jueves, 20 de junio de 2013

TERCERA FUENTE DEL PODER DEL APOSTOLADO: LA UNIÓN CON EL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

El P. Ramière S.J. en su obra El Apostolado de la Oración habla de tres fuentes de su eficacia: la oración, la asociación y la unión con el Corazón de Jesús.

En relación con la tercera fuente, recuerda que las oraciones de los cristianos son oraciones de Jesucristo, ya que todos los cristianos formamos con Jesucristo un solo cuerpo, cuya Cabeza es El.

Por otra parte, las oraciones son obra del Espíritu Santo, persona divina a quien se atribuye la santificación en la Iglesia. Además,   La sagrada comunión es medio poderoso de renovar la vida de Jesucristo en nosotros, y de unir más íntimamente nuestras oraciones a las suyas.

En este misterio de amor, Jesucristo, más que Cabeza, es Corazón de la Iglesia; por eso el Sacramento de la Eucaristía es tan propio de la devoción a su Sagrado Corazón.

Así como no hay un solo cristiano que no esté unido al Corazón de Jesús por el sagrado carácter del bautismo, y por los lazos de la fe, así tampoco hay uno solo que no  pueda  unírsele  por los lazos, aún  más  íntimos, de la caridad, y por la participación real de su Espí­ritu; ni uno solo a quien no se invite a renovar y es­trechar más esta unión en la Eucaristía, recibiendo realmente la carne del Salvador; ni uno solo por quien el Corazón de Jesús no ore incesantemente desde el sagrario, y cuyas oraciones no esté dispuesto a presen­tar al Padre.

Conclusiones de la primera parte del libro El Apostolado de la Oración del P. Ramière S.J.

El Apostolado de la Oración es la caridad cristiana llevada   al   más   alto   grado de perfección. En efecto, por una parte estamos obligados a amar a todos los hombres del mundo y, por otra, no podemos ejercitar la caridad con la mayor parte de ellos, sino por medio de la oración. Luego amar al prójimo y pedir por él son dos obligaciones que van siempre juntas, puesto que quien de veras ama a alguno, no puede menos de desearle todo bien y procurárselo, pidiéndolo a quien lo tiene en su mano

De aquí se concluye que el Apostolado de la Oración es un medio indispensable, y a veces el único posible, de cumplir el precepto de la caridad, en la que está contenida la plenitud de la ley.

No se trata de una Obra de puro consejo, o de supererogación, sino de la esencia misma de la vida cristiana, y de la vida de la Iglesia; se trata del amor del bien en toda su extensión, de la oración verdaderamente católica, del cumplimiento de aquel precepto del Apóstol, que nos manda sentir y pensar como Cristo. 

El Apostolado de la Oración es, pues, el pago de la deuda que con­traemos cada vez que Cristo nos comunica su vida en la Eucaristía; es la unión perfecta de nuestro co­razón con el Corazón de Jesús, la fusión completa de nuestros intereses con los suyos, de nuestra vida con su vida, de nuestros deseos con sus deseos.


El P. Igartua S.J. en su obra Vivir con la Iglesia,

En la primera parte, donde trata de los principios teológicos de la espiritualidad del Apostolado de la Oración, dedica varios apartados para explicar el puesto que ocupa el Corazón de Jesús en la misma.

1.- El Corazón de Jesús es el centro vital del Cuerpo Místico. El pasaje de la lanzada que hizo que todos “mirarán a Aquel a quien atravesaron”, alcanza su lugar adecuado en la vida de la Iglesia a raíz de las apariciones del Corazón de Jesús a Santa Margarita María de Alacoque.

Dice el P. Igartua S.J. Fijad vuestra atención en estas afirmaciones en que vamos a resumir la grandeza de la impor­tancia del Sagrado Corazón con la vida espiritual y sobrenatural del mundo:

Þ      La Iglesia nació del Corazón herido del Re­dentor. La gracia santificante ha fluido de aquella herida, a lo largo de tantos siglos, sobre las almas.

Þ      El Espíritu Santo ha sido dado desde Pentecos­tés al mundo, como un don de aquel Divino Co­razón que dijo: «Si alguno tiene sed, venga a Mí y beba, porque de mi entraña brotan ríos de agua viva».

2.- El Sagrado Corazón es el Altar de la Redención. «El misterio de la Redención—dice Pío XII en su Encíclica sobre el Sagrado Corazón—es, ante todo, un misterio de amor». Y el sagrado Corazón es, por esto precisamente, el centro del misterio de la Redención.

En los altares de la tierra se inmola el Hijo de Dios, que está en lo alto de los cielos. Y cual­quiera que entiende lo que es inmolación reden­tora; esencia de la espiritualidad del Apostolado de la Oración, tendrá que asociarse al Corazón de Jesús en los más íntimos actos de su vida ofrecida.

Por esta razón la espiritualidad del Apostolado de la Oración forzosamente había de entroncar en la devoción y culto al Sagrado Corazón.

