domingo, 15 de junio de 2008

Identidad y conciencia de Jesús de Nazaret

Aula P. Juan Manuel Igartua S.J.: "El Mesías Jesús de Nazaret"

IDENTIDAD Y CONCIENCIA DE JESÚS DE NAZARET

I IDENTIDAD PERSONAL DE JESÚS
1. Mesianismo divino de Jesús de Nazaret
2. El argumento sobre la identidad de Jesús

II LA CONCIENCIA DE SU IDENTIDAD EN JESÚS
1. La existencia de esta conciencia
2. El «cómo» de tal conciencia
3. El «cuándo» de tal conciencia

III CONOCIMIENTO Y ACCIÓN EN JESÚS
1. La ciencia del alma humana de Jesús
2. La conducta humana de Jesús
3. La progresiva manifestación de Jesús

Capítulo I IDENTIDAD PERSONAL DE JESÚS

El P. Igartua concluye: Jesús de Nazaret declaró, manifestó y afirmó realmente que él era el Mesías de Israel, y también que era el Hijo de Dios y Dios él mismo.

La realidad de los testimonios de Jesús se prueba por el valor objetivo de los documentos; y el carácter de sus autores al escribir tales evangelios en tal ambiente.

Se han tenido en cuenta los criterios externos de valor histórico de los textos: la consideración del contexto del documento y la de su autor en relación con el tema. También el valor histórico de los testimonios teniendo en cuenta los criterios internos de la misma redacción, al tener en cuenta el género literario y la redacción del texto por el autor, según sus fuentes y estilo.

Nos hallamos, pues, ante un «caso singular en la historia»; un hombre de grande categoría religiosa que se autoproclama Dios.

1. Mesianismo divino de Jesús de Nazaret

Jesús de Nazaret se proclamó Mesías de Israel. El esperado como el Salvador de la raza humana frente al Adversario, simbolizado en la Serpiente, que hizo caer al hombre en el Paraíso (Gen 3, 15).

Jesús de Nazaret concibe el Mesías no como un salvador político, y ni tampoco religioso, en la línea de Moisés o de Josué y de otros como los grandes Macabeos. Su modelo es el «Siervo de Yahvéh», un Siervo trascendente, que merece el título de «Hijo del hombre», también el «Hijo de David», pero en una línea de alta trascenden­cia divina.

A la par que Mesías, se proclamó Hijo de Dios, en igualdad con el Padre, verdadero Dios él mismo. El Decreto antimodernista Lamentabili condena la proposición modernista: «En todos los textos del Evangelio, el nombre de Hijo de Dios equivale solamente al nombre de Mesías; pero en modo alguno significa que Cristo sea verdadero y natural Hijo de Dios» (Prop. 30. Denz. n. 2.030).

El título de verdadero Dios ha sido reivindicado en diversas formas por Jesús: Mesías —Hijo de Dios— Dios, tal es la gran tríada de títulos proclamados por Jesús de Nazaret de sí mismo!

Desde su nacimiento se sometió a los ritos iniciales de la Ley mosaica. Fue circuncidado; fue presentado en el Templo por sus padres, como primogénito natural de María; cumplió desde los doce años con fidelidad la obligación de subir a Jerusalén en las fiestas señaladas por la Ley.

El hablaba siempre con el máximo respeto de «la Ley y los Profetas» y en general de la observancia de la Ley y del AT, cuyos testimonios proféticos utiliza en diversas ocasiones como provenientes del mismo Dios (Lc 18, 31; Jn 5, 45-46).

No puede caber duda sobre el riguroso monoteísmo del tiempo de Jesús. Los evangelistas Mt y Lc le presentan en las tentaciones del desierto respondiendo a la satánica propuesta de adoración del tentador: «Está escrito: sólo al Señor tu Dios adorarás» (Mt 4, 10; Lc 4, 8; Deut 6, 13).

Al proclamarse Dios a sí mismo, además de Mesías, Jesús de Nazaret, el hombre nacido de la virgen María en Belén, se ha proclamado posesor de todos estos divinos atributos por identidad divina. Es el Hijo del Padre, igual a él, con quien tiene todas las cosas comunes, a quien conoce como de él es conocido, según hemos visto. Verle a él es ver al Padre, el Padre está en él y él en el Padre. Se ha proclamado superior a todos los hombres existentes y a los mismos ángeles. Se ha llamado a sí mismo, Verdad, Vida, Centro del mundo religioso, Modelo de todos.

2. El argumento sobre la identidad de Jesús

Un hombre que dice: «Soy el creador de todo lo existente»; Yo-soy el que habló a Abraham, el que reveló su nombre a Moisés; y además: Yo soy el que ha dado las leyes del universo, físicas, éticas o morales, los mandamientos en el Sinaí; Yo les saqué de Egipto a través del mar Rojo, Yo conozco todos los corazones, y juzgaré todas las acciones. O estaba loco y había perdido totalmente la razón, o es un farsante.

Jesús de Nazaret aparece en los evangelios como un hombre dotado de altísima sabiduría religiosa y conocedor perfecto del corazón humano.

Domina las situaciones, dialoga con admirable firmeza, muestra un total equilibrio de sus facultades. Replica y corrige a los mejores conocedores de la Ley, escribas, fariseos o sacerdotes. Las multitudes le escuchan admiradas de su elocuencia (Jn 7, 44-49). Enseñaba hablando «como quien tiene potestad» (Mc 1, 22). No se puede pensar que era un alucinado o enajenado mental.

Tampoco es un farsante. Predica la verdad, es hermano de todos los hombres, enseña a llamar a Dios Padre de todos. Llama a Dios su Padre con afecto filial: Abba. Atiende y cura a los enfermos, remedia las necesidades. Resiste las tentaciones del poder, y la gloria de los reinos, ofrecidas por Satán. Su santidad es perfecta y sublime. No parece necesario insistir más en la santidad de Jesús de Nazaret.

Jesús de Nazaret es el único hombre de la historia que haya dicho: Yo soy Dios. Ante el Sanedrín, tribunal supremo de Israel que le juzga dice:

Caifas: «¿Eres tú el Cristo, el Hijo de Dios, el Bendito?»
Jesús: «Yo soy-Yahvéh» (Mc 14, 61-62).

Jesús afirmó que él es Dios. Afirmó que es Dios verdadero, Yahvéh
—o su afirmación es falsa
—o su afirmación es verdadera.
Si su afirmación es falsa,
—o es un loco en máximo grado al creerlo,
—o es un seductor y malvado al quererlo hacer creer.

Pero no siendo ninguna de estas dos cosas: su afirmación es verdadera.

El argumento se resume así:
—Jesús dice que es Dios;
—Se hace necesario e ineludible creer que dice verdad, pues no
cabe otra explicación posible de sus múltiples afirmaciones y actitudes;
—luego Jesús es Dios verdadero, Hijo de Dios.

Jesús de Nazaret es, en verdad, el Mesías de Israel, el hijo de Dios.
Jesús de Nazaret es Dios-Yahvéh
Capítulo II LA CONCIENCIA DE SU IDENTIDAD EN JESÚS

1. La existencia de esta conciencia

El problema de la conciencia de su propia identidad mesiánica es central en el estudio de Jesús de Nazaret.

Son numerosos los críticos racionalistas que negaron la conciencia mesiánica (y mucho más la de divinidad), afirmada por Jesús. Sostienen algunos que no fue Mesías ni tuvo por lo mismo conciencia de ello, sino que sólo fue «un reformador religioso, lo cual es mucho más que Mesías» (Wernle), o que tal conciencia mesiánica le fue simplemente atribuida por la comunidad cristiana (Wellhausen, Vernes, Steck, Wrede...).

Habiendo mostrado en este estudio que Jesús afirmó en realidad de múltiples maneras su mesianidad y su misma y suprema divinidad se debe admitir que tenía concien­cia de ambas cosas. La mesianidad está comprendida en la divinidad del hombre que era Dios.

La conciencia de uno mismo se expresa por medio de la palabra

La conciencia que alguien tiene de si mismo sólo se puede conocer por las palabras. El lenguaje humano expresa en palabras humanas los pensamientos interiores de los hombres que las pronuncian.

Las palabras expresadas por Jesús nos dicen lo que él es; la conciencia de Jesús sobre su identidad. Según sus propias palabras, Jesús de Nazaret tenía conciencia de ser el Mesías, y el Hijo de Dios verdadero.

Hablamos de la conciencia que tiene Jesús de la identidad divina de su Yo. El objeto de la autorreflexión es la persona que actúa en el hombre, el Yo de cada uno.

Este Yo de cada uno solamente puede ser percibido por él mismo como Yo, pues todos los demás lo han de percibir necesariamente como un Tú, pero sin intuición directa de él.

Jesús de Nazaret tenía conciencia humana de su Yo divino, de su Yo mesiánico y de su Yo de Hijo de Dios. Era la Persona Segunda de la Trinidad la que estaba en la conciencia inmediata de Jesús hombre.


Testimonio de Juan Bautista

A Juan Bautista, según los evangelios, le fue propuesta la pregunta de su identidad personal: «¿Tú quién eres? (Jn 1, 19). Y al responder él negativamente a la triple pregunta de identidad mesiánica; si era el Mesías o Cristo, si Elías, si el Profeta anunciado (Jn 1, 20-21), volvieron a formular la pregunta de la identidad personal: «¿Quién eres? Declarando entonces Juan que él era «la voz que clama (o del que clama) en el desierto».

Y después del bautismo de Jesús, dio su testimonio definitivo: «Este es el Hijo de Dios» (Jn 1, 34), y también: «Este es el Cordero de Dios» (Jn 1, 36). Juan, pues, dio testimonio sobre sí mismo y sobre Jesús, según el testimonio que le daba su conciencia. El era sólo un hombre enviado de Dios, una voz profética, pero Jesús era el Hijo de Dios.

La confesión de Pedro en Cafarnaún

Jesús plantea la pregunta sobre su identidad a sus discípulos: «¿Quién decís vosotros que soy Yo?» (Mt 16, 15; Mc 8, 29; Lc 9, 20). Y cuando Pedro, tomando decididamente la palabra, responde por todos: «Tú eres el Cristo o Mesías (Mc), el de Dios (Lc), el Hijo del Dios del Viviente (Mt)», Jesús aprueba esta respuesta de identificación mesiánica.

Jesús mismo al confirmar la respuesta del apóstol, declara su propia identidad, y eso muestra que Jesús tiene esta conciencia de mesianidad divina y de filiación divina del Padre.

Diálogo de Jesús con los judíos

Otro testimonio del evangelio de Juan. Narra el evangelista que los judíos plantearon a Jesús la pregunta: «¿Tú quién eres?» (Jn 8, 25). El responde, con palabras enigmáticas pero suficientes: «Lo que, os digo desde el principio, o absolutamente» (8, 25) (ten arjén, o kai laló umín). A la pregunta directa por su identidad Jesús responde con la afirmación de su divinidad.

Después de la expulsión de los mercaderes del templo

Un tercer texto del evangelio de Juan nos franquea la conciencia de Jesús, esta vez indirectamente. «¿Qué señal nos das (de tu potestad) para hacer estas cosas?» (Jn 2, 18). Jesús respondió: «Destruid este Templo, y Yo lo levantaré en tres días» (Jn 2, 19). El evangelista, subrayando así el testimonio directo de Jesús, lo explica por su cuenta: «Hablaba del Templo de su cuerpo» (Jn 2, 21). Y luego añade Juan: «Estando en Jerusalén el día de la fiesta de la Pascua, muchos creyeron en él, al ver los prodigios o signos que hacía» (2, 23).

El supremo testimonio ante el Sanedrín

«¿Eres tú el Hijo de Dios?» (Mt 26, 63; Mc 14, 61; Lc 22, 70; Jn 19, 7).
«Yo-soy (Egó eimí)» (Mt 26, 64; Mc 14, 62; Lc 22, 70; Jn 19,7).

Ante esta respuesta, que resume y certifica en solemnidad todas las afirmaciones anteriores, es imposible decir que Jesús no tuvo concien­cia de su filiación divina dentro del monoteísmo y en forma específica, pues por ella fue condenado como blasfemo por el tribunal religioso de Israel.

El “cómo” y el “cuándo” de la conciencia de Jesús de Nazaret
Afirmado que Jesús de Nazaret tuvo conciencia de ser el Mesías e Hijo de Dios, se plantean dos problemas: Uno, sobre el modo como pudo realizarse tal personificación divina en un hombre; y otro sobre el cuándo, el momento en que tal presencia apareció y en que tal conciencia se presentó en Jesús. El primero ha quedado formulado en el dogma cristiano desde Efeso a Calcedonia principalmente; y el segundo está sujeto, dentro de la doctrina del magisterio eclesial, a deducción teológica histórica.

2. El «cómo» de tal conciencia

Comenzamos por examinar el modo de la personalidad de Jesús de Nazaret. ¿Hay en Jesús de Nazaret dos personas, una divina y otra humana?. No, en Jesús de Nazaret hay una sola Persona, la persona divina en dos naturalezas unidas hipostáticamente a la Persona divina.

La afirmación de Jesús Dios y hombre ha sido históricamente la cuestión formulada en la Iglesia desde los inicios (los siete primeros concilios) y cuya respuesta tiene la base documental de los evangelios.


La unidad de Persona en Jesús de Nazaret

Sólo la persona divina puede decir «Yo-soy» ante el Sanedrín respondiendo a la pregunta de si es el Hijo de Dios; pero lo dice con la voz humana. Igual sucede cuando dice: «El que me ve a mí, ve al Padre», pues su Mí, como objeto deja atención de los discípulos presentes o de los demás, es visible a los hombres sólo en su naturaleza humana, pero a quien ven, como a sujeto, es a alguien que dice «Veis al Padre en Mí». Por eso, el Concilio de Efeso, afirma que cuando su madre concibió y dio a luz en su naturaleza humana a Jesús, fue Madre de Dios, porque la persona era divina. El ángel le dijo: «Lo que nacerá de ti será llamado Hijo de Dios». Ella decía a Dios-Jesús: «Tú eres mi hijo».


Las dos naturalezas divina y humana en Jesús de Nazaret

En todas las acciones y palabras reseñadas por los evangelistas las acciones humanas eran las de una naturaleza humana respecto al cuerpo, y en cuanto al alma las ideas de su inteligencia eran de alma humana como la nuestra, pues sus palabras eran también humanas. Cuanto a la naturaleza divina nadie la ha visto directamente ni la ve en esta vida, pero es imposible que la Persona del Hijo no tenga naturaleza, pues no podría existir sin ella, y es la misma del Padre. Además de Nicea y Constantinopla II contra Arrio y Apolinar, Efeso y Calcedonia en realidad han traducido a lengua más precisa los mismos datos evangélicos.

El problema de las operaciones teándricas

La unidad que la teología llama hipostática por hacerse en la persona divina con la naturaleza humana y no de ambas naturalezas entre sí, como pretendieron los eutiquianos en varias formas (confu­sión, cambio, división, separación, absorción: Denz. Decr. Calcedon. n. 148), plantea una problema en la conciencia humana de Jesús.

Se trata del problema de las operaciones llamadas teándricas, es decir que son «divino-humanas»: divinas por la persona sujeto de ambas naturalezas, humanas por la naturaleza humana como fuerza energética física que las actúa, con el alma humana, como comer, dormir, andar etc. Se pueden llamar teándricas, en cuanto su sujeto es la persona divina; pero más propiamente son llamadas teándricas aquellas en que la persona divina actúa además con la naturaleza divina, como por ejemplo en los milagros, en los que la naturaleza divina hace lo que no puede hacer la humana (resucitar el muerto...), pero la humana es la que pone la operación humana (la voz: Lázaro, sal afuera).

Especial­mente difíciles en la explicación para nosotros son los momentos de tristeza de Jesús particularmente la agonía de Getsemaní, donde se hallan los problemas de la unión hipostática más al descubierto.

Cómo funciona la conciencia humana de Jesús de saberse Dios

Se pueden hacer dos sugerencias, tomadas de la historia de la fe, para explicar cómo funciona la conciencia humana de Jesús de Nazaret de saberse Dios verdadero.

La primera es el modo con que Dios inspira a los escritores sagrados. Según la fe de la iglesia, el verdadero autor del escrito sagrado es el Espíritu Santo divino a través de la naturaleza del escritor. Isaías, Lucas o Pablo escriben no al dictado del Espíritu, pero sí de modo que dicen aquello que El quiere y sólo aquello mismo, pero con palabras humanas propias del estilo y lenguaje humano de tal escritor. Si cambiamos la naturaleza personada del escritor por la naturaleza no personada humanamente de Jesús de Nazaret tenemos alguna idea, aunque remota, del modo como actuaba la Persona divina con la naturaleza humana.

La segunda es el caso de los místicos católicos. Santa Teresa de Jesús y san Juan de la Cruz pueden ofrecernos en sus escritos el rasgo característico de la unión mística que es la «presencia de Dios» sentida en la conciencia. En la conciencia ordinaria del cristiano, aunque esté en gracia, no se da el sentimiento o conciencia de tal presencia divina en unión de gracia, y expresamente lo dice el concilio de Trento: «Nadie puede saber con certeza de fe, en la que no puede caber error, que ha conseguido la gracia de Dios» (Decr. de iustif. c. 9; Denz. n. 802), lo cual se afirma frente a la pretensión luterana de que sólo obtiene la justificación el que cree firmemente haberla obtenido por la divina misericordia, que se ha de esperar. Pero, además, la conciencia nada nos dice ni puede decir naturalmente sobre la posesión de la gracia y presencia de Dios en el alma por unión, al no ser este estado naturalmente perceptible, por ser sobrenatural.

Los místicos alcanzan la percepción de la presencia divina en sí por gracia especial. Es muy claro que todos los místicos tienen conciencia de la presencia de Dios. Esta conciencia real, y humana obviamente, se asemeja a la de Jesús de Nazaret de su persona, aunque sólo por analogía. Pues ellos no tienen conciencia de Dios como sujeto de sus actos, aunque éste sea un nuevo grado de su actuación en el matrimonio espiritual, pero nunca pueden perder su personalidad propia humana, ya que lo contrario sería panteísmo inmanente, fuera del caso de la encarnación. Dios en ellos actúa como creador ad extra, no con actuación personal sustitutoria. Sienten misteriosamente a Pero Jesús le sentía como un Yo, además de sentir por la gracia en su alma al Padre y Espíritu.

