lunes, 5 de diciembre de 2011

Las letanías al Corazón de Jesús, según Juan Pablo II







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CHARLA: LA DEVOCION AL CORAZÓN DE JESUS - “LAS LETANÍAS AL CORAZÓN DE JESÚS”

Aula P. Juan Manuel Igartua S.J.

Curso: “El Corazón abierto de Jesús”. P. Juan Manuel Igartua S.J. (1951)

Reunión del 12 de noviembre de 2011

Lugar: Local Adoración Nocturna de Bilbao

1º.- EL CORAZÓN ABIERTO DE JESÚS

Es un libro sobre la devoción al Corazón de Jesús que escribió el P. Igartua S.J. en el año 1951, por encargo del P. Imatz S.J.. Es una especie de opúsculo escrito para fomentar en los jóvenes estudiantes la devoción al Corazón de Jesús.

Consta de prólogo, dos partes y un apéndice:
1ª El Sagrado Corazón
2ª La devoción al Sagrado Corazón
Apéndice: Promesas y Principales formas de esta devoción

Primera parte: el Sagrado Corazón de Jesús

En una serie de apartados con ejemplos y textos del Nuevo Testamento y del Magisterio de la Iglesia explica qué es el Sagrado Corazón de Jesús.

El mayor ideal

En la Misa del día del Sagrado Corazón de Jesús: «Las riquezas de Cristo están todas en su Corazón. El misterio escondido en Dios está abierto en el Corazón de Jesús.

In Hoc Signo Vinces

Para señalar la importancia, actualidad y necesidad para nuestros días cita un texto de la Encíclica Annum Sacrum de León XIII, escrita con ocasión de la consagración del mundo al Corazón de Jesús. In Hoc Signo Vinces.

11 - Cuando la Iglesia estaba oprimida con el yugo de los Césares en sus tiempos primitivos, fue manifestada una cruz en lo alto al joven emperador, que fue, por cierto, auspicio y causa de la gloriosí­sima victoria que después obtuvo. He aquí otra señal que hoy se ofrece a Nuestros ojos, excelsa y divinísima, es a saber: el Sacratísi­mo Corazón de Jesús, con la cruz por remate y resplandeciente de llamas entre esplendísimos fulgores. En El se han de cifrar, pues, todas las esperanzas; a Él se ha de rogar y de El hemos de aguardar la salvación de los hombres.

¿Qué es el Sagrado Corazón?

La mejor manera de entender lo que es, será decir sencillamente cómo tuvo comienzo esta devoción. En el Convento de la Visitación de Paray-Le Monial, en Francia, había una monjita ignorada lla­mada Sor Margarita María de Alacoque. Era humilde, paciente, callada; pero te­nía una cosa extraña que alarmaba a sus hermanas: decíase entre ellas que se le aparecía con frecuencia el Señor.

Aquel día, un día infraoctava del Santísimo Sacramento (16 de junio de 1675), transcurría... y según se hallaba en la penumbra de su capilla ante el Señor solemnemente expuesto, vio delante de sí al divino Salvador, que mostrándole su Corazón le dijo así:

«He aquí este Corazón que tanto ha amado a los hombres, que nada ha perdonado hasta agotarse y consumirse para demostrarles su amor; y en reconocimiento no recibo de la mayor parte sino ingratitudes por sus irreverencias y sacrilegios, y por la frialdad y desprecio con que me tratan en este Sacramento de amor. Pero lo que me es más sensible es que son corazones que me están con­sagrados los que me tratan así. Por esto te pido que sea dedicado el pri­mer viernes después de la octava del Santísimo Sacramento a una fiesta particular para honrar mi Corazón, comulgando ese día, y reparando su honor por medio de un acto de des­agravios, para expiar las injurias que ha recibido durante el tiempo que ha estado expuesto en los altares. Te prometo también que mi Corazón se dilatará para derramar con abundan­cia las influencias de su divino amor sobre los que le rindan este honor; y sobre todos los que procuren que le sea tributado.»

(Gauthey, Autobiografía de Santa Margarita, II, núm. 92.)

Es Jesucristo

Es Jesucristo un Rey admirable: en su cabeza la corona de oro y pedrería de la triple tiara, premio de su antigua corona de espinas; en sus manos la Cruz. Y con suave y viril gesto de con­quista levanta su mano hacia el anhelo invisible de las llanuras. Ante vosotros el mundo: Jesucristo os invita a rega­lárselo a Él.
Con el Corazón abierto

El Sagrado Corazón no es Jesucristo simplemente: es Jesucristo con el Corazón abierto, es Jesucristo desde el punto de vista del Corazón.

Estaba el Señor en la Cruz. Aún los soldados romanos en torno vigilaban, unos sentados, otros en pie, todos aten­tos a las misteriosas circunstancias de aquel Crucificado, cuando Él se afianzó en la Cruz, levantó sus ojos al cielo, y dando un clamor inclinó la cabeza. Lle­gaba un soldado con orden de romper las piernas a los crucificados para rema­tarlos de este modo. Acercóse a Jesús, y viendo su rostro amarillo y su inmo­vilidad, interrogó a los demás con la mirada. «Ha muerto», le dijeron. Pero él, como quien quiere cerciorarse, tomó una lanza del suelo, la blandió con fuer­za, y fue a clavarla en el costado de Jesús. Tembló el cuerpo de la sacudida, y al retirar la lanza salió tras ella «san­gre y agua». Había quedado roto el Co­razón divino y su última generosidad era dar por la herida la sangre preciosa que lava y redime.

Desde aquel momento, para siempre, Jesucristo era: Jesucristo con el Cora­zón abierto.

Las cuatro insignias reales

El Sagrado Corazón es Jesucristo con el Corazón abierto. Es el Corazón ver­dadero y real, el Corazón de carne y sangre de Jesucristo lo que honramos. Pero habrás advertido que cuando se representa este Sagrado Corazón suele ponérsele algunas señales especiales. No es un Corazón sencillamente, sin más. Es un Corazón con una herida, y una corona de espinas ciñendo su vuel­ta, ardiendo en llamas, y con una cruz en medio de ellas clavada en el mismo Corazón. Éstas son las cuatro insignias del Sagrado Corazón.

Las llamas significan lo ardiente del amor con que Jesús nos ama. Y es que el amor cuando es muy intenso parece fuego. Por eso se dice que es ardiente, abrasado... El Corazón de Jesucristo es un verdadero horno encendido.
En el desierto vio Moisés una zarza que estaba ardiendo y nunca se quema­ba.
«Nuestro Dios es fuego.» Por eso se apareció en forma de fuego el Padre en la zarza ardiente: y después en Pente­costés el Espíritu Santo se apareció en lenguas de fuego; ¿qué cosa más natural que también la segunda persona, que es el Hijo, se apareciese con fuego en el Corazón? Nuestro Dios es fuego quiere decir Nuestro Dios es amor. Y por eso el Corazón de Jesús, que representa el amor, arde: arde la zarza de su corona de espinas, y nunca acaba de quemarse porque Jesús nunca deja de amar.

