sábado, 17 de mayo de 2014
jueves, 1 de mayo de 2014
EL CORAZÓN DE JESÚS Y LOS SACRAMENTOS DE LA INICIACIÓN CRISTIANA
EL
CORAZÓN DE JESÚS Y LOS SACRAMENTOS DE LA INICIACIÓN CRISTIANA
1.- El Corazón de Jesús y los Sacramentos en general.
El Corazón de Jesús es
la fuente de nuestra vida divina; los sacramentos nos confieren la vida
divina de una manera permanente. El
Corazón de Jesús nos comunica también la vida divina por medio de la
justificación. A esta comunicación, dase el nombre de
mérito. Por
medio, finalmente, de
la gracia actual, puede también
sernos dada por el ministerio de 2.- El corazón de Jesús y el Bautismo
2.1.- Maravillas que
obra el Bautismo
El Bautismo es el
primer vínculo que une los cristianos al Corazón de Jesús;
el sello de alianza que hace entrar al
hijo del hombre en la familia de Dios.
CIC1213 El santo Bautismo es el fundamento de toda la
vida cristiana, el pórtico de la vida
en el espíritu y la puerta que abre el acceso a los otros sacramentos. Por el Bautismo somos liberados del pecado
y regenerados como hijos de Dios, llegamos a ser miembros de Cristo y somos incorporados a la Iglesia y hechos
partícipes de su misión cf Concilio de Florencia: DS 1314.CIC, can 204,1.849.C.EO 675,1.
Jesucriso murió por ese niño y el Bautismo va a hacerle participante de su muerte, modo por cierto maravilloso de que echará mano la justicia del nuevo Adán para arruinar la obra de muerte, consumada por la iniquidad del primer hombre, y de que sobreabunde la gracia donde había abundado el pecado.
El primer efecto del Bautismo es injertarnos en la muerte de Jesucristo, según el dicho de San Pablo; sepultarnos en su tumba y bautizarnos en su muerte. Su contenido había
2.3.- El Bautismo misterio de vida.
Este misterio es un misterio de vida mucho más que de muerte. Así como el Divino Salvador dio la vida al mundo entero, muriendo por nosotros, así da su vida a cada hombre, haciéndole participante de los merecimientos de su muerte.
El Corazón de Jesús encierra dos tesoros igualmente infinitos: el de las satisfacciones del Salvador y el de sus méritos; al comunicarnos sus méritos nos da la vida, y destruye en nosotros la muerte al comunicarnos sus satisfacciones.
Este misterio del crecimiento y comunicación de la vida física, en el orden natural, es una admirable figura del misterio de la propagación de la vida en el orden sobrenatural.
2.4.- La mistagogia de la celebración
CIC 1234 El sentido y la gracia del sacramento del Bautismo aparece claramente en los ritos de su celebración.
1235 La señal de la cruz, al comienzo de la celebración, señala la impronta de Cristo sobre el que le va a pertenecer y significa la gracia de la redención que Cristo nos ha adquirido por su cruz.
1236 El anuncio de la Palabra de Dios ilumina con la verdad
revelada a los candidatos y a la asamblea y suscita la respuesta de la fe, inseparable
del Bautismo. En efecto, el Bautismo
es de un modo particular "el
sacramento de la fe" por ser la entrada sacramental en la vida de fe.
1237 Puesto que el
Bautismo significa la liberación del pecado y de su instigador, el diablo, se pronuncian uno o varios exorcismos sobre el candidato. Este es ungido
con el óleo de los catecúmenos o bien el celebrante le impone la mano y el candidato renuncia explícitamente a
Satanás. Así preparado, puede confesar
la fe de la Iglesia ,
a la cual será "confiado" por el Bautismo (cf Rm 6,17).
1238 El agua bautismal es
entonces consagrada mediante una oración de epíclesis (…). La
Iglesia pide a
Dios que, por medio de su Hijo, el
poder del Espíritu Santo descienda sobre esta agua, a fin de que los que sean bautizados con ella
"nazcan del agua y del Espíritu" (Jn 3,5).
1239 Sigue entonces el rito esencial del sacramento: el
Bautismo propiamente
dicho, que significa y realiza la
muerte al pecado y la entrada en la vida de la Santísima Trinidad
a través de la configuración con el misterio pascual de Cristo. El Bautismo
es realizado de la manera más significativa
mediante la triple inmersión en el agua bautismal. Pero desde la antigüedad
puede ser también conferido derramando
tres veces agua sobre la cabeza del candidato.
