domingo, 4 de julio de 2010

Beato Bernardo de Hoyos S.J., un beato para nuestro tiempo

Vida y misión apostólica (1711-1735)

La vida del padre Hoyos fue una vida oculta. Murió al comienzo de su «tercera probación», es decir, antes de que llegase a ser profeso con los últimos votos en la Com¬pañía.

Durante sus estudios vivió la experiencia del «despo¬sorio espiritual con Cristo».

Bernardo de Hoyos, a sus veinte años, se encuentra en lo que Santa Teresa llama las “sextas moradas”. La frase que Hoyos escribe en su Diario el 15 de agosto de 1731: “Yo soy Jesús de Bernardo, tú eres Bernardo de Jesús”, lo explica todo.

2.- La vocación de Bernardo de Hoyos

La vocación del padre Hoyos a este apostolado, por el que sería en España lo que fue para Francia santa Marga¬rita María de Alacoque, ocurriría en el año 1733.

3.- En la homilía de la beatificación, monseñor Angelo Amato

La beatificación del siervo de Dios Bernardo Francisco de Hoyos, de la Compañía de Jesús, supone una gran alegría para la Iglesia católica y, al mismo tiempo, un honor para España, tierra noble de santos y de mártires.

Significado de la beatificación del padre Bernardo Francisco de Hoyos?: un preclaro testimonio de la presencia en la Iglesia de sacerdotes santos – una exhorta a todos los consagrados y con¬sagradas del mundo, a vivir una existencia virtuosa, que sólo es posible como fruto de la gracia, que pro¬viene de los sacramentos de la reconciliación y de la Eucaristía - una invitación a los jóvenes cristianos permanecer firmes en sus buenos propósitos - a todos los fieles, nos ofrece un extraordinario mensaje de bondad y caridad. Él es un rayo del rostro Pascual de Cristo Resucitado. Él nos invita a confiar en el Corazón de Jesús, para obtener en ese copioso manantial el amor que debe animar nuestra vida de familia, nuestra vida social y nuestro trabajo. - Por último, el beato Bernardo recuerda que los bautizados estamos llamados a la santidad.

4.- Monseñor Renzo Fratini, nuncio de Su Santidad en España, con motivo de la beatificación de Bernardo de Hoyos

El P. Bernardo Francisco de Hoyos es una estrella fugaz, un jovencísimo sacerdote jesuíta, de 24 años, que cumplió en poco tiempo la preciosa misión que Jesús le confió mover los corazones al culto de su Sagrado Corazón, cuya «esencia, consiste en corresponder al infinito amor con que nos ama; y en reparar sus ofensas con cuantos obsequios puede inventar la piedad cristiana».
.Beato Bernardo de Hoyos S.J., un beato para nuestro tiempo


Vida y misión apostólica

1.- Datos sobre su vida

La vida del padre Hoyos fue una vida oculta. Murió al comienzo de su «tercera probación», es decir, antes de que llegase a ser profeso con los últimos votos en la Com¬pañía.

1711.- Bernardo Francisco de Hoyos nace en Torrelobatón el 20 de agosto. Acaba de terminar la Guerra de Sucesión y los Borbones se han instalado en España con la persona del rey Felipe V. El padre de Bernardo, Don Manuel de Hoyos, es el secretario del Ayuntamiento, y procede de la ciudad de Toro, mientras que su madre, Dña Francisca de Seña y Fuica, ha nacido y pasado su juventud en Medina del Campo.

¿Qué será de este niño que acaba de nacer a la sombra del gran castillo de Torrelobatón? En la primera biografía que se escribió de Bernardo de Hoyos, leemos: “Crió a Bernardo su madre con especial esmero y cuidado, diciendo algunas veces que tendría gravísimo escrúpulo del menor descuido, porque si perdía aquel hijo, le daba a conocer el cielo que le quitaba un gran santo”. (Vida I, cap 1, pár 2).

La infancia de Bernardo transcurrió sin novedad, como la de cualquier otro niño de Torrelobatón en aquel tiempo. Sí parece que le gustaba, de vez en cuando, subirse a un pequeño púlpito que había a la salida de la iglesia y desde allí repetía a la chiquillería lo que acababa de decir el cura. Poco más sabemos de sus travesuras de muchacho, que sin duda tuvo que hacerlas, dada su índole activa y su condición de liderazgo.

1721. A los diez años le envían sus padres a estudiar al colegio de los Jesuitas en Medina del Campo, el mismo colegio donde siglo y medio antes había estudiado San Juan de la Cruz. Vivía como alumno externo, ya que se hospedaba en cada de una tía suya. Si algo llamaba la atención en aquel muchachito de diez años era su deseo de aprender. Un deseo tan ardiente que le llevó un día a marcharse camino de Madrid, montado sobre un borriquillo. Iba en busca del que se consideraba entonces como el mejor colegio de todos: el Colegio imperial, del que le había hablado su tío Tomás, que vivía en Madrid.

Tras esta peligrosa aventura decidieron sus padres buscarle un colegio de gran prestigio y que, afortunadamente, no estaba lejos de Torrelobatón. En el colegio de estudios clásicos de Villagarcía pasará cuatro años, estudiando Gramática, Humanidades y Retórica. Formó parte de la Congregación Mariana, erigida en Villagarcía tan sólo unos años después de su fundación en Roma.

1726. A los quince años decide ser jesuita. Tras alguna oposición, primero por parte de sus padres que lo veían demasiado joven, y luego también por los Superiores de la Compañía, que lo veían por entonces débil de salud, supo encontrar Bernardo un gran valedor en el P. José Félix de Vargas, un anciano retirado a Villagarcía y que había ocupado puestos de alto gobierno en la Orden. Bernardo supo captarse la confianza y benevolencia de este Padre, logrando así su deseo. Este arte de saber captarse las voluntades de la gente será una de las cualidades que ayudará a Bernardo de Hoyos en su futura tarea de extender el culto al Sagrado Corazón.

Admitido en el Noviciado de Villagarcía en 1726, comenzará sus estudios de Filosofía dos años más tarde en la ciudad de Medina del Campo. Su estancia en esta ciudad se prolongará hasta octubre de 1731, en el que lo vemos ya entrar por la iglesia de lo que hoy es el Santuario de la Gran Promesa, en Valladolid.

Quedan dos años para que Bernardo, en 1733, reciba el encargo de extender por toda España el culto al Corazón de Jesucristo. ¿Qué ha sucedido en estos siete años que van de 1726, en que se mete jesuita, y 1733, en que recibe el “encargo” del Señor?

Bernardo Javier Hoyos fue conducido por la gracia de Dios por los caminos de una elevada vida mística. Este fue el motivo por el que sus superiores quisieron que co¬municase por escrito al padre Agustín de Cardaveraz los íntimos secretos de su vida espiritual, y que además la correspondencia entre ambos fuese siempre conocida por el padre Juan de Loyola.

La divina providencia dispuso así que aquel joven que moriría tan prontamente, y que no alcanzaría a publicar escrito alguno, pueda ser hoy conocido por las cartas que se conservaron en que el pa¬dre Cardaveraz respondía a sus consultas, y que son el principal testimonio de aquella elevada vida mística.

Durante sus estudios vivió la experiencia del «despo¬sorio espiritual con Cristo». Nadie sospecha las alturas por las que camina Bernardo, ya que exteriormente nada parece traslucirse de su camino interior. He aquí las palabras que re¬fiere haber oído dichas a él por Jesús:

«Alma escogida: yo te quiero por esposa... Igual es mi poder, mi grandeza, mi inmensidad, mi bondad, mis atri¬butos y mis perfecciones con las del Padre y el Espíritu Santo.
»Esto fue en nombre de la divinidad, y lo que sigue, de la humanidad santísima: yo soy Dios y Hombre; dotado, en cuanto hombre de todas las dotes correpondientes a mi dignidad... a mí se me ha entregado el mando de todo lo criado, siendo rey de todo ello.
»Esta hermosa máquina del universo con todas sus perfecciones me está sujeta como hacedor, en cuanto Dios y en cuanto heredero del cetro de Judá» (ob. cit., p. 125).

Al escribir esto en 1730, no había cumplido Bernar¬do Javier todavía diecinueve años y cursaba el tercer año de Filosofía. Es digno de notarse este texto por la conexión que siempre ha tenido el apostolado del Sagrado Corazón de Jesús con la afirmación del Reinado de Cristo en el mundo.


Lo cierto es que Bernardo de Hoyos, a sus veinte años, se encuentra en lo que Santa Teresa llama las “sextas moradas”. La frase que Hoyos escribe en su Diario el 15 de agosto de 1731: “Yo soy Jesús de Bernardo, tú eres Bernardo de Jesús”, lo explica todo.


2.- La vocación de Bernardo de Hoyos

La vocación del padre Hoyos a este apostolado, por el que sería en España lo que fue para Francia santa Marga¬rita María de Alacoque, ocurriría en el año 1733. La cer¬teza del llamamiento divino la expresaba así en carta al padre Juan de Loyola:

«Yo no se cómo me vienen estos pensamientos, por¬que yo discurro muy poco sobre esta materia y sin discur¬so —es decir, sin razonamiento propio— me lo hallo todo hecho» (p. 299).

Pero Dios había querido que el primer sentimiento de la voluntad divina viniese después de la lectura de unas páginas de la obra del padre Gallifet, el gran apóstol que en 1726 publicó en Roma su obra en latín Sobre el culto del sacrosanto corazón de Nuestro Dios y Señor Nues¬tro Jesucristo. El motivo de esta lectura fue el atender al ruego del padre Agustín de Cardaveraz que tenía que pro¬nunciar en la parroquia de San Antonio Abad de Bilbao un sermón en torno a la fiesta del Corpus Christi, y le pidió a Bernardo Javier le copiara algunos párrafos del primer capítulo de la obra.

Aquel gran teólogo del Corazón de Jesús argumenta¬ba, frente a los que ya entonces discutían sobre el origen de la devoción en «revelaciones privadas», que también la propia fiesta del Corpus había tenido su origen en las comunicaciones del Señor a santa Juliana de Falconieri, y apoyándose en esto defendía la autenticidad del mensaje contenido en los escritos de santa Margarita María de Alacoque.

Leyendo este libro descubre Bernardo la espiritualidad del Corazón de Jesús y queda impactado fuertemente, tan fuertemente que –recordando aquellos momentos- escribirá: “sentí en mi espíritu un extraordinario movimiento, fuerte, suave y nada arrebatado ni impetuoso, con el cual me fui luego al punto delante del Señor Sacramentado a ofrecerme a su Corazón, para cooperar cuanto pudiese, a lo menos con oraciones, a la extensión de su culto”

He aquí cómo refiere Bernardo Javier lo que Dios obró en él en ocasión de aquella lectura:

Día 3 de mayo (1733)
«Yo que no había oído jamás tal cosa, empecé a leer el origen del culto del Corazón de nuestro amor Jesús, y sentí en mi espíritu un extraordinario movimiento...»

Día 4 de mayo
«No pude echar de mí este pensamiento hasta que ado¬rando la mañana siguiente al Señor en la hostia consagra¬da me dijo clara e distintamente que quería, por mi me¬dio, extender el culto de su corazón para comunicar a muchos sus dones».

Día 5 de mayo
«Todo el día anduve con notables afectos al Corazón de Jesús, y ayer... repitióme la elección que había hecho de este indigno siervo suyo para adelantar su culto... que sería singular agrado suyo que esta provincia de su Com¬pañía tuviese oficio y celebrase la fiesta de su corazón...»

Día 10 de mayo
«El domingo pasado inmediato a la fiesta de nuestro San Miguel, después de comulgar sentí a mi lado este santo arcángel que me dijo cómo extender el culto del Corazón de Jesús por toda España y, más universalmen¬te, por toda la Iglesia, aunque llegará día en que esto suceda, ha de tener gravísimas dificultades, pero que se ven¬cerán; que él, como príncipe de la Iglesia, asistirá a la empresa...»

Día 14 de mayo: Ascensión del Señor
«Dióme a entender que no se me daban a gustar las riquezas de este corazón para mí sólo, sino para que por mí las gustasen otros. Pedí a toda la Santísima Trinidad la consecución de nuestros deseos. Y pidiendo esta fiesta en especialidad para España, en que ni aún memoria pa¬rece que hay de ella, me dijo Jesús: REINARE EN ESPA¬ÑA CON MAS VENERACIÓN QUE EN OTRAS MU¬CHAS PARTES (pp. 244 a 248).

Aunque el padre Agustín de Cardaveraz vivía, desde hacía muchos años, la espiritualidad del Corazón de Je¬sús, no se había sentido movido a difundirla en otros, y mucho menos a darla a conocer públicamente. En 1733, no había casi memoria de ella en España.


3.- Intensa labor apostólica para difundir la devoción al Corazón de Jesús

A Bernardo Javier Hoyos le daría la divina providen¬cia la oportunidad de cumplir el encargo recibido sólo en el período que va del mes de mayo de 1733 al mes de noviembre en 1735 en que había de morir. En aquel breve período el fervor de su acción, en especial por correspon¬dencia epistolar, iba a cambiar por completo la situación.

Persuadido Bernardo de que ésta es su tarea, se lanzará con todas sus fuerzas a cumplirla. Tiene tan sólo 22 años, es un simple estudiante de segundo curso de Teología; pero va a desarrollar una actividad inaudita.

Lo primero que hace Bernardo es elaborar un plan de acción en siete puntos muy concretos:
1) Ganarse a los jesuitas más influyentes
2) Publicar libros sobre esta devoción y culto
3) Difundir por doquier grabados y estampas
4) Extender por el pueblo fiel la novena al Corazón de Jesús
5) Lograr que los misioneros “populares” den a conocer esta devoción entre la gente.
6) Interesar a los Obispos de España para que pidan a la Santa Sede esta fiesta
7) Contactar con la familia real para conseguir el apoyo del rey ante la Santa Sede con vistas a obtener para España esta fiesta del Corazón de Jesús.

Pero ¿quién era él para llevar a cabo una tarea tan grande? El mismo escribirá que, ante tamaño encargo, “quedé algo turbado, viendo la improporción del instrumento y no ver medio para ello...” Sin embargo, siente que el Señor está con él dándole la fortaleza necesaria.

Esbozado el plan, cae en la cuenta de que –como en toda batalla- se necesita una vanguardia, pero también una retaguardia. La retaguardia estará formada principalmente por la Madre Ana María de la Concepción y sus religiosas cistercienses del convento de San Joaquín y Santa Ana. En una visita “muy larga y muy santa” que tiene con ella, “convinieron en que el negocio era muy arduo y que pedía muchas y fervorosas oraciones al mismo Sagrado Corazón de Jesús, y que se encontrarían muchas oposiciones”.

Para la vanguardia cuenta con el llamado “Grupo de los Cinco”: su director espiritual, el P. Juan de Loyola (47 años y fecundo escritor); Agustín de Cardaveraz, casi compañero suyo, buen predicador y pronto misionero popular en Guipúzcoa y Navarra, 30 años; Pedro Peñalosa, segoviano de 38 años, predicador y traductor de un libro del P. Croisset sobre el Sagrado Corazón; Juan Lorenzo Jiménez, compañero de estudios y entusiasta de Bernardo, 23 años; y, cerrando el grupo, el que tendrá mayor influjo en la extensión del culto al Sagrado Corazón: el famoso misionero popular Pedro de Calatayud, que dará “misiones” por toda España y Portugal, hablando de esta devoción y creando las primeras Cofradías del Corazón de Jesús. Tenía entonces 44 años.

Lo primero que hacen es consagrarse privadamente al Corazón del Señor, empleando la misma fórmula que años antes habían utilizado San Claudio de la Colombiére y Santa Margarita Mª de Alacoque. Esa fórmula era como el juramento secreto del Grupo y sus señas de identidad. Por ello procurarán que quienes se les vayan adhiriendo, se consagren al Corazón de Jesús con la misma fórmula.

Pronto se adhieren y apoyan al Grupo antiguos Padres Provinciales, Rectores, Maestros de novicios... Bernardo poseía unas dotes de persuasión verdaderamente notables. Estar apoyados en aquellos momentos por gente de autoridad y de peso en la Provincia jesuítica de Castilla era importante, pero no bastaba.


4.- Libros sobre la devoción al Corazón de Jesús: El Tesoro escondido

En 1734 el jesuita Pedro Calatayud publicó en Mur¬cia un libro sobre Incendios sagrados del Corazón de Jesús en las almas devotas. Aquel mismo año apareció en Pamplona la traducción de la obra La devoción al Sa¬grado Corazón de Jesús, del jesuita francés Croiset, dis¬cípulo de san Claudio la Colombiére y que había tenido intensa comunicación epistolar con la propia santa Mar¬garita María de Alacoque. También por iniciativa de Ber¬nardo Javier, su director y amigo el padre Juan de Loyola publicó en Valladolid la primera edición de su libro: Te¬soro escondido en el secretísimo Corazón de Jesús des¬cubierto a nuestra España. Siguieron las ediciones de Barcelona (1735) y Madrid (1736).

