendencia mesiánica del mismo, que parece sobrepasar lo estrictamente humano.

Jesús se apropia del título de Hijo-del-hombre en su pleno sentido trascendente de igualación con el poder divino, cuando habla de su segunda venida como Hijo-del-hombre.

La apropiación de poderes divinos en Jesús Hijo-del-hombre:

Ø El poder de perdonar los pecados en la curación del paralítico…. (Mt 9, 2-6; Mc 2, 3-12; Lc 5, 18-24).
Ø La declaración de que es “Señor del sábado” (Mt 12, 8; Mc 2, 28; Lc 6,5)
Ø Su misión de venir a salvar, que es propio y exclusivo de Dios, que es el único Salvador (Is 45, 21).

En el evangelio de Juan tenemos la mención del Hijo-del-hombre en el sermón de la eucaristía, donde llega a decir que es necesario comer “el pan que permanece eternamente, que da el Hijo-del-hombre”

El título de Padre y el de Hijo

La palabra Abba es la palabra aramea que significa Padre en tono familiar, fue pronunciada así por el mismo Jesús en Getsemaní

La oración del Padre nuestro en la redacción de Lucas 11,2, que comienza sólo con “Padre” es la oración enseñada por Jesús.

Jesús llama a Dios “su Padre” de manera singular, bien llamándole “mi Padre” de manera especial y diversa de la general, bien llamándose a sí mismo “Hijo de Dios”. Ambas fórmulas son, en realidad, dos expresiones de una misma verdad: la filiación divina de Jesús respecto a su Padre.

Se ha sostenido que Jesús nunca ha usado la expresión de “Hijo de Dios”. Esta opinión debe ser matizada, pues de lo contrario está en contra de textos expresos evangélicos, tanto de los sinópticos como en Juan, donde es el mismo Jesús quien afirma que se ha llamado a sí mismo precisamente “Hijo de Dios”. (Jn 10, 36).

En el juicio de Caifás, es a la pregunta de si es verdaderamente “Hijo de Dios” a la que Jesús responde con un sí afirmativo concreto.

Tanto Mateo como Juan convienen en que los sacerdotes le acusaban, en la cruz y ante Pilato, de haberse llamado y hecho “Hijo de Dios”: Así, se podrá decir que no ha presentado como título suyo popular el de “Hijo de Dios”, pero no que no se ha llamado de este modo.

En cuanto a la manera de aplicar el nombre de Padre a Dios, o el de “Hijo de Dios” a alguien a quien da vida el padre, en el lenguaje humano, y le comunica al hacerlo una naturaleza igual a la suya.

Puede llamarse Dios padre de los hombres todos, por haber dado la vida al hombre al crearlo, “a imagen y semejanza suya” (Gn 1, 26-27; 5, 1; Sab 2, 23: al describir la creación del primer hombre Adán) (…)

De modo más pleno y especial es Dios padre por elección de alguno, a quien escoge como hijo. Así ha escogido a Israel como un hijo, y a él le llama así su “hijo primogénito” (Is 63, 16; Deum 32, 6). De este modo especial son también escogidos los justos, los cuales “son contados entre los hijos de Dios”.


Modo de empleo de Padre o Hijo en Jesús



Cuando Jesús llama a Dios “mi Padre”, o cuando se da el título de “Hijo de Dios” en relación con el Padre, ¿de qué manera emplea estas dos palabras en su profundo significado?

Ø El empleo especial del nombre de Padre por Jesús, o del de Hijo de Dios, no es simplemente por ser hombre, que debe a Dios en cuanto tal su creación.
Ø Ni siquiera por sólo la elección habida con Israel,.
Ø El nombre de Abba, Padre, que da a Dios es un índice del modo absolutamente íntimo en que mantiene la relación con Dios “su Padre”. Únicamente podemos distinguir en la relación de Hijo a Padre en Jesús si lo hace en forma de título solamente mesiánico o también de divinidad. Ambas maneras nos ofrecen una especialísima relación de Jesús a su Padre Dios

El título Hijo de Dios en los sinópticos

Ø La escena del Bautismo. Este es mi Hijo muy querido en quien tengo mis complacencias (Mt 3, 17; Mc 1, 11; Lc 3, 22)
Ø La escena de la Transfiguración. En ambas refieren los tres sinópticos que fue oída la voz del cielo que declaraba: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco” (Mc 1, 11 par.:9, 6 par.).
Ø La solemne pregunta hecha por Caifás a Jesús en el Sanedrín: “¿Eres tú el Hijo de Dios? (Mt 26, 63; Lc 22, 70; Mc 14, 61 quien la formula así: “del Dios bendito”). Los tres evangelistas está acordes en atestiguar que la respuesta de Jesús fue afirmativa: “Tú lo dices, lo soy”.
Ø La oración de Jesús en Getsemaní. En los tres evangelios Jesús se dirige a Dios para pedirle en la hora de la angustia y del drama con el nombre tierno de Padre. Marcos llega a poner el nombre arameo utilizado por Jesús, Abba…
Ø La confesión de los demonios. En el caso del endemoniado de Gerasa, los demonios clamaban a Jesús: “¿Qué tenemos que ver contigo, Jesús, Hijo del Dios altísimo?” (Mt 8, 29; Mc 5, 7; Lc 8, 28).
Ø La parábola de los viñadores propuesta por Jesús. En esta parábola aparece con claridad la dignidad que Jesús se atribuye a sí mismo, de “Hijo de Dios”, a diferencia de todos los profetas y enviados anteriores.
Ø “Yo te alabo, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a sabios y a prudentes, y las has revelado a los humildes. Así te ha agradado, Padre. Todas las cosas me han sido entregadas por mi Padre. Y nadie conoce al Hijo sino el Padre, ni nadie conoce al Padre sino el Hijo, y a quién el Hijo se lo revele” (Mt 11, 25-27; Lc 10, 21-22).

Respecto al evangelio de Juan, si quisiéramos proponer la abundancia de las expresiones que pone en boca de Jesús, manifestando la relación Hijo a Padre y viceversa, necesitaríamos prácticamente incluir el evangelio casi entero.


Jesús de Nazaret – Ratzinger

En relación con los títulos que expresan la divinidad. "Recapitulemos. Hemos encontrado tres expresiones en las que Jesús oculta y desvela al mismo tiempo el mis­terio de su propia persona: Hijo del hombre, Hijo, Yo soy. Las tres están profundamente enraizadas en la pa­labra de Dios, la Biblia de Israel, el Antiguo Testa­mento; pero estas expresiones adquieren su pleno sig­nificado sólo en Él; por así decirlo, le han estado esperando.

En las tres se presenta la originalidad de Jesús, su no­vedad, lo que es exclusivamente suyo y que a nadie más se puede aplicar. Por ello, las tres expresiones sólo pue­den salir de su boca, sobre todo la palabra «Hijo», a la que corresponde el apelativo de oración Abbá-Padre. Por eso, ninguna de las tres podría ser, tal como eran, una simple fórmula de confesión de la «comunidad», de la Iglesia naciente.

Esta ha reunido el contenido de las tres expresiones centradas en el «Hijo» en la locución «Hijo de Dios», apartándola así definitivamente de sus antecedentes mi­tológicos y políticos. Sobre la base de la teología de la elección de Israel adquiere ahora un significado totalmente nuevo, delineado en los textos en los que Jesús habla como el «Hijo» y como «Yo soy».

Pero fue necesario esclarecer completamente este nuevo significado en múltiples y difíciles procesos de diferenciación, así como de ardua investigación, para protegerlo de las interpretaciones mítico-politeístas y políticas. El primer Concilio de Nicea (325 d.C.) utili­zó para ello el término «consustancial» (homooúsios). Este término no ha helenizado la fe, no la sobrecarga con una filosofía ajena, sino que ha permitido fijar lo incomparablemente nuevo y diferente que había apa­recido en los diálogos de Jesús con el Padre. En el Cre­do de Nicea, la Iglesia dice siempre de nuevo a Jesús, con Pedro: «Tú eres Cristo, el Hijo de Dios vivo» (Mt 16, 16)."



Capítulo II.- Jesús afirma su divinidad en los Sinópticos

I.- Dos declaraciones solemnes de la divinidad en los sinópticos

Una, la realizada por Jesús ante el sanedrín y la otra, la confesión de Pedro.

1.- Testimonio de Jesús ante el Sanedrín

La sesión del Sanedrín compuesto por sacerdotes, escribas y ancianos el Consejo bajo la presidencia del Sumo Sacerdote lleva a cabo un proceso judicial contra Jesús de Nazaret por el título mesiánico y por la afirmación de divinidad.

Según la norma del juicio, adujeron varios testigos, que llama “falsos” tanto Mateo como Marcos, pero sus testimonios no eran suficientes para la condena. Finalmente se produjo el testimonio sobre la destrucción del templo y su reedificación en tres días.

El Sumo Sacerdote Plantea a Jesús directamente la pregunta que está en el fondo de toda la acusación, implicando en ella tanto el mesianismo de Jesús, como el alcance de este mesianismo.