1240 En la Iglesia latina, esta triple infusión
va acompañada de las palabras del ministro: "N., yo te bautizo en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo". En las liturgias orientales,
estando el catecúmeno vuelto hacia el Oriente, el sacerdote dice: "El
siervo de Dios, N., es bautizado en el nombre del Padre, y del Hijo y del
Espíritu Santo". Y mientras invoca a cada persona de la Santísima Trinidad ,
lo sumerge en el agua y lo saca de ella.
1241 La unción con el santo crisma, óleo perfumado y consagrado por el obispo, significa el don del Espíritu Santo al nuevo bautizado. Ha llegado a ser un cristiano, es decir, "ungido" por el Espíritu Santo, incorporado a Cristo, que es ungido sacerdote, profeta y rey (cf. Ritual del Bautismo de niños, 62).
1242 En la liturgia de las Iglesias de Oriente, la unción
postbautismal es el sacramento de la Crismación (Confirmación). En la liturgia romana,
dicha unción anuncia una segunda unción del santo crisma que dará el obispo: el
sacramento de la
Confirmación que, por así decirlo, "confirma" y da
plenitud a la unción bautismal.
1243 La vestidura blanca simboliza que el bautizado se ha "revestido de Cristo" (Ga 3,27): ha resucitado con Cristo. El cirio que se enciende en el Cirio Pascual, significa que Cristo ha iluminado al neófito. En Cristo, los bautizados son "la luz del mundo" (Mt 5,14; cf Flp 2,15).
El nuevo bautizado es ahora hijo de Dios en el Hijo Único. Puede ya decir la oración de los hijos de Dios: el Padre Nuestro.
3.- El Corazón de Jesús y
sábado, 12 de abril de 2014
lunes, 31 de marzo de 2014
EL ESPÍRITU SANTO CAUSA NUESTRA DIVINIZACIÓN
EL ESPÍRITU SANTO CAUSA NUESTRA DIVINIZACIÓN
La presencia real del Espíritu Santo en nuestras almas, causa próxima de nuestra divinización
1.- En qué consiste nuestra divinización.
La divinidad no está en nosotros como en Jesucristo ,porque la posee por derecho propio, plena y perfecta desde el principio. En nosotros está por participación.
2.- El Espíritu Santo habita realmente en el alma justa.
Santo Tomás, afirma que sería un error contrario a la fe decir que el cristiano, en estado de gracia, posee únicamente los dones del Espíritu Santo y no su persona.
3.- El dogma de la presencia del Espíritu Santo en las almas justas en San Pablo.
San Pablo: «¿No sa¬béis, dice, que vuestros miembros son templo, que está en vosotros el que tenéis de Dios, y que no sois vosotros?».
4.- La presencia real del Espíritu Santo en el alma justa se diferencia de la que resulta de la inmensidad divina.
Cómo obra el Espíritu Santo nuestra divinización
1.- Nuestra divinización no es de pura semejanza.Primeramente, no es una divinización de pura semejanza, fruto de la mayor perfección que un hombre puede adquirir desenvolviendo las facultades que hacen de su naturaleza la imagen de Dios.
No es de esta naturaleza la divinización del cris¬tiano. Su¬poned que un hombre alcanzara toda la semejanza divina de que su naturaleza es susceptible, estaría infinitamente debajo de la perfección conferida al niño cristiano por el Bautismo. Porque la divinización de este hombre sería puramente metafórica, al paso que la del niño cristiano es real.
2.- Nuestra divinización no resulta del simple contacto de la divinidad con el alma.Suponed un vaso de hierro sucio y enmohecido. Un diestro platero lo toma, y sin cambiar su naturaleza, rodéalo de una placa de oro tan bien ajus¬tada que toma todas las formas del vaso y oculta a todos su fealdad. ¿Somos nosotros santificados y divinizados de esa manera? Así lo pensaba Lutero.
El Santo Concilio de Trento definió que el hombre pecador recibe en su justificación una justicia propia, y que, en lugar de los afectos culpables de que le libra, hace nacer en su corazón la caridad divina y todas las demás virtudes sobrenaturales.