La impresión del libro pasó muchas peripecias: primero lograr que Loyola lo escribiese..., después que pasara la censura de la Orden (nada fácil por tratarse de una devoción “nueva”, muy combatida incluso en el ambiente romano....). Se logró el visto bueno de la censura... (Bernardo respiró...!); pero el Provincial exigió que se llevara el libro a Roma para ser estudiado por los Censores de la Curia oficial de la Compañía de Jesús. Nuevo retraso... Pasa el tiempo y no llegan noticias (Bernardo se decide a pedirlo en la novena de la Gracia). Por fin llega la respuesta positiva de Roma. Todo parecía solucionado. Pero, inesperadamente, el Provincial niega el permiso de publicación del “Tesoro escondido”. ¿Razón? Acababa de salir un libro, publicado por el P. Calatayud, que trataba del Sagrado Corazón... En efecto, el P. Calatayud había escrito por entonces un librito titulado “Incendios de amor”. Hubo que demostrar al P. Provincial que aquel libro era de tipo oracional, meramente piadoso...y que apenas nada tenía que ver con el Tesoro escondido. Estudiado todo, al fin el Provincial da el deseado permiso de impresión. Bernardo lo lleva a la imprenta de la Universidad..., comienza ya a corregir las primeras pruebas...y ¡otra dilación más! El Rector de San Ambrosio le pide que vaya a acompañar a un compañero enfermo, que necesitaba tomar “los aires de su tierra” por prescripción médica. Tenía que marcharse con él al pueblo de Villerías. Más tarde dirá Bernardo que esa fue una de las obediencias que más le costaron en su vida.

Por fin, el 21 de octubre de 1734 Bernardo comulgó llevando oculto en la sotana el libro tan intensamente deseado del “Tesoro escondido”. Para él había procurado toda una serie de indulgencias, como se estilaba entonces, concedidas por algunos Obispos, entre ellos el Arzobispo de Burgos Don Manuel de Samaniego y Jaca, que incluso le costeó la edición. Ese ejemplar se conserva hoy en el Archivo de Loyola.

El libro estaba ya en la calle y pronto vendrían otras ediciones. En los cuatro años siguientes se editaría no menos de ocho veces. Realmente fue un “best seller” de la época

5.- Grabados, estampas, cofradías y primera novena del Corazón de Jesús

Pero el libro no bastaba. Mucha gente entonces no sabía leer ni escribir. Se necesitaba algo que les entrase por los ojos: los grabados, las estampas. Y Bernardo trajo de Roma miles de estampas; incluso logró adquirir la plancha con la que Miguel Sorelló, buen grabador, había estampado una de las primeras láminas que se conocen del Sagrado Corazón. Con ella se multiplicarían tanto las estampas-grabado del Corazón de Jesús que, no sin cierta exageración, llega a escribir el P. Loyola: “se podía decir seguramente que apenas hubo lugar ni pequeña aldea en toda España, donde no se adorase por este medio el Corazón de Jesús”.

Además de los grabados, Bernardo de Hoyos recurrió a las novenas, muy apreciadas en el siglo XVIII. Con vistas a una expansión masiva el P. Loyola publicará una novena que llegará no sólo a los conventos, sino también a no pocas parroquias de nuestra Patria. El procedimiento era muy sencillo. Se metía en un sobre una estampa del Corazón de Jesús y la novena, y en él se escribía: A N. N...que Dios guarde muchos años, en la ciudad (o villa) de N. Y si se enviaba a un convento, se añadía una nota que decía: “El que remite a Vd esta estampa y novena, le ruega se digne introducir en su santa comunidad la devoción al Corazón de Jesús, y suplica a todas las religiosas que comulguen todos los primeros viernes de mes”.

Sin duda que el medio más eficaz para extender la devoción y culto al Corazón de Jesucristo fueron las misiones populares. Y el gran paladín de ellas era el P. Pedro de Calatayud. Hombre pasional y ardiente, encendido en celo de las almas, fue un predicador incansable de esta devoción. Gracias a las Cofradías del Sagrado Corazón, que siempre fundaba al terminar las “misiones” para mantener el fruto espiritual de las mismas, logró Calatayud sembrar esta devoción en regiones enteras de España. La primera Cofradía la creó en Lorca (1734). Cuando nos habla de sus “misiones” en tierras asturianas (1736) dirá: “sólo en Asturias superan el centenar”.

Si el P. Calatayud fue el realizador de las Cofradías del Sagrado Corazón, Bernardo de Hoyos fue su inspirador. Así lo reconoce el mismo Padre cuando, recién muerto el P. Hoyos, escribe: “Lo que puedo decir es que...él fue el impulso y motor para que yo publicase esta devoción desde el púlpito; para que la insinuase a varias y muchas comunidades religiosas y la abrazasen muchas almas...., para que yo fundase las Congregaciones del Corazón de Jesús...”

Terminados sus estudios de teología, organizará Bernardo en el mes de Junio de 1735, entorno a la fiesta del Corpus, la que fue la primera novena pública al Sagrado Corazón en nuestra Patria. Tuvo lugar en la Capilla llamada “de las Congregaciones marianas”, ante un cuadro que el mismo Hoyos mandó pintar y que luego se trasladaría a una de las capillas de la iglesia (el actual Santuario). Aquella novena fue todo un éxito, no sólo por la numerosa gente que acudió a ella, sino sobre todo porque –escribe Bernardo-: “...el Corazón Sagrado del Salvador se ha dejado conocer y, a lo menos, ha abierto la puerta para que se pueda hablar francamente de su causa en los púlpitos...”.


6.- Últimas labores apostólicas y muerte

Quedaban aún pendientes dos tareas por realizar: contactar con los Obispos y con la familia real. Ambas logró Bernardo llevarlas a cabo, valiéndose de otras personas. Para con los Obispos el contacto fue el Arzobispo de Burgos, quien envió a cada uno de ellos un ejemplar del “Tesoro escondido” y la petición de que, unido a los demás, solicitase del Santo Padre la fiesta, misa y oficio del Sagrado Corazón.

Esta misma petición lograría Bernardo que la hiciese el rey Felipe V , por medio de su Embajador ante la Santa Sede. ¿Cómo lo consiguió? Por medio del confesor real. Lo era entonces un jesuita escocés, el P. Clarke. Bernardo se enteró de su estancia en el palacio de verano, en La Granja de San Ildefonso, y le faltó tiempo para escribir inmediatamente a su querido P. Loyola (Rector entonces en el colegio de Segovia) para que se pusiera en contacto con el jesuita escocés y éste con el Rey.

Pero ya antes de esto, había enviado Bernardo a la familia real unos ejemplares de su libro junto con algunas estampas. Conservamos la carta que Don Juan de Idiáquez, Conde de Salazar y Duque de Granada, escribe de parte de la familia real: “Sus Altezas los príncipes Don Fernando VI y Dña María de Braganza me mandan manifestar a V.R su especial estimación y gratitud por tan singular regalo”.

Iniciado el mes de septiembre de 1735, Bernardo de Hoyos que se había ordenado de sacerdote el primero de enero de ese año, se traslada al colegio de San Ignacio, en la misma ciudad de Valladolid, para hacer su Tercera Probación. No la pudo acabar. En el mes de noviembre enfermó de tifus y quince días más tarde moría, abrasado por la fiebre. Era el martes 29 de noviembre de 1735. Había vivido solamente 24 años, tres meses y nueve días; pero supo vivirlos a fondo!

Es aleccionador y estimulante advertir la plena conciencia que tenían aquellos primeros apóstoles del Corazón de Jesús en España de que estaban iniciando una obra que por designio divino tenía que fructificar definitiva y universalmente en España y en el mundo. La certeza de que serían vencidas todas las dificultades que el mismo. Señor les había anunciado, es también para nosotros un renovado mensaje. El reinado del Corazón de Jesús en España, prometido en 1733, se habrá ido cumpliendo no tanto en la pública consagración oficial al Sagrado Cora¬zón, sino también y muy especialmente en la semilla fecunda de los mártires de la gran persecución de los años 1936-1939, que fructificará sin duda en el futuro.



La Beatificación de Bernardo de Hoyos S.J.


1.- Congreso del Corazón de Jesús

Como preparación del acontecimiento, la semana precedente tuvo lugar en la facultad de Derecho de la Universidad vallisoletana el Congreso del Corazón de Jesús bajo el lema «Me mostró su Corazón. Bernardo de Hoyos, testigo de una promesa para nuestro mundo» De entre las ponencias del fin de semana a que pudimos asistir, destacamos la impactante exposición a cargo de Alicia Beauvisage, y del padre Eduardo Marot, ex rector del santuario de Paray-le-Monial, responsables de los viajes de las reliquias de santa Margarita alrededor del mundo, que expusieron sus experiencias de cómo el mensaje del Corazón de Jesús es aceptado, comprendido y correspondido, sin la menor dificultad, por toda clase de personas, pueblos y razas. Seguidamente, el padre Máximo Pérez S.J., presentó una precisa síntesis biográfica del padre Hoyos. La clausura estuvo a cargo de monseñor Angelo Amato, con la ponencia titulada: «"Nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien quiera dar a conocer". El Corazón de Cristo y su amor redentor».

2.- Vigilia Juvenil de adoración en el templo de la Gran Promesa

En la noche de la víspera de la beatificación monseñor Francisco Cerro, obispo de Coria-Cáceres, presidió la vigilia juvenil de adoración en el Templo de la Gran Promesa, abarrotado de jóvenes, en que tras la proyección de un inspirado vídeo del nuevo Beato, glosó sus palabras al Corazón de Jesús, momentos antes de recib Gran Promesa: «Este es mi descanso para siempre, moraré en él, porque lo he elegido». Numerosos jóvenes se sucedieron en turnos de adoración hasta el rezo de Laudes al amanecer.


3.- El acto de la beatificación, actualización anticipo de la promesa de su reinado

Hace 62 años, el 22 de mayo de 1948, en la conmemoración del 25 aniversario de la con¬sagración de la ciudad de Valladolid al Corazón de Jesús y la entronización de la imagen del Corazón de Jesús sobre la torre de su catedral metropolitana, el entonces arzobispo monseñor Antonio García recibía del Vaticano el siguiente telegrama: «Excmo. y Rvdmo. Señor, el Santo Padre [Pío XII] pide al Corazón Divino de Jesús, que en la capital de esa Archidiócesis tiene un foco de luz y de amor.... que se realice en ella, antes que en otras partes, la promesa de su reinado». J. B. Montini, Substituto. Secretaría de Estado. El firmante sería luego papa Paulo VI.

En la mañana de este tercer domingo de Pascua, 18 de abril de 2010, los devotos del Sagrado Co¬razón, con ojos providencialistas, hemos podido contemplar el gran acontecimiento de la beatifi¬cación de su apóstol Bernardo, como el principio del cumplimiento de aquella petición del entonces Vicario de Cristo, y como confirmación de la plena vigencia de los designios del Corazón de Jesús de reinar en España que impulsaron al hoy silenciado gran arzobispo Remigio Gandásegui a consagrarle su diócesis y a erigirle su santuario de la Gran Promesa.

La plaza de Colón, donde se hallaba instalado el presbiterio, y la amplia avenida de Acera de Recoletos, estaban repletas de una multitud de más de veinte mil fieles. En repre¬sentación del Papa, el legado pontificio monseñor Angelo Amato presidió la Eucaristía. Con él se ha¬llaban el nuncio apostólico en España, el prepósito general de la Compañía de Jesús, el vicepostulador de la Causa padre Postigo, S.J.. y entre otros, el arzobispo de Toledo monseñor Braulio Rodríguez, el presidente de la Conferencia Episcopal Española monseñor Antonio María Rouco, numerosos obispos y representantes de congregaciones religiosas con el carisma del Corazón de Jesús, y en las primeras filas, diversas autoridades civiles y medio millar de sacerdotes.

Monseñor Amato iniciaba la celebración dicien¬do:

«El padre Hoyos es un rayo del rostro pascual del Cristo resucitado, que nos invita a confiar en el Corazón de Jesús, para obtener en ese copioso manantial el amor que debe animar nuestra vida de familia, nuestra vida social y nuestro trabajo».

Seguidamente, monseñor Ricardo Blázquez, arzobispo de Valladolid desde hacía apenas unas horas, tras leer una breve reseña biográfica del padre Hoyos, se dirigió al legado pontificio:

«Exce¬lencia, humildemente hemos pedido a Su Santidad Benedicto XVI que se digne inscribir en el número de los beatos al venerable siervo de Dios Bernardo Francisco de Hoyos».

En respuesta, el prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos dio lectura a la carta apostólica de Benedicto XVI:

«Acogiendo el deseo de nuestro hermano Ricardo Blázquez y de muchos hermanos en el episcopado y fieles, y después de haber consultado a la Congregación para las Causas de los Santos, concedemos que el venerable sierro de Dios, reli¬gioso, miembro de la Compañía de Jesús, testigo humilde del amor de Cristo y apóstol en la devoción del Corazón de Jesús, sea llamado beato y que su fiesta se puede asi celebrar el 29 de noviembre, día de su nacimiento para el cielo».

Un atronador aplauso entre ondear de estandartes y banderas siguió a estas autorizadas palabras del representante del Corazón de Jesús en la tierra, mientras el coro entonaba vibrante el «Christus vincit, Christus regnat, Christus imperat».

Tras el rito de beatificación y finalizada la Euca¬ristía, el arzobispo de Valladolid pidió la intercesión del nuevo Beato en nuestra actual situación socio-cultural «en la que se desatiende a Dios, e incluso se le declara indiferente a la vida humana. Como conclusión sonó por los altavoces el canto por distin¬tos coros diocesanos del tradicional himno del padre Hoyos. Al día siguiente, el presidente de la Conferencia Espiscopal Española, glosando el magnífico acto de la víspera, invitaba a sus miembros a comenzar la sesión con el canto del Oficio al Corazón de Jesús: Cor Iesu Sacratissimum, adveniat Regnum tuum... El beato Hoyos les inspiraba.


4.- Homilía de monseñor Angelo Amato

1. Queridos hermanos. La beatificación del siervo de Dios Bernardo Francisco de Hoyos (1711-1735), de la Compañía de Jesús, supone una gran alegría para la Iglesia católica y, al mismo tiempo, un honor para España, tierra noble de santos y de mártires. Aunque es verdad que su breve existencia terrena aconteció hace ya tres siglos, su fama de santidad ha sobrevivido los años difíciles de la supresión de la Compañía en 1773 y permanece todavía muy viva en España, en América Latina y lógicamente aquí, en Valladolid, al igual que en su pueblo natal. Son, además, muy numerosas las gracias obtenidas por su intercesión.

Si bien era pequeño de estatura y de delicada apariencia, el padre Hoyos es un gran testigo de la perfección cristiana, vivida con serenidad y ternura, pero con solidez y sin connotaciones pueriles. Fue un enamorado del Corazón de Jesús, cuya devoción predicó y propagó con todas las fuerzas de su amor y de su celo apostólico.

Ya desde el noviciado, cuando todavía tenía 15 años, recibió gracias espirituales extraordinarias que se intensificaron en los últimos años de su corta vida. Siendo joven estudiante de teología, el Señor le continuó enriqueciendo con visiones místicas espe¬ciales que le llevaron a difundir en España el culto público al Sagrado Corazón de Jesús. Pero Bernardo destacaba también por sus cualidades humanas poco comunes. De hecho, estaba dotado de una notable inteligencia, como lo demuestra el brillante resultado obtenido en la solemne disputa académica que tuvo lugar al final de sus estudios de filosofía.

Su originalidad espiritual consiste en la capaci¬dad de acoger, en armonía con la mística ignaciana, la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, según la impronta trazada por santa Margarita María de Alacoque.

Fue el primero, de hecho, en considerar la im¬portancia de esta devoción como un instrumento de santificación personal y de eficaz apostolado. La devoción al Sagrado Corazón no consiste en otra cosa sino en el culto al amor redentor de nuestro Salvador, cuya enseñanza se puede resumir en el único mandamiento del amor a Dios y al prójimo.

2. Con razón se le puede aplicar a nuestro Beato el íntimo diálogo entre Cristo Resucitado y san Pedro, que hemos leído en el Evangelio de hoy (Jn 21,15-17). Por tres veces Jesús dirige a Pedro la pregunta: «Simón, hijo de Juan, ¿me quieres más que éstos?». Y por tres veces, Pedro le responde: «Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero».

El beato Bernardo fue sometido al examen del amor durante toda su vida, pero sobre todo en los últi¬mos tiempos, cuando ya era sacerdote. Fiel miembro de la Compañía de Jesús, amaba a Cristo, su Señor, y sentía que era su bendito corazón el manantial de toda caridad. El Sagrado Corazón fue su verdadera escuela. Como el apóstol Juan, él reclinó su cabeza en el Corazón de Jesús, para contar al mundo la riqueza de este amor infinito.

