domingo, 24 de mayo de 2009

El Misterio de Cristo: La Encarnación en el tiempo y en el espacio

En la charla de hoy se examina el Misterio de la Encarnación del Verbo en María Virgen, que tuvo lugar en el tiempo y en el espacio, por razón de la humanidad de Cristo.

En cuanto al tiempo, se hacen dos consideraciones: el instante de la Encarnación, que da comienzo al tiempo humano del Verbo encarnado, Jesús de Nazaret, y el tiempo histórico, momento de la historia de la humanidad en el que tuvo lugar la encarnación del Verbo.

En relación con el instante de la Encarnación en base al relato evangélico de Lucas se dispone de una descripción detallada de personas y lugares, así como el mensaje que el Arcángel San Gabriel comunica a la Virgen María en Nazaret de parte de Dios de haber sido elegida para Madre del Hijo de Dios por medio de la Encarnación del Verbo.

Sobre el mensaje del Angel, el P. Igartua hace una reflexión sobre el instante concreto de la Encarnación teniendo en cuenta la fisiología de la mujer, la creación del alma por parte de Dios cuando se genera un hombre y en este caso la unión hipostática del Verbo que tienen que coincidir los tres hechos en un mismo instante.

El momento histórico corresponde a la época del emperador Augusto en Roma y Herodes el Grande en Palestina.

En cuanto al espacio, se pueden hacer también dos consideraciones: el lugar en el que se realiza el misterio, que es Nazaret en Palestina de los judíos (la encarnación del Verbo tuvo lugar en Nazaret, sin embargo el Nacimiento fue en Belén de Judá), y también el universo espacial en el que todos los espacios reales se hallan comprendidos, incluido el espacio físico donde tuvo lugar la Encarnación del Verbo en el seno de la Virgen María.

El testimonio de la Virgen que recibió Lucas de Pablo y éste de Juan evangelista quien tuvo en su casa a la Virgen, garantiza frente a cualquier otra consideración que la Virgen María dio a luz en Belén de Judá.
Finalmente, los conocimientos que tenía el P. Igartua de el estado de la ciencia Astrofísica, le permiten hacer una reflexión sobre el carácter universal de la Encarnación y Redención del género humano.

LA ENCARNACIÓN EN EL TIEMPO Y EN EL ESPACIO

La Encarnación en el tiempo


1- El instante de la Encarnación

El evangelio de san Lucas nos ha dejado un relato circunstan­ciado del anuncio de la Encarnación, que precede a ella. Vamos a examinar el relato evangélico y fijaremos nuestra atención de manera especial en el mismo instante de la Encarnación, que es el que da comienzo a la vida temporal del hombre-Dios Jesús de Nazaret.


a) El relato evangélico

El evangelista relata en detalle la escena de la anunciación, en la cual, a la aceptación por María de la maternidad mesiánica y divina anunciada por el ángel, se ha de suponer obviamente que sigue el acto de la divina encarnación del Verbo en su seno.

Personas y lugares

El relato introduce la escena con la precisión de personas y lugares. En Nazaret, pequeña población de Galilea en Palestina el ángel Gabriel es enviado por Dios a una virgen, jovencita doncella, llamada María, desposada por promesa formal de matrimonio con un varón llamado José. No se especifica el tiempo del año en que sucede. (Lc 1,26-38).

Aparición corporal del Arcángel Gabriel

El relato presenta una aparición, al parecer corporal, del ángel a María en soledad. Los ángeles no tienen cuerpo, pero su presentación en las apariciones suele tomar forma corporal humana. Esto puede verse en el NT en las apariciones de ángeles en el sepulcro a las mujeres, con vestidos blancos resplandecien­tes, y también en la Ascensión dos ángeles en aspecto de dos hombres recuerdan a los apóstoles, extáticos ante la subida de Jesús por el aire, que deben esperar la vuelta de Jesús desde el cielo, y entre tanto dar su testimonio.

El ángel de la anunciación, no nos dice el relato si aparece como hombre corporal directamente, pero lo indica en los dos verbos de su aparición: "entró" a donde ella estaba (tal vez en su casa), y "se retiró". Tal modo de hablar parece indicar con claridad que era un movimiento corporal visible el de su entrada y retirada.

Santo Tomás de Aquino ha señalado la congruencia de una aparición corporal por dos razones: Porque su misión era la de anunciar la encarnación corporal de Dios en María (El Verbo que es Dios se hace hombre con cuerpo y alma; la Virgen María además de recibir en su mente, lo concibió en su seno), y por­que las apariciones corporales son humanamente más apropiadas para generar la seguridad y certeza del hecho en el que las recibe, cosa aquí muy importante (Summa Theol., 3a, q. 30, a.3). Puede añadirse que el mismo ángel Gabriel se ha presentado antes a Zacarías para anunciarle la concepción y nacimiento del Bautis­ta, y es claro que aparece en figura corporal "a la derecha del altar del incienso" (Lc 1,11);

Saludo, mensaje y diálogo del ángel

El ángel pronuncia ante María su saludo inicial con las céle­bres palabras, que desde hace siglos repiten los cristianos ante ella. "Salve, la llena de gracia. El Señor está contigo". Parece, según los códices, que la alabanza "bendita entre las mujeres no fue dicha por el ángel, sino solamente por Isabel en el encuen­tro de la visitación, narrado también por el evangelista (Lc 1,42). Se advierte que el ángel en su saludo no nombra a María por su nombre propio, y lo sustituye por el elogio de "la llena de gracia” como equivalente. Luego, en la proposición del mensaje nombrará a María por su equivalente personal, relacionándolo la gracia ante Dios (Lc 1,31).

Sin querer aquí hacer la exégesis de todo el pasaje, el núcleo personal del mismo anuncia la encarnación: "Concebirás y darás a luz un hijo, y le llamarás por nombre Jesús" (Lc 1,31). Luego desarrolla el carácter mesiánico de su mensaje, declarando que Jesús será el Mesías esperado, que será llamado Hijo del Altísimo, ocupará el trono de David, y tendrá un reino sobre la casa de Jacob (Israel), que "será eterno y sin final" (1, 32-33).

Al oírlo María propone la dificultad de su disposición virgi­nal aun estando comprometida en matrimonio. Es claro que se ha comprometido a un matrimonio virginal, con aprobación de José. Su propósito de virginidad ha sido contra la costumbre general de todo matrimonio, y en especial de los judíos, por aspi­rar toda mujer judía a poder ser madre o antecesora del Mesías. Ha sido, sin duda, inspirado por Dios en su alma y ella tiene conciencia de esto, pues lo propone como dificultad: "¿Cómo se hará esto, pues no conozco varón? (1,34). "Conocer" tiene valor semántico en la frase de "acto conyugal". Como si dijese: "¿Cómo puede suceder esto, pues yo tengo el propósito de no unirme con varón en acto conyugal?", lo cual, con evidencia también, supone el previo consentimiento de José. Muchos suponen que su propó­sito era también promesa o voto sagrado de virginidad.

La respuesta del ángel es terminante. La encarnación del Mesías no se hará por medios humanos ordinarios, sino por acción divina especial y milagrosa, sin romper la virginidad: "El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la Fuerza o Poder del Altísimo te cubrirá con su sombra". La revelación de la Trinidad divina, se puede pensar que inspirada ya por Dios a María en su gracia infusa, es al menos revelada aquí a Ella: el ángel ha nombrado Prodigio, cuyo fruto es el Hijo: "Por eso lo Santo que nacerá de ti será llamado Hijo de Dios". Así María quedará emparejada en cierto modo con el Padre, que en su eternidad engendra al Hijo, Ella solamente en la humanidad y el tiempo. El por naturaleza, Ella por milagro y poder divino.

La asombrosa y sencilla respuesta de María es la respuesta que el mismo Dios ha prevenido para su mensaje a la libertad de María: “Soy la esclava del Señor. Hágase en mí según tu palabra”. Resultaría difícil pensar que María no supo aquí que su hijo era Dios, llamado por el ángel "lo Santo", que nacerá de ti, pues la santidad es la nota exclusiva de Dios, y todo lo ques es santo lo es por participar de algún modo o relacionarse con lo divino. Nos hallamos así en el vértice de la visita celeste del ángel mensajero. María acepta ser la Madre de Dios. En la visita a Isabel, confirmará María esta inteligencia, al decir de Dios: "Su Nombre es Santo"

Consumada así la aceptación de la celeste obra propuesta en el mensaje, (que por ser obra exterior de Dios, no lo olvidemos es de las tres Personas divinas en una sola acción), el ángel "se retiró".

Así, ya a solas María con Dios y bajo su acción de infinito poder, se verifica la Encarnación del Verbo, instante supremo de la obra de Dios en su creación universal. ¿Cuándo fue este instante?


b) Las fuentes del relato Lucano

Los apóstoles y María

El relato de san Lucas de la anunciación y encarnación, que hemos ofrecido en síntesis, ciertamente ha sido recibido por él, al querer escribir su evangelio. Lo testifica en el c. 2,2-4 de modo general, pero muy valioso. Los que "desde el principio vieron los hechos y fueron ministros de la palabra" (1,2), para comuni­carlos han de ser, sin duda, los apóstoles primariamente. Pero, además de darnos este dato del origen de su evangelio, en lo rela­tivo a la infancia de Jesús, nos da otro dato duplicado y precioso, claramente insinuado en su repetición.

Al terminar el relato del nacimiento de Jesús en Belén, y ser adorado por los pastores, con la aparición angélica sobre ellos, señala que "su Madre María conservaba todas estas cosas en su corazón o recuerdo", meditándolas, sin duda, muchas veces, con sus detalles. Se ha de suponer claramente que en este recuerdo se halla una de las fuentes principales, y tal vez la única directa de los hechos que narra (Lc 2,21). Este dato es confirmado así al cerrar el relato de la infancia (Lc 2,51).

De María a Juan

El testimonio de María nos lleva también a situar la transmisión de tal testimonio hasta que llega al evangelista. Siguiendo una pista existente, podemos pensar que el testimonio de María fue recogido principalmente por Juan, que la tuvo en su propia casa, atendiéndola hasta su muerte en Jerusalén, donde la tradición sitúa su sepulcro.

De Juan a Lucas por medio de Pablo

¿Cómo llegó tal testimonio desde Juan a Lucas? Recordemos para aclararlo que existe un enlace bastante obvio en la cadena. Este enlace es el propio Pablo apóstol. Pues él mismo nos dice que se entrevistó con Juan en Jerusalén, seguramente tras la muerte de María, con ocasión de la reunión del concilio apos­tólico de Jerusalén el año 49 (Gal 1,18; 2,2.9). Pablo, que había ido a Jerusalén diez años antes para hablar con Pedro durante quince días, tuvo ocasión ahora de hablar del "evangelio que pre­dicó a las gentes", lo que había hecho antes con Pedro y Santia­go, y ahora lo pudo hacer con Juan al que se puede llamar "se­cretario de María, la Madre de Jesús" (Jn 19,27).

El paso de Pablo a Lucas es evidentemente fácil, sin que ello signifique que Lucas se limitó al testimonio de Pablo. Tal vez el testimonio de Pablo queda, de algún modo, reflejado sobre el nacimiento de Jesús, en la breve síntesis de Gal 4,4 sobre la infancia de Jesús: "Envió Dios a su Hijo, hecho de mujer, puesto bajo la Ley". Este doble inciso abarca como un esquema, el relato de la infancia de Lc. Y aun parece sugerir, sin explicitarlo formalmente, que "Dios envió a su Hijo", como tal Hijo, "hecho de mujer", por milagro virginal. Cuanto al "puesto bajo la Ley", que él combatía, parece que abarca los sucesos de la circuncisión o de la ofrenda en el Templo, y de la subida a Jeru­salén a los doce años.