La cruz significa todos los sufrimien­tos que Jesús ha padecido por nosotros. Sufrimientos de la flagelación, del dolor del alma, de la tristeza... Pero sobre todo aquellas tres horas que estuvo col­gado de una verdadera cruz, con tanta sed, con tantos dolores y angustias.

Las espinas que con un doloroso abrazamiento rodean este Corazón sig­nifican cómo le duelen nuestros peca­dos. Nuestras ingratitudes le punzan, nuestros pecados le desgarran.

La herida significa que su Corazón está abierto para nosotros, y también que los hombres le han herido con su ingratitud.
«Fue abierto el Corazón, dice el Pre­facio de la misa del Sagrado Corazón, para derramar sobre nosotros torrentes de misericordia y de gracia, y para que fuese descanso de los hombres piadosos y refugio de los arrepentidos.»

El último esfuerzo

Dijo Nuestro Señor Jesucristo a San­ta Margarita María que la devoción del Sagrado Corazón era el último esfuerzo que su amor hacía para salvar al mundo de la ruina en que había caído.
Jesucristo murió por los hombres, con lo cual todos los que quisieran po­dían salvarse. Y continuamente estaba haciendo esfuerzos para que se aprove­chasen de su Sangre, derramada con tantos dolores. Se quedó en la Eucaris­tía, les enseñó a orar, sudó, trabajó, lloró: todo esto eran esfuerzos para sal­var a los hombres. Murió por ellos: era el último esfuerzo de su vida mortal. Después de su resurrección fundó la Iglesia, subió a los cielos, inspiró a los Evangelistas que escribiesen los Evan­gelios: eran nuevos esfuerzos para sal­varlos, para que se aprovechasen de su muerte. Pero nada bastaba. Y entonces hizo el último esfuerzo, les enseñó su mismo Corazón herido

Como una Redención amorosa

Dijo el Señor a Santa Margarita, la Evangelista de su Corazón, que esta de­voción era como una Redención amoro­sa para arruinar el imperio de Satanás sobre el mundo.

Redención no hay más que una: la que Jesucristo efectuó en la Cruz, borrando nuestros pecados. Pero esa Redención para estar completa necesita ver el fruto logrado en las al­mas de los redimidos

Segunda Parte: la devoción del sagrado corazón

Qué es tener devoción al Sagrado Corazón

Tener devoción al Sagrado Cora­zón es:

I.—Amar al Sagrado Corazón con todas nuestras fuerzas.
II.—Reparar las ofensas que le ha­cemos, y las que los demás hom­bres le hacen.

Esto es lo principal, pero también, y como consecuencia, es:

III.—Consolar al Señor en sus tris­tezas.
IV.—Confiar en Él, pese a todos los pesares.
V.—Imitarle en todas sus virtudes.
VI.—Hacer apostolado, propagando su devoción.
VII.—Practicar las devociones relati­vas a su Sagrado Corazón, dán­dole culto.

Y como resumen de todo, es:

VIII.—Consagrarse al Sagrado Corazón.

Apéndice

Promesas
Principales formas de esta devoción
:

a) las letanías del Corazón de Jesús

b) Ofrecimiento de obras diario del Apostolado de la Oración

c) Acto de Reparación prescrito por Pío XI

d) Fórmulas de consagración personal


Algunos textos del Magisterio de la Iglesia sobre la devoción al Corazón de Jesús

Annum Sacrum

2- La aprobadísima devoción acerca del Sacratísimo Corazón de Jesús, hemos procurado defenderla y colocarla en grande esplendor más de una vez, a ejemplo de Nuestros Antecesores Inocencio XII, Benedicto XIII, Clemente XIII, Pío VI, VII y IX, y esto hicimos con mayor intensidad en decreto dado el 28 de Junio de 1879 cuando elevamos a rito de primera clase la festividad de tal título y advoca­ción.
No obstante, no es ella nueva ni se emplea ahora por vez primera, puesto que hace veinticinco años, con ocasión del solemne centena­rio del celestial mandato confiado a la Beata Margarita María de Alacoque, de propagar la devoción del Sagrado Corazón


Miserentíssimus Redemptor

2. Entre todos los testimonios de la infinita benignidad de nuestro Redentor resplandece singularmente el hecho de que, cuando la caridad de los fieles se entibiaba, la caridad de Dios se presentaba para ser honrada con culto especial, y los tesoros de su bondad se descubrieron por aquella forma de devoción con que damos culto al Corazón Sacratísimo de Jesús, «en quien están escondidos todos los tesoros de su sabiduría y de su ciencia» (4).
Pues, así como en otro tiempo quiso Dios que a los ojos del humano linaje que salía del arca de Noé resplandeciera como signo de pacto de amistad «el arco que aparece en las nubes» (5), así en los turbulentísimos tiempos de la moderna edad, serpeando la herejía jansenista, la más astuta de todas, enemiga del amor de Dios y de la piedad, que predicaba que no tanto ha de amarse a Dios como padre cuanto temérsele como implacable juez, el benignísimo Jesús mostró su corazón como bandera de paz y caridad desplegada sobre las gentes, asegurando cierta la victoria en el combate.

La devoción al Sagrado Corazón de Jesús

3. Y con razón, venerables hermanos; pues en este faustísimo signo y en esta forma de devoción consiguiente, ¿no es verdad que se contiene la suma de toda la religión y aun la norma de vida más perfecta, como que más expeditamente conduce los ánimos a conocer íntimamente a Cristo Señor Nuestro, y los impulsa a amarlo más vehementemente, y a imitarlo con más eficacia? Nadie extrañe, pues, que nuestros predecesores incesantemente vindicaran esta probadísima devoción de las recriminaciones de los calumniadores y que la ensalzaran con sumos elogios y solícitamente la fomentaran, conforme a las circunstancias.

Haurietis Aquas
Pero entre todos los promotores de esta excelsa devoción merece un puesto especial Santa Margarita María Alacoque, porque su celo, iluminado y ayudado por el de su director espiritual —el beato Claudio de la Colombiere—, consiguió que este culto, ya tan difundido, haya alcanzado el desarrollo que hoy suscita la admiración de los fieles cristianos, y que, por sus características de amor y reparación, se distingue de todas las demás formas de la piedad cristiana.

2º.- LA DEVOCIÓN AL CORAZÓN DE JESÚS EN EL PONTIFICADO DE JUAN PABLO II

El Papa Juan Pablo II a lo largo de su pontificado hizo un esfuerzo por difundir en la Iglesia la devoción al Corazón de Jesús, desde sus fundamentos bíblicos, patrísticos y magisteriales, pero también siguiendo las revelaciones a santa Margarita María de Alacoque en Paray le Monial en el siglo XVII, tal y como la misionera del Corazón de Jesús, con la ayuda de san Claudio de la Colombière, difundió en la Iglesia y fuera de ella con la ayuda de quienes eligió el mismo Corazón de Jesús.