Su entusiasmo por la devoción al Corazón de Jesús no se basaba en un sentimentalismo superfi¬cial, sino en una auténtica vivencia de caridad. La espiritualidad del Corazón de Jesús fue para él fuente de una cuádruple experiencia.

Fue primero y ante todo experiencia de transfi¬guración. Al poner su corazón junto al Corazón de Jesús, se convierte en un apóstol inflamado de cari¬dad. En el fuego, la leña se quema y da calor. En el Corazón de Jesús su corazón se quemaba de amor. Podía así repetir con san Pablo: «Ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí» (Gal 2,20).

Además, segundo, la espiritualidad del Sagrado Corazón significó para él una experiencia de acepta¬ción interior del sacrificio. El Corazón de Jesús es un corazón ensangrentado, traspasado y herido por los pecados y la traición de sus amigos y hermanos. Al beato Bernardo no le fue ahorrada la prueba dolorosa de la noche oscura y del gran abandono, que duró del 14-11-1728 al 17-4-1729.

En tercer lugar, la espiritualidad del Sagrado Co¬razón fue para nuestro beato una experiencia intensa de oración continua y de diálogo de amor. Escuchar el latido del Corazón de Cristo significa hablar con Jesús y así alcanzar la verdad de aquel que es la Verdad en persona.

Finalmente, la espiritualidad del Sagrado Corazón supuso para el beato Bernardo de Hoyos una experiencia de santificación. Él buscó en el Corazón de Cristo el alimento para su fe, la ayuda para su fide¬lidad sacerdotal, la creatividad para su apostolado y la alegría de su vida de gracia.


3. ¿Qué significado tiene hoy la beatificación del padre Bernardo Francisco de Hoyos? La respuesta es múltiple.

A nuestro parecer, tal acontecimiento eclesial es sobre todo un preclaro testimonio de la presencia en la Iglesia de sacerdotes santos. En este año sa¬cerdotal, nuestro beato dice a todos los sacerdotes del mundo una palabra de estímulo para vivir con alegría la sublime misión del anuncio del Evangelio, según el ejemplo de san Ignacio de Loyola, del Santo Cura de Ars, de san Juan Bosco, de san Damián de Veuster, el héroe de los leprosos de Molokaí, de san Pío de Pietrelcina.

En segundo lugar, como religioso, exhorta a sus hermanos, y también a todos los consagrados y con¬sagradas del mundo, a vivir una existencia virtuosa, que sólo es posible como fruto de la gracia, que pro¬viene de los sacramentos de la reconciliación y de la Eucaristía. Es posible superar la fragilidad humana y vivir en gracia sólo si permanecemos estrecha¬mente unidos al Corazón de Cristo y a su perdón y misericordia. No hay atajos ni caminos fáciles. Sin la gracia que brota del Sagrado Corazón de Jesús no se puede vivir la santidad.

Por otra parte, Bernardo de Hoyos, muerto cuando apenas contaba veinticuatro años, pocos meses después de haber sido ordenado sacerdote, es una invitación a los jóvenes cristianos permanecer firmes en sus buenos propósitos y es también un empuje para aquellos jóvenes que sienten que el Señor les llama a dar una respuesta generosa y definitiva.

A todos los fieles, además, el beato Bernardo nos ofrece un extraordinario mensaje de bondad y caridad. Él es un rayo del rostro Pascual de Cristo Resucitado. Él nos invita a confiar en el Corazón de Jesús, para obtener en ese copioso manantial el amor que debe animar nuestra vida de familia, nuestra vida social y nuestro trabajo.

Por último, el beato Bernardo recuerda que los bautizados estamos llamados a la santidad. La vocación de los discípulos, de hecho, es la santidad. «Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto». (Mt 5,48). Nuestro Beato nos exhorta a vivir «como conviene a los santos» (Ef 5,3). La santidad no debe ser exclusiva de los sacerdotes ni de los consagrados. Todos los cristianos estamos llamados a la plenitud del amor. La santidad de los laicos es hoy más necesaria que nunca para promover un estilo de vida más humano y para introducir en la sociedad terrena aquellas virtudes evangélicas que fa el bien y la verdad.

4. «Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios, y Dios en él» (1Jn 4,16). Como en el beato Bernardo, también Dios ha derramado en nosotros su amor por medio del Espíritu Santo que nos ha sido dado (Rm 5,5). Ayudados por su ejemplo e intercesión, hagamos crecer la caridad en nuestro corazón, como una buena semilla que da frutos buenos.

Para finalizar, queremos expresar nuestra gratitud al Santo Padre por el precioso regalo de esta Beatificación. El Papa ama mucho a España y a todos los españoles y reza para que vuestro pueblo continúe dando testigos ejemplares del Evangelio de Jesús como el beato Bernardo de Hoyos. Amén.



«En lo profundo del mensaje de la vida del nuevo beato percibimos la urgencia de una tarea que realizar y para la que Dios cuenta con nosotros»
Comunicado de monseñor Renzo Fratini, nuncio de Su Santidad en España, con motivo de la beatificación de Bernardo de Hoyos
EN estos primeros meses en que inicio la tarea que el Santo Padre me ha confiado al servi¬cio de la Iglesia que peregrina en España, es para mi ocasión de gran estímulo y esperanza la concurrencia de varias beatificaciones de hijos de esta querida nación. Veo en ello significada la poderosa acción del Espíritu Santo que actúa di¬versamente en cada caso enriqueciendo a la Iglesia universal, lo cual no puede sino revertir en bien de nuestras comunidades eclesiales.

El P. Bernardo Francisco de Hoyos es una estrella fugaz, un jovencísimo sacerdote jesuíta, de 24 años, que cumplió en poco tiempo la preciosa misión que Jesús le confió mover los corazones al culto de su Sagrado Corazón, cuya «esencia, consiste en corresponder al infinito amor con que nos ama; y en reparar sus ofensas con cuantos obsequios puede inventar la piedad cristiana».

El P. Hoyos vio el sentido de su vida desde aque¬llas palabras del salmo «¿Con qué pagaré el bien que me ha hecho?» (Sal 115). Su vida la considera una deuda de agradecimiento, una correspondencia al encendido amor del Verbo hecho carne que nos da todo bien entregando su vida por nosotros en la Cruz. Esa correspondencia la vive en la contem¬plación del sufrimiento del Corazón «traspasado por nuestras rebeliones» (Is 53, 5), en el espíritu de servicio y en el ejercicio de la humildad como nos dice su primer biógrafo: «se ejercitaba en los ofi¬cios humildes y en cuanto podía hacerle semejante al humilde Corazón de su amado Jesús, que estaba muy en lo más íntimo de su corazón».

De ahí nacía en el P. Hoyos el ímpetu del celo apostólico. Buscar el Reino de Cristo en la vida, en la sociedad humana, emprendiendo empresas vivifi¬cadas por el amor de Cristo, amigo de los hombres, que busca la amistad de las personas, dándonos la capacidad de contribuir en la obra de la creación con la bondad que sólo El puede derramar en nuestros corazones mediante el don de su Espíritu Santo.

En el culto al Corazón del Redentor nos vemos amados con un corazón de carne, exactamente como el nuestro menos en el pecado (Cf. Heb 4, 15). Es muy curioso comprobar que, precisamente cuando el hombre en los últimos siglos siente la tentación de experimentar su libertad como un derecho sub¬jetivo, sin referencias a la razón, a la objetividad de su naturaleza, se producen entonces como efecto las ideas bien de un Dios lejano que nos ha dejado a nuestra suerte sin intervenir en nuestra vida; o bien de un Dios a mi semejanza, donde proyecto lo que yo soy o me gusta, así como también una religión a la carta, donde mi compromiso lo mide lo que cada uno está dispuesto a aceptar según su particular criterio.
Es en este contexto donde la devoción al Corazón de Jesús aparece como un camino que nos conduce a lo auténtico, a sanear nuestra relación con Dios y con nuestros hermanos, a recuperar realmente el ámbito de la libertad que sólo se fortalece en la relación con Cristo. Como nos dicen los últimos pontífices, es en esa relación donde somos capaces de descubrir el fin y el sentido de nuestra vida, «a permanecer alejados de ciertas perversiones del corazón y a unir el amor filial a Dios con el amor al prójimo».

El conocimiento que el hombre encuentra en la fe le pone ante la realidad de ser amado por Dios. Este misterio, siendo inabarcable, le adviene como algo que le permite crecer, y le hace capaz de lo más grande, de entregarse totalmente sin esperar nada a cambio.

En lo profundo del mensaje de la vida del nuevo beato Bernardo Francisco de Hoyos percibimos la urgencia de una tarea que realizar y para la que Dios cuenta con nosotros. Esa tarea es un oficio de amor que tiene su fuente en el misterio de Cristo que trans¬forma nuestra propia vida. Como enseña el Santo Padre Benedicto XVI al hablar del culto al Corazón de Jesús con ocasión del quincuagésimo aniversario de la encíclica Hanrietis aquas:

«cuando practica¬mos este culto no sólo reconocemos con gratitud el amor de Dios, sino que seguimos abriéndonos a este amor de manera que nuestra vida quede cada vez más modelada por Él... la experiencia del amor surgida del culto del costado traspasado del Re¬dentor nos tutela ante el riesgo de replegarnos en nosotros mismos y nos hace más disponibles a una vida para los demás».

Hago un llamamiento en particular a los jóvenes. El P. Hoyos es un precioso testimonio de los que ellos más codician. Sí, existe un amor que es capaz de llenar completamente el corazón y de empeñarlo en una gran tarea cargada de ilusión, portadora de luz y esperanza a los hombres con la entrega propia vida. Ese amor es Cristo Jesús. Este jesuíta nos enseña cómo vivir la amistad con dándole el primer lugar en la vida.

Al felicitar a la Iglesia que peregrina en España y en particular a la archidiócesis de Valladolid y a la Compañía de Jesús, expreso mis mejores de que esta beatificación sea ocasión de renovar la apertura de nuestra voluntad a la de Dios para que «su Nombre sea santificado así en la tierra como en el cielo».
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martes, 29 de junio de 2010

Bernardo de Hoyos S.J. un beato para nuestro tiempo


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sábado, 8 de mayo de 2010

“Un nuevo estado corporal – Transfiguración de la vida”


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II PARTE: EL CUERPO DEL RESUCITADO – II .- EL RESUCITADO Y EL CADÁVER DE JESÚS

En este capítulo, el P. Igartua expone la doctrina de fe de la Iglesia en relación con identidad entre el cadáver sepultado en el sepulcro de José de Arimatea y el Resucitado.

1. La fe y la identidad con el cadáver

Dos son las cuestiones que examina en este apartado: por una parte muestra la identidad numérica entre el cuerpo glorioso resucitado y el cadáver enterrado el viernes santo y por otra expone los textos del Nuevo Testamento que expresan esta identidad numérica.

2. Resucita un cuerpo humano orgánico

En este apartado se pone énfasis en mostrar que el cuerpo resucitado, el cuerpo glorioso de Cristo que tiene propiedades distintas a las que tenía antes de la Resurrección es un cuerpo orgánico que tiene todos los órganos que corresponden a un cuerpo humano.

Que esto es así en la fe de la Iglesia lo pone de manifiesto con dos cuestiones: una, por la devoción al Corazón de Jesús que profesa la Iglesia y que Pío XII en la Encíclica "Haurietis aquas" explica mostrando el culto al Corazón de Jesús se refiere no sólo al Corazón que tenía el Salvador durante su vida terrena, sino que también se refiere al Corazón de Jesús que palpita en Jesucristo glorioso resucitado y que habita en el cielo. Otra, la condena de Orígenes realizada por el Papa Vigilio, en relación con la afirmación de aquél, por influencia del neoplatonismo, de que en la resurrección los cuerpos resucitados serán esféricos

3. Verdades de la fe conexas con esta identidad

Finaliza el capítulo explicando las siguientes verdades de fe conexas con la identidad numérica entre el cuerpo glorioso resucitado y el cadáver enterrado en el sepulcro de José de Arimatea:

La primera condición de Adán; La doctrina de san Pablo sobre la resurrección de los muertos en la resurrección de los hombre el último día; el misterio de la Eucaristía que exige que el resultado de la consagración sea el Cuerpo de Cristo y finalmente el dogma de la Parusía que exige que será reconocido cuando venga a juzgar a vivos y muertos el último día, con la Segunda Venida.



II PARTE: EL CUERPO DEL RESUCITADO
CAPÍTULO II.- EL RESUCITADO Y EL CADÁVER DE JESÚS



Algunos exegetas católicos, en su deseo de acercar posicio¬nes y no poner estorbos a las nuevas exegesis preconizadas por el racionalismo de nuestros días en sus nuevas corrientes, han llegado a poner en duda, al menos cuanto a su necesidad, la de tener que aceptar que el cuerpo resucitado de Jesús sea el mismo que el cadáver que fue enterrado por José de Arimatea en su sepulcro. La polémica desatada en Francia hace unos años por el libro de X. León-Dufour, por el prestigio bien ganado del conocido exegeta francés, puso el problema en la calle.

Sin dejar de reconocer los diversos y destacados valores que el libro contiene, mostrando un gran conocimiento del asunto por el autor -que aparece también en la copiosa bibliografía, pp. 363-370- el punto que expresamente queremos abordar aquí es el relativo a lo sucedido con el cadáver de Jesús en la sepultura de Arimatea, y su relación con el hecho de la resurrección. Dufour reconoce la resurrección y la sepultura previa como hechos reales, y de la sepultura habla como de «histórica, aunque con típica ambigüedad luego presenta la sepultura hecha por José de Arimatea en su sepulcro nuevo excavado en roca, solamente «como muy verosímil, sin llegar a la plena certeza» (p. 283), sin que aporte prueba alguna de esta incertidumbre.

Pero, al «interpretar» el hecho real de la resurrección «en lenguaje apropiado para el hombre de hoy», incurre en importantes ambigüedades, y parece dejar al aire la verdadera relación de identidad existente entre el cuerpo resucitado y el cadáver sepultado de Jesús. Después de explicar la concepción tradicional de identidad entre el cuerpo glorioso y el sepultado tres días antes, viene a ponerla en duda, basándose, sin fundamento real científico, en la noción biológica actual científica de la estructura genética de la materia, que da origen a lo que llamamos cuerpo humano. Nos habla de un cuerpo «histórico» de Jesús en vida o sea «aquello que a lo largo de su existencia fue el lugar de su expresión y comunicación con los demás hombres, hasta su muerte», y aun acepta que el cadáver forma parte también del «cuerpo histórico» (p. 318). Pero, al aceptar que fue asumido de este modo por el Cristo glorioso, nos llega a decir que el modo preciso como lo recuperó escapa a nuestro entendimiento «por razón del misterio» (ib).

El cuerpo, puesto en el sepulcro, «no vuelve simplemente al universo al que pertenece, sino que es asumido plenamente por Cristo vivo, que transforma el universo integrándolo en él» (p-319). Y con mayor claridad aún contrapone su interpretación a la tradicional de la Iglesia (que, ciertamente, nunca ha sido la de la «reanimación del cadáver», como en Lázaro), añadiendo estas palabras finales y decisivas: «Algunos quisieran ir más lejos todavía, y precisar lo que ha sucedido con el cadáver de Jesús. Sin embargo, la Escritura no dice más que una cosa: las mujeres fueron al sepulcro, y en él no encontraron el cuerpo de Jesús. En esto se basa el lenguaje en que los discípulos podían expresarse. Querer precisar más es aventurarse en el terreno de hipótesis, olvidando que la resurrección es objeto de fe y no ciencia. El interés de la fe en Cristo resucitado va por otro camino» (p. 319).

Deseamos hacer ver que tanto la fe como la ciencia no pueden permanecer ajenas a la relación entre el cuerpo resucitado de Jesús y su cadáver, que estaba en el sepulcro, a pesar de este ambiguo y extraño parecer de Dufour, que precisamente por este punto levantó en Francia una aguda polémica. Hacemos constar, otro parecer extraño, si se une con ése; Dufour rechaza (al menos en la edición española, posterior a la nota del Episcopado, no sabemos si en la edición primera francesa) la frase, que llega a ser típica por lo extravagante en alguno, de que tal vez podría hallarse, sin detrimento de la fe, algún día «el esqueleto de Jesús en el sepulcro» (p. 320, nota). Creemos que todo este problema es de gran importancia en la dogmática católica, y aun en el lenguaje humano elemental. Ha de hablarse sin ambigüe¬dad de las verdades, aunque nos sobrepasen, pues de lo contra¬rio nunca se resuelven los problemas ni puede quedar satisfecho el pensamiento humano.