En Mateo, Caifás, pregunta a Jesús: "Te conjuro por Dios que vive que nos digas: ¿eres tú el Cristo, el hijo de Dios?". Jesús responde: “Tú lo has dicho”


En Marcos, Caifás pregunta: "¿Eres tú el Cristo, el Hijo del Bendito?". Jesús responde “Yo soy”


En Lucas, el Sanedrín pregunta: "Si eres el Cristo, dínoslo", Jesús responde: "si os lo digo no me creeis" y le vuelven a preguntar: "¿Eres tú el Hijo de Dios?" a lo que Jesús responde: “Vosotros los decís. Yo soy”

Los tres textos coinciden en la doble pregunta sobre la mesianidad (el Cristo), y la divinidad (el Hijo de Dios).

En la hora suprema Jesús no ha vacilado. Ha respondido un claro sí a las dos preguntas. Y a la segunda sobre la divinidad, o alcance de la mesianidad afirmada por él, no sólo ha dado un rotundo sí, sino que en la formulación de la respuesta ha afirmado su identificación divina, por la misma fórmula.

Rasgaron sus vestidos, como lo hacían al oir una audacia sobre el nombre divino. ¿Cuál era la blasfemia pretendida? Lo era, cierto, el haberse atribuido Jesús la divinidad, siendo un hombre solamente a su juicio.

“¿Qué necesidad tenemos de testigos? Y ellos respondieron: Reo es de muerte” (Mt 26, 65-66); Mc 14, 63-64; Lc 22, 71). Era reo de muerte por la blasfemia de haberse igualado a Dios.

En la presentación de la suprema escena en los tres sinópticos, Jesús se declara auténticamente “Hijo de Dios”, poseedor de la divinidad misma, y por esto es condenado a muerte en el tribunal religioso, aunque luego en el civil se presente la acusación mesiánica como principalmente válida.


2.- Jesús confirma la confesión de Pedro

Jesús a sus propios discípulos les habló en la intimidad con mayor claridad. En el evangelio de Juan aparece que Jesús había declarado su mesianidad de un modo inicial a los discípulos que primero el conocieron. El pasaje de la “confesión de Pedro” es una instrucción sobre su divinidad, sobre todo en Mateo.

La pregunta sobre su identidad y la respuesta en los sinópticos

Jesús les planteó el problema de su identidad personal: “¿Quién dice la gente (los hombres, Mt y Mc; las multitudes, Lc) que soy yo?”

“Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”, tal fue la pregunta de Jesús. La respuesta de Pedro la hemos visto en cuanto a su común denominador en los tres evangelistas.


En Mateo, respuesta de Pedro: “Tú eres el Cristo, el hijo de Dios, del que vive” (Mt 16, 16)
En Marcos, respuesta “Tú eres el Cristo” (Mc 8, 29) = Mesías
En Lucas, respuesta “Tú eres el Cristo de Dios” (genitivo de pertenencia, relación singular con la divinidad.

Valor del texto de la confesión de Pedro

El texto de Mateo se halla en todos los códices sin excepción, y no puede plantearse duda legítima textual de interpolación.

Una razón histórica a favor de su autenticidad y coherencia es que no era posible que la comunidad aceptase como confesión de fe de Pedro ésta, si es que no contenía su fe real en Jesús Hijo de Dios.

La promesa hecha a Pedro del primado que acompaña a la confesión de la divinidad es una prueba de que el texto no sólo es concorde con la fe de Pedro, conocida entre los oyentes, sino que tal confesión existió históricamente, como pronunciada en Cesarea de Filipo. En caso contrario, ¿Con qué derecho se atribuiría a Pedro tal enorme preeminencia, si Jesús no se la otorgó?

El cambio de nombre de Simón, hijo de Jonás, en Pedro es relatado por Mateo como premio a su confesión. Es un serio dato a favor de la existencia real del diálogo entre Jesús y Pedro.

La proclamación de su fe la hace Simón-Pedro (llamado aquí por el propio evangelista con este nombre doble), de esta manera:
«Tú eres el Cristo (ó Jristós), El Hijo de Dios, (ó Uiós tou Zeoú), del que Vive (tou Dsóntos)».
Concuerda el texto de Mateo con el de Marcos en la primera parte de la profesión: «Tú eres el Cristo» (Mc 8, 29). También el de Lucas contiene esta misma proclamación base: «el Cristo» (Lc 9, 20). La triple coincidencia da a esta base común la seguridad de que la declaración se halla contenida en la formulación de Pedro.

En el pasaje de Mateo se explicita la proclamación divina: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, del que Vive». Ya la relación no es solamente que el Cristo es «de Dios» (Lucas), sino que es «el Hijo de Dios».


Realidad histórica de la confesión narrada por Mateo

¿Fue dicho así por Pedro realmente? La respuesta de Jesús, entera­mente paralela a la de Pedro, confiere una gran verosimilitud a esta proclamación expresa. Pues en boca de Jesús se pone esta respuesta a Pedro:

«Tú eres el Cristo,
el Hijo de Dios vivo.»
«Dichoso eres, Simón, hijo de Jonás,
pues te lo ha revelado
mi Padre, que está en los cielos». (16, 17).

El premio a la confesión es imponer a Simón el nuevo nombre de Pedro o Piedra (Petros, Petra), porque piensa «edificar su Iglesia», su nueva organización de pueblo de Dios (Iglesia o Asamblea, en el AT). La iglesia se edifica sobre la proclamación de que Jesús es Dios e Hijo de Dios verdadero y natural.

«Yo te digo que tú eres Pedro,
y sobre esta Piedra edificaré mi iglesia»
(16, 18).

Rasgos de divinidad:

La promesa de inmortalidad. «Y las puertas (o poderes) del Hades (la muerte, el infierno) no dominarán sobre ella» (16, 18). Es decir, mi nueva comunidad será inmortal en este mundo, no se acabará.

El poder de atar y desatar en relación con el cielo.

«Te daré a ti las llaves del Reino de los cielos.
y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos.
y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos»

Mostrar la autenticidad del episodio de la promesa en Mateo es tangencial a nuestro propósito. Pues sólo tratamos hasta ahora de mostrar que los evangelistas ponen en labios de Jesús afirmaciones de divinidad. Y esto consta en Mateo, de modo particular en este episodio, pues pone en labios de Jesús la equivalencia de la confesión de Pedro aprobada, al decir: «Esto te ha sido revelado por mi Padre que está en los cielos», que es lo mismo que decir: «Lo que dices es verdad, yo soy el Hijo de Dios, y mi Padre que está en el cielo, del que soy Hijo, te lo ha revelado, y yo lo sé».

3.- Comparación de ambas declaraciones en Mateo

La fórmula de la confesión de Pedro y la pregunta propuesta por Caifás a Jesús en el juicio del Sanedrín en Mateo resultan enteramente paralelas e idénticas en su formulación, con una sola diferencia en la posición de un término de la misma.

He aquí las dos formulaciones en Mateo:

Pedro: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que Vive» (Mt 16, 16).
Caifás: «Por el Dios, el que vive, te conjuro que nos digas: ¿eres tú el Cristo, el Hijo de Dios?» (Mt 26, 63-64).

Ø Ambas expresan la mesianidad, el Cristo;
Ø En ambas se expresa la divinidad, el Hijo de Dios.
Ø Ambas utilizan el artículo determinante «el», tanto para Cristo, «El Cristo», El Mesías, como para Hijo de Dios. «El Hijo de Dios». Si en el Cristo tal determinación singular muestra claramente que se habla de una persona concreta, El Mesías, del mismo modo en «El Hijo de Dios» se indica una relación singular con la divinidad, un Hijo, al parecer único, pues se le llama «El Hijo de Dios».
Ø En ambos casos Jesús dio respuesta afirmativa: a Caifás, a su solemne pregunta, con un «Tú lo has dicho», es así; y a Pedro confirmando la confesión con su alabanza y con la propia manifesta­ción: «Te lo ha revelado mi Padre que está en los cielos».

Un tercer caso paralelo. La narración de Jesús andando sobre las aguas del lago de Genesaret, tras la multiplicación de los panes. En Mateo, Marcos y Juan.

Ø sólo Mateo propone una confesión de los apóstoles en la barca al ver el poder de Jesús, que camina sobre las aguas, y calma de pronto la tormenta y el viento.
Ø sólo Mateo pone en el episodio la audacia de Pedro, quien al ver a Jesús en la noche sobre las aguas, dice: «Si eres tú, mándame venir a ti». Al responder Jesús simplemen­te: «Ven», Pedro comienza a caminar sobre el mar alborotado, lo mismo que Jesús.

El hecho más importante de este episodio en Mateo es que al reconocer ya a Jesús en el que andaba sobre las aguas, y entrar en la barca con ellos, haciendo cesar el viento, los discípulos le adoraron (prosekúneson) diciendo: «Verdaderamente, eres Hijo de Dios», (alezos, Zeoú Uiós éi) (Mt 14, 33).


4.- ¿Por qué sólo en Mateo?

