domingo, 31 de mayo de 2015

Los signos de los tiempos y la ley de la Esperanza

La cuestión de los signos de los tiempos mesiánicos en los últimos tiempos ha sido puesta de relieve de forma notable y con reiteración en el Concilio Vaticano II cuando trata sobre una nueva escatología y en concreto en el Catecismo de la Iglesia Católica cuando desarrolla el artículo de la fe y “Vendrá a juzgar a los vivos y los muertos”.

En esta sesión vamos a fijarnos en la exposición del P. Juan Manuel Igartua S.J. en su obra la Esperanza Ecuménica de la Iglesia. Formula esta cuestión con siguiente sugerente títulos: Los signos de los tiempos y la ley de la esperanza (Esperanza Ecuménica de lglesia P. Igartua S.J. t. 2, P. III c.3 p. 185-197). En otra sesión trataremos de la cuestión siguiento la obra Mundo histórico y Reino de Cristo F. Canals, p. 132).)

Esperanza Ecuménica de lglesia P. Igartua S.J. t. 2, P. III c.3 p. 185-197

Signa temporum (el cuándo de la esperanza ecuménica)

El P. Igartua S.J. examina esta cuestión partiendo de los signos de los tiempos, considera también la proximidad de tales tiempos y finalmente refleja la ley la Esperanza formulada por san Pablo para justificar el próximo acontecer de lo profetizado en los libros Sagrados. Siempre manteniendo su método de recoger los testimonios del Magisterio de la Iglesia al respecto.

1. Las señales de los tiempos
El Señor, en el evangelio de San Mateo (16,3), dirigiéndose a fariseos y saduceos en la controversia mesiánica en que le piden una señal del cielo, arguye fuertemente su desleal y ciega ignorancia: «Sabéis discernir el aspecto del cielo (en los signos atmosféricos), ¿y no podéis discernir las señales de los tiempos?» (signa temporum). Reprendía el Señor su ceguera ante los signos mesiánicos que tenían ante la vista en los milagros de Jesús. La palabra de Jesús, signa temporum,señala propiamente los signos de la divina acción en el mundo con un significado ulterior.

Si dirigimos nosotros la mirada al tiempo nuestro, ¿pode­mos encontrar signos de la divina acción respecto de la espe­ranza ecuménica? Respondía Juan XXIII en la constitución apostólica Humanae salutis, convocando el concilio Vaticano II, en el día de Navidad de 1961, dirigiendo su mirada al tiempo presente y hallando señales esperanzadoras de tiempos mejo­res para la humanidad:

«Siguiendo los avisos de Cristo nuestro Señor, que nos exhorta a discernir los signos de los tiempos (Mt 16,3), vemos no pocos indicios, en medio de tristes oscuridades, que parecen anunciar auspicios de una época mejor para la Iglesia y el género humano.

Juan XXIII convoca el Vaticano II después de dirigir su mirada a los graves signos de los tiempos actuales, que por la magnitud de sus convul­siones parecen preparar los espíritus a una mayor necesidad de la Iglesia.

Pablo VI, por su parte, próxima ya la tercera sesión del concilio, distinguió claramente los signos humanos naturales, en los que se advierte un sentido oculto, y los signos de Dios, o manifestaciones de su voluntad, señales de «Dios que pasa»:

«El concilio debe tener, por un lado, la mirada alerta para descu­brir los signos de los tiempos, como dijo Cristo, es decir, los aconteci­mientos humanos, las necesidades de los hombres, los fenómenos de la historia, el sentido de las vicisitudes de nuestra vida, conside­rada a la luz de las palabras de Dios y de los carismas de la Iglesia. Y, por otro lado, la mirada del concilio debe buscar y descubrir los signos de Dios, su voluntad, su presencia operante en el mundo y en la Iglesia. Son difíciles ambos descubrimientos, pero el segundo, el de los signos de Dios, más que el primero».

Vamos nosotros ahora, siguiendo estas indicaciones, a es­crutar con la mirada los signos de los tiempos en relación con la esperanza ecuménica.