1. La fe y la identidad con el cadáver

El cuerpo glorioso resucitado es numéricamente idéntico al cadáver

Comencemos por lo más importante y grave, que, sin duda, es el campo dogmático de la fe recta. Examinemos si podría con¬cordar con su plenitud revelada quien quisiese interpretar que el cadáver de Jesús, en su nueva vida distinta y superior (aunque nunca como en los casos de resurrección de Naim, Jairo o Láza¬ro), podría de algún modo no ser idéntico numéricamente con el cuerpo glorioso del resucitado. Al pronunciar la palabra «numé¬ricamente» queremos expresar, con un término de valor humano y filosófico, la real identidad material (aun cuando la materia se transforma) de cadáver y cuerpo glorioso, como un solo y mismo objeto material, aunque en situación y estado diverso de muerte y vida, y ésta nueva también y diversa. Desde luego, si no es uno mismo en identidad, resulta lo que se pretende, que la resurrec¬ción no es un hecho histórico, que ya hemos expresado de qué forma puede entenderse.

Tomemos, en primer lugar, algunos datos del pensamiento de los autores sagrados. En la interpretación de su pensamiento no parece que puede caber duda acerca de la identidad, que, por lo demás, hay que reconocer que pertenece a su mente, ya cuanto a su forma antigua hebrea, que suponía en el AT la plena unidad de alma y cuerpo (y en toda sana filosofía, podríamos decir, el alma da vida actual al cuerpo y lo organiza), ya en cuanto a la nueva mentalidad helenizante extendida entre los judíos, que supone la distinción entre espíritu y cuerpo orgánico. Esta ha invadido también las mentes del tiempo de Jesús apóstoles, y no por ser posterior ha de ser menos verdadera, sino más bien como un avance del pensamiento.

Tal distinción, admitiendo el espíritu como inmortal a diferencia del cuerpo que muere, se hace patente en Jesús mismo y en san Pablo (1 Cor 5, 6-80; 2 Cor 12, 2-3). La S. Congregación de la Fe, el 17 mayo 1979, publicó un documento sobre cuestiones de Escatología, aprobado por Pablo VI, cuyo punto 3 dice en el original latino: «La Iglesia afirma la continuación tras la muerte de un elemento espiritual, el Yo, que carece durante ese tiempo (interim carens complemento sui corporis) del complemento corporal» (AAS, 1979, 941). Esto estaba ya comprendido en la defini¬ción de Benedicto XII, sobre la inmediata adquisición del des¬tino eterno del alma, sin esperar a la resurrección final (Denz 530-31).

Textos del NT sobre identidad numérica

No estará de más que notemos algunos textos importantes del NT, que exigen la identificación del cadáver con el cuerpo glorioso en vida nueva, en la identidad numérica. El notable dis¬curso de Pedro el día de Pentecostés, y su argumentación, es el más antiguo testimonio de esta identificación, y corresponde al de la resurrección (a sólo cincuenta días) y de su impacto en las mentes del pueblo, que además (no lo podemos olvidar) se componía en sus miles de oyentes de pueblos y razas y mentalidades diferentes, pero todos hombres (Act 2, 9-11). Pedro, ante la gran multitud reunida ante el cenáculo atraída por los ordinarios fenómenos sucedidos, les habla «con confianza» de un hecho relacionado con el salmo 15(16) de David, y luego del salmo 109. ¿Cuál es el hecho que menciona? David dice en el Salmo: «No permitirás que tu Santo vea la corrupción» (Sal 15,10).

Aunque el texto hebreo pueda decir «vea la fosa», es evi¬dente que habla de la permanencia en el sepulcro, como han tra¬ducido los LXX al griego, pues no se puede pretender que el Salmista pida la inmortalidad, evitando totalmente para siempre la fosa o sepulcro. Si habla del sepulcro (la fosa) es porque es el signo de la corrupción del cadáver, y así de la desaparición total de los restos del hombre. Hay que añadir que los LXX, traduc¬tores clásicos al griego, con gran autoridad común en esta ver¬sión célebre, eran (sean quienes hayan sido), perfectos conoce¬dores del hebreo y del griego, y no es de creer que hayan cam¬biado arbitrariamente una cosa por otra. El cambio se debe a que esta idea de la corrupción era el verdadero sentido del verso, y está implícita en su texto, y es la que le da valor real.

Entonces alega simplemente: «El sepulcro de David se halla entre nosotros «hasta el día de hoy». Es una alegación en presen¬cia de miles de oyentes, que conocen la verdad de lo que se dice. Históricamente cierta o no, la realidad del sepulcro de David (y en un punto como éste de una gloria nacional tan grande, no se puede pensar que haya engaño), muestra con deslumbrante claridad el pensamiento de Pedro. Está el sepulcro, y todos enten¬demos que dentro de él están los restos del rey David, autor del Salmo. Si a los tres o cuatro días se descompone el cadáver entre los judíos, aun el de los reyes (pues no hay señales de que practicasen un embalsamiento como el de las momias egipcias), no puede el autor del Salmo haber anunciado con verdad que no verá la corrupción, pasados ya mil años de la muerte propia.

¿De quién habla pues el Salmista, inspirado por Dios, al hacer esta afirmación en su canto sobre el Amado de Dios? No de otro sino de su célebre sucesor esperado, que es el Mesías «Como profeta habló de la resurrección del Cristo (Mesías) que es éste Jesús» (Act 2, 31-32). Así, Pedro señala el sepulcro de Jesús, que todos conocían por los rumores difundidos por los soldados y porque era Jesús un profeta recientísimo conocido de todo el pueblo, y afirma que este sepulcro no contiene un cadá¬ver corrompido, sino que está vacío de cadáver. Su argumenta¬ción es admitida en silencio por varios miles de oyentes. No se hubiese atrevido Pedro a decir esto si el cadáver estuviese en el sepulcro, y pudiese alzarse una voz contradictoria de irrisión, alegando una mentira. Pasados varios años, Pablo utilizará pre¬cisamente el mismo argumento en Antioquía de Pisidia, con lo que muestra el valor del texto para los apóstoles (Act 13, 34-37). Los evangelistas, al hablar de la resurrección de los muertos, la escatológica, que se hace por la fuerza de Jesús resucitado, dicen expresamente que «salen de los sepulcros», tanto san Juan como san Mateo (Jn 5, 28-29; Mt 27, 53). O sea que salen sus propios cuerpos, aunque en el caso universal sea un misterio para nosotros, del cual ahora no tenemos que ocuparnos, por no ser su lugar. Pero no tenemos más remedio que pensar en el caso del propio Jesús, cuyo cadáver estaba en el sepulcro: ¿Cómo podrían entender que Jesús resucitado no salió del sepulcro?

Esta misma mentalidad es la de Pablo en su carta a los Corintios cuando proclamaba el célebre kerigma del c. 15: «Murió - fue sepultado - y resucitó al tercer día» (1 Cor 15, 3-4). Pretender separar las dos ideas claves de la frase, la de sepultura y la de la resurrección, como independientes entre sí, parece ignorar una elemental exegesis literaria. Para Pablo es el cuerpo sepultado el que resucita al tercer día, dejando el sepulcro.

Esta identificación numérica del sepultado como cadáver con el cuerpo glorificado en la nueva vida aparece de modo patente en otro texto paulino, lleno también de resonancias dogmáticas, en la última carta del apóstol, que es la segunda a Timoteo «Acuérdate de Jesucristo, resucitado de los muertos, de la descendencia de David, según mi evangelio» (2 Tim 2,8). Este dato de la fe de su evangelio, no se puede dividir en el texto, como si dijese: «El que ahora ha resucitado fue en vida del linaje de David» No. Lo que dice es que el que ahora ha resucitado sigue siendo del linaje de David, después de su resurrección, es decir conserva sus características humanas como tal hijo de David según la descendencia corporal, aun después de haber resucitado. Señala Pablo que después de la resurrección sigue perteneciendo a la raza humana, según su determinado linaje y descendencia de Hijo de David.

Se debe añadir que la forma de proclamar la resurrección: «viniendo de los cadáveres» (ek nekrón) es típica de Pablo al hablar de la resurrección, y muestra su convicción personal. Los resucitados, y Jesús el primero de todos, vuelven del reino de los cadáveres (nekrós-oú) a la nueva vida. Del mismo modo expresa este dogma san Ignacio de Antioquía, en relación con la Eucaristía: «Quiero el Pan del cielo, que es la carne de Jesu¬cristo (sarx), el cual viene del linaje de David». (Rom VII, 3.) El Jesús de la Eucaristía, que es el resucitado, es para Ignacio «carne del linaje de David».

Con una concepción semejante dirá brillantemente el Crisóstomo, hablando de la resurrección de Pedro y Pablo, desde Roma, donde están sepultados: «No resplandece el sol al enviar sus rayos, como resplandecerá la ciudad de Roma enviando estos dos fulgores por toda la tierra. Considerad y admirad qué espectáculo ha de ver Roma. De aquí saldrá Pablo, de aquí Pedro. De repente, saliendo del sepulcro Pablo con Pedro, subi¬rán al encuentro del Señor. ¿Oh, qué rosa enviará Roma hacia Cristo!» (In epistol. ad Rom. sermo 22).
2. Resucita un cuerpo humano orgánico

El cuerpo resucitado es un cuerpo orgánico

Para que no quede duda alguna en lo que queremos afirmar sobre el cuerpo resucitado, no diremos solamente que Jesús resucita con un cuerpo real, sino que diremos concretamente que resucita con un cuerpo humano orgánico. Es decir que su cuerpo resucitado es un organismo físico de la especie humana, aunque con algunas condiciones físicas modificadas. Tal organismo humano debe tener, si es de la especie humana que fue la de Cristo, y es la nuestra, todos aquellos órganos que corresponden a la fórmula genética, que es la clave de la especie humana. Tal organismo, en Jesús de Nazaret, es del sexo masculino aun habiendo nacido de una mujer virginalmente, lo cual supone otro milagro, pues la mujer sólo por el concurso del varón obtiene para el hijo el carácter masculino (XY). Ni basta que mantenga la fórmula genética humana, como la mantiene, por ejemplo, un feto sin su completo desarrollo, sino que debe ofre¬cer el complejo organismo de miembros exteriores y órganos interiores que forman un verdadero cuerpo humano masculino desarrollado y viril. Si no los tiene, no es pleno hombre, pues no podemos suponer que le falten por defecto.

El culto al Corazón de Jesús

Que el cuerpo resucitado de Jesús siga siendo un organismo humano, aparece con toda claridad en el culto con que la Iglesia oficialmente venera (litúrgicamente, con Misa y Oficio de rango de Solemnidad) al Corazón de Jesús. La doctrina de Pío XII en la Haurietis Aquas muestra con evidente claridad que la Iglesia adora el Corazón humano de Jesús resucitado, por estar unido hipostáticamente con la persona divina del Hijo, lo mismo que el resto de su cuerpo. Y esto no sólo en su vida mortal, sino también actualmente, tras su resurrección, sentado a la derecha en la gloria del Padre (H. Aquas, AAS, 1956, 310, 316, 323-4, 334, 337,344). Aunque lo venera como signo humano del Amor.

Antiguamente Orígenes, defendiendo, al parecer, respecto de la resurrección una concepción espiritualista, a la que, sin pensarlo, se acercan algunos teólogos o exegetas modernos en este punto, afirmó que los cuerpos humanos resucitan «esféricos». Tan extraña concepción, que asemejaba a los resucitados a los ángeles, de los que antiguamente se pensaba que son los que mueven las esferas celestes en su rotación universal, rechazada por la Iglesia en cuanto a la resurrección, con una condena de la tesis origeniana que hoy hace asomar una sonrisa en el labio del lector moderno.

La condena de Orígenes

El papa Vigilio, en las difíciles circunstancias provocadas por dominio absoluto del emperador Justiniano en Bizancio (Constantinopla), suscribió la condena de algunas proposiciones de Orígenes, y entre estas condenas afirmó lo siguiente: «Si alguno dice o siente que en la resurrección de los cuerpos de los hambres, resucitarán en forma esférica, y no confiesa que resucitaremos rectos, sea anatema». (Denz B. n. 207, año 543.) Es evidente que bajo la curiosa fórmula «resucitaremos rectos» se quiere significar, como contrapuesta a «esféricos», que los cuer¬pos humanos resucitarán según su propia forma y condición orgánica.

Tal afirmación que proponemos, de cuerpos orgánicos resu¬citados, con organismo propiamente humano, en pleno desarro¬llo de miembros y órganos, aparece clara en el primer resucita¬do, modelo de todos, Jesús de Nazaret, conforme a sus aparicio¬nes evangélicas. Tiene figura humana externa como antes, su rostro es conocido e identificable, tiene miembros y cabello como antes, habla con voz audible y con el tono y timbre cono¬cidos y afables, camina, se sienta, bendice, hasta come, aunque es claro que su nueva condición no necesita la digestión para ali¬mentarse, como hasta ahora.

Como veremos en seguida, y esto es de importancia capital, es un cuerpo con sangre en sus venas. Las heridas de pies, manos y costado, abiertas y patentes, muestran su carne y aun los mis¬mos huesos (Lc 24, 34) comprobables al tacto, al que invita. Tiene así esqueleto humano en su cuerpo de carne. ¿Qué podre¬mos decir que le falta de lo humano? Si algo normal en cualquier nombre le faltase, deberíamos decir que no es ya un hombre de nuestra especie cro-magnon, como lo ha sido por concepción y nacimiento, descendiente de Adán, sino un ser de otra especie, un hombre monstruoso o defectuoso, o un espíritu de cuerpo solamente aparente.

Cuando Jesús dice en el evangelio a los saduceos que en la resurrección los hombres serán como los ángeles del cielo (isángeloi: Lc 20, 36; cf. Mt 22,30; Mc 12,25), se refiere expresa y exclusivamente al no empleo en el cielo, ni aun tendencia, de la fuerza corporal de procreación, que se excluye del cielo como acción innecesaria en el término de la resurrección; pero tampoco significa que faltasen tales órganos masculinos o femeninos en el organismo humano resucitado, pues no sería humano si faltasen, en una especie de mutilación eunucail celeste.

Jesús dice a sus apóstoles: «Ved que no soy espíritu (fantasmagórico), pues tengo huesos y carne» (Lc 24, 39). Es que los discípulos en su asombro pensaron, conforme al pensamiento popular (como se ve en el lago de Genesaret, cuando Jesús anda sobre las aguas), que Jesús era un espíritu o fantasma. Jesús lo niega expresamente, aludiendo a sus huesos. El tiene carne y hueso ahora de nuevo (cfr. Act 12, 15).

Que éste es el concepto que la tradición ha tenido de la resu¬rrección de Jesús, en carne y hueso, como antes, aunque cam¬biado su estado de gloria, se puede probar con numerosos textos patrísticos, que de acuerdo con los textos evangélicos nos ha legado la tradición. Bastan estas muestras de Agustín:

«¿Por qué se proclama con tan grande fe que Cristo subió al cielo con cuerpo? Porque muchos milagros atestiguaron el gran milagro que no podemos negar: que Cristo subió al cielo con la carne en que resucitó» (De Civ. Dei, 22-8,1: PL 41,760).

Todavía más concretamente afirma Agustín, siguiendo la afirmación contenida en Lucas sobre los huesos de Jesús:

«No oigamos a los que niegan que Cristo resucitó con el mismo cuerpo que fue depositado en el sepulcro. Si no hubiese sido el mismo, él no hubiese dicho a sus discípulos: «Tocad y ved que un espíritu no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo» (Lc 24,39). Es un sacrilegio creer que el Señor, que es la Verdad, ha men¬tido en cosa alguna» (De agone christiano, PL 40,304).

Y en el tratado sobre san Juan:

«Verán al que traspasaron. Aquí se promete qu Cristo vendrá al Juicio en la carne en la que fue crucificado» (In Ioan. tr. 120, 3; PL 35, 1954).

Y el sentido católico nos dice que no es posible que Cristo dejase la carne que le hacía hijo de María, a la que también llevó a la gloria. Una santa escritora, santa Brígida, mantiene con firmeza esta misma fe tradicional, cuando escribe: «Bendito sea, Señor Jesús, que te sientas sobre el trono en el reino de los cielos, con la gloria de tu divinidad, volviendo corporalmente con tus miembros santos, que tomaste de la carne de la Virgen» (Libro de las Revelaciones, 2, or. 2).

Señalemos de nuevo que tal glorificación de los miembros recibidos de la carne virginal de María es necesaria para que Jesús resucitado pueda ser dicho con verdad, «del linaje de David, Hijo de David», como hemos visto afirma san Pablo que ha resucitado. Y san Ignacio de Antioquía con firmeza: «Quiero el pan de Dios, que es la carne de Jesucristo, del linaje de David» (adRom, 7,3).