Esta fuente indudable de Lucas, que es María, aunque no directamente, conserva en su narración el valor de relato antiguo y estilo arameo, y la belleza virginal de su fuente se refleja en el relato, con su arte de narrar propio. Podemos también señalar aquí que, aunque Lucas omite enteramente el episodio de la huida a Egipto, al omitir el de los Magos que introduce Mateo, existe, una huella del mismo en su relato. Pues hace descender a la familia a Nazaret inmediatamente después de la presentación en el Templo, y habitar allí. Pero, si se considera que su relato ha propuesto al Niño como Mesías predicado por los pastores tras el mensaje del ángel, y por Simeón y Ana en el templo, resulta una incoherencia la pérdida total de la ruta del Mesías, si fue creído tal por bastantes.

Cuando según Lucas, bajaron a Nazaret desde Belén José y María con el Niño, debieron haber sabido el lugar de su habitación los habitantes de Belén, que habían oído todo el glorioso anuncio del Deseado de Israel. ¿Cómo ignoraron totalmente en delante todos que el Mesías vivía en Nazaret? Es una incoheren­cia del relato lucano. Al introducir Mateo el episodio de los Magos y la huida a Egipto, con la vuelta luego a Nazaret, dudando si ir a Belén José, y permaneciendo en Nazaret por temor a Arquelao (Mt 2,22-23), dato histórico de valor real, pone a la luz la solución del problema. Entre Belén y Nazaret, hubo dos años en Egipto, perdiéndose la pista del Mesías nacido con gloria angélica en Belén. Y la matanza de los inocentes, que selló de sangre la comarca de Belén borró totalmente la pista. ¿Había muerto? ¿Dónde se hallaba?


c) El instante de la Encarnación

Cumplida su misión y mensaje, y obtenida la respuesta de aceptación de María, se retiró el ángel. Todo se hallaba ya dis­puesto para la milagrosa y suprema acción divina de la Encarna­ción.

No podemos saber con certeza cuánto tiempo transcurrió entre la retirada del ángel y el instante supremo de la Encarnación. Parece obvio suponer que, obtenida la respuesta de María aceptando, y retirado el ángel, fue, si no absolutamente inmediato, si al menos muy próximo al instante de la salida del mensajero el de la encarnación divina. Sin duda podemos pensar que Dios actuó no de solamente de manera creadora activa sobre el cuerpo de María convirtiéndola en Madre, sino también juntamente sobre su alma, inflamándola con la llama de una ardiente caridad y amor divino en ese tiempo.

Es obligado doctrinalmente admitir que uno mismo fue el instante en que Dios creó el alma racional de Jesús, que animó la célula germinal de María y el instante en que el Verbo se unió hipostáticamente, según lo explicado, a esta alma que animó el organismo humano en su fase inicial, y así con ella al cuerpo u organismo ya humano formado, por milagro, de la carne de María.

El instante en que Dios creó el alma de Jesús

¿En qué instante creó Dios el alma de Jesús, y ésta animó con su vitalidad de espíritu racional todo el organismo inicial por el milagro? Es el instante de la fecundación natural humana, que inicia la vida del nuevo organismo humano.

¿Crea Dios en ese mismo instante el alma racional? Es el pro­blema del instante en que comienza a existir un nuevo hombre racional y personal. Como la creación del alma es obra creadora de Dios, imperceptible para el hombre, tal instante debe ser deducido de la situación.

Sería obvio que, siendo tal instante el comienzo de la vida del nuevo organismo (zigoto) con su fórmula genética ya completa, paterno-materna, según los actuales cono­cimientos de la genética, que en este punto pueden considerarse definitivos, sea también tal instante el de la formación plena del ser humano con alma racional. En tal hipótesis, este instante de la fecundación y nueva fórmula genética del ser sería el de la creación del alma por Dios. Tal instante parece el único aceptable para el comienzo de un nuevo ser racional, desde un punto científico.

Con todo, aun en este caso, el día o la hora queda plenamente determinado para nosotros. Pues los días fecundos de la mujer dejan un intervalo para el descenso del óvulo germinal femenino. Ignoramos, en realidad, cuál es el instante mismo de la fecundación cuando se obtiene naturalmente este resultado. Pero hay otro instante más concreto y señalado en el desarrollo del ciclo. Es el instante en que el óvulo fecundado se fija en el útero materno (anida), lo cual señala la cesación de la regla de la muier Entre ambos instantes, fecundación y anidación o implantación, pasará un tiempo determinado importante, aun­que no sea largo.

Si venimos ahora al caso de la Encarnación, lo primero que hay que afirmar en la fe es que la unión hipóstatica del Verbo con la naturaleza racional (alma-cuerpo) de Jesús es absoluta­mente simultánea a la existencia de tal naturaleza y por lo tanto en el instante de la acción creativa del alma racional, que le da plenitud de naturaleza humana.

No es doctrina recta, sino heré­tica, la de que primeramente fuese creada el alma y después constituida la unión hipostática. Sería ya doctrina de tendencia nestoriana, pues primero admitiría persona humana en Cristo, que luego desaparecía (Vigilio, contra Orígenes que admitía la preexistencia del alma: Denz 205, año 543).

También, contra Apolinar, como vimos, es menester creer que hay alma racional, y no sólo vegetativa y sensitiva, como supliendo el Verbo divino sólo al alma racional, pues entonces no sería verdadero hombre.

Si atendemos al hecho, anunciado por el ángel, de una acción milagrosa divina sobre el organismo de la Virgen, que sin perder la virginidad adquiere la maternidad, nos encontramos ante un hecho único en la especie humana: una concepción virginal de hombre en una mujer.

Tal hecho singular y sobrenatural, fundamento de la doctrina de la encarnación, nos pone ante un hecho totalmente insólito. Aun admitiendo, por las razones dichas, determinado instante para la creación del alma en los hombres, en el caso de María, al tratarse de un milagro virginal, evidentemente la creación del alma puede haberse realizado en cualquier momento determinado por Dios.

Parece obvio suponer que en este caso el alma fue creada en el mismo instante de la fecundación milagrosa, instante en que también se unió el Verbo al hombre. Todo en un solo instante. Si se pregunta en qué instante hizo Dios el milagro de la fecundación virginal, desde luego antes de la implantación maternal, sólo podemos decir que no lo sabemos. Pero hemos de afirmar que fue realizado el milagro sobre la célula germinal de María, y que fue milagroso, sin intervención humana conyugal.

Jesús hombre procede de una mujer sin intervención de varón

Queda por señalar el hecho, también especial y milagroso de que el fruto de esta fecundación fue un varón, Jesús, siendo de sólo mujer, de María.

No sabemos cuál fue exactamente el instante en el que Dios operó el hecho de la encarnación, que comprende tres hechos de su poder: el milagro de la fecundación virginal de modo que resultase varón, la creación del alma de Jesús animando este organismo celular fecundado, y la unión hipostática del Verbo.

Tampoco sabemos el modo como hizo el milagro de la fecundación virginal, aunque sí su resultado. Fue, de todos modos, necesario que tal acción milagrosa dotase al hijo de una nueva fórmula cromosómica de 23, el último de los cuales era de varón XY. ¿De dónde tomó tal conjunto cromosómico conjugado con el de María? ¿Lo creó en tal momento de la nada? Nada podemos decir, sino aceptarlo. Es el milagro de Dios omnipotente, de la vida.



2. La plenitud de los tiempos

San Pablo, al expresar el instante de la encarnación ha utilizado una fórmula singular: "la plenitud de los tiempos o del tiempo".

"Cuando llegó la plenitud del tiempo
envió Dios a su Hijo, hecho de mujer" (Gal 4,4)

"Dios se ha propuesto, al llegar la plenitud de los tiem­pos, instaurar todas las cosas en Cristo" (Ef 1,10).

¿Qué quiere significar el apóstol con “la plenitud del tiempo”?

La pala­bra tiene un sentido claro. Plenitud es la totalidad de algo. Pablo ha utilizado la palabra en otras tres ocasiones, en dos de las cua­les se refiere a la "plenitud de Dios" que desea llene a sus discí­pulos (Ef 3,19), y a la "plenitud divina" que hay en Cristo (Col 1,19).

En ambos casos se refiere a una plenitud de Dios, en el primero en participación por la gracia, y en el de Cristo en la absoluta plenitud de divinidad que supone su Persona divina. En el tercer caso en que la ha utilizado es en la explicación del mis­terio de la salvación de las naciones, donde significa la totalidad moral de naciones que admiten la fe de Cristo (Rom 11,25). El significado en todo caso de "plenitud" es la totalidad de algo, o su completamiento.

Parece claro que al aplicarse a los tiempos la palabra, quiere significar que el desarrollo sucesivo del tiempo de la historia humana llega a su punto culminante, su plenitud. En tal sentido podemos decir que encierra una interpretación cristológica de la historia. El desarrollo y evolución de los tiempos de la historia,están así señalados: hay una creación del universo, un desarrollo del mismo, una ordenación del cosmos, una aparición de la vida, vegetal, animal y finalmente humana, según el mismo relato de la creación (Gen c.1).

Cristo es la plenitud del hombre y de la creación por disposición divina (Ef 1,10).


Momento histórico del instante de la encarnación

Así, en esta perspectiva, los tiempos de la historia humana y de la creación han ido sucediéndose hasta el vértice del instante de la encarnación, que sucedió histó­ricamente bajo el imperio de Octavio Augusto en Roma, y en tiempos del Rey Herodes el Grande en la Judea y Palestina. Un signo de esta plenitud es el acuerdo general (aunque no absoluto) de señalar los años tomando como punto de referencia el del nacimiento de Jesús en Belén. Según la estimación científica actual el suceso aconteció en el año 6 a C. Por curiosa paradoja, Cristo nació seis años o siete antes de la era de Cristo[1].

El hecho de la Encarnación es eterno. Lo hemos visto ya como dogma proclamado en el Credo Niceno-Constantinopolitano, contra la opinión de Marcelo de Ancira: "Su reino no tendrá fin".

Así, el Verbo encarnado en la plenitud de los tiempos precedentes (creación, pueblo de Dios, Ley mosaica, profetas...) cumple y resume en sí todo lo precedente, y extiende su realización durante toda la eternidad sin fin de los tiempos sucesivos posteriores.

Esta conclusión es muy importante, pues dice que la encarnación del Verbo en el hombre Jesús es eterna en sus efectos, y se mantiene en naturaleza humana tras la muerte, en resurrección, ascensión y gloria de eternidad. Es un hombre con alma y cuerpo el que resucitó, el que subió a los cielos, el que reina a la derecha de Dios, el que vendrá a juzgar.

La reflexión sobre el tiempo de la encarnación en santo Tomás de Aquino

Santo Tomás de Aquino, al comienzo del tratado del Verbo Encarnado, la tercera parte de la Suma Teológica si formula dos preguntas: la primera, si hubiera sido oportuno que Dios se encarnase al principio del mundo y, la segunda, si debió aplazarse la encarnación al fin del mundo.