El primero de tales signos, a partir del pontífice Pío IX y su definición del dogma de la Inmaculada hasta nuestros días, a través de las voces de ocho pontífices sucesivos, la voz de la esperanza ecuménica se multiplica, se amplifica, se detalla y concreta.

Nos parece ver también un doble signo de esta esperanza en las dos consagraciones del mundo y de la Iglesia, realizadas en dos momentos cimeros de estos tiempos por dos de sus pontífices. La dedicada al Sagrado Corazón de Jesús, por León XIII, y la dedicada al Corazón Inmaculado de María por Pío XII; aquélla, en el mismo comienzo del siglo xx; ésta, en el tremendo fragor de la guerra mundial, en 1942.

León XIII ve en el Sagrado Corazón, a quien por esta encícli­ca Annum sacrum, de 1899, va a consagrar la Iglesia y el mun­do, una nueva señal o signo de Dios dado a su Iglesia para la nue­va era que el siglo xx abre ante ella:

«He aquí otra señal (signum) divinísima y llena de presagios que se ofrece hoy a la vista; es decir, el Sacratísimo Corazón de Jesús con la cruz sobrepuesta, luciendo entre las llamas con brillantísimo res­plandor. En El se han de colocar todas las esperanzas; a El se ha de pedir, y de El se ha de esperar la salvación (salus) de los hombres» (T 546).

Se abre, pues, el siglo xx con este auspicio de unidad religiosa en Cristo. Cuando, en 1942, la tremenda guerra mundial parece derrumbar las esperanzas de esta paz, Pío XII consagra ahora el mundo al Corazón de María Inmaculada para completar la obra de León XIII, porque en esta consagración, renovada anualmente, se apoya con gran esperanza el que suceda que nazca una época feliz, serenada por el triunfo de la religión y por la paz cristiana (T 644).

El año 1948 dos sucesos extra­ordinarios en la historia religiosa de los hombres han aconte­cido: la primera reunión en Amsterdam del Consejo Mundial de las Iglesias y la fundación en Palestina del nuevo Estado de Israel.

El movimiento ecuménico, como nuevo «signo de los tiem­pos» y de Dios en la acción de su Espíritu, es así visto y seña­lado por el concilio Vaticano II en su decreto del ecumenismo:

«Puesto que hoy, en muchas partes del mundo, por gracia del Es­píritu Santo, se hacen muchos intentos con la oración, la palabra y la acción para llegar a aquella plenitud de unidad que Jesucristo quiere, este sacrosanto concilio exhorta a todos los fieles católicos a que, re­conociendo los signos de los tiempos, participen diligentemente en la obra ecuménica» (n.4).

Conviene recordar la importancia que, como «signo de los tiempos» en relación a la esperanza ecuménica, tiene la fundación del Estado de Israel en el plan previsible de la divina Providencia. Baste señalar que ambos acontecimientos, ligados a la espe­ranza ecuménica, tienen su fecha crucial en el mismo año del siglo xx.

He aquí, pues, la notable constelación de signos de los tiem­pos de la esperanza que brillan hasta ahora en el cielo oscu­recido del siglo xx, cuya luz precursora era la consagración leoniana, en el umbral de 1899.

Þ      Proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción - 1854
Þ      Consagración del mundo al Corazón de Jesús – 1899
Þ      Consagración del mundo al Corazón Inmaculado de María -  1942
Þ      Constitución del Estado de Israel – 1948
Þ      Reunión en Amsterdam del Consejo Mundial de la Iglesia – 1948
Þ      Convocatoria del Concilio Vaticano II - 1959



2. La proximidad de la esperanza

El tiempo de esperanza está próximo.

Documentos que hablan de la proximi­dad, en primer lugar a León XIII, en su célebre encíclica mariana Adiutricem populi, dedicada en 1895 a las relaciones entre María y la esperanza ecuménica:

«Un auspicio de que esto acontecerá a plazo no muy lejano parece confirmarse por la creencia y confianza que se enciende en los áni­mos piadosos de que María será el vínculo feliz, con cuya firme y blanda fuerza, de todos aquellos que en cualquier parte del mundo aman a Cristo se hará un solo pueblo de hermanos, sumisos como a Padre común a su Vicario en la tierra, el Pontífice Romano» (T 542).