Y es que cuando Jesús afirma frente a sus adversarios en el Templo, en su célebre profecía de resurrección entendida por todos ellos, y que le fue objeto de burlas en la cruz y ocasión de poner la guardia de soldados al sepulcro, (un logion de los mejor testificados y seguros de su boca), que si ellos destruyen el Tem¬plo de su cuerpo, El lo levantará de nuevo en tres días. Jesús habla de levantar el mismo Templo que habrán destruido, que es su cuerpo resucitado. No podría decirlo, si hubiese tomado otro cuerpo, dejando el destruido mortalmente destrozado en el sepulcro. «Hablaba del Templo de su cuerpo» (Jn 2, 21), dice expresamente el evangelista, y quizás porque lo señaló con la mano, o por otro modo, todos lo entendieron, según hemos dicho. Esto se muestra también en el hecho de haber conservado las cinco llagas, gloriosas, indoloras e inmortales, como el más cierto testimonio de que ha resucitado con el mismo cuerpo que tenía, intocado por la corrupción, al tercer día de la muerte, de la sepultura embalsamada con aromas.


3. Verdades de la fe conexas con esta identidad

Veamos esta fe de identidad en algunos documentos oficiales de profesión de fe católica. Esta es la fe de la Iglesia, que expresó el célebre Concilio XI de Toledo, en su Símbolo- «Salva la divinidad, padeció la pasión misma por nuestras culpas y condenado a muerte y a Cruz, sufrió verdadera muerte de la carne, y también al tercer día, resucitado por su propia virtud, levantó del sepulcro» (Año 675, Denz. B., 287). Esta es la fe que todavía proclama la antífona del Oficio, al decir: «Resucitó del sepulcro, aleluia», en el oficio aprobado últimamente tras el Vaticano II para el rezo en la Iglesia. Esto, ¿cómo sería verdad si su cuerpo no hubiese resucitado desde el sepulcro?

Esta es la fe de la Iglesia, que en el Concilio de Lyon II en la profesión de fe presentada al emperador griego Paleólogo para la unión, dice de la resurrección de Jesús: «Al tercer día resucitó de entre los muertos, con verdadera resurrección de su carne, y el día cuadragésimo subió al cielo con la carne en que resucitó y con el alma» (año 1244, Denz B. 462). Esta es la fe de la Iglesia, recordada por Benedicto XII en su decreto definitorio de la eternidad e inmediatez de la vida eterna, premio o castigo, donde dice de la resurrección general: «El día del juicio todos los hombres comparecerán ante el tribunal de Dios, con sus pro¬pios cuerpos para dar cuenta de sus propias acciones» (año 1336, Denz B. 534; cf. 2 Cor 5, 10). Palabras en que es más difícil explicarlo de los cuerpos de todos los hombres, pero no del de Jesucristo, su modelo, cuyo cuerpo estaba aún intacto en la resu¬rrección.

La primera condición de Adán

Y vengamos ahora a algunas verdades de la fe importantes, que exigen también que el cuerpo de Jesús resucitado sea el mismo organismo que fue sepultado en el sepulcro en la sábana, y resurgió luego de muerto glorificado. Recordemos la condición primera del padre del género humano Adán, antes de su pecado que nos propone la verdad de su inmortalidad. Esta verdad pertenece a nuestra fe acerca de los dones concedidos al primer hombre, que los perdió con su pecado.

Expresamente lo recuerda la Sabiduría: «Dios no hizo la muerte... porque creó al hombre inmortal, más por envidia del diablo entró la muerte en el mundo» (Sab 1, 13; 2, 23-24). Recientemente Pablo VI en su fórmula plenaria llamada del Pueblo de Dios, de 1968, dice del primer hombre que «estaba exento del mal y de la muerte» (AAS, 1968, 439, n. 16), doctrina que no hace sino ratificar la fe dogmáticamente expresada en el Concilio de Trento (Denz. 788,791), que es la doctrina que san Pablo ha expresado en un texto clásico sobre la introducción de la muerte en el género humano por el pecado (Rom 5, 12).

Todo ello, ¿qué otra cosa es sino la explicación de la página del texto primitivo de la revelación, sobre el primer hombre, en la tradición mosaica judía (Gen 2, 17; 3, 3-4.19)? Ahora bien, establecida la inmortalidad del primer hombre antes del pecado, queda por preguntar ¿cuál hubiera sido el fin de la vida humana en tal condición? Aunque haya autores que han escrito que el hombre hubiese todavía muerto de una muerte «no desgarran¬te» o sea parecida a una dulce muerte extática de amor, seguida inmediatamente por la resurrección gloriosa, tal opinión no parece sino sofisticada en demasía.

Queda como explicación normal del final humano en aquella condición, la de que el hombre hubiese sido transformado en gloria directamente en vez de morir, para poder entrar en el tér¬mino de gloria preparado para él. Ello significa que el destino del cuerpo humano era, sin dejar de ser tal cuerpo, quedar en un nuevo estado glorioso. ¿Acaso la resurrección va a ser menos para el cuerpo que su primitivo destino, ya que la resurrección es según el modelo de Jesús? Luego el resucitado toma un cuerpo orgánico humano, el mismo que tenía, pero transforma¬do.

La doctrina de san Pablo sobre la resurrección

Y la mejor prueba de que esto es así en la nueva situación, en que intervienen la muerte y la resurrección, la tenemos en la doctrina de san Pablo. No se produce en el hombre nuevo, una «descorporación» en la resurrección, sino un perfeccionamiento del antiguo cuerpo. No se puede pensar que el cuerpo orgánico de Adán hubiese sido abandonado como objetivo ya inútil, pues entonces no sería hombre el glorificado. Esta misma doctrina se muestra en la descripción paulina de la transformación de los cuerpos glorificados, del mismo modo que en Adán antes del pecado, en los cuerpos de los que vivan en tiempo de la Parusía, o segunda venida gloriosa de Jesús desde el cielo. En dos de sus epístolas trata este tema de la resurrección, con ocasión de la segunda venida, y en ambos casos, en el texto original, dice lo mismo. Helos aquí:

«Os decimos esto como palabra del Señor: nosotros los que (entonces) vivamos (o vivan), los que quedamos hasta la Venida del Señor, no nos adelantaremos a los que murieron... los que murieron en Cristo resucitarán en primer lugar; después, nosotros, los que vivamos (entonces), los que quedamos en vida (los que queden entonces), seremos arrebatados en las nubes junto con ellos al encuentro del Señor» (1 Tes 4, 15-17).

«Mirad. Os revelo un misterio. No moriremos todos, mas todos seremos transformados. En un instan¬te, en un pestañear de ojos... los muertos resucitarán incorruptibles, y nosotros seremos transformados (los que vivan entonces). Pues es necesario que este ser corruptible se revista de incorruptibilidad, y que este ser mortal se revista de inmortalidad» (1 Cor 15, 51-53).

La doctrina de ambos textos es la misma, y en el primero, de su primera carta apostólica, Pablo la enseña como «palabra de Señor», aunque no tengamos nosotros el texto de esta enseñara de Jesús. Esta doctrina es calificada de «misterio». Su contenido es que en el día de la Venida de Cristo a juzgar a los hombres en el instante final, cuando los muertos resucitan, la generación que entonces quede viviente sobre la tierra no morirá, sino que será directamente transfigurada al estado glorioso, como los que resucitan, pero sin morir. Vuelve a la última generación el privilegio de inmortalidad de Adán, mas con vejez. En primer lugar resucitarán todos los muertos de las generaciones anteriores, y en un instante posterior a ellas, la generación que esté viva sobre la tierra, será transformada e estado glorioso, sin morir.

Hay que preguntar: ¿se podría ni siquiera pensar que los así directamente transformados sean despojados de su propio cuerpo y organismo humano, para tomar otra forma cualquiera? En este caso habría que decir correctamente que morían, al perder su cuerpo humano. ¿Podría tal cambio de forma corporal llamarse transformación semejante a la resurrección? ¿Qué forma tomarían o podrían tomar? Este argumento exige que los muer¬tos resuciten también con la misma forma humana que han tenido antes, para que sean todos iguales. Y como todos resuci¬tan o se transforman a ejemplo del modelo Jesús, quiere decir que su cuerpo estaba intacto en el sepulcro a los tres días, y fue tomado en vida nueva y con diversa gloria que antes, pero el mismo organismo en integridad.

Tal argumento debe también ser aplicado a la Asunción de María, cuyo cuerpo ha sido glorificado y está en los cielos, y aun¬que haya una tradición que haya sostenido que murió de muerte extática: sería en este caso participante de la forma de transfor¬mación de la última generación. Sin embargo, aunque no consta en la definición dogmática de Pío XII cuál de las dos maneras fue elegida por el Señor para su Madre, no cabe duda de que toda la tradición, y los textos de la liturgia, suponen que pasó por la muerte a ejemplo de su Hijo, y resucitó seguramente al tercer día a su ejemplo: Pío XII incluye textos que suponen la muerte. En ambos casos es un organismo humano, masculino o femenino, el que se halla glorificado.

La verdad de la afirmación de que el cuerpo de Jesús resucitado es de la misma carne que lo era el mortal hasta la resurrección, lo afirma muy rotundamente el Papa Inocencio III en la profesión de fe propuesta, para ser aceptada, a Durando de Huesca y sus compañeros de la secta Valdense. He aquí el texto que merece por su claridad figurar de modo destacado en esta serie de afirmaciones:

«De corazón creemos, y con la boca confesamos que la encarnación de la divinidad no fue hecha en el Padre ni en el Espíritu Santo, sino en el Hijo solamen¬te... de forma que teniendo verdadera carne de las entrañas de la madre y alma humana racional, era jun¬tamente Dios y hombre, una sola Persona, un solo Hijo, un solo Cristo, un solo Dios con el Padre y el Espíritu Santo, autor y rector de todas las cosas. Nacido de la Virgen María con carne verdadera por su naci¬miento, comió, bebió, durmió y, cansado del camino, descansó, padeció con verdadero sufrimiento de su car¬ne, murió con verdadera muerte de su cuerpo, y resu¬citó con verdadera resurrección de su carne, y verdadera vuelta de su alma a su cuerpo; y en esa carne, después que comió y bebió, subió al cielo, y está sentado a la diestra del Padre; y en aquella misma carne ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos» (año 1208, Denz 422).

La Eucaristía

Llegamos ahora a otro misterio fundamental de la fe, centro de la Iglesia de Cristo, y que exige que haya resucitado con carne y sangre verdadera, que es el misterio de la Eucaristía. Este dogma no puede sostenerse con verdad, si Jesucristo no tomado en la resurrección un verdadero organismo humano, aunque transfigurado, pero de carne y sangre, el de la Eucaristía. Pues Jesús en la Cena, según la fe de la Iglesia, y cumplió la promesa hecha antes en Cafarnaum, instituyó el doble misterio sacrifical de su carne y de su sangre. Mudó el pan en carne, en aquel instante todavía mortal, y el vino en su sangre, entonces derramable.

Sabemos que en cada especie se halla el Cristo entero, y que separación misteriosa o mística de carne y sangre en este sacrificio es un signo verdadero de lo acontecido en su Pasión y muerte. Ahora, en el sacramento no se separan la carne y la sangre, pero creemos católicamente que en el sacramento se hallan la carne y la sangre humanas que se separaron en la dolorosa redención, en virtud de sus sagradas palabras, repetidas por los sacerdotes católicos en la consagración. Ningún católico puede dudar de que Jesús prometió que daría a comer su carne y a beber su sangre, y que esto hay que entenderlo propiamente de su verdadera carne en el alimento místico, y de su verdadera san¬gre en la mística bebida. Comer su carne, en verdad, y beber su sangre ha sido declarado por el propio Jesús condición necesaria de vida eterna (al menos en los adultos), condición de verdadera resurrección y verdadero alimento y bebida, por la que el hom¬bre queda estrechamente unido con El (Jn 6, 53-58).

Nos basta la doble afirmación de la fe sobre la carne y la san¬gre del Señor en el prodigioso hecho de la doble transustanciación. Pero, ¿qué quedaría del misterio eucarístico si en la resu¬rrección Jesús no toma y tiene su verdadera carne humana, la misma que tuvo, y su verdadera sangre de redención, que se ver¬tió por nosotros, la que tuvo antaño? Y la carne no es sola mate¬ria, sino carne vivificada por el espíritu humano creado por Dios en cada hombre, el alma humana.

Así en la Eucaristía se encuentra, y lo recibimos al comulgar, la carne viva de Jesús resucitado, vivificada por su alma humana inmortal (la misma creada en el instante de su concepción virginal), y por sus venas corre la sangre verdadera y humana de Jesús, cuyo derramamiento, provocando la muerte de Jesús, causó nuestra redención eterna. Necesariamente, pues Jesús resucitado tiene cuerpo vivo, con alma, y sangre en sus venas, como la persona divina, que es la del Hijo. La sangre es cierto que fisiológicamente tiene como función la de repartir el oxígeno por el cuerpo, y renovarlo por la respiración. Pero además de esta función, que en la resurrección es ya inútil en la vida inmor¬al, tiene un valor simbólico de signo vital. Y el caso es que Jesús afirma que los cristianos tienen que comer su carne y beber su sangre y los sacerdotes la consagran con sus palabras.

Ahora bien, en el sepulcro el cuerpo yacía prácticamente exangüe y con la sangre no líquida ya, después de varias horas de la muerte. ¿Cómo recuperó la sangre suya el resucitado? Porque no se puede pensar que sea una sangre nueva y equivalente, que no sería la de la redención. También es necesario hablar de la persona divina de Jesús. El cadáver de Jesús no es como el de cualquier otro hombre, del que no quedan sino los restos, pues al faltar el alma no hay persona en él. Pero en Jesús la es distinta del alma y de su unión con el cuerpo. Es divina permaneció unida con el cadáver.

Por eso, al dar el soldado la lanzada, se verificó un misterio divino, en el sentido estricto de la palabra. Porque el cadáver estaba en la cruz unido a la persona de Jesús. Era sangre divina la que Juan vio salir del costado del Señor. De lo contrario no sería un misterio, en el sentido riguroso de esta palabra. Y lo mismo hay que decir de la persona unida al cadáver en el sepul¬cro. Los cadáveres de los demás hombres no son sino sus restos al haber perdido su complemento vivificador del alma. Pero en Jesús, aunque también ha perdido el alma, sigue siendo Jesús cadáver, porque su persona está unida con él.

No es necesario, sin embargo, que la persona divina siguiese unida con la sangre derramada, en cuanto ya no pertenecía al ser viviente. Tenemos un ejemplo de esto en la Sábana Santa de Turín. Se puede decir que las manchas de sangre, coagulada o no, que en ella claramente se advierten, no son ahora sangre divina, aunque sí lo fueron. Son sangre de redención no recupe¬rada, para dejar una muestra del amor. La ciencia ha reconocido prácticamente que el lienzo funerario es el de Jesús. Este lienzo, además de la figura frontal y dorsal grabada, según ahora se expresan los científicos, por modo de irradiación lumínico-térmica instantánea, o con palabra vulgar «chamuscadura», ofrece indudables manchas de sangre verdadera y humana en las heri¬das, sangre en su mayor parte coagulada, seca, y en alguna zona difundida todavía fresca en el lienzo. De ello hemos hablado en el libro sobre dicha Sábana Santa. Esta sangre ahora ya no es pues no pertenece al resucitado, sino que es reliquia de la redención. La ciencia nos pone ante la frontera del prodigio.

El dogma de la Parusía

Nos queda finalmente el dogma de la Parusía o segunda venida del Señor desde el cielo, con sus ángeles y santos, para juzgar a los hombres vivos y muertos, como hemos dicho. Los ángeles en la Ascensión dijeron a los apóstoles que miraban al cielo: «Este Jesús que habéis visto marchar, volverá del mismo modo que le habéis visto ir.» Sería absurdo pensar que Jesús vuelva a juzgar a los hombres, con ángeles y santos, en una figura que no sea humana. Vendrá con su verdadero cuerpo resucitado. Y será visión universal. Todos le verán. Su rostro expresará majestad de Creador, justicia de Juez y misericordia de Redentor.

San Juan dice de los judíos que le dieron muerte: «Verán al que atravesaron» (Jn 19,37), palabras que se cumplen también en todos los hombres porque todos «pusimos en él nuestras manos». Pero en el Apocalipsis, hablando de la segunda venida del mismo que fue herido en la cruz con la lanza, dice: «Viene en las nubes y le verá todo ojo, y los que le atravesaron» (Ap 1, 7). Es, pues, una visión universal, que se convierte en amor en los que le atravesaron, y en condena en los que le odiaron. «Llo¬rarán sobre él todas las tribus de la tierra» (Ap ib.). La universa¬lidad de las expresiones no dejan lugar a duda. Será visible para todos, y todos le verán, y esto indudablemente en forma humana con la herida abierta en el pecho resplandeciente.