Si fue oportuno que la encarnación tuviese lugar al principio del mundo

A la dificultad de que parece que hubiera sido conveniente que Dios se encarnase al principio del mundo para que hubiera llegado la ayuda de la gracia a un mayor número de personas humanas, contrapone el texto de Gálatas citado por el P. Igartua:

Contra esa afirmación está lo que se dice en Gal 4,4: Pero, cuando vino la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer: a cuyo propósito comenta la Glosa: La plenitud de los tiempos es la época fijada por Dios Padre para enviar a su Hijo. Pero Dios ha fijado sabiamente todas las cosas. Luego Dios se encarnó en el momento más oportuno, y por eso no fue conveniente que se encarnase al principio del mundo.
Da unos argumentos que es oportuno recordar:

En primer lugar, teniendo en cuenta que la encarnación estaba ordenada a la reparación de la naturaleza humana por la abolición del pecado resulta evidente que no fue oportuno que Dios se hiciese hombre desde el principio, antes del pecado, pues la medicina es para los enfermos.
Tampoco fue conveniente que Dios se encarnase inmediatamente después del pecado. Entre las razones que conviene destacar la que pone en último lugar: Finalmente, para que no se entibiase el entusiasmo de la fe con la prolongación del tiempo. Porque según Mt 24,12: se enfriará la caridad de muchos cuando se acerque el fin del mundo. Y Lc 18,8 dice: Cuando venga el Hijo del hombre, ¿piensas que encontrará fe en la tierra?.

Si debió aplazarse la encarnación hasta el fin del mundo

Dice que no, entre otras cosas, para eficacia de la salvación del hombre De haberse aplazado este remedio hasta el fin del mundo, hubieran desaparecido totalmente de la tierra el conocimiento de Dios, la reverencia que le es debida y la honestidad de las costumbres.


El misterio de la Encarnación en el espacio

1. El lugar de la encarnación y del nacimiento

En relación con el lugar de la encarnación, no parece existir ningún problema crítico por lo que de acuerdo con el relato lucano se fija ese lugar en Nazaret. Hoy el lugar se encuentra dentro de una hermosa basílica donde hay una capilla donde se dedicada a la encarnación del Verbo. En el altar está la inscripción en latín “Verbum caro factum est”

En cambio, en cuanto al lugar del nacimiento, se ha venido poniendo en duda que sea Belén de Judá como estaba profetizado el lugar donde nacería el Mesías.

Ahora bien, los recuerdos de María que los recoge Lucas, como hemos visto, consignan que Jesús nació en Belén, y en cambio la anunciación tuvo lugar en Nazaret, y desde allí partió a visitar a Isabel, con el relato del Precursor Juan y su nacimiento, y volvió después a Nazaret. Su testimonio, pues claramente implica un desplazamiento de Nazaret a Belén para el nacimiento, y un instante de nacer próximo a la llegada, como improvisada a Belén, y finalmente una vuelta a Nazaret, donde habita hasta su salida a predicar, hasta el bau­tismo de Juan.

Autores modernos han puesto en duda el testimonio de que naciera en Belén, como R. Brown, El Nacimiento del Mesías, y otros. Pero María debía saber bien lo que testimoniaba. Ni la cueva y el pesebre, ni los pastores y el anuncio del ángel pueden ser colocados en Nazaret, ni la falta de sitio en la posada y el pesebre, de cualquier modo que se entienda, pues en Nazaret José y María tenían su casa propia.


Es así obligado, si se hace una crítica correcta, aceptar que el suceso tuvo lugar no en Naza­ret, sino en Belén, como dice el testimonio de María.

La atribución de la ida a Belén a un edicto de empadrona­miento de origen romano, siendo con certeza Judea ya provincia romana, tiene sin duda su origen en el testimonio de María tam­bién. Los autores críticos señalan que no consta, y aun casi lo juzgan imposible, un censo en las condiciones del propuesto por Lucas. Pero no señalan solución alguna, frente al testimonio proveniente de la misma madre del niño, figura central del suceso que supo por qué fueron a Belén.

Schürer no niega positivamente el nacimiento en Belén, sino el censo histórico de Quirino. Pero negado éste, de cualquier modo que ello se haga, se quiebra el enlace del relato con Belén.

Si el censo de Quirino no tiene fácil solución, según nuestros datos, la recta crítica debiera preferir el testimonio de la madre al propio, de conocimiento más o menos perfecto de la historia. Jesús nació en Belén, es un dato adquirido.
2. La Encarnación en el espacio universal


a) El universo espacial

La moderna astronomía, después de haber realizado antes la llamada "revolución copernicana", en el siglo XVII, probando de manera cierta que la concepción ptolemaica hasta entonces vigente era falsa, ha progresado de tal modo que actualmente conoce, y aun fotografía, lejanísimas galaxias, estrellas y los lla­mados quásares todavía no explicados satisfactoriamente. Y aun ha creado la hipótesis de los agujeros negros, que ha cobrado verosimilitud.

Se admite que el universo actual perceptible tiene unos quince mil millones de años de existencia, según la estimación de la constante de Hubble-Humason (Shipman, Los agujeros negros, 1982, p.391), a lo que correspondería una extensión de kilómetros correspondiente a la traducción en distancia kilométrica de la velocidad de la luz (300.000 km/s), lo que podría dar una cifra del orden de 1025 en número de centímetros de extensión. La luz del extremo del universo tarda en llegar a nuestra tierra quince mil millones de años.

En tal espacio tan vasto, que supera en sus dimensiones a los trillones de kilómetros, nuestra tierra es un pequeño grano de arena en una inmensa playa. Existen miles de millones de galaxias, o reuniones y conjuntos de miles de millones de estrellas cada uno, siendo cada una de ellas, ardientes y brillantes, semejantes y generalmente mayo es que nuestro sol. La Vía Láctea es la galaxia a la cual pertenecemos en uno de sus brazos radiales. Como es sabido, nuestro sol forma un sistema planetario, cuyos planetas (estrellas errantes o vagabundas; planéin = errar, vagar) son una decena de estrellas ya apagadas en su exterior, que no tienen brillo propio sino de iluminación solar, y giran en torno al sol.

Todo este vastísimo universo material. Se estima, según la teoría cada vez mas aceptada del Big-Bang, casi ya general, que todo este universo nació (por creación, según el dogma de la fc católica) de un comienzo de toda la inmensa masa en explosión desde un punto o lugar inicial, en todas direcciones.

En el inmenso espacio sideral del universo actual de una tal extensión, cálculos generales estiman que hay miles de millones de galaxias, compuesta cada una quizás por miles de millones de estrellas. El número de posibles planetas desconocidos para nosotros, supera o se acerca a la cifra del orden de 1018 (109 x 109) del orden dicho de trillones. En tan inmenso número, al menos muy posible, el problema que puede plantearse acerca de la vida es el siguiente.

¿Existe vida fuera de la tierra, pequeño granillo del universo estelar y planetario mencionado? La respuesta científica es que puede existir, y según la estadística probablemente existe.

De todos modos, parece demostrado por observación de sondas espaciales que en nuestro sistema planetario solar ningún planeta tiene vida. En realidad tampoco es fácil reunir las condiciones para la vida en su grado exacto, asombrosamente exacto y medido, como en la tierra. Muchos piensan que puede no haber vida fuera de la tierra, en todo el universo.

La segunda pregunta, que nos acerca al tema de la encarnación, sería, si, aunque exista la vida, existe vida inteligente: ¿hay probabilidad, al menos, de que existan seres extraterrestes racionales? Podrían también no ser precisamente de especie humana como la nuestra, dado el poder creador divino y su sabiduría. Desde luego, si no fuese por creacion especial de designio divino, no sería de nuestra raza adámica, ya que no se vislumbra posibilidad científica de comunicación entre civilizaciones tan lejanas, para que hayan podido enlazar con la tierra.

Hasta ahora, ciertamente, hay que decir que no existe señal alguna de comprobacion. Los humanos de la tierra somos los únicos seres actuales racionales que conocemos en el universo

b) Alcance universal de la Encarnación

Respecto del universo actual -y aun de otros universos tal vez creados, antes o después, o paralelamente al actual del Big-Bang- podemos plantear, desde un ángulo de fe cristiana, el alcance real de la encarnación de Jesús, Hijo de Dios-hombre, en el seno de María Virgen, en Nazaret, según el relato evangélico introducido. ¿Qué alcance tiene la Encarnación para bles seres existentes en el universo?

Se puede responder con certeza lo siguiente. La Encarnación de Dios en el hombre Jesús extiende su influjo a todo el universo, ya como encarnación humana de Dios en la tierra, ya como redención de pecados donde los hubiera, si tal encarnación es revelada por Dios a estos posibles seres existentes.

La primera afirmación se muestra porque la revelación de la fe nos presenta a Dios encarnado en Jesús como señor y rey del universo entero creado. No podemos para ello basarnos sola­mente en las palabras del ángel Gabriel, pues éstas hablan sola­mente del Reino del Mesías Dios en la casa de Jacob, y por ella en el género humano terrestre, siendo tal reinado eterno, sin fin como hemos dicho. Podemos aducir los textos que señalaremos al hablar de la gloria universal de Cristo en los cielos como rey de ángeles, hombres y todo lo creado. Baste aquí proclamar con la Carta a los Hebreos: "Dios ha constituido a su Hijo (Jesús, Dios-hombre) heredero del universo, por el cual ha creado los siglos" (Hebr 1,1). Y le ha constituido Señor de los ángeles tam­bién por haber recibido una herencia universal, (ib 2).

Podemos añadir que tal herencia le corresponde en derecho pleno por razón de la unión hipostática, ya que su Persona es divina, y por ello es Señor de toda la creación. Es la primera razón que da Pío XI al proclamar a Cristo Rey del universo en la encíclica sobre la realeza de Cristo Jesús "Quas primas".

Cuanto a la redención de los pecados donde fuese necesaria, si lo es, existe la misma razón del valor universal de la redención efectuada en la Cruz por Cristo en Jerusalén; pues por ser de valor divino es de valor infinito, y así vale para cualquier clase de pecado que la necesitase, aunque debería ser conocida por revelación en tal caso. "Una sola gota de su sangre puede salva? a todo el mundo del pecado", dice el himno litúrgico por esta razón (Cuius una stilla salvum facere totum mundum quit a omni scelere).

Con esto queda declarado el valor y alcance universal oe Encarnación y Redención en nuestra tierra, entre los horn de nuestra raza. Es un inmenso privilegio derivado de la Encarnación divina.

C) Posible existencia de otros seres racionales

Aunque, como hemos dicho, no hay constancia alguna de esta existencia en el universo, no se puede tampoco suprimir su posibilidad, dado el poder creador divino, y se ofrecen algunas razones para la verosimilitud de tal posibilidad como existente, siempre como conjetura solamente, sin constancia cierta alguna.

La razón que puede ofrecerse para tal concepción de vida y racionales, desde un ángulo de vista teológico, sería la de que Dios cuando crea el universo material, lo crea en razón y lección del ser racional, unido a la materia especialmente, que es el único que puede glorificarle formalmente por su obra creada y utilizarla. Dice el profeta Isaías: "Esto dice el Señor que crea el cielo y la tierra: no la he creado en vano, sino para que sea habitada" (Is 45,18).

La proposición de Isaías en nombre de Dios, parece sugerir que si la tierra no estuviese habitada por hombres, sería en vano su creación, cosa que Dios nunca haría. Esto, a primera vista, parece postular que haya también otros planetas habitados por seres inteligentes. Sería una traducción profética del llamado por los científicos "principio antrópico", que puede formularse así, en general: La formación de la vida vegetativa y sensitiva, que científicamente se postula como subsiguiente a la existencia físico-química de la materia, tiene la dirección de la llamada "fle­cha antrópica", es decir a la existencia del hombre.

Sin embargo puede verse que la afirmación no concluye por sí misma, desde la perspectiva de la fe del creyente, aunque es un buen principio filosófico para la tierra y la existencia del hombre, cumbre de la creación según el propio relato del Génesis. Este relato de la creación, aun siendo solamente popular, no excluye los intentos científicos de resolver algunos problemas; sin embargo muestra que el hombre, cumbre creadora de la obra divina, en el último día de ella o tiempo, supone también ya la existencia de la creación del cielo y de los astros, y de toda la obra universal. Y no menciona sino al hombre.