3. El «cuándo» de tal conciencia

El segundo problema en relación con la conciencia humana de Jesús de Nazaret es el de cuándo comenzó. En los hombres se va desarrollando la facultad de la inteligencia, fuente también de la autoconciencia, a medida de que se va perfeccio­nando en la infancia el desarrollo del órgano del pensamiento, que es el cerebro.

En Jesús de Nazaret, si lo equiparamos a los demás hombres, comenzó a existir la concien­cia humana de su divinidad y mesianidad como en ellos. Pero el condicionamiento que pone la presencia de la persona divina, como sujeto de los actos, hace variar la situación.

Los racionalistas y los que no aceptan la persona divina en Jesús, y niegan su divinidad, sostienen que la conciencia de su divinidad nunca existió, y también algunos de ellos niegan la de su mesianidad, y todos la atribuyen a lo sumo solamente a una profunda convicción religiosa o mística de Jesús.

Los teólogos católicos han aceptado siempre la conciencia humana que Jesús tenía de su divinidad, aun en vida mortal aunque tal vez alguno hable o haya hablado con ambigüedad o duda de la misma.

Algunos otros teólogos, aunque contrariamente al sentir prácticamente unánime de los Padres de la Iglesia y del magisterio, sin negar a Jesús esta conciencia de su divinidad, han pensado que no siempre la tuvo, o al menos no con claridad. Suelen asignar el momento del bautismo principalmente, donde por vez primera se produce sobre Jesús, según los evangelios, la revelación de Dios sobre su filiación divina: «Este es mi Hijo, en quien me he complacido».

No parece admisible tal interpretación del instante de tomar conciencia Jesús ya que no se comprende cómo habría podido cambiar radicalmente de opinión sobre lo que él mismo era, pues la distancia entre la simple condición de hombre y la de Hijo de Dios es infinita.

El pasaje de Jesús perdido y hallado en el templo

Jesús, a los doce años, dijo a María y José en el encuentro en el templo: «¿por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo tengo que estar en la casa de mi Padre?» (Lc 2, 49). Jesús sabe a los doce años que Dios es su Padre. Tiene ya conciencia de que es Hijo de Dios.

María ha dicho a Jesús niño: «Tu padre (José) y yo te buscábamos doloridos» (Lc 2, 48). María dice «tu padre», por José, sin duda porque le llamaban así en casa ambos a José. Jesús entonces le responde «mi Padre» por Dios. No puede estar más clara la conciencia que tiene de quién es su verdadero Padre de que él es Hijo de Dios. Ahora bien, el problema se convierte así en saber cuándo tuvo conciencia de ser Hijo.

José y María conocían la identidad de Jesús de Nazaret

José y María conocían desde la concepción virginal de Jesús el secreto mesiánico y divino de Jesús.

Fue revelado por el ángel a María al pedirle de parte de Dios su consenti­miento a tal suerte de concepción. El ángel primera­mente da un mensaje mesiánico sobre la persona de Jesús, «hijo de David y rey de Israel» (Lc 1, 32-33). María, antes de dar su consentimiento, plantea el problema sobre el modo de la concepción. La respuesta del ángel indica la condición divina del Hijo: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra» (Lc 1, 35). Lo que el ángel revela a María es ciertamente que la concepción será obra virginal de Dios mismo con su poder y Espíritu. En sus palabras se contiene la condición divina del Hijo. Tiene por Padre a Dios, y por eso termina su revelación diciendo: «Por eso, además, lo concebido (o nacido) (será) Santo, será llamado Hijo de Dios» (Lc 1, 35).

Esta resulta ya ahora una afirmación de la divinidad. Como es obra del Espíritu y la fuerza de Dios en ti, «por eso» es «Santo, Hijo de Dios». Antes el ángel, en el mensaje mesiánico, ha llamado al nacido de María «grande e Hijo del Altísimo» (Le 1, 32), como «hijo de David». Este título todavía era solamente mesiánico, pero ahora ha levantado todo el velo del misterio: «Santo, Hijo de Dios». Que María supiese al dar su consentimiento que se le pedía ser «Madre de Dios» era lo único congruente. Debía saber que iba a ser Madre del Hijo de Dios.

Lo supo también José tanto por el ángel en sueños como al hablar con María (Mt 1, 20). El ángel reveló a José tanto la condición mesiánica del Niño: «José, hijo de Dayid», como la condición de Hijo de Dios: «Es del Espíritu Santo». Como en María, en José están las dos condiciones. No pudieron ignorar la altísima condición divina del que ambos llamaba familiarmente «hijo», sabiendo que lo era sólo de María físicamente, aunque por el matrimonio también pasaba a serlo de José.

Tenemos dos datos sobre la conciencia humana de Jesús, antes de los doce años. Por un lado él «crecía lleno de sabiduría», que era ciertamente de origen sobrenatural e infuso en su alma. ¿Cómo pensar que Jesús, poseyendo esta sabiduría celeste en su alma, no tuviese conciencia de que él mismo era el origen de tal sabiduría en cuanto Dios?.

El segundo dato es el del conocimiento de los que le rodeaban, y de los hechos acontecidos. Ciertamente sabían quién era, como hemos dicho, su madre María y José. Hablaron con él y le contaron, sin duda, en sus íntimas conversaciones de Nazaret, lo que sabían de él, y le preguntaron algo sobre ello. Es imposible que vivieran en silencio entre sí tantos años conocedores ellos del misterio. El o ellos debieron introducir algún día el tema.


El momento de la conciencia divina y mesiánica de Jesús

¿En qué momento conoció Jesús su propia divinidad, o tuvo conciencia de ella? En la misma encarnación en el seno de su madre María. Lo sabían los ángeles, María, José, y poco después lo supieron por revelación Isabel, Zacarías, Simeón (Lc 1, 43; 1, 69; 2, 26-30).

La exegesis clásica ha visto siempre, con la misma Iglesia, en el júbilo de Juan al ser santificado en el seno de Isabel (Lc 1, 41) una señal de su repentina y carismática iluminación santificadora, con un breve acto de conocimiento infuso en el feto aun no nacido y naturalmente incapaz de júbilo. Jesús pudo mejor que Juan tener conocimiento desde el primer instante en su alma humana de que era el Hijo de Dios, y, como tal recibir la adoración de los ángeles de Dios. El alma es capaz de este conocimiento en su naturaleza espiritual, en esta vida por milagro. La poderosa unión de la Persona del Hijo, en el primer instante de su concepción debió producir estos dones en su alma, aunque su cuerpo fuese todavía unicelular pero programado genéticamente. Ya era Jesús de Nazaret para el futuro. Y lo era, pues este hecho aconteció en Nazaret, aunque luego nació en Belén.

Tal es la opinión clásica de los Padres de la Iglesia, de la que no vemos motivo para apartarnos. Orígenes dice hablando de la presentación del niño en el templo: «No hacía más que cuarenta días que Jesús había nacido, ni había venido todavía a Nazaret, cuando ya estaba en posesión de toda la sabiduría» (Hom. 1H in Ir.) San Cirilo escribe: «El crecimiento de Jesús no debe entenderse como si su humanidad no fuese perfecta desde el principio, sino en cuanto se manifestaba progresivamente» (Thesaur. IX, 7). San Agustín advierte que la unción del Espíritu Santo no se difundió en Jesús en el bautismo, sino mucho antes «cuando la naturaleza humana se unió al Verbo de Dios en el seno de la Virgen de modo que fuese una sola persona» (De Trinitate, XV, 26,46; RJ 1680), y también expresamen­te: «La ignorancia (del hombre en la cuna) no alcanzó a este Niño, en quien el Verbo se había hecho carne para habitar entre nosotros; y yo no admitiré que Cristo-Niño haya pasado por esta flaqueza del espíritu que en los otros niños vemos» (De peccatorum meritis et remissione). San Damasceno, en fin, contra Nestorio: «Si la carne desde el primer momento fue unida verdaderamente a Dios Verbo, aun más, existió en él (en la susbsistencia personal), y tuvo esta identidad según la hipóstasis con élr ¿cómo pudo no estar perfecta­mente llena de toda sabiduría y gracia?» (Defide orthodoxa, 3, 22; RJ 2368).

Si El poseyó la visión beatífica desde el principio, como afirman diversos documentos del magisterio eclesial, sin duda que con ella hubo de tener desde el primer instante la conciencia de su persona divina en el alma humana, iluminada por la visión beatífica de Dios y sus tres Personas. Y si el alma no pierde sino pasajeramente la conciencia por los impedimentos accidentales (anes­tesia, sueño...) en el hombre ordinario, pues la recobra idéntica después de cesar el accidente opuesto, es justo que tal prodigio se haya dado en el Hijo de Dios desde el primer momento.
Hay que advertir que el hombre tiene diversos niveles de vida, regidos por una sola alma, que «por sí misma y esencialmente es forma (en este caso, vida) del cuerpo humano», como definió contra los errores de Pedro Olivi, el Concilio de Vienne, XV ecuménico en 1312 (Denz. n. 481). Y antes, el Constantinopolitano IV, en el año 870, definió que «el hombre tiene una sola alma» (Denz. n. 338) ¿Qué conciencia tenemos de las varias actividades del alma única? En las actividades vitales del cuerpo humano con su alma, como también las tenía Jesús hombre, no tenemos conciencia de la actividad vegetativa celular. Tenemos conciencia sensitiva de las actividades sensibles del organismo y de las sensoriales: ver, oír... Tenemos conciencia intelectiva de las actividades espirituales (entender, que­rer). No tenemos conciencia de la vida sobrenatural, sino cuando Dios quiere manifestar su presencia (mística). Pero todos tenemos conciencia del yo, de la persona-sujeto. En Jesús, era divina. ¿Pudo acaso faltar en él? Pues no había persona humana, sujeto humano de las acciones parece obvio pensar que la unión hipostática, superior a cualquier manifestación mística, le comunicó tal conciencia, necesa­ria para él, de la persona divina. Resulta increíble pensar que no la tuvo, o que hubo de esperar tiempo para adquirirla.
Capítulo III CONOCIMIENTO Y ACCIÓN EN JESÚS

1. La ciencia del alma humana de Jesús

El animal recibe por herencia un conocimiento inconsciente en el instinto poderoso para cumplir su misión. En todos los animales pasa lo mismo.

El caso del hombre es singular entre los animales. Es el que menos instintos posee (aunque también hereda algunos), y el que más aprendizaje necesita en tiempo y enseñanza. Siendo su conocimiento principal el espiritual necesita tiempo para adquirir sus enseñanzas, y es largo en años su aprendizaje. Va adquiriendo su ciencia por dos caminos: la experiencia y la enseñanza, de los otros que le rodean.

Ciencia experimental o adquirida

Jesús tuvo una naturaleza humana plena. Por lo tanto hubo de someterse al aprendizaje de la experiencia y de la enseñan­za. Aprendió a andar y comer, aprendió particularmente a hablar como aprenden todos los hombres. También por el propio discurso y raciocinio adquirió nuevos conocimientos, y así su alma de hombre formó su riqueza de memoria y de desarrollo intelectual gradualmente, enriqueciéndola siempre y cada día con nuevos conocimientos adquiridos.

A esta experiencia humana la llaman los teólogos clásicos «ciencia experi­mental», o mejor «adquirida»: la reconocen en Jesús como humana, dirigida siempre por el sujeto divino, pero recibida a través de su condicionamiento humano. En esta ciencia suya la única diferencia con los demás consiste en que el sujeto de su actividad intelectual y sensitiva era, en la naturaleza humana, el Yo divino, con una más perfecta formulación genética.

Ciencia infusa

La teología reconoce además, en los hombres de Dios en quienes actúa la gracia del Espíritu con carismas especiales, revelaciones y gracias de conocimientos nuevos, que reciben tales hombres de manera infusa, por don sobrenatural de Dios cuanto al modo. Tales son los casos de los místicos, y entre ellos sin duda especialmente la Virgen María; tales son los escritores inspirados; tales son algunos casos sorprendentes de comunicación de ciencia, que se hallan en la historia de la Iglesia.

Esta «ciencia infusa» o carismática la poseyó en vida Jesús de Nazaret, y se debe suponer que la misma unión hipostática, al ungirle con todos los dones del Espíritu, la comunicó abundantísima y plenamente a su alma desde el principio de su existencia.


Dificultad: la fecha y hora del juicio final

Respecto de esta segunda ciencia y de su alcance o extensión se da un particular problema acerca del conocimiento de la hora exacta del juicio final. Dijo: «Sobre aquel día y hora nadie la sabe, ni los ángeles en el cielo, ni el Hijo, sino sólo el Padre». Es claro que el problema no se ha de plantear sobre la ignorancia de tal día y hora en el Hijo cuanto a su conocimiento divino, pues en éste es uno con el Padre, sino en cuanto a su conocimiento humano, que es del Hijo también.

Los Padres parecen haberse mostrado divididos en cuanto a tal ignorancia, si realmente la naturaleza humana de Jesús no conoció esa fecha exacta, o si solamente no la conoció en cuanto al mensaje que había de comunicar a los hombres, y así dijo ignorarla.

Los Padres sostienen que se debe preferir el parecer del magisterio de la Iglesia, ejercido por san Gregorio Magno como Pontífice en su carta al Patriarca de Alejandría Eulogio, en la que condena con el Patriarca el error de los agnoetas (de la ignorancia), que negaban a Jesús esta ciencia precisamente. San Gregorio rechaza tal pensamiento, y la razón es que el Hijo en su Sabiduría divina lo conoce ciertamente todo. «Todo fue hecho por él (Jn 1, 3). Si todo, también el día y hora del juicio (un futuro). Hasta aquí se ha tratado de la ciencia divina, pero luego pasa en su enseñanza a la humana de Jesús: «Escrito está también: Sabiendo Jesús que el Padre lo puso todo en sus manos (Jn 13, 3). Si lo puso todo, también el día y la hora del juicio. ¿Quién será tan necio que diga que recibió el Hijo en sus manos lo que ignora?».

A continuación explica de este modo la frase atribuida a Jesús por los evangelios: «El Hijo dice que ignora el día que él hace que sea ignorado por los hombres... Ciertamente sabe el día y la hora, pero lo sabe por el poder de su divinidad. Lo sabe el hombre, pero por ser Dios». La última frase del Pontífice afirma así que Jesús en cuanto hombre lo sabía, aunque no por ser hombre, sino con ciencia comunicada por Dios en revelación, y así dijo ignorarlo en cuanto a la comunicación que deseaban los apóstoles (Mc 13, 4; M 24, 3) San Pío X en su decreto Lamentabili rechaza en los modernistas este error: «Es evidente que Jesús profesó el error sobre el próximo advenimiento mesiánico (Próp. 33, Denz. 2033).

La declaración de san Gregorio Magno parece más importante por su situación y contexto de ejercicio de magisterio, contra un error, en carta oficial del Papa a un Patriarca. Y aunque algunos piensan que se puede discrepar de esta enseñanza, aun viniendo de tan alta autoridad y modo, preferimos seguirla como más segura en certeza que otra particular, no habiendo variado las circunstancias que históricamente pueden restar valor a estas declaraciones, darse.


Ciencia de visión beatífica

La carta a los Hebreos, en el NT, atribuye claramente al Verbo encarnado, en el mismo instante de su encarnación, el conocimiento de su misión redentora: «Al entrar en el mundo, dijo: No has querido víctimas y sacrificios. Por eso me has dado un cuerpo. Y he dicho: Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad» (Hebr 10 , 5-7; cfr. Sal 39, 7). Ciertamente se trata del ofrecimiento a Dios de Jesús hombre con cuerpo. Tal ofrecimiento no podía hacerse sino ofreciendo el cuerpo redentor con conocimiento del alma, y muestra la ciencia humana de Jesús desde el primer instante, y su conocimiento del valor divino de su sacrificio, porque es Dios.

Pío XII ha confirmado esta teología sobre la ciencia de visión beatífica en el alma de Jesús durante su vida, en dos encíclicas.

En la Mystici Corporis (1942) dice: «Apenas acogido en el seno de la Madre de Dios gozó de la visión beatífica, por la que tiene siempre presentes continuamente a todos los miembros del Cuerpo místico, y los abraza con su amor salvífico» Denz. 2289)

La encíclica Haurietis Aquas (Pío XII, 1956) declara que el Sagrado Corazón es símbolo del «ardentísimo amor de la voluntad humana de Cristo», y esta voluntad, por ser humana, es dirigida en sus actos propios por «una doble ciencia perfectísima, la beatífica y la comunicada o infusa» (AAS, 1956, 327-8). Aquí, en el texto más expresivo sobre la ciencia de Jesús hombre, se proclaman las dos, la beatífica y la infusa. Aunque no se dice cuándo comenzaron, obviamente se trata de la encarnación, ya que atribuye a ésta toda la doctrina del Sagrado Corazón en su fundamento principal. Del mismo modo; y más expresamente aún: «Nadie ha visto a Dios jamás. El Hijo Unigénito, que está en el seno del Padre, nos lo ha contado o narrado» (Jn 1, 18). Parece cierto que esta declaración del hijo es con palabras humanas de quien ha visto al padre como Dios. Le ha visto como hombre, en visión directa de Dios.

Se indica así que el alma humana, que pronuncia las palabras humanas, goza de esta inefable «visión de Dios», que no está permitida al hombre en esta vida, pues «no puede, el hombre verme sin morir» (Ex 33, 20). Y también en Juan, dice Jesús a Nicodemo, hablando como hombre, con palabras de hombre, que provienen de su conocimiento humano: «Hablamos de lo que sabemos, y damos testimonio de lo que hemos visto» (Jn 3, 11).

2. La conducta humana de Jesús

El hombre tiene inteligencia y voluntad. Por medio de ella pasa a la acción en su vida. Tiene además memoria, tanto de lo sensible como de lo espiritual, y es de gran importancia en la vida humana. Porque los múltiples conocimientos que adquiere en su vida quedan almacenados en forma de recuerdos pasados, en lo que llamamos el subconsciente. Sin memoria no hay ciencia posible, aunque no sea más que el tesoro de sus múltiples elementos adquiridos, ya por la experiencia ya por el discurso. La memoria, de la cual ha hablado tan admirablemente San Agustín (Confesiones, 1. X), es una misteriosa facultad humana, que forma la riqueza del hombre. Es la base del admirable prodigio del lenguaje.

La ciencia o conocimiento habitual se transforma en actual por la memoria, y sirve de base al nuevo conocimiento que el hombre puede en cada instante desarrollar. La persona dirige la acción de la memoria, y hace actual a voluntad su recuerdo necesario, eligiendo de entre todos los elementos de su inmensa riqueza múltiple aquellos que ahora más le interesan. El hombre dirige su atención (entendimiento = tensión; inteligencia — lectura interior) a los ele­mentos aportados, y construye nuevos conocimientos, nuevos obje­tos que pasan también a su archivo. Este conocimiento ofrece su luz a la voluntad, la cual, siendo actual, mueve la acción del hombre. Y así tenemos su conducta humana, movida por su persona, dueña de la memoria, el entendimiento y la voluntad.