En la segunda parte, donde traga de los elementos prácticos de la espiritualidad del Apostolado de la Oración, habla de varias prácticas de esta devoción que están vinculadas a aquél:

1.- La  Consagración al Sagrado  Corazón de Jesús, práctica salvadora. La   Consagración que Jesús mismo enseñó a Santa Margarita María de Alacoque es la plenitud de la vida cristiana, puesto que es la entrega a Jesucristo  «de nuestras personas y de todas nuestras cosas».

En el bautismo somos con verdad con­sagrados a la Santísima Trinidad. La Consagración al Sagrado Corazón, que sim­boliza el Amor de Dios, hace lo siguiente. Es como una renovación de la entrega bautismal, volun­tariamente hecha por nosotros, y hecha delante del Amor de modo especial.

Si  antes  nos  dijeron: «Yo te bautizo en el Nombre o consagrándote al Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo», ahora es como si dijéramos al consagrarnos al Sagrado Corazón. Yo acepto mi bautismo, y quiero consagrarme al Nombre del que es el Amor, del Padre, del Hijo, del Espíritu Santo, Amor  simbolizado  y   hecho carne en el  Sagrado Corazón de Jesús.Yo me consagro al Sagrado Corazón de Jesús y en El al Amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Se  comprende  así  que esta Consagración sea fórmula práctica suprema de religión cristiana.


2.- Condiciones de eficacia de la Consagración.


La Consagración al Corazón de Jesús «Es una acto de amor a Jesús. Es un ofrecimiento de uno mismo, de lo que se es, de lo que, se tiene, de lo que es capaz de hacer».

Tres cualidades nos ha enseñado la Iglesia para dar toda su eficacia a la Consagración.

Primera, la misma entrega: Consagrarse, es entregarse por amor. Pide en el individuo la gracia santificante, pide en todo caso la volun­tad.

Segunda, la renovación periódica: Si a esta Consagración individual y social, practicada y recomendada por la Iglesia, añadimos la renovación, al menos anual de ella y mejor mensual o diaria, pues la misma Iglesia nos lo enseña en la Consagración del Mundo que hace cada año, «para obtener con más eficacia los frutos», tenemos el segundo elemento.

Tercera, la vivencia de la Consagración o su realismo: Con la noción de «vivir la Consagración», tenemos el sistema integrado. Vivirla nos llevará, individual y socialmente, a la perfección de la unión con Cristo, y por Él con Dios.

He aquí, pues, el sistema completo, como templo trinitario de tres columnas:

Consagrarse, renovar la Consagración y vivirla.

El día en que este sistema se lleve a la práctica metódica y sistemáticamente en estos tres grados, y en toda la escala individual, familiar y social, que son los tres grados del Reino de Cristo que enseñó Pío XI en la Quas Primas, ese día habre­mos encontrado el gran sistema de espiritualidad moderna que vivificará a todos, sacerdotes, re­ligiosos y seglares: «Aun permaneciendo en medio del fragor del mundo».

 

3.- Carácter reparador de la entrega


Si la Consagración es la práctica más eminente de la devoción al Sagrado Corazón, el espíritu de reparación le es consustancial. El Señor, en Paray-le-Monial, frente a la frialdad del mundo y de los hombres, pidió una fiesta especial, la de su Sagrado Corazón, para reparar las ofensas que los hombres hacen a su amor.

El pecado forma una barrera a la conquista del mundo para Dios, y tenemos que satisfacer a la justicia divina ofendida. Este es el es­píritu de la devoción al Sagrado Corazón, y el del Apostolado de la Oración, que es apostolado de la oración y de la reparación.

Tenemos también que desagraviar al amor ofendido de Jesús. La consolación a la tristeza del Señor es un aspecto profundamente humano de la repara­ción. Proviene de la amistad, y el delicado del agradecimiento, ante la histórica tristeza de Jesús.

Por eso han establecido los Papas que, en las dos fiestas principales de Cristo Rey y del Sagrado Corazón, la misma Iglesia en el mundo entero practique la Consagración (en la primera) y la reparación (en la segunda). Para ello, se utilizan las dos fórmulas oficiales que han de repetirse esos días en todas las iglesias del mundo.

4.- La Consagración al Corazón Inmaculado de María.


San Luis Grignion de Monfort enseñó esta práctica con el nombre de Esclavitud Mariana.

¿Y en qué consiste esa Consagración? Fundamentalmente consiste «en la entrega en­tera y total a la Santísima Virgen para estar totalmente unidos a Jesucristo por Ella. Debe­mos  darla:   1.°,   nuestro  cuerpo  con todos  sus sentimientos y .miembros; 2.°, nuestra alma con todas sus potencias; 3.°, todos los bienes nuestros de fortuna (en entrega espiritual) que poseemos al presente o en lo venidero; 4.°, nuestros bienes inferiores y  exteriores, o sea:  nuestros méritos, nuestras virtudes, nuestras buenas obras pasadas, presentes y futuras; en una palabra: todo lo que   tenemos en el orden de la naturaleza y de la gracia».