Es de fe que el hombre no es justificado y divinizado por el mero hecho de tener en su corazón la gracia y caridad increada, que es el Espíritu Santo. Para que nuestra santificación sea real, es preciso poseer en nosotros la santidad.
Luego la divinización del cristiano no resulta del simple contacto de la divinidad con el alma, ni del simple parecido entre ésta y la divinidad. Las dos explicaciones pecan por defecto.
3.- Nuestra divinización no es una transubstanciación, ni la unión divina de los eutiquianos, ni la unión hipostática.Ciertos falsos místicos del siglo XIII, según los cuales el alma que ha llegado a la perfección se despoja de su propio ser y se sumerge en el océano del ser divino. No es así la divinización del cristiano.
Tampoco puede consistir en esa unión divina que algunos discípulos de Eutiques habían atribuido a la humanidad del Salvador concedía a todas las almas justas. Según estos herejes, la divinidad animaría y vivificaría la humanidad, como el alma anima y vivifica el cuerpo.
Hay un tercer género de unión que no es im¬posible, es aquel, en virtud del cual la naturaleza humana, perma¬neciendo distinta de la divina, no forma con ella más que una sola persona. Es el resultado de la unión hipostática que se da en Jesucristo. Su nombre propio es el de Hombre-Dios, al paso que el cristiano es un hombre divinizado.
4. Cómo se entiende nuestra divinización.Las tres últimas explicaciones pecan por exceso, como las primeras pecaban por defecto. Réstanos aún hallar la verdadera solución de este interesante problema.
Por una parte, hemos demostrado que nuestra divinización no es ni una simple figura, ni una mera imputación; que no resulta de la posesión de una perfección creada por la cual seríamos más semejantes a Dios, ni de la presencia en nuestra alma de la perfección increada.
Por otra parte, hemos visto que esta divinización no puede ir hasta confundir nuestro ser, nuestra substancia, nuestra personalidad con el ser substancia y personalidad de Dios.
Dos comparaciones familiares a los Santos Doc¬tores y reproducidas por Santo Tomás y San Buenaventura, nos conducirán a la explicación de este dulce misterio.
La primera está tomada de la luz material. Dos condiciones son necesarias para que la tierra sea iluminada: la primera que el sol esté en el hori¬zonte; la segunda que envíe sus rayos a la atmós¬fera. Estas dos cosas son distintas, y la prueba es que en un eclipse total de sol, este astro está sobre el horizonte, y sin embargo estamos rodeados de tinieblas. Así, según San Buenaventura, la justificación y la divinización del cristiano son el resultado de dos clases de gracias: la gracia increada, es decir, el Espíritu Santo es como el sol, y la gracia creada es la irradiación de ese divino sol en el alma justa.
Santo Tomás pone otra imagen: la del hierro metido en el fuego. Ese hierro no ha perdido su primera naturaleza, su substancia es la misma: es aún verdaderamente hierro, y sin embargo hase despojado de todas las cualidades del hierro para revestirse de las contrarias del fuego. En vez de obscuro, frío, resistente, se ha hecho dúctil, bri¬llante y abrasador como el fuego; no se ha mudado en fuego, sino que ha sido ignificado, abrasado. Así, según el sentir de Santo Tomás, el cristiano a quien Dios se da por la gracia santificante, con¬serva su naturaleza y personalidad humanas, pero adquiere fuerzas y cualidades divinas; no se vuelve Dios, pero sí un hombre divino.
Y esta divinización no es efecto de pura semejanza, como podría producirla la creación en el orden natural. No puede ser sino el resultado de la íntima unión del alma con la divinidad, y del influjo inmediato de la divinidad en el alma. «Porque, así como sólo el fuego tiene el poder de ignificar, así ningún influjo puede divinizar al alma, si no es el de la divinidad, dando a un mismo tiempo al alma la participación de su semejanza y naturaleza.
5. Conclusión sobre nuestra divinización.Hemos hallado el medio que entre la divinización puramente moral y figurada y la que nos despojaría de nuestro ser para revestirnos del ser de Dios, entre la simple semejanza y la encarnación.
Así el alma justa posee en sí misma una santidad distinta del Espíritu Santo; mas ella es inseparable de la presencia del Espíritu Santo en esa alma, y por tanto, es infinitamente superior a la más ele¬vada santidad que pudiera alcanzar un alma en la que no morase el Espíritu Santo.