En el año 1904, en el cincuentenario del gran dogma, San Pío X anuncia la proximidad de la gran esperanza despertada por el dogma en 1854:

«Por una misteriosa inspiración, nos parece que podemos asegurar que se cumplirán en breve aquellas grandes esperanzas que, como fruto de la solemne de­finición de la Concepción Inmaculada de la Madre de Dios, conci­bieron nuestro predecesor Pío IX y todos los obispos del mundo….» (T 562).

Pío XII al consagrar Rusia al Corazón de María en 1952, casi a las puertas del centenario del dogma proclamado por Pío IX:

«Del mismo modo que hace pocos años consagramos todo el gé­nero humano al Corazón Inmaculado de María, la Virgen Madre de Dios, así ahora dedicamos y consagramos todos los pueblos de las Rusias al mismo Corazón Inmaculado, esperando absolutamente que sucederá que los votos que Nos, vosotros y todos los buenos hacemos por la verdadera paz, la concordia fraterna y la libertad debida a todos, y sobre todo a la Iglesia, sean un hecho cuanto antes sufragados por el potentísimo patrocinio de la Virgen María» (T 640).


3. La gran ley de la esperanza

Pablo, en la carta a los Romanos (5,4), ha formulado la admirable ley divina de la formación y fortalecimiento de la esperanza:

5,4: «Nos gloriamos hasta en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación engendra paciencia; la paciencia, la virtud probada; la virtud probada, la esperanza.
5,5: Y la esperanza no falla...»

Según esta admirable ley, en elprincipio mismo de la esperanza está la tribulación, o sea la dura prueba. Encadenadamente, de ella brota, a través de la paciencia y de la firmeza de la virtud, la esperanza. Esta ley había de cumplirse también en la Iglesia, y sobre todo en tan grande esperanza como la que le ha sido concedida por el Señor, la esperanza ecuménica, que mira en último horizonte a la perfecta unidad celeste del solo rebaño y pastor.

Antes del día en que al­cance por fin la última esperanza le espera la que es llamada en el Evangelio la tribulación por antonomasia.

Al frente de la gran tribulación estará en tan duros mo­mentos el «hijo del pecado». Conocidos son los pasajes que hablan de este instante. Mateo (24, 7-14), y los Sinópticos con él, nos ha­blan de tan graves instantes,y Pablo concreta sus rasgos en al­gunas cosas (2 Tes 2, 3)

Y antes de la esperanza ecuménica en la tierra, del v.14, tenemos una serie de tribulaciones jalonando la historia de la Iglesia en el anuncio profético de Cristo.

Þ      Primero,en general, «guerras y rumores de guerras» (v.6), que pueden referirse a toda la historia del mundo y de la Iglesia; pero no es el fin.
Þ      Después una conflagración universal de guerra, «nación contra nación y reino contra reino» (v.7), con hambres y terremotos. Este signo de la conflagración universal guerrera del mundo es solamente «el comienzo de los dolores del parto» de la nueva vida celeste, de la segunda venida del Señor, el Hombre nue­vo (v.8).
Þ      Después, el evangelista presenta una gran persecu­ción eclesial y confusión de seudo-carismáticos (falsos profetas, v.9-11), y en ello
Þ      la gran apostasía, al parecer consistente en el enfriamiento de la caridad o amor de Dios. He aquí las señales que propone Mateo antes de la esperanza ecuménica y como preludio suyo de tribulación.

Pablo en la epístola segunda a los Tesalonicenses, en su clásico pasaje sobre el anticristo, señala en los versos indicados (v.3-4) dos cosas:

Þ      la gran apostasía, y tras ella o en ella,
Þ      la apa­rición del hijo del pecado.

La gran tribulación, pues, parece así proponerse con estos signos:

a)       conflagración universal de guerra;
b)       persecución antieclesial y confusión intraeclesial.
c)       la gran apostasía o enfriamiento general de la caridad;
d)       la aparición del anticristo, hijo del pecado;
e)       la segunda venida del Señor.