Se puede decir que transmitir a toda la Igle­sia la devoción al Corazón de Jesús, junto con la devoción al Corazón Inmaculado de María, ha cons­tituido una preocupación fundamental en su magiste­rio y su acción pastoral en su pontificado, también el haber dejado constancia de que la Eucaristía y la Inmaculada Concepción son las dos columnas en las que se salva del naufragio la Iglesia Católica.
El Papa fue elegido el 16 de octubre de 1978 (festividad de Santa Margarita María de Alacoque) y podemos señalar cronológicamente los siguientes actos magisteriales relacionados con la Devoción al Corazón de Jesús:

1979. Encíclica Redemptor hominis del 4 de marzo; Alocución del 22 de junio: «Aprendamos a conocer el misterio del Corazón de Cristo». El ángelus tras la fiesta del Sagrado Corazón: «la fiesta del Sagrado Corazón, actualidad siempre viva».

1980. Encíclica Dives in misericordia 30 de noviembre. El Papa en Montmartre (1 de junio): «El amor del Corazón de Jesús envuelve al mundo entero».

1982. Consagración del mundo al Corazón Inma­culado de María en Fátima (13 de mayo) - Medita­ciones de las letanías al Corazón de Jesús en los án­gelus dominicales (mes de junio).

1984. Consagración del mundo al Corazón Inma­culado de María en Roma (25 de marzo) - Solemne acto en colegialidad con los obispos de todo el mun­do - Homilía en Misa celebrada en el policlínico Gemelli de Roma (28 de junio): «el misterio del Corazón de Cristo». Medita­ciones de las letanías al Corazón de Jesús en los án­gelus dominicales (mes de junio).

1985. Alocución a los directores nacionales del Apostolado de la Oración (13 de abril) - «El Apos­tolado de la Oración tesoro del Corazón de Cristo, tesoro del corazón del Papa» - Durante los meses de junio, julio y agosto - Meditaciones de las leta­nías al Corazón de Jesús en los ángelus dominicales.

1986. Visita a Paray-le-Monial - Homilía a los peregrinos; carta al prepósito general de los jesuitas en la capilla del entonces beato Claudio la Colombière y alocución a las religiosas visitandinas del monasterio de la Visitación, donde tuvieron lugar las apariciones del Corazón de Jesús.

1992. Canonización del beato Claudio la Colombière (31 de mayo)

1997. Proclamación de santa Teresa de Lisieux como doctora de la Iglesia universal (19 de octubre)

1999. Conmemoración del centenario de la Con­sagración del mundo al Corazón de Jesús realizada por León XIII (Mensaje desde Polonia el 11 de junio y carta con motivo de la peregrinación a Paray).

2000. Canonización de la beata Faustina Kowalska e institución de la fiesta de la Misericor­dia divina (30 de abril).

2002. Consagración del mundo a la Misericordia divina en Polonia (17 de agosto)..

sábado, 9 de julio de 2011

Aula P. Igartua S.J. charla fin de curso: El Corazón de Jesús

Charla fin de curso: "En la escuela del Sagrado Corazón de Jesús. Actualidad y necesidad de esta devoción"

Se empezó comentando la intención del mes de Junio del Apostolado de la Oración:

Que los sacerdotes, unidos al Corazón de Cristo, sean testigos del amor solícito y misericordioso de Dios

También el comentario del Papa de unos días atrás en una audiencia animando a dedicar el mes de Junio a la devoción al sagrado Corazón.

Se hizo repaso de muchos acontecimientos eclesiales actuales como:

 la renovación de la consagración del mundo por Juan Pablo II,
 la carta de Benedicto XVI en el cincuentenario de la Haurietis aquas y el año sacerdotal pidiendo sacerdotes según el Corazón de Cristo;
 la renovación de la consagración de España en el Cerro de los Angeles,
 la beatificación de Bernardo de Hoyos etc..

Se comentó la esperanzadora noticia de que en Agosto se consagrará toda la juventud mundial al Sagrado Corazón en el marco de la JMJ.

Se analizó la congruencia de la situación del mundo actual con la necesidad de aceptar la Misericordia del Corazón de Jesús. Se comentó la continuidad entre los textos de Santa Margarita y Santa Faustina.

Se habló de la necesidad de la humildad y la necesidad de reconocerse pecadores pero con la confianza puesta en la Divina Misericordia que todo lo perdona y de quien no hay que desconfiar nunca, y de la entrega al Amor Misericordioso de santa Teresita.

En la línea de la confianza en el Corazón de Jesús, se terminó comentando el acto de confianza de San Claudio de la Colombiere.

miércoles, 29 de junio de 2011

"En la escuela del Sagrado Corazón de Jesús.







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martes, 19 de abril de 2011

La historia como género literario en el Antiguo Testamento

Capítulo III.- LA HISTORIA COMO GÉNERO LITERARIO EN EL ANTIGUO TESTAMENTO

RESUMEN

La interpretación de los textos de la Sagrada Escritura siempre ha sido un problema de no fácil solución. En particular, en el siglo XIX surgieron dificultades de orden moral, científico e histórico sobre todo por los descubrimientos arqueológicos.

Pío XII, en la Encíclica Divino Afflante Spiritu del año 1943, daba el impulso decisivo a la teoría de los géneros literarios.

«Esfuércese el intérprete por averiguar cuál fue el ca¬rácter y condición de vida del escritor sagrado,(…) . Porque a nadie se le oculta que la nor¬ma suprema de la interpretación es aquella por la que se averigua y define qué es lo que el escritor intentó decir.» (AAS, 35, 1943, 314).

Pero para alcanzar a comprender bien lo que el escritor quiso decir son necesarias la inteligencia del texto y del am¬biente en que se escribió.

La Palabra de Dios no nos vino a enseñar ciencia razonada al plasmarse en la Escritura inspirada, sino el camino, las obras y también la historia de la Salvación.

1. Perspectiva de la historia en el Antiguo Testamento

Profundamente ha cambiado la concepción crítica entre los católicos acerca del género histórico en el Antiguo Testamento.

Expone Pío XII en la encíclica Divino Afflante Spiritucitada, cómo en los cincuenta años transcurridos desde la «Providentissimus Deus» de León XIII (1893-1943), se han modificado las condiciones de los estudios bíblicos.

Queremos dar una breve visión de la nueva concepción introducida en la panorámica de la interpretación bíblica, que corresponde a los géneros literarios.