La razón podría ser simplemente una razón de fidelidad y de modestia. Pues en la cronología evangélica, en cualquier caso, se supone que Marcos ha escrito o redactado su evangelio en vida de Pedro, y según sus catequesis, como «intérprete de Pedro»

Marcos tuvo como norma «poner por escrito las cosas como las recordaba, con cuidado de una cosa: no omitir nada de lo que había oído, y no falsear nada en ello». Si Marcos puso lo que había oído a Pedro, sin quitar ni añadir nada, se sigue simplemente que Pedro, en las catequesis que Marcos oyó, no mencionó la promesa hecha por Jesús a él.

Si se pregunta por qué entonces Lucas no lo insertó, hay que decir que cuando Lucas lo escribió es más probable que fuese todavía en vida de Pedro, según la cronología más tradicional.

Si se pregunta de dónde pudo sacar Mateo este testimonio, y cuál fue su fuente, deberíamos decir que las catequesis apostólicas fueron repetidas y muchas. Cualquiera de ellas pudo dar el testimonio mateano, conservado con un gran respeto a Pedro, y sacado a luz cuando él hubo desaparecido como obstáculo.

Podemos proponer un caso de más difícil explicación, y que por otra parte hace evidente su realidad. Es el de la historia de la resurrección de Lázaro en Juan.

Juan lo narra con lujo de detalles impresionante por lo cual no puede tomarse la narración como relato ficticio teologal: desde la llamada de las hermanas angustiadas a Jesús cuando se hallaba lejos, hasta el encuentro con ellas y los judíos asistentes, que eran muchos, y la resurrección dramática de Lázaro, que da ocasión, según Juan, a la decisión final de dar muerte a Jesús (Jn 11, 47-53).

¿Cómo es que los tres sinópticos han guardado un silencio absoluto sobre la resurrección de Lázaro, de tal importancia histórica cuando faltan sólo seis días para le muerte de Jesús?

O Juan finge el hecho con tanto detalle, y resulta entonces un escritor indigno de crédito, lo cual es imposible suponer, y es contra su propio testimonio (Jn 19, 35), o los sinópticos al callar el hecho de Lázaro nos dejan la certeza de que no se puede muchas veces dar razón del silencio y la omisión, cuyo secreto sólo conoce el escritor quejo calla.

Comparado con este caso, nos parece que el hecho de que Mateo haya ofrecido un complemento del relato de Marcos y aun de Lucas, que ellos han omitido cuanto a la respuesta de Jesús y la totalidad de la confesión de Pedro, resulta mucho más comprensible y explicable. Lo que hay que explicar en realidad no es la verdad de Mateo, sino la omisión de Marcos y aun de Lucas, al narrar el episodio. Mucho mas extraño resulta que Lucas haya callado la resurrección de Lázaro, conociendo por otro lado a la familia de Betania, de la cual cuenta un hecho valioso y del que es el único testigo (Lc 10, 38-42), que haber callado la plenitud de la confesión de Pedro, cuando la ha insinuado de algún modo.


II - EL YO DE JESÚS EN LOS SINÓPTICOS

Además de las dos declaraciones de Divinidad asignadas a Jesús en los Sinópticos, hay otras formas de afirmación de la misma divinidad, puestas en boca de Jesús por los autores de los tres evangelios citados.

Ø Afirmaciones de su yo personal con resonancias divinas
o “Yo soy”
o El Yo sujeto de acción divina
Ø Manifestaciones sobre la superioridad de la persona de Jesús
Ø Misión y origen de Jesús
Ø Manifestaciones de sus poderes personales que alcancen límites trascendentes y divinos. El perdonar pecados y hacer milagros

El “Yo divino” de Jesús en los sinópticos

La persona se traduce por el pronombre personal «Yo» en el lenguaje humano. Si se toman las expresiones de alguien a través de las frases en que expresa la primera persona y su actividad, ha de aparecer el concepto que tal persona humana tiene de sí misma como actuante de su actividad humana. Por todo ello, el «yo» en sus formulaciones lleva a discernir quién es el que habla.

En Jesús, si verdaderamente tiene conciencia de un «Yo» que sea divino, esto habrá de aparecer algunas veces en las formulaciones del mismo en su lenguaje cuando emplee la primera persona.

“Yo soy”

La más importante forma de las locuciones en «yo» en los sinópticos, es: «Yo soy» o «Soy Yo». Adquiere importancia especial por ser la fórmula sagrada que Dios empleó con Moisés en la zarza ardiente para expresar la suya trascendente. Designa así el nombre mismo de Yahyéh, palabra que significa precisamente en lengua hebrea «El-es», o «Soy-El-que-soy (o es)». Piensan algunos que era una «forma de majestad» de hacer sentir la presencia de Yahvéh en su persona.

En Marcos hallamos dos veces el Yo-soy.

Ø Cuando Jesús camina en la noche sobre las aguas embravecidas, tranquiliza a sus discípulos con esta palabra: «No temáis, soy Yo» (6. 50).
Ø En la solemne ocasión de la respuesta a Caifás ante el Sanedrín sobre su propia identidad. «¿Eres tú el Hijo del Bendito (Dios)?-Yo soy» (Mc 14, 62).

En Lucas encontramos en otras dos ocasiones.

Ø En la respuesta a Caifás. Ofrece la misma forma de Marcos. «¿Eres tú el Hijo de Dios? » —«Lo decís vosotros, Yo-soy» (Lc 22, 70).

Ø La declaración a los discípulos reunidos, después de la resurrección, al presentarse a ellos: «No temáis, Yo-soy» (Lc 24,36), y al afirmar su realidad personal directamente: «Sov-Yo, tocad y ved» (Lc 24, 39).


En Mateo la hallamos en tres ocasiones

Ø En la escena de la tempestad con Jesús sobre las aguas, con el «Yo-soy» que pronuncia como en Marcos para tranquilizar a los discípulos.
Ø Hallamos además la afirmación de su presencia con esta fórmula en dos ocasiones:
o Cuando declara cuál es la mínima cantidad de «ecclesia» necesaria para su presencia, «dos o tres reunidos en mi nombre», y la afirmación: «Allí soy o estoy en medio de ellos» (Mt 18, 20; ecclesia en v. 17).
o Después de la resurrección, al enviarlos en misión eclesial por el mundo. Dice en la aparición que podemos llamar «eclesial»: «Yo soy o estoy (egó eimí) con vosotros hasta el fin del mundo» (Mt 28, 20).

El “Yo” sujeto de una acción divina

En Mateo

Ø Expresa su fuerza universal de restaurador y consolador: «Venid a mí, todos los que sufrís (trabajáis) y estáis cargados, que Yo os aliviaré (reconfortaré)».

Ø Cuando envía a sus apóstoles en misión les dice: «Yo os envío como ovejas en medio de lobos» (Mt 10, 16).

En Lucas tenemos dos ejemplos

Ø Se considera capaz de disponer las cosas del cielo personalmente: «Yo os preparo, como mi Padre a mí, un reino en el que comáis y bebáis en mi reino sobre mi mesa, y os sentéis en tronos para juzgar a las tribus de Israel» (Lc 22, 29-30).

Ø En la cruz, al buen ladrón le promete estar con él en su reino, que es el Paraíso: «Hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lc 23, 43).

En más de uno de los sinópticos

Jesús dice que sus palabras tendrán valor de eternidad, porque son infalibles en sí mismas. Mateo y Lucas ponen en su boca estas palabras: «El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán» (Mt 24, 35; Lc 21, 33).

Las fórmulas: “Yo os digo” y “Amén”

Ø La fórmula habitual del hablar de Jesús: «Yo os digo» resplandece en las famosas matizaciones o aun modificaciones puestas a los preceptos divinos por Jesús en el sermón del monte, corrigiendo a Moisés o perfeccionándolo. «Habéis oído que se dijo, pero Yo os digo…»

Ø Más llamativa todavía es la forma especial de aseveración firme, y aun reiterada, que aparece en sus labios con el Amén. Se ha notado que es una de las formas propias de hablar de Jesús, que parecen pertenecer a sus «ipsissima verba». Esta fórmula «Amén, yo os digo» se halla puesta en labios del propio Jesús por los cuatro evangelistas con notable abundancia: en Mateo aparece hasta 23 veces, en Marcos diez veces, en Lucas seis veces, y en Juan hasta diecinueve veces, en forma aún más significativa, ya que siempre aparece con el Amén repetido; «Amén Amén, yo os digo», lo cual da mayor fuerza aún a la aseveración, y parece indicar la forma exacta de la locución en labios de Jesús.

La más alta formulación en los sinópticos de este personalismo trascendente de Jesús ha sido dada por él mismo en un texto que es considerado como suprema expresión directa de divinidad en los sinópticos:


«Te alabo, Padre, Señor de cielo y tierra,
Porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes,
y las has descubierto a los infantes.
Sí, Padre, porque así te ha agradado (hacerlo).
Todas las cosas me han sido dadas por mi Padre.
Y nadie conoce al Hijo sino el Padre,
ni nadie conoce al Padre sino el Hijo,
y si el Hijo quiere revelárselo (a alguien)».

