sábado, 15 de febrero de 2014

El Corazón de Jesús santuario del Espíritu Santo

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sábado, 1 de febrero de 2014

El Corazón de Jesús obra nuestra divinización

El Corazón de Jesús obra nuestra divinización
PRIMERA PARTE: Consideraciones generales 3

Capítulo I En la actual providencia Dios quiere ser glorificado por medio de la divinización del hombre 3
§ 1. Dios ha hecho todo para su gloria, la cual quiere conseguir principalmente haciendo felices a las criaturas racionales y comunicándose a ellas. 3
§ 2. Naturaleza de esa felicidad: la felicidad misma de Dios, o el orden sobrenatural. 3 §
3. Declárase qué sea el orden sobrenatural. 4
§ 4. El plan sobrenatubal, pues, del hombre es su divinización, la cual no debe confundiese con el panteísmo. 4
§ 5. Obligación que tiene el hombre de alcanzar su fin. Medio 1.°: la gracia, principio y medida de nuestra divinización. 4
§ 6. Medio 2°: la gloria, coronamiento de nuestra divinización. 5
§ 7. En que se confirma por la escritura y santos padres que la gracia nos diviniza. 5
§ 8. Precísase y resúmese la doctrina de nuestra divinización por medio de la gracia y de la gloria. 5
§ 9. Insístese en la realidad de nuestra divinización. 6
§ 10. Nuestra deificación consiste principalmente en la posesión de la persona misma del Espíritu Santo. 6
§ 11. Resumen. 6

Capítulo II: Dios quiere ser glorificado por Jesucristo 7
§ 1. El verbo Encarnado, mediador entre Dios y los hombres en orden a la realización de los planes del eterno sobre la humanidad. 7
§ 2. El verbo Encarnado fin de toda la creación. 7
§ 3. Jesucristo causa de armoniosa unidad en la naturaleza, y, por ende, de perfección y felicidad. 8
§ 4. Explánase más a la larga que cristo es nuestro fin perfeccionador. 8
§ 5. Jesucristo es, por voluntad de Dios padre, nuestro fin, para que le glorifiquemos glorificando a su Hijo. 8
§ 6. Las humillaciones y la cruz fueron los preámbulos obligados del glorioso reinado de Cristo. 8
§ 7. Resumen: Conclusión del Concilio provincial del Puy, celebrado el año 1873.

Capítulo III: La adopción divina, forma general de nuestra divinización 9
§1. Doble aspecto de nuestra divinización: la adopción divina y la incorporación en Jesucristo. 9
§ 2. La adopción divina efecto de la liberalidad de Dios 10
§ 3. Esclavitud y filiación. 10
§ 4. El hombre de la naturaleza y el hombre de la gracia. 11
§ 5. Razón de los privilegios del hombre de la gracia. 11
§ 6.Diferencia entre la adopción divina y la humana. 12
§ 7. Elementos de la adopción divina. 12 § 8. Consecuencias prácticas de la verdad de nuestra adopción divina. 12

Capítulo IV: LA INCORPORACIÓN EN JESUCRISTO, FORMA PARTICULAR DE NUESTRA DIVINIZACIÓN. 13
§ 1. En la actual providencia Dios quiere que nuestra divinización se obre por Jesucristo. 13
§ 2. Realízase nuestra deificación por medio de la incorporación en Cristo. 13
§ 3. Ilústrase, con la comparación del cuerpo humano, la verdad en el párrafo precedente asentada. 13
§ 4. ¿Por qué se atribuyen a Cristo las funciones de cabeza y a los fieles las de miembros del cuerpo místico que con él forman? 14
§ 5. En que se declara qué quiere decir Cuerpo Místico de Jesucristo. 14
§ 6. Cómo se pierde la vida divina, o la incorporación en Cristo. 14
§ 7. Diferencia entre las sociedades humanas y el Cuerpo Místico de Jesucristo. 15
§ 8. Importancia de la doctrina del Cuerpo Místico en las enseñanzas de San Pablo. 15
§ 9. Conclusiones de la doctrina expuesta: 1. la jerarquía de funciones en el Cuerpo Místico. 16
§ 10. Conclusiones: 2. obrar de una manera digna del cuerpo cuyos miembros somos. 16

Capítulo V: NUESTRA DIVINIZACIÓN ES LA OBRA PROPIA DEL CORAZÓN DE JESÚS 16
§ 1. Nuestra deificación es un hecho comprobado e indubitable. 16
§ 2. ¿Somos hechos partícipes de la divina naturaleza por el Corazón de Jesús? 17
§ 3. ¿Quién es Jesucristo? 17
§ 4. ¿Por cuál de sus dos naturalezas nos salvó Jesucristo? 17
§ 5. Jesucristo sacerdote por excelencia, soberano pontífice de la humanidad. 18
§ 6.¿En qué sentido se atribuye nuestra santificación al Corazón de Jesús? 18
§ 7. ¿Por qué decir «Corazón de Jesús», y no «Jesucristo»? 18
§ 8. El Corazón de Jesús principio inmediato de mi santificación. 19
§ 9. Plan de la segunda y tercera parte. 19