Jesús de Nazaret, la triple ciencia

Jesús de Nazaret, Dios personalmente y hombre por naturaleza, ha tenido, aun en vida mortal, la triple ciencia: adquirida (experimental o discursiva), infusa o carismática y beatífica. Todo ello como hombre, además de tener como Dios, en su naturaleza divina de su Persona de Hijo, la ciencia divina infinita. Tratamos de la ciencia humana, que dirige su humana acción, como en todo hombre.


Objeción contra la ciencia infusa total y la de visión beatífica

Se ha planteado una doble objeción contra la ciencia infusa total, de todas las realidades existentes, y contra la beatífica.

Primero, parece que anularía la verdadera condición humana, que es obligado defender por el dogma cristiano, en naturaleza humana perfecta (Calcedonia, Símbolo Atanasiano). No procedería como un hombre verdadero si desde la encarnación conoce todas las cosas.

Segundo, su vida parece se convertiría en una ficción, contra los mismos evangelios que le muestran admirándose de cosas varias, como la fe del centurión, (Mt 8, 10, par.) o de la poca fe de los nazaretanos (Me 6, 6), o de la fe de la mujer cananea (Mt 15, 28). Otras veces preguntaba, como quien ignora lo sucedido, como en el célebre caso de la hemorroísa: «¿Quién me ha tocado?» (Lc 8, 45, par.). Y en otras preguntas suyas, que parecen indicar que quería saber lo que respondían.

¿Es todo esto compatible con la plenitud de la ciencia afirmada en la ciencia infusa y la beatífica?

Por otra parte, ¿no dice Juan que conocía los corazones de todos los hombres a quienes trataba, y suponen lo mismo los otros evangelistas? (Jn 2, 24-25; Mt 9, 4; Mc 2. 8; Lc 5, 22). No se ve razón especial para que conociese el corazón de aquellos a quienes trataba, y no conociese los demás corazones. Se trata siempre de la ciencia humana. Conocía bien toda la escritura, sin haberla estudiado (Mc 6, 6). ¿No resulta un Jesús deshumanizado, ajeno a la condición de sus contemporáneos?

Primero, la plenitud de esta ciencia adquirida no es incompatible con la naturaleza humana perfecta de Jesús, como lo muestra el hecho, que todo creyente admite, de que en el cielo, resucitado, las tiene en plenitud. Sigue siendo hombre, y tiene estas ciencias, luego son compatibles en el ser humano.

Nuestra ciencia humana adquirida a lo largo de la vida se compone de nuestras experiencias sensibles (visuales, auditivas, táctiles...X,_y__ de las noticias que conocemos por el lenguaje, y también de lo que adquirimos por nuestro propio discurso y uso de la inteligencia.

En esta ciencia adquirida Jesús era como nosotros. Acumuló experiencia, noticias, pensamientos, recuerdos. Profundamente hu­mano, debemos advertir que, sin duda, tenía una muy fina sensibili­dad, y un pensamiento vivo y admirablemente dotado. ¿Hasta dónde llegó Jesús en el uso de la ciencia adquirida? En el orden religioso y moral, muy adentro de la gran verdad. Y en el orden especulativo, o filosófico y aun científico, pudo como hombre llegar muy lejos con su fina, penetrante inteligencia. ¿Cuáles fueron sus intuiciones geniales?

La ciencia infusa es verdaderamente humana, concedida a muchos hombres por Dios, como profetas y santos, siempre en medida limitada. La extensión de su don alcanza a lo que Dios quiera conceder, pues es don suyo libre. La de Jesús, si lo fue de todos los futuros reales, y por la misma razón de todo lo existente, pasado o presente, aunque sea enorme en extensión es limitada como todo lo creado. Es sobrenatural su modo de donación, pero no su misma sustancia compuesta de elementos reales. La posesión de la ciencia infusa no la diferencia de la adquirida en su contenido, sino en su origen. El santo que tiene revelaciones no piensa siempre en ellas.

Es preciso, al afirmarla en Jesús, que no pueda parecer que la persona divina suya mueve la inteligencia y voluntad con revelaciones singulares en cada instante, de manera que sea «como si habitase en otro», según la herejía nestoriana, que hemos visto rechazada con razón por el papa Vigilio. Así no sería un hombre verdadero el que actuaba, sino Dios en un hombre, otra persona, que no lo era. Pero habiendo sido esta ciencia infundida en Jesús hombre por la misma encarnación, como don divino a la misma humanidad derivado de la unión personal o hipostática, era humana por estar en su naturaleza humana (espiritual y orgánica), teniendo como sujeto de su actuación la persona divina.

La ciencia beatífica, que hemos afirmado también de Jesús en vida mortal, consiste estrictamente en la visión directa de la esencia y existencia divinas, formalmente idénticas: Yo-soy. Es objeto infinito, absolutamente sobrenatural, pues sobrepasa toda posibilidad de cual­quier naturaleza creada aun angélica, concedida por libre voluntad de Dios a los ciudadanos celestes, ángeles y hombres.

Teniendo Jesús esta ciencia beatífica ya en vida mortal, según afirman los santos Padres y el magisterio, tenía esencialmente la visión divina de la naturaleza de su propia persona. Veía a Dios, y lo insinúan algunas palabras del mismo Jesús. Así a Nicodemo: «Hablamos de lo que sabemos, y decimos lo que hemos visto» (Jn 3, 11). Por ello, lo que dice con palabras humanas son cosas vistas y conocidas directamente, además de las otras que sabe y conoce. Y nos habla de ello con palabras humanas: «Hablamos de lo que sabemos». Con tales palabras nos ha hablado Jesús de las otras dos Personas, y del mismo Dios en sí, que es trinitario. El gozo redundante de tal visión puede ser reprimido por Dios, y en su vida Jesús tenía, dentro de esta visión, tristezas como la de Getsemaní, alegrías humanas de origen sobrenatural (Lc 10, 21), aun bromas amables (Jn 6, 5-6). Pero no estaba en éxtasis, es cosa clara.

No obraba Jesús como un autómata, sino siempre con su voluntad humana libre, regida en todo por la divina, a la que estaba sometida en plenitud, aunque era diversa, como lo muestra la oración del huerto (Mt 26, 39.42; par.). Utilizaba con su memoria voluntaria­mente su tesoro de conocimientos de varias clases, adquiridos, infusos, de la participación en la visión beata. Siempre brillaba en su alma, sin oscurecimiento, la misma visión esencial de Dios, que es la visión beatífica, aunque no con su absorción estática ni con plenitud de gozo, que su kénosis dejó para la vida de gloria (Flp 2, 7).

Superaba Jesús en sabiduría, ya en vida mortal, aunque no lo mostraba pues nunca utilizó la mayor parte de estos conocimientos, a todos los genios del mundo en todas las actividades posibles, permaneciendo con todo siempre un hombre de su propio tiempo, «nacido bajo la ley» (Gal 4, 4). Tal es la consecuencia real de la unión con la persona divina, y puede ser la explicación juntamente de su perfecta adecuación a su tiempo, y su espacio histórico. Dejemos así este misterio que Dios conoce, y ahora en el cielo brilla en Jesús en esplendor total. El suyo es un caso del que no podemos decir más, porque no tiene par entre los hombres, y no hay semejanza para la explicación. Basta decir que él es Hombre-Dios.

3. La progresiva manifestación de Jesús

La identidad divina de Jesús de Nazaret, Mesías de Israel, es una realidad desde el mismo instante de la encarnación y concepción del Verbo divino en el seno de María virgen, por la unión hipostática o personal del Verbo Dios con la naturaleza humana tomada de ella, integrada por un cuerpo humano perfecto orgánicamente, que es vivificado por un alma creada por Dios en aquel instante. También es una realidad, según lo explicado hasta aquí, la conciencia de su identidad mesiánica y divina en Jesús de Nazaret, que creemos tuvo ya origen en el primer instante de su existencia como hombre. Pero todo ello va acompañado de otro hecho histórico que no se puede desconocer: la manifestación gradual y progresiva de tal identidad ante los hombres.


Manifestación progresiva de la identidad de Jesús de Nazaret

Conocida su identidad mesiánica y divina por el propio Jesús desde un principio, y también por algunos íntimos de su entorno por revelaciones personales, como María su madre, José, Isabel y seguramente su esposo Zacarías (como lo deja traslucir el cántico del Benedictus), por el bautista, no fue, sin embargo, conocido su misterio por sus demás parientes o familia, en Nazaret o en localidades próximas, a quienes el evangelio da el nombre de «her­manos y hermanas» de Jesús (en su lenguaje «hermano» equivale a «pariente familiar»). Tales eran Santiago y José, Judas y Simón (Mc 6, 3), los cuales al principio se extrañaron de su conducta, queriendo retirarle de la excesiva publicidad que le agotaba según pensaban (Mc 3, 21). Solamente más tarde se agregaron a sus seguidores, llegando Santiago con Judas, según la estimación más general, a formar parte del colegio apostólico, y según otros fueron en todo caso figuras destacadas, sobre todo el primero.

Causa admiración profunda pensar, a través del relato evangélico principalmente en Lucas que Jesús haya vivido unos treinta años en un pueblo o aldea tan pequeño como Nazaret (cf. Jn 1, 46) sin haber despertado de modo sobresaliente la atención de los aldeanos de su pueblo. Lucas dice que Jesús en su desarrollo de las edades sucesivas, niño, adolescente, joven, hombre, «creció en edad y agrado ante Dios y los hombres» (Lc 2, 52).

Los textos evangélicos de la progresiva manifestación de la identidad de Jesús de Nazaret

Desde la primera entrevista con Andrés, y quizás con Juan compañero, ellos salieron convencidos por su palabra de haber hallado al Mesías deseado (Jn 1, 41). ¿Qué les dijo?

Comenzaron en Cana los «signos» de su mesianidad, los milagros, que afirmaron la convicción de sus discípulos (Jn 2, 11). Jesús mismo recurrirá luego a los «signos» de los milagros para confirmar su identidad (cf. 3.a p., c. 3).

La fe de los discípulos, originada ya en el bautismo de Jesús inicialmente, alcanzó una cima en la confesión de Pedro, mesiánica en Mc, mesiánico-divina en Lc, divina en Mt. Entonces el Señor les ordenó el «secreto mesiánico».

El descubrimiento por Jesús se va haciendo de forma gradual, y los sacerdotes entienden desde el principio, mucho mejor que el pueblo y los discípulos, el alcance de las manifestaciones de Jesús, sin otra revelación que ellas mismas: el pueblo discute su mesianidad (Jn 7, 26-27. 31.40-43; 9, 22; Mt 16, 13-14; Mc 8, 28; Lc 9, 19), los sacerdotes, fariseos y escribas se enfrentan a sus afirmaciones de divinidad, veladas o abiertas (Jn 5, 18; 10, 33; 19, 7; Mt 27, 40-43; Mc 15, 32; Lc 22, 35).

El perdón de los pecados, confirmado por un milagro en el paralítico, es un signo mesiánico indudable, entendido por los presentes como pretensión de divinidad (Mt 9, 6; Mc 2, 10).

Proclama su autoridad para modificar la ley de Moisés en perfección y profundidad, expulsa a los demonios que vocean su condición mesiánico-divina, se ofrece en sus palabras como centro y modelo de la religión verdadera espiritual.

Descubre su condición a particulares como la mujer samaritana y el ciego de nacimiento. La anuncia en su predicación sobre la proximi­dad y llegada, ya actual, del «Reino de Dios y de los cielos» (Lc 17, 21; 19, 11), tema predilecto de sus parábolas populares, y de frecuentes enseñanzas en los evangelios. La claridad se abre paso a través de sus palabras.

Utiliza la expresión mesiánica «el Hijo del hombre», tomándola como designación habitual de su persona, y título claramente mesiánico y de profundidad divina, tanto hablando a sus discípulos como al público y a los fariseos y escribas o sacerdotes.

Da a Dios con frecuencia creciente el título de Padre, pasando del general «Padre vuestro de los cielos» al especial «Padre mío», hasta alcanzar como índice de filial amor el de Abba, especialmente cuando sufre y muere en la cruz (Mc 14, 36; Le 23, 46).

Los títulos de mesianidad y divinidad se entrecruzan multiplican en sus palabras. Esta creciente luz de manifestación progresiva se abre paso a través de sus milagros, que son «signos» de su poder, de su bondad y de su misericordia.

Jesús ofrece sus milagros a los adversarios como prueba de su testimonio: «Creed a mis obras» es el argumento de Jesús para los que se resisten a admitir su testimonio (Jn 5, 36; 10,25.38; 11,42; 14, 11; 15, 22-24). Nicodemo afirma que nadie puede hacer lo que Jesús hace si Dios no está con él (Jn 3, 2). Lo mismo piensa el pueblo al ver sus milagros (Jn 7, 31; 10, 41), mientras el gran profeta Juan no hizo ninguno. Del mismo modo razona, ante la cara misma de los fariseos, el ciego (Jn 9, 30-33), en argumento perentorio. Y el mayor de todos sus signos, será el prometido «signo de Jonás», que es el «signo del Templo», confirmado en el proceso por sus adversarios (Mt 12, 39-40; 16, 4; Mc 8, 12; Lc 11,29;Jn2, 19-21; cf. Mt 26, 60-61; 27, 40-63; Mc 14, 57-58; 15, 29). Así va creciendo su luz.

Jesús, sin embargo, nunca olvida su condición humana. Y así, el mismo que, según Juan, ha dicho ante sus enemigos que quieren perderle: «Creed a mis obras, para que sepáis que el Padre está en mí, y yo en El», por lo cual querían apresarle (Jn 10, 38-39), es el mismo, que ante sus discípulos, que creen en él, dice con modestia de hombre: «El Padre es mayor que yo» (Jn 14, 28). Distingue, de manera exacta y precisa, en sí mismo lo humano y lo divino.

En las proximidades de su muerte descubre ya con la mayor claridad su condición mesiánica y divina. La entrada triunfal en Jerusalén se verifica entre las aclamaciones al «Hijo de David, que viene en nombre del Señor, de Yahvéh». Las discusiones con los fariseos en la última semana ofrecen claramente las indicaciones de su propia identidad.

Jesús ha dado su testimonio completo ante el Sanedrín y ante Poncio Pilato, su «solemne testimonio» (kalén omologían) sobre la realeza mesiánica y sobre su divinidad y verdad (1 Tim 6, 13; Mt 26, 64 par.; Jn 18, 37). Ante Caifás presidiendo jurídicamente el Sanedrín ha dicho de manera terminante:

«Yo-soy. El Hijo de Dios, como decís».

Y ha añadido además, resaltando en su condición mesiánica misma su trascendente divinidad, que será revelada al mundo entero en la Segunda venida de la Parusía del Hijo del hombre:

«Yo soy. Y os digo que veréis al Hijo del hombre venir en las nubes del cielo en majestad». (Mt 26, 64; Me 14 , 62; Le 22, 69).

Se pone el sol gloriosamente entre esplendores. El rayo verde de-la esperanza brilla en el instante mismo de su muerte. Y tras la noche oscura del sepulcro, (noche y media, en realidad), reaparece con nuevo y puro brillo y esplendor en la nueva madrugada de la aurora, derramando puro rocío y nuevos perfumes sobre el mundo:
«Cuando las mujeres llegaron al sepulcro con los aromas. —dice. Marcos— ya había salido el sol» (Mc 16, 2)

lunes, 26 de mayo de 2008

Aula P. Juan Manuel Igartua - El Mesías Jesús de Nazaret



La realidad de las afirmaciones de Jesús

Aula P. Juan Manuel Igartua: "El Mesías, Jesús de Nazaret"

1.La garantía de las afirmaciones


  • Perfil de la figura divino-miesiánica de Jesús
  • Tres indicaciones previas
  • La objetividad de los testimonios evangélicos
  • Los autores, y el aval de su testimonio

2. La voz de Jesús en los Evangelios

  • Los géneros literarios y la redacción
  • Los criterios de historicidad
  • Palabras y hechos de Jesús
  • La voz propia de JesúsUn Mesías que es Dios

3. Un Mesías que es Dios

  • Un nuevo mesianismo en Israel
  • El Mesías Juez del Mundo
  • La revelación de la Trinidad
  • La fórmula del bautismo cristiano

4. La fe pospascual de los discípulos

  • La única explicación válida
  • La fe pospacual
  • El evangelio de Juan y la realidad histórica
  • La alternativa crítica

1. Perfil de la figura mesiánico-divina de Jesús

Podemos decir que la figura de Jesús en los textos evangélicos se nos ofrece con un inconfundible perfil mesiánico-divino.En los evangelios se da el paso de lo humano a lo divino de Jesús de Nazaret por medio de la afirmación básica de Jesús que se proclamó a sí mismo Mesías de Israel y Dios, Hijo de Dios.Falta dar el paso desde los evangelios a la realidad histórica, examinando si tal posición de los evangelistas es concorde, o debe ser creída concorde con la historia real de Jesús de Nazaret.

2. Tres indicaciones previas

Presunción de verdad

Se debe conceder a los evangelios una presunción de verdad. Se trata de unos documentos nacidos para dar a conocer una figura real, la de Jesús de Nazaret, a través de sus hechos y palabras.

Son cuatro evangelios

Son cuatro los documentos que debemos manejar. Y aunque no son absolutamente independientes entre sí, esto no impide que el mensaje haya sido presentado por cuatro autores diferentes que han convenido en una figura, la de Jesús. Resulta de los cuatro evangelios, en los cuales el de Juan brilla con luz casi totalmente independiente y personal, una misma e idéntica figura de Jesús de Nazaret.

Multiplicidad de textos sobre la divinidad de Jesús

Aunque alguien pueda oponer reparos a algún texto, ello en nada afecta en rigor al problema, mientras no pueda negar la multitud entera de los textos y acciones presentadas. Basta un solo texto válido para que sea necesario el planteamiento del problema.