Y he aquí las referencias eclesiales de pontífices que men­cionan estos signos, aplicándolos claramente a nuestro tiempo:

a)  Conflagración universal de guerras  (nación contra nación, reino contra reino) (Mt 24,7):

«Viendo como ven al presente (1943) levantarse una nación contra otra nación y un reino contra otro reino (Mt 24,7), y crecer sin medida las discordias, envidias y semillas de enemistades...» (Pío XII, encí­clica Mystici Corporis Christi: AAS 35 [1943] 195).

b)  La persecución antieclesial (Mt 24,9-11):

«Esto es lo que, por desgracia, estamos viendo: por primera vez en la historia asistimos a una lucha cuidadosamente preparada y calculada contra todo lo que se llama Dios (2 Tes 2,4)» (Pío XI, encíclica Divini Redemptoris, sobre el comunismo: AAS 29 [1937] 66).

«Ese odio satánico (del comunismo) contra la religión recuerda el mysterium iniquitatis, del que nos habla San Pablo (2 Tes 2,7)» (Pío XI, encíclica Caritate Christi compulsi: AAS 24 [1932] 185).

c)  La gran apostasía (Mt 24,12):

«Aun al espíritu menos dispuesto se le ocurre que se acercan próxi­mos los tiempos de que vaticinó nuestro Señor: y puesto que abundará la iniquidad, se enfriará la caridad de muchos (Mt 24,12)» (Pío XI, encí­clica Miserentissimus Redemptor: AAS 20 [1928] 176).

d) La aparición del anticristo, hombre de pecado (2 Tes 2,3-4):

«Vemos ciertamente que por aquellas regiones (dominadas por el comunismo) se trastornan todos los derechos divinos y humanos. Los templos son demolidos y destruidos; los religiosos y sagradas vírgenes son arrojados de sus casas y molestados con insultos, cruel­dades, hambres y cárceles; grupos de niños y doncellas son arreba­tados del gremio de la madre Iglesia, e inducidos a renegar y blasfe­mar de Cristo y a fortísimos crímenes de lujuria; todo el pueblo cristiano, sobrecogido de espanto y disperso, se encuentra en conti­nuo peligro de apostasía o aun de atrocísima muerte.

«Las cuales cosas son en verdad tan tristes, que se diría que, por me­dio de tales acontecimientos, se prenuncia ya ahora y se augura el prin­cipio de aquellos dolores (initia dolorum) que traerá el hombre de pe­cado, levantándose sobre todo lo que es llamado o reverenciado como Dios (2 Tes 2,4)» (Pío XI, encíclica Miserent. Redemptor: AAS 20 [1928] 175).

«En las asambleas humanas se insinúa solapadamente el espíritu del mal, el ángel del abismo (Apoc 9,11), enemigo de la verdad, atiza­dor de odios, negador y destructor de todo sentimiento fraterno.

«Creyendo próxima su hora, hace todo lo que puede por acelerarla» (Pío XII, radiomensaje de Navidad, 1947: AAS 40 [1948] 15).

e) La segunda venida del Señor:

«¡Cuántos corazones, oh Señor, te esperan! ¡Cuántas almas se consumen, por apresurar el día en que tú solo vivirás y reinarás en los corazones!

»Ven, ¡oh Señor, Jesús! ¡Hay tantos indicios de que tu vuelta no está lejana...!» (Pío XII, homilía del día de Pascua, 1957: T 656).

Así como hemos comenzado esta sección con la ley pauli­na de la esperanza a través de la tribulación, lo vamos a cerrar con una admirable interpretación de esta ley hecha por el santo pontífice Pío X en su encíclica del cincuentenario de la Inmaculada, en 1904. Dice:

Sabemos por experiencia que es costumbre de la divina Providencia que la cumbre de los males no esté muy lejos de la liberación («non admodum dissocientur») (T 563).