«La Consagración—dice San Luis—se hace a un mismo tiempo a la Santísima Virgen y a Jesucristo. Por otra parte, con la Consagración a María se alcanza la imitación de Jesús, que es la fórmula de la santidad. Porque María es «el molde de Dios».

Esto es lo que el Santo ha llamado, con nombre ya clásico en la historia ascética, el Secreto de María, el cual consiste en hacer todas nuestras obras:

«por María, «con María, «en María, «y para María».

domingo, 2 de junio de 2013

domingo, 26 de mayo de 2013

SEGUNDA FUENTE DE LA EFICACIA DEL APOSTOLADO: LA ASOCIACIÓN

FUENTE DE LA EFICACIA DEL APOSTOLADO DE LA ORACIÓN: LA ASOCIACIÓN




       V.- El alma de la Iglesia.7.

APOSTOLADO DE LA ORACIÓN – P. Enrique Ramière S.J.

SEGUNDA FUENTE DE LA EFICACIA DEL APOSTOLADO: LA ASOCIACIÓN


ARTICULO  I.- Promesas de Nuestro Señor a la oración hecha en común.


«Vuelvo a deciros que, si dos de vosotros os ponéis de acuerdo acá abajo para pedir una cosa sea lo que fuere, os  la concederá mi Padre, que está en los cielos». Él lo dijo: «Donde hay dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy Yo en medio de ellos». «Así—dice—habéis de orar: Padre nuestro, que estás en los cielos... El pan nuestro de cada día dánosle hoy..., perdónanos nuestras deudas..., no nos dejes caer en la tentación, más líbranos de mal. Amén».

San Cipriano: «no decimos Padre mío, sino nuestro; ni dame, sino danos, porque el Doctor de la Unidad no quiso oraciones privadas, es decir, que cada uno rogase por sí solo. Por todos quiso que cada uno pidiera lo mismo, el que a todos en Sí nos hizo unos».

ARTÍCULO  II.- Motivos de las promesas hechas a la oración, sacados de la naturaleza de Dios.


Para ser semejantes a Dios, no nos basta ser inmortales como Él y ricos y poderosos en supremo grado, sino que además, necesitamos poder, como Él, comunicar esos mismos bienes a otros seres iguales a nosotros, de quienes recí­procamente los recibimos.

En la asociación inefable de las tres Personas divinas, en la comunica­ción eterna, continua, completa, recíproca de todos sus bienes, consiste y se consuma la perfección y la dicha de Dios. El poder, la sabiduría, la bondad, todos los atributos divinos, están en Dios Padre en grado infinito; y no pueden ponerse en acción sino en cuanto se comunican al Verbo y al Espíritu Santo. Dios no sería Dios si estuviera solo.

Por la oración, cada cristiano entra en posesión plena de la omnipotencia divina; El cristiano, si quiere que su efi­cacia sea infalible, necesita unir a su oración otros corazones, animados como el del espíritu de caridad. Admitido el dogma de la Trinidad, la razón, de acuerdo con la fe, dicta que no puede ser de otra manera.

ARTÍCULO   III.- La asociación es principio de fuerza en todos los órdenes.


¿Qué cosa más tenue que una hebra de cáñamo? juntad muchas hebras, y formaréis cables capaces de arrastrar pesados navíos. Una gota de agua a la menor presión cede y se escurre. Pero que se reúnan muchas gotas, y al ímpetu de su corriente cederán los diques mejor construidos. ¿No han sido derrotados ejércitos enteros por enjambres de pequeñísimos insectos?

Desde la mano del pastor que alimentó a la oveja, de cuyo vellón se hizo la tela, hasta la del sastre que la cortó y cosió sus diferentes piezas, ¿cuántas manos no han tenido que unirse para que podamos vestir el traje más sencillo que nos cubre?

Y ¿qué sería del alma sin la asociación? El hombre de mayor ingenio no pasaría de idiota. «No es bueno que esté el hombre solo»?.

ARTICULO   IV.- Poder de la asociación en el orden sobrenatural.


Esta sociedad que forman las almas, imagen per­fecta de la Trinidad divina, obra divina entre las divi­nas, en que la energía de la asociación se levanta a su mayor potencia, es la Iglesia santa, una, católica y apostólica.

La iglesia saca ese poder sobrehumano de la asociación: asociación de entendimientos en una misma fe; asocia­ción de corazones en un mismo deseo y en un mismo amor; asociación de voluntades en una misma obediencia por el cumplimiento de una misma ley; asociación, en una palabra, de personas que tienen unos mismos intereses, unas mismas esperanzas,  una misma norma de vida.