3. La objetividad de los testimonios evangélicos

Las razones objetivas que rodean a los testimonios evangélicos como mensaje de verdad sobre un hombre histórico se pueden considerar agrupadas en: notoriedad de los hechos relatados; el respaldo de la comunidad cristiana apostólica; la declaración de los enemigos de Jesús.

a) Notoriedad de los hechos relatados

En los Hechos de los apóstoles hay un pasaje que muestra a las claras este aspecto de la cuestión. Pablo se halla prisionero del procurador romano Festo. Festo le lleva ante el rey Agripa para que le oiga, y juzgue si le ha de remitir al César como entendido en las cosas judías. Cuando Festo, al llegar Pablo a hablar de la resurrección de Jesús, interrumpe gritando «Estas loco, Pablo», Pablo le contesta con absoluto dominio la situación: No estoy loco, excelentísimo Festo, hablo de cosas verdaderas y en mi sentido. El rey está bien enterado de estas cosas, no creo que se le oculte nada de esto, pues no son cosas que han pasado en un rincón» (Act 26, 25-26).Esto mismo, y con el mismo valor de convicción, ha de decirse de las palabras y hechos de Jesús, y entre ellas del punto central de sus afirmaciones de mesianidad divina, que han provocado todo el conflicto. Es el propio Jesús quien ha señalado esta notoriedad de sus Palabras y afirmaciones, al iniciarse su proceso ante Anas: (Jn 18, 20-21). Sus milagros han sido públicos, en las plazas, calles y caminos. Sus afirmaciones han sido hechas delante de mucho público oyente, en muchos de los textos que hemos aducido.También aparece tal notoriedad en el camino de Emaús, donde los caminantes dicen al ignorado compañero: «¿Tú solo no sabes estas cosas?» (Lc 24, 18).

b) El respaldo de la comunidad cristiana apostólica

A los cuatro evangelios actuales se puede aplicar la certidumbre de que han sido producidos y publicados cuando viven los testigos de los hechos, ya favorables ya también contrarios. Dice el apóstol Pablo, y precisamente confirmando su mensaje kerigmático sobre los hechos fundamentales de Jesús, la muerte y resurrección con las apariciones en particular, que Jesús resucitado ha sido visto por «quinientos hermanos juntos, de los cuales la mayor parte viven todavía» (1 Cor 15, 6). Esta carta se escribe, a sólo 21 años de la muerte de Jesús.

c) La declaración de los enemigos

Un caso notable es el de Celso uno de los enemigos mortales y declarados del cristianismo del siglo II cuyo testimonio da por cierto que los evangelios proclamaron lo que proclamaron. Pues dice en los fragmentos de su obra «Doctrina verdadera», conservada para nosotros en la refutación que de ella hizo Orígenes de manera abundante: «Sea un judío quien dialoga con Jesús, como con compatriota suyo. Lo primero -le dice el judío—- que te echo en cara es que te inventaste un nacimiento virginal... Luego por tu pobreza tuviste que trabajar como jornalero en Egipto, y allí aprendiste las artes mágicas, que los egipcios tienen por suyas, y volviendo luego, muy orgulloso de tus poderes, por ellos te proclamaste Dios a ti mismo».En este testimonio se ve que Celso entendió normalmente como real e histórico lo que los evangelios cuentan de Jesús. Es su juicio sobre la realidad de los relatos evangélicos (aunque esté totalmente contra ellos, negando que deban interpretarse como quieren los cristianos); pero él acepta que Jesús se proclamó realmente Dios a sí mismo.

4. Los autores, y el aval de sus testimonios

Hay cuatro aspectos que avalan la realidad histórica de lo narrado en los evangelios: la sinceridad de los evangelistas; la intención declarada por los evangelistas al escribir el evangelio; el carácter sagrado del testimonio de los evangelios; y el monoteísmo de los hebreos.

a) La sinceridad de los evangelistas.

El evangelista Lucas testifica de sí mismo directamente que para escribir su libro ha acudido a fuentes que estima ciertas, las cuales son: «narraciones ordenadas de los hechos (pragmáton) realizados entre nosotros» (Lc 1,1). Añade el evangelista que tales cosas sucedidas han sido conservadas por «aquellos que las vieron por sí mismos y fueron servidores de la palabra (sagrada)» (Lc 1, 2)El libro de los Hechos apostólicos comienza diciendo: «El primer libro (el evangelio) lo escribí sobre todo lo que Jesús hizo y enseñó» (Act 1,1). «Hizo» se refiere a lo que ha podido ser visto, «enseñó» a lo que fue oído. Consta así que los testigos son de lo visto en obras y de lo oído en palabras de Jesús. De estos testigos dice que lo son «desde el principio» (ap'arjés), y que ellos «nos lo han transmitido» (parédosan).Marcos es estimado por la tradición como «intérprete de Pedro», según el testimonio de Papías. Dice este testimonio que Marcos siguió a Pedro, y puso por escrito lo que él explicaba a sus oyentes en las catequesis romanas de evangelización. La sinceridad de Marcos queda fuera de duda.El evangelio de Juan va avalado por la autoridad de un apóstol íntimo de Jesús. Y respecto de su sinceridad, si es segura y plena en todo caso, tenemos además el testimonio del propio autor, quien asegura varias veces que relata cosas que ha visto (Jn 19, 35; 20, 3.0-31; 21, 24; 1 Jn 1, 1).En cuanto al evangelio de Mateo griego actual, si no podemos aducir un testimonio explícito del autor sobre su sinceridad, parece basta haber sido admitido con los otros tres como evangelio auténtico por la primera comunidad cristiana, la cuál eliminó los evangelios apócrifos, a pesar de llevar nombre de apóstoles: Evangelio de Pedro, de Felipe, de Satiago…La sinceridad de los evangelistas viene avalada además porque se dejaron matar por dar testimonio de lo que habían visto y oído; y porque relataron cosas que parecían desdecir la divinidad de Jesús como la oración de Getsemaní y las tentaciones de Satán en el desierto.Por todo ello se puede apostar con la más absoluta seguridad, aun humanamente, a favor de los evangelistas y su testimonio en cuanto a sinceridad y objetividad.

b) La intención declarada de los evangelistas

En primer lugar Lucas. ¿Qué intenta al componerlo?: «para que conozcas la solidez (ten asfáleian) de las enseñanzas recibidas (peri ón katéjezes logon)» (1, 4).Quiere que su lector, —«excelente Teófilo»-—, conozca «la solidez de la enseñanza recibida» anteriormente, seguramente por vía oral, sobre Jesús, sus hechos y sus palabras (Ac 1, 1). La palabra clave es «asfáleia» = solidez, firmeza, verdad, certidumbre.Juan declara que dice la verdad en su relato. Lo dice al narrar el episodio de la lanzada en el costado del cadáver de Jesús en la cruz, y el hecho de haber manado de la herida sangre y agua: «El que lo vio lo atestiguó, y su testimonio es verdadero; él sabe que dice verdad (del hecho: lo verdadero), para que vosotros creáis» (Jn 19, 35).De Marcos y Mateo no tenemos una declaración semejante personal, sino que escribe Marcos «el evangelio de Jesús Cristo Hijo de Dios» (Me 1,1), que ya es bastante decir en realidad. De Mateo podemos decir que su presentación de Jesús, desde el comienzo de su infancia, como «Emmanuel=Dios-con-nosotros» (Mt 1, 23) hasta su gloria final igualado «al Padre y al Espíritu Santo» (Mt 28, 19), garantiza suficientemente que no es posible que narre de tal persona hechos y palabras imaginarios.Tenemos, además, un testimonio de la intención de los testigos apostólicos de narrar hechos verdaderos en la segunda carta de Pedro: «No os hemos hecho conocer la fuerza y presencia de nuestro Señor siguiendo fábulas (o mitos: múzois) sofisticadas, sino habiendo visto (epóptai: videntes) su Grandeza» (2 Pe 1, 16).

c) Carácter sagrado del testimonio evangélico

Los evangelios son mensajes de carácter religioso, y por ende sagrado. Es sagrado el fin que pretenden los evangelistas el de llevar a sus lectores a la fe en Jesús y en Dios. Es también sagrado por el contenido de su mensaje, cuyo centro nuclear es la divinidad de Jesús, como expresamente lo atestiguan Marcos y Juan (Mc 1, 1; Jn 20, 31), y consta suficientemente, como ya ha sido explicado, en Mateo y Lucas.Al narrar sus hechos y palabras, que resultan sorprendentes, no pueden mentir, ni pueden desfigurar sus palabras o hechos de modo que queden irreconocibles y convertidos en narraciones míticas, como han querido Strauss o Bultmann.Pablo rechaza con vehemencia el error de negar la resurrección de Cristo, que predican Pablo y los apóstoles (1 Cor 15,4-8.11). Porque en este caso resultaríamos los apóstoles «falsos testigos de Dios»Ellos eran testigos, pero verdaderos. Lo han proclamado con toda claridad: «Somos testigos de la resurrección», dice Pedro (Act 2, 32; 5; 32; 10, 39-41); «somos testigos de su vida entera», confirma también (Act 1, 22); «somos sus testigos, porque le hemos visto, oído y tocado», dice Juan (1 Jn 1, 1-2); «somos muchos sus testigos», proclama Pablo (1 Cor 15, 5-9). Este es para ellos el cumplimiento del «sed mis testigos» del mandato que les ha dado el propio Jesús (Act 1. 8).

d) El monoteísmo hebreo de los autores

Los evangelios tienen un carácter especial cuanto a sus autores. Todos ellos son de religión judía, la religión de Israel proveniente de Abraham y legislada por Moisés.El gran conflicto del cristianismo en su expansión al mundo se provoca precisamente por la argumentación de que a los nuevos cristianos se les debe exigir, según argumentan muchos, las prácticas judías y religiosas (Act 15, 1-29).El núcleo central de la religión hebrea es indiscutiblemente el monoteísmo. Ahora bien, los evangelistas admiten que Jesús es Dios, como lo hemos mostrado, e incorporan palabras y hechos del propio Jesús que lo muestran.Resulta en verdad incomprensible totalmente cómo hubiesen ellos podido admitir que un hombre es Dios, dentro de la religión monoteísta pura, si no fuese porque Jesús afirmó tan clara­mente que él era Dios, un Mesías Dios, que la luz fue más fuerte que lo pudieran ser todos sus reparos monoteístas. Naturalmente que mantuvieron su monoteísmo, admitiendo que en un solo Dios hay tres personas pero esto precisamente es lo incomprensible.

5. Conclusiones del capítulo

La conclusión es que Jesús realmente afirmó su mesianidad y su divinidad' personalmente, ante diversos auditorios. Teniendo en cuenta los numerosos testimonios de Jesús aducidos por los evangelistas, tanto sinópticos como Juan, que hemos examinado, no puede dudarse de que tales afirmaciones provienen de labios del mismo Jesús a quien son atribuidas, ni de que los hechos que muestran sus poderes son hechos realmente acontecidos.Lo confirmaremos, sin embargo, en el capítulo que sigue, mostrando nuevas razones de crítica interna que persuaden esta verdad fundamental del conjunto de tales testimonios; y daremos también razones que hacen creíble que no solamente el núcleo fundamental sea cierto (lo cual basta para este caso), sino que al menos varios testimonios de los aducidos llevan el sello de la autenticidad, en sí mismos, y algunos hasta pueden ser considerados como «ipsissima vox Jesu».

Capítulo II.- LA VOZ DE JESÚS EN LOS EVANGELIOS

Después de haber examinado los testimonios evangélicos con un criterio que se puede llamar externo, que es el de la objetividad de los autores y de los textos, debemos pasar también a examinar el valor de los testimonios evangélicos de Jesús sobre su mesianismo y divinidad desde el punto de vista de la identidad de tales testimonios.Jeremías J. ha hecho ya clásico el término de «ipsissima vox» para designar los testimonios evangélicos de palabras de Jesús que podamos señalar como rigurosamente auténticos en su forma actual. Jeremías ha señalado tales palabras, que vienen a sumar en total 17. Las mas importantes doctrinalmente de ellas son abba=padre dirigida a Dios, y cephas=roca, relativa a Pedro, Mt 16, 16.Aparte de tales vocablos sueltos conservados en los evangelios, se pueden llamar «vox Iesu», palabras de Jesús, aquellas que conservan una estructura del sabor aramaico, como son las integradas con la fórmula Amén, amén propia de Jesús, o las de «Hijo de hombre» título exclusivamente puesto en labios de Jesús.

1. Los géneros literarios y la redacción

En los tiempos recientes ha gozado, y goza, de favor la teoría de los géneros literarios, entendida en el sentido de «Historia de las formas», o Form-geschichte alemana de los críticos racionalistas o protestantes Bultmann y Dibelius, seguidos por la mayoría, con eco también católico.La Instrucción de la Comisión Bíblica en 1964 sobre la verdad histórica de los Evangelios (AAS, 1964), autoriza a utilizar moderadamente tal método, poniendo a la vez en guardia contra los varios y peligrosos presupuestos en que los racionalistas la apoyan. La «Historia de las formas», y podríamos decir con justeza de las «formaciones», por tratarse de posibles pasajes previos a los evangelistas, que ellos habrían recogido (Lc 1, 1), y que tratan los críticos ahora de reconocer como tales estratos previos a la redacción de los evangelistas mismos, encierra esta verdad de las fuentes previas. Este método se presta, si no es empleado con prudencia, al subjetivismo y a las prevenciones de la crítica que señala como peligros la Instrucción citada.Mejores éxitos ha alcanzado, y con más útil resultado, el método complementario de éste que es el de la Historia de la Redacción (Redaktionsgeschichte). Porque este método va a una cosa que consta con certeza, como es la diversa redacción de los sinópticos en las variantes que ellos introducen en el mismo pasaje aceptado que dependen del fin o intención particular de cada evangelista en su composición o redacción de la obra.

Ø Bastará citar algún caso llamativo. En nuestro libro sobre los evangelios hemos citado el caso típico del letrero de la cruz de Jesús.

Ø Algo semejante pasa con las palabras de la institución eucarística, ampliamente estudiadas por el propio Jere­mías, como ya hemos dicho. Son estos problemas de la redacción escogida por cada evangelista.

Es de especial interés aquí señalar logros ciertos y evidentes de estos trabajos, como el notable indicado por el propio Jeremías con gran acierto. Lucas aprovecha el evangelio de Marcos como cuadro de la inserción de sus nuevos aditamentos, formando su evangelio a base del de Marcos con inserción de nuevos bloques informativos, que son propios. Advierte el citado crítico que se nota en Lucas un exquisito cuidado, en las secciones que recoge de Marcos, de respetar literal­mente las palabras mismas de Jesús, aun cuando se permita modificar ligeramente la redacción del pasaje por Marcos. Esto es de un valor indudable para nuestro tema, que está basado principalmente en las palabras mismas de Jesús recogidas en los evangelios. De gran interés también es el reconocimiento del sustrato aramaico claramente presente en los evangelios, que muestra su origen.

2. Los criterios de historicidad

Dos criterios, llamados por Latourelle «fundamentales», después del «básico» de presunción de la verdad:

Ø El del testimonio múltiple, cuando diversos textos confluyen en una misma afirmación, si tales textos no son interdependientes; tales son los hechos de la pasión, muerte y resurrección de Jesús, así como la Eucaristía y otros datos, que aparecen mencionados tanto en los cuatro evangelistas como en Pablo.

Ø El de explicación necesaria, o también de razón suficiente, cuando la única explicación razonable que puede darse de algunos textos existentes es la de que sean verdaderos.Propone el autor otros dos criterios, que llamaremos «primarios» con los dos citados: el de discontinuidad y el de conformidad.Ø El de discontinuidad se da cuando hay una clara ruptura del texto en cuestión con el ambiente judío anterior, pues en tal caso no puede provenir de él.

Ø El de conformidad, cuando hay tal ajuste con el ambiente, conocido por la arqueología, historia, literatura de la época, que la exacta situación del texto revela su procedencia de ese mismo ambiente.Como criterio secundario o derivado: el del estilo vital de Jesús, es decir que armoniza tan bien con su persona y doctrina extraordinaria, que no es fácil haya sido atribuido a él adventiciamente.Se pueden añadir la coherencia narrativa, que integra tal dato con naturalidad en toda la narración, y las diversas interpretaciones de un fondo común, que así resalta más como verdadero.Entre los puntos que se consideran así adquiridos como históricos en los evangelios por el solo examen interno del texto, expresa el autor los siguientes: Yo os digo (Amén)... Abba, «Hijo del hombre» y la declaración de su filiación divina ante el Sanedrín y Caifas. Creemos que hay más puntos que nos interesan de esta calidad, pero ya éstos serían suficientes para nosotros.

3. Palabras y hechos de Jesús

Constitución Dei Verbum del Vaticano II sobre los escritos sagrados:«La santa madre Iglesia firme y constantemente ha creído y cree que los cuatro evangelios, cuya historicidad afirma sin vacilar (quorum historicitatem incunctanter affirmat), transmiten fielmente (fideliter tradere) lo que Jesús, Hijo de Dios, viviendo entre los hombres hizo y enseñó realmente (reapse fecit et docuit) para la salvación de ellos (Constit. Dei Verbum, n. 19).«La Iglesia siempre ha defendido y defiende que los cuatro evangelios tienen origen apostólico. Pues lo que los apóstoles predicaron por mandato de Cristo, luego, bajo la inspiración del Espíritu Santo, ellos y los varones apostólicos nos lo transmitieron por escrito, fundamento de la fe, es decir el Evangelio en cuatro redacciones, según Mateo, Marcos, Lucas y Juan (ib. n. 18).«Los autores sagrados escribieron los cuatro evangelios esco­giendo algunas cosas de las muchas que ya se transmitían de palabra o por escrito, ... reteniendo la forma de proclamación (o evangelio), de manera que siempre nos comunicaban la verdad sincera acerca de Jesús (vera et sincera de Iesu nobis communicarent). Escribieron, pues, sacándolo ya de su memoria o recuerdos, ya del testimonio de quienes desde el principio fueron testigos oculares y ministros de la palabra, para que conozcamos la verdad (veritatem) de las palabras que nos enseñan (Lc 1, 2-4)» (ib. n. 19).Para el fin de esta sección, que versa sobre el valor de las «palabras y hechos de Jesús» como contenido evangélico, recogemos estas dos afirmacio­nes: «enseñan fielmente lo que Jesús realmente hizo y enseñó»; y «siempre nos comunican cosas verdaderas y sinceras», es decir sin ficción alguna, acerca de Jesús. Tal es en la Iglesia el valor real de las palabras y hechos de Jesús en los evangelios.Pío X en el decreto dado por la Sagrada Congregación del Santo Oficio «Lamentabili», rechaza como falsa la afirmación modernista de que en «muchas narraciones los evangelistas no refirieron lo que es verdad, sino lo que creyeron más provechoso para los lectores, aunque fuera falso» (Prop. 14, Denz. N. 2014), así como la de que «en los evangelios no ha quedado sino un tenue vestigio de la doctrina de Cristo» (Pr 15 Denz. N. 2.015). Y especialmente sobre Juan y su evangelio también condena estas afirmaciones: «Las narraciones de Juan no son propiamente historia, sino una contemplación mística del evangelio, y los discur­sos contenidos en su Evangelio son meditaciones teológicas, acerca del misterio de la salud, destituidas de verdad histórica» (Pr. 16, Denz. n. 2.016), lo mismo que las que hablan sobre los milagros como «exagerados por Juan» (Pr. 17), y de que Juan no es «testigo de Cristo», sino sólo de la vida de la Iglesia en el final del siglo I. (Pr. 17, 18).Con máxima claridad y firmeza la Declaración de la Congregación de la Fe en 1972 dice que «Cristo en su vida terrena declaró el misterio de su persona con obras y con palabras» (AAS, 1972, 237-39).Con razón rechaza el Decreto Lamentabili esta proposición modernista: «La divinidad de Jesucristo no se prueba por los evangelios, sino que es un dogma que la conciencia cristiana dedujo de la noción de Mesías» (Pr. 27, Denz. n. 2.027)Los apóstoles, después de la Resurrección, fueron iluminados por el Espíritu en la fe para mejor comprender lo que Jesús hizo y dijo; pero nunca de manera que fueran cosas diversas de las que Jesús «en realidad hizo y dijo» (Vaticano II).