El Corazón de Jesús obra nuestra divinización

PRIMERA PARTE: Consideraciones generales

Capítulo I En la actual providencia Dios quiere ser glorificado por medio de la divinización del hombre
§1. Dios ha hecho todo para su gloria, la cual quiere conseguir principalmente haciendo felices a las criaturas racionales y comunicándose a ellas.
§ 2. Naturaleza de esa felicidad: la felicidad misma de Dios, o el orden sobrenatural.
§ 3. Declárase qué sea el orden sobrenatural. El orden es la acomodación de los medios a un fin determinado, y sus elementos son el fin y los medios. El fin sobrenatural consiste en la comunicación que Dios hace de su propia felicidad.
§ 4. El plan sobrenatural del hombre es su di¬vinización, la cual no debe confundiese con el panteísmo.
§ 5. Medio 1° para alcanzar el fin: la gracia, principio y medida de nuestra divinización. La gracia es la semilla de la gloria; una y otra están compuestas de los mismos elementos; mas éstos, imperfectos en la primera, llegan a su perfección en la segunda. La unión con Dios por la gloria encierra la clara visión de Dios por su propia luz, la unión con Dios por medio de su mismo amor, y, en fin, el goce de la felicidad propia de Dios. También en la gracia encontraremos estos tres géneros de unión: por la fe nos hará conocer a Dios con su propia luz; por la caridad nos hará amarle con su propio amor, y por la esperanza nos hará tender a la felicidad de Dios.
§ 6. Medio 2°: la gloria, coronamiento de nuestra divinización. Los actos de las virtudes teologales, que son las principales formas de la gracia, no difieren de los actos por los cuales el alma bienaventurada goza de la gloria, sino en cuanto los primeros tienen como ausente el objeto que los segundos tienen presente.
§ 7. En que se confirma por la escritura y santos padres que la gracia nos diviniza. El justo de la tierra, como el bienaventurado del cielo, es en realidad un ser divinizado, y su divinización es tan real y cierta, que los Santos Doctores se apoyan en ella para demostrar la divinidad del Espíritu Santo, que es su autor.
§ 8. Precísase y resúmese la doctrina de nuestra divinización por medio de la gracia y de la gloria. La vida sobrenatural es una vida verda¬deramente divina. Conserva en toda su integridad su ser, su personalidad, sus propias facultades; mas añádense a ellas las virtudes, que son como ciertas facultades sobrenaturales; con estas virtudes se une Dios mismo substancialmente al cristiano y hácele verdaderamente participante de su naturaleza. Hay en la gracia como en la gloria, algo creado y algo increado. Así como en el cielo las almas bienaventuradas, iluminadas por los res¬plandores del Verbo de Dios, reciben en sí mismas una claridad que las hace semejantes a este divino sol y capaces de unirse a Él; así en la tierra, el alma, unida por la gracia al Espíritu Santo, recibe en sí misma, ya por movimientos pasajeros, ya por cualidades permanentes, el influjo del Divino Espíritu. Mas, así como en el cielo el lumen gloriae no impide que la unión del alma con el Verbo de Dios sea inmediata, así, en la tierra, la gracia crea¬da no impide que el alma se una inmediatamente al Espíritu Santo.
§ 10. Nuestra deificación consiste principalmente en la posesión de la persona misma del Espíritu Santo.

Capítulo II: Dios quiere ser glorificado por Jesucristo
§ 1. El verbo Encarnado, mediador entre Dios y los hombres en orden a la realización de los planes del eterno sobre la humanidad.
§ 2. El verbo Encarnado fin de toda la creación. En el plan que tenía Dios, dice Santo Tomás, de elevar las cosas creadas a su más alto grado de perfección, nada más sabio y atinado podía ocurrírsele que unir el Verbo de Dios, principio de todo, a la naturaleza humana, última criatura en la obra de los seis días, a fin de componer un Hombre-Dios en quien y a quien todo se reduce.
§ 3. Jesucristo causa de armoniosa unidad en la naturaleza, y, por ende, de perfección y felicidad. El Corazón de Jesucristo es la solución de todos los enigmas, que sin Él hubieran sido insolubles.
§ 5. Jesucristo es, por voluntad de Dios padre, nuestro fin, para que le glorifiquemos glorificando a su Hijo.

Capítulo III: La adopción divina, forma general de nuestra divinización
§1. Doble aspecto de nuestra divinización: la adopción divina y la incorporación en Jesucristo.
§ 3. Esclavitud y filiación. La forma común que reviste esencialmente la divinización de los espíritus creados es la adopción divina. «A cuantos la recibieron, dice San Juan, les dio poder de ser hechos hijos de Dios; los cuales son nacidos, no de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, mas de Dios». El esclavo es extraño a la familia del señor.
§ 4. El hombre de la naturaleza y el hombre de la gracia. Tal es el hijo y tal el esclavo. Ahora bien, la diferencia que separa el uno del otro es precisamente la que distingue el orden natural del sobrenatural, el hombre de la naturaleza, del hombre de la gra¬cia.
§ 5. Razón de los privilegios del hombre de la gracia. Lesio: «Así, pues, como Jesucristo es Hijo de Dios en cuanto recibe del Padre la naturaleza divina por la unión hipostática, así el cristiano es con toda razón llamado hijo de Dios, porque recibe esa misma naturaleza por la unión de la gracia. Hay, sin embargo de eso, gran diferencia entre estas tres maneras de poseer la vida divina: el Verbo divino la ha recibido de tal manera que ella le pertenece esencialmente y por identidad; la hu¬manidad de Jesucristo, por la unión hipostática, la posee substancialmente; pero no se une a las almas justas sino por una unión accidental, la unión de la gracia santificante. »Esta gracia no es, pues, la forma principal que nos hace hijos de Dios, sino la divinidad misma que se nos comunica.
§ 7. Elementos de la adopción divina. Cornelio a Lapide: «Nuestra justificación y nuestra adopción consisten totalmente en la caridad y en la gracia inherentes al alma, las cuales encierran en sí mismas y llevan consigo al Espíritu Santo, autor de la gracia y de la caridad. No se puede, en efecto, separar del Espíritu Santo la gracia de adopción, ni el Espíritu Santo que nos adopta, de la gracia por la cual somos adoptados: de la misma manera que el rayo de luz no puede separarse del sol, ni el sol del rayo de luz, y como tampoco en éste puede separarse la luz del calor, ni el calor de la luz. El Apóstol nos muestra la unión de todas las cosas cuando nos dice que la caridad de Dios ha sido derramada en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado». § 8. Consecuencias prácticas de la verdad de nuestra adopción divina. «¡Vosotros sois hijos de Dios! ¡Acordaos de vuestra dignidad!