Superioridad de la persona de Jesús

Ø Se proclama superior al profeta Jonás: Y aquí hay uno que es más que Jonás» (Mt 12, 41; Lc 11, 32).
Ø Se proclama superior a Salomón: « (…) y aquí hay uno que es mayor que Salomón» (Mt 12, 42; Lc 11, 31).
Ø Declara que «muchos profetas y reyes (justos, en Mateo) desearon ver lo que vosotros veis, y oir lo que oís, y no lo vieron ni oyeron» (Mt 13, 17; Lc 10, 24), es decir verle a él y oirle a él.
Ø Jesús introduce correcciones a la ley de Moisés.
Ø Queda todavía alguien a quien el propio Jesús ha declarado «el mayor de los nacidos de mujer», que es Juan Bautista (Mt 11, 11; Lc 7, 28).
Ø Quedan aún, en una región superior a los hombres, los ángeles de Dios. Jesús declarará que los ángeles son sus servidores personales (Mt 13, 41; 16, 27; 24, 31; 25, 31; Mc 13, 27; Lc 9, 26).
Ø Declara que él es superior a los signos de divinidad más sagrados existentes en la tierra: el Templo y el sábado, el día del Señor. Pues bien, Jesús declara que él es «mayor que el Templo» (Mt 12, 6; cf. Jn 2, 19). Y también que es «dueño o señor del sábado» (Mt 12, 8; Mc 2, 28; cf. Mt 12, 12; Mc 3, 4; Lc 6, 9).
Ø Jesús llega a constituirse en el punto clave y centro del ámbito religioso, que es lugar que corresponde a Dios. Exige la fe en él para la salvación (Mt 7,21-23; 10, 32-33; Lc 9, 26); exige el amor total a él, que ha de ser reservado a sólo Dios, conforme al primer mandamiento (Mc 12, 29), pidiendo que se abandonen todos los amores por la entrega a él (Mt 10, 37; Mc 10, 29; Lc 14, 26); el mundo de los hombres se divide en los que están por él y los que están contra él (Mt 12, 30; Mc 9, 40; Lc 9, 50). Finalmente, exige que se haya de dar hasta la propia vida por él, si llega el caso, y esto es lo que luego han hecho millares de mártires por su nombre (Mt 10, 39; Lc 9, 24-25).

Misión y origen de Jesús

Cuando Jesús quiere expresar su propia misión, repetidas veces lo hace con el verbo «venir» «haber venido» para un fin determinado. Estiman algunos teólogos que esta forma de hablar indica un origen de preexistencia por la forma y modo de emplear el verbo.

Porque él ha venido para una cosa determinada (Mc 1, 38), y si se pregunta cuál es esta misión singular de su predicación, en la que habla siempre de la llegada del «Reino de los cielos o de Dios», en enseñanzas y singularmente en parábolas abundantes, la respuesta nos la dan palabras del propio Jesús, que se refieren a la salvación de todos.

Nos ilumina sobre este «venir» la manera de expresarse con respecto a la «segunda venida» del Hijo del hombre, que será para juzgar. Jesús la define diciendo: «Vendrá el Hijo del hombre», «cuando venga el Hijo del hombre»; y esta venida ciertamente es desde una preexistencia gloriosa con Dios tras su muerte (Mt 16, 27; 24, 27.30.37.44; 25, 31; 26, 64—Mc 13, 26; 14, 62— Lc 9, 26; 18, 8; 21, 27). No se puede dudar de que Jesús ha hablado de una última venida del Hijo del hombre para juzgar.

Los poderes personales de Jesús

a) El perdón de los pecados.

Ø El caso del paralítico, curado de su enfermedad de modo repentino y ante una multitud, precisamente en señal de su poder de perdonar los pecados.

Ø El caso de la mujer pecadora convertida, sea ella quien sea. Jesús a la vista de tan extraordinaria acción, dice a la mujer: «Te son perdonados tus pecados». Los asistentes, también aquí, se maravillan de esta audacia: «¿Quién es éste que hasta perdona pecados?».
Ø En lo alto de su cruz Jesús dice a uno de los bandidos crucificados: «Amén, te digo a ti, hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lc 23, 42:43). Perdona y aun promete el paraíso, como quien es dueño de la situación enteramente.

b) El poder de los milagros

Jesús manifiesta un poder asombroso, no solamente en hacer milagros, sino precisamente en el modo como los hace.

Ø El leproso que acude a pedir su curación recurre a la potestad de Jesús para curarle, sólo con quererlo. Y Jesús lo acepta: «Si quieres, puedes curarme. —Quiero, Queda limpio.» (Mt 8, 3; Mc 1, 41; Lc 5, 13).
Ø En el caso de la hemorroísa se advierte por el propio Jesús que una fuerza o energía curación ha salido de su naturaleza para curar a la mujer. «¿Quién me ha tocado? He sentido salir de mí una fuerza». (Mc 5, 30; Lc 8, 46; cf. Mt9, 22).
Ø En el caso del de la mano deformada y «seca», sea por una hemiplegia sea por artrosis deformante, le ha bastado a Jesús con decir: «Extiende tu mano» Mt 12, 13; Mc 3,5; Lc 6,10).
Ø En los casos de los ciegos le ha sido suficiente tocar con su mano a los privados de vista (Mt 9, 29; Mc 8, 24), o simplemente conceder de palabra la visión (Mc 10, 52; Lc 18, 42).
Ø Según Lucas, hace desaparecer la enfermedad totalmente con solo dar la orden, o imponer las manos, a una mujer encorvada, a un hidrópico, y hasta a diez leprosos juntos (Lc 13, 13; 14,4; 17, 14).
Ø Tenemos que recordar que hay una docena de pasajes en los sinópticos, de curaciones masivas de todos los enfermos presentes
Ø Hay dos resurrecciones en los sinópticos. El caso de la niña de Jairo, a la que simplemente dice: «Niña, levántate». La resurrección verificada en Naim, devolviendo el hijo a su madre llorosa.
Ø En los sinópticos hallamos dos multiplicaciones de panes con la sola acción de distribuirlos entre la multitud, habiendo más al final de restos, que al principio de enteros (Mt 14, 13; 15,32; Mc 6, 34; 8, 1; Lc 9, 12).
Ø Pueden señalarse también de manera especial los dos milagros relativos a la tempestad en el lago, con el poder de Jesús para mandar directamente a las aguas y al viento. «¿Quién es éste á quien obedecen el viento y el mar?».

Debemos de nuevo recordar, hablando de los milagros como poderes mostrados por Jesús, que no es necesario probar o saber si han de considerarse como históricos, en este momento de nuestro desarro­llo. Nos basta haber consignado que los evangelistas ciertamente los atribuyen a Jesús como hechos, y ponen en sus labios, con ocasión de estos milagros, palabras que muestran claramente, en la misma intención de los escritores, que él se consideraba posesor de tales poderes ante los casos que se le presentaban, ante el mar embravecido, ante la carencia de alimentos ante la enfermedad o la muerte.


Realidad histórica de los milagros

La crítica más exigente debe respetar hechos atestiguados por documentos serios, serenos y producidos no con demasiada lejanía de los hechos. Son lógicos los críticos racionalistas no-creyentes, es decir ateos, (o hasta deístas solamente, si los hubiere hoy), al negar la posibilidad misma del milagro. Pues, de no haber Dios superior a la naturaleza y autor de ella, es enteramente lógico que no puede haber fuerza alguna superior a las fuerzas naturales y a las leyes de la naturaleza, científicamente establecidas: y comprobadas. En cambio, si se acepta la existencia de un Dios creador de la naturaleza no se ve como puede ponerse en duda que el que la hizo la pueda modificar a voluntad, sin perturbar por ello las mismas leyes generales establecidas, sino haciendo singulares excepciones a ellas con el mismo poder que las imprimió en la naturaleza de las cosas.

El crítico creyente necesaria y lógicamente ha de aceptar la posibilidad del milagro, y rechazar el postulado previo de su imposibilidad real. Y, dando la vuelta a la negación del increyente, y con su misma lógica, si hay realmente milagros ello significa que hay Dios.

Hay determinadas cosas que el sentido común clama que nunca serán posibles para ninguna ciencia: tales son el resucitar los muertos, el curar instantáneamente una grave destrucción orgánica (lepra, tumor canceroso, ojo deshecho, grave fractura ósea y destrucción del tejido...), ni tampoco multiplicar la materia copiosamente o calmar instantáneamente la terrible energía de una tempestad furiosa y embravecida. El verdadero milagro seguirá siempre siendo milagro.




martes, 5 de febrero de 2008

El Mesías de Israel en los Evangelios

Aula P. Igartua - El Mesías, Jesús de Nazaret
EL MESÍAS DE ISRAEL EN LOS EVANGELIOS

Esta cuestión se estudia siguiendo la exposición de la segunda parte del libro: “El Mesías, Jesús de Nazaret” escrito por el P. Juan Manuel Igartua, publicado por Ediciones Mensajero en el año 1986.

Esquema y contenido del libro “El Mesías, Jesús de Nazaret”

El problema que presenta la crítica histórica de los textos evangélicos es: los textos y palabras de Jesús en su vida mortal, la casi totalidad del evangelio, ¿han sido recogidos a la luz de la nueva fe que los transforma en su propia estructura, o son realmente, en la medida de lo posible, del propio Jesús?