4. La voz propia de Jesús

En este capítulo proponemos las razones para juzgar que las afirmaciones de mesianidad y de divinidad, atribuidas a Jesús en los evangelios son realmente del mismo Jesús.En resumen, hay palabras y testimonios que son «ipsissima vox», como:Ø la respuesta griega ante Pilato sobre el título de Rey espiritualmente trascendente;Ø la respuesta ante el Sanedrín sobre su divinidad mesiánica, una de las cumbres más altas de la propia voz de Jesús: el Yo-soy equivalente al nombre de Yahvéh en los cuatro evangelios más de una vez;Ø el misterio eucarístico en su fórmula institucional;Ø el título de Padre-Abba dado a Dios, en forma estrechamente filial directa, como confirmaremos al ver el misterio trinitario en seguida;Ø la misma confesión de Pedro,Ø en la respuesta de Jesús: algunos egotismos de Juan, subrayados por las circunstancias como auténticos.Otras expresiones deben ser afirmadas al menos como «vox lesu» que no ha podido sufrir modificación en la sustancia de las afirmaciones:Ø la respuesta sobre la preexistencia a AbrahamØ la afirmación del Bautista,Ø las escenas de su bautismo y de su transfiguración, confirmadas por múltiple testimonio, diversos logia de Jesús o sobre Jesús conservados fielmente, que hemos citado, y otros casos semejantes.Todos estos casos son afirmaciones reales de Jesús, si no queremos suprimir toda fe histórica en los hechos evangélicos. Pasemos finalmente a los misterios revelados por Jesús, de los cuales tenemos confirmación en los evangelios, como muestras esplendorosas de divinidad reivin­dicada.

Capítulo III.- UN MESÍAS QUE ES DIOS

1. Un nuevo mesianismo en Israel

Afirman los evangelistas que Jesús proclamó desde el principio de su predicación y vida pública, de varias maneras más o menos descubiertas, que El era el Mesías esperado en Israel. El mesianismo religioso proclamado por Jesús, con carácter trascendente hasta alcanzar la divinidad, no tiene paralelo en la historia de Israel.El mesianismo israelita se había transformado realmente en la esperanza de un rey político y guerrero victorioso en Israel y el mundo.La concepción de un Mesías no político sino religioso, de un Mesías conforme con el Servidor de Yahvéh anunciado por Isaías, doloroso y paciente como un cordero llevado al matadero (Is 53, 2-7), no proviene ciertamente de unos israelitas ordinarios, sino de un hombre que ha sido capaz de comprender la profunda trascendencia religiosa del Mesías de Israel. Esta concepción mesiánica lleva el sello de Jesús de Nazaret, cuya admirable pasión y muerte, dando ejemplo de todo lo que había predicado, narran acordes los cuatro evangelistas. La proclamación de Mesías en Jesús de Nazaret lleva el sello de su rica y admirable personalidad.

2. El Mesías, Juez del mundo

Jesús reivindica como oficio propio personal el de juez universal en el Juicio final. Tal oficio exige necesariamente condición divina para poderlo ejercer con verdadera justicia.Este oficio está conectado con una de las manifestaciones más claras de Jesús como Mesías, que es la de que ha de venir por segunda vez, con este fin precisamente. Es una de las afirmaciones de Jesús que cuentan con mayor seguridad de ser suyas.El capítulo 25 de Mateo es un argumento decisivo en varios aspectos de la divinidad afirmada por Jesús en la misma mesianidad. Es el Hijo del hombre, título propio de Jesús, quien juzga, y ese título se une allí al de rey ejerciendo su poder. Los que son juzgados le dan el título de Señor, que es título de divinidad. Pero sobre todo el oficio que ejerce es oficio de divinidad, y lo ejerce personalmente (Mt 19, 28).Esta verdad, que ha pasado a ser punto de la fe de la Iglesia, proclamada en el Credo, recogida en toda la tradición antigua y posterior, desde la apostólica, es un argumento de la real afirmación por Jesús de su divinidad.El juicio último reservado a Yahvéh, y anunciado en todo el AT y en los profetas especialmente, Jesús lo reivindicó como propio, afirmando así su divnidad al proclamarlo (Mt 16, 27; 25, 31-32).El Mesías-Juez de los hombres es argumento de divinidad. Pues el Mesías hombre, Rey de Israel sería premiado y glorificado en el juicio. Pero el oficio de Juez es propio sólo y siempre de Dios.

3.- La revelación de la Trinidad

Juntamente con la unicidad de Dios, la fe cristiana admite como revelado por Jesús explícitamente el misterio de la Trinidad. Padre, Hijo y Espíritu Santo son tres personas distintas en un solo y mismo Dios. Este misterio trinitario existe propiamente sólo en el cristianismo y en los evangelios.Una breve mirada a este misterio nos confirma en la autenticidad histórica de esta vox Iesu, que es también ipsíssima por necesidad en algunos momentos. En rigor este misterio quedaba inicialmente revelado en la declaración de Jesús de ser Hijo de Dios. Luego en Dios hay Padre e Hijo. Esta afirmación de Jesús se halla ya en el propio nombre de Padre suyo que él da a Dios.En los capítulos 14-16 de Juan sobre la cena, hallamos las principales expresiones que nos revelan más claramente qué condición tiene su afirmación de ser Hijo de Dios. Jesús, en primer lugar, ve al Padre y le conoce íntimamente. Declara que él ha visto a Dios, su Padre (Jn 6, 46; 8, 38), y sabemos que en el AT se declara, por voz de Dios mismo a Moisés, que es imposible ver en vida a Yahvéh (Ex 33, 20).Mateo y Lucas atribuyen a Jesús un conocimiento del Padre igual al que el Padre tiene de él. Así, conoce directamente al Padre en visión absoluta (Mt 11, 27; Le 10, 22).Cuando Juan expresa toda esta teología en la forma perfecta de la unidad entre el Hijo y el Padre, en su sola divinidad: «El Padre y Yo somos uno» (10, 30), confirma la realidad histórica de tal afirmación al describir a los judíos dispuestos a oirla a apedrear a Jesús por afirmar esta unidad, con piedras ya en las manos (10, 33). «Siendo hombre te haces Dios» (Jn 10, 33). Estas palabras de sus adversarios frente a su afirmación, unidas a la acusación ante Pilato en el momento crítico del proceso: «Se ha hecho Hijo de Dios» (19, 7), muestran que Juan no habla de teologías propias sino de realidades de Jesús.Esta fórmula aparece repetida tres veces en el discurso de la cena (14, 10.11.20). Especialmente tres frases de Jesús nos muestran de forma clara que se trata de afirmaciones y recuerdos históricos de Juan sobre la cena.Vengamos, en fin, a las manifestaciones sobre la tercera persona de la Trinidad, el Espíritu Santo. No parece haber duda posible sobre la manifestación del Espíritu bajando sobre Jesús en el bautismo, manifestación atestiguada en los cuatro evangelios por el Bautista con su autoridad profética.Hemos señalado la mención del Espíritu Santo en los sinópticos en algunos logia de Jesús, que no ofrecen ninguna dificultad en la atribución: «el Espíritu Santo de vuestro Padre, hablará en vosotros en las horas difíciles de la persecución» (Mt 10, 19-20; Mc 13, 11; Lc 12, 12; 21, 15). En una escena, que es difícil poner en duda, afirmando que el texto de Isaías en que el Espíritu Santo desciende sobre el Mesías se ha cumplido ante ellos (Lc 4, 18).).Jesús habló antes a Nicodemo, según Juan, de un bautismo en Espíritu Santo y agua (Jn 3, 5). En el discurso de la cena Jesús promete que ha de enviar el Espíritu Santo como alguien que es Dios, y a la vez que es distinto a él, es decir que lo distingue como Persona de la misma Trinidad que el Padre y el Hijo, del cual además dice que es enviado por el Padre y por el Hijo mismo.La revelación de la Trinidad fue hecha por Jesús, el cual fue enviado por el Padre «para revelar a los hombres los secretos íntimos de Dios.»

4. La fórmula del bautismo cristiano

Una clarísima revelación de la Trinidad es la fórmula del bautismo cristiano, que Mateo propone como pronunciada por Jesús resucitado en el alto monte de la aparición de Galilea:«Bautizad en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo (Mt 28, 19).Esta fórmula ha llegado hasta nosotros intacta, sin duda por su importancia sacramental. Con ella son hasta hoy bautizados los cristianos de todas las confesiones, y está declarada en la Iglesia Católica, por definición del Concilio de Trento, como la fórmula válida en todas las iglesias (can. 4 sobre el bautismo; Denz.n. 860), y que el bautismo es un sacramento instituido, como los otros seis, por el propio Jesús (can. 1 sobre los sacramentos; Denz. n.844). La tradición universal cristiana de esta fórmula avala su entera legitimi­dad en la paridad divina de las tres Personas mencionadas.Ante ella no se puede pensar, aun críticamente, sino que proviene del propio Jesús, por lo cual la tradición así la ha recibido desde los apóstoles. Ellos bautizaron ya el mismo día de Pentecostés a varios miles, y seguramente antes o con ellos a los propios discípulos de Jesús. Es el bautismo que Pedro llamará dado «en nombre de Jesucristo» (Act 2, 38-41). Pero este bautismo apostólico exigía la fe en la divinidad de Jesús, como aparece en el bautismo del eunuco de Candaces por el diácono Felipe (Act 8, 35-38), y no se puede dudar de que los apóstoles utilizaban la fórmula enseñada por Jesús, y llamaban a este bautismo el que se daba «en nombre de Jesús» (Act 2, 38; 8, 35; 9, 17-18; 10, 48; 19, 5; 1 Cor 1, 13)En esta fórmula aparece la divinidad de Jesús de forma evidente. Pues son colocados en plena paridad el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo de la revelación trinitaria. Es una formulación sagrada de la revelación trinitaria, conservada por ello al pie de la letra. Podemos pues, y debemos, estar ciertos de que esta fórmula fue pronunciada por Jesús mismo, y que nos transmite, como enseña el evangelista, una palabra del propio Jesús. Es así «Ipsissima vox lesu», una palabra literal de Jesús, quien afirma su propia divinidad.

Capítulo IV.- LA FE POSPASCUAL DE LOS DISCÍPULOS

1. La única explicación válida

Jesús manifestó en diversas formas que él era el Mesías esperado en Israel, Mesías que no era de carácter político y guerrero, sino religioso y trascendente; trascenden­cia que llevaba la manifestación, también múltiple y la más fundamental, de que es Hijo de Dios, y verdadero Dios igual al Padre. Podemos añadir que él ha de ser Juez del mundo, al final de la historia de los hombres y para todos ellos, que es imagen mesiánica de divinidad.

Hay muchas razones que hacen ver que este contenido evangélico de las manifestaciones de Jesús en sus páginas hubo de corresponder a la realidad, con certeza en muchas de ellas, y en bastantes aun en su literalidad misma. Y si buscamos cuál pudo ser la explicación válida de que pongan en labios de Jesús tales afirmaciones extremas para un hombre, no se ve qué otra razón válida pueda aducirse sino una: que Jesús las dijo, y afirmó que era Mesías de Israel, Juez del mundo y Dios verdadero, como Hijo de Dios.En resumidas cuentas, atendiendo a esta verdad contenida como esencial en las afirmaciones aportadas de Jesús, la de que es el Mesías, Juez del mundo y de los hombres todos. Hijo de Dios y Dios verdadero igual al Padre, podemos aplicar los diversos criterios de historicidad, que hemos enumerado antes.

Ø Si atendemos al criterio del testimonio múltiple, tenemos tal afirmación en diversas formas, en los cuatro evangelios, y a veces una misma afirmación en la misma forma en dos, tres o cuatro de ellos, que es criterio de múltiple testimonio, tratándose de afirmaciones de Jesús, rubricadas también por la fe de Pedro y Pablo;Ø El criterio de discontinuidad ve en tales afirmaciones algo que no puede provenir del ambiente judío, sino que rompe absolutamente con su monoteísmo integral.

Ø El criterio de conformidad, puede hallar la concordancia de muchas de las sentencias de Jesús con los datos del ambiente, como la Ley, el sábado, el Templo, el Sanedrín, las costumbres romanas de la crucifixión, el «Hijo del hombre» como título propio mesiánico, y otros datos;

Ø El estilo vital de Jesús se muestra en las parábolas aportadas y otros logia que hemos aducido, así como en los milagros y su forma de realizarlos, o su voluntad de perdonar los pecados;

Ø La coherencia narrativa, porque muchas de tales afirmaciones se hallan incorporadas a fragmentos de los evangelios en los que existe tal coherencia; y son diversas expresiones de un fondo común, según la forma de cada evangelio.Ø El criterio de razón suficiente. No se puede aducir ninguna otra razón explicativa de este cúmulo de afirmaciones en boca de Jesús, sino ésta: él mismo dijo que era Mesías, que sería Juez de los hombres y que era Hijo de Dios y Dios.

La única alternativa aportada, y quizás la única que resulta posible, aunque no tenga verosimilitud alguna, es que tales afirmaciones son testimonios de la comunidad cristiana recogida por los evangelistas. Pero como los evangelistas las presentan como de Jesús, no de la comunidad cristiana, tropieza tal solución con las objeciones de todos los argumentos ya presentados.La «mitificación» de Jesús puro hombre como «Dios» por sus discípulos no puede sostenerse en pie. Los evangelistas perderían todo crédito, no serían honestos ni sinceros, no habría vestigio alguno de tal mitificación en los evangelios. La comunidad cristiana habría caído en una confusión indescriptible, contra su propia fe hebrea anterior, que los evangelis­tas recuerdan claramente.La verdad es sólo ésta: Jesús mismo fue quien dijo que era Mesías, Juez del Mundo, Hijo de Dios, Dios verdadero. El fue quien reveló el misterio, ignorado por los hombres, de la Trinidad. El fue quien consagró el misterio, humanamente increíble, de la Eucaristía. El fue quien ordenó bautizar en el nombre de la Trinidad.Las palabras de Jesús son, en verdad, palabras de Jesús.

2. La fe pospascual de los discípulos

Todo ello no quita que la resurrección de Jesús haya provocado una nueva situación en la comunidad apostólica y cristiana de sus seguidores. La crítica, al distinguir la comunidad prepascual y la pospascual, con la muerte y resurrección como un hiato de gran significación entre ambas, dice una verdad. Tal salto existió. La resurrección, anunciada por el mismo Jesús a ellos antes de su muerte, fue el sello de Dios sobre su vida. Fueron iluminados, comprendieron el misterio. Pero el misterio ya existía, y en él habían vivido. Ahora podían comprenderlo mejor.Pero lo que no resulta aceptable es el planteamiento de ruptura de la crítica radical y racionalista, o de la desmitologización no cristiana. Dice la constitución dogmática del Vaticano Dei Verbum acerca de este punto:«Los apóstoles ciertamente después de la ascensión del Señor predicaron a sus oyentes lo que El había dicho y obrado, con aquella más plena inteligencia de que ellos gozaban, instruidos por los acontecimientos gloriosos de Cristo, y enseñados por la luz del Espíritu de la Verdad» (Dei Verbum, n. 19).La comunidad pospascual tenía un más pleno conocimiento, recibido por luz del Espíritu de que gozaban, y por los hechos de la resurrección. Hay que advertir que eran iluminados por la luz del «Espiritu de la Verdad». Tal Espíritu no podía iluminarles haciéndoles ver lo que no hubiera existido. Y, en efecto, el texto afirma simplemente que, con esa luz, predicaban «lo que Jesús había dicho y obrado», no cosas diferentes y añadidas. Y el mismo texto, poco antes, notaba que «los Evangelios comunican fielmente lo que Jesús, Hijo de Dios, realmente (reapse) hizo y enseño viviendo entre los hombres» (ib).Todo el evangelio, y en especial el de Juan, quiere decir lo que Jesús dijo y enseñó, y lo que hizo en vida mortal, y luego su muerte y resurrección con las apariciones.