El cristiano es divinizado físicamente, y en cierto sentido substancialmente, puesto que sin convertirse en una misma substancia y en una misma persona con Dios, posee en sí la substancia de Dios y recibe la comunicación de su vida.
La parte especial del Espíritu Santo en la obra de nuestra divinización
1.- ¿Qué significan las palabras «nuestra santificación es obra del Espíritu Santo?
¿En qué sentido es atribuida al Espíritu Santo? ¿Hay que compararla a la obra de la creación, atribuida por simple apropiación a Dios Padre, o hay que considerarla como la obra propia de la tercera persona, con el mismo título que la redención es la obra propia de la segunda?
2.- Doctrina admitida por todos.
Por una parte, «la doctrina de la Escritura y de los Padres acerca de la unión del Espíritu Santo con los justos, demuestra con evidencia que, por lo que toca a esta unión y a la inhabitación santificante, hay algo propio y personal del Espíritu Santo. Pero, por otra parte, esta propiedad del Divino Espíritu no ha de perjudicar en nada a la unidad de las tres personas en sus operaciones y relaciones con las criaturas.
3.- El Espíritu Santo tiene parte especial en nuestra santificación.
El nombre mismo de Espíritu Santo, que la Iglesia ha dado a la tercera persona de la Trinidad, es una prueba de esa acción. Porque, ese nombre, por ser característico y por distinguir exactamente la tercera persona del Padre y del Hijo, debe referirse a una propiedad que esté en el Espíritu Santo diferentemente que en las otras dos personas. Ahora bien, no posee en sí mismo el Espíritu Santo la santidad de distinta manera que el Padre y el Hijo; no puede, pues, convenirle especialmente este nom¬bre sino en cuanto tenga una parte especial en la obra de nuestra santificación.
Él es, según el Apóstol, «el Espíritu de santificación», y los Doctores de la Iglesia le atribuyen, como su carácter propio, «la virtud santificante».
4.- En la obra de nuestra santificación hay unidad de las Personas divinas.
«La parte propia y personal del Espíritu Santo en la obra de nuestra santificación no puede perjudicar a la unidad de las tres personas en todas las operaciones y relaciones exteriores».
5.- En qué interviene el Espíritu Santo en nuestra divinización.
En la divinización del cristiano po¬demos considerar tres cosas: la presencia de Dios en el alma; la unión del alma con Dios, presente en ella, y la manera de ser que resulta para el alma de esa unión. ¿Qué puede haber en ésta exclusivo del Espíritu Santo?.
No la presencia de Dios en el alma justa, porque siendo el Espíritu Santo inseparable del Padre y del Hijo, no podría habitar en un alma sin que las otras dos divinas personas habitaran con El.
Tampoco la manera de ser sobrenatural que para el alma resulta de su unión con la divinidad. Porque esta cualidad que, con los teó¬logos, hemos llamado la gracia creada, por lo mismo que es creada, es obra de las tres personas.
No puede dudarse que la gracia es constante¬mente atribuida al Espíritu Santo por la Sagrada Escritura y por los Santos Doctores. ¿Por qué razón?.
Primeramente, la divinización de las almas es, entre todas las obras de Dios, aquella en la que más magnífico se muestra su amor y con más energía obra. Ahora bien, el Espíritu Santo es el amor subsistente del Padre y del Hijo; es el término substancial del acto, por el cual ama Dios su infinita bondad y en ella a sus criaturas. Por consiguiente, por el Divino Espíritu son movidos el Padre y el Hijo a obrar la divinización de las almas; Él es, con especial título, el principio de la gracia.
En segundo lugar, la unión de las almas con Dios por la gracia no tiene sólo por principio sino también por vínculo al Divino Amor; porque por su amor se une Dios a su criatura, y respondiendo a ese amor, con un amor mutuo, acepta y consuma la criatura su unión con su Creador. Luego, su¬puesto que el Padre y el Hijo se aman por el Espíritu Santo, también por Él se unen a las almas; El es el lazo substancial que las une a Dios y en¬tre sí, de la misma manera que en Dios consuma la unidad de las divinas personas.
«El Padre y el Hijo, dice San Agustín, hacen que nos comuniquemos con ellos y entre nosotros por lo que es común, a saber, por el Espíritu Santo, Dios y don de Dios».