Capítulo IV: LA INCORPORACIÓN EN JESUCRISTO, FORMA PARTICULAR DE NUESTRA DIVINIZACIÓN.
§ 1. En la actual providencia Dios quiere que nuestra divinización se obre por Jesucristo.
§ 2. Realízase nuestra deificación por medio de la incorporación en Cristo. Jesucristo, Cabeza de los cristianos; los cristia¬nos, miembros de Jesucristo.
§ 3. Ilústrase, con la comparación del cuerpo humano, la verdad en el párrafo precedente asentada. El principio de esa vida en nosotros es el alma racional. San Agustín. Lo que nuestro espíritu, esto es, nuestra alma es para nuestros miembros, eso es el Espíritu Santo para los miembros de Jesucristo y para el cuerpo de Jesucristo, que es la Iglesia.
§ 4. ¿Por qué se atribuyen a Cristo las funciones de cabeza y a los fieles las de miembros del cuerpo místico que con él forman? La cabeza es, pues, para todos los otros miembros, centro de sentimiento y principio de movi¬miento.
§ 5. En que se declara qué quiere decir Cuerpo Místico de Jesucristo. Jesucristo es muy realmente la cabeza mística cuyos miembros somos nosotros. En el cuerpo místico de Jesucristo hay tan¬tas substancias y personas como miembros. Pero éstos viven todos de una sola y misma vida; y por el Espíritu Santo, principio de ella, están entre sí más estrecha e indisolublemente unidos que los miembros del cuerpo.
§ 6. Cómo se pierde la vida divina, o la incorporación en Cristo.No todo pecado separa de ese modo al cristiano del cuerpo de Jesucristo. Un miembro puede estar enfermo; puede también estar paralizado y permanecer, con todo, unido al cuerpo. Así, el miembro de Jesucristo puede ser atacado de la enfermedad del pecado venial; puede también ser privado, por el pecado mortal, de la vida de la gracia, y sin embargo pertencer aún a esa divina Cabeza. Dos la¬zos nos unen a ella: el de la fe, que nos hace cristianos, y el de la caridad, que nos hace santos. Si estos dos lazos se rompieran, no tendríamos ningún medio de salvación; pero, aun cuando hubiéramos tenido la desgracia de perder con la caridad la salud y vida sobrenatural, el cuerpo del Salvador, al cual permanecemos unidos por la fe, nos proveería de medios poderosos para recobrar estos bienes inestimables. No hay que desesperar de la salud de un miembro que está aún unido al cuerpo; pero el que ha sido cortado, no es susceptible ni de cu¬ración, ni de remedio».
§ 7. Diferencia entre las sociedades humanas y el Cuerpo Místico de Jesucristo. En el cuerpo de Jesucristo los miembros que, como hombres, tienen cada uno su vida propia, no tienen, como cristianos, sino una sola y misma vida: la vida de Jesucristo, y por cierto su vida sobrenatural, o sea la que resulta de la unión de su alma con el Espíritu de Dios, no la que es efecto de la unión de su alma con su cuerpo. Comunicándonos realmente su Espíritu, hácenos participantes de su gracia.
§ 8. Importancia de la doctrina del Cuerpo Místico en las enseñanzas de San Pablo. Jesucristo ha resucitado, luego todos nosotros resucitaremos. Dicen los Santos Padres, Jesucristo, según San Pablo, es nuestra Cabeza, nos¬otros sus miembros; nosotros formamos, pues, un solo cuerpo; ahora bien, este cuerpo resucitado ha de ser vivo y perfecto; luego es conveniente que, donde está la Cabeza, estén también los miembros. No pudiendo los miembros estar separados de la Cabeza, si nosotros no hemos de resucitar, tam¬poco Jesucristo ha resucitado; y si Jesucristo no ha resucitado, nuestra fe es vana. San Pablo hace, pues, de la verdad de nuestra incorporación en Nuestro Señor la base del edificio religioso, el apoyo de nuestra fe, la prenda de nuestra esperanza.
§ 9. Conclusiones de la doctrina expuesta: 1. la jerarquía de funciones en el Cuerpo Místico. San Pablo, en la epístola a los Efesios, en la que explica la incorporación en Jesucristo, saca dos conclusiones im¬portantísimas. La primera es que no podemos tener todos el mismo oficio y por consiguiente la misma repartición de gracias. ¿Cuál es el origen, la causa de esas diferentes vocaciones, de esa distribución desigual de gracias? Advierte Santo Tomás, la causa primera de la diversidad viene de Dios, el cual da diferentemente los dones de su gracia, a fin de que de esta diversidad de grados nazca la belleza de la Iglesia; de la misma manera que, en la naturaleza, ha esta¬blecido diversos grados en la perfección de los se¬res, para que el todo sea perfecto.
§ 10. Conclusiones: 2. obrar de una manera digna del cuerpo cuyos miembros somos. La segunda conclusión que saca San Pablo es que, por ser miembros de Jesu¬cristo, debemos mostrarnos dignos del cuerpo cu¬yas partes somos. ¿No sa¬béis que vuestros cuerpos son los miembros de Jesucristo?.