Se puede ilustrar esta nueva perspectiva con una comparación de dos planos horizontales, paralelos. Uno de ellos podría ser la misma tierra en el ejemplo, y el otro un plano de cristal a media altura, que recibiese la luz superior del sol, y proyectarse la sombra de sus figuras o dibujos sobre el de abajo, la tierra misma.

El superior servirá para representar el plano del escrito sagrado, que recibe la luz solar de la divina inspiración, que proviene de Dios. El Espíritu, del modo que lo entiende la teología católica fundada en la Biblia, ilumina al autor humano y le mueve a escribir su libro. El resultado es el escrito con sus relatos, obra divina y humana juntamente, que ocupa el plano superior, y en el cual, por razón de la misma inspiración, tenemos que admitir como ineludible consecuencia la inerrancia, por ser Dios la Verdad suprema que ni puede engañarse ni engañar, y ser el verdadero autor del libro.

Cuando el libro es histórico por su género o materia, y por la presumible intención del autor que lo redacta (como lo son, según la tradición, el Pentateuco, Josué, Jueces, Reyes, Macabeos...), contiene numerosos hechos relatados, que diríamos que proyectan su sombra sobre el plano inferior de la tierra, que es para nosotros el de las realidades históricas acaecidas entre los hombres en el desarrollo de su acción humana. Estos hechos pueden designar bien figuras o personas (Adán, Caín, Lamech, Noé, Sem, Abraham, Jacob...) que intervienen en la ac¬ción, bien sucesos o acaecimientos humanos concretos de tales personas (el pecado de Adán, la construcción del Arca de Noé, el sacrificio de Isaac, los engaños de Jacob, la historia de José, la conquista de la tierra de Canaán...). En el plano del escrito sagrado, donde todo es procedente del autor divino por el humano, tales relatos ofrecen una coherencia literaria indiscuti¬ble en conjunto, y pueden ser catalogados entre las obras verdaderamente «inspiradas» de los pueblos, inspiración que tiene además para el creyente un valor ya indicado, muy superior al de la inspiración meramente literaria. De este valor para el creyente proceden en realidad los problemas de la exégesis creyente del texto.

Pero el principal problema del creyente ha sido siempre el del valor histórico de los relatos, y su concordancia con los da¬tos reales comprobados o verosímiles al menos, que puede hallar en la misma historia de los hombres. ¿Se proyectan todos los hechos y figuras del plano del escrito sobre el plano histórico de la tierra? ¿De qué manera se proyectan? Entra aquí la solución de los géneros literarios en escena.

¿Coinciden las figuras de los relatos con figuras reales de la historia?

¿Coinciden los hechos en que intervienen tales figuras en los relatos con hechos reales?

Se trata de saber primero si hay un hecho que corresponde al relatado, y en segundo lugar, si lo hay, si queda desfigurado, engrandecido por ejemplo, en el relato. En una palabra ¿cubre la sombra de los hechos y figuras del relato inspirado con exactitud hechos y personas reales, o los desborda en su contorno magnificándolos o deformándolos como sombras que dependen de la luz utilizada y sus condiciones de distancia y posición? ¿O tal vez todavía —suposición extrema— la sombra del relato cubre un lugar enteramente va¬cío, y solamente contiene una leyenda en realidad inexistente? ¿Cuál de estas hipótesis salva la inerrancia del relato inspira¬do en el género histórico?

2. Elementos de la interpretación

Hay un problema muy importante de autor. Grandes obras antiguas (los Vedas o el Gilgamés) no tienen autor conocido. Algunos de los grandes conjuntos escritos antiguos, son desde luego no de un solo autor, sino de una colectividad de autores, que ha ido poniendo su mano en correcciones o adiciones de la obra. Con todo, si la obra conserva una verdadera unidad, una mano final ha tenido que refundir o acomodar el total escrito que conservamos. Este es uno de los problemas del Antiguo Testamento; pues, aunque sus autores lleven nombres atribuidos, como el de Moisés para el Pentateuco.

Otro punto fundamental de la inteligencia de los textos: el de la tradición oral previa a la escritura. Todo escrito transmitido primero oralmente ha surgido en un determinado entorno religioso y cultural. A la consideración de este entorno pertenece el tomar en cuenta lo que los alemanes han llamado Sitz im Leben, o con terminología castellana entorno vital, que comprende tanto la consideración de las costumbres y ambiente social, como la fecha de composición que hace que los elementos sean diversos para el autor.

El creyente debe evitar los prejuicios religiosos racionalistas. Por ello no puede basar el rechazo de algunas interpretaciones meramente en la necesidad de evitar los milagros o las profecías auténticas, ya que su fe en la intervención de Dios en la marcha singular de su pueblo le hace admitir esto, no sólo como posible sino como altamente verosímil, desde el punto de vista de los relatos. No puede situarse en la misma línea del crítico no creyente. Si el creyente admite la obra creadora de Dios, muy superior a todo milagro de cualquier clase, ¿qué dificultad podrá tener en admitir, con el texto, las intervenciones de Yahveh para salvar a su pueblo con milagros?.

Respecto de las cifras y su certeza hay que considerarlo des¬pacio. Hay cifras numéricas que pueden llevar a interesantes confrontaciones, por ejemplo la de Nehemías en su llegada a restaurar las murallas de Jerusalén (Ne. 2,1). Otras hay que son fácilmente susceptibles de una reducción simbólica entre los antiguos, como la de la duración de las generaciones. Típica de este género es la del número cuarenta, que se halla tantas veces en el AT: los días de Moisés en el Sinaí, los de Elias en el Horeb, los años de peregrinación de Israel, fueron cuarenta. Dice Bright que cuarenta era considerado como «el número perfecto usado a menudo para designar una generación, como los cuarenta años del desierto». Pero advirtamos también que si de Moisés se dice que tenía ochenta años al liberar a Israel (dos por cuarenta), de Aarón su hermano se dice que tenía ochenta y tres, demasiado concreto para ser también simbólico (Ex. 7,7).

3. Género literario histórico

Finalmente propondremos como digna de especial atención la forma del escrito literario del documento histórico. Pues todo documento histórico lleva consigo narración, aunque no toda narración lleva necesariamente historia. Son descartados de la forma histórica los escritos narrativos que puedan ser considerados como meramente didácti¬cos y sin base histórica real alguna, como lo son actualmente los cuentos y las novelas de creación o de ciencia ficción. Pero también hoy, sin embargo, conservamos entre los géneros lite¬rarios actuales la novela histórica Ahora preguntamos: ¿caben estas formas en los libros bí¬blicos? ¿Seguirán siendo considerados del género histórico? A formas de este tipo parecen responder libros como Ruth, Esther, Judith, Job, Tobías. ¿Qué hay en ellos de histórico? No los ca¬talogaremos en el género histórico propiamente tal, sin que por ello se haya de negar valor histórico al fondo de su relato o a sus personajes y detalles.