Nos satisface saber que Dios anuncia que va a renovar al fin el mismo universo material, creando "cielos nuevos y tierra nue­va", en los que habita la justicia (2 Pe 3,13). Estimamos que tal nuevo universo, digno de la realeza universal de Cristo, lo será también para los hombres renovados por la resurrección final, del modo que Dios conoce. Ellos podrán recorrer, en su nueva condición resucitada, tales extensos dominios con facilidad. Esto ya por sí justifica teológicamente su existencia. Aparte del conocimiento del propio Cristo desde su encarnación misma, y ahora en el reino celeste, de todas estas cosas con su inteligencia humana.

Parece oportuno recordar que puede existir un problema acerca de la existencia de otros hombres fuera de la tierra. Existe una sentencia, condenada por el Pontífice Pío II en 1459 contra un extraño canónigo en Pérgamo, llamado Zanino de Solcía, quien mantuvo diversas proposiciones, que deben ser calificadas de extravagentes, y son rechazadas por el Papa como "temerarias y contra los dogmas de los santos Padres". Entre ellas se da ésta. "Dios creó otro mundo distinto a éste, y en su tiempo existieron muchos otros hombres y mujeres, y por consiguiente Adán no fue el primer hombre" (Denz 717 c).

Estimamos dentro de nuestro modesto parecer, que tal sentencia resulta hoy en parte no tan temeraria, dados los enormes progresos traídos por el conocimiento científico y los descubrimientos tanto antropológicos como astronómicos. Los unos indican que hubo seres racionales anteriores a nuestra actual especie Cro-Magnon, cono la de Neandertal, totalmente desaparecida, y tal vez otras del género Homo. Al menos los Neandertales deben ser estimados, al parecer, por varias razones, seres racionales. Los astronómicos presentan hoy el problema de los posibles mundos habitados, que hemos ofrecido.

Pensamos que si alguien sostiene hoy que ha habido seres racionales anteriores a Adán, aunque no de su raza y especie, desde luego, o que puede haberlos en mundos lejanos del univer­so, tendría libertad para pensarlo dentro de la fe católica. Parece que la condena de Pío II quiere ir directamente contra la idea de fondo de que el pecado original no se ha transmitido a toda la humanidad de su descendencia. Sin embargo, este parecer como todo el resto de lo que exponemos, queda sujeto a cual­quier posible declaración de la Iglesia, cuyo Magisterio en lo que toca a la fe es pleno.

Pero, cualquier clase de seres racionales supuestos existentes, ya en nuestra tierra del género llamado científicamente por los antropólogos "Homo": faber, erectus, habilis, Neandertalens..., y aun Sapiens, no sería de la especie humana actual, llamada Sapiens-sapiens técnicamente. Y no siendo de la misma especie no podrían cruzarse fecundamente con ella, teniendo descenden­cia. Esta posibilidad se ha de reservar para cada especie en sí con apareamiento sexual dentro de ella.

Y esto, que vale para cualquier especie anterior a la actual universal Cromagnon o Sapiens-sapiens, con mayor razón valdría para seres racionales, si existiesen en otros planetas o mundos lejanos. Podrían no ser ni siquiera del género Homo, y estar ideados en forma distinta. No sabemos nada de esto respecto del poder creador divino, que es infinito en sus posibilidades. Lo que toca a la fe es que todos los hombres posteriores a Adán, descendientes de él como "primer hombre" son de una misma especie humana bajo el pecado original del primer hombre, que había sido elevado a la gracia.

Todos padecen las consecuencias de su pecado: la muerte, la concupiscencia, la pérdida del don sobrenatural de la gracia… Es doctrina dogmática de la Iglesia y su fe, la de que tales dones, la vida inmortal hasta la gracia y los dones preternaturales de la justicia original, fueron perdidos por el pecado de Adán. Sobre la muerte, en especial, puede el XVI Concilio de Cartago, aprobado por el Papa san Zósimo (a. 418), el Concilio de Trento, Decreto sobre el pecado original (a. 1546), y la Profesión de Pablo VI, (a. 1968). Cf. Denz, 101, 788, Prof. de fe n. 9.
Y también, se debe decir que la Redención de Cristo en nuestra tierra, puede bastar para toda clase y número de seres racionales, si los hubiese en el universo creado, y conociesen tal Redención.
[1] Dionisio el Exiguo, monje cristiano del siglo V que dio origen a la costumbre instalada históricamente de datar a partir del nacimiento de Cristo, padeció un error de cuatro años. A partir de las fechas dadas por Lucas (año quinto de Tiberio, y treinta de edad en Jesús más tres de ministerio) estableció el nacimiento de Jesús emparejado con el 754 UC (Urbe Condita) romano. Por Flavio Josefo sabemos que Herodes, en cuyo tiempo nació Jesús, murió el 750 UC. Se hace así necesario poner el nacimiento de Jesús algunos años antes, y contando con el tiempo de la estrella de los Magos se calcula aproximadamente el 6 AC. Sin embargo, al estar ya establecida la cronología de aquel modo, no se ha corregido, lo que sería difícil para toda la historia. V. Los Evangelios ante la historia 1981, p. 73.

martes, 5 de mayo de 2009

Aula P. Igartua: "La Encarnación en el tiempo y en el espacio"


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sábado, 21 de marzo de 2009

El Misterio de Cristo: La Institución de la Eucaristía – Getsemaní

En esta sesión vamos a considerar algunas de las reflexiones que hace el P. Igartua en el primer capítulo de la tercera parte del libro “El Misterio de Cristo” y en particular lo referido al Sacramento de la Eucaristía, instituido en la Última Cena y el misterio de la Oración de Jesús en el Huerto de Getsemaní.

Dejamos de momento lo que queda pendiente de la primera parte que trata sobre “El misterio de la Encarnación” y la segunda parte que trata del “Misterio de la Vida de Cristo”.

El Corazón de Jesús ilumina la reflexión que se hace en esta sesión ya que la Eucaristía y el Sacerdocio fueron como dice Pío XII en la Encíclica “Haurietis Acquas” dones del Corazón de Jesús.

En cuanto al primer capítulo de la tercera parte de la obra que titula el P. Igartua como Misterio de Pasión, repasaremos el triunfo del Mesías con su entrada en Jerusalén con lo que se da paso a la semana de pasión que se inicia con la Última Cena donde instituyó el sacramento de la Eucaristía.

En la oración del huerto de Getsemaní se patentiza la humanidad de Cristo. El sufrimiento de Cristo fue el abandono que experimentó en su naturaleza humana al haber asumido los pecados de todos los hombres y enfrentarse a la santidad de justicia de Dios del Padre y de su naturaleza divina. El enfrentamiento entre la santidad de justicia y santidad de amor proporcionó un sufrimiento que nadie puede imaginar tal y como le reveló el Corazón de Jesús a Santa Margarita María de Alacoque en Paray le Monial.

Introducción: Recopilación y propuesta del tema a tratar
El esquema del libro: El Misterio de Cristo”
El Corazón de Jesús ilumina la reflexión
La Iglesia tributa al Corazón de Jesús culto de latría
Amor divino y amor humano
El Corazón de Jesús, símbolo del triple amor de Cristo
Algunos “destellos” del Corazón de Jesús
Misterio de Pasión
El triunfo del Mesías
La traición, la amistad y el abandono
El misterio de la Eucaristía
Getsemaní
El Misterio de Jesús


Introducción: Recopilación y propuesta del tema a tratar

El esquema del libro “El Misterio de Cristo”

Consta de: una Introducción general y tres partes:

PRIMERA PARTE - EL MISTERIO DE LA ENCARNACIÓN
SEGUNDA PARTE - EL MISTERIO DE LA VIDA
TERCERA PARTE - EL MISTERIO DE LA MUERTE

De la primera parte hemos visto la cuestión doctrinal relativa al misterio de la Encarnación, lo dogmático. Vimos el misterio de la Encarnación y el de la Trinidad y vimos también el de la persona del Verbo en dos naturalezas, viendo el desarrollo doctrinal durante los siete primeros concilios.

También vimos el día pasado el modernismo y la divinidad de Cristo, como situación actual del estado de la cuestión.

Dejamos de momento varios capítulos de la primera parte titulados:

1.- El misterio de la encarnación. Se trata de una recopilación de lo que encierra doctrinalmente el misterio: persona, naturalezas, y unión hipostática.
2.- Las dos naturalezas. En este capítulo el P. Igartua profundiza en las cualidades de Cristo, las paradojas del Verbo encarnado y Madre de Dios.
3.- La encarnación en el tiempo. Donde examina el instante de la encarnación, la plenitud de los tiempos y la Encarnación en el espacio universal.
4.- Las incógnitas de la Encarnación. Posibilidad de otras encarnaciones, ¿existen seres racionales en otros mundos? La única Reina del universo. Los ángeles y el cuerpo.


También dejamos la segunda parte: El misterio de la vida, donde el P. Igartua examina:

1.- La vida humana de Jesús; la ciencia del alma racional en Cristo; el desarrollo de la edad de Jesús; y las conversaciones en Nazaret.
2.- La actividad humana de Jesús: el lenguaje humano de Jesús; las acciones humanas de Jesús; sentimiento anímicos de Jesús; el trabajo y el descanso de Jesús; el estilo de Jesús hombre; la voluntad libre de Jesús; Jesús, la política y los poderosos.
3.- El resplandor de lo divino. La misión de Jesús; una misión sacerdotal; la santidad de Jesús; el bautismo de Cristo; profecías y milagros; la resurrección de Lázaro.

La Tercera parte: El misterio de la muerte

Examinamos en esta sesión el capítulo 1º: “Misterio de pasión”
1.- El triunfo del Mesías; La traición, la amistad y el abandono; El misterio de la Eucaristía; Getsemaní; El misterio de Jesús.

La devoción al Corazón de Jesús ilumina esta reflexión

La Iglesia tributa al Corazón de Jesús culto de latría

Hay un doble motivo por el que la Iglesia tributa culto de latría al Corazón de Jesús:

o El primero se funda en el hecho de que su Corazón está unido hipostáticamente a la Persona del Verbo de Dios, y, por consiguiente, se le ha de tributar el mismo culto de adoración con que la Iglesia honra a la Persona del mismo Hijo de Dios encarnado. Es una verdad de la fe católica, solemnemente definida en el Concilio ecuménico de Éfeso y en el II de Constantinopla.

o El otro motivo se refiere ya de manera especial al Corazón del Divino Redentor, y, por lo mismo, le confiere un título esencialmente propio para recibir el culto de latría: su Corazón, más que ningún otro miembro de su Cuerpo, es un signo o símbolo natural de su inmensa caridad hacia el género humano.

Amor divino y humano

El amor que brota del Evangelio, de las cartas de los Apóstoles y de las páginas del Apocalipsis, al describir el amor del Corazón mismo de Jesús, comprende no sólo la caridad divina, sino también los sentimientos de un afecto humano.

El Verbo de Dios no ha tomado un cuerpo ilusorio y ficticio, como ya en el primer siglo de la era cristiana osaron afirmar algunos herejes, que atrajeron la severa condenación del apóstol San Juan. En realidad, El ha unido a su Divina Persona una naturaleza humana individual, íntegra y perfecta, concebida en el seno purísimo de la Virgen María por virtud del Espíritu Santo. Nada, pues, faltó a la naturaleza humana que se unió el Verbo de Dios.

El asumió una naturaleza humana plena e íntegra tanto en los elementos constitutivos espirituales como en los corporales, conviene a saber: dotada de inteligencia y de voluntad y todas las demás facultades cognoscitivas, internas y externas; dotada asimismo de las potencias afectivas sensibles y de todas las pasiones naturales.