6. ¿Cómo admitir esa unión especial del Espíritu Santo con el alma justa sin destruir la comunión en la Trinidad?
Todo el mundo admite, en el alma justa, la gracia increada y la gracia creada; pero, después de haber afirmado ese doble elemento de la santificación de las almas, se habla de esa obra como si únicamente consistiera en la gracia creada, y como si, entre la manera de ser del alma divinizada y la presencia en ella de la divinidad, no hubiera ninguna unión. Sin embargo, las enseñanzas de la Sa¬grada Escritura y de los Santos Padres están acordes en presentarnos la gracia creada como el resultado de la unión del alma con el Espíritu Santo, que es la gracia increada. «La caridad de Dios está difundida en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado». «En esto conocemos que estamos en El y El en nosotros: en que nos ha dado su Espíritu».
Estos textos parecen darnos fundamento para conside¬rar al alma justa como unida accidentalmente a la divinidad por el Espíritu Santo, como la humani¬dad del Salvador está substancialmente unida a la divinidad por la persona del Verbo.
Escribe el resto de tu post aquí.lunes, 24 de marzo de 2014
domingo, 23 de febrero de 2014
EL CORAZÓN DE JESÚS, SANTUARIO DEL ESPÍRITU SANTO
Capítulo I: La Encarnación
Dios escogió un ser creqdo al que se entregó todo entero, y por su medio a todos los otros. Ese ser no es tan sólo un hombre divinizado, es un Hombre-Dios. En Él la obra de la divinización llega a su más alta perfección
Las dos naturalezas, la divina y la humana se conservan íntegras en Jesucristo, y no se obra en ellas ninguna confusión, ninguna mezcla. La unión de la humanidad y de la divinidad en Él es puramente hipostática o personal.
Jesucristo reúne en su alma todas las facultades del orden espiritual, como reúne en su cuerpo todas las fuerzas del mundo físico. Cuando vino, pues, la plenitud de los tiempos, bastóle unir hipostáticamente ese pequeño mundo a la persona del Verbo, para que el universo entero, que se resume en el hombre, fuera divinizado en el Hombre-Dios.
Capítulo II: La Redención Dios quiso que los hombres fuesen sus hijos, que heredasen su dicha en la eternidad, y que, para merecerla, viviesen su vida en la tie¬rra. Para realizar ese plan enviónos su Hijo.
Antes de comunicarles su vida divina, de distribuirles sus gracias, de hacerles herederos de la felicidad celestial, era necesario que el Verbo Encarnado saldara sus inmensas deudas.
El primer obstáculo que debía superar Jesucristo es la muerte causada en las almas por el pecado original. Primer oficio impuesto al Corazón de Jesús: reparar la rebelión de nuestro primer padre.
El segundo obstáculo es la muerte del pecado actual, cuya responsabilidad únicamente pesa sobre cada uno.
Estos dos pecados son naturalmente irreparables. Los dos tienen la virtud de quitar al hombre la vida sobrenatural. Por otra parte, todo pecado ultraja a Dios: el ultraje sube de punto en proporción de la dignidad de la persona ofendida, mien¬tras que el honor se mide según la dignidad del que lo hace. Aquí tenemos una persona ofendida cuya dignidad es infinita, mientras que el ofensor está a una distancia infinitamente infe¬rior a Él.
El tercer obstáculo: la incapacidad de la víctima en orden a la expiación.
El amor del Corazón de Jesús a los hombres allanó los obstáculos que parecían insuperables.
Capítulo III. La gracia
Por la Encarnación trajo el Corazón de Jesús al corazón de nuestra naturaleza la vida divina; por la Redención nos alcanzó el poder de recibirla. Hacía falta comunicar esa vida a cada uno de nosotros, como la ha comunicado en su propia persona, a nuestra naturaleza; aplicar a cada hombre los méritos de la sangre divina, derramada en el Calvario por toda la humanidad; hacer participantes a todos los miembros de ese gran cuerpo. Una vez alcanzada esta meta, la obra del Verbo Encarnado estará acabada.
La vida es el estado de un ser que posee en sí mismo el poder de moverse. La vida de la gracia, que nos hace cristianos, es una vida ver¬daderamente divina. La vida divina es la capacidad de producir movimientos y actos di¬vinos. El niño cristiano verá el interior mismo de Dios; podrá conocerle en la Trinidad de personas, acá abajo con la luz de la fe, y más tarde con toda la magnificencia de la clara visión. Por lo mismo que conoce a Dios con su propia luz, ámale con su propio amor. Amará a Dios como a un buen Padre; temerále no con temor servil, sino filial, que teme la ofensa mucho más que el castigo.