Capítulo V: NUESTRA DIVINIZACIÓN ES LA OBRA PROPIA DEL CORAZÓN DE JESÚS
§ 1. Nuestra deificación es un hecho comprobado e indubitable. La fe nos injerta en Cristo, tallo de Dios; el bautismo nos comunica su savia, los sacramentos nos bañan con su rocío, la palabra divina nos envía su luz, la gracia nos mece con su brisa, la Iglesia nos cul¬tiva con sus manos.
§ 2. ¿Somos hechos partícipes de la divina naturaleza por el Corazón de Jesús? Nuestra divinización es, pues, un hecho compro¬bado e indubitable. Preguntémonos si el cristiano puede tener el consuelo de decir que su deificación es obra del Corazón de Jesús; si tiene derecho a decir del Corazón de Jesús lo que San Pedro aplica simplemente a Jesucristo: «Por Él hemos sido hechos participantes de la naturaleza di¬vina»
§ 3. ¿Quién es Jesucristo? «Jesucristo es el Hijo de Dios hecho hombre para salvarnos». Pues todos saben que, en la persona del Divino Salvador, hay dos naturalezas, y que, Dios como su Padre, por su naturaleza divina, es, por la humana, hombre como nosotros. Pero, si todos saben esto, no todos lo entienden igualmente. La humanidad de Jesucristo es absolutamente de la misma naturaleza que la nuestra; porque nos dice San Pablo: «al hacerse nuestro hermano, se hizo semejante a nosotros en todas las cosas, excepto el pecado». Su naturaleza humana es como la nuestra, compuesta de alma y cuerpo unidos substancialmente; en Él, como en nosotros, el alma vivifica el cuerpo, lo mueve, lo gobierna con una perfecta libertad. La persona del Verbo de Dios diviniza esta natura¬leza humana, no obrando en ella, sino comunicán¬dola su propia substancia. Jesucristo-Hombre es Dios, porque su humani¬dad subsiste divinamente; pero sus potencias hu¬manas son tan libres en sus acciones, como si fuera simplemente hombre.
§ 4. ¿Por cuál de sus dos naturalezas nos salvó Jesucristo? Las dos contribuyeron a esta obra, aunque de diferente manera. Tres condiciones eran necesarias para asegurar nuestra salvación: que nuestras faltas fueran ex¬piadas, que se nos obtuviera la gracia y que la gracia fuera derramada en nuestras almas. La hu¬manidad del Salvador cumplió las tres condiciones: como hombre expió nuestras faltas; como hombre nos mereció y comunicó la gracia; pero a cada una de estas tres condiciones la divinidad une el precio infinito, sin el cual hubieran sido absolutamente ineficaces. «Su humanidad nos santifica, dice Santo Tomás, pero ella recibe de la divinidad la virtud de obrar nuestra santificación». Los Santos Doctores explican en ese sentido el nombre de Cristo, que el Hijo de Dios quiso tomar al mismo tiempo que el de Jesús. Este se refiere más especialmente a la primera condición de nues¬tra salvación, a la expiación de nuestras faltas; el nombre de Cristo tiene una relación más directa con la tercera condición, es decir, con la santificación de nuestras almas. En efecto, Cristo significa ungido; el aceite de la unción es el símbolo de la gracia del Espíritu Santo. § 6.¿En qué sentido se atribuye nuestra santificación al Corazón de Jesús? Sabemos muy bien que el Corazón de Jesús, por su unión con la divinidad, posee la virtud de santificarnos; así que no excluímos de esta obra la divinidad de Jesucristo, pero nuestro pensamiento se va directamente a su humanidad.
§ 7. ¿Por qué decir «Corazón de Jesús», y no «Jesucristo»? A este Divino Nombre, que les representa la persona entera, gustan de añadir el apelativo especial de Corazón, con el fin de fijar mejor sus pensamientos. Jesucristo es el Salvador misericordioso, pero también el Dios Altísimo, el Señor todopoderoso, el Juez terrible. Cuando digo el Corazón de Jesús, veo al Salvador, si es posible, más cerca de mí; miro en El la manera con que quiere unirse a mí y cómo me invita a unirme a Él. Descubro en Él el principio inmediato de mi santificación.
§ 8. El Corazón de Jesús principio inmediato de mi santificación. El Hombre-Dios tenía, como nosotros, movimientos naturales y necesarios, y actos libres. ¿Por cuál de esas potencias ha sido nuestro Salvador? ¿Nos ha rescatado necesaria o libremente? ¿Obra aún nuestra santificación necesaria o li¬bremente? El Corazón de Jesús es, en verdad, el hogar de la vida divina; el centro del mundo sobrenatural; y dado que el mundo natural no haya sido creado y no exista sino con miras al orden divino, el Corazón de Jesús, principio de todos los movimientos y de toda la armonía de este orden, es en un sentido muy verdadero el centro de la creación.
§ 9. Plan de la segunda y tercera parte. Podremos mostrar a las almas cristianas que el Corazón de Jesús es la fuente de la vida divina que circula en nuestras venas; que lo es por la Encarnación, por la Redención, por la gracia, por los sacramentos, por la justificación, por el mérito, por la gracia actual; en una palabra, por todos los medios divinos que, como otros tantos canales, nos comunican la vida divina y nos deifican. Creemos que ningún estudio es más apto que éste para hacernos considerar en su verdadero pun¬to de vista la devoción al Corazón de Jesús, hacer¬nos barruntar su incomparable excelencia y saborear su inefable dulzura.