El estuvo provisto de un corazón físico, en todo semejante al nuestro, puesto que, sin esta parte tan noble del cuerpo, no puede haber vida humana y menos en sus afectos. Por consiguiente, no hay duda de que el Corazón de Cristo, unido hipostáticamente a la Persona divina del Verbo, palpitó de amor y de todo otro afecto sensible; mas estos sentimientos estaban tan conformes y tan en armonía con su voluntad de hombre esencialmente plena de caridad divina, y con el mismo amor divino que el Hijo tiene en común con el Padre y el Espíritu Santo, que entre estos tres amores jamás hubo falta de acuerdo y armonía.

El Concilio Vaticano II enseña en la Constitución Pastoral Gaudium et Spes nº 22:

El que es imagen de Dios invisible (Col 1,15) es también el hombre perfecto, que ha devuelto a la descendencia de Adán la semejanza divina, deformada por el primer pecado. En él, la naturaleza humana asumida, no absorbida, ha sido elevada también en nosotros a dignidad sin igual. El Hijo de Dios con su encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre. Trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de los nuestros, semejantes en todo a nosotros, excepto en el pecado.


El Corazón de Jesús, símbolo del triple amor de Cristo

El corazón del Verbo Encarnado es considerado como signo y principal símbolo del triple amor con que el divino Redentor ama continuamente al Eterno Padre y a todos los hombres.

Es, ante todo, símbolo del divino amor que en El es común con el Padre y el Espíritu Santo, y que sólo en El, como Verbo Encarnado, se manifiesta por medio del caduco Y frágil velo del cuerpo humano, ya que en El habita toda la plenitud de la Divinidad corporalmente.

Además, el Corazón de Cristo es símbolo de la ardentísima caridad que, infundida en su alma, constituye la preciosa dote de su voluntad humana y cuyos actos son dirigidos e iluminados por una doble y perfectísima ciencia, la beatífica y la infusa.

Finalmente, y esto en modo más natural y directo, el Corazón de Jesús es símbolo de su amor sensible, pues el Cuerpo de Jesucristo, plasmado en el seno castísimo de la Virgen María por obra del Espíritu Santo, supera en perfección, y, por ende, en capacidad perceptiva a todos los demás cuerpos humanos.

Algunos “destellos” del amor del Corazón de Jesús

El Papa en la Encíclica dedica buena parte de ella a meditar y contemplar brevemente la íntima participación que el Corazón de nuestro Salvador Jesucristo tuvo en su vida afectiva divina y humana, durante el curso de su vida mortal.

Recorre diversos episodios de la vida de Cristo, desde el mismo instante de su concepción hasta su muerte en la cruz.

El adorable Corazón de Jesucristo palpitaba de amor en perfecta armonía con los afectos de su voluntad humana y con su amor divino, desde que la Virgen María pronunció el Fiat, y señala diversos momentos de la vida oculta y pública de Jesús en los que se pone de manifiesto esta armonía de amores humano y divino.

Aquí nos interesa repasar lo relativo a la Institución de la Eucaristía y la Oración en el Huerto de Getsemaní.

Pero particularmente se conmovió de amor y de temor su Corazón cuando, ante la hora ya tan inminente de los crudelísimos padecimientos y ante la natural repugnancia a los dolores y a la muerte, exclamó: Padre mío, si es posible, pase de mí este cáliz; vibró luego con invicto amor y con amargura suma cuando, aceptando el beso del traidor, le dirigió aquellas palabras que suenan a última invitación de su Corazón misericordiosísimo al amigo que, con ánimo impío, infiel y obstinado, se disponía a entregarlo en manos de sus verdugos: Amigo, ¿a qué has venido aquí? ¿Con un beso entregas al Hijo del hombre?

¿Quién podrá dignamente describir los latidos del Corazón divino, signo de su infinito amor, en aquellos momentos en que dio a los hombres sus más preciados dones: a Sí mismo en el sacramento de la Eucaristía, a su Madre Santísima y la participación en el oficio sacerdotal?

Con razón, pues, debe afirmarse que la divina EUCARISTÍA, como sacramento por el que El se da a los hombres y como sacrificio en el que El mismo continuamente se inmola desde el nacimiento del sol hasta su ocaso», y también el SACERDOCIO, son clarísimos dones del Sacratísimo Corazón de Jesús.


MISTERIO DE PASIÓN

1. El triunfo del Mesías
2. La traición, la amistad y el abandono
3. El misterio de la Eucaristía
4. Getsemaní
5. El misterio de Jesús

Si la vida, desde el nacimiento, testifica la verdad de la encarnación humana de Dios, la culminación de tal vida en su muerte lleva al momento culminante de tal verdad.

1. El triunfo del Mesías

El momento de la máxima humillación de Jesús, que es su muerte públicamente contemplada por su propio pueblo, fue precedido del momento de la máxima exalta­ción pública de su vida como Mesías.

Subía Jesús a Jerusalén para la Pascua, e iba acompañado por un número creciente de galileos (Act 13,31). Por otra parte la oposición a su persona, y a sus pretensiones de Mesías había ido creciendo entre las autoridades y los fariseos, de manera que ya resultaba un peligro para su vida mostrarse de manera pública en Jerusalén (Jn 9,22; 11,56; 12,42). Pero él iba decididamente hacia su muerte, consciente de que era su hora.

La resurrección de Lázaro en Betania, cerca de la ciudad, había conmovido a la ciudad, por la resonancia del hecho, y ello provocó la emoción de la multitud que con él iba, y de la que le esperaba dentro de las murallas de la ciudad. Este milagro parece haber jugado un importante papel en los hechos que siguieron, pues era el mayor de los milagros hechos por Jesús, además con la intención de que creyeran en él (Jn 11,42; 42,53; 12 17-19).

Después de la cena de Betania, (Mt 26,6; Jn 12,1-2), donde María hizo el gesto de ofrecer su perfume más valioso, Jesús declaró gravemente en defensa del gesto de María, que se trataba ya de su muerte y sepultura, aceptando el valioso perfume como unción de su cadáver.

Al día siguiente se produjo la admirable escena mesiánica. Mandó a dos discípulos a buscar un asna con su pollino para la fiesta, porque estaba escrito: "Mira tu Rey, viene a ti cabalgando sobre un pollino de asna" (Zac 9,9; Mt 21,5). Era la cabalgadura apro­piada para el triunfo del rey manso, que había proclamado: "Ve­nid a Mí, que soy manso y humilde de corazón".

Bajó del monte, y se detuvo un instante a vista de Jerusalén para llorar su triste destino. "Si hubieses conocido tu día...". Sus ojos miraban los muros de la ciudad y el esplendor del Templo, y veían entre lágrimas el destrozo de los arietes romanos, y de los incendios futuros. Pero la multitud ya le arrastraba hacia la puerta del Templo.

El Salmo mesiánico del triunfo resonaba por los aires en el clamor popular:

"Bendito el que viene en nombre del Señor"
(Mt 21,9; Mc 11,10; Lc 19,38)

Pocos días más tarde pregun­tará el sumo sacerdote a Jesús, puesto en pie ante él como reo de juicio: "¿Eres tú en verdad el Mesías, el Hijo del Dios vivo, el Bendito?”. Y la sola respuesta de Jesús: "Tú lo has dicho. Lo soy”, confirmará en el silencio sacerdotal, el gran clamor de la multitud


2. La traición, la amistad y el abandono

Los doce discípulos que Jesús mismo ha escogido personalmente con señal de predilección, le rodean en estos días de la proximidad de la muerte.

Tres sentimientos del Corazón de Cristo ponen de manifiesto su humanidad:

o el dolor de la traición de Judas,
o la alegría de la presencia de su amigo fiel Juan, y
o la tristeza por el abandono de todos demás apóstoles, en especial la negación de Pedro.

En aquel reducido grupo de hombres han existido las pequeñeces humanas, propias de todo lo creado, las pequeñas rivalidades por los puestos de honor, las ambiciones, las pretendidas superioridades. Pero, entre las miserias comprensibles en lo humano, y tole­rables, hay una tan dolorosa que no le ha sido posible soportarla sin quejarse de ella, mostrando el amargor de su deje profundo: la traición.

Judas Iscariote puso este fondo de tiniebla en la luz de la amistad de Jesús. El caso de Judas muestra cómo puede la pasión humana desviar una vida entera. Elegido para el cielo, y para la gloria del apostolado su realidad fue un camino de desviación. Parece que el principio de su obcecación fue la pasión del dinero. Así lo insinúa san Juan (Jn 12,6).

Fue en la última Cena donde Jesús señaló la gravísima traición. "Uno de vosotros me hace traición" (Jn 13,18-21; par). Según los evangelistas, al oír la dramática e ines­perada noticia, los apóstoles se turbaron profundamente, y comenzaron a mirarse y a preguntar a Jesús, como justificándose ante todos, y quizás para descubrir por este camino al traidor: "¿Soy yo, Señor?". Pero el mismo traidor llegó también a preguntar lo mismo. Le respondió a él en voz baja, y como en un suspiro: "Tú lo has dicho" (Mt 26,25).

Juan descansó sobre el pecho de Jesús para preguntar en voz baja: "¿Quién es, Señor?". Lo comunicó en secreto, con la señal contradictoria del pan alargado mojado en salsa.

Así, en la mesa de la última Cena se juntaron la traición y la amistad en el Corazón de Cristo.

Hubo otro tercer senti­miento humano. Jesús les anunció también la traición menor del próximo abandono: "Todos voso­tros me dejaréis" (Mt 26,31; par). Y de modo particular fue anunciado a Pedro que había de negarle, a pesar de sus vehemen­tes protestas.

3. El misterio de la Eucaristía


“Su hora” en Caná y en la Cena

Había llegado "su hora". En la boda de Cana de Galilea, cuando comen­zaba su ministerio público, cuando su propia madre María le insi­nuó la petición del primer milagro del vino para el banquete, él había respondido: "Mujer, aún no ha llegado mi hora" (Jn 2,4).

El Señor concedió el milagro, porque en realidad ni podía ni quería negarse a su madre, que iba a ser su principal colabora­dora oculta en su apostolado, y para significar el poder intercesor de ella. Pero señaló también en sus palabras que tratándose de su divina misión debía atenerse a la voluntad de su Padre. Era, pues, al menos de algún modo, la hora de Jesús, y así "éste fue el primer milagro que hizo Jesús, y sus discípulos creyeron en él" (Jn 2,11).

En el prólogo de su pasión y muerte, nos advertirá el mismo evangelista que Jesús sabía que "había llegado su hora" (Jn 13,1). No podemos dejar de establecer una relación entre esta hora de Jesús, que llega en la Cena y la hora de la cual habló como futura en Cana de Galilea, cuando cambió el agua en vino.

Juan en su evangelio combina magistralmente los signos como elementos de referencia. Vemos en el agua convertida en vino un signo de la misteriosa conversión del vino en sangre de Cristo. El cambio del agua en vino exige un cambio de sustancia y accidentes, el del vino en su sangre que se produce en la eucaristía, supone un cambio de sustancia manteniéndose los accidentes, cambio que la Iglesia llama "transustanciación" (Trento – Mystici corporis Christi – Credo del Pueblo de Dios).

En la última cena, llegada la "hora de Jesús" se verifica el más alto milagro que Jesús hizo en su vida, el milagro eucarístico.

El milagro eucarístico

El hecho central de la Cena, el misterio que en ella se verifi­ca, ha sido relatado con brevedad por los sinópticos y Pablo. En todos, el relato del misterio resulta equivalente, aunque tenga formulaciones algo diversas en palabras complementarias.