3. El evangelio de Juan y la realidad histórica

Conviene que recordemos esto particularmente ante el evangelio de Juan, que suele ser calificado como «evangelio teológico», o también como «teología de Juan». Estas expresiones son admisibles si son bien entendidas y no quieren negar la historicidad del evangelio joánico.En el decreto Lamentabili de san Pío X se rechaza como contraria a la doctrina eclesial la afirmación: «Las narraciones de Juan no son propiamente historia, sino una contemplación mística del evangelio. Los discursos contenidos en su evangelio son meditaciones teológicas acerca del misterio de la salvación, destituidas de verdad histórica» (Lamentabili, prop. 16; Denz. n. 2.016). La verdad, por el contrario, es que si en algún evangelio hay rasgos históricos auténticamente comprobados por la arqueología, o señalados por el evangelista con indicaciones peculia­res de tiempo o de lugar, o de personas no citadas en otros evangelios, es en el de Juan, quien da múltiples datos que quiere señalar como históricos, para completar precisamente lo narrado por los anteriores a él. Contra aquellos que dicen que su evangelio es sólo reflexión teológica y no contiene realidades históricas, se alza la declaración del propio evangelista: «Estas cosas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, Hijo de Dios» (Jn 20, 31).El evangelio de Juan está compuesto de secciones en las que a un hecho notable (un milagro en general: las bodas de Caná, el paralítico en la piscina, la multiplicación de panes, el ciego de nacimiento, Lázaro resucitado; o el encuentro con la Samaritana, o con Nicodemo) sigue un diálogo, discusión o discurso de Jesús sobre un tema especial. Tales temas seleccionados son elección teológica. La redacción de los diálogos y discursos debe ser compuesta por él, ya que no parece que normalmente sería posible que recuerde palabra por palabra todo lo dicho; pero las frases culminan­tes, que llevan la marca de Jesús, la idea principal en su desarrollo, tienen que ser de Jesús, si quiere ser coherente con su propósito declarado de «dar fe a la divinidad de Jesús. Son pues recuerdos de Juan, que vienen a su memoria, conservados con amor, en los que habla Jesús, según recuerda, o según compone por aproximación. Pero tiene que haber cosas que son de Jesús por su plasticidad, por su fuerza, por su carácter de admirable elevación, propia de Jesús en su estilo de imágenes.La cena narra el lavatorio de los pies, que ciertamente ha de ser real, con su diálogo vivísimo con Pedro, el anuncio de la traición, y el comienzo de la expansión con los restantes discípulos, cara ya a la muerte. Juan, que comprendió que era una hora grave para Jesús (Jn 13, 1.30), tuvo el privilegio, que para siempre recordó, de reclinar la cabeza allí sobre su pecho. ¿Qué tiene de extraordinario entonces que el apóstol, que se siente con un lugar de predilección en el amor de Jesús, recuerde con viveza las palabras de Jesús? Menciona interven­ciones de sus compañeros Tomás, Felipe, Judas Tadeo y las respuestas de Jesús. Recuerda una admirable oración al Padre. Cuando escribe y «redacta» estos memorables recuerdos, ¿quién podría pensar que por sola reflexión teológica atribuye a Jesús cosas que nunca dijo?Se comprende que el decreto Lamentabili haya rechazado, como doctrina que debe ser reprobada, la de los modernistas que dicen: «La doctrina sobre Cristo, que enseñan Pablo, Juan y los Concilios de Nicea, Efeso y Calcedonia, no es la que Jesús enseñó, sino la que sobre Jesús concibió la conciencia cristiana» (Prop. 31; Denz. n. 2.031). Es, por lo mismo, digno de gran cuidado, el no acercarse a esta zona peligrosa. Juan testifica sobre Jesús, del mismo modo que Pablo enseña doctrina verdadera del misterio de Jesús, todo lo cual ha sido recogido y proclamado en el desarrollo de los siglos por la Iglesia, frente a las herejías cristológicas.

4. La alternativa crítica

Los críticos que no quieren aceptar los evangelios, y en particular el de Juan, como relato de palabras y hechos reales de Jesús, se enfrentan a una alternativa, que en realidad es insoluble. Pues las palabras atribuidas por los evangelistas a Jesús —y en especial por Juan, que trabaja con recuerdos personales— o son realmente de él (aunque con modificaciones de redacción, que no alteren su sentido esencial), o son obra de los autores evangélicos, que se las atribuyen a Jesús al proclamar su propia fe y la de la comunidad cristiana. En este segundo caso, o las inventan ellos y las ofrecen así a su propia comunidad, lo que es increíble, pues la comunidad no las recibiría, o las reciben de la propia comunidad apostólica y cristiana primitiva, llamada pospascual.La alternativa planteada no tiene, en este caso de la afirmación de la divinidad en Jesús, más salida que la de reconocer que las afirmaciones a él atribuidas son del propio Jesús, aun cuando pueda aceptarse que algunas de ellas se hallan un tanto modificadas, no en lo esencial. Pero también hay que aceptar que otras, por su forma breve y gráfica, por su fuerza concisa y concentrada, por su imposibilidad de ser olvidadas en su misma literalidad si fueron dichas nos transmiten la misma voz de Jesús Ipsissima, o al menos ipsa en otros casos, vox lesu.

viernes, 11 de abril de 2008

La divinidad de Jesús en Juan

Aula P. Igartua: “El Mesías, Jesús de Nazaret”
La divinidad de Jesús en Juan

Jesús afirma la divinidad en Juan

I.- Tres confesiones
1.-La confesión de Pedro en Juan – después del discurso del Pan de Vida
2.-La confesión de Marta
3.-La confesión de Tomás

II.- El Yo divino de Jesús en Juan
1.-Título de relación Padre Hijo
2.-El Yo divino de Jesús
3.-Los egotismos divinos de Jesús
4.-El origen divino de Jesús
5.-Los atributos divinos de Jesús
6.-Los poderes de Jesús: perdonar pecados – hacer milagros


III.- Jesús y los grandes misterios
1.-El Juicio último sobre los hombres
2.-Las fórmulas del Bautismo y de la Eucaristía
3.-La Resurrección de Jesús
4.-El misterio de la Trinidad: la igualdad con el Padre

Jesús afirma su divinidad en Juan

Juan no ha incluido en su evangelio la escena de la confesión de Pedro que está en los sinópticos. Tampoco incluye otras importantes escenas. Por ejemplo, omite la institución eucarística y su fórmula.

No obstante hay tres confesiones de la divinidad: una, la de Pedro después de la multiplicación de los panes, la confesión de Marta previa a la resurrección de Lázaro; y la confesión de Tomás después de la resurrección.

I Tres confesiones

1.- La confesión de Pedro en Juan

En el capítulo sexto de Juan, Jesús aprovecha la nueva reunión para proponer su doctrina sobre el pan divino, declarándose él mismo «pan de vida» (Jn 6, 35). Al ver Jesús la deserción de sus discípulos se dirige directamente a los doce. Es, ciertamente, una equivalencia de la pregunta que dirige a los doce en los sinópticos sobre su persona.

«También vosotros queréis marchar?» (Jn 6, 67). Es también aquí Simón Pedro el que toma la palabra en nombre de todos, y proclama:

«Señor, ¿a quién iremos?
Tú tienes palabras de vida eterna.
Y nosotros hemos creído v conocido
que Tú eres el Santo de Dios


Esta confesión de Pedro proclama la santidad de Jesús, bajo el término de «Santo de Dios». La santidad es uno de los más claros atributos de Dios.

2. La confesión de Marta

Marta, la hermana de Lázaro de Betania, arrojándose a sus pies seguramente, le dice: «Señor, si tú hubieses estado aquí mi hermano no hubiera muerto» (11, 21). Marta añade: «Pero aun ahora sé que Dios te dará cuanto le pidas» (11. 22). Jesús responde a la petición insinuada: «Tu hermano resucitará» (11, 23).

Jesús: «Yo soy la resurrección y la Vida. Todo el que vive y cree en mí no morirá para siempre» (11, 25-26). Continua el diálogo:

Jesús: «¿Crees esto» (que Yo-soy la Vida, y su Autor).
Marta: «Sí, Señor.
Yo he creído que Tú eres el Cristo,
el Hijo de Dios,
él que viene al mundo»
. (11, 27).

La confesión de Marta proclama tres cosas equivalentes: que Jesús es el Cristo, el Mesías (confesión mesiánica), que es el Hijo de Dios, y que es el "que viene al mundo. Es decir, la mesianidad, la divinidad, el origen preexistente.

El milagro de la resurrección de Lázaro que el propio Jesús dice que lo hace «para que crean que Tú me has enviado», confirma la fe de Marta. Es una clara confesión de la divinidad del Hijo de Dios: El-es-la-Vida.

3. La confesión de Tomás

El relato de Juan presenta en el capítulo 20 la aparición del Resucitado a los apóstoles estando ausente Tomás (Jn 20, 19-23). Ellos después «Le dijeron: Hemos visto al Señor». Pero Tomás responde: «Si no veo en sus manos la herida de los clavos, y meto mi dedo en el agujero de los clavos, y mi mano en su costado (abierto), no creeré» (Jn 20, 25). Para Tomás el resucitado debía ser el mismo hombre del sepulcro, y que conocía también él, por testimonio de los otros, que el costado estaba abierto por la lanza. Vino Jesús, se puso en medio, y dijo: Paz a vosotros» (Jn 20, 26). Y le dice a Tomás:

«Trae tu dedo aquí, y toca mis manos.
Trae tu mano y métela en mi costado.
Y no seas incrédulo sino fiel (o creyente)».
«Respondió Tomás, y le dijo:
Señor mío, y Dios mío»
. (Jn 20, 27-28).

La confesión de Tomás es absolutamente directa y expresa. Y Jesús la recibe, invitándole a la fe antes de la experiencia divina: «No seas incrédulo, como hasta ahora, sino fiel o creyente»; y después: «Porque me has visto, has creído. Dichosos los que no ven y creen» (20, 29), proclamando verdadera la fe expresada por Tomás

4. El eco de la declaración ante el Sanedrín

Al narrar la curación del paralítico de la piscina, Juan advierte que era sábado aquel día. Y Jesús dijo al curado: «Levántate toma la camilla, y anda» (Jn 5,8). Los judíos le dijeron: «Es sábado y no es lícito coger la camilla». El curado respondió: «El que me ha curado me ha dicho: Toma tu camilla, y anda». Preguntaron ellos: «¿Quién es ese hombre que te lo ha dicho?». (Jn 5, 16; cf. Jn 9, 16; 7, 23; Mt 12, 1-13, par.).

Los judíos buscaron a Jesús, y sin duda protestaron ante él por esta acción en sábado y él les respondió: «Mi Padre continúa obrando hasta ahora, y por eso yo también actúo» (Jn 5, 17). Y prosigue el evangelista: «Por eso buscaban más todavía los judíos matar a Jesús, porque decía que Dios era su Padre, haciéndose a sí mismo igual a Dios» (Jn 5,18).

Juan narra la curación milagrosa del ciego de nacimiento, también verificado en sábado (9, 16). Y a continuación del milagro inserta Juan el discurso del buen Pastor. Luego la discusión tenida con Jesús por sus adversarios, «los judíos» (10, 24). «¿Hasta cuándo nos tienes en suspenso? Si eres el Cristo, dínoslo». Jesús responde: «Os lo digo y no creéis. Las obras que hago en nombre de mi Padre dan testimonió de mí» (10, 24-25). En esta ocasión llega a afirmar no sólo que es el Cristo, sino que es igual al Padre y una cosa con El. (10, 30). Esta afirmación, una de las más fundamentales afirmaciones de divinidad en Juan, provoca la ira indignada de sus enemigos.

«Muchas buenas obras os he mostrado de mi Padre, ¿por cuál de ellas me apedreáis?», ellos respondieron: «No te apedreamos por ninguna buena obra, sino porque, siendo como eres hombre, te haces a ti mismo Dios» (10, 32-33).

Jesús ha reservado la solemne y definitiva manifestación pública de su divinidad para el momento supremo. Ante el tribunal religioso de Israel, el Sanedrín. Sin embargo, Juan, que no ha narrado la escena del Sanedrín con la acusación religiosa de proclamarse Dios, da testimonio de ella en el curso del proceso ante Pilato.

Ante el tribunal de Pilato

Ante la obstinación del Procurador romano en no aceptar la condena de Jesús, los judíos recurren al último argumento, para ellos supremo:

«Nosotros tenemos Ley,
y según la Ley debe morir,
porque se ha hecho Hijo de Dios»
(Jn 19, 7).

Este último recurso judío ante Pilato muestra el proceso a cara descubierta. Es el eco de la condena del Sanedrín. Allí Jesús se ha proclamado Hijo de Dios, y todos le han condenado por blasfemia. Presentan ante Pilato la sentencia religiosa como argumento que le cierre el paso. Pero, sorprendentemente también, para Pilato se convierte en argumento en favor del reo.

«Y Pilato buscaba por esto librarle» (Jn 19, 12). Entonces los sacerdotes, al ver el efecto contrario de su última alegación religiosa, vuelven a la política, reforzada de manera directamente personal contra Pilato: «Si le sueltas no eres amigo del César. Todo el que se hace rey, se opone al César» (19, 12). Vuelta la causa a su primer cauce político se produce la sentencia de Pilato, y el letrero de la condena será: «Jesús Nazareno, el Rey de los Judíos».

Pero ha aparecido en Juan, como última y profunda causa que le ha llevado a la muerte, la religiosa afirmación de Jesús: «Se ha hecho Hijo de Dios», lo cual, como hemos mostrado, entienden bien: «Se ha hecho Dios».

Pilato le condena jurídicamente como a Mesías o Rey. Los sacerdotes le llevan a la cruz por proclamarse Hijo de Dios, igual a Dios: «Siendo hombre, te haces a ti mismo Dios» (Jn 5, 18; 10, 33; 10, 36).


II - El “YO Divino” de Jesús en Juan

Después de haber examinado las declaraciones y confesiones de divinidad de Jesús en forma directa, vamos a examinar en el evangelio de Juan también las otras formas de declaración de divinidad:

Ø El título de Padre con la correspondiente relación de Hijo;
Ø La expresión del Yo de Jesús en forma absoluta que sólo un ser superior a los hombres podría formularla;
Ø El origen de su persona en otra región distinta de la humana y superior a ella;
Ø La reivindicación de algunas cualidades que sólo a Dios convengan como atributos divinos, y
Ø Los poderes cualificadamente propios de Dios considerados como propios.


1. El título y relación de Hijo a Padre

Las referencias puestas en labios de Jesús, en el evangelio de Juan, a su condición de Hijo de Dios, sea llamando a Dios Padre suyo de modo particular, sea llamándose a sí mismo con el nombre de Hijo, se dividen en tres grupos, según la condición de los oyentes a quienes se dirigía en su diálogo.

Ø Al pueblo en general. La palabra pronunciada cuando arroja del Templo a los mercaderes. El episodio de su adolescencia, cuando llamó al Templo «la Casa de mi Padre». Las palabras del sermón eucarístico, que completan el milagro de la multiplicación de los panes. Los siguientes: «Mi Padre es el que os da el pan verdadero» (6, 32) y «Esta es la voluntad de mi Padre...» (6, 40), aunque todos los demás también tienen referencia inmediata y específica a Jesús («Lo que me da el Padre...», v. 37; «El Padre que me envía...», v. 39). En la sinagoga de Cafarnaum sigue el tema ante judíos murmuradores, y llama a Dios Padre (6, 44.57). También en el capítulo doce le oye la multitud admirada, cuando exclama en un momento de turbación repentina de angustia: «Padre, sálvame de esta hora... Glorifica tu nombre» (12, 27-25). El repentino grito de angustia parece tener el eco del Abba posterior del huerto de Getsemaní en Marcos y los sinópticos, aunque precede aquí al temor del huerto.

Ø A sus adversarios, los que llama Juan «Judíos», es decir fariseos o escribas o sacerdotes, también Jesús hablaba de su Padre. En el capítulo quinto: «Amén, Amén, os digo, el Hijo no puede hacer nada sino lo que ve al Padre hacer...» (v. 20); «Amén, Amén, os digo, ésta es la hora en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que la oigan» (v 25). Hay una especialmente significativa: «Yo he venido en nombre de mi Padre y no me recibís; si viene otro en su nombre a ése le recibiréis» (v. 43), donde establece su misión mesiánica, y la venida del llamado Anticristo por Pablo, el cual vendrá «en su propio nombre», fingiendo ser el Mesías (2 Tes 2, 3-4; cf. Suárez, In Summ. 3ª, q. 59; Disp. 54, 1,4).

Ø A sus apóstoles, hablando en mayor intimidad, en los capítulos de la Última cena capítulos 14-16, deja desbordar su secreto filial de manera abundante. Aquí dejamos constancia de que en numerosos versículos también llama a Dios «mi Padre», confirmando la estrecha relación que existe entre ambos (14, 2.21; 15, 1.8.23-24), o dice que el Padre «está con él» (8, 29; 16, 32).

La oración de la Última Cena. La oración comienza con la palabra directa: «Padre» también aquí claro eco del «Abba» familiar: «Padre, ha llegado la hora» (17,1). Tenemos en esta página una oración personal de Jesús al Padre.

Comentario crítico. El evangelista Juan indica varias veces que esta relación de Hijo a Padre significaba que Jesús era Dios. Lo vemos en las reflexiones finales del diálogo con Nicodemo, donde llama a Jesús Hijo Unigénito del Padre, el cual nos lo dio para salvarnos (Jn 3, 16-18). Esta expresión de Unigénito del Padre la utiliza el evangelista también en el prólogo por dos veces: «Hemos visto su gloria como de Unigénito del Padre» (Jn 1, 14), «Nadie ha visto a Dios, pero el Hijo Unigénito, que está en el seno del Padre, nos lo ha narrado, o revelado» (Jn 1, 18).

Este testimonio sobre el modo como debe entenderse la filiación de Jesús fue confirmado por la inteligencia de tal relación en labios de los enemigos de Jesús, que le acusaron de hacerse Dios por llamar así a Dios su Padre. (Jn 5, 18; 10, 33; 19, 7). Y es el propio Jesús el que propone esta clara identificación, en que resulta Dios =Mi Padre: «Mi Padre, de quien vosotros decís que es vuestro Dios» (Jn 8 54)- ¿Se puede expresar con mayor claridad que es Hijo de Dios en verdad?'


2. El Yo divino de Jesús

Del mismo modo que lo vimos en los sinópticos veamos ahora la expresión de la persona de Jesús a través de determinadas expresiones de su Yo (Egó).

En primer lugar propone­mos las expresiones en la forma del «Yo-soy», con el valor de testimonio de divinidad (Yahvéh — Yo-soy) en Juan. Luego hemos de proponer en Juan las formas peculiares de expresión de Jesús que él ha recogido, que son llamadas «egotismos», o declaraciones especiales de su Yo (= Egó).

Declaraciones del “Yo-soy” en Juan

En la escena de Jesús caminando sobre las aguas. Juan pone en labios de Jesús la palabra de seguridad y certeza: «Yo-soy, no temáis». Este Yo-soy (Egó eimí) (6, 20), adquiere un carácter de presencia en firmeza para dar seguridad, como el Nombre Yahvéh.

En la discusión con sus adversarios, capítulo octavo de Juan, cuando pronuncia uno de sus egotismos, «Yo soy la Luz del mundo» (8, 12). Ellos atacan el valor de su declaración: «Tú das testimonio de ti mismo, y así tu testimonio no es verdadero» (8, 13). «Yo soy el que doy testimonio de mí mismo, y conmigo da testimonio el Padre que me envió (8, 18). Ellos vinieron entonces a la cuestión básica implicada: «¿Dónde está tu Padre?», queriendo llegar a oir de sus labios que tenía por Padre a Dios, para acusarle mejor. Jesús prosigue: «Voso­tros sois de abajo, y Yo de arriba; sois de este mundo y Yo no soy de este mundo. Os he dicho que moriréis en vuestro pecado» (8, 24). Y entonces llega la afirmación de la fe en él mismo como Dios: «Porque si no creéis que Yo-soy (óti egó eimí), moriréis en vuestro pecado» (8, 24).