domingo, 12 de enero de 2014

El Corazón de Jesús obra nuestra divinización

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ENRIQUE RAMIÉRE, S. I. EL CORAZÓN DE JESÚS Y LA DIVINIZACIÓN DEL CRISTIANO INTRODUCCIÓN Et vita manifestata est, et vidimus, et testetmur, et annuntiamus vobis vitam aetemam, quae erat apud Patrem, et apparuit nobis.—Quod vidimus et audivimus, annuntiamus vobis, ut et vos societatem habeatis nobiscum, et societas nostra sit cum Patre, et cum Filio eius lesu Christo. (1 lo. I, 2, 3.) § 1. MENSAJE DIVINO ANUNCIADO AL MUNDO POR LOS APÓSTOLES: LA DIVINIZACIÓN DE LOS HIJOS DE LOS HOMBRES POR EL HIJO DE DIOS HECHO HOMBRE. Todos nosotros, uniéndonos a este Hijo único Io. V, 20, podemos llegar a ser, no sólo de nombre, sino tam¬bién de hecho, hijos de Dios 1 Io. III, I. El mensaje, pues, que los Apóstoles estaban encargados de anunciar a todos los pueblos de la tierra, y a todas las generaciones de la humanidad, es, como acabamos de oír, la divinización de los hijos de los hombres, por medio del hijo de Dios hecho hombre. He ahí el se¬creto comunicado confidencialmente al Discípulo amado mientras reposaba su cabeza en el Corazón del Salvador. No es, pues, de maravillar que, admi¬tido hasta el santuario en donde el misterio se efec¬tuó, nos lo haya revelado más claramente que los otros evangelistas; pues con más verdad que los otros puede decir: «La vida eterna que estaba en el seno de Dios, la hemos visto y palpado», y venimos, como testigos de vista, a manifestaros sus resplan¬dores. § 2. ESCASO NÚMERO DE LOS QUE COMPRENDEN ESTE MEN¬SAJE; LOS QUE LO ADMITEN, NO LO ACEPTAN EN TODA SU MAGNIFICENCIA. Este mensaje notificado a todos los cristianos no es, por desgracia, cabalmente entendido sino por muy pocos. No quieren creer que un Dios que ha padecido y muerto por ellos, les ame hasta el punto de hacerles vivir de su vida y gozar de su propia felicidad.. § 3. MUCHOS CRISTIANOS, AUN DE LOS TENIDOS POR INSTRUÍDOS, LO ENTIENDEN MAL. Elegid un cristiano, aun de los más piadosos e instruidos, y preguntadle cómo entiende la divina adopción a la que ha sido elevado por el bautismo. Probablemente os responderá que él ve en eso una misericordiosa ficción, análoga a la adopción que se usa entre los hombres. Semejante manera de concebir la vocación del cristiano rebaja infinitamente su sublimidad. Han sido derramados en nuestros corazones los do¬nes del Espíritu Santo, mas con ellos se nos ha dado realmente al mismo Espíritu Santo. No solamente estamos sobre nuestra naturaleza, sino también so¬bre toda naturaleza; en una palabra, estamos real¬mente divinizados, somos capaces de hacer actos verdaderamente divinos y de merecer una felicidad cuyo objeto es el mismo Dios. §6. PROPÓNESE LA MATERIA DE LA PRESENTE OBRA: EL CORAZÓN DE JESÚS ES LA VIDA DEL CRSTIANO Si la función propia del corazón es conservar la vida, no hay duda que nuestro muy amado Salva¬dor, exhortándonos a honrarle bajo el emblema de su Divino Corazón, tuvo principalmente ante los ojos hacernos entender que Él era el principio de nuestra vida sobrenatural. Ese es, en efecto, como en las siguientes páginas demostraremos, el verda¬dero sentido de la devoción al Sagrado Corazón, y por eso precisamente se deriva esta devoción de la esencia misma de la religión cristiana. ¿Qué nos enseña esta santa religión? Que, en vir¬tud de la Encarnación del Hijo de Dios, todos los hombres están llamados a vivir una vida verdade¬ramente divina, cuyo principio es el Hombre-Dios, quien, después de haberlos santificado en la tierra, les hará gozar en el cielo de la felicidad de Dios. Dogma capital, compendio de todos los artículos de nuestra fe, sobre el cual se funda toda la moral cristiana, y cuya realización debe llevarse al cabo mediante todos los ejercicios de nuestro culto. § 7. DOGMA SUBLIME, CAPITAL, CONSOLADOR, ALENTADOR... Si esta unión real de nuestras almas con Nues¬tro Señor Jesucristo por el Espíritu de Dios, esta inhabitación substancial del Divino Espíritu en nos¬otros, esta vida divina que nos ha sido dada en el Bautismo y aumentada por los otros sacramentos, no son vanas palabras, antes al contrario, es la más real de las realidades, es evidente que no hay entre los dogmas de la religión cristiana otro más sublime, consolador y digno de nuestra meditación. § 8. DOGMA ENSEÑADO CON CLARIDAD E INSISTENCIA POR EL SEÑOR Y SUS APÓSTOLES. El misterio de nuestra unión con Él es el tema principal del discurso que el divino Maestro dirige después de la cena a sus discípulos. Ha llegado el momento de darles las últimas encomiendas, y de mostrarles su amistad, revelándoles