Sus afirmaciones, directas o indirectas, de divinidad. ¿Son de él o han sido puestas en su boca por una fe que las transforma? ¿Dijo que era Dios o se lo han hecho decir, con toda la buena voluntas que se quiera, pero no objetivamente? ¿O hay acaso que entender de otro modo tales palabras?

Resolver este problema de gran importancia crítica es el intento del trabajo del P. Igartua. Jesús hace dos tipos de afirmaciones que se estudian en dos partes de la obra: las de su mesianidad y las de su divinidad.

El libro consta de cinco partes:

Ø Primera: pruebas de la existencia histórica de Jesús de Nazaret;
Ø Segunda: se responde a esta pregunta: ¿Se proclamó Jesús Mesías de Israel?;
Ø Tercera, se responde a esta pregunta: ¿Se proclamó Jesús a sí mismo Dios, de un modo o de otro?;
Ø Cuarta, propone las razones críticas externas e internas, que sustentan la realidad objetiva de tales palabras afirmadas;
Ø Quinta, concluye, a vista del resultado crítico, sobre la identidad mesiánica y divina de Jesús.


Segunda Parte: ¿Se proclamó Jesús Mesías de Israel?

Los títulos mesiánicos



  • Primer título mesiánico: “Mesías” o “Cristo”.


  • Segundo título mesiánico: “Hijo de David”.


  • Tercer título del Mesías: “Hijo del Hombre”.


  • Cuarto título: “Santo de Dios”.

Afirmaciones Mesiánicas de Jesús

En este capítulo se recogen los testimonios puestos por los evangelios en boca del propio Jesús acerca de su mesianidad, de ser él aquel Mesías o Cristo que Israel esperaba. No se trata de un Mesías político, sino religioso y trascendente, sin que por ello exija identificar la mesianidad con la divinidad afirmada.

Manifestaciones a sus discípulos

Según el evangelio de Juan, Jesús debió manifestarse a sus principales y primeros discípulos, desde la entrevista personal con ellos, como Mesías de Israel.

Ø Primer testimonio: el de Andrés. “Hemos encontrado al Mesías”, dijo de sopetón Andrés a su hermano Simón (Jn 1, 41).

Ø Segundo testimonio: el de Felipe. “Hemos hallado a aquel de quien escribió Moisés en la Ley, y los Profetas, y es Jesús, el hijo de José de Nazaret” (Jn 1, 45)

Ø Tercer testimonio: el de Natanael. “Maestro, Tú eres el Rey de Israel” (Jn 1, 49), es decir, el Cristo o Mesías esperado. Jesús no rechaza su confesión.

Ø Cuarto testimonio: la confesión de Pedro. Solamente examinamos el aspecto de confesión mesiánica del Cristo Vistos los textos de los sinópticos, debemos convenir, al menos, en que Pedro proclamó la mesianidad de Jesús, con estas palabras que son común denominador de los tres textos: “Tú eres el Cristo” (Mt 16, 16; Mc 8, 29; Lc 9, 20).

Resultaría difícil negar que Jesús proclamó, según los evangelistas, al aceptar la declaración de Pedro, que él era el Cristo.

Ø Quinto testimonio: El comienzo del discurso apocalíptico. En el mensaje apocalíptico de Jesús comienza por una proclamación clara de ser el Cristo. Se halla el pasaje de la pregunta de los apóstoles en los capítulos 24 de Mt; 13 de Mc; y 21 de Lc. En todos la pregunta de los apóstoles obtiene un mismo resultado, que es el anuncio de los sucesos de la caída de Jerusalén y del fin del mundo o segunda venida del Mesías en gloria. Aunque se halle en Mateo y Marcos la notable negación del conocimiento del día y tiempo de esta venida, (Mt 24, 36; Mc 13, 32), afirma la realidad del hecho.


Manifestación a otras personas singulares




  • Ø La mujer de Samaría en Juan. Después de hablar con Jesús dio testimonio de esta revelación sorprendente recibida por ella, al convocar al pueblo para que acudiese a El, quien permaneció así en contacto con el pueblo durante dos días (Jn 4, 40) y el resultado fue que le aceptaron como “Salvador del mundo” (Jn 4, 42).


  • Ø El de Marta en la resurrección de su hermano Lázaro. “Sí, Señor, yo he creído que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo, que has venido a este mundo” (…) Esta afirmación de Marta sobre la mesianidad de Jesús, y trascendente por lo que se añade, es plena y absoluta. Es un Mesías que ha venido de Dios, es el Mesías o Cristo.


Los títulos mesiánicos en Jesús

Ø Mesías o Cristo es el de Rey de Israel, Rey divino o enviado por Dios a Israel. Uno de los temas predilectos de la predicación de Jesús fue el del Reino de Dios o Reino de los cielos.

Ø “Hijo de David”. Jesús nunca se llamó a sí mismo el Hijo de David. Pero admitió que se le dirigiera este título por los que a él acudían.




  • Primer caso: el del ciego de Jericó. Marcos le ha dado el nombre de Bartimeo o hijo de Timeo. “Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí” (Mc 10, 47; Mt 20, 30; Lc 18, 38).


  • Segundo caso: la mujer cananea en Mateo. Ésta invoca a Jesús con el nombre de Hijo de David, y obtiene la curación de su hija (Mt 15, 22).


  • El tercer caso, común a los tres sinópticos, y el más relevante sin duda: la entrada gloriosa del día de los ramos en la ciudad de Jerusalén. (…) Mateo presenta el título mesiánico de “Hijo de David”, que es aclamado en Jesús (Mt 21, 9), título que parecen omitir Marcos y Lucas. Pero en realidad la han sustituido por un equivalente. Pues Marcos dice: “Bendito el que viene en nombre del Señor, bendito el Reino que viene de nuestro padre David” (Mc 11, 10); y Lucas hace también referencia a la entrada regia, diciendo: “Bendito el Rey que viene, en nombre del Señor” (Lc 19, 38).


Ø “Hijo del hombre”.

• Nunca ha sido utilizado tal título por los propios evangelistas, ni siquiera por los escritos apostólicos. Siempre aparece en boca del mismo Jesús

• Utiliza el título para designarse a sí mismo en su vida cotidiana, como por ejemplo cuando afirma que no tiene lugar fijo para dormir (Mt 8, 20; Lc 9, 58), o se queja de ser acusado de comedor y bebedor injustamente (Mt 11, 19; Lc 7, 34)

• De su muerte en cruz habla enigmáticamente como de una “exaltación, ser levantado en alto”, con el título de Hijo del hombre en Juan, expresión que provoca la respuesta del pueblo que le oía, el cual identifica el Hijo del hombre con el Cristo o Mesías.

• También designa con el título misterioso la segunda venida para juzgar en numerosos textos. El Hijo del hombre será el juez de los hombres (…) La hora de esta venida es repentina, como el rayo, y desconocida para todos excepto para Dios (Mt 24, 27; Lc 17, 24; Mt 24, 44; Mc 13; 32; Lc 12, 40).

• Para desvelar en profundidad el misterio del Hijo del hombre sería necesario aducir los textos más importantes, que se resuelven ya en implícita afirmación de divinidad; él perdona los pecados, él es dueño del sábado (Mt 9, 6; 12, 8).

• Pero otro texto muy importante del uso de la expresión “Hijo del hombre” por Jesús es el relativo a la eucaristía. “En verdad en verdad (Amén, amén) os digo si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre no tendréis vida en vosotros” (6, 53). “¿Esto os escandaliza? ¿Y si viereis al Hijo del hombre que sube a donde estaba antes?” (6, 62). Todo esto muestra que el valor dado a la expresión “Hijo del hombre” es totalmente trascendente, pues llega a referirlo a una existencia anterior.

Consta claramente aquí que en Juan este Hijo del hombre es el propio Jesús, pues dice repetidas veces en primera persona que él mismo es este pan de vida

• Un tercer relato d en Juan, es el del ciego de nacimiento, Jesús le dice: “Tú crees en el Hijo del hombre?” (9, 35). “¿Quién es, Señor, para que crea en él?”. Jesús hace la solemne declaración: “Le has visto ya, El que habla contigo ése es” (9, 37)

Testimonios mesiánicos: milagros y posesos

Ø Cuando el Bautista envió dos discípulos a Jesús para preguntarle si era él aquel que Israel esperaba que había de venir, es decir, el Mesías, o si habían de esperar después de él a otro. Decid a Juan lo que habéis visto y oído. “Los ciegos, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, los pobres son evangelizados” (Mt 11, 4-5; Lc 7, 22).

Ø Respecto a los testimonios que dieron de él los espíritus malos cuando salían de los posesos, acerca del título de Cristo o Mesías, debemos notar la actitud del propio Jesús en relación a tales manifestaciones.


El proceso de Jesús: el Sanedrín

Ø La culminación del testimonio mesiánico de Jesús se produce ante el tribunal supremo de Israel, llamado el Sanedrín, presidido por el Sumo Sacerdote, que lo era este año Caifás, yerno del anterior Anás (Lc 3, 2). Hallamos la escena en los tres evangelios sinópticos. Juan no relata la escena.