Esto mismo han puesto en su propia boca todos los evangelis¬tas en el juicio ante Caifas, cuando advierte: «Verán venir (al Hijo del hombre) con poder y majestad.» (Mt 26, 64; Me 14, 62; Lc 21, 27; cf Mc 13, 26). En todos estos textos Jesús dice que le verán venir. Ahora bien, los hombres ven con los ojos, y ven figuras corporales, que reconocen. Todo concurre a la firme afirmación: Jesús ha resucitado del sepulcro, y ha transformado el cadaver en gloria, dejando en él las principales señales de la gran batalla de la redención, las cinco llagas, en especial la del costado. Recordemos la palabra de Agustín, que hemos citado: «Verán al que atravesaron. Aquí se promete que Cristo vendrá en la carne en que fue crucificado.» (In loan. 120, 3.)

Podemos añadir, pues hemos mencionado el libro de Dufour, que llama la atención que no haya señalado, al exponer su extraña opinión, ninguno de los puntos dogmáticos que aquí citamos. Los relatos de la visita de Pedro y Juan al sepulcro, y su hallazgo de los lienzos en el mismo, que comprobaron para ellos la resurrección, así como la escena de Tomás, al comprobar con los demás apóstoles por el tacto las llagas del crucificado resucitado, han sido tratados en su libro con rápida lectura, pasando por alto todas las consecuencias contra la tesis corporal que él había sustentado.

domingo, 18 de abril de 2010

El Resucitado y el cadáver de Jesús


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viernes, 19 de marzo de 2010

SEGUNDA PARTE: EL CUERPO DEL RESUCITADO - I.- La realidad corporal del Resucitado

La segunda parte del libro del P. Igartua trata sobre EL CUERPO RESUCITADO y dedica dos capítulos: I.- La realidad corporal del Resucitado y II. El Resucitado y el Cadáver de Jesús

I.- La realidad corporal del Resucitado.
En este primer capítulo, en base a los testimonios de los evangelios, Cartas de san Pablo y hechos de los Apóstoles, muestra como los apóstoles fueron progresivamente conociendo que el mismo que habían visto muerto en la cruz estaba vivo, había resucitado, pero con una resurrección diferente a la que habían visto en los casos de Lázaro; Naim Jairo.

Los apóstoles son testigos presenciales de haber visto a Jesús de Nazaret resucitado, vivo, con su cuerpo glorificado y esto lo conocieron por sus propios sentidos que permitieron que le identificaran.

Jesús utilizó en varias ocasiones la anagnórisis es decir hacerse reconocer por diferentes formas, como en el caso de María Magdalena, a los discípulos de Emáus, a los Apóstoles en el Cenáculo y en el lago Tiberíades cuando la pesca milagrosa.

Los Apóstoles, Discípulos y otro muchos vieron a Jesús resucitado, pero son testigos de la resurrección de forma oficial en el Iglesia los Apóstoles, quienes entre el día de la Resurrección y el día de la Ascensión vieron, oyeron y tocaron al resucitado reconociendo que era el mismo con el que habían convivido tres años, a quien le habían oído y visto hacer cosas extraordinarias. Le vieron muchos repetidas veces, le tocaron y comieron con El.

Es notable y conviene recordar que no esperaban verle como le vieron lo que pone de manifiesto que no fue una alucinación o unas visiones subjetivas ya que hay muchos datos que prueban lo contrario.

El segundo capítulo será tratado en la próxima reunión que tendrá lugar D.m. el 24 de junio de 2010 y que se anunciará oportunamente.

II. El Resucitado y el Cadáver de Jesús.
En este segundo capítulo la reflexión del P. Igartua se encamina a mostrar que el cuerpo glorificado de Jesús de Nazaret después de la resurrección, que tiene propiedades distintas a las que tenía antes de la muerte en la cruz, es idéntico numéricamente al del cadáver que estaba en la sepultura de José de Arimatea.
Analiza que el cuerpo resucitado que vieron y tocaron los apóstoles es un cuerpo humano orgánico y expone las verdades de fe conexas con la identidad y que la exigen. El primer hombre antes del pecado original, la predicación de la resurrección del último día, la Eucaristía, las apariciones de Jesús y de la Virgen María, la segunda venida.


SEGUNDA PARTE: EL CUERPO DEL RESUCITADO
CAPÍTULO I.- LA REALIDAD CORPORAL DEL RESUCITADO

Los apóstoles y discípulos (y antes que nadie, las mujeres), se convirtieron en testigos absolutamente convencidos de la resurrección de Jesús, y en sus divulgadores. Nadie vio directa¬mente el mismo suceso de la Resurrección, pues cuando las mujeres fueron muy temprano al sepulcro, con sus aromas pre¬parados, ya Jesús había resucitado, como se lo anuncia el ángel: «Ha resucitado, No está aquí». Nadie conoció la hora de la resu¬rrección, como canta la Iglesia en el pregón pascual del Sábado Santo en la Vigilia, al proclamar el pregón: «¡Qué noche tan dichosa! ¡Sólo ella conoció el momento en que Cristo resucitó de entre los muertos!».

Habían visto Pedro y Juan, por un examen detallado, la posi¬ción de la mortaja tras la desaparición del cuerpo resucitado. Los ángeles mostraron a las mujeres, aunque no parece que éstas, en la confusión del momento, atendieran a los detalles como Pedro y Juan, el lugar donde estuvo depositado el cuerpo del crucifica¬do, envuelto en la sábana mortuoria: «Mirad el lugar donde le pusieron» (Mc 16,6). Pero los dos apóstoles, al observar con detenimiento la posición de las mortajas sobre la losa llegaron convencimiento de que había resucitado, aun sin ningún testi¬monio verbal ni mensaje angélico: «Vio y creyó» (Jn 20,8).

Y es de creer que tal afirmación se refiere a los dos apóstoles, que hubieron de comentar los detalles de la situación, y la necesidad de que aquella mortaja, yacente y con el sudario anudado aún en su propio lugar en el interior de la sábana, hubiese sido abandonada por el cadáver de modo, sin duda, portentoso, pero verídico. Era la resurrección, que luego pudieron comprobar por las escrituras y sus testimonios, y por las apariciones.

Lo más seguro —casi ineludible en los hechos— es que Juan o Pedro, recogieron la mortaja y se la llevaron antes de que nadie más la viera, antes de que la investigación oficial hiciera la comprobación del hecho, que sin duda hubo de hacerse por orden de Pilato. Y esto puede haber dado pábulo al rumor de que los discípulos habían robado el cuerpo, como esparcieron entre las gentes los soldados. Este rumor seguía vigente entre los judíos cuando Mateo escribe su evangelio (Mt 28,15). Esto prueba que el evangelio ha sido escrito antes de la destrucción de Jerusalén, y lo extraño resulta que no se hable del hecho aunque debió hablarse de ello en las Actas oficiales de Pilato a Roma, que existieron .

Pedro y Juan se llevaron cuidadosamente la mortaja como documento (que muchos juzgan que es hoy el lienzo de Turín), y también el sudario, y explicaron a los otros discípulos la posi¬ción de los lienzos tan sorprendente, como prueba de convic¬ción.

Después, inesperadamente, comenzaron las apariciones, a María Magdalena, a los de Emaús, sobre todo a Pedro, y luego a los demás apóstoles reunidos en el cenáculo. El resucitado hablaba, dialogaba, comía, se dejaba tocar y palpar. La conclu¬sión evidente de ambos datos conjugados era que Jesús había resucitado de entre los muertos.

Los apóstoles fueron llevados de la incredulidad temerosa a la convicción firmísima hasta la muerte. ¿Cómo y por qué pasos sucedió esta mutación de ánimo? La tumba con los lienzos dispusieron los ánimos a creer que algo extraordinario había ocurrido, y aún a algunos (Pedro y Juan) les llevaron a creer que la única explicación era una misteriosa y nueva resurrección, distinta de las que ellos habían visto en los milagros de Jesús: Lázaro, Naim Jairo... Aquellas habían sido a la vista de muchos testigos y los resucitados habían vuelto a incorporarse a la vida normal de los hombres, como si no hubieran muerto, sino sola¬mente hubieran sido sanados de una gravísima enfermedad al borde del sepulcro. Pero ésta de Jesús era distinta, pues de algún modo su cuerpo se había transformado adquiriendo condiciones nuevas, las de la resurrección escatológica.

Ellos seguramente habían esperado, cuando Jesús les habló de su resurrección, en la escatológica triunfante, como triunfo definitivo del Mesías. Pero ahora se encontraban ante un hecho nuevo. Sólo habían pasado tres días, y se hallaban ante el miste¬rio de Jesús resucitado, y de modo sutil y difícil de comprender. ¿Cómo había sucedido todo? ¿Dónde estaba ahora el Maestro? ¿Volverían a verlo? Las apariciones comenzaron a dar respuesta a la desazón de las preguntas, devolviendo la serenidad y seguri¬dad a los ánimos. Sobre todo cuando, como hemos visto, se apa¬reció el primer día a Pedro, garantía del Colegio apostólico y su firme guía, a pesar de su pasajera defección.


1- El testimonio de los sentidos

Las apariciones tuvieron ya lugar, según los relatos de Lucas y de Juan, el mismo día del domingo, en que el mismo Mateo recuerda que se apareció también el mismo Señor a las mujeres, de cualquier manera que se quiere interpretar el pasaje . María Magdalena, los discípulos de Emaús, Pedro como supremo testimonio, y los demás apóstoles (eran en realidad diez, faltando Judas y Tomás), y otros que estaban reunidos en el cenáculo con las puertas cerradas, vieron a Jesús. Según Juan se hallaban encerrados por temor a los judíos, cuya actitud era de suponer de revancha, sobre todo tras hacer correr la voz de que lo habían robado ellos para hacer creer en la resurrección, por la calumniosa relación extendida por obra de los soldados guardianes ayudados de los fariseos y sacerdotes.

El modo en que identificaron a Jesús

Y se puede preguntar. Al ver a Jesús de improviso visible¬mente ante sí, lleno de vida, a quien vieron colgado exánime de la cruz y cuyo entierro conocían, ¿cómo le identificaron con el Jesús Maestro, cuya compañía habían seguido durante casi tres años? El modo de identificación personal es muy importante, y muestra por sí solo la verdad objetiva de las apariciones, frente a todas las teorías racionalistas del rechazo .

Cuando nosotros nos encontramos con alguien conocido, a quien quizás no esperábamos de ningún modo encontrar, ¿cómo le identificamos sin vacilar? ¿Cómo sabemos que tenemos allí a nuestro amigo, al que tal vez creíamos muy distante, y a quien vemos en forma inesperada? El testimonio identificador provie¬ne, sin duda alguna, de los sentidos y de la compenetración amis¬tosa con él. Tenemos delante una persona a quien vemos, cuya voz, con su timbre característico, oímos. Le abrazamos, le damos la mano, hablamos con él. En estas circunstancias nadie duda de que ha estado con su amigo, aunque las condiciones de su presencia le sean de momento desconocidas, aunque no supiera que se encontraba en la ciudad, ni que le iba a encontrar. El testimonio de los sentidos es múltiple y conjugado. Lo que un sentido percibe en su calidad específica, lo percibe también otro sentido en la suya, y es un testimonio doble conjugado en el mismo sujeto perceptor. Y ciertamente, desde del punto de vista humano, lo mismo da qué clase de filosofía maneja cada uno, bien sea subjetiva, bien impresionista bien idealista. La vida humana se impone sabiamente sobre todo pensamiento que puede servir para discurrir brillantemente, pero que no puede convencer, contra los sentidos que lo afirman, de la no presencia o existencia de algún sujeto, especialmente si es amado.

Ni Kant ni Hegel ni Husserl, ni filósofo alguno podrá dudar o ignorar a sus familiares y amistades de trato frecuente. Nada tienen que hacer en esto las tendencias o teorías filosóficas, idealistas o fenoménicas.

Todos estamos convencidos de que la bola de billar se desvía porque ha recibido el golpe efectivo de la otra bola. Aunque Hume lo eleve a categoría de duda sistemática, y Kant abra los ojos del desmayo de su «sueño dogmático». Cuando la bola blanca da a la roja, ésta inicia el movimiento por¬que ha sido golpeada con mayor o menor habilidad, y nos da lo mismo lo que cualquier filósofo pueda afirmar. Nos apoyamos en el sentido común o humano.

Este testimonio de diversos y múltiples sentidos se produjo en el grupo de apóstoles con la resurrección de Jesús y sus apa¬riciones, tanto en los que no sabían de antemano que había resu¬citado, como en los que lo sabían. En las diversas apariciones se muestra con claridad que, tras la sorpresa inicial al ver a Jesús, a quien habían visto muerto, flácido, decaído, entregado a los que lo portaban, y ahora veían sonriente, con el rostro lleno de vida, y pronto a la acción y al movimiento, en diálogo, se produ¬cía una convicción inicial, que no siempre permanecía sin vacila¬ción (Lc 24,37), de que era verdadero el convencimiento senso¬rial de que tenían delante verdaderamente un hombre, el cual era Jesús.

El sentido de la vista: vieron un hombre

El primer testimonio, instantáneo, lo daban los ojos que ates¬tiguaban lo que veían.

• Cuando María Magdalena se volvió en el jardín del sepulcro al oír una voz detrás, vio ciertamente un hombre, aunque no supiese que era Jesús. (Jn 20,14).

• Los de Emaús vieron venir a un hombre, también aparentemente viaje¬ro por el camino, andando hacia ellos, que se les reunía y les acompañaba participando en su conversación. (Lc 24, 15).

• Los Apóstoles y todo el grupo que estaba con ellos en el cenáculo vieron de pronto ante sí a Jesús, a pesar de estar cerradas las puertas y atrancadas (Jn 20, 19; Lc 24,36).

• En el lago de Galilea, los siete de la barca vieron a un hombre en la orilla algo neblinosa del lago en el amanecer (Jn 21,4).

• Tomás no tuvo la menor duda de tener ante sí a Jesús en el cenáculo, tras haber negado cerrilmente su posibilidad (Jn 20,26).

Como luego diremos, en varios de estos casos precedió la visión corporal, que fue anterior al reconocimiento de la persona. No podía ser alucinación, pues lo que menos pensaban era en verlo.

El vestido blanco – no le confunden con un ángel – el vestido

Se puede preguntar, a propósito del sentido de la vista, cómo aparecía vestido Jesús, ya que se ha de suponer, que el vestido no es necesario para el resucitado. Tal fue la extraña e insidiosa pregunta que hicieron al pudor de Juana de Arco sus inicuos jueces, al preguntarle si San Miguel se le aparecía vestido o desnudo, a lo que respondió con desdeñosa altivez: «¿Pensáis que no tiene Dios dinero para poderlos vestir?».

• Juan en el Apocalipsis resolvió el problema de manera magistral; «Una mujer revestida de sol» (Ap 12,1) Y es tal el esplendor de la gloria que Jesús mostró en el Tabor que sus vestidos fueron revestidos de su luz corporal como níveos, aparte de que el pudor no tiene campo que defender en la región celeste.

• Cuanto a las mujeres, en primer lugar, se les aparecieron ángeles con vestidos blancos, sin duda de blancura deslumbra¬dora (Lc 24,4). Recordemos que en el Monte Tabor, en la Trasfiguración, Jesús, Moisés y Elias, aparecían con vestidos blancos deslumbradores, como nieve refulgente, como si fuera luz res¬plandeciente. Y el Señor les dijo, relacionando el aconteci¬miento con la resurrección, quizás por la gloria de la visión de los cuerpos: «No digáis a nadie lo que habéis visto hasta después que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos» (Mt 17,9).

• Por lo demás, aunque las mujeres vieron a los ángeles, y no dudaron de su aparición, en ningún caso se les ocurrió que podían ser hombres de este mundo con mensaje celeste. Quizás la majestad, y el mismo mensaje que transmitían, les hicieron comprender que eran ángeles. De todos modos no parece que aunque les vieran y hablaran, pensaran nunca que eran cuerpos humanos reales. ¿Por qué con Jesús no sucedió esto, sino que su misma presencia y locución, aunque no hubiera otras prue¬bas, bastó para la convicción de que se aparecía un ser humano viviente?

• Las apariciones celestes son vistas revestidas de vestidos de diversa condición, como vemos en los ángeles de la resurrección, y en la transfiguración de Moisés y en la de Elias. Siempre que en la Escritura aparece un ser celeste, un ángel de cualquier clase que sea, aparece vestido.

o Así en el AT en la aparición de los tres grandes personajes de Abraham que marchaban a castigar a Sodoma y Gomorra, y a los cuales ofreció una comida por hospitalidad, creyendo eran hombres, aunque luego comprendió la diferencia y así habló al principal de todos con imploración de hombre a Dios (Gen 18,1-8).
o Así en el ángel que apareció a Josué para ordenarle que tomase por asalto a Jericó, y el modo significativo en que debía hacerlo, o los ángeles que aparecieron a diversos grandes Jueces de Israel, determinando su vocación, como el caso de Sansón con su madre (Jue 13,3-20).
o Así, de forma concreta, en el caso de Gedeón personalmente, se apareció sentado bajo una encina, estableciéndose conversación entre ambos, y diversas pruebas (Jue 11,21).
o En todos estos casos, en general, el ángel con forma humana no comía, aunque sí lo hicieron los tres personajes de Abraham. También tenemos el extraño caso de la aparición de un ángel en el caso del castigo del pecado de David rey, sir¬viendo la presencia del ángel para marcar el lugar del futuro gran Templo de Jerusalén. Y consta que David vio al ángel (2 Sam 24,16-17).