Los textos han llegado a nosotros en redacciones algo diversificadas, pero similares valorativamente (Mt 26, 26-28; Me 14, 2 24- Lc 22, 19-20; 1 Cor 11, 23-25). Dentro de las variaciones de referencia algo diversas de los textos, hay algo central:

"Esto (es) mi cuerpo"
"Este (es) el cáliz de mi sangre"

Como Jesús tiene en sus manos un pan, y un cáliz de vino, no cabe duda de que "esto", es decir el pan, "éste", es decir el cáliz de vino, reciben con las palabras de Jesús una dimensión o valor nuevo y distinto: "Mi cuerpo, el cáliz de mi sangre". En rigor no cabe duda del sentido válido de las referen­cias. En manos de Jesús está, no el pan, sino su cuerpo o carne; está, no el cáliz de vino, sino el de su sangre.

Esta verdad, fundamental y central para la Iglesia y para los apóstoles, no puede en modo alguno figurarse con otros sentidos inventados para hacer más aceptable el prodigio. El milagro es el milagro, el infinito poder de Cristo Dios es el poder Creador.

Aunque muchos siglos más tarde Lutero y los reformadores hayan querido convertir en solamente significativas las palabras reales, el principal apoyo del sentido real dado por Cristo no debe declararse por el texto del relato, sino por el modo como tal hecho fue recibido por aquéllos ante quienes se realizó. El hecho no fue solamente relatado en palabras escritas, sino expresado con verbales, y no en soledad sino en compañía de doce hombres. "Haced esto en conmemoración mía”. Con estas palabras les daba el poder sacerdotal de hacer lo mismo que él había hecho.

Estas palabras son el complemento necesario para la correcta y única inteligencia del misterio. Puesto que lo han de hacer, necesitan saber lo que hacen.

Sobre el sentido de las palabras de Cristo, y cómo las recibieron de quien instituía el misterio, tenemos el testimonio de los apóstoles

El discurso del pan de vida

Juan, el após­tol, nos ha dejado una auténtica interpretación del valor real y sentido del misterio y milagro de la Eucaristía.

En el discurso del propio Jesús, al anunciar precisamente la Eucaristía como nuevo alimento, tras el milagro de la multiplicación de los panes, queda patente cuál es el sentido de las palabras del Señor.

En el c. 6 del evangelio de Juan, Jesús anuncia el hecho, superior al milagro del maná de Moisés. Y ante la objeción que proponen, de que conocen su origen humano, se proclama venido del cielo, como pan vivo o viviente. Confirma que él es un nuevo alimento, y que este pan es su carne, que debe ser comida para alcanzar la vida eterna (Jn 6,35.41-42.52). Como esto es lo que provoca el escándalo de muchos oyentes, lo confirma abiertamente y añade que han de beber su sangre (v.54-58, 61-62). Tenemos así la clara interpretación de Juan del sentido de la Eucaristía como algo real.

La práctica litúrgica de las primitivas comunidades cristianas

Esto se vivía y practicaba en las comunidades cristianas, instituidas por los apóstoles y enseñadas por ellos, como se lee en las cartas de san Pablo, quien describe y señala lo que todos ellos creían y vivían (1 Cor 11,27-29). Y por otra parte la tradición entera de la Iglesia de Cristo ha mantenido este sentido real de las palabras de Cristo.

El admirable milagro de la Eucaristía no es de significación solamente, ni siquiera de creación omnipotente. Su nombre propio, aceptado por la Iglesia oficialmente es el de "transubstanciación", es decir mutación de una sustancia en otra, del pan y el vino en la carne y la sangre ya existentes en el cielo en Cristo.


4. Getsemaní

a) La agonía humana de Jesús

Después de la Cena y de su oración sublime al Padre, tras la íntima y alta conversación de misterios con sus discípulos (Jn c. 14-17), Jesús se levantó y se dirigió con sus discípulos al jardín olivar de Getsemaní, donde solía orar en las noches de Jerusalén.

Judas, al preparar su traición, conocía esta costumbre de Jesús. Salió así de la cena para apresurar las cosas, y aprovechar esta ocasión apta en el jardín para la deten­ción del maestro (Jn 13,21.26-30; 18,2).

Habían descendido por la larga escalinata de piedra del monte desde el cenáculo, y en el descenso Jesús había comenzado a mostrar un gran desasosiego, y aun tal vez un temblor corporal como de fiebre. Llegados al jardín, Jesús entró en la pequeña cueva a su entrada, que solía escoger para hacer oración en común con sus discípulos, y para impartir enseñanzas suyas.

Cuando llegaron a la gruta del jardín mandó a sus discípulos permanecer allí, mientras él se retiraba a orar a cierta distancia entre los árboles olivos. Tomó a tres discípulos, los elegidos para los momentos especiales, Pedro, Santiago y Juan, y los llevó consigo. Como quien necesita apoyo al vacilar, se les descubrió, con el ánimo profundamente decaído: "Empezó a tener hastío y pavor" (Mc 14,34).

Le sobrecogen las pasiones del temor al mal inminente, que aparece como inevitable: el miedo y el hastío (coepit pavere et taedere: Mc 14,34), un hastío que llega a abismos insospechados, como un cansancio de la vida, hasta entonces tan activa y decidida. Un miedo, que llega hasta e extremo del temor, que es el pavor, el miedo aterrador.

El realismo del hecho narrado

Los evangelistas no han vacilado en mencionar el miedo aterrador que padecía Jesús y que Lucas describe con el sorprendente sudor de sangre final de la agonía (Lc 22,44).

Hablan así de quien quieren presentar a sus lectores como Dios. Por eso, la descripción de su abatimiento se presenta como una notable garantía de la verdad histórica de su relato, que ofrece una figura de Jesús contraria a lo imaginable.

La sinceridad de los narradores se percibe también en la descripción de la misma conducta de los apóstoles, que son los enviados de Jesús, y que están poseídos de sentimientos de desconcierto.

Todo ello muestra la plena naturaleza humana de Jesús. Esta se manifiesta con absoluta claridad en el miedo del héroe, en su pavor ante los sucesos que se le echan encima. Esto sólo puede venir de la naturaleza de un ser humano, no de un ser divino.

Siendo Jesús Dios, quiere decir que su Persona ha asumido una naturaleza plenamente humana, si no sería inexplicable el miedo y pavor expresado. El hecho es tan patente, que no necesita comentario. En Getsemaní, se muestra al desnudo la naturaleza humana del Verbo encarnado, en una manifestación extrema, casi única en la historia de la patología humana, como es el sudor de sangre, como efecto del pavor.

b) Las causas de la agonía

Tan grave aflicción humana proviene de algunas causas, que pueden ser físicas y morales.

Físicamente, el terror extremo es una pasión humana que se desencadena en el organismo en determinadas circunstancias ante el objeto que lo provoca. Se trata de una amenaza extrema e inmediata, aquí la Pasión y muerte.

Jesús se siente abocado a caer en manos de enemigos mortales, los príncipes del pueblo, que no tendrán compasión alguna para su víctima. Sabía, y lo había anunciado varias veces, que le reservaban la más terrible de las muertes, la de la cruz, llamada por el orador romano "teterrimum supplicium", el más terrible de los suplicios. Y acompañada y preparada con "escarnios azotes y tormentos", que para su nobleza de condición eran especialmente tremendos (Mc 10, 33-34).

Cuanto al orden moral, en Jesús redentor del género humano y de sus pecados, nos pone en presencia de un abismo casi imposible de comprender. En el huerto comenzaba el máximo sufrimiento, casi intolerable para él, que será calificado en la cruz como "abandono del Padre".

Abandono en la naturaleza humana

¿Cómo y por qué le abandonaba el Padre? Si en el cómo sabemos con certeza por ser divina su Persona, que no era ni podría ser apartamiento personal, pues son un solo Dios, como él mismo lo ha proclamado (Jn 10,30) concluimos que apartaba de la humanidad su protección ante los males que sobrevenían. Y entonces se nos presenta, como una inmensa losa, el por qué del abandono.

Retiraba de él su protección paternal amorosa en cuyos bra­zos siempre había descansado, porque él voluntariamente se había hecho responsable de los delitos de sus hermanos los hom­bres. Todos los pecados sobre sus espaldas.

Si lo analizamos, comprendemos lo que hubo de ser el abandono del Padre en que Jesús hombre se sintió abrumado, aun dentro del amor permanente.

Llevar encima los pecados de todos los hombres, pues por todos quería ofrecerse, y "voluntariamente", como si fuese por cada uno, supone cargar con todas las miserias humanas como si fueran propias.

Llevar sobre sí todas las tiranías, crueldades y crímenes de los enormes tiranos, y de los pequeños, que encierra cada hombre; los ignominiosos vicios de las multitudes; la crueldad de los suplicios impuestos a sus her­manos por millones; antorchas humanas, fieras en el circo, máquinas atormentadoras, hambre y miserias, ejecuciones masi­vas, guerras ambiciosas... Todo esto, y la inmensa multitud de lo que está detrás, codicia, lujuria, soberbia, sobre una noble conciencia, incapaz de pecado alguno mínimo, y de un amor des­bordante, de una justicia exquisita. ¿Quién podrá comprender lo que esto significa?

La repulsa de los pecados: la santidad de justicia y la santidad de amor

Pensemos ahora que el Padre es un mismo y solo Dios con el Hijo, y éste es la propia Persona de Jesús. El Padre como Dios le abando­naba en el sentido de mostrar su indignación de justicia frente a todos estos cúmulos de enormes e innumerables pecados carga­dos así sobre sus santas espaldas redentoras.

Si el Padre mostraba esta repulsión por su santidad, necesariamente del mismo modo tenía que hacerlo el Hijo. Y éste era él, precisa­nte él. Se daba así un misterioso y terrible enfrentamiento entre la santidad y justicia de la Persona del Hijo, ante su propia naturaleza humana, cuya voluntad asumía los pecados de todos voluntariamente. Su naturaleza se convertía así en pecadora por solidaridad de su inocencia con el pecado. Y parecía dividirse en sí mismo, Persona frente a naturaleza, aunque seguía habiendo unidad indisoluble.

Llegamos aquí al vértigo del abismo de Getsemaní. La Persona, que regía como agente a la naturaleza humana y su voluntad, ofrecía su indignación de justicia frente a la débil y creada voluntad humana de Cristo. Rostro a rostro la Persona del Hijo, que es divina, empapaba de justicia y abandono a la propia naturaleza humana.

En los escritos autobiográficos de la santa del Sagrado Cora­zón, santa Margarita María de Alacoque, encontramos dos pasa­jes que nos iluminan para comprender mejor este profundo dra­ma. Le mostró el Señor una doble santidad, o un doble aspecto de la misma, que hay en él, la santidad de justicia y la santidad de amor. Y al sentirlas, se expresa así:

"La santidad de justicia se imprime en el alma de tal manera que querría pasar todas las penas imaginables antes que aparecer ante la santidad de Dios con un solo pecado". "(Memoria de la M. Saumaise, 1673; Sáenz de Tejada, Obras completas de Santa M. Alacoque, Bilbao 1958, 3 ed. 171).

"La santidad de amor infunde tan ardiente deseo de unirse con Dios que no halla descanso ni de día ni de noche. No tiene el alma ni deseos ni intereses sino por su único amor", (oc. ib).

Al encontrarse ambas santidades o tendencias exigentes en el alma, enfrentadas, se comprende la tensión que han de produ­cir. Ambas santidades cruzaron sus olas poderosas en el Corazón de Cristo en Getsemaní, y produjeron el drama estremecedor que describen los evangelios. El mismo Señor, a la misma santa le manifiesta sobre este momento dramático de su agonía:

"Me dijo hablando de Getsemaní: Aquí fue donde sufrí interiormente más que en todo el resto de la pasión, sentirme abandonado por completo del cielo y de la tierra, y cargado con todos los pecados de los hombres. Comparecía ante la santidad de Dios, el cual, sin tener en cuenta mi inocencia, me hirió en su furor, y me hizo beber el cáliz que contenía toda la hiél y amar­gura de su justa indignación, como si se hubiese olvi­dado del nombre de Padre. No hay criatura alguna capaz de comprender lo que entonces sufrí" (oc, p. 185).

c) La oración de Jesús

Jesús dejó escapar de sus labios la expresión de su agonía en una súplica apremiante al Padre. La repitió muchas veces, interrumpiéndola sólo para volver a buscar algún consuelo, como vencido por el drama, en sus apóstoles escogidos, a los que encontró dormidos. Sólo el ángel podría confortarle.