Mientras que en el mundo todo cae y desaparece, la Iglesia, firme junto a las ruinas que en torno suyo va acumulando la muerte, llena de majestad, va viendo pasar los si­glos, siempre viva y siempre vigorosa.

A esta asociación católica debe el mundo la luz que lo ilustra, la gracia que lo vivifica, las virtudes que lo honran, las multiplicadas obras de caridad que alivian sus miserias. Ella derrama sobre los hijos fieles todos los tesoros celestiales, la santidad, la paz, la dicha; ella cura todos los males, y asegura todos los verdaderos bienes.

ARTICULO V.- Poder terrible de la asociación entre los malos.


Si la Iglesia de los Santos es la obra maestra del Verbo encarnado, esa infernal iglesia de los malos es la obra maestra del ángel caído.

Los proyectos sacrílegos de los prosélitos de Sata­nás tienden al desor­den y a la desorganización. El blanco princi­pal de sus odios es la Iglesia, y precisamente contra ella es contra quien se esfuerzan en prevalecer las puertas del infierno. Lucifer, tantas veces vencido, hace el último esfuerzo por quedar encima de Cristo.

¿De dónde sacan los malos toda su fuerza? De la asociación les viene toda su fuerza.

La tierra, colocada entre el cielo y el infierno, es el campo de batalla de esas dos grandes asociaciones.

VIVIR CON LA IGLESIA – P. Juan Manuel Igartua S.J.

PRIMERA PARTE: PLAN   DIVINO DE   REDENCIÓN (Los principios teológicos de la espiritualidad)

 

III.- Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo, medio de salvación.


El medio que Jesucristo ha establecido, para realizar su plan de conquista del mundo para Dios, es la Iglesia. Ella es el fruto de la Sangre redentora; la incorporación a ella es de necesidad para salvarse.

Queriendo Jesús transmitir a los hombres de toda la tierra y de todos los siglos, hasta el fin del mundo, la vida divina que fluye de la Cruz, organizó su Iglesia, a la cual dotó de todos los medios de salvación, y de una vida mística, que se comunica a todos los que a ella pertene­cen, o al menos tiende a comunicarse por divina virtud.

El Cuerpo Místico se compone, como el humano, de diversos miembros. Los que tienen una función vital más importante en el ejercicio del Cuerpo son el Papa y los Cardenales  y  Obispos. Ellos forman la Jerarquía. Los fieles rodean en las solemnidades a la Jerar­quía.

 

IV.- Vivir con el Cuerpo Místico.


El Apostolado de la Oración, según los Estatutos de 1954, es «una Pía unión de fieles que viven no solo para la propia salvación, sino que, con oración y sacrificio apostólicos, trabajan también para edificar el Cuerpo Místico de Cristo». Según los Estatutos actuales (1968) “Todos los fieles por medio del bautismo participan del oficio sacerdotal, real y profético de Cristo y son destinados por el Señor a la actividad apostólica propia de su vocación. Dentro de esta universal vocación al apostolado, el Apostolado de la Oración constituye la unión de los fieles que se unen, por medio del ofrecimiento cotidiano de sí mismos, al Sacrificio Eucarístico, en el cual continuamente se realiza la obra de nuestra redención, y de este modo por medio de la unión vital con Cristo, de la que depende la fecundidad del apostolado, cooperan a la salvación del mundo”.


Jesús, además de este Sagrado y Santo Cuerpo humano suyo, físico y tangible como el nuestro, de volumen y forma definidos en el espacio, tiene otro Cuerpo lleno de misterio y de sublime gloria. Este es el Cuerpo Místico de Cristo. Místico significa misterioso y sobrenatural.

El Apostolado de la Oración es vivir la vida del Cuerpo Místico en plenitud, o sea prolongar la Oración y la Redención de Cristo. El Apostolado de la Oración vive el misterio del Cuerpo Místico.


V.- El alma de la Iglesia.


El hombre consta de cuerpo y alma. El alma es la que vivifica al cuerpo.

El alma de la Iglesia es el Espíritu Santo. En el Alma de Jesús se ha derramado el Espí­ritu Santo con plenitud, con todos sus dones y gracias, y ha santificado con plenitud también su Cuerpo, como sacrificio acepto a Dios por todos. Su Corazón de carne, símbolo de su amor, y del Amor de todo Dios juntamente, esta penetrado en su envoltura de carne por la unción del Espíritu, y está penetrado en sus sentimientos de amor por este Amor divino del Espíritu de Dios.

Todos los pensamientos, todos los afectos, todos los dolores y todos los sentimientos de Jesús, que hacían vibrar su Corazón tan huma­namente, estaban siempre impregnados  de la unción absoluta del Espíritu Santo.

Resulta imposible adquirir el profundo sentido de la Iglesia, si no es por la unción del Espíritu Santo. Porque el sentido de la Iglesia, es el sentido de su alma divina.