Jesús no es un fatasma

¿Cómo se puede producir la aparición en cuerpo humano, no realmente viviente, sino formado en visión y con vida aparente? (puede consultarse, Summa Theol. 1, q. LI, y Suárez, Ed. Vives, tom. 2, de angelis, l.IV, 35). Suárez recoge la afirmación de Agustín de la dificultad del problema, que le lleva a declarar que es mejor decir que ignoramos el cómo.

• Jesús apela en especial a sus huesos (Lc 24,39) para deshacer la opinión de que es un espí¬ritu o fantasma. Debemos con todo apelar a su propia afirma¬ción. Basta la seguridad con que distinguen como hombre al resucitado, a diferencia de los ángeles de las mujeres.

En todos estos casos, y muy especialmente en el de Abraham y sus huéspedes es claro que aparecían vestidos de manera diver¬sa, a la manera humana del tiempo sin duda. No así los ángeles y querubines proféticos de Daniel, Ezequiel o Isaías (Dan 3,91-92; Ez 10; Is 6,2), que tomaban formas diversas y aun fantásticas en las apariciones o visiones menos humanas, pero más terribles y grandiosas. Pero los otros aparecían, en aquellos casos citados, vestidos a la manera humana.

No sabemos en el NT qué aspecto tenían el ángel de Zacarías junto al altar de los perfumes o el ángel de la anunciación. Pero todo hace pensar que su figura era humana. Para el problema de la aparición celeste no puede ser problema el accidental del vestido, sin que tengamos que pensar qué clase de vestido era, si en la tierra se fabrica aquella clase... Se aparece como conviene al instante de la aparición, y en general la forma más apta para hombres es la humana. Sus vestidos serán de forma humana de la época, de modo que no llamen por aquello la atención, aunque se distingue bien que no es figura humana real, como distinguieron las mujeres, en el alba de la aparición, a los ángeles que les hablaron, vestidos de un blanco resplandeciente, del Señor a quien más tarde vieron. El vestido, en las categorías aristotélicas, es el accidente menos personal y más mudable.

El sentido del tacto: palparon a Jesús

Pero la más íntima convicción en los sentidos parece provenir del tacto. Tocaron a Jesús, y comprobaron la realidad táctil de su cuerpo. Tenía volumen, dureza y resistencia, así como deter¬minada forma de aparecido, y lo cogieron y abrazaron, (ekráte-sen autoú tous podas). María Magdalena, en el sepulcro, en el jardín de Arimatea, al reconocer a Jesús abrazó sus pies y no los soltaba, hasta que Jesús hubo de decirle: «Deja de tocarme, suél¬tame» (Mé moú áptou: Jn 20,17).

• Al presentarse a la noche en el cenáculo, ante los apóstoles desconcertados, les convenció invitándoles a tocar su cuerpo, como argumento decisivo: «Tocadme y ved, que un espíritu no tiene carne y huesos, como veis que Yo tengo» (Lc 24,39)). Por¬que habían pensado (por la vista y el oído), que podía ser un fantasma, o sea una aparición aérea, no corporal real. Al decir esto Lucas, prosigue a continuación: «Les mostró las manos y los pies» (Lc 24,40). Esto hubo de ser tocando manos y pies, que además por tener multitud de pequeños huesos dan muestra evi¬dente de la corporeidad de los mismos. Indudablemente El hizo que le tocaran y palparan, teniendo, como sabemos por Juan, llagas en pies y manos, que eran ahora indoloras.

• Juan añade de manera especial «el costado», porque es el único que ha narrado el alanceamiento del cadáver por el solda¬do.

• Es normal pensar que hizo que efectivamente le tocasen, y que de ahí viene la pretensión, a primera vista algo extravagante, de Tomás, de meter los dedos en las heridas del crucificado y la mano en su costado alanceado. Con esto la plenitud del con¬vencimiento por el tacto llegó a su plenitud. «Le hemos visto, oído, nuestras manos le han tocado» (Jn 1,1-3). Palabras que pueden referirse tanto al tiempo presente como post pascual.

• Podemos comprobar en nosotros que, después de que hemos tocado un objeto, a una persona, por ejemplo en un abrazo u otro modo, no es posible la duda de su presencia real. Hemos advertido su volumen, su dureza y resistencia, su contorno, su figura, los huesos en su carne. ¿Quién puede dudar de tal presencia? De lo contrario tendríamos que dudar de todas nuestras relaciones humanas. El tacto -sugiere con finura Aristóteles- es el sentido más específicamente humano, siendo tan material, a pesar de lo que suele pensarse de su animalidad .

• Muchos animales nos vencen en la agudeza o variedad de visión o en la finura del oído, del olfato o de los sentidos en general. Sin embargo, en cuanto al tacto es el hombre el que domina con gran ventaja. El cerebro, la mano con su pulgar opuesto, que permite agarrar y dominar el instrumento del tra¬bajo, la voz trasmisora de las ideas, y la posición erguida, que libera las manos para su uso múltiple, son las que han hecho posible la riqueza con que el hombre, desde el desvalimiento de su unidad vital, ha dominado y enriquecido el mundo.

Con obras de trabajo industrial, con vestiduras, con herra¬mientas, con arte vario y espléndido, con admirable variedad y belleza de los elementos aptos para los demás sentidos, como la música y las sinfonías, la arquitectura, la variedad de cocina y de gustos y sabores, los perfumes mezclados y enriquecidos. La tierra, en fin, transformada por la mano del hombre, y su sentido del tacto. Apreciar el volumen, la corporeidad de las cosas tiene delante, lo hace con la mano, la cual contornea amorosamente el objeto, siente su dureza, su aspereza, su volumen, en una palabra, es decir, su corporeidad material.


2. La «anagnórisis» o reconocimiento

En la literatura antigua uno de los artificios que se utilizaban humanamente en el relato de la tragedia o de la epopeya era el de la llamada «anagnórisis» — reconocimiento, que llevaba al desenlace por medio del descubrimiento de la verdadera perso¬nalidad de un personaje importante.

• Aristóteles enseña con cla¬ridad en su Poética el valor de la anagnórisis para la acción, en la peripecia de cambio de sentido del curso que la acción seguía hasta entonces. Señala que hay reconocimientos que producen este efecto del cambio de la acción, y que de modo principal se da entre seres personales más que entre objetos inanimados. (Poética, c.ll). Y entre los indicios más frecuentes y obvios para provocar el reconocimiento de alguien, propone las huellas o cicatrices que lleva en el propio cuerpo.

• Es ejemplo clásico el de Ulises en la Odisea, cuando al llegar vestido miserablemente a su propia casa, donde Penélope, su fiel esposa, le aguarda tejiendo y destejiendo por la noche un manto, como pretexto para los pretendientes, que quieren casarse con ella, asegurando que Ulises ha muerto en Troya y no ha de regresar más, él no quiere todavía ser reconocido. Pero al lavarle los pies, como era costumbre, la anciana sirvienta Euriclea, reconoce por el tacto la cicatriz que le había producido en su juventud un enorme jabalí, que él mató. Sorprendida, dejó caer la pierna del forastero en el barreño, pero él le habló en secreto haciéndole saber que convenía no decir todavía la verdad, pues tenía que cumplir sus planes de venganza contra los pretendien¬tes. La «anagnórisis» es una peripecia perfectamente introducida por Hornero en esta escena. (Odisea, canto XIX).

• Naturalmente, también hay otros indicios personales varios que sirven para el reconocimiento y la identificación, pero indu¬dablemente uno de los más clásicos y eficaces es el de las cicatrices características, y es usado cuando existe, como sumamente natural. (Poética, c. 16). Jesucristo utilizó el procedimiento de la anagnórisis en la resurrección para ser reconocido de sus apóstoles, que le tenían a veces delante sin saber que era él, pero ha utilizado de manera específica precisamente el de las cicatrices.

Encontramos la anagnórisis o reconocimiento de un desconocido en la aparición a María Magdalena, a los discípulos de Emaús, a los apóstoles y en especial a Tomás (los Doce u Once), utilizando el método precisamente de las cicatrices, y también en la aparición a los pescadores junto al lago de Genesaret, en el tranquilo amanecer. También en la aparición a Saulo en el camino de Damasco hallamos el reconocimiento, pero propia¬mente no es el de alguien conocido de antes, sino más bien «identificado», porque le era desconocido (v. 1.a parte, c. III, 5).


3. La identificación del aparecido

En los distintos casos de anagnórisis citados (a los que se puede añadir la aparición a solo Pedro, en las primeras horas del domingo, Lc. 24,34), no siempre es la misma la nota de identifi¬cación del que les aparece, aunque ciertamente no es solamente un sentido el de esta nota, sino un conjunto de sentidos huma¬nos, que suelen intervenir en las entrevistas humanas en la vida.

María Magadalena

• Tenemos, en primer lugar el caso de María Magdalena. Llo¬rando sola junto al sepulcro, cuando ya los apóstoles han mar¬chado con su preciosa carga de los lienzos, que quizás ella ni siquiera ha visto, distraída en su dolor, oye pasos detrás de sí en el jardín, cuando acaba de hablar con los ángeles: «Se han lle¬vado a mi Señor, y no sé dónde le han puesto» (Jn 20,13).

• Cuando ella se vuelve hacia el hombre de los pasos no le reconoce, cree o piensa que es un empleado de Arimatea, quizás el jardinero; y en su obsesión por hallar el cadáver de Jesús, piensa que él le podrá dar razón de su paradero. Prosiguiendo el diálogo con los ángeles, o la expresión más bien de su dolor, aborda directamente a Jesús, que ha repetido la pregunta de los ángeles sobre el estado de desconsuelo de la mujer: «Mujer, ¿por qué lloras?». «Señor —palabra de respeto para ganar su confianza- si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo me lo llevaré» (Jn 20,15). Por su mente no ha pasado todavía otra idea que la del traslado del cadáver a otro lugar, por razón que ella ignora. Y pensando que quizás resulta un estorbo en el jardín, se muestra dispuesta a llevarlo ella sola con sus fuerzas femeninas multiplicadas por el amor. Todo esto muestra cuán ajena estaba a la idea de resurrección.

• ¿Cómo no reconoció María a Jesús en presencia? No sabemos el vestido que llevaba puesto Jesús, quizás semejante al de un trabajador. María le ha mirado entre lágrimas (20,14), pero no le ha reconocido. Es un caso de anagnórisis. Quizás no se ha fijado en el rostro para identificarlo. Y entonces se produce la señal del reconocimiento, que en este caso es la voz de Jesús con acento especial, pues ya antes había hablado con ella.

• Pero esta vez es la voz que llama por el nombre, con el acento inimitable, inconfudible, diciendo su nombre solamente como tantas veces en la casa de Betania, o en las conversaciones de discípula de Jesús . En la voz vibra el acento personal de Jesús, el que lo descubre e identifica ante ella, haciendo que enajenada, de pronto se arroje a los pies del Maestro, con una sola palabra: «Rabboni», que quiere decir, nos advierte el evan¬gelista, «Maestro» .

• Los hombres nos identificamos claramente por la voz. Aun¬que puede ser desfigurada, pero cuando es natural, manifiesta la persona. Suena el teléfono, y apenas hemos oído la voz sabe¬mos quién nos llama, sin verle, y en la televisión suena también con su propio acento. Si especialmente es el nombre dicho con el amor inconfundible de siempre, basta. María le identifica por la voz, por el acento afectuoso con que la nombra, como antes.

La identificación personal suele practicarse hoy a base de las huellas dactilares. No hay dos iguales, conforme a la variedad de las fórmulas genéticas. Pero también es muy notable la identificación por la voz, por su acento, sonido y timbre. Aun oída lejos, identificamos al que la pronuncia. ¿Qué es lo que hace distinguir cada voz humana de las demás?.

Los discípulos de Emaús

• En el caso de los discípulos de Emaús resulta más difícil seña¬la nota de identificación; pero en cambio se dilata el reconocimiento, la longitud y tiempo del camino hasta Emaús, con una animada conversación, en que el desconocido expone una interpretación, que debió ser impresionante, de la Escritura respecto de la muerte y resurrección del Mesías. Quizás Cleofás (que parece ser el testigo de quien lo ha oído Lucas) y su compañero no han estado tan acostumbrados al trato directo con Jesús, aun¬que en verdad eran del círculo de intimidad (Lc 24,22-24).

• Qui¬zás Jesús al unírseles, lleva un tanto caído el velo sobre el rostro, como para evitar el polvo del camino. Tiene el aspecto de un hombre que va de viaje. Mantienen una larga conversación, en la que sienten el poder de su palabra y arde su corazón al escu¬charle (Lc 24,32).

• Y llega la nota del reconocimiento, en que aparece que inter¬viene el poder del Señor para ello. Están sentados ya a la mesa, tras la cordial invitación de los peregrinos, y comienza el servi¬cio. «Tomó el pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio» (Lc 24,30). Parece que se ha de pensar más en una reminiscencia de un gesto habitual de Jesús, que en bendición alguna de eucaristía, aunque sea su símbolo en la narración. Le reconocen en el gesto de ben¬decir el pan y distribuirlo. Parece, además, que siendo el invita¬do, se ha arrogado un privilegio que no le pertenecía. Es el mismo gesto hecho en la multiplicación de los panes, el de la bendición inimitable. Muchas veces reconocemos nosotros a alguien, aun desde lejos, cuando todavía no podemos identifi¬carle por sus rasgos faciales, por algún gesto suyo característico, su modo de andar, su modo de mover las manos...

En el lago de Genesaret

• En el lago de Genesaret de Galilea, los siete pescadores veían en el amanecer confuso y quizás neblinoso, a distancia en la orilla, un hombre que les hablaba a gritos;

• y de pronto Juan vio algo revelador: aquel gesto, aquel modo de entonar la voz, aquel levantamiento de la mano, aquel modo de andar, eran los del Señor, y así, tras esta identificación, dijo a Pedro: «Es el Señor» (Jn 21,7). No es un transeúnte casual, ha ido a buscarles a ellos, y su orden de echar la red para obtener la copiosa pesca, termina de identificarlo. Es el Señor.

• Resulta curiosa en este caso la advertencia del narrador, de que cuando ya en la orilla, sentados, comían en silencio el pan y el pez asado, parece que en el ánimo de todos estaba el iniciar la conversación con el desconocido, la cual de ordinario se inicia por preguntas acerca su situación, quién es, de dónde viene. Pero ellos estaban justamente convencidos de que era Jesús, y no se atrevían a iniciar la conversación (Jn 21,12).

El reconocimiento por el tacto

Mas falta todavía la señal que hemos visto que es la más humana, la del tacto, para el reconocimiento, sobre todo, para evitar el pensamiento de que quizás sea un fantasma, una forma vaporosa con semejanza de Jesús. La liberación de Pedro de la cárcel de Herodes en los Hechos nos aporta un curioso testimo¬nio acerca del pensamiento judío de que el ángel que acompaña a uno puede parecerse a él, o tomar su voz. Cuando Pedro llega a casa de María, madre de Marcos, donde estaban reunidos orando, la muchacha que llegó hasta la puerta al oir la llamada, reconoció al punto la voz de Pedro desde dentro. Y, en un gesto muy apropiado a su modo de ser, en vez de abrir corrió adentro a anunciar llena de alegría que Pedro estaba a la puerta, y que llamaba. Como estaba en la cárcel cuidadosamente custodiado por Herodes, creyeron que deliraba, pero se convencieron al abrir. Alguno, antes de abrir, ante la noticia asombrosa, decían: «Debe ser el ángel de Pedro» (Act 12,15).


Diez discípulos en el Cenáculo

• Cuando Jesús se presenta en el cenáculo ante sus discípulos reunidos (los Diez, menos Tomás, otros discípulos, los de Emaús, mujeres...), para convencer a sus discípulos, totalmente desconcertados por la aparición, Jesús les invita a la anagnórisis del tacto: «Ved mis manos y mis pies, que soy Yo mismo. Palpad y comprobad que un espíritu (o fantasma) no tiene carne y hue¬sos, como veis que tengo yo». Y les mostró las manos y los pies (Lc 24,39-40).

• Sabemos por Juan que Jesús tenía las heridas de la crucifixión abiertas en su cuerpo (podía meterse en ellas el dedo o la mano) y así al decir Lucas que les mostró los pies y las manos, está claro que les mostraba estas extremidades con sus heridas de crucificado.