Tenemos en nosotros algo que en realidad es divino; pero como esta divinidad no es en nosotros sino un excelente accidente, y no afecta a nuestra subs¬tancia, estamos lejos de ser dioses con el mismo título que Jesucristo.La divinidad del cristiano es, pues, muy dife¬rente de la de Jesucristo, pero su divinización no deja de ser muy real. No somos dioses en el rigu¬roso sentido de la palabra, pero sí realmente deificados.
La palabra «deificación» expresa mejor que «sobrenatural» el estado del cristiano en gracia.
La palabra sobrenatural no tiene la misma claridad, porque puede referirse a los dones o a las operaciones que exceden las fuerzas y exi¬gencias de la naturaleza humana, sin que necesariamente diga relación a la elevación de ésta al estado divino.
La gracia nos hace participantes de la naturaleza divina.
La gracia habitual es realmente un don sobrenatu¬ral que nos hace participar de la naturaleza divina. Por naturaleza divina hay que entender aquí la perfección primitiva y primordial que es como la raíz de los atributos de Dios y el principio de sus operaciones; porque, por naturaleza de las cosas, no han entendido otra cosa los filósofos que el grado de cada ser, del cual se derivan sus propiedades y operaciones. Ahora bien, la gracia santi¬ficante copia en el alma esa perfección primitiva y primordial que nosotros concebimos como principio de Dios.
La gracia no es una virtud, ni una substancia, sino la naturaleza divina participada que produce en el alma del cristiano una cualidad, un hábito. De donde se sigue que la gracia está más bien en la esencia del alma que en sus facultades.
Capítulo IV la gracia y el Corazón de Jesús
La gracia de Dios llena plenamente el alma de Jesucristo
Todo reclamaba en Nuestro Señor esta plenitud: su inteligencia, destinada a penetrar lo más íntimo de los misterios, hasta el corazón de la divinidad; su voluntad que debía amar a Dios con un amor sobrenatural, cuya longitud, latitud, altura y pro¬fundidad exceden toda concepción; su naturaleza humana que, vivificada, no destruida, por la per¬sona del Verbo divino, debía subsistir toda entera.
¿Cuál es este trono de gracia? El Corazón de Jesús, porque en Él reina la caridad; en Él, por consiguiente, tiene su asiento la gracia.
El Corazón de Jesús es la fuente de agua viva que salta hasta la vida eterna, es a saber, de la gracia; esta fuente fue abierta en el Calvario por la lanza de Longinos; todos los que deseen sacar la gracia acerqúense, pues, al Corazón de Jesús.
Las revelaciones de Santa Margarita María: «Mi Divino Corazón está tan apasionado de amor a los hombres que, no pudiendo contener en sí mismo las llamas de su ardiente caridad, se ve precisado a comunicárselas y a ma¬nifestarse a ellos, para enriquecerles con sus pre¬ciosos tesoros».
«El amable Corazón de Jesús tiene un deseo infinito de ser conocido y amado de sus criaturas, en las cuales quiere establecer su imperio como fuente de todo bien, con el fin de mirar por sus necesidades.
»Lo digo con toda aseveración que, si supiéra¬mos cuan agradable es a Jesucristo esta devoción, no habría cristiano, que por poco amor que sin¬tiera hacia el amable Redentor, no la practicara. Nuestro Señor reserva tesoros incomprensibles para los que se emplearen en establecerla.
»Hame prometido con frecuencia que los que fueren devotos de su Sagrado Corazón no perecerán jamás y que, como Él es la fuente de todas las bendiciones, distribuirálas con generosidad en donde fuere expuesta la imagen del amable Corazón para ser amado y honrado». Cristo autor de la gracia
La Sagrada Escritura repite que Nuestro Señor es la fuente de la gracia; que la gracia y la verdad han sido hechas por Jesucristo; que Dios da su gracia por su Hijo muy amado. Por íntima que sea en Nuestro Señor Jesucristo la unión del Verbo con la humanidad, es evidente que sus operaciones divinas permanecen completamente distintas de las humanas.
En el orden sobrenatural nada podemos sin la gracia.