Debemos aquí recordar también un método propio del pensamiento hebreo y en general oriental, más particularmente del ambiente de los conservadores judíos de la Escritura. Nos referimos a las formas de midrash.

Se llama midrash, y género midráshico en general, el que da una interpretación de un pasaje de la misma escritura con un relato o con una paráfrasis de algún modo. Es principal¬mente de tres clases: la halaká, comentario o paráfrasis de un texto legal, que trata, quizá por medio de un ejemplo, de dar la justa interpretación de un precepto o de una ley; haggadá es en cambio un comentario o breve narración que trata de interpretar un pasaje histórico bíblico con nueva manera; y (…) tercer género midráshico el llamado pesher que es una interpretación de hecho pasado referido al futuro. De este último es ejemplo, según se piensa, la profecía de Daniel de las setenta semanas, basada en la de los setenta años de la profecía de Jeremías sobre la cautividad (Dan. 9,2 y 22 ss.).

Debemos añadir la referencia al método midrásico de comentario o exégesis de textos bíblicos propio del estilo rabínico, reunidos a veces desde el siglo II d. Cr., midrashim, o conjuntos de midrásh. El fondo profundo del método consiste en ilustrar un pasaje, principalmente histórico del Libro sagrado, a la luz de la historia de la salvación o revelación total. (…).

4. Valor histórico

Pienso que centramos bastante bien el problema si decimos que se debe admitir en los primeros libros históricos antiguos (del Génesis a Jueces), un valor realmente histórico, pero enriquecido a veces con un estilo propio de epopeya histórica, que magnifica los orígenes del pueblo de Israel. Decimos pues que —y muy particularmente a partir de Abraham—, los personajes de la historia son reales, cuyas historias han sido conservadas por la tradición de los orígenes. (…) esas historias, (…) han sido presentadas de modo magnificado por los relatos que nos son transmitidos, primero por la tradición oral, y finalmente, enriquecidos por ella, consignados por escrito.

La Palabra de Dios inerrante es el relato que ahora poseemos, en su total integridad actual del texto. ¿Cuál es el sentido literal y real del texto inspirado en su correspondencia con el plano de los hechos? Lo inspirado, es la voluntad del escritor sagrado de narrar este relato, iluminada previamente su mente por la luz divina de la inspiración, y esta voluntad del escritor está también sometida a la inspiración, según la doctrina eclesial tomada de la Escritura. ¿Qué quería pues decir el escritor sagrado en relación con la realidad de los hechos? Esto es lo que hay que afirmar, con¬forme a la inerrancia bíblica, como sentido literal inspirado.

Volvamos a la comparación de los dos planos instaurada al comienzo de esta sección.

¿Cómo llegan a conocimiento de nuestro autor? Algunos, (de Adán a Noé...), no han podido llegar en otra forma sino en la de relatos de tradición oral de los pueblos. Ello significa que han existido tales tradiciones orales, que han sido modificadas según el genio peculiar de cada raza y pueblo. El autor sagrado ha recibido tales tradiciones de su propio pueblo, y si pensamos que estas tradiciones por su antigüedad pasaron a través del propio Moisés, proviniendo de Abraham, que las habría recibido en pueblo y cultura de origen, las daremos como de origen mosaico, pensando que el propio Moi¬sés pudo darles forma de relato fundamental, bajo la podero¬sa luz divina que le era comunicada. (…).

A lo largo de la sucesión de las épocas historiadas por los libros, hay épocas con gran diferencia de distancias al redactor final, a la vez que hay épocas, como las de Moisés, que habrán conservado con mayor fidelidad, aun escrita, los gran¬des sucesos fundamentales que la época más incierta de los Jueces. Diferencia de estilos, desde el épico del Éxodo y Josué hasta el concreto de los Macabeos, pasando por los libros llenos de detalles vivos de Samuel y de los Reyes. Y aun dentro de cada libro puede haber importantes diferencias de estilos, y es lo que supone el método de la Historia de las Formas (Formgeschichte), que tiene puntos aceptables.

Preguntamos por la concordancia que tengan los hechos reales de la historia acontecida con los hechos relata¬dos en los libros sagrados, de modo que en todo caso quede salvada la inerrancia de la palabra inspirada, y podamos tener seguridad histórica de los acontecimientos de la historia de la salvación. Debemos recordar previamente que para el creyente existe una fe dogmática que tiene puntos ciertamente establecidos, que no puede admitir sean contradichos en la realidad histórica sin que decaiga la fe misma, y por ello el plano de la revelación en el escrito inspirado debe en esos puntos cubrir exactamente una realidad histórica concreta. Debemos en consecuencia también recordar que, siendo la Iglesia intérprete exclusivamente autorizado de la fe, la enseñanza de su magisterio debe en el creyente actuar como guía de sus posiciones, sin que ello impida en nada la libertad científica histórica de lo que demuestren los hechos reales. Debe presuponerse como cierto que nunca la verdadera historia real podrá contradecir de hecho a la reve¬lada en los escritos, como los interpreta la Iglesia. Pero en los hechos de historia discutidos, y tal vez discutibles desde un pun¬to de vista meramente crítico, podrá el creyente tener posicio¬nes que para él nunca sean sometidas a discusión.

5. Personajes del AT

Preguntemos primero por la realidad histórica de las figu¬ras que aparecen en los libros históricos del Antiguo Testamento. El caso más célebre es el de Adán protoparente del género humano según la Escritura, y autor del primer pecado, que la fe cree transmitido en sus efectos personales de manera personal, llamado por la doctrina católica pecado original. La exis¬tencia histórica de Adán, primer hombre y pecador primero, que¬da condicionada por esta fe, a pesar de las dificultades que la historia pueda presentar dada su inmensa lejanía en la tradición secular. Que ha existido un primer hombre es cierto en todo caso, aunque es problema su concreción.

No nos parece que, si se ha de guardar el debido res¬peto a la inerrancia de la palabra revelada, pueda destruirse la existencia de estas célebres figuras de los antepasados humanos: Abel, el primer justo asesinado después de Adán e hijo suyo; Enós y Henoch (Gen. 4,25 y 5,24) verdaderos adoradores de Dios célebres por su piedad; el patriarca del diluvio, hombre de divinas promesas recibidas y sus importantes hijos, que forman las ramas de una de las cuales se llega hasta Abraham. La his¬toria desde luego nada podrá atestiguar contra ellos, pues se hallan en tiempos de los que no quedan documentos escritos fuera de las tradiciones conservadas, de las que esta bíblica está garantizada por la inspiración. Creemos que ésta alcanza en primer lugar a la existencia de las personas que han tenido parte importante y decisiva en la historia de la salvación, sin que por ello nos creamos obligados a afirmar que las listas de las generaciones todas conservadas en la Biblia (Gen. ce, 5,10 y 11) hayan de sostenerse como históricamente válidas, pues su sumaria descripción no parece que toca necesariamente a los hechos de la historia de la salvación. Entra también aquí la posibilidad (sin que demos a ésta otro valor superior) del género literario con sus diversos elementos, de que hemos hablado, que podría afectar a la misma concreción de las personas de escaso relieve en relación a la acción divina sobre la salvación. No así en cambio las principales figuras mencionadas. Ante tales listas nos hallamos con una tradición hebrea de formar en todo caso genealogías como recurso literario (1 Tim. 1,4), sin que se pueda pensar que el autor afirme conocer toda la seria hasta Adán.