Este Espíritu es el que produce toda la acti­vidad de la Iglesia, y ¿cuál es el don con el que el Espíritu Santo se difunde en nuestros corazones, uniéndonos en un solo Cuerpo, y dándonos la vida de Cristo? ¿Cuál es este don, sino la divina caridad, que nos penetra?.

Siendo el don común del Espíritu la caridad, y siendo Espíritu del Hijo de Dios, este Espíritu, Alma de la Iglesia, debe ser llamado con acento especial «Espíritu del Corazón de Jesús», fuente de caridad común en la Iglesia. Así le llama San Pablo: «el Espíritu de Cristo».

Hemos llegado a un punto de suma importancia para la perfecta comprensión del Apostolado de la Oración y de su más pura espiritualidad.

Jesucristo oraba en la tierra «en los días de su mortalidad, con gemidos grandes y poderosos y con lágrimas». Y fue escuchado por Dios en estas oraciones porque lo merecía.

Oraba Jesús por la Iglesia, por el triunfo del Reino de Dios. Oraba por el cumplimiento del plan de su Padre sobre los hombres. Oraba con­tinuamente en las profundidades recogidas de su Corazón.

Y el Jesús Místico, que es la Iglesia, sigue oran­do ininterrumpidamente.  Ora su Cabeza en lo alto de los cielos, como abogado de los hombres, presentando a su Padre oraciones ardientes de su Corazón. Y ora el Cuerpo en la tierra, precisamente como Cuerpo de Jesús.

¿Quién mueve estas profundas oraciones? El Espíritu Santo, el Espíritu del Corazón de Jesús.

El P. Ramiére, en sus apuntes personales de Ejercicios, expone de este modo tan profundo la idea de la oración que hizo y hace por nosotros el Corazón de Jesús:

«He vuelto a meditar este misterio en el que de­bería encontrar la santidad, puesto que Dios me ha confiado la misión de descubrir a los demás tales riquezas: el misterio de la oración del Corazón de Jesús.

»He aquí una serie de verdades que están im­plicadas en la función de Mediador, que el Divino Maestro ha ejercitado en toda su extensión y perfección desde el primer instante de su existen­cia. Son estas:

»Que esta oración comenzó con la misma vida del Corazón de Jesús;

»que desde entonces jamás fue interrumpida;

»que ha sido el primer sacrificio y el primer apostolado del Salvador;

»que ha sido la primera fuente de las gracias por las que hemos sido salvados;

»que esta oración tuvo por objeto a todos los hombres y a cada uno en particular;

»que el Corazón de Jesús pidió para cada uno de ellos las gracias que habían de serle útiles en cada instante de sus vidas;

»que, por consiguiente, concibió y deseó lo que todos debían desear y hacer por su parte;

»que al mismo tiempo imploró para ellos la luz y las gracias necesarias para realizar estos deseos.

»Pero si tales verdades son ciertas, es evidente que solo nos queda por hacer una cosa en cada instante: realizar el deseo que el Corazón de Jesús concibió para mí para este instante precisamente, y alcanzar la gracia que Él obtuvo para mí y que me quiere conceder.

El Apostolado de la Oración utiliza y enseña a sus asociados ambas maneras de orar en el Cuerpo Místico. Enseña a acudir principalmente a la santa Misa, y a unirse con este sacrificio en presencia litúrgica comunitaria.

Pero enseña también a orar en dispersión, uniéndose con el Sagrado Corazón de Jesús, y con su Cuerpo Místico, ofreciendo todas sus obras por las intenciones del Corazón de Jesús expresadas por el Papa.

Así aprenderemos a orar en Cristo con la Iglesia por el Santo Espíritu de Amor..

viernes, 26 de abril de 2013

Fuentes de la eficacia del Apostolado de la Oración: La oración

AULA P. IGARTUA S.J.: VIVIR CON LA IGLESIA


El P. Igartua S.J. reeditó con algunas modificaciones la obra El Apostolado de la Oración del P. Ramière S.J.. Comienza el libro reproduciendo una conferencia del P. Igartua S.J.:  Semblanza del P. Enrique Ramière fundador y organizador del Apostolado de la Oración por el P. Igartua S.J. en Oña 3-12-1944

 

El P. Igartua S.J. se hizo continuador del P. Ramière porque le atrajeron dos grandes ideas que las había desarrollado en dos libros: El Apostolado de la Oración; y Las esperanzas de la Iglesia. Ambas ideas se resumen en la petición del Padrenuestro: Adveniat regnum tuum.

En Las esperanzas de la Iglesia enseña el motor de su entusiasmo; en El Apostolado de la Oración los medios para lograrlo. Las esperanzas obran como causa final y El Apostolado como medio necesario.

 

Introducción al libro Apostolado de la Oración del P. Ramière S.J.


I.- El problema de  la  salvación  de  los  hombres.


Si en la economía de la divina Providencia hay algún misterio capaz de turbar juntamente la razón y el corazón del hombre es el del corto número de los predestinados, y la esterilidad aparente de la Encarnación, sudores y sangre del Hijo de Dios.