todo lo que aprendió de su Padre. Hasta entonces no les ha podido hablar sino en figuras; pero ahora les ha preparado, por medio de la participación del sa¬cramento de su amor, para oír el gran secreto de su amor, para aprender que no son más que una sola cosa con Él, y que la unión en la misma vida ha de llegar a ser tan íntima que se asemeje a la del Padre y del Hijo en una sola naturaleza. § 9. CUAN BIEN ENTENDÍAN Y VIVÍAN ESTA DOCTRINA LOS ANTIGUOS CRISTIANOS. Los escritos de los Padres más antiguos están llenos de esta doctrina. Pero, en el siglo iv sobre todo, fue desarrollada con claridad incomparable, cuando el espíritu de mentira quiso oscurecer, con la herejía de Macedonio, el dogma de la divinidad del Espíritu Santo. Los doctores que Dios suscitó para combatir esta herejía: San Basilio, San Gre¬gorio Nacianceno, Dídimo de Alejandría y en es¬pecial San Cirilo, toman sus principales argumen¬tos de la presencia real del Divino Espíritu en las almas, y de los efectos del todo divinos que en ellas obra. ¿Cómo, dicen ellos, uno que no sea Dios podría deificar las almas, hacerlas vivir de una misma vida divina, por más separadas que estén las unas de las otras? Y para demostrar la verdad de esta deificación que el Espíritu de Jesucristo produce en nosotros, sírvense de las más vivas com¬paraciones. Ni la unión del vino con el agua, ni la del perfume con la tela por él penetrada, ni la del fuego con el hierro inflamado y hecho ascua, ni la de dos trozos de cera juntamente fundidos, les pa¬rece bastantemente íntima para dar a entender la intimidad y eficacia de la unión del Divino Espí¬ritu con el alma del cristiano § 10. ACONTECIMIENTO QUE VA A RENOVAR LA IMPORTANCIA QUE ESTE DOGMA PARECÍA HABER PERDIDO. OBS¬TÁCULO: EL JANSENISMO. Era a principios del siglo XVII. Disponíase Sata¬nás a dar un doble ataque que debía sobrepujar en violencia a todas las pasadas luchas. Por una par¬te, quería, por medio del jansenismo, destruir la piedad, exagerándola, y hacer imposible la unión del alma con Dios, trocando en desesperación la humildad cristiana. Por otra, valiéndose del filo¬sofismo, intentaba destruir la fe y enaltecer tanto la razón del hombre, que éste acabara por menos¬preciar la unión a la que su Dios le destinaba. Pre¬cisamente cuando va a comenzar esta doble gue¬rra, revela Jesucristo a Santa Margarita María la devoción a su Divino Corazón, y hace aparecer una valerosa falange de santos sacerdotes a quie¬nes da la misión de poner de manifiesto el dogma de su unión con los cristianos. Hubo un momento en que se creyó con funda¬mento que el misterio del divino amor iba, como foco ardiente, a irradiar sus abrasadores rayos so¬bre el clero francés entero, y por medio del clero sobre los fieles, y por medio de Francia sobre todo el mundo cristiano. Mas ¡ay! Las tinieblas de la herejía vinieron pronto a impedir la irradiación bienhechora; no sólo los fieles, sino también el cle¬ro y algunas Órdenes Religiosas se dejaron conta¬minar con los nuevos errores. La doctrina tan católica de la inhabitación real del Espíritu Santo en las almas es desacreditada por el abuso que de ella hace el jansenismo; el gran movimiento de renovación religiosa, cuyo comien¬zo había visto el siglo XVII, apenas sobrevivió a sus promotores, y al cabo de un siglo, Francia casi no ejerce más influjo en el mundo que el de su in¬credulidad. § 11. OBSTÁCULOS VENCIDOS. Sin embargo, el Corazón de Jesús no ha sido vencido; y, si nuestra nación faltó hace dos siglos a su misión, ya reparará su felonía. No se arre¬piente Dios de hacer beneficios, y cuando Él llama sabe hacerse obedecer. Ha llegado la hora en la que, la revelación hecha a la bienaventurada hija de San Francisco de Sales, va a producir sus fru¬tos; y al mismo tiempo que la devoción al Cora¬zón de Jesús, como germen largo tiempo escondido en el suelo, sale a flor de tierra y la cubre; la teo¬logía del Corazón de Jesús aparece asimismo y es calurosamente acogida. El jansenismo está vencido; aunque la falsa fi¬losofía tiene aún echadas muy hondas raíces en muchas inteligencias, no puede, sin embargo, de¬jar de ser un conglomerado de sistemas y sofismas. Sólo nosotros, escritores católicos, hemos de pre¬sentar a las almas una doctrina a la vez nueva y antigua, tan sabrosa para el corazón como luminosa para el entendimiento. Abracémosla con el enten¬dimiento y también con el corazón. Amando, más aún que estudiando, se llega a comprenderla. Ame¬mos, pues, y amemos cada día más; así entende¬remos mejor de día en día con cuánta verdad es el Corazón de Jesús nuestra vida . Escribe el resto de tu post aquí.