Con mayor certeza histórica, necesariamente, habremos de afirmar la realidad de la existencia de los grandes patriarcas Abraham, Isaac, Jacob, la gran tríada de los amados de Yavé. Nada es necesario decir sobre las figuras reales de Josué y de los Jueces, pues si sus historias pueden haber sido realza¬das con los relatos, su existencia conservada por la tradición no se puede poner en duda sin ignorar la conquista de Canaán. Y más directamente ya comienza la historia desde la instaura¬ción de la monarquía hebrea en Saúl y David, donde ya no sólo las personas y muchos hechos suyos, sino su misma cronología puede ser establecida con bastante exactitud, en un ambiente de organización que permite aceptar los datos de los reinados y sus tiempos.

6. Los hechos del relato bíblico

Pero, ¿qué decir ahora sobre los hechos de todas estas historias, como se hallan en los relatos inspirados de los autores sa¬grados? (…) La voluntad humana de lo que quiere decir es el instrumento de la voluntad divina en el texto. ¿Qué quiere pues decir el escritor sagrado? Esta es la norma suprema de la interpretación.

Para entender correctamente, respecto de los hechos relatados, la voluntad del escritor sagrado, es para lo que tenemos que tener en cuenta todo lo que hemos dicho sobre los géneros literarios y sus elementos de interpretación de la intención del escritor. A esto debe añadirse, para el creyente que interpreta en católico la Escritura, el valor del Magisterio de la Iglesia, (…) Y también debe añadirse la llamada «analogía de la fe», (…). Voluntad del escritor sagrado, Magisterio de la Iglesia para no errar al entender dicha voluntad, y analogía de la fe con la misma Escritura y el Magisterio; he aquí la tríada de principios que deben guiar al intérprete católico de la Escritura en su búsqueda o investiga¬ción del sentido y del valor de los hechos y relatos.

A esta triple luz, ¿qué decir de la historicidad de los hechos del Antiguo Testamento, de cuyas personas en los relatos ya hemos hablado?

Primero, diremos como supuesto que debemos admitir exegética, e históricamente también, por un principio elemental sobre la voluntad del historiador, cualquiera que éste sea, que no quiere inventar sus personajes como existentes, a no ser que quiera hacer mera narración novelada, en cuyo caso no estamos en género histórico de ninguna clase; (…). Exige (…) una elemental crí¬tica histórica, que no sea lícito negar en principio tales hechos relatados por libros de género histórico, y conservados por la tradición. Esto valdrá históricamente tanto más cuanto más importante para la historia del relato sea el hecho relatado.

Debemos admitir como hechos sustancialmente históricos los grandes hechos de la historia de Israel: las grandes promesas de Abraham, el sacrificio de Isaac pedido por Dios y frustrado en su realización por voluntad divina, el castigo de las ciudades pecadoras desde el cielo, los hechos fundamentales de la historia de Jacob. Y en la gran tradición mosaica, la celebérrima aparición de la zarza ardiente donde se revela el nombre de Yahveh, la salida de Egipto del pueblo guiado por Moisés que hace en nombre de Dios grandes milagros para librar al pueblo, la Alianza del Decálogo en el Sinaí tras el paso del Mar Rojo. La conquista de Canaán bajo el mando militar de Josué, heredero del espíritu de Moisés (…). La lucha durante un largo tiempo contra pueblos vecinos enemigos de Yahveh, relatada en Jueces, bajo el mando de héroes suscitados por Dios. La instauración de la monarquía consagrada teocráticamente, la guerra civil entre Saúl y David, y las historias del Reino de Israel y de Judá subsiguientes, hasta la cautividad babilónica, con el gran asedio anterior de Senaquerib contra Ezequías. La deportación masiva del pueblo a Babilonia, y la vuelta del pueblo con Zorobabel, Nehemías y el gran escriba de la Ley Esdras. Finalmente las épicas luchas de los Macabeos. Todos estos grandes sucesos, por este primer principio, deben ser contados en el número de los hechos históri¬cos, aunque nada tengamos escrito sobre ello en las crónicas de otros imperios contemporáneos.

Si admitimos así que son relatos de género histórico, es decir de hechos realizados en la historia, debemos en principio aceptarlos como históricos, mientras de alguno de ellos no tengamos motivos claros para pensar que en la propia mente y voluntad del escritor (norma suprema de in¬terpretación fidedigna) se trata de relatos etiológicamente con¬cebidos (por ejemplo, interpretando algún nombre), o de refe¬rencias midráshicas y comentarios a otros libros o pasajes del AT.)

¿Debemos, entonces, aceptar cada hecho con todos los de¬talles del relato? Dos razones pueden obstar a esta aceptación indiscriminada de los detalles o concreciones adherentes. Una, la bastante clara voluntad del escritor, que consta por otros caminos en el mismo relato, o por descubrimientos verificados arqueológica o literariamente, de magnificar a veces su historia a manera de epopeya. Depende este concepto de la diversa cla¬se de libros históricos que poseemos, y alcanza su mayor claridad en los libros de mayor antigüedad de relato (aunque pueda no ser tanta la antigüedad de su última redacción), que provienen de tradiciones seculares o más aún milenarias. En este grupo se incluyen el Pentateuco, Josué y Jueces. (…) la segunda razón. Cuanta mayor distancia hay entre hecho y relator, tanto mayor es la posibilidad de modificar, sobre la base del hecho cierto, los detalles del mismo en la relación transmitida. En este concepto hay que distinguir claramente las tradiciones antemosaicas y las mosaicas y post-mosaicas. Las antemosaicas tienen dos grupos: los 11 primeros capítulos del Génesis hasta Abraham, con tradiciones milena¬rias, y las tradiciones patriarcales hasta Moisés, (…) Son desde Abraham unos 600 años, y de ellos varios siglos (más de cuatro...) en Egipto sin historia transcrita.