Concilio de Orange: «Si alguno defiende que el comienzo de la fe... por la cual creemos en Aquel que justifica al impío... no es efecto del don de la gracia, sino que nos viene naturalmente, se opone a los dogmas apostólicos». No hay una sola obra del orden natural que pueda merecer la gracia, no solamente de con¬digno, pero ni siquiera de congruo.
Jesucristo nos mereció la gracia.
El Verbo, en todo igual a su Padre obrará un prodigio que le permitirá realizar al mismo tiempo las condiciones requeridas para el mérito. Desciende del cielo y une la naturaleza humana a su naturaleza divina en la unidad de persona. Desde entonces, el Hombre-Dios, hombre perfecto, Dios igual al Padre y al Espíritu Santo, posee to¬das las cualidades requeridas para el mérito, ele¬vadas al más alto grado de perfección.
Capítulo VI.- El Corazón de Jesús santuario del Espíritu Santo
Antes de exponer este capítulo importante de la obra del P. Ramiére S.J., convien recordar lo que dice El P. Orlandis S.J. en su escrito "Pensamientos y Ocurrencias". Explica que en la devoción al Corazón de Jesús hay tres etapas: Las revelaciones a santa Margarita, los escritos y las empresas del P. Enrique Ramiére; y santa Teresita de Lisieux. En relación con los escritos y todas las obras del P. Ramiére, dice que en ellos propone todo un sistema de ciencia espiritual y de sociología sobrenatural.
Este sistema puede reducirse a po¬cas verdades fundamentales y aun cifrarse en dos principios, que son: el primero, el Corazón de Jesús es el centro de toda vida cristiana y espiritual, por ser fuente y origen de todas las gracias y dones que Dios hace al hombre, de todos los beneficios que le otorga en orden a su santificación y divinización; el segundo: el Corazón de Jesús es principio único y divinamente eficaz de toda restauración y renovación social en el reinado de su Amor.
Nótese que en la doctrina del P. Ramiére es sustancial la relación íntima que descubre entre la devoción al Corazón de Jesús, tesoro y fuente manantial de todas las gracias y la devoción a la Persona Divina del Espíritu Santo. Gracia increada, como dicen los teólogos, Don primordial e infinito de Dios, que recibimos en la justificación y en la santificación. Esta relación que abiertamente hace resaltar el P. Ramiére, la vemos ya insinuada en las revelaciones de Paray.
Testimonio de San Juan Bautista acerca de la comunicación del Espíritu Santo hecha por el Padre al Hijo.
San Juan Bautista responde a sus discípulos: «No puede el hombre recibir algo, si no le fuere dado del cielo. (…) El que ha recibido su testimonio confirmó que Dios es verdadero. Porque el que Dios envió, las palabras de Dios habla: porque Dios no le da el espíritu por medida. El Padre ama al Hijo y todas las cosas puso en sus manos».
Aprovechamos esta ocasión para relacionar la devoción al Sagrado Corazón con la devoción al Espíritu Santo.
Los cristianos si son hijos de Dios, si tienen algún derecho a la he¬rencia del cielo, débenlo a la íntima morada del Espíritu Santo en su alma; por Él viven de la vida divina, Él debe ser su maestro y guía, y la íntima unión entre ellos y Él es la norma que indica el grado de su adelantamiento en la santidad.
¿Qué es el Espíritu Santo?
El Espíritu Santo es el amor substancial del Padre y del Hijo; y puesto que, en el lenguaje hu¬mano, el corazón es la expresión del amor, podría llamarse al Espíritu Santo el corazón de la divinidad.
Al conocerse Dios, produce una ima¬gen de sí mismo exactamente igual a Aquel por quien ella es producida, el Verbo, la segunda per¬sona de la Santa Trinidad. Pero no le basta a Dios el conocerse. Su vida no sería ni perfecta ni feliz, si al pleno conocimiento de la verdad no se jun¬tara un pleno amor de su bondad.
El Espíritu Santo es el término eterno de ese eterno amor por el cual se ama Dios a sí mismo, y por el cual ama en sí mismo todo lo amable. El Espíritu Santo es, pues, como el sello de la per¬fección divina.
Dios es «amor»; consecuencia práctica.