De la voluntad que tiene Dios por salvar a los hombres, se deduce nuestra obligación de rogar porque esta voluntad se cum­pla: luego la salud del mundo depende de las oraciones. 


II.- Dios  tiene  verdadera  voluntad  de salvarnos.


Es imposible persuadirse que el estado lamentable a que se halla reducida la mayor parte del género humano obedezca a un designio de Dios. Si los errores y crímenes de los hombres obedeciesen a una voluntad arbitraria de Dios, Dios mismo sería responsable de todos ellos, y lejos de ser Santo, sabio y benéfico, sería todo lo contrario y, por lo tanto, no sería Dios,  ni el mal sería el mal.

III.- La libertad humana.


La dificultad está en saber: ¿por qué, queriendo Dios la salvación de todos, se pierden todavía tantos millones de almas?

La respuesta más natural es que la voluntad de Dios no quita al hombre la libertad. Sería inexplicable la proposición de San Pablo, si se tratase de una voluntad absoluta y eficaz por parte de Dios; pues cuando quiere Dios así una cosa, por fuerza tiene que cumplirse. El hombre es libre, y el terrible privilegio de su libertad está en poder obedecer o resistir  a los designios de Dios y cumplir o frustrar sus voluntades.

IV.- La mutua dependencia.


Dice San Pablo que es menester orar por todos, porque Dios quiere la salvación de todos. El cumplimiento de la voluntad divina de que se salven todos, no depende tan solamente de la libre cooperación de los que se han de salvar, sino también del celo, de las oraciones, de los esfuerzos de los que son llamados por Dios para atraer a la vía del divino servicio a sus hermanos.

Si el mundo no es cristiano, no es porque en el plan de la divina sabiduría hayan sido excluidos del festín aparejado para todos sin excepción, sino porque no encontró en los que fueron llamados al principio la cooperación necesaria para hacer gozar a los demás de su dicho. No es decir que la Iglesia haya faltado a su deber, que es una parte esencial de su misión.

 

Primera parte: naturaleza  del Apostolado de la Oración: fuentes de su eficacia


Los elementos que dan su fuerza a nuestro apostolado son: la oración, como modo universal de acción; la asociación, como condición necesaria para que sea eficaz la oración; la unión con el Corazón de Jesús, como fuente de vida para la asociación.

Capítulo primero: primera fuente de la eficacia del apostolado: la oración


ARTÍCULO  I.- La vida del alma es la gracia.


 La gracia es un don gratuito, superior a todos los bienes naturales. Es una participación de luz del amor y de la naturaleza de Dios; el medio único que nos ha sido dado de merecer la gloria del cielo y, en una palabra, la vida de Dios comenzada en el tiempo para consumarse en la eternidad.

Por la gracia se une nuestra inteligencia con el Verbo Divino y nuestra voluntad con el Espíritu Santo; y es tan real y estrecha esta unión, que no hay otra mayor después de la del Hijo de Dios con la Humanidad de Cristo en una sola Persona.

Por ella somos hijos de Dios y tenemos derecho a llamarle Padre, en un sentido más riguroso que por la creación. Por la creación somos siervos; solo por la gracia somos introducidos en su familia y nos convertimos en legítimos herederos.

Solo de Dios puede venir la vida de Dios: De suerte que si alguno, por abuso de su libertad, se despojare la gracia que en un tiempo recibió, no podrá recobrarla jamás, a menos que la misericordia divina venga a sacarlo del sepulcro, como en otro tiempo Jesucristo a Lázaro.

Es absolutamente necesaria la gracia actual, sin la cual el pecador no volvería jamás de muerte a vida. Y si queremos ayudar al prójimo a recobrar la gracia santificante,  y con ella la vida del alma, la vida de Dios. Podemos obtener para el prójimo, como cada uno para sí, las gracias actuales más poderosas; para ello tenemos un medio fácil, eficaz, infalible: la oración.

ARTÍCULO   II.- Poder  de   la   oración  para  alcanzar  la  gracia.


La oración es la expresión de un deseo, la humilde manifestación ante Dios de una necesidad. Pues se propuso obligarnos a una vida sobrenatural y divina, cosa tan superior al alcance del humano entendimiento y a las fuerzas de la voluntad, no pudo imponernos como medio de alcanzar esta vida, sino el deseo de ella y las humildes súplicas; y aun para eso tenía que prestar auxilio a la flaqueza nuestra, que por sí sola aun de eso era incapaz.

Es verdad que nada puede hacer sin que le prevenga Dios con su gracia; pero en el orden actual de la Pro­videncia, tampoco puede la gracia obrar con él acto alguno meritorio si él no presta su cooperación.

Es, pues, necesario que coopere el hombre a la gracia. Mas, entre todas las cosas que pudiera hacer para este fin, ninguna más fácil, ni menos costosa, ni más al alcance de todos, que el deseo libremente mani­festado de la misma gracia, la humilde y clara protes­tación de nuestra flaqueza; en una palabra: la oración.