Ø La primera cuestión planteada era: ¿Eres el Cristo o Mesías esperado? ¿Te tienes por tal?. La pregunta se hacía, señala Juan, en el invierno que precedía a la última Pascua de la muerte. Trajeron testigos para la acusación formal (en el tribunal) y sin duda querían testimonios de esta pretensión mesiánica. Pero los testigos no fueron constantes o concordes (…)

Ø Entonces entró directamente en acción el mismo Sumo Sacerdote, Caifás, enfrentado autoritariamente al reo, le conminó a declarar este punto clave. El silencio de Jesús ante los testimonios aducidos contra él, que no han conseguido llevar a la confesión del propio reo, le obliga a plantear la pregunta.




  • Mt (26, 63-64) – “Dinos si tú eres el Cristo, el Hijo de Dios”. “Tú lo has dicho”

  • Mc (14, 61-62) – “¿Eres tú el Cristo, el Hijo del Bendito (Dios)”. “Yo soy”

  • Lc (22, 66-67) – Si tú eres el Cristo, dínoslo”. “Si os lo digo no me creeréis”.

Ø Mateo y Marcos han unido en la pregunta del Sumo Sacerdote la doble cuestión del Cristo y del Hijo de Dios. Lucas, quizás con más crítica, ha puesto separadas ambas cuestiones.

Ø En resumen dejamos sentado que Jesús, según los tres evangelistas, ha afirmado ser el Cristo en la pregunta oficial y jurídica que se le ha propuesto en nombre de la autoridad religiosa. No ha vacilado ante la muerte, y ha dado testimonio a su propia verdad.

Ø Los evangelistas, después de este juicio previo al de Pilato, nos presentan a los sacerdotes llevando la acusación de la proclamación de “el Cristo”, o sea “el rey” de Israel, ante el tribunal político y civil.

Ø En realidad, a los sacerdotes no les bastaba para condenar a Jesús acusarle de proclamarse Cristo o Mesías. Era el celeste trasfondo de su mesianismo lo que rechazaban. Era, en rigor, la proclamación de divinidad lo que condenaban, de la cual hablaremos mas adelante.

El proceso político ante Pilato

Ø Consta en los evangelios que la acusación formal ante Pilato, que los sacerdotes de común acuerdo plantearon, es la de mesianismo. El reo se ha proclamado rey de Israel al proclamarse Cristo. Lucas es el que mejor ha planteado la plenitud de la fórmula acusatoria: “Provoca la rebelión de nuestro pueblo, prohíbe dar tributo al César, y dice que él es el Cristo (o Rey)” Lc 23, 2; Mt 27, 11-14; Mc 15, 2-4). Es pues una acusación certeramente formulada para destruir a Jesús ante Pilato.

Ø Pilato hace la primera pregunta a Jesús sobre este punto: “¿Eres tú el Rey de los judíos?” (Mt 27, 11; Mc 15, 2; Lc 23, 3). La respuesta de Jesús fue rotunda: “Tú lo dices”, que equivale a la plena afirmación. (…) Pilato hace la misma pregunta en Juan que en los sinópticos, y obtiene la misma respuesta afirmativa: “¿Luego eres rey?”, ya que confiesas tener un reino. “Tú lo dices, yo soy Rey”, es también aquí la respuesta de Jesús (Jn 18, 37)

Ø Lucas introduce el episodio de Herodes, del que sin duda tiene testimonio por alguna fuente personal. Es un intento de Pilato de zafarse del problema, al oír la acusación de que la rebelión comenzó en Galilea, el lugar clásico de las rebeliones, de donde es originario Jesús en la creencia general, y donde ciertamente ha vivido y reclutado sus primeros discípulos.

Ø La causa de Jesús no ofrecía base real para la acusación, sino solamente pretexto, que aprovecharon los sacerdotes. Jesús se declaró Cristo o Mesías, pero tuvo un gran cuidado en mostrarse ajeno a toda maniobra política. Desde el comienzo de su predicación la centró en la llegada del “Reino de Dios” o del “Reino de los cielos”. Hablaba de un reino espiritual, de obediencia a los mandamientos de Dios, de conversión del corazón, aunque trataba por esto mismo de un verdadero Reino de Dios en los hombres. Reino que tenía su “Rey”, el Cristo o Mesías, que se declaraba él mismo.

Ø Pilato para librar a Jesús piensa Pilato en Barrabás (…) Conoce el presidente la tumultuosa manifestación de los ramos, y los hosannas al “Hijo de David”, y el enfrentamiento de Jesús con los sacerdotes en el templo, arrojando a los vendedores fuera. Puesto que la multitud aclamaba a Jesús, la multitud el elegirá. Intenta una especie de referéndum popular. Propone la pregunta: “¿Quién queréis que os suelte, Barrabás o Jesús, llamado el Cristo?” (Mt 27, 17). Tanto Marcos como Juan sustituyen la palabra Cristo por la de “rey de los judíos”.

Ø Al responder la turba con su grito unánime “persuadida por los sacerdotes”, principales responsables del grito (Mt 27, 20; Mc 15, 11), que preferían a Barrabás, todavía Pilato queriendo salvar su propio gesto, insistió con las mismas palabras ofreciendo la oportunidad de librar a los dos: “¿Y qué haré de Jesús, que es llamado el Cristo?” (Mt 27, 22)”

Ø Ordena azotar a Jesús creyendo salvarle de la muerte por este medio. Después de cumplir el cruel oficio, los verdugos inventan un castigo superior (…) Trenzaron una corona de agudas espinas (…) El doloroso episodio, insólito quizás en los anales romanos, muestra de nuevo que el título en juego en el proceso era el de “rey de los judíos” o Mesías-Cristo. Pues impuesta la corona comenzaron con los golpes salvajes los burlescos saludos: “Salve, Rey de los judíos” (Mt 27, 29; Mc 15, 16; Jn 19, 3).

Ø Los últimos intentos de Pilato por salvar a Jesús se producen ente la nueva dimensión divina que entrevé en el proceso. Al notarlo los sacerdotes vuelven a la acusación política (…) “Si sueltas a éste no eres amigo del Emperador, pues todo el que se hace rey a sí mismo se opone al César” (Jn 19, 12). Decís que se hace rey, pues bien: “Ahí tenéis a vuestro rey” (Jn 19, 14). El humano y conmovido “el hombre” se ha convertido en el irónico y dramático “el rey vuestro” (…) “¿A vuestro rey he de crucificar?” – No tenemos más rey que el César” (Jn 19, 15). Queda así planteada la causa de Jesús en el dramático desarrollo del proceso como una causa mesiánica. Jesús será condenado como rey de los judíos, como Mesías y Cristo.

Ø Declarada la sentencia, el título de la causa fue escrito según costumbre, para llevarlo al lugar del suplicio y ponerlo sobre el reo ajusticiado para conocimiento popular. En una tabla de madera es grabado el título de la causa en tres lenguas: en la línea superior en arameo o hebreo, en la siguiente en griego, en la inferior en latín. Las tres lenguas usadas en el país, la del pueblo palestino, la de la cultura genera, la de la justicia romana, son empleadas para público testimonio: “Jesús Nazareno Rey de los judíos”. El testimonio atravesará los siglos, y hará saber a todas las gentes que Jesús es, y se ha proclamado, “Rey de los judíos”, que significa Cristo-Mesías (Mt 27, 36; Mc 15, 26; Lc 23, 38; Jn 19, 19).

El cumplimiento de las Escrituras

Jesús se declara Mesías de Israel, el Cristo esperado. La esperanza del Mesías es el fondo mismo de la historia del pueblo judío. Esto se halla en los escritos sagrados del pueblo de Dios.

Entre las declaraciones mesiánicas del propio Jesús, deben ser contadas aquellas en las que Jesús, según los evangelios, menciona el AT como escritos referidos a él mismo.

Ø Durante su vida ha declarado repetidas veces que en él se cumplen las Escrituras sagradas de Israel, lo cual equivale a proclamarse el Mesías esperado. En su apostolado llegó a la sinagoga de su pueblo de larga residencia y trabajo, Nazaret. Le fue entregado para que lo leyese el libro del profeta Isaías, abriéndolo en el pasaje mesiánico en que se recuerda que sobre el Mesías está el Espíritu del Señor (Is 61, 1-2) Jesús se sentó para la explicación, y con los ojos de todo el pueblo fijos en su persona, comenzó tranquilamente su exegesis: “Hoy se ha cumplido esta escritura en vuestro oídos” (Lc 4, 21). En realidad acababa de proclamar: “Yo soy el Mesías”.