domingo, 24 de noviembre de 2013

"VIVIR CON LA IGLESIS: HABRA U SOLO REBAÑO Y UN SOLO PASTOR

VIVIR CON LA IGLESIA. P. Juan Manuel Igartua S.J. (La espiritualidad del Apostolado de la Oración) 1961 TERCERA PARTE: CONQUISTA DEL REINO DE DIOS (Dinamismo de la espiritualidad) VIII.- Se hará un solo rebaño y un solo Pastor • Esperanza en el Magisterio de la Iglesia • Profecía del Corazón de Jesús • Proceso histórico de la providencia divina en relación con esta promesa • La devoción a los Corazones de Jesús y de María, medio necesario • Obra del Corazón de Jesús • Obra de la Virgen María • El Apostolado de la Oración nació y vive con esa esperanza IX.- Supremo espíritu de caridad • Ser Testigos de Cristo: mártires • ¿cuál es el espíritu del martirio? VIVIR CON LA IGLESIA. P. Juan Manuel Igartua S.J. (La espiritualidad del Apostolado de la Oración) 1961 TERCERA PARTE: CONQUISTA DEL REINO DE DIOS (Dinamismo de la espiritualidad) VIII.- Se hará un solo rebaño y un solo Pastor. Juan XXIII en el discurso al Sínodo Romano de 27 de enero 1960, glosó las palabras del texto de Jn 10, 16) el del Buen Pastor. Y otras ovejas tengo que no son de este rebaño, y tengo también que traerlas, y oirán mi voz y se hará un solo rebaño y un solo Pastor». El P. Igartua S.J. considera que se pueden estimar las proféticas las palabras del Señor: «Y se hará un solo rebaño y un solo Pastor». (Jn 10, 16) Esperanza en el Magisterio de la Iglesia En el Magisterio de la Iglesia estas palabras admirables de Jesús han pasado a ser como el lema de la ardiente esperanza de la Iglesia Católica.  Juan XXIII en el discurso al Sínodo Romano de 27 de enero de 1960 «De cuánto gozo nos llenan estas palabras afirmativas, con las que tan clara y decidida¬mente se anuncia este futuro suceso: Oirán mi voz y se hará un solo rebaño y un solo Pastor». (…)  Benedicto XV: Primera Encíclica de su Pontificado (1914):«El Pastor divino tiene al género humano en parte ya encerrado felizmente en el redil de su Iglesia, y la otra parte afirma amantísimamente que la forzará a. entrar: Y tengo otras ovejas que no son de este redil, y las tengo que traer, y oirán mi voz» (AAS, 6, 565-566).  Pío XI: Encíclica Ubi Arcano sobre el Reino de Cris¬to (1922): «El Vicario del Pastor eterno no puede menos de recibir con absoluta alegría, repitiéndola en su memoria, aquella profecía del mismo Cristo: Y oirán mi voz y se hará un solo rebaño y un solo Pastor» (AAS, 14, 697).  Pío XII: Encíclica en el Centenario de la Inmaculada (1953): «Vea la misma Santísima Virgen María a todos aquellos, que se glorían ser cristianos, unidos al menos por el vínculo de la caridad, volver a Ella sus ojos, corazones. y oraciones, pidiendo aquella unidad con la que por fin se haga un solo rebaño y un solo Pastor (AAS, 45, 591) Profecía del Corazón de Jesús Se puede decir que esta profe¬cía es la profecía de amor del Sagrado Corazón en el Evangelio.  Pío XI en la Encíclica Ubi Arcano asegura que es suavísima y cierta profecía del Divino Corazón.  León XIII en la Consagración del mundo hecha por él en el año 1899 incluye la profecía entre las peticiones formuladas al Sagrado Corazón.  En la Encíclica Rosario (1896) asegura que el deseo de la reconciliación de todos los cristianos separados lo ha sacado del Corazón Divino de Jesús.  Pío XII, en la Encíclica. Evangelii Praeconens (1951), llama a esta profecía gemido inenarrable del Corazón amantísimo de Jesús.  Juan XXIII en la Hora Santa del día del Sagrado Corazón (1959) recuerda que el Corazón de Jesús ardientemente anhela aquel único rebaño. Pero si es una profecía del Corazón de Jesús, según la palabra de Pío XI indicada arriba, y es una profecía que trata de la unidad religiosa del mundo, según el mismo Pontífice, bien se puede decir que ese dichoso día que esperamos será el del reinado del Corazón de Jesús, por el cual suspira el Apostolado de la Oración desde su fundación, según su lema: Adveniat Regnum tuum. Proceso histórico de la providencia divina en relación con esta promesa:  Principios del siglo XVII San Juan Eudes, Apóstol del culto litúrgico de los Sagrados Corazones de Jesús y de María.  A finales del siglo XVII Santa Margarita María de Alacoque, en Paray-le-Monial, las grandes revelaciones de su Corazón Sagrado.: «Reinaré a pesar de todos mis enemigos»..  En el siglo XIX nace el Apostolado de la Oración, y por su fue promovida en el mundo una intensa campaña de expansión de la devoción al Sagrado Corazón y de la Consagración a Él de los hombres.  Pío IX consagraba la Iglesia al Sa¬grado Corazón (1875). Intervino el P. Ramière S.J., a quien fue confiada la tarea de hacer llegar el deseo pontificio a los Obispos del mundo  León XIII (junio de 1899), consagró el mundo al Sagrado Corazón de Jesús, pidiéndole las gracias que produjesen la conversión del mundo.  