San Juan definió a Dios con una sola palabra: ¡Dios es amor!, Deus caritas est! Cuando quera¬mos saber cómo podremos perfeccionar en nosotros la imagen de Dios habremos de dirigirnos al Divino Espíritu para que nos enseñe a amar como Dios ama.
Si el amor del bien no es en nosotros igual al conocimiento de la verdad, no viviremos más que a medias.
Fin de la providencia de Dios con respecto a la humanidad: comunicable su Espíritu.
Toda la providencia de Dios sobre la humanidad ha tenido por blanco la comunicación del Divino Espíritu a los hijos de Adán. Después de haber formado su cuerpo del limo de la tierra, nos dice la Sagrada Escritura que sopló en su rostro un soplo de vida. Este soplo puede referirse al alma, que anima el cuerpo y le hace vivir una vida a la vez animal y racional. Pero podemos también entenderlo del verdadero Espíritu de Dios, principio de la vida sobrenatural que Adán recibió al mismo tiempo que la natural, y que debía trasmitir con ella a todos sus descendientes.
El Espíritu de Dios se comunica en toda su plenitud al Corazón de Jesús
Hay otro motivo que exige que la vida del Divino Espíritu sea plenamente comunicada al alma santa del Salvador, y es: que su Divino Corazón ha de ser la fuente que ha de distribuir esa vida por el mundo. Si la humanidad entera es el templo que el Espíritu Santo se construye para sí en la sucesión de los tiempos, el Corazón de Jesús es el santuario de ese templo.
En el Corazón de Jesús, pues, había el Espíritu de Dios puesto su morada, y desde ella dirigía todos los movimientos de la santa humanidad.
El Corazón de Jesús nos comunica el Espíritu Santo y por ende la vida divina.
El Divino Espíritu, que hace del Corazón de Jesús su templo privilegiado en donde obra prodigios de virtud, quiere también venir a nosotros, pero el Corazón de Jesús nos lo comu¬nica.
No puede dudarse que la gracia nos viene del Corazón del Hombre-Dios. Pues así como el Espíritu de Dios es nuestra vida en cuanto da a nuestra alma la vida de Dios, de la misma manera el Corazón de Jesús es nuestra vida en cuanto que sólo Él puede comunicarnos el Espíritu de Dios. Él es la única fuente de la que el Divino Espíritu puede derramarse sobre las almas.
Y no sin razón atribuímos especialmente al Di¬vino Corazón de Jesús esta prerrogativa de ser la vida de nuestras almas; porque el corazón, como ya sabemos, es el órgano del amor. El Espíritu de Dios, que es el amor substancial del Padre y del Hijo, habita, pues, en el Corazón de Jesús como en un santuario privilegiado, y de Él, por consiguiente, se distribuye en nuestras almas. El Corazón de Jesús es la fuente de la gracia.
La gracia no es otra cosa que la vida sobrenatural producida en las almas por su unión con el Espíritu Santo. De la manera que la vida de nuestro cuerpo resulta de su unión con el alma, de la misma suerte la vida de nuestra alma, que es la gracia, resulta de su unión con el Espíritu de Dios. El Corazón de Jesús es el Corazón de la Iglesia y del cristiano.
Todas las veces que hacemos un acto so¬brenatural estamos bajo el influjo actual y presente del Corazón de Jesús; si el Divino Corazón no tocara nuestro corazón, no podríamos ni creer, ni esperar, ni amar, ni hacer sobrenaturalmente el menor sacrificio, ni ganar el más insignificante mérito. El más pe¬queño acto sobrenatural en el último de los cristianos no es mas que la repercusión de los movimientos del Corazón de Jesús. Este Divino Corazón es, pues, verdaderamente el Corazón de la Iglesia.
El Espíritu de Dios, que el Corazón de Jesús nos comunica, no se une a nosotros de tal manera que forme con nosotros una persona. Su unión con nuestra alma es menos estrecha que la unión de nuestra alma mn cuerpo; pero es mucho más íntima, puesto que el Divino Espíritu penetra mucho mejor todas las facultades de nuestra alma, que penetra ésta los miembros de nuestro cuerpo.
Pero principalmente es mucho más indisoluble. Cuando el Corazón del Divino Salvador ha tomado un alma y se la ha unido por los bienes del amor, no hay, ni en la tierra, ni en el infierno, poder capaz de arrebatárselo; sólo ella puede destruir en sí la vida divina por el más horroroso de los suicidios.