ARTICULO  III.- Poder de la  oración para alcanzar las gracias necesarias al prójimo.


Por nuestras fuerzas naturales nada podemos en una obra que es toda sobrenatural. Este Padre, infinitamente misericordioso, ama a todas las criaturas, como obras que son de sus manos, pero más que todo a las almas; y para que las podamos salvar, nos ha dado un poderoso medio en la oración.

En la oración se cumplen las condiciones que pone Dios a sus auxiliares en la conquista de las almas. La primera es que cooperen con actividad; la segunda, que le dejen toda la gloria.

El Apostolado de la Oración sobrepasa todos los límites y rompe las barreras del tiempo y del espacio; trabaja a un tiempo en todos los ángulos del mundo y trabajará hasta el fin de los siglos; este Apos­tolado alcanza hasta donde alcanza el poder de Dios. La predicación es un canal que transmite la gracia a las almas por medio de la palabra; pero la oración se sirve para ello del mismo Todopoderoso mediador Jesús, a cuyos ruegos unimos los nuestros, para realizar en las almas sus santos deseos.


ARTÍCULO  IV.- Se demuestra el gran poder de la oración con la autoridad del Salvador.


No hay dogma en el código de la revelación cristiana mas claramente definido, ni más veces repetido, ni más expresamente que este; y si alguna dificultad se nos ofrece, es la de escoger entre tantas pruebas como nos suministran las profecías, promesas, comparaciones y parábolas que acumula el Espíritu Santo en el Antiguo y Nuevo Testamento, para inculcar esta verdad consoladora.


ARTICULO v.- Las promesas del Salvador se extienden a las oraciones que hacemos para el bien del prójimo.


¿Las promesas de Cristo a la oración, hecha con confian­za y perseverancia, alcanzan a la oración hecha en favor de otro, del mismo modo que si orara uno por sí mismo?

1.° Santo Tomás: todo lo que debemos desear en el orden sobrenatural, lo debemos pedir, pues en este orden todo está fuera de nuestro alcance. Es, por tanto, indudable que si es deber nuestro riguroso desear la salvación de todos los hombres, es igualmente obligatorio el deber de orar para alcan­zarlo.

2.° El Divino Maestro ha puesto algunas condiciones, a su infalible eficacia. Se ha de pedir en su nombre, lo que equivale a decir que nuestra oración se ha de apoyar en sus méritos y se ha de encaminar al fin supremo de su encarnación, que es la salud de nuestras almas; se ha de pedir, además, con fe total y perseverancia infatigable; pero, una vez llenas estas dos condiciones, no vemos que ponga límites a su liberalidad y a la eficacia de la oración.

Las promesas de Cristo se refieren, muy especialmente a la oración que nos enseñó del Padrenuestro.

Decimos, en resumen, con Santo Tomás, que si a veces la oración hecha en favor del prójimo no surte efecto, no es porque no alcanza eficazmente las gra­cias que pedimos a Dios, sino a causa de la resistencia con la que el pecador rechaza estas gracias; y añade más abajo que, como no podemos conocer el estado interior de un alma, a nadie hemos de negar el sufra­gio de nuestra oración.


Artículo VI.- Las promesas de Cristo alcanzan también a las oraciones de los pecadores.


Nueva dificultad. ¿Tienen alguna eficacia las ora­ciones hechas por sí o por otro, si el que ora está pri­vado de la gracia?

El mérito, que da derecho a la gloria, es obra de la gracia santificante y, por consiguiente, de la caridad, que hace al hombre justo e hijo de Dios; mas la eficacia de la oración es efecto de la gracia actual, que no pierde el pecador, porque se la concede Dios aun al que, por culpa mortal, ha perdido la gracia santificante, pues sin aquella, no podría recobrar esta.

Por lo tanto, lo mismo el justo que el pecador, pueden esperar alcanzar lo que piden, si su oración tiene las debidas condiciones.

Mas, ¿cómo es que almas en pecado, y por lo tanto abominables a los ojos de Dios, puedan ejercer tal imperio sobre su corazón, que no les pueda negar nada, ni aun sus más preciosos bienes?

Lo entenderemos si distinguimos con Santo Tomás, en estas pobres  almas, dos cosas que distingue perfectamente el ojo paternal de Dios: el pecado y la naturaleza. Detesta Dios el pecado, pero ama a la criatura, hecha a su imagen, en la que se conservan tantas buenas cualidades y aun muchas gracias que no desaparecen con el pecado. La ama con el infinito amor que le movió a enviar a su Hijo para salvarla; y de aquí resulta que, cuanto aborrece todo lo que nace del pecado, a causa de su divina santidad, tanto por su misericordia se inclina a acoger y favo­recer lo que nace de los hábitos sobrenaturales de fe y esperanza, que tanto ayudan al alma a recobrar la caridad.