Tal como presentan la oración de Jesús los evangelios se pue­den considerar en ella tres formas o fases de la misma, pues tres veces hizo su oración angustiada tras las interrupciones. La primera vez su oración era ésta: "Padre, si es posible, pase de mí este cáliz" (Mt 26,29). Insistiendo más dijo: "Padre, todas las cosas son posibles para ti, pase de mí este cáliz" (Mc 14, 36). Y viendo que la voluntad del Padre era la otra, dijo: "Si no es posible que pase este cáliz, Padre, hágase tu voluntad" (Mt 14, 36). Existe una cierta gradación en estas tres formas de su plegaria, aunque no consta si la relación es literal, excepto en el contenido fundamental, y en el nombre de "Padre", testificado por Marcos especialmente con el arameo "Abba" = Padre (Mc 14,36)

El evangelista Lucas ha sintetizado así el contenido de la oración: "Padre, si quieres, pasa de mí este cáliz; pero no se haga mi voluntad sino la tuya" (Lc 22,42).

Constatación de la voluntad humana de Jesús

Se debe constatar que todos notan la existencia de una voluntad humana de Jesús, que se muestra distinta de la divina, aunque no opuesta. También que todos expresan su perfecta conformidad con la voluntad divina si ésta se muestra decisiva. Y también que piensa que Dios podría cambiar su sufrimiento atendiendo a su oración. La per­fección de resignación en todo caso es completa.

¿Cuál es el cáliz?

El grave problema se presenta al querer objetivar estricta­mente cuál era el cáliz que el Señor pedía que pasara de él. Según la interpretación ordinaria de la oración de Getsemaní, el cáliz cuyo alejamiento pedía Jesús al Padre en su agonía será la muerte en cruz.

¿Podía ser la liberación de la muerte lo que pedía Jesús, y de la muerte de cruz?

Si se quiere interpretar el cáliz como la muerte en cruz, y con ello se indica que Jesús en su agonía pedía no morir, hay que objetar dos graves dificultades a tal interpretación, que deben estimarse insalvables.

La primera es que Jesús había anunciado repetidas veces de modo clarísimo que había de morir en cruz, y después resucitar (Jn 12,32-33), con las palabras de que sería "alzado de la tierra", lo que el propio evangelista declara como anuncio del género de muerte que había de sufrir, alzado en la cruz. Y en sus predicciones a los apóstoles de los próximos suce­sos, habla de que ha de morir a manos de sus enemigos, los cuales concretamente "le crucificarán" (Mt 16,21; 17,22; 20,19 par.). ¿Cómo podría pedir ahora Jesús que no suceda lo que él mismo ha profetizado que sucederá?

La segunda objeción es la institución en la Cena del sacra­mento de la Eucaristía, declarándolo además memorial suyo que debe ser repetido por los apóstoles, a los que comunicó para esto el poder sacerdotal de consagrar en el milagro admirable.

San Pablo ha notado al narrar las palabras de la institución eucarística que esto lo hizo Jesús "en la noche en que era entregado (a la muerte)" (1 Cor 11,23). Y Juan ha anunciado en su prólogo a la Cena que Jesús "sabía que había llegado su hora de pasar al Padre", y todo lo que iba a suceder. Instituye, en la hora extrema del amor (Jn 13,1), el sacramento máximo, obra prodigiosa y su mayor milagro, con perspectiva de perennidad, en el cual declara con sus palabras que "esto es su cuerpo que será entregado", y este cáliz "el cáliz de su sangre que será derramada", con relación absolutamente cierta, que hemos señalado y la Iglesia cree en su fe, con el sacrificio de la Cruz en el Calvario: ¿cómo podría dos horas más tarde pedir que este sacramento sea anulado, si no muere en cruz? Sin cruz no hay sacramento.

¿Qué respuesta se puede entonces dar a la objeción planteada? ¿Cómo podrá Jesús, con tales hechos previos suyos, pedir ahora en su oración no morir en cruz, ni derramar su sangre? La muerte es ciertamente el mal mayor para la vida en cuanto su destrucción. Por esto el Creador de la vida suprimió este mal por un don especial al crear el hombre, máximo ser viviente de su creación material. Concedió a Adán el don superior a la naturaleza de la inmortalidad". "Dios no hizo la muerte, sino que por la envidia del diablo entró la muerte en el mundo" dice el autor del libro de la Sabiduría (Sab 1,13; 2,24).

Pero todo creyente sabe en su fe que la muerte es el camino necesario de la inmortalidad. Y así recibe la muerte con pacien­cia, ya que es un mal, con esperanza de los bienes que la segui­rán. ¿Cómo Jesús, que sabía que iba a resucitar al tercer día tuvo tal pavor ante el hecho de la muerte?

Ante tan graves dificultades para admitir que Jesús pedía en su oración la gracia de no morir en cruz, y que éste era el cáliz que pedía al Padre que alejara de él, sólo parece se ofrece una respuesta posible.

Lo que Jesús pedía no era no morir, sino que no hubiese de morir con tales sufrimientos (lo cual es profunda­mente humano, ciertamente), y sobre todo en aquel abandono de consuelo del Padre que padecía. Podríamos pensar que Jesús pedía la gracia concedida a seguidores suyos, antes y después de él, de morir con alegría en su alma, sin tan atroz sufrimiento, y quizás también sin el tremendo dolor corporal que acompaña a la muerte en cruz, y que en él debía llegar al paroxismo físico en el absoluto abandono de fuerzas celestes.

Tenemos diversos casos de mártires de Cristo o de santos que murieron consolados y con alegría, y aun sin sentir los dolores del martirio. En el AT hay ejemplos de este heroísmo ante la muerte horrible. Los siete hijos de aquella madre, mujer fuerte, morían despreciando la muerte y los tormentos del tirano, por la fuerza de su fe (2 Mac 7). Y en el curso de la historia de la Iglesia casos extraordinarios, pero ciertos. Tales son el de las mártires Perpetua y Felicitas, el de san Lorenzo en el tormento del fuego lento, el de san Juan Ogilvie y otros.

Cuando Jesús clama en la cruz "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" es precisamente ésta su queja dolorosa extrema, al abandono consolador divino. Está a merced del sufrimiento, sin el menor consuelo, sometido a la angustia total y plena. Este es el cáliz que Jesús pide en el huerto de Getsemaní que pase de él, ésta es su oración de agonía. Un ángel le confortó en este trance terrible, como dice san Lucas (Lc 22,42-45) al narrar su agonía de sangre. Y éste es el cáliz de la eucaristía que la contiene en plenitud, aunque después de su resurrección ya no es sangre dolorosamente presente al derramarse desde el sudor de Getsemaní hasta la lanzada en la cruz, sino sangre glo­rificada por la resurrección, pero antes dolorosamente derra­mada en la muerte.


5. El misterio de Jesús

a) Las dos voluntades

En la historia del dogma de la Encarnación, hemos enumerado, entre las herejías contra la Encarnación, la de los llamados monoteletas (Sergio, Pirro...), que defendieron que en Cristo hombre no había voluntad humana, sino que su Persona divina solamente tenía voluntad divina.

Admitían el alma humana de Jesús, aceptaban contra los monofistas (Eutiques, una naturaleza) la existencia de una naturaleza humana en Cristo distinta de la divina, pero negaban que su alma humana tuviese voluntad humana, la cual había sido absorbida por la divina. Este error tiene su origen principalmente en la exigencia de santidad de Cristo, que no podía pecar, ni tener acto de voluntad contrarios a la voluntad divina en sus mandatos.

El dogma contra los monoteletas

Según afirmó el dogma contra los monoteletas, en Cristo hay dos voluntades, una divina y otra humana. La divina infinita y común para las tres Personas de la Trinidad; la humana es del alma humana de Cristo, semejante a la nuestra.

La voluntad humana es la potencia de querer y amar humanamente. Si tiene alma humana en verdad, debe tener la voluntad correspondiente a tal alma.

Santo Tomás en Suma Teológica III q. 18 a.1 se pregunta si existen en Cristo dos voluntades, una divina y otra humana. Afirma la existencia de las dos voluntades en Cristo citando el pasaje de san Lucas (22,42) de la oración de huerto de Getsemaní Padre, si quieres, aparta de mi este cáliz pero no se haga mi voluntad, sino la tuya.

Explica que los que defendieron que en Cristo solo existe voluntad divina parece que lo hicieron por diversos motivos. Apolinar negó que Cristo tuviese un alma racional porque el Verbo hacía las veces del alma y por lo tanto tampoco voluntad humana. Eutiques y los admitían una sola naturaleza también afirmaban una sola voluntad. Nestorio, aunque admitía dos personas, negaba la voluntad humana porque decía que la unión entre Dios y el hombre se realizó en el orden afectivo de la voluntad.
Después también Macario, patriarca de Antioquía; Ciro, de Alejandría; Sergio, de Constantinopla, y algunos de sus seguidores, pusieron en Cristo una sola voluntad, a pesar de poner en él dos naturalezas unidas en la hipóstasis, porque pensaban que la naturaleza humana de Cristo no se movía por propio impulso, sino sólo por el que provenía de la divinidad

Y por esto, en el Concilio VI, celebrado en Constantinopla, se determinó la necesidad de afirmar que en Cristo hay dos voluntades.


En el artículo 2, se pregunta si Cristo una voluntad sensible, además de la voluntad racional. La respuesta es afirmativa basado en que el Hijo de Dios tomó la naturaleza humana con todos los elementos que pertenecen a la perfección de la misma y como la naturaleza humana incluye la naturaleza animal, por ello el Hijo de Dios junto con la naturaleza humana asumió el apetito sensitivo que se llama racional por participación.

En el artículo 3 se pregunta si Cristo tuvo dos voluntades racionales y que si se considera la voluntad como facultad sólo hay una voluntad racional, pero si se consideran sus actos como hay dos especies de actos voluntarios, hay que poner en Cristo dos voluntades racionales. La voluntad versa acerca del fin y acerca de los medios para alcanzarlo; y tiende a ambas cosas de modo diferente. Efectivamente, al fin se encamina de manera tersa y absoluta, como a algo bueno por naturaleza; en cambio, a los medios se dirige por una cierta relación, en cuanto que resultan buenos en orden al fin. Y por eso el acto de la voluntad orientado a un objeto querido por sí mismo, llamado por el Damasceno thelesis, esto es, simple voluntad, y denominado por los Maestros voluntad como naturaleza, es de distinta naturaleza que el acto de la voluntad que se dirige a un objeto querido en orden a otro, denominado por el Damasceno bulesis, es decir, voluntad consultiva, y llamado por los Maestros voluntad como razón. Y, por eso, hay que decir: si se habla de la voluntad como potencia, en Cristo hay una voluntad esencialmente humana, y no llamada tal por participación. En cambio, si hablamos de la voluntad como acto, entonces hay que distinguir en Cristo la voluntad como naturaleza, llamada thelesis, y la voluntad como razón, denominada bulesis


La libertad de la voluntad humana de Cristo

Siendo nuestra voluntad libre, la de Cristo, si es como la nuestra, debe ser también libre en su actuación. Esta libertad aparece, sin duda, en numerosas ocasiones en los evangelios, cuanto a los actos ordinarios de su vida. Elige libremente el lugar donde se halla, los discípulos que le han de acompañar, los mila­gros que hace, las palabras que dice. Además en Cristo ha de haber mérito, como reconocen todos los teólogos, que defienden que el mérito de Cristo alcanza la redención de los hombres, y que nuestros méritos en los actos humanos, cuanto a su valor sobrenatural, reciben su valor de Cristo juntamente con la acción de nuestra libre voluntad. Y el mérito presupone la libertad.