Terminaremos resumiendo la posición de una interpretación actual de la Biblia con crítica sensata, y admitida plenamente la divina inspiración así como el género realmente histórico de los relatos. Admitiremos la verdad histórica de los hechos en sí mismos. Admitiremos, dentro de una narración literariamente compuesta en géneros algo diversos, por necesidad, por escrito¬res a diversa distancia de los hechos, la realidad histórica de cada caso, mientras no se presente una seria necesidad, en sí posible, de interpretar de otro modo el hecho, necesidad que no provendrá nunca de tener que negar la existencia de milagros o intervenciones divinas superiores a la propia naturaleza de las cosas. Pues tales milagros no sólo son posibles, sino que sin ellos hasta es imposible entender la mente y voluntad del escritor sagrado que cree en la omnipotencia divina. No nos parecerá necesario, desde luego, aceptar la estricta historicidad de todos los detalles del hecho relatado en cada caso (palabras atribuidas, detalle concreto...). Por todo ello diremos que conociendo, según el relato divinamente inspirado y siempre verdadero, la historia de Israel, repetidas veces podremos quedar en duda acerca de la concreción exacta del hecho sucedido. (…)

¿Tiene esto gran importancia? Históricamente, importará en cuanto al natural deseo de todo investigador de conocer lo más exactamente posible la realidad histórica de cada hecho, a la cual, por otra parte, nada tenemos que objetar seriamente. Lo que tendrá siempre grandísima importancia para el creyente es la existencia de importantes hechos ligados históricamente con su fe. En el caso de Adán, sabemos por el dogma cuáles son esas realidades históricas inamovibles: un Adán, un pecado, tras una tentación, la creación del hombre y la mujer, la unidad del género humano, la pérdida de la inmortalidad y de otros dones, la expulsión de la felicidad del paraíso... Esto sucede también en otros casos: baste insinuar la importancia para la fe de las promesas de Abraham y las revelaciones de Dios a él, del sacrificio de Isaac, del Decálogo en el Sinaí con la Alian¬za. Otros hechos del mismo modo estarán ligados con nuestra fe. Entonces tiene una gran importancia la afirmación incon¬movible de tales hechos. Otros muchos hechos, en sí mismos, no tienen entidad dogmática si no es en cuanto pudieran comprometer la verdad de la divina inspiración.

Pero nos queda finalmente una advertencia de suma importancia para la fe y la exegesis católica: el relato de los libros, en el plano del mismo relato, o sea como Sagrada Escritura en cuanto tal, tanto en los relatos o narraciones de género histórico como en los didácticos o proféticos, está plena y totalmente inspirada, y tiene a Dios como autor, que ha tomado como instrumento u «órgano» humano de realización del escrito (con mente propia iluminada y voluntad propia movida por el Espíritu infaliblemente) al respectivo autor o autores del libro, y siempre, por necesidad resultante, al definitivo compilador o redactor final. Por ello, en el plano de la divina Escritura inspirada no hay ni puede haber error alguno, ni partes inspiradas y partes no. Toda la obra pertenece a Dios, Verdad absoluta, aunque no en forma de dictado verbal divino, a no ser quizá cuando el profeta dice: «Me dijo Yavé...»

Pero luego, en cada género literario, y también en el histó¬rico, hay que comprender lo que el autor humano quiso y cómo, pues esto es lo que la inspiración le movió a decir. De esto se sigue necesariamente que los hechos reales de la historia coincidirán o no exactamente con la narración según haya sido tal la voluntad, que se ha de regir necesariamente por la prevista posibilidad, del escritor. El cual, cuando los hechos están conectados sustancialmente con dogmas o verdades de la fe siempre ha de ser consciente de la verdad sustancial del hecho narrado, por la iluminación divina. Cuando no se da tal necesaria co¬nexión tendrá «voluntad histórica», entendida en cada caso según la consciente certeza que pueda él tener del hecho por la tradición que recibe, la cual sometida también a la verdad de la inspiración como fuente recibida por el autor, no conlleva sin embargo necesariamente la exacta referencia histórica de cada detalle, y a veces, por excepción, ni del hecho, si puede explicarse la tradición de otro modo (posible etiología de Ay...).

De este modo afirmaremos siempre la verdad de la fe, la ver¬dad de la plena y total inspiración inerrante, y la verdad de la historia por una fidedigna tradición transmitida en el pueblo de Dios.

7. El problema moral de los relatos

Es preciso añadir una palabra sobre un problema de los libros inspirados que resulta siempre difícil de aclarar. Quizá lo que aquí se indique pueda ofrecer alguna luz para aquellos que sienten seriamente este problema. Hablo de numerosos pasajes de la Escritura inspirada que tratan de severísimos castigos divinos, de palabras de anatema divino, expresadas con tal fuerza humana que aterra. Véase como ejemplos de esto, y a modo de muestrario solamente, la muerte decretada por Moisés contra los prevaricadores del becerro de oro por mano de los hijos de Leví, que mataron por orden suya y en acto de venganza divi¬na, premiado luego con la dedicación a la función sacerdotal para la tribu de Levi, a veintitrés mil israelitas, aunque se diga quizá que el número puede estar exagerado voluntariamente (Ex. 32,25-29); las tremendas maldiciones contra los que sean infieles al pacto de la alianza en el futuro, pronunciadas por Moisés (Lev. 26,14-41); las dedicaciones al anatema en la guerra santa del pueblo de Dios, ordenadas contra ciudades ente¬ras, sin exceptuar a mujeres y niños, por Moisés o por Josué (Núm. 21,1-3; Jos. 8,25-29); especialmente grave y terrible es el veredicto dado por Moisés contra los Madianitas, ordenando matar a todos los supervivientes, niños varones y mujeres ca¬sadas, exceptuando sólo las vírgenes y niñas (Num. 31,13-19). Mucho menor problema presentan las leyes mosaicas tan severas en el castigo de muchos delitos, como puede verse en el Levítico. Al fin, son delitos y la costumbre del tiempo puede auto¬rizar la severidad del castigo. Pero en los otros casos citados, y semejantes, ¿qué pensar? ¿Cómo justificarlos como «palabra de Dios»?

Recordemos que la exégesis moderna razonablemente re¬cuerda un principio ya establecido por los santos Padres, y que es llamado la «synkatábasis», o sea la condescendencia divina hacia los hombres, amoldándose a sus palabras y costumbres para conducirles de manera acomodada a su modo de ser hacia su fin. Esta condescendencia produce una revelación pro¬gresiva, tanto en el orden de verdades como en el de costumbres y moralidad. Así, como ejemplo clásico en el orden de verdades, la revelación cuya luz va creciendo acerca del sheol y vida futura. Los autores bíblicos más antiguos tal vez piensan más en los premios y castigos de esta vida; poco a poco la luz crece y se va haciendo más claro que existe otra vida eterna después de la muerte, y que en ella están los definitivos premios y castigos, verdad que en los autores bíblicos más recientes (p. e. Daniel y los Macabeos) llega a conocer la luz de la futura resurrección corporal (Dan. 12,2; 2 Mac. 7,9 y 14). En el orden moral puede advertirse también un notable cambio en la anti¬gua dureza de las costumbres y usos respecto a los adversarios o acerca del castigo de muerte. Todo ello adquiere claridad úl¬tima y admirable en las palabras y modo de proceder de Jesús en el NT.