Ø En Mateo Jesús se niega a defenderse en el huerto de los Olivos, cuando llegan a prenderle: “¿Cómo se cumplirían las Escrituras de que es necesario que esto suceda?” (Mt 26, 54). En la cena había hablado diciendo: “Es necesario que se cumpla lo que está escrito de mí: Ha sido contado entre los malhechores” (Lc 22, 37), en cuyo momento Pedro sacó su espada (…)

Ø Juan es el que ha dado más vigorosos testimonios de la apelación mesiánica de Jesús a las Escrituras. La objeción puesta a Jesús para aceptar su título de Cristo era la creencia de que era Nazaret su lugar de origen, debiendo ser Belén conforme a la Escritura, pues el Mesías debía venir nacido de allí, y de Sion, no de Galilea (Jn 7, 41-42.52; cf Mt 2, 5-6; Jn 4, 22). Jesús arguye a los judíos que son precisamente las Escrituras las que dan testimonio del El: “Estudiad las Escrituras, y que pensáis tener en ellas la vida eterna. Son precisamente ellas las que dan testimonio de mí” (Jn 5, 39) (…) “Si leyeseis a Moisés, seguramente me creeríais a mí. Pues él escribió de mí” (Jn 5, 4). Y termina confirmando la aserción: “Pero si no creéis a sus escritos, ¿cómo vais a creer en mí?” (5, 47).

Ø Después de la resurrección el propio resucitado hará exégesis, sin duda maravillosa, de lo dicho por Moisés (la Ley) y los profetas, o sea la Escritura, sobre él y los sucesos de su pasión y muerte. Lo hará ante los de Emáus en el camino, y sus corazones arderán con un fuego nuevo al oír su interpretación mesiánica de la Ley y los profetas (Lc 24, 27).

Ø Luego, el resucitado les concedió el don de comprender las Escrituras y les añadió: “Así está escrito, que el Cristo debía padecer y resucitar al tercer día” (Lc 24, 45-46).

Conclusión mesiánica sobre las declaraciones de Jesús

Ø De este capítulo se desprende, creemos que con claridad, que Jesús de Nazaret, según lo que los evangelios le atribuyen (y que por el momento no juzgamos críticamente en su realidad histórica), se declaró Mesías de Israel, el esperado. Juan Bautista lo había anunciado, Jesús lo confirmó. Ya ante sus propios apóstoles en privado, ya ante personas particulares como la Samaritana, el ciego de nacimiento o Marta de Betania, ya también en público de diversas formas ante los judíos. Se puede decir, en general, que su predicación y sus parábolas del reino de Dios, que son tan numerosas, así como los milagros realizados, a los que apela, son testimonios públicos de su mesianismo. También su apelación mesiánica a la Escritura.

Ø Lo mismo muestra su aceptación solemne del título de Hijo de David, en el día de triunfo de los ramos. Y el título de Hijo de hombre, usado habitualmente por Jesús, pone de relieve su profundo conocimiento de la situación y del valor de tal título. Su afirmación mesiánica de ser el Cristo de Israel resplandece en el juicio ante el Sanedrín, al responder a la pregunta solemne del Sumo Sacerdote.

Ø Luego, el proceso ante Pilato y el título de su condena, puesto en la cruz sobre su cabeza, dejan indubitable tal punto. Este título, además de por los evangelios que no podrían falsearlo con todo el proceso realizado, nos es confirmado por el testimonio de Tácito, el cual reconoce que fue ésta la causa de la acusación, dando así valor histórico reconocido extraevangélico al hecho: “Su fundador, llamado Cristo, fue condenado a muerte por el procurador Poncio Pilato, imperando Tiberio” (Annales, 15, 44).

Ø Poseemos un fragmento que puede legítimamente ser tenido por auténtico, del título mismo de la Cruz de Jesús. En él, en el relicario de la Basílica de Santa Croce de Gerusalmme, construido por Constantino, se puede ver todavía hoy (y el que escribe lo ha visto) la parte del letrero en dos lenguas completas (griego y latín), con las señales indudables de la hebrea que providencialmente incluyen precisamente la causa del proceso: REY DE LOS JUDÍOS


APENDICE: "JESUS DE NAZARET" - JOSEPH RATZINGER

En la obra “Jesús de Nazaret”, Joseph Ratzinger (capítulo 10) trata de los nombres con los que Jesús se nombra a sí mismo. Dice que Pedro utilizó – como hemos visto- títulos diferentes, superiores: Mesías, Hijo de Dios vivo. El intento de condensar el misterio de Jesús en títulos que interpretaran su misión, más aún, su propio ser, prosiguió después de la Pascua.

Cada vez fueron cristalizando tres títulos fundamentales: Cristo (Mesías); Kyrios (Señor) e Hijo de Dios.

El primero apenas era comprensible fuera del ámbito semita: desapareció muy pronto como título único y se fundió con el nombre de Jesús: Jesucristo. La palabra que debía servir de explicación se convirtió en nombre. Él es una sola cosa con su misión; su cometido y su ser son inseparables. Por tanto, con razón su misión se convirtió en parte de su nombre.

En cuanto a los títulos Kyrios y de Hijo, ambos apuntaban en la misma dirección. La palabra “Señor” había pasado a ser, en el curso de la evolución del A.T. y del judaísmo temprano, un sinónimo del nombre de Dios y, por tanto, incorporaba ahora a Jesús en su comunión ontológica con Dios, lo declaraba como el Dios vivo que se nos hace presente. También la expresión Hijo de Dios lo unía al ser mismo de Dios.

Ratzinger se pregunta: ¿Se trataba del Hijo en un sentido traslaticio –en el sentido de una especial cercanía a Dios-, o la palabra indicaba que en Dios se daban realmente Padre e Hijo? ¿Supone que Él era realmente “igual a Dios”, Dios verdadero de Dios verdadero? El primer concilio de Nicea (325) solventó esta discusión con el término homousios (“consustancial, de la misma sustancia), el único término filosófico que ha entrado en el Credo. Pero es un término que sirve para preservar la fidelidad de la palabra bíblica. Nos quiere decir que cuando los testigos de Jesús nos dicen que Jesús es “el Hijo”, no lo hacen en un sentido mitológico ni político, que eran los dos significados más familiares en el contexto de la época. Es una afirmación que ha de entenderse literalmente: sí, en Dios mismo hay desde la eternidad un diálogo entre Padre e Hijo que, en el Espíritu Santo, son verdaderamente el mismo y único Dios.

Después presta una atención más detallada a las denominaciones con las que Jesús se designa a sí mismo en los Evangelios. Son dos. Por un lado, se llama preferentemente “Hijo del hombre”; por otro, hay textos – sobre todo en el evangelio de Juan- en los que se refiere a sí mismo simplemente como el “Hijo”. Jesús nunca utiliza el título Mesías para referirse a sí mismo; el de Hijo de Dios lo encontramos en su boca en algunos pasajes del Evangelio de Juan. Cuando se le ha llamado Mesías o con designaciones similares – como en el caso de los demonios expulsados y en el de la confesión de Pedro-, Él ordena guardar silencio. Sobre la cruz queda plasmado, esta vez de manera pública, el título de Mesías, Rey de los judíos. Y aquí puede tranquilamente aparecer escrito en las tres lenguas del mundo de entonces (Jn 19, 19s), pues por fin se le ha quitado toda ambigüedad. El tener la cruz por trono le da al título su interpretación correcta. Dios reina desde el madero; así es como la Iglesia antigua ha celebrado este nuevo reinado.


Hijo del Hombre

Hijo del hombre: esta misteriosa expresión es el título que Jesús emplea con mayor frecuencia cuando habla de sí mismo. Sólo en el evangelio de Marcos aparece catorce veces en boca de Jesús. Más aún, en todo el N.T. la expresión Hijo del hombre la encontramos sólo en boca de Jesús, con la única excepción de la visión de Esteban: “Veo el cielo abierto y al Hijo del hombre de pie a la derecha de Dios” (Hch 7, 56).

Esta constatación es importante. La cristología de los autores del N.T., también la de los evangelistas, no se basa en el título Hijo del hombre, sino en los títulos de Mesías (Cristo), Kyrios (Señor) e Hijo de Dios, que comenzaron a ser usados ya durante la vida de Jesús. La expresión Hijo del hombre es característica de las palabras de Jesús mismo

Se distinguen en general tres grupos de palabras referentes al Hijo del hombre:

Ø El primero, estaría compuesto por las que aluden al Hijo del hombre que ha de venir. Con ellas, sin embargo, no se designa a sí mismo, sino que precisamente se distingue del que ha de venir.

Ø El segundo, estaría formado por palabras que se refieren a la actuación terrena del Hijo del hombre

Ø El tercero, hablaría de su pasión y resurrección.

Frente a las diferentes interpretaciones acerca de la autenticidad de este título por parte de Jesús, dice: “A la comunidad anónima se le atribuye una sorprendente genialidad teológica. ¿quiénes fueron las grandes figuras que concibieron esto? Pero no es así, lo grande, lo novedoso, lo impresionante, procede precisamente de Jesús; en la fe y en la comunidad se desarrolla, pero no se crea”.

La expresión Hijo del hombre, con la cual Jesús ocultó su misterio y al mismo tiempo fue haciéndolo accesible poco a poco, era nueva y sorprendente. No era un título habitual de la esperanza mesiánica, pero responde perfectamente al modo de la predicación de Jesús, que se expresa mediante palabras enigmáticas y parábolas, intentando conducir paulatinamente hacia el misterio, que solamente pude descubrirse verdaderamente siguiéndole a Él.