Si, según Pablo enseña, la tribulación por la paciencia en­gendra, como término, la esperanza, la ley de la esperanza es que Dios interviene cuando el hombre entiende que no tiene punto humano en donde apoyarse. Esta es la hora de Dios. Por eso nada puede detener la esperanza de la Iglesia en su marcha, pues sabe que, cuando más trágicamente oscura se presenta la noche de los hombres, está a punto de brotar el primer rayo de la gran aurora (Rom 5,3-5).. Escribe el resto de tu post aquí.

miércoles, 20 de mayo de 2015

Los "signos de los tiempos" y la ley de la Esperanza

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lunes, 20 de abril de 2015

La esperanza ecuménica en el Magisterio de la Iglesia yen algunos textos del Nuevo Testamento

De la primera parte, elegimos la esperanza ecuménica en el concilio Vaticano II; de la segunda parte, la formulación del adveniat regnum tuum; y de la tercera parte la valoración de las formulaciones de la esperanza en algunos documentos de la Iglesia; para finalizar con las conclusiones de la obra.

Primera parte: El concilio Vaticano II y la esperanza ecumé­nica


a)        ¿Tiene esperanza el concilio, con la Iglesia, de llegar un día a la unidad cristiana de los separados, alcanzando así la pri­mera meta del divino plan?
b)        ¿Tiene esperanza el concilio, con la Iglesia, de alcanzar la última meta del divino plan antes de la segunda venida de Cristo, la incoación del reino consumado, la unidad de todas las naciones, de hecho, en la Iglesia católica?
c)        ¿Relaciona el concilio también esa esperanza universal con la profecía de Cristo sobre el único rebaño y pastor?

La unidad de los cristianos


1.- La formulación de la esperanza:

Capítulo I del Decreto sobre ecumenismo: los principios católicos del ecumenismo

«Puesto que hoy, en muchas partes de la tierra, por inspiración del Espíritu Santo (afflante Spiritu Sancti gratia), se hacen muchos esfuerzos de oración, palabra y obra para llegar a aquella plenitud de la unidad que Jesucristo quiere, este santo concilio exhortar a todos los fieles católicos a que, reconociendo las señales de los tiem­pos, participen con diligencia en la obra ecuménica» (T 692)

2.- El con­cilio proclama su firme esperanza en la consecución de la misma:
A)    La unidad con las Iglesias orientales separadas

«C.3: De las Iglesias separadas: 1) De las Iglesias orientales. — Y si se promueve esta obra con todo el corazón, el sacrosanto concilio espera que suceda que, desaparecido por fin el muro divisor de la Iglesia occidental y de la oriental, se haga por fin una sola mansión (única tándem fiat mansio), afirmada sobre la piedra angular, Cristo Jesús, que hará una cosa de las dos (qui Jaciet utraqiie unum)» (T 693).
B)    La unidad con todos los cristianos

«C.3: De las Iglesias separadas: 2) De las Iglesias de Occidente. — Además (el concilio) se declara también consciente de que este santo propósito de reconciliar a todos los cristianos en la unidad de la una y única Iglesia de Cristo excede las fuerzas humanas y sus posibilidades. Por lo cual pone su esperanza radicalmente (penitus) en la oración de Cristo por su Iglesia, en el amor que nos tiene el Padre y en la fuerza del Espíritu Santo. Y la esperanza no confunde porque la caridad de Dios se ha difundido en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado (Rom 5,5)» (T 694).

Objeto de la esperanza del concilio es la unidad de todos los cristianos en una sola y única Iglesia, es decir, en la comunión con la Sede romana.

Tal esperanza es total, no es humana, viene de Dios y del Espíritu, no puede fallar.

La Iglesia católica, reunida en concilio ecuménico, proclama ante las Iglesias separadas su esperanza de origen divino, que se ha de cumplir un día, de la unidad de todas las Iglesias separadas con la Iglesia romana.

C) La unidad universal proclamada por el Concilio Vaticano II


Sobrepasando al pueblo judío, en un mo­vimiento como inspirado, proclama la Iglesia su universal es­peranza:

«La Iglesia, juntamente con los Profetas y con el mismo Apóstol, aguarda el día, solamente conocido para Dios, en que todos los pueblos invocarán con una voz común al Señor y le servirán con un solo hombro (Sof 3,9; cf. Is 66,23; Sal 65,4; Rom 11,11-32)» (T 696)

Se proclama abiertamente una esperanza. El sujeto de la esperanza es la Iglesia. Y esto lo espera con los Profetas y el mismo Apóstol (Pablo). Es, pues, una esperanza que se funda en la revelación divina, en la palabra de Dios en la Escritura.