Debemos, creo, distinguir dos casos: uno, el de ciertas ac¬tuaciones de los israelitas, aun de Moisés y Josué, que actuaban conforme a las necesidades de la guerra y las costumbres del tiempo. Tales cosas no son mandadas ni aprobadas por Dios mismo, aunque quizás el escritor las ponga en su boca como mandato, y ahí se puede explicar el caso por género literario. Pero hay otros casos, como las amenazas proféticas de Jere¬mías, en que Dios mismo amenaza por boca del profeta cla¬ramente, como castigo de pecados del pueblo, con horrores guerreros.

Dios en sí mismo considerado, entonces, ahora y siempre, es el mismo y no se muda. Perfecto, justo, misericordioso, om¬nipotente, creador, padre, todo ello es una sola y misma cosa, un solo y mismo ser personal, que llamamos Dios. Ni cuando amenaza, ni cuando castiga, ni cuando premia, cambia en sí mismo. Es El, y es omniperfecto. Sucede que los hombres con¬tingentes y mudables cambian, son justos o pecadores, son dignos de premio o de castigo. Hacen guerras, tienen costumbres determinadas. Entonces, lo que sucede variamente entre los hombres, culpa de ellos solos en cuanto a la injusticia y el horror, es de ellos. Pero Dios dice que eso en ellos es castigo de pecados. Podemos suponer que no todos los que sufrían el horror de aquella guerra de la cautividad eran pecadores. Habría justos en Israel y sufrían lo mismo. Pero el ataque de Nabucodonosor contra Jerusalén, la cautividad y sus horrores, para los malos era castigo, y el pueblo de Israel era pecador enton¬ces. Para los justos eran prueba, terrible sí por la maldad hu¬mana en su crueldad, pero purificadora y vestíbulo de un pre¬mio eterno, como en los mártires. Hay una concepción nacio¬nal en tales amenazas. ¿No dice Jesús que Dios hace llover y salir el sol sobre los justos y los injustos? (Mt. 5,45). Pues, de igual manera, las guerras y los dolores, en este mundo, caen sobre malos y sobre buenos, pero de distinto modo: para unos son castigo, para otros prueba que tendrá premio.

Más difícil todavía parece explicar cuando hay un castigo de Dios del que no se puede dar razón sin un milagro. Por ejemplo, la muerte de los primogénitos de Egipto a manos del ángel exterminador.

En casos tales, cuando se presenta una acción de Dios especial, milagrosa y directa, (que tampoco, recordémoslo, cambia nunca nada en el Ser de Dios, que es Inmutable y Bue¬no siempre), debemos recurrir al Señorío de Dios, autor de la vida, sobre la vida y la muerte. Dios determina el fin de la vida de cada cual, y puede determinar el fin de la de todos los primogénitos de Egipto al mismo tiempo en favor de Israel, sin culpa de aquellos jóvenes y niños. Para ellos no es castigo personal, sino hecho humano de morir. Para Egipto como pueblo opresor es un castigo y para Israel una liberación.

Dios es como una luz, en sí purísima, que se muestra más o menos clara en su resplandor según el vidrio que atraviesa. Tal vidrio son las costumbres de los hombres, en cada época las suyas. Pero cuando el cristal se hizo más claro, limpio y transparente para ver al mismo Dios a su través fue en Jesús, Dios-Hombre. En El admiramos las virtudes divinas, la bondad de Dios y su justicia, como directamente, por decirlo así, o a través de un cristal purísimo. Dios resplandece en Jesús hombre.

Recordemos, sin embargo, que también El amenazó a los hombres, aunque lo hacía llorando (Jerusalén, Jerusalén...) por el terrible pecado y ceguedad de la Ciudad en no quererle reci¬bir. Y efectivamente sobrevino la gran destrucción de la Ciudad bajo Tito. Esto nos hace comprender, mejor que muchos otros razonamientos, lo que es el pecado delante de los ojos de Dios, que son únicos en ver con verdad y con justicia. Como en las amenazas de Jesús a Betsaida, Corozaín y Cafarnaúm, para el día del juicio (Mt. 11,20-24).

Jesús, por otra parte, ha corregido la dureza de la ley mosaica del talión mandando hacer el bien al enemigo, y sufrirle con heroica paciencia (Mt. 5,38-42), lo que nos enseñó con su propio ejemplo admirable en la cruz (Le. 23,34). También se opuso implícitamente a la lapidación de la adúltera, contra la ley de Moisés, que mandaba apedrearla (Jn. 8,5-7). Y a sus apóstoles, que querían hacer bajar fuego del cielo sobre los samaritanos, quienes no recibían a Jesús porque iba a Jerusalén, les reprendió: «No sabéis de qué espíritu sois» (Le. 9,54-55; compárese con 1 Sam. 15,2-3.

Dios se nos muestra en carne humana en Jesús, en su mi¬sericordia y amor, con ese nuevo espíritu. Pero es uno solo y el mismo el Dios de los dos Testamentos, Yahveh, El-que-es, y El-que-es-Amor (Ex. 3,14 y 1 Jn. 4,16). Moisés y Elias, la Ley y los Profetas, al aparecer en la Transfiguración como las dos grandes figuras santas del AT, glorifican a Jesús, que es el Dios-Bueno que ellos proclamaron: «Nadie es Bueno, sino sólo Dios», dice Jesús (Le. 18,19).

Jesús no destruye la Ley, sino que la lleva a plenitud en Sí (Mt. 5,17-18). Jesús es la primera y la última palabra de Dios, Alfa y Omega, porque el es simplemente la Palabra de Dios (Apoc. 1,8; Jn. 1,14). Es la clave de la Escritura (Le. 24,27; Jn. 5,39). Es el manso y humilde de corazón (Mt. 11,29). Es el que nos comunica el «sentido de Cristo», que nos hace penetrar el divino sentido de las profundidades de Dios (1 Cor. 2,10 y 16). El es la última solución del problema.

Terminaremos diciendo que todos los pareceres propuestos en este libro, y en especial en este capítulo, quedan desde luego sometidos a la norma del Magisterio de la Iglesia, que tiene la auténtica interpretación del depósito de la fe, sobre los fieles y aun sobre los teólogos. (Pío XII, Humani generis, Denz. 2.314). Deseamos y esperamos haber expresado el «sentido ver¬dadero» de la historia bíblica, escrita con tal verdad y sencillez histórica que «obliga a poner a los hagiógrafos abiertamente por encima de los antiguos escritores profanos» (Pío XII, ib. Denz. 2.329-30). Si no fuese así, desde ahora modificamos nuestro juicio.

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sábado, 9 de abril de 2011