El contacto de Tomás

Y puesto que Tomás pide como comprobación meter la mano y los dedos en las heridas, podemos -pensar que Jesús mostraba pies y manos con las heridas abiertas, y que invitó a alguno los presentes a meter la mano. No cabe duda de que la multiplicidad de huesecillos, que forman el admirable conjunto de estructura de pies y manos del hombre, hacía muy fácil comprobar allí su existencia en dedos y palma, y empeine. Quizás se veían los huesos a través de las heridas, aunque no de manera hediese compasión.

Lucas que hace a Jesús presentar las heridas de manos y pies para el reconocimiento, no habla nada de la herida del costado. Solo por Juan sabemos que ésta se había producido en el cuerpo de Jesús, ya cadáver en la Cruz. Tomás, en efecto, recibe de sus compañeros la noticia de que: «Hemos visto al Señor» (Jn 20, 25). Quizás un poco tocado en su amor propio por el hecho de que la aparición se haya producido estando él ausente, esto acentúa su negativa a creer. Entonces, en su negativa resuelta a creer aquella noticia alegre, añade, en su enfado, una condición para aceptar la verdad de lo que le dicen: «si no veo las heridas v meto mi dedo en sus manos y mi mano en su costado, no cree¬ré» (Jn 20,25).

Esta exigencia de Tomás, que sobrepasa lo necesario, pues le han dicho que ellos han visto al Señor, y él exige tocarlo y meter en las aberturas dedo y mano, indica (pues Juan en la anterior aparición dice que les «mostró manos y costado»: Jn 20,20) que sus compañeros le habían hablado de este tacto reco¬nocedor y de la abertura de las heridas. También Lucas dice que les mostró manos y pies (Lc 24,40), señalando de manera pare¬cida que los ofreció al tacto y a la entrada. Tenemos pues, manos, pies y costado, la herida más grande donde caben al menos tres dedos de la mano juntos.

Cuando en la siguiente aparición a los ocho días, delante de todos sus compañeros, es invitado Tomás por Jesús a ver y tocar manos y costado, según su exigencia, guiada su mano por la amorosa de Jesús, tienen ya todos el reconocimiento directo del tacto, y del vacío de la abertura en la carne. No parece hay moti¬vos para pensar que haya conservado otras heridas, que desfigu¬raban profusamente el cuerpo sagrado. No olvidemos que Juan fue el único evangelista en señalar que fue abierto el costado del cadáver por la lanza, por lo cual es natural que sólo él señale esta herida como especialmente destacada en la aparición, pues pies y manos constaban a todos por la crucifixión misma.

Esta comprobación por el tacto es de especial importancia, y es la señal que parece cerrar el ciclo del reconocimiento, aunque todavía Jesús, según Lucas, añadió la de la comida ante ellos. Las heridas abiertas, pues, muestran que el mismo crucificado histórico, cuyas mortajas han recogido. El tacto ahora muestra que no es una aparición alucinada.

No es una ilusión vieron el Cuerpo de Jesús resucitado

Ha escrito san Ambrosio: «¿Cómo podría no ser un cuerpo si aparecen en él las señales de las heridas, las marcas de las cicatrices (más bien aberturas), que el Señor ofrece al tacto para que las palpen?» (In Lucam, c.24). Cuando aparece en la pantalla del televisor un personaje conocido, todos lo identificamos punto por dos cosas; el rostro con la figura y su gesto, que los ojos perciben, y el timbre característico de la voz, que percibe el oído. Nos basta, no podemos engañarnos. Es su figura y su voz, es él. Y, sin embargo, todos somos conscientes de que es tan sólo una imagen grabada, como es grabada la sonoridad y timbre de su voz. Pero no es su propia presencia directa. ¿Qué falta? El volumen, lo tangible, la percepción por el tacto. No podemos cogerlo, es imposible abrazarlo.

Cuando un espejismo deslumbra a un viajero del desierto podrá ver un oasis de deseo, y hasta casi oír el susurrar del agua que la sed requiere. Pero se desvanece la ilusión, cuando al acer¬carse, desaparece todo y sólo quedan el aire y el deseo. Se podría aquí preguntar sobre casos bíblicos, si en las apariciones de ángeles, que no tienen cuerpo (aunque lo formen aparente de algún modo, misterioso para nosotros), o en la aparición de Moisés y Elías en la Transfiguración (al menos, con mayor cer¬teza en el caso de Moisés, que consta había muerto), si no se dan fenómenos de tacto con los de la vista y el oído.

Tenemos el caso del ángel que libró a Pedro de la cárcel herodiana, custodiado por relevos de soldados, el cual rompió realmente sus cadenas o las soltó, abrió ante él las puertas, y lo dejó finalmente con realidad en la calle (Act 12,7-10). En el AT el caso más señalado parece ser el de los huéspedes de Abraham en la revelación de Mambré, pues dice que Abraham, como señal de hospitalidad, lavó sus pies, tocándolos en volumen. Además, comieron ante él (Gen 18,4,9; 19,3,10).

Pero, aunque ignoramos el modo cómo los ángeles en sus apariciones se muestran con cuerpos humanos, en todo caso hay una importante diferencia con las apariciones de Jesús. Esta es precisamente la «anagnórisis». Pues en su caso tienen, con el tacto y la común comida (Lc 24,41-43; Act 10,41) el reconocimiento por el tacto, la vista, el oído, el rostro y la figura y gestos, de alguien con quien han vivido durante tres años habitualmente, y esto sólo después de tres días (o día y medio) en que había desaparecido de entre ellos. Ni la duda ni la argucia es posible n un caso así. Por otra parte, los ángeles, si aparecen corporalmente aunque parezca enteramente que es un ser corporal, esto se hace -como hay que reconocer- por milagro de Dios, y no es posible que El haga un milagro para engañar, pues lo que Jesús quería negar era precisamente la existencia de alucinación respecto de su verdadero cuerpo.


4. La afirmación del propio Resucitado

Finalmente, en la identificación del aparecido, tenemos que contar con que, en sus propias palabras, el propio Resucitado afirma quién es, y no cabe duda de que es imposible que Dios permita un engaño en esta afirmación fundamental, que con¬vierte directamente la aparición en una revelación. Este es el caso singular de la célebre aparición a Saulo en Damasco, que provoca su conversión instantánea, total y cerrada. Pues, no habiendo sido Saulo discípulo de Jesús, y no habiéndole cono¬cido directamente, según los testimonios, ha de preguntar al aparecido por su identificación, y ha de ser él quien se identifi¬que. (Act 22,3). La respuesta de identificación del aparecido es ésta: «Yo soy Jesús, a quien tú persigues» (Act 9,5; 22,8; 26,15) y las palabras de esta autoproclamación del que se aparece, per¬tenecen al mismo núcleo central del relato, en las tres versiones que poseemos del mismo.

Saulo ha visto, y de esto no le queda la menor duda posible, al propio Jesús en persona, por lo que dice: «¿No soy Apóstol? ¿No he visto al Señor Jesús?» (1 Cor 9,1). Tiene seguridad directa de que ha oído su voz en presencia cierta. Jesús le ha revelado su identidad, y el efecto ha sido tan grande, la mutación de su ánimo tan total, que no le puede quedar duda de si ha sido una realidad, con todos los sucesos posteriores de Damasco y Ananías (Act 9,9-19; 22,12-16). No ha sido un relámpago alucinante, sino una persona, una conversación, unos sucesos consecuentes, una vida entera los que testifican la revelación del propio Jesús. (Act 9,7-23).

También con los demás el mismo Señor ha manifestad quién era: a María Magdalena le ha dicho el nombre propio le ha dado un encargo personal; a los de Emaús, al desvanecerse de su vista, después de varias horas de presencia en compañía; a los apóstoles en el cenáculo, de manera directa: «Soy Yo mis¬mo, no temáis» (Lc 24,39). Son las mismas palabras que les dijera al llegar sobre el agua encrespada del lago, calmando el oleaje violento (Mt 14,27; Me 6,50; Jn 6,20).


No es una alucinación pasajera

Los apóstoles, los testigos, y con ellos nosotros, podemos estar seguros enteramente de que no es una pasajera alucinación del deseo. Son muchos los que le han visto, le han visto muchos de ellos repetidas veces, su rostro querido, su acento, su gesto inolvidable. Sus palabras siguen conservando el estilo personal y conocido. Y por encima de todo esto, han tocado su cuerpo de carne, sus heridas abiertas, como dato físico de identificación. Han oído de su boca la seguridad de su persona y de su ser.

¿De dónde puede venir la duda, que les achacan ciertos exegetas del racionalismo? La duda, decimos, que permanece (pues la momentánea es natural por lo asombroso del caso). Ellos no dudan de su propia experiencia del entorno. No dudan de modo real y humano en el que viven con seguridad de certeza. ¿Que les asegura? Sus sentidos, su comunicación, la permanencia o repetición de la experiencia. Y ¿por qué habían de dudar de ésta los apóstoles, asegurados de tantas maneras y por tantos medios? ¿Cómo podríamos nosotros dudar de la verdad de su testimonio, conociendo su multiplicidad, sinceridad y virtud?

Es, en verdad, Jesús de Nazaret quien ha resucitado, quien se les ha aparecido, el Maestro en cuya compañía han vivid durante tres años tantos momentos inolvidables, a quién n visto morir en el desamparo de todos los poderes. Es Jesús quien ha resucitado, y a quien han visto.

Se puede añadir una pregunta para estos maestros de duda: ¿qué otro modo se les ocurre a ellos de certificar que ha resucitado Jesús, si no es el de las apariciones en estas condiciones? Esperamos su respuesta.


5. El testimonio de los testigos auténticos

Nosotros tenemos el testimonio de aquellos que vieron, oyeron-tocaron a Jesús resucitado, y comieron con él. Este testimonio en cuanto a los puntos principales, entre los cuales el central es el de la resurrección, se llama el «kerigma» o proclamación de la verdad testificada, y es el punto de apoyo de nuestra fe. Ellos tuvieron esa dicha, pero, como dice Jesús a Tomás, más dichoso es el que cree sin ver, en cuanto que su fe es más pro¬funda y más claramente divina. Naturalmente que ellos tenían esta misma fe, aunque hubieran visto.

Pero tenemos que tener en cuenta que ellos para nosotros no son testigos de su propia fe, sino de los hechos que en ella se afirman. Cuando eligen los apóstoles a san Matías como duodé¬cimo apóstol en lugar de Judas Iscariote, que se suicidó ahorcán¬dose, la exigencia es que hayan sido testigos de los hechos de Jesús, y en especial «testigos de su resurrección» (Act 1,22), es decir testigos de sus apariciones. Al llamarlos así, se está indi¬cando que tales apariciones eran hechos objetivos, puesto que no se puede ser testigo de cosas que no existen sino en la mente alucinada del testificador.

Tenemos así testigos calificados de verdaderos de las apari¬ciones, por donde se califican de verdaderas las mismas aparicio¬nes. Tal argumento no tiene vuelta de hoja. De la misma manera califica san Pablo en Antioquía de Pisidia a los que le vieron repetidas veces resucitado, como «testigos de su resurrección ante el pueblo», habiéndolo sido de sus apariciones objetivas. Son objetivas y están unidas con la resurrección, que no vieron, porque son su efecto y su prueba. (Act. 13,30.) Esta afirmación es básica en la fe cristiana .


6. Las apariciones fueron personales

Las apariciones, comprobadas por los sentidos de los apóstoles y por la misma revelación de Jesús en diálogo que en ellas se producía, fueron apariciones personales. En la misma historia evangélica, en el libro de los Hechos, se nos narran, además de la visión de Saulo en Damasco, que también fue personal equiparada a las de los otros apóstoles, como hemos visto otra visiones interiores de Jesús, que avisa interiormente algo, y no pertenecen directamente al testimonio de la Resurrección. Así Pablo tiene una visión nocturna del Señor en Corinto, en que le dice: «Estoy contigo. Tengo un pueblo numeroso en esta ciu¬dad.» (Act 18,11.) En su discurso al pueblo vociferante contra él en el Templo, dice: «Cuando volví a Jerusalén, tras mi conver¬sión, caí en éxtasis, y me dijo el Señor: Apresúrate a salir de Jerusalén, pues no recibirán tu testimonio», y al excusar Saulo a sus hermanos adversarios ante un caso como el suyo, pasado de perseguidor a apóstol, respondió el Señor: «Marcha, que Yo te enviaré lejos a las naciones» (Act 22,17-21). Es claro que tal éxtasis no fue visión corporal. Y una de las más significativas, aquella en que le manda predicar en Roma (Act 23,211).

Cuando le confía la misión de predicar en Roma, y dar testi¬monio allí, como antes en Jerusalén, es en visión nocturna, y aunque dice que el Señor estaba presente a él (epistás) no por eso es visión de testimonio apostólico de resurrección personal, como la de Damasco. También Juan en el Apocalipsis tiene la gran visión de Jesús en la gloria, donde afirma que «El es el que vive y estuvo muerto», es decir el Resucitado. Pero toda la visión fue en espíritu, como lo muestra la visión con elementos simbó¬licos (candelabros, estrellas). Notemos, con todo, que en esta visión Juan veía al Señor con rostro de radiante claridad, «como el sol en la plenitud de su fuerza» (Ap 1,16), como de modo semejante vio Esteban a Jesús en su martirio . Ninguna de estas visiones, sin embargo, ocupan lugar en el catálogo de las testificaciones de la resurrección. Son de otro género, no en persona corporal.

Con esta ocasión, se puede preguntar: las visiones o apariciones se producen en la Iglesia y en la historia de los santos, algunas de las cuales son innegables, ¿se producen en forma corporal? Es evidente que tal pregunta sólo puede formularse acerca de Jesucristo, y de la Virgen María, que por el dogma de la Asunción se halla corporalmente ya en el cielo.

Concretamente, las apariciones de Lourdes, Fátima y otros lugares marianos, aceptadas por la Iglesia como creíbles, ¿eran en forma personal corpórea de María? No es fácil responder, pero parece se debe pensar que, en algunos casos, como el de Lourdes, se ha de dar respuesta afirmativa. Porque hablando con solemnidad, dice: Yo soy la Inmaculada Concepción. Y en Fátima, menos dogmáticamente: Os diré quién soy. Bernardette llamaba a la aparición: Aqueró, Aquello, en patois.

Cuanto a las visiones de Jesucristo parece admitirse que sus apariciones a los santos no son de tal forma que pueden decir, como san Pablo: He visto a nuestro Señor Jesucristo. Nos move¬mos, de todos modos, en cierta incertidumbre. Otra cosa es en las visiones llamadas interiores o imaginarias, donde ciertamente no se produce presencia corporal, sino sólo intelectual o imagi¬nativa. Tales son las visiones de santa Teresa de Jesús, que con¬fiesa que vio corporalmente junto a ella por excepción al queru¬bín de la transverberación, con forma corporal que describe, y dice: «Veía un ángel cabe mí, hacia el lado izquierdo en forma corporal, lo que no suelo ver sino por maravilla» (Vida, c. 29,13). Y sin embargo, es claro que el ángel no tenía cuerpo, sino que lo tomaba la aparición, pues no lo tienen. Nunca ha dicho ella tal cosa de Jesús, que se le apareció muchas veces.

Lo mismo habría que decir de santa Margarita María Alacoque y sus visiones del Sagrado Corazón. No consta que fuesen corporales. Pues, aunque en la primera vez que le mostró su Corazón, ella dice: «Me hizo reposar por muy largo tiempo sobre su pecho divino...» (Autobiografía, c. IV), parece que esto pudo más bien suceder en la visión interior.

Otras visiones de Santa Catalina de Siena, y de otros santos se pueden explicar de modo parecido. Sin embargo no deja de haber algún caso en que parece haber estado corporalmente el Señor. No parece puede ponerse en duda la aparición de la Virgen María al joven Estanislao de Kostka, estando enfermo en cama, cuando le dio la orden de entrar en la Compañía de Jesús, que él cumplió con absoluta decisión, a pesar de todas las dificultades. En este caso el relato, que proviene del mismo santo en su generosa inocencia, dice que la Virgen puso luego el Niño Jesús, que llevaba en brazos, en los del joven, que le besan y acariciaba, lo que exige forma corporal. Estaba Jesús, sin embargo, en forma de niño, y aunque puede tomar formas distintas, como se ve en el evangelio (Emaús, Magdalena), no parece que de tal manera que tenga otra edad que la del Resucitado. En aquellos casos evangélicos, siempre se mostraba como un hombre, aunque alguna vez haya disimulado su aspecto exterior con el vestido, la voz o el gesto. Así, parece podemos pensar que, fuera de las apariciones evangélicas, y la de Saulo queda otra aparición que la última, en que le verá toda carne cuando venga a juzgar en el resplandor de su gloria .

lunes, 1 de marzo de 2010


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