En el huerto de Getsemaní. El último texto de estos Yo-soy absolutos y divinos lo se lo atribuye ante los que vienen a prenderle con Judas el traidor.

Jesús, sabiendo todo lo que venía sobre él, se adelantó y dice: ¿A quién buscáis? Ellos respondieron: A Jesús Nazareno. Les dice Jesús: Yo-soy» (18, 4-5).

Antes los adversarios como vimos le preguntaron: ¿Tú quién eres?, ahora es él quien les dice: ¿A quién buscáis? Ellos han dicho, porque no le conocen, o porque llevan judicialmente el nombre del reo a quien tienen que detener: A Jesús el Nazareno. Jesús dice con voz llena de majestad: «Yo-soy». Esta invocación de su nombre con el nombre de Yahvéh produce tal impresión de majestad en sus enemigos armados que «retrocedieron y cayeron postrados a tierra». Cayeron por el poder majestuoso de Jesús. Pero también cayeron ante el nombre invocado como propio, que les produjo el temor de lo divino: Yo-soy, Yahvéh.

3. Los egotismos divinos de Jesús

Esta forma de declarar su propia personalidad divina en Juan es la forma absoluta de los llamados «egotismos» de Jesús. Significa esta palabra las pronunciaciones sobre su propio Yo (Ego), que completan la frase con alguna cualidad que Jesús es, y que no puede menos de tener carácter particular, aunque aquí nos interesan particularmente las que tienen forma de aseveración de divinidad.

1. «Yo soy el Pan de vida» (Pan vivo) (6, 48; 6, 51).
2. «Yo soy la Luz del mundo» (8, 12; cf. 12, 46; 1, 4.5.9).
3. «Yo soy la Puerta (del redil)» (10, 7.9).
4. «Yo soy el Buen Pastor» (10, 11.14; cf. Ez 34, 11-12; 23-24).
5. «Yo soy la Resurrección y la Vida» (11, 25).
6. «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida» (14, 6).
7. «Yo soy la Vid verdadera, y mi Padre el Labrador»
(15, 1.5).
8. «Yo soy Rey» (18, 37).

A esta magnífica serie de los egotismos de Jesús se puede añadir otro más por ser equivalente, cuando Jesús proclama que todo el que tenga sed venga a beber de él. Es como si dijese:

9. «(Yo soy la Fuente): si alguno tiene sed, venga a Mí y beba» (7, 37)

Hacemos un breve comentario a los principales, para hacer ver cómo son expresiones que sólo se pueden aceptar si quiere proclamar su divinidad.

Ø Yo soy la Luz del mundo. Ningún hombre, sino por absurdo engreimiento, podría calificarse a sí mismo de «Luz del mundo». (Jn 1, 4-5.9).

Ø Yo soy la Vida. Todos tenemos vida, pero ninguno puede atreverse a identificarse con la misma vida. Y además afirma que es «la Resurrección» de la vida (Jn 1, 3-4).

Ø Yo soy la Verdad. Cualquier hombre podrá afirmar que él dice la verdad, o que esto o aquello es verdad. Pero ser la misma «Verdad» ¿quién sino Dios puede reivindicarla para sí?. Jesús llama al diablo, Satanás, «padre de la mentira», porque nace de sus sugestiones, que llevan esta marca. Pero él es no ya «el padre de la verdad» metafóricamente, sino «la Verdad» (Jn 1, 17).

Ø Yo sov el Buen Pastor. El Profeta Ezequiel, hablando en nombre de Dios, nos dice en boca de Dios: «Esto dice Yahvéh Dios: Yo mismo buscaré mis ovejas y las visitaré. Como visita el pastor a su rebaño... así Yo visitaré a mis ovejas (Ezx 34, 11-12). Y algo después afirma que suscitará un pastor de la descendencia de David, el Mesías (pues Ezequiel es posterior en varios siglos a David, el cual será pastor de su pueblo en su nombre (Ez 34, 23-24). Así pues, cuando Jesús declara que él es el Buen Pastor, el Pastor modelo, ideal (ó poimén ó kalós) se declara el pastor mesiánico, y se llega a identificar con el mismo Dios, que ha prometido ser él mismo el mejor pastor de sus ovejas y pueblo (Ez 34, 11-12).

Ø Yo soy Rey. La afirmación ante Pilato en el proceso tiene pleno carácter mesiánico, conforme a la pregunta del presidente. De modo semejante se puede decir que sólo alguien que es más que hombre puede calificarse a sí mismo de «Pan de vida» y de Manantial para la sed, o de ser «el Camino» por el cual los hombres deben andar para ir al Padre, y el tronco de «La Vid», cuyas ramas o sarmientos con fruto son los demás hombres.

4. El origen divino de Jesús

Hay en Juan referencias sobre el origen de Jesús que suponen con certeza su preexistencia. Esta cuestión de su procedencia se la formularon los contemporáneos. Un episodio muy clarificador es cuando Jesús subió a Jerusalén a la fiesta de las Tiendas o Scenopegia y apareció en el Templo.

«¿No es éste aquel a quien quieren matar? Pues aquí está y nadie se mete con él. ¿Habrán averiguado ellos que es el Cristo?» (7, 25-26). Otros decían: «Este sabemos de dónde es (de Nazaret, el Nazareno el hijo de José: 6, 42, cfr. 1, 45), el Mesías nadie sabrá de dónde viene» (7, 27).

Jesús respondió en voz alta en el Templo: «Decís que sabéis quién soy y de dónde vengo. Y, sin embargo, no vengo de mí mismo, y el que me envía es veraz, a quien vosotros no conocéis» (7, 28). La cuestión de saber de dónde viene Jesús, o sea su origen, fue planteada también por el propio Pilato al mismo Jesús, aunque no obtuvo respuesta entonces.

El propio Jesús dijo a sus adversarios que «él sabía de dónde venía (pózen élzon) y a dónde iba (poú upágo)» (8, 14), y que ellos, en cambio, no lo sabían. Así el saber su de dónde y a dónde se convierte en uno de los problemas de Jesús, según Juan. En varios de los textos que siguen dirá que «no viene de sí mismo» (7, 28; 8, 42), indicando que tiene otro origen que el humano.

Cuanto al de dónde, en repetidos textos.

Ø A Nicodemo le dice que «desciende del cielo, y que « el está en el cielo» (3, 13), indicando su misterio de venir de allí y a la vez permanecer, como Dios por tanto.
Ø En el discurso eucarístico: «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo» (6, 41; cf. 6, 33.38.50.51.58).
Ø Pero todavía más expresamente hace referencia a su origen en Dios. Y así lo dice: «Yo he salido y vengo de Dios» (ek tou Zeou; 8, 42).
Ø En la Última Cena. Del mismo modo y más explícitamente: «Habéis creído que yo salí de Dios. Yo salí del Padre, y he venido al mundo» (16, 27-28).

La afirmación del origen no puede ser más explícita. Y la confirma ante sus apóstoles en la oración dirigida a su Padre: «Ellos (mis apóstoles que te encomiendo) han conocido que yo salí de ti, y han creído que Tú me enviaste» (17, 8). Salir y ser enviado son lo mismo.

Cuanto al a donde, hay diversos textos

Este origen celeste, viniendo del cielo a la tierra, se completa con un retorno al Padre de donde salió. A través de su muerte vuelve al punto de su origen, al Padre. Es el «a dónde va». La fórmula completa es: «Salí del Padre y vine al mundo, (ahora) de nuevo dejo el mundo y voy al Padre» (16, 28).

Ø A los apóstoles directamente «Voy al que me envió, y ninguno de vosotros me pregunta: ¿A dónde vas?» (16, 5.10.16). Esta vuelta al Padre, subiendo al cielo, la realizará a través de la muerte y resurrección, y explícitamente hablará de subida anunciando la ascensión y la gloria de su triunfal subida.
Ø A María Magdalena en la mañana de la Pascua para que lo comunique a los Apóstoles: «Vete a mis hermanos y diles: «Subo a mi Padre y vuestro Padre, mi Dios y vuestro Dios» (Jn 20, 17).


5. Atributos divinos en Jesús

Ø La Ciencia superior al conocimiento humano (conoce aun la divinidad),
Ø la Omnipotencia con que Dios hace todo lo que es posible y quiere,
Ø la Eternidad de preexistencia, que en Dios supone y exige la inmutabili­dad,
Ø la Vida que él puede comunicar a los seres vivientes del mundo especialmente a los hombres.

Ciencia divina

Ø Jesús declara que posee una ciencia superior a la humana. Le asegura a Nicodemo que todo lo que habla lo sabe directamente: «Amén, Amén, te digo. Hablamos lo que sabemos, y damos testimonio de lo que hemos visto» (Jn 3, 11),
Ø El mismo evangelista nos ha asegurado que «conocía a todos, y no tenía necesidad de que nadie le—diese testimonio de ello, porque sabía lo que había en el hombre» (2, 24-25).
Ø A esta ciencia plena de Jesús vuelve a aludir el evangelista en el exordio de la cena (13, 1.3), y también declara que sabía todo lo que le iba a suceder en su pasión (18, 4).
Ø Jesús proclama el conocimiento pleno que tiene de la misma divinidad del Padre, que por lo tanto le iguala con El:

«Ninguno ha visto al Padre, sino el que está
junto al Padre, éste ha visto al Padre»
(6, 46).
«Yo conozco al que me ha enviado,
porque estoy junto a él»
(7, 29).
«Mi Padre, de quien vosotros decís
que es vuestro Dios, es quien me glorifica.
Y no le habéis conocido, pero yo le conozco»
(8, 55).
«Como el Padre me conoce a mí,
también yo conozco al Padre»
(10, 15).
«Padre justo, el mundo no te ha conocido,
pero yo te he conocido»
(17, 25).

Esta plenitud de conocimiento del Padre es propia de sólo Dios, ya que es igual a la que Dios tiene de él (10. 15).

Al término de su discurso o efusión de espíritu con sus apóstoles en la cena, y antes de dirigirse en oración directamente al Padre, Jesús les dice: «Os he hablado en proverbios (enparoimíais): Ha llegado el tiempo en que no os hablaré en proverbios, sino que os anunciaré acerca del Padre abiertamente» (Jn 16, 25). «Salí del Padre y vine al mundo, de nuevo dejo el mundo y voy al Padre» (Jn Ib, 28).

Omnipotencia divina

El atributo del poder pleno del Padre es el que llamamos Omnipotencia divina. Este queda también atribuido a Jesús en sus propias palabras, según Juan: «Amén Amén, os digo. El Hijo no puede hacer nada por sí propio (como distinto del Padre), sino lo que ve al Padre hacer. Lo que él hace, esto mismo también el Hijo lo hace igualmente» (Jn 5, 19). Esta igualdad en la acción del Hijo con el Padre muestra la igualdad de poder claramente.

La eternidad de preexistencia

El pasaje clásico en Juan sobre la eterna preexistencia de Jesús, anterior a todo suceso humano: «Amén, Amen os digo. Si alguno guarda mi palabra no verá la muerte jamás» (8, 51). «Ahora vemos que estás endemoniado. Abraham y los profetas murieron, ¿y tú dices que si alguno guarda tu palabra no morirá jamás? ¿Acaso eres mayor que nuestro padre Abraham, que murió? Y también los profetas murieron. ¿Quién te haces a ti mismo?» (8, 52-53). «Abraham vuestro padre vio mi día. Lo vio y se gozó» (8, 56). Es la visión profética y mesiánica de Abraham, la gloria de su «descendiente» el Mesías (Gen 13, 15; 15, 5;17, 7-8; 22, 17; cf. Gal 3, 16). Estalló la indignación de los judíos contra Jesús. «No tienes ni cincuenta años, ¿y has visto a Abraham?» (8, 57)- Y respondió majestuosamente Jesús, con sencilla palabra llena de misterio divino:
«Amén, Amén, os digo.
Antes que Abraham existiese
Yo soy (egó-eimí)»
(8, 58).


Afirmación de claridad deslumbrante en cuanto a la preexistencia de Jesús. No tiene ni cincuenta años, como dicen los judíos utilizando un número redondo cierto, (tendría menos de treinta y cinco). Abraham vivió hacia 1850 aC., y hace dieciocho siglos que murió.

Pero además, su afirmación va mucho más allá, como ya hemos indicado al tratar de la fórmula «Yo soy». Porque no ha dicho: «Antes que Abraham existiese, ya existía yo», sino «Yo-soy», que es la afirmación del Nombre sagrado de Yahvéh, que es la existencia absoluta, la presencia total. Tan bien entendieron los judíos que era una abierta proclamación de divinidad, que dice el evangelista que «tomaron piedras para arrojárselas» (8, 59) como a blasfemo, para ejecutarle allí mismo directamente. Es la primera vez que llegan a tal atrevimiento, cuyo resultado evitó Jesús «ocultándose (¿natural o milagrosamente?) y saliendo del templo» (8, 59; cf. Le 4, 29-30). La Proclamación ha sido clara.

Aunque su testimonio lo oirán solamente los discípulos en la cena, atónitos al oirlo, cuando en el sublime vuelo de su oración al Padre traspase todos los confines. Por dos veces lo afirma, una al comienzo de su plegaria, la otra al fin.

«Glorifícame, Padre, junto a ti
con la gloria que tuve a tu lado
antes de que el universo (ton kósmon) existiese» (17, 5).
«Padre, quiero que los que me diste
estén conmigo donde Yo-soy (ópou eimí-egó),
para que vean mi gloria, la que me diste.
porque me amaste, antes de la creación del mundo» (17, 24).


La afirmación de eternidad es contundente, y el evangelista la glosará en su célebre prólogo: «En el principio el Verbo estaba en Dios». ¿Qué puede afirmar a continuación sino que «el Verbo era Dios».


La Vida

La vida es un prodigio, y viene de Dios, quien es la Vida infinita. «Como el Padre tiene la Vida en sí mismo, así ha dado al Hijo tener la Vida en sí mismo» (5, 26). La igualdad con el Padre la tiene en poseer el mismo atributo de la Vida, y como El la tiene también «en sí mismo», es decir por su propio ser. Esto se dice, obviamente, de la Vida divina que él posee del mismo modo que el Padre, según su afirmación.

Tiene también una vida humana, en su organismo viviente con alma, como los demás hombres, vida que llegará a su término en la cruz. Pero aun de esta vida afirma que no está fuera de su alcance y dominio, sino que él «tiene potestad para dejarla y para tomarla de nuevo», y que «es él quien la deja, y no otro el que se la quita» (10, 18). Tiene pleno dominio sobre ella, y es dueño de su propia vida.

No solamente esto, respecto de la vida humana. Es dueño también de la vida de todos los demás. Es él, dice, quien obrará la resurrección de los muertos, y quien la obra ahora cuando quiere: «Como el Padre resucita a los muertos, y da vida, así el Hijo da vida a los que él quiere» (5,21). Esta potestad la utilizará en la resurrección final, y lo afirma varias veces: «Llega la hora en que los que están en los sepulcros oirán la voz del Hijo de Dios, y resucitarán los que hicieron el bien para resurrección de vida, y los que hicieron el mal para resurrección de juicio (8, 28-29). Lo mismo afirma en el sermón eucarístico: «Yo les resucitaré en el último día» (6, 44.55).


6. Los poderes divinos de Jesús

Los poderos divinos son de orden moral y físico. En el orden moral el de perdonar los pecados, propio y exclusivo de Dios, y el dominio sobre las cosas más sagradas del culto judío, como el sábado y el Templo. En el orden físico, el poder de realizar milagros.

El poder de perdonar pecados, en Juan sólo tiene un ejemplo especial. Es el caso de la adúltera. Cuando ellos han ido desfilando avergonzados ante su desafío de inocencia, dirigiéndose a la mujer le dice: «Tampoco yo te condeno. Vete y no vuelvas a pecar» (8, 11).

Algo semejante nos sucede con los testigos aportados por los sinópticos acerca de la postura de Jesús ante el precepto sabático. Aquí Juan ofrece la misma actitud de Jesús ante el sábado, proponiendo dos milagros que realiza en sábado, intencionadamente según se puede pensar, lo que provoca la oposición legal y cultual de los adversarios. El del paralítico en la piscina de Siloé y el del ciego de nacimiento.

Tenemos también el testimonio de Jesús en Juan sobre el Templo. En Juan la palabra de Jesús sobre el Templo es un gran signo que da sobre sí mismo, por la identificación con él mismo. Pues Jesús les da como señal la destrucción del Templo y su reedificación en tres días, la cual se halla también en los sinópticos en el juicio ante Caifas como testimonio contra Jesús (Mt 26, 61; Me 14, 58).

Hallamos finalmente en Juan el poder de Jesús manifestado en los milagros. Estos son, en general, distintos de los délos sinópticos.

Ocho milagros escoge Juan en su evangelio, son:

Ø el del vino en Cana (2, 11),
Ø el del hombre de la corte real también en Cana (4, 48-50),
Ø el del paralítico de la piscina (5, 8),
Ø el de la primera multiplicación de los panes (6 11),
Ø el de andar sobre las aguas de la tempestad (6, 19),
Ø el del ciego de nacimiento (9, 15),
Ø el de la resurrección de Lázaro (11, 43-44), y
Ø en su vida gloriosa el de la nueva pesca milagrosa en el lago de Tiberíades (21, 6; cf. Lc 5, 4-11).

En todos los milagros muestra su poder y beneficencia.

Ø En Cana su sola voluntad muda las tinajas llenas de agua en vino exquisito.
Ø En el caso del cortesano su palabra desde lejos cura.
Ø En el de los panes y la tempestad del lago se repite el mismo modo absoluto de hacer los dos milagros que en los sinópticos, con su sola bendición y poder.
Ø En el paralítico de la piscina su sola palabra levanta al paralizado desde hacia ya treinta y ocho años.
Ø En el caso del ciego de nacimiento la simple orden de ir a la piscina y lavarse el barro mezclado con saliva, que le ha puesto sobre los ojos, cura al ciego.
Ø En el de Lázaro su voz imperiosa vence directamente a la muerte, y hace salir vivo al sepultado de cuatro días.
Ø En la pesca milagrosa en Tiberíades, su sola indicación y orden hace obtener una inmensa captura de peces, a todas luces desacostumbrada e imposible allí, pues los pescadores expertos y habituados le reconocen en este poder de su palabra.