Artículo VII.- Se muestra el poder de la oración por la doctrina de los Santos.

Ya sabemos hasta dónde se extiende el poder de la oración, pues con la lumbre celestial de las divinas Escrituras, hemos logrado penetrar las profundidades del consolador misterio de la gracia.

Se nos ha ense­ñado cómo nacen las almas a la vida de Dios y cómo la recobran después de haberla perdido.

En la oración hemos descubierto una atracción divina que hace bajar del cielo la luz y el calor; en ella nos ha dado el Verbo eterno un medio de alcanzar de su Padre todas las cosas.

Cómo han entendido los Santos estas divinas promesas.

Los Apóstoles fueron los primeros en proclamar esta eficacia omnipotente de la oración.

San Pablo, que escribe a los efesios: «Orad en todo tiempo, con mucho espíritu, ofreciendo toda clase de oraciones y súplicas, y velando con toda instancia por todos los Santos y por mí, para que se me conceda la gracia despredicar la divina palabra».

Los primeros cristianos sentían lo mismo de la necesidad y efi­cacia de la oración. Car­garon de cadenas en la prisión al Príncipe de los Apóstoles, «Toda la Iglesia se puso a orar sin intermisión»; y no fue engañada su esperanza: pues bien pronto cayeron las puertas y cadenas al suelo, y salió libre el Após­tol, devuelto al amor de los que le lloraban.



La historia del pueblo judío y del cristiano confirma esta importante verdad.

Moisés, Abraham y Josué son otros tantos ejemplos de la eficacia de la oración.

Los anales de la Iglesia registran prodigios de triunfos de la oración tan justa­mente llamada omnipotencia suplicante.

Testigos irrecusables de estos hechos son las fiestas instituidas en la Iglesia para recordarlos. Tales son las de la Exaltación de la Santa Cruz, Transfiguración del Señor, Rosario y otras, que deben su origen a mercedes insignes concedidas al pueblo cristiano por la invocación del nombre del Señor. Por la oración se libró Roma de la peste, en tiempo de San Gregorio Magno; Milán, en tiempo de San Carlos Borromeo, logró el mismo favor, así como más recientemente Marsella; y en recuerdo de tan grandes favores se instituyeron en Roma las Letanías mayores de San Marcos, y en Marsella la consagración de la ciudad al Corazón de Jesús. Viena, de Austria, fue preservada del incendio por las preces de San Mamerto, y esta singular merced dio origen a las Rogaciones y Letanías menores. Como Betulia debió su conservación a las oraciones de Judit, París se defendió del furor de Atila por las de Santa Genoveva, que fueron su forta­leza inexpugnable.

ARTICULO   IX.- Causas de la ineficacia de nuestras oraciones, y condiciones que deben tener.

I. Si de ordinario, nuestras oraciones mueven poco el Corazón de Dios, es porque les faltan las condiciones a que está vinculada su eficacia: Fe viva y firme confianza.

II. Otra condición que gusta a Dios es la  humildad, segunda fuente de su eficacia, la cual debe sernos tanto más fácil, cuanto que es el fruto natural de nuestra debilidad.

«La oración del que se humilla penetrará los cielos», dice el sabio. Las ora­ciones de los humildes jamás dejan de atraer las mira­das divinas; sus ruegos nunca son despreciados.

III. La tercera condición que asegura el fruto de nuestras oraciones es la perseverancia.

El consejo del Salvador: «Conviene orar siempre». «Causa de la ora­ción—dice Santo Tomás— es el deseo de la caridad, de donde procede aquella; y este deseo debe ser conti­nuamente vivo en nosotros, o en acto, o en la dispo­sición de la voluntad, la cual disposición existe en cuanto hacemos por caridad».

San Agustín enseña que por la fe, la esperanza y la caridad, como por un continuo deseo, estamos siempre en oración.



La oración es el medio seguro, concedido al hombre de hacer bajar a su corazón débil la gracia omnipotente de Dios. Es la condición esencial de la vida sobrenatural, y el medio más fácil, más indispensable, más universal, y más eficaz de salvación eterna.

Con la oración el hombre se acerca más a Dios, y ejerce a favor de sus hermanos un apostolado útil y fecundo en frutos sabrosísimos. En virtud de las promesas a ella hechas la oración, adornada de las condiciones necesarias, tiene una eficacia sin término, cuya acción e infalibles resultados no conocen otros límites que la bondad y el poder infinito de Dios. Verdad es que, en ciertas circunstancias, la malicia de una voluntad, obstinada en el mal, puede hacer estériles las gracias más preciosas; pero no es menos cierto que la llave de la oración había abierto a esa voluntad criminal los tesoros de la gracia. Y si el alma fiel y suplicante, interesada en la salvación del pecador, no se cansa de orar y de esperar; el poder de la oración es el de la caridad y del amor, y el amor es fuerte como la muerte.