La diferencia entre la libertad de Cristo y la nuestra es su impecabilidad. Nosotros podemos usar mal de nuestra libertad en la elección de nuestros fines y actos voluntarios, Cristo no puede pecar, lo cual sería contra su santidad sustancial.

La voluntad humana de Cristo ¿es pues libre en su actuación, o está condicionado por la volun­tad divina, a la cual debe en todo caso someterse, sin apartarse jamás? He aquí el problema, al cual en determinados casos se han dado respuestas diversas, y que vamos a plantear ahora.

El argumento que dan contra la dualidad de voluntades los monoteletas recuerda la línea de Apolinar de Laodicea, quien negaba en Cristo el entendimien­to, para que no pudiese tener malos pensamientos, como si la finitud de un entendimiento creado, humano, fuese constitu­tivamente fuente de error. El error es deficiencia. La defectibilidad de la voluntad no define a la voluntad. El libre albedrío no se define por la capacidad de pecar sino por la capacidad de ele­gir bienes que son «contingentemente apetecibles»

Por esto, santo Tomás pudo afirmar la existencia en Cristo del libre albedrío «confirmado en el bien, como los bienaventurados», S. Th. IIIa, Qu. 18, art°4, ad tertium.

Vale la pena recordar que la libertad humana no consiste en la capacidad de elegir el mal, o de escoger entre el bien y el mal. De otro modo, el hombre, al ser confirmado en gracia, sería menos libre que al ser un hombre vicioso y pecador. Si el libre albedrío fuese la capacidad de escoger entre el bien y el mal, el mal sería una opción tan buena como el bien, porque sería de la esencia del hombre el poder hacer lo que quiere: amar al prójimo u odiarle, respetar la vida del prójimo o matarle, etc.

El problema concreto del acto libre de la voluntad finita, humana, creada de Cristo no se trató entonces. Sólo se vio que no era posible que Cristo tuviese una voluntad apartada de la de Dios; por tanto, la solución consistía en afirmar que Cristo no tenía voluntad en cuanto hombre, lo cual es gravemente herético. Con esto sería imposible explicar la Redención, y no se podría decir que Dios nos ha amado con corazón humano, como afirma el Concilio Vaticano II, ni podríamos tener devoción al Corazón de Jesús; no podríamos ver simbolizado en un corazón humano el amor divino y humano, racional y sensible de Cristo, como dijo Pío XII en la encíclica Haurietis aquas. Por eso, la definición del VI Concilio es muy importante para la espiritualidad cristiana y para la historia de la vida cristiana.


Santo Tomás pone la gracia de unión como fundamento de la gracia habitual en el alma de Cristo, y argu­menta así para demostrar que la gracia de unión hemos de entenderla como precediendo a la gracia habitual: «la gracia es causada en el hombre por la presencia de la divinidad, así como la luz en el aire por la presencia del sol. Pero la presencia de Dios en Cristo ha de ser entendida según la unión de la humana naturaleza a la Persona divina, por lo que la gracia habitual de Cristo hemos de entenderla como siguiéndose de aquella unión, como el esplendor se sigue del sol
[1]

También, al afirmar la conveniencia al alma humana de Cristo de la felicidad creada consistente en la visión de Dios,
[2] pudo, consecuentemente, afirmar que el libre albedrío de Cristo en cuanto hombre estaba «confirmado en el bien como el de los bienaventurados»[3] y negar la posibilidad de que en Cristo se diesen voliciones humanas contrarias a la voluntad divina, ci­tando expresamente la definición del III Concilio de Constantinopla.[4]

La necesidad del bien no destruye la libertad

La voluntad es libre o tiene libertad como acto de la persona libre, que lo es todo ser racional, a imagen de Dios Creador. El acto de voluntad necesariamente es dirigido por el acto de inte­ligencia por el que se conoce un bien al cual tiende la voluntad, potencia apetitiva racional.

En los textos de santo Tomás aparece la voluntad como tendencia apetitiva, pero dependiente del entendimiento en su tendencia al bien conocido. Esta tendencia tiene la libertad como cualidad, y no obsta que el ser que la posee y mueve lo haga necesariamente. Así, el Espíritu Santo procede per modum voluntatis, o por amor, que es la tendencia del querer hacia el bien conocido. Pero la producción del Espíritu Santo no es libre, de modo que hubiese sido posible que el Padre no diese origen con el Hijo al Espíritu Santo. Este no es sólo algo "posible" sino necesario en la Trinidad. Y sin embargo, al proceder por modo de voluntad y amor, es libre en su cualidad. Existe necesariamen­te, pero su Persona es libre. De donde también deduce santo Tomás que el amor con que Dios se ama es necesario cuanto a su existencia, pero libre en su cualidad.

Podemos terminar diciendo que sería extraño que los actos más importantes de la voluntad, como son el amor de Dios a sí mismo, y el de los bienaventurados a Dios visto en su esencia, no sean actos libres en sí, aunque se produzcan por necesidad de su ser. Definiríamos, me parece, así la libertad como una cua­lidad de la voluntad racional que tiende hacia el bien conocido como tal. En esta vida los bienes son parciales, y a veces contra­rios, y se da la elección de ellos o libre arbitrio. Cuando son cono­cidos como bien supremo, se da con todo la libertad de la tenden­cia apetitiva, que le es propia formalmente, porque tiende tam­bién hacia un bien conocido, aunque supremo, y por lo tanto no declinable.



¿Podía haber contradicción entre la voluntad divina y la humana?

La existencia de la voluntad humana de Cristo, distinta de la divina aunque siempre sometida a su voluntad divina en el grado en que ésta se manifiesta al hombre, aparece con claridad en la oración de Getsemaní. Jesús, si es hombre verdadero, tiene alma humana, y el alma tiene memoria, inteligencia y voluntad. Por lo tanto Cristo tiene inteligencia, memoria y voluntad humana distintas de la inteligencia y de la omnipresencia, omnisciencia y voluntad divinas.

Existen así en Cristo dos voluntades. La divina de su natura­leza divina es omnipotente y creadora, capaz de crear todos los universos que su infinita inteligencia conoce en su propia esencia infinita como posibles, con sus leyes propias, sus criaturas pro­pias ya intelectuales ya no, en este universo actual o en otros que El conoce como posibles, y son infinitos.

Y en la naturaleza humana de Cristo existe, como corres­ponde a una naturaleza íntegra no mutilada arbitrariamente, una voluntad creada, limitada necesariamente como todo lo creado, aunque siempre perfecta en sus actos morales, dotada de libertad, la cual puede extender sus actos a todo lo que su inteligencia humana conoce, próximo o lejano, material o espiritual.

Ahora bien, habiendo dos voluntades deben recaer sobre el mismo objeto, ya que nada escapa a la divina infinita. Pero no puede entrar en contradicción el ejercicio de ambas voluntades, por ser actuada por una sola y misma Persona, la divina de Jesús. Pues él es santo, y no puede querer nada que no sea concordante con la voluntad divina, según la exigencia en que ésta se manifieste.

En la oración de Jesús en Getsemaní, como ha sido propues­ta, aparece claramente la existencia y actuación de las dos volun­tades, diversas pero no contradictorias. Pues Jesús habla de su voluntad humana y de la divina, y somete siempre la humana a la divina. "No se haga mi voluntad, sino la tuya, Padre". En tales palabras de Jesús se muestra con claridad la existencia de una voluntad divina y otra humana diferente, pero sometida en todo caso a aquélla en perfección, según hemos explicado. Este es uno de los grandes misterios de la doble naturaleza divina y humana de una sola Persona, la divina de Jesús.


El querer voluntario y el querer necesario

Santo Tomás afirma que la voluntad se ve impelida necesariamente a querer necesariamente la felicidad, pero los bienes particulares sin los cuales se puede ser feliz, el hombre no los quiere necesariamente.

En la Suma Teológica III cuestión 18 a. 5 se pregunta si la voluntad humana quiso algo distinto de lo que quiere Dios. Responde que sí.

Lo explica de la siguiente manera: en Cristo, en cuanto hombre, existieron varias voluntades, a saber: la voluntad sensible, llamada voluntad por participación; y la voluntad racional, considerada bien como naturaleza, bien como razón. Y antes hemos dicho (q.13 a.3 ad 1; q.14 a.1 ad 2) que, por una dispensación divina, el Hijo de Dios, antes de su pasión, permitía a su carne obrar y padecer lo que es propio de ésta. Y lo mismo permitía a todas las facultades de su alma hacer lo que es propio de las mismas. Ahora bien, es evidente que la voluntad sensible rehuye, por naturaleza, los dolores sensibles y la lesión corporal. Igualmente, la voluntad como naturaleza rechaza también las cosas contrarias a la naturaleza y lo que es esencialmente malo, por ejemplo la muerte y otras cosas por el estilo. Pero la voluntad como razón puede, a veces, elegir tales cosas en orden a un fin; así, la voluntad sensible de un hombre normal, e incluso su voluntad absolutamente considerada, rehuyen el cauterio, que la voluntad como razón elige en orden a la salud. Pero era voluntad de Dios que Cristo padeciese los dolores, la pasión y la muerte; Dios quería tales cosas no por sí mismas, sino en orden al fin de la salvación de los hombres. Con esto resulta evidente que Cristo, con su voluntad sensible y con su voluntad racional considerada como naturaleza, podía querer algo distinto de lo que Dios quería. Sin embargo, con su voluntad como razón quería siempre lo mismo que quería Dios. Esto es manifiesto por sus propias palabras: No como yo quiero, sino como quieres tú (Mt 26,39). Con su voluntad como razón quería, efectivamente, que se cumpliese la voluntad divina, aunque diga querer otra cosa con su otra voluntad.

A pesar de esto en Cristo no se dio contrariedad de voluntades porque, aunque la voluntad natural y la voluntad sensible de Cristo hubieran querido algo distinto de lo que querían su voluntad divina y su voluntad racional, con todo, no existió en él contrariedad de voluntades. En primer lugar, porque ni la voluntad natural ni la voluntad sensible de Cristo rechazaban los motivos por los que su voluntad divina y su voluntad racional humana querían la pasión. La voluntad absoluta de Cristo quería la salvación del género humano, pero no era de su competencia querer una cosa en orden a otra. El impulso de su sensibilidad no podía llegar hasta esto.En segundo lugar, porque ni la voluntad divina ni la voluntad racional de Cristo eran impedidas o retardadas por su voluntad natural o por el apetito sensitivo. Y del mismo modo, a la inversa, ni la voluntad divina ni la voluntad racional de Cristo rehuían o retardaban el impulso de su voluntad humana ni el movimiento de su sensibilidad. A la voluntad divina y a la voluntad racional de Cristo les agradaba que su voluntad natural y su voluntad sensible actuasen en conformidad con su propia naturaleza.

[1] S. Th. IIIa, Qu. 7, art° 13, in c.
[2] S. Th. IIIª, Qu. 9, art°2, in c.
[3] S. Th. IIIa, Qu. 18, art° 4, ad tertium.
[4] S. Th. IIIa, Qu. 18, art° 6, sed contra.

martes, 3 de marzo de 2009

Aula P. Igartua: La institución de la Eucaristía - Getsemani



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