Pero además, en Juan el propio Jesús repetidamente señala sus milagros y obras prodigiosas como señales de su persona divina. En Juan tenemos repetidas declaraciones de Jesús que propone sus milagros como señal divina suya: «Las obras que yo hago dan testimonio de mi, de que el Padre me ha enviado» (5, 36; 10, 25). «Si no hago las obras de mi Padre no me creáis. Pero si las hago, creed a mis obras, si no queréis creerme a mí» (10, 37). Yen la cena a sus discípulos: «Creed al menos por mis obras», que el Padre está en mi y yo en el Padre (14, 22

Hemos recorrido así la gama de poderes extraordinarios y divinos de Jesús, que se muestra ya en la calidad del perdón de los pecados, ya en el seguro dominio sobre el sábado, ya en la identificación como signo con el Templo, ya de modo particular en los milagros realizados, que son signo de Dios sobre él, signo reivindicado por el propio Jesús como suficiente para haber producido en ellos el convencimiento de que estaban ante un hombre singular, un Hombre de Dios.


Capítulo VI.- JESÚS Y LOS GRANDES MISTERIOS

Quedan por examinar aquellos textos que son un testimonio de divinidad manifestado en relación con los misterios divinos, ya que Jesús en sus palabras manifiesta que él entra en esos misterios personalmente y de modo singular.

Tales son los misterios

Ø del Juicio final de los hombres,
Ø de la sagrada Eucaristía y el Bautismo,
Ø de la resurrección del propio Jesús, y en fin el principal de todos,
Ø el de la Santa Trinidad.

1. El Juicio último sobre los hombres

Veamos los textos en que Jesús habla de este oficio suyo de Juez de los hombres, y en él señala su divinidad, que le da este poder.

En los sinópticos Jesús ha recordado al Sanedrín que le está juzgando, y a Caifas su presidente, que «veréis al Hijo del hombre, que se sienta a la derecha de Dios, venir sobre las nubes del cielo» (Mt 26, 64; Mc 14, 62; Lc 22, 69). Y en el discurso apocalíptico de los sinópticos aparece también el anuncio que hace Jesús de esta venida del Hijo del hombre como juez supremo, en cuyo anuncio proclama que el «Hijo del hombre vendrá con poder y majestad, acompañado de ángeles» (Mt 24, 30-31; cf. 13, 41-43; Me 13, 26-27; Le 21, 27; cf. 9, 26; 17, 24).

Sin duda en los sinópticos el texto más expresivo del ejercicio de la potestad judicial es la descripción, hecha por Mateo con amplitud, del juicio que hará el Hijo del hombre: «Vendrá el Hijo del nombre en su majestad, y todos los ángeles con él, y se reunirán ante él todas las gentes» (Mt 25, 31-46).

Si tomamos el evangelio de Juan para recoger de él este aspecto de Juez que se atribuye Jesús, como poder que ejercerá en cuanto hombre, pero con potestad y fuerza divina, hallamos este testimonio concreto dado a sus adversarios los judíos: «El Padre no juzga a nadie, sino que ha dado al Hijo todo el juicio» (Jn 5, 22). Y la descripción abreviada del juicio que ejercerá, con la ejecución también de las sentencias: «El Padre ha dado al Hijo la potestad de hacer el juicio, (precisamente) porque es el Hijo del hombre»

2.- Las fórmulas del Bautismo y de la Eucaristía

Bautizad a todas las gentes
en el Nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt 28, 19)

En esta fórmula, evidentemente, se otorga Jesús a sí mismo, siendo el Hijo, la plena y total paridad con el Padre y el Espíritu Santo en el sacramento de la religión sagrada. Es pues la fórmula trinitaria una expresión clara de la divinidad igual de las tres personas en un solo Nombre, necesariamente tiene que ser el de Dios.

El bautismo en el nombre de Jesús es el que es distinto del de Juan Bautista (Act 19, 3).

Llegamos así al misterio que es el centro de la vida eclesial, el misterio de la Eucaristía, con la consagración de pan y el vino en carne y sangre de Jesús. Tenemos en los cuatro evangelios, y también están en una epístola de Pablo, unas palabras de Jesús, relatadas por todos ellos como históricas, que confirman este asombroso misterio.

Y, ¿qué dicen las palabras en su sentido literal, respecto del pan y del vino? «Esto es mi cuerpo-carne», «Este es el cáliz de mi sangre». Tal formulación es la de todos los cuatro textos de la institución (Mc, Mt, Lc, Cor). Pero además, la tradición recogida por los mismos apóstoles sobre el sentido de las palabras no permite otro sentido sino el de la transformación del pan en carne y del vino en sangre, que la Iglesia católica llama en su definición, «con palabra apropiada, transustanciación».

Tal es pues el verdadero sentido de las palabras de Jesús: «Esto es mi carne o mi cuerpo» significa que realmente aquello que estaba en sus manos, el pan de la distribución en comida, era su cuerpo desde que él lo dijo así. «Este es el cáliz de mi sangre» significa que en la copa que daba a beber se contenía, desde que dijo sus palabras, realmente la sangre del mismo Jesús. Y en cuanto al mandato, «Haced esto en memoria o conmemoración de mí» significa que les daba poder para repetir el prodigio en el tiempo siguiente, conforme a sus propias explicaciones, es decir el poder sacerdotal de consagrar, convirtiendo el pan en su cuerpo y el vino en su sangre.

Se hace ya necesario llegar a una conclusión. Los judíos decían, con razón en su afirmación, cuando Jesús perdonaba los pecados directamente: «¿Quién puede perdonar los pecados sino Dios? ¿Quién es éste que así perdona los pecados? » (Mc 2, 7; Lc 5, 21). Pues con mayor razón aún habrá que decir aquí: ¿Quién es éste que se cree capaz que se cree capaz de realizar tan gran prodigio como mudar el pan que tiene en sus manos en su propia carne, y el vino de la copa en su sangre? ¿Quién puede hacer con palabras una cosa semejante sino sólo Dios? Así estas ciertas palabras de Jesús se convierten en un testimonio de afirmación de su divinidad.


3.- La Resurrección de Jesús

La resurrección de un muerto pertenece a la más alta clase de milagros. Es un milagro de primer orden, y según la clasificación de santo Tomás es «sobre la naturaleza», no sólo contra o fuera de ella (De potentia, q. 6, a. 3; Com. in 2 Sent. disp. 18, q. 1, a. 3; Summa Th. Ia q. 105, a. 8; CGent. 3, 101). Sólo Dios puede realizar este milagro, ningún ángel tiene tal potencia, pues supone el poder sobre el alma para hacer que reanime su cuerpo. Si esto hay que decirlo de una resurrección ordinaria, como las realizadas por Jesús en vida, (aunque un santo puede hacerlo invocando el poder de Dios: así se debe matizar el hecho de la necesidad del recurso a Dios y su poder) hay que decirlo con plenitud cuando se trata de una resurrección de tipo escatológico, como es la del propio Jesús. Esta pertenece absolutamente al poder de Dios, en las nuevas cualidades del resucitado, y sólo Dios puede hacerla.

Tenemos en efecto en Juan la afirmación de Jesús sobre su propia resurrección futura, declarando que él mismo será el autor de ella. Cuando los judíos le piden una señal para confirmar su autoridad arrogada sobre el Templo, al haber expulsado del mismo a los mercaderes como de la casa de su Padre, Jesús da la señal de su propia resurrección futura, envuelta en la simbología del Templo: «Destruid este Templo, v Yo lo levantaré en tres días» (Jn 2, 19). Añade Juan, como propio comentario declaratorio, que hablaba del «Templo de su cuerpo».


4. El misterio de la Trinidad: la igualdad con el Padre

Al hablar de los títulos de divinidad de Jesús hemos examinado el título de Hijo de Dios en Jesús, y lo hemos hecho a través de los evangelios sinópticos, dejando aparte el examen del evangelio de Juan, por la importancia y relieve que en Juan adquiere el título.

Al examinar la relación del Hijo al Padre y su igualdad o identificación como Dios, podemos hacer dos consideraciones distintas, agrupando las palabras de Jesús en ambas. La primera puede ser considerar las palabras afirmativas de Jesús sobre su igualdad con el Padre en cuanto al conocer y al obrar. En la segunda consideración, en cuanto a la misma unidad y mutua relación entre ambas personas.

Si examinamos primero el modo de conocer y obrar de Jesús en relación al Padre, por ser el conocer y el obrar con la voluntad las dos operaciones propias y principales del ser inteligente y espiritual, hallamos en Jesús la afirmación de una capacidad de conocer y obrar que le igualan en tales operaciones al Padre, siendo por otra parte evidente que tales operaciones en igualdad exigen una persona divina como sujeto, y aun una naturaleza común de operación para ser en igualdad directa. Jesús afirma que él ve y conoce al Padre directamente, y que hace las mismas obras de su Padre.

Si del conocimiento y la visión por inteligencia pasamos a la operación del obrar con la voluntad, hallamos también la identificación en tal operación con el Padre afirmada por Jesús. Cuando los judíos se oponían a Jesús porque no guardaba exactamente el sábado, él se justificó tranquilamente diciendo: «Mi Padre actúa hasta ahora, y yo también actúo» (5, 17). Y en la discusión con los judíos Posteriormente dice: «Muchas buenas obras de mi Padre (con su potestad) os he mostrado, ¿por cuál de ellas me apedreáis?» (10, 32) En ambos casos le arguyeron de quererse hacer Dios, y buscaban matarle (5, 18; 10, 31).

Si ahora llegamos a la segunda consideración de palabras de Jesús que nos muestren cuál es la íntima relación entre las dos personas, que así alcanzan la plena y perfecta unidad, encontramos esto afirmado de vanos modos. En primer lugar encontramos una afirmación de mutua inherencia, que logra la extraña posibilidad de que cada uno de loados este dentro del otro o en él. Esta afirmación la hallamos cuatro veces en el evangelio de Juan en boca de Jesús. La encontramos al hablar" del pan eucarístico por vez primera; donde nos dice que el que recibe tal pan «vive en mí y yo en él», y esto es a semejanza de lo que le sucede a él con el Padre, «el cual vive, y yo vivo por la fuerza del Padre» (6, 56-57). Más claramente formulada ya en su forma definitiva mutua cuando mantiene la gran discusión sobre los respecti­vos padres con los judíos. Llega ya a decir claramente: «Si no me creéis a mí, creed a mis obras, para que conozcáis y creáis que el Padre está en mí y yo en el Padre» (10, 38). Entonces, agrega otra vez más el evangelista, «quisieron apresarle, pero escapó de sus manos», lo que de nuevo muestra la inteligencia de esta frase tan formalmente expresiva de su divinidad.


Llegamos así a la necesaria y directa afirmación de la plena unidad, expresada también a través de la misma fórmula anterior más explícitamente aún: «Que todos sean uno, como tú, Padre, n mí y yo en ti» (17, 21)- Renueva la afirmación de esta plena unidad de la mutua inhesión: «Que sean uno, como nosotros (tú y yo) somos uno» (17, 22). Unidad que es la consumación que desea en semejanza: «Yo en ellos, y tú en mí» (17, 23).

Esta afirmación total de la unidad provocó que los judíos, una vez más, tomasen piedras para matarle por la que estimaban blasfemia audaz, porque, dijeron, «siendo hombre te haces Dios» (10, 33)

En realidad, y con todo rigor, Jesús se ha proclamado Dios en unidad con el Padre: «Yo y el Padre somos uno solo», es decir, «un aseveración es firme y total, ni puede quedar disimulada por la alegación del Salmo 81, 6 (Jn 10, 34). En realidad ellos le acusan de blasfemia porque, como él mismo reconoce, ha dicho «Yo soy Hijo de Dios» (Jn 10. 36).

5. Relación con el Espíritu Santo

La revelación del misterio de la Trinidad nos proporciona todavía otra afirmación de divinidad en Jesús que nos lo revela. Hay una tercera persona en la Trinidad, que es el Espíritu Santo. Y Jesús mantiene tal relación directa con él que no puede explicarse sino admitiendo que Jesús es también persona igual en divinidad a él. Lo que vemos en los sinópticos y en Juan. Es una constante evangélica.

En los sinópticos tenemos en primer lugar la revelación del Espíritu Santo en el bautismo de Jesús. Los tres nos presentan, en el momento en que Juan bautiza a Jesús, al Espíritu Santo descendiendo sobre la cabeza de Jesús en forma de paloma (Mt 3, 16; Mc 1, 10; Le 3, 22). Y en los tres hallamos la afirmación profética de Juan de que si él bautiza en agua, detrás de él viene otro, Jesús, que «bautizará en Espíritu Santo y fuego» (Mt 3,11; Mc 1, 8; Lc 3, 16).

Mateo y Lucas proponen al mismo Espíritu como actuante de la humanidad de Jesús en María Virgen, en el origen de esta humanidad (Mt 1, 18.20; Lc 1, 35). Lucas nos propone también, en la primera actuación de Jesús en la sinagoga de Nazaret, su propia tierra de convivencia anterior, la explicación que el propio Jesús da de Isaías: «Buscando en el libro sagrado halló el lugar donde está escrito: El Espíritu del Señor sobre mí. El me ha ungido. Me ha enviado a evangelizar...». Y comentó así: «Hoy se ha cumplido esta escritura en vuestros oídos» (Lc 4, 18). Nos presenta también a Jesús, al proclamar su conocimiento de igualdad con el Padre, «lleno de gozo en el Espíritu Santo» (Lc 10, 21, cf. 4, 1). Pues bien, este mismo Jesús, así lleno del Espíritu Santo, es el que anuncia que lo enviará sobre sus apóstoles, con promesa de hacerlo: «Mirad que yo envío la promesa de mi Padre sobre vosotros. Permaneced en la ciudad (de Jerusalén), hasta que seáis revestidos de la virtud de lo alto» (Lc 24, 49).

Pero si ya los sinópticos nos muestran esta relación particular de Jesús con el Espíritu Santo, que muestra en sus palabras su paridad divina en la relación mutua, es sobre todo Juan quien en su evangelio nos ha revelado tan profundo misterio, con palabras del mismo Jesús. En este cuarto evangelio también hallamos el testimonio del Bautista sobre el descenso del Espíritu Santo encima de Jesús al bautizarse, en forma de paloma. Y además habla del anuncio profético que había recibido de este descenso del Espíritu como señal del Hijo de Dios (Jn 1, 32-34). Y también dice que «éste es el que bautiza en Espíritu Santo», refrendando así el testimonio de los sinópticos totalmente. Luego nos presenta a Jesús, en el diálogo con Nicodemo, hablando de este bautismo, que hace renacer «de agua y de Espíritu Santo» (Jn 3, 5), confirmando así su potestad personal de bautizar en Espíritu Santo.

Es en el encendido discurso de la cena ante los apóstoles donde descubre más profundamente este misterio tan grande de la tercera persona de la Trinidad.

En tal discurso, Jesús promete rogar al Padre para que les envíe «otro Paráclito perpetuo» (Paráclito = consejero, abogado) (14, 16). Este será personal, como lo indica ya el nombre que le ha dado, y lo muestran las actividades que le asigna, que son las de persona. Pues le llama «el Espíritu de la Verdad» (14, 17; 15, 26; 16, 13). Por serlo, actuará en los discípulos «enseñándoles toda la verdad» (14, 26; 16, 13); asimismo «sugerirá o recordará a los discípulos todo lo que Jesús les ha enseñado» (14, 26), pues «da testimonio de Jesús» (13, 26), y no hablará de su propia fuente sino que «hablará todo lo que oye» (16, 13). También dice de él que «cuando él venga, convencerá al mundo de pecado de justicia y de juicio» (16, 8), explicando qué se entiende por cada uno de estos convencimientos o argumentos (16, 9-11). Todas estas actividades son claramente propias de un ser inteligente y personal. Y lo es, y además de un ser divino, el anunciar el futuro: «Os anunciará las cosas del porvenir» (16, 13).

Y ¿cuál es la relación que tiene o se atribuye Jesús con respecto a esta persona divina de la Trinidad?. Se atribuye una potestad en relación a él que es de paridad en la Trinidad divina, y que aun aparentemente podría parecer de superioridad, aunque no lo sea, sino de eternidad de origen o procedencia en igualdad. Pues este Espíritu Santo o de la Verdad, «procede del Padre», y Jesús dice que «él mismo lo enviará desde el Padre» (15, 26). Y poco después añadirá: «Si yo no me voy no vendrá a vosotros el Paráclito. Pero cuando me vaya, Yo os lo enviaré» (16, 7). Lo que él anuncie «lo tomará de mí, y os lo anunciará» (16, 14), y esto es así precisamente por la identificación divina de Jesús con el Padre: «Todo lo que el Padre tiene es mío; por eso os he dicho que tornará lo mío y os anunciará>> (16, 15). Pues este Espíritu Santo «lo enviará mi Padre en nombre mío» (14, 26).

Se ve así claramente que este Espíritu Santo es una persona divina que procede del Padre, y que es enviado por el Hijo a sus apóstoles, para que les enseñe la verdad, les recuerde lo dicho por Jesús, les anuncie el futuro. Todo ello necesariamente es un argumento de divinidad de Jesús en sus propias palabras, conforme las pone el evangelista en sus labios. Pues sólo Dios puede enviar a Dios, sólo Dios puede saber todo lo que hace Dios. Esta es la doctrina de las tres personas divinas en la Trinidad, revelada por Jesús, de las cuales el el Hijo es engendrado por el Padre como Hijo, igual a él en la divinidad, y menor en humanidad (14, 28), y el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo, siendo un Dios con ellos en unidad de la naturaleza.

Confirmando todo esto, en la aparición a los apóstoles del resucitado, en el atardecer del domingo de Pascua, reunidos en el cenáculo, Jesús les dijo así:

«Recibid el Espíritu Santo.
A quienes perdonéis los pecados
les serán perdonados
» (Jn 20, 23).

Palabras en las que aparece la divinidad de Jesús, tanto en el poder de dar la persona divina del Espíritu Santo como en sus efectos divinos,

Hemos propuesto el conjunto de las palabras del propio Jesús, tal como las ponen en sus labios los cuatro evangelistas, sinópticos y Juan, y que arguyen divinidad de Jesús. Resta examinar la certeza de que tales palabras, al menos en su idea fundamental de atribuirse la mesianidad y la divinidad personal, fueron dichas realmente por Jesús.