En 1925, Pío XI proclamaba la fiesta y devoción de Cristo Rey r La devoción a los Corazones de Jesús y de María, medio necesario Pío XII, en la Encíclica Haurietis Aquas «Aunque la devoción al Sagrado Corazón ha producido en todas partes saludables frutos de vida cristiana», todavía la obra no está completa. »Con esta manifestación excepcional Jesucristo, expresamente y repetidas veces, mostró en su Corazón un símbolo que atrajese a los hombres al conocimiento y a la estima de su amor, y al mismo tiempo lo constituyó en señal y prenda de misericordia y de gracia para las necesidades de la Iglesia en los tiempos modernos» Es la obra del Corazón de Jesús Esta es la gran obra del Sagrado Corazón y de sus gracias en la Iglesia. Esta no es obra humana, no pueden los hombres por sus fuerzas propias realizarla. No podrán jamás por sus fuerzas transformar el mundo de las almas, ni convertir el mundo, ni crear el nuevo orden de la caridad. Es obra de la Virgen María La esperanza de Pío IX y de los Obispos de la Iglesia de que se haga un rebaño y un Pastor, a la que San Pío X llamó cincuenta años más tarde «la gran esperanza», fue concebida como fruto precisamente de la definición del dogma dé la Inmaculada Concepción en 1854. Pío XII, en la proclamación de la Asunción a los cielos Bula Munificentissimus Deus, volvió a recordar cómo esta esperanza de la Iglesia mira particularmente a la intervención de María: «Confiamos absolutamente en que esta solemne proclamación y definición de la Asunción aprovechará no poco a la sociedad cristiana, porque se ha de esperar que todos los fieles cristianos se excitarán a una piedad más intensa para con la Madre celeste, y que todos los ánimos de todos aquellos que se glorían del nombre cristiano se moverán al deseo de participar de la unidad del Cuerpo Místico de Cristo, y a aumentar su Amor hacia Aquella que tiene Corazón maternal para todos los miembros del mismo Augusto Cuerpo». León XIII (Encíclica Annum Sacrum): «Al Corazón de Jesús se ha de pedir, del Corazón de Jesús se ha de esperar, la salvación del género humano». Pío XI en la Encíclica Ecclesiam Dei declara que este día del úni¬co rebaño y único Pastor es el ardiente anhelo de todos los Santos, es decir, de todos los que están unidos con Jesús en el Cuerpo Místico. El Apostolado de la Oración nació y vive con esa esperanza El Apostolado de la Oración no podía menos de vibrar con este anhelo, tan propio de su espíritu genuino. El culto del Sagrado Corazón tiene fuerza y promesas especiales de eficacia, porque Dios así lo ha determinado, de acuerdo con la hondura de esta devoción, en la conversión de las almas, y en la empresa de reunión en el Cuerpo Místico. Es además el Culto reparador al Amor herido de Cristo, y es por eso muy apto para reparar las ofensas de la separación que rompe la unión de amor entre los suyos, obteniendo así nuevas gracias para la unidad. Por eso el Apostolado de la Oración enseña a los suyos a dirigir al Corazón de Jesús todas las obras, por medio del Corazón Inmaculado de María, con el inefable gemido que exhala del Cuerpo Místico el Espíritu Santo, por esta actual y perpetua intención de Jesús y de su Iglesia: Venga a nosotros tu Reino, lo cual equivale a estar diciendo con gran clamor día y noche: Haya un solo rebaño y un solo Pastor. Juan XXIII, explicando en el Sínodo Romano su esperanza, ya antes transcrita, añadió así, el día 27 de enero de 1960: De cuánto gozo nos llenan estas palabras afir¬mativas, con las que tan clara y decididamente se anuncia este futuro suceso: «Oirán mi voz y se hará un solo rebaño y un solo Pastor». De esta página evangélica brotan como rayos de luz celestial que tocan a los pueblos no venidos todavía al nom¬bre cristiano. Parecen anunciar los primeros ful¬gores de la luz del próximo Concilio Ecuménico, esperado con ansia por todos los fieles. El Obispo de Fátima, el 2 de febrero de 1960: «No se conocen los secretos de Dios ni los de Nuestra Señora, pero sabemos que Ella afirmó: «por fin mi Cora¬zón Inmaculado triunfará». El Concilio será garantía de esa victoria de María por el triunfo universal de su Divino Hijo. El milagro se realizará por el regreso de los pueblos a la verdadera fe» (La Voz de Fátima, 13 de marzo de 1960) IX.- Supremo espíritu de caridad. Jesucristo les dijo a sus discípulos: «Vosotros tenéis que ser mis testigos por la tierra» Act., 1, 8. Porque, en efecto, ellos, dejaron escapar de sus labios la pregunta de la eterna impaciencia humana: «¿Es ahora cuando vas a restaurar el Reino de Israel?» Act., 1, 6. Respondió: «No es vuestro conocer los tiem¬pos y momentos que el Padre se reserva en su poder. Pero seréis mis testigos en Jerusalén y en Samaría y hasta los extremos de la tierra» Act., 1, 8. Ser testigos de Jesús, o sea mártires, es el oficio de los cristianos, primero en Jerusalén (Esteban y Santiago), luego en Samaría, y hasta los extremos de la tierra, porque la conquista del Reino de Dios, larga y laboriosa, restauración de Israel de Dios que culminará en la del Israel judío cristianizado, exigía el testimonio de la Sangre previamente. «Y ¿cuál es el espíritu del martirio? Es un espíritu—prosigue el Santo—que tiene cinco cuali¬dades muy excelentes: »1. Es un espíritu de fortaleza y de constancia. »2. Es un espíritu de profundísima humildad, que aborrece la vanidad y la gloria del mundo y que ama los desprecios y humillaciones. »3. Es un espíritu de desconfianza en sí mismo, y de absoluta confianza en Nuestro Señor. »4. Es un espíritu de desprendimiento. »5. Es un espíritu de amor ardentísimo a Nuestro Señor Jesucristo. . Escribe el resto de tu post aquí.

sábado, 16 de noviembre de 2013

"Habrá un solo rebaño y un solo Pastor"

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