“Hijo del hombre” significa en principio, tanto en hebreo como en arameo, simplemente “hombre”. El paso de una a otra, de la simple palabra “hombre” a la expresión “Hijo del hombre” y viceversa puede verse en unas palabras sobre el sábado que encontramos en los sinópticos. En Marcos se lee: “El sábado se hizo para el hombre, y no el hombre para el sábado” (Mt 12, 8; Lc 6, 5).

En tiempos de Jesús, “Hijo del hombre” no existía como título. No obstante, hay una primera alusión a él en la visión sobre la historia universal contenida en el Libro de Daniel basada en las cuatro fieras y el “Hijo del hombre”. El hijo del hombre que llega desde arriba es, pues, lo opuesto a las fieras que salen del fondo del mar; como tal, no es propiamente una figura individual, sino la representación del “reino” en el que el mundo alcanzará su meta final.

Centrémonos ahora en las palabras de Jesús. Ya hemos visto que un primer grupo de afirmaciones sobre el Hijo del hombre se refieren a su llegada futura. La mayor parte de éstas se encuentran en las palabras de Jesús sobre el fin del mundo (cf. Mc 13, 24-27) y en su proceso ante el Sanedrín (cf. Mc 14, 62).

La identificación del Hijo del hombre, que juzga al mundo, con los que sufren de cualquier modo presupone la identidad del juez con el Jesús terrenal y muestra la unión interna de cruz y gloria, de existencia terrena en la humildad y de plena potestad futura para juzgar al mundo. El Hijo del hombre es uno solo: Jesús. Esta identidad nos indica el camino, nos manifiesta el criterio por el que se juzgará nuestra vida en su momento.

Naturalmente, la crítica no considera estas palabras sobre el Hijo del hombre futuro como auténticamente jesuánicas. Sólo dos textos de este grupo, en la versión de Lucas, se aceptan como auténticas palabras de Jesús, porque se las considera como palabras que con toda probabilidad “podían” haber sido pronunciadas por Él.




  • En primer lugar Lucas 12, 8 s: “Y os digo que, si uno se pone de mi parte ante los hombres, también el Hijo del hombre se pondrá de su parte ante los ángeles de Dios. Y si uno reniega ante los hombres, lo renegarán a él ante los ángeles de Dios (…)”.




  • El segundo texto es Lucas 17, 24s: “Como el fulgor del relámpago brilla de un horizonte a otro, así será el Hijo del hombre en su día. Pero antes tiene que padecer mucho y ser reprobado por esta generación (…)”.


El motivo por el que se aceptan estos textos estriba en que en ellos, aparentemente, se distingue entre el Hijo del hombre y Jesús; sobre todo en la primera cita parece evidente que el Hijo del hombre no coincide con Jesús que está hablando.

A este respecto, se ha de notar ante todo que al menos la tradición más antigua no lo ha entendido así. En el texto paralelo de Marcos 8, 38 (“Quien se avergüence de mí y de mis palabras en esta época descreída y malvada, también el Hijo del hombre se avergonzará de él cuando venga con la gloria de su Padre entre sus santos ángeles”) la identificación no se expresa claramente, pero no es innegable a la luz de la estructura de la frase. En la versión que nos da Mateo del mismo texto falta la expresión “Hijo del hombre”. Mucho más evidente resulta la identificación del Jesús terrenal con el juez que ha de venir: “si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre del cielo” (Mt 10, 33). Pero también en el texto de Lucas vemos perfectamente claro la identidad a partir del contenido en su conjunto. Es cierto que Jesús habla de esa forma enigmática que le caracteriza, dejando al oyente el último paso para comprender. Sin embargo, la identificación funcional que hay en el paralelismo entre reconocimiento y negación, ahora y en el juicio, ante Jesús y ante el Hijo del hombre, sólo tiene sentido sobre la base de la identidad ontológica.

Los jueces del sanedrín le entendieron correctamente a Jesús, y él tampoco los corrigió diciendo, por ejemplo: “Me entendéis mal; el Hijo del hombre que ha de venir es otro”. La unidad interna entre la kénosis vivida por Jesús (Flp 2, 5-10) y su venida gloriosa es el motivo permanente de la actuación y la predicación de Jesús, es precisamente lo novedoso, lo “auténticamente jesuánico” que no ha sido inventado, sino que constituye más bien el aspecto esencial de su figura y de sus palabras.

Los distintos textos tienen su puesto dentro de un contexto y no se entienden mejor cuando se los aísla de el. A diferencia de Lucas 12, 8s, donde una operación semejante podría encontrar más fácilmente un punto de apoyo, este hecho resulta todavía más evidente en el segundo texto: Lc 17, 24s. En efecto, aquí la conexión se efectúa con claridad. El Hijo del hombre no vendrá aquí o allá, sino que brillará para todos como un relámpago de horizonte a horizonte, de modo que todos lo verán a Él, al que han atravesado (cf. Ap. 1,7); pero antes Él –precisamente este Hijo del hombre- tiene que sufrir mucho y ser repudiado. La profecía de la pasión y el anuncio de la gloria están inseparablemente unidos. Los textos se refieren claramente a la misma e idéntica persona: precisamente a Aquel que, cuando pronuncia estas palabras, estaba ya en camino hacia la pasión.

También encontramos estos dos aspectos en las palabras con que Jesús habla en presente de su actuación. Ya hemos comentado brevemente la afirmación que Él hace, según la cual, como Hijo del hombre, Él es señor del sábado (cf. Mc 2, 28). En este punto se aprecia precisamente lo que Marcos describe en otro lugar del siguiente modo: “Se quedaron asombrados de su enseñanza, porque no enseñaba como los letrados, sino con autoridad” (Mc 1, 22). Jesús se pone en la parte del legislador, de Dios; no es intérprete, sino Señor.

Esto se ve más claramente aún en el relato del paralítico, al que sus amigos deslizaron en su camilla desde la techumbre hasta los pies del Señor. En lugar de pronunciar unas palabras para curarlo, como esperaban tanto el paralítico como sus amigos, lo primero que le dijo Jesús fue: “Hijo, tus pecados te son perdonados” (Mc 2, 5). Perdonar los pecados es algo que sólo corresponde a Dios, objetaron indignados los escribas. Si Jesús atribuye este poder al “Hijo del hombre” es porque da a entender que tiene la dignidad de Dios y que actúa a partir de ella. Sólo tras perdonarle los pecados llegan las palabras esperadas: “Pues para que veáis que el Hijo del hombre tiene potestad en la tierra para perdonar los pecados” (…), entonces dijo al paralítico: “Contigo hablo, levántate, toma tu camilla y vete a tu casa” (Mc 2, 10s). Es precisamente esta reivindicación de divinidad lo que le lleva a la pasión. En este sentido, las palabras de autoridad de Jesús se orientan hacia su pasión.

Llegamos al tercer tipo de palabras sobre el Hijo del hombre: los preanuncios de la pasión. Ya hemos visto que los tres anuncios de la pasión del Evangelio de Marcos, que estructuran tanto el texto como el camino de Jesús mismo, indican cada vez con mayor nitidez su destino próximo y la necesidad intrínseca del mismo. Encuentran su punto central y su culminación en la frase que sigue al tercer anuncio de la pasión y su aclaración estrechamente unida a ella, sobre el servir y el mandar: “Porque el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos” (Mc 10, 45).

Con la citación de una palabra tomada de los cantos del siervo de Dios sufriente (cf. Is 53), aparece en la imagen del Hijo del hombre otro filón de la tradición del A.T.. Jesús, que por un lado se identifica con el futuro juez del mundo, por otro lado se identifica aquí con el siervo de Dios que padece y muere, y que el profeta había previsto en sus cantos. De este modo se aprecia la unión de sufrimiento y “exaltación”, de abajamiento y elevación. El servir es la verdadera forma de reinar y nos deja presentir algo de cómo Dios es Señor, del “reinado de Dios”.

La exegesis más antigua ha considerado que lo realmente novedoso y especial de la idea que Jesús tenía del Hijo del hombre, más aún, la base de su autoconciencia, es la fusión de la visión de Daniel sobre el “hijo del hombre” que ha de venir con las imágenes del “siervo de Dios” que sufre transmitidas por Isaías. Y esto con toda la razón.

Así en la respuesta de Jesús a la pregunta de si era el Mesías, el Hijo del Bendito, se funden Daniel 7 y el Salmo 110: Jesús se ve a sí mismo como el que está sentado “a la derecha de Dios”, como dice el salmo sobre el futuro rey y sacerdote. Por otro lado, en el tercer anuncio de la pasión, en las palabras de rechazo de los letrados, los sumos sacerdotes y los escribas (cf. Mc 8, 31) se inserta el Salmo 118 con la alusión a la piedra que desecharon los arquitectos y se convierte en la piedra angular (v. 22); se advierte también una relación con la parábola de los viñadores infieles (…)

En la enigmática expresión “Hijo del hombre” descubrimos con claridad la esencia propia de la figura de Jesús, de su misión y de su ser. Proviene de Dios, es Dios. Pero precisamente así – asumiendo la naturaleza humana- es portador de la verdadera humanidad.