«La Iglesia aguarda... el día solamente conocido para Dios». «E! día en que todos los pueblos invocarán con una voz común al Señor y le servirán con un solo hombro».

He ahí, claramente propuesto, el día de la unidad universal en la fe. Se cita Sof. 3,9; Is 66, 23; Sal 65, 4; Rom 11, 11-32.

 

3.- La profecía del único rebaño y pastor en el Concilio

Primero como unidad de todos los cristianos

En la constitución sobre la Iglesia, al hablar del Pueblo de Dios en el capítulo 2, el concilio trata en el n.15 de la relación del Pueblo de Dios con los cristianos se­parados.

«Así el Espíritu despierta en todos los discípulos de Cristo el de­seo y la acción para que todos, del modo determinado por Cristo (modo a Christo statuto), se unan pacíficamente en un solo rebaño bajo un solo pastor (T 375).
Segundo como meta de unidad de todos los hombres

Se halla en el comienzo de la constitución sobre la sagrada liturgia, que fue la primera proclamación doctrinal y pastoral en el tiempo del concilio, el 5 de diciembre de 1963

«Por lo cual, levantando la liturgia con los que están dentro el templo del Señor, la habitación de Dios en el Espíritu (Ef 2,21-22) hasta la medida de la plenitud de la edad de Cristo (Ef 4,13), juntamente comunica energía a sus fuerzas de modo admirable para predicar a Cristo, y así muestra la Iglesia a los que están fuera como señal levantada frente a las naciones (Is 11,12), bajo la cual los hijos de Dios dispersos se congreguen en uno (Jn 11,52), hasta que se haga un solo rebaño y un solo pastor (Jn 10,16)» (T 373).

Segunda parte: El fundamento neotestamentario de la Espe­ranza  Ecuménica de la Iglesia


Pasajes del Nuevo Testamento: Jn 10,16; Rom 11.25; Ef 4,13; Jn 17,21 y Mt 6, 10.

Jn 10, 16: "También tengo otras ovejas que no son de este redil. A ellas también me es necesario traer, y oirán mi voz. Así habrá un solo rebaño y un solo pastor”.

Rom 11,25. «No quiero que ignoréis, hermanos, este misterio, no sea que presumáis de sabios:el endurecimiento parcial sobrevino a Israel hasta que la totalidad de los gentiles haya entrado, y así  todo Israel será salvo como está escrito».

Ef 4, 13: hasta que hallamos llegado todos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, al estado de hombre perfecto a la madurez de la plenitud de Cristo
Ef 1, 9-0 Ef 1, 9: Dándonos a conocer el misterio de su voluntad, según el benévolo designio que en él se propuso de antemano Ef 1,10: para realizarlo en la plenitud de los tiempos: recapitular todas las cosas en Cristo las que está en el cielo y las que están en la tierra

Jn 17, 2117,20: «No ruego sólo por éstos, sino también por aquellos que, por medio de su palabra, creerán en mí: 17,21: Que todos sean uno, como tú, Padre, en mí y yo en ti; que ellos sean también uno en nosotros (para) que el mundo crea que tú me has enviado 17,22: Yo les he dado la gloria que tú me diste para que sean uno, como nosotros somos uno, yo en ellos y tú en mí; 17,23: para que sean consumados en la unidad; para que el mundo conozca que tú me has enviado, y que les has amado a ellos como me has amado a mí».

La oración enseñada por Jesús: Venga el reino tuyo  (Mt 6,10)


El P. Igartua S.J. examina la petición de la oración del Padrenuestro, ense­ñada por Jesús a su Iglesia: Venga el reino tuyo (Mt 6, 10) en textos del Magisterio de la Iglesia.
En tiempo de Pío IX

La carta de la Sagrada Congre­gación de la Propagación de la Fe, en 1877, dirigida a las mi­siones, acerca del valor del Apostolado de la Oración:

«Mientras la impiedad actual, engañando a los pueblos con la más­cara del liberalismo, tiende únicamente a destruir el reino de Cristo en la tierra, la piadosa alianza del Apostolado de la Oración, reuniendo a los fieles de todas clases bajo la bandera del Corazón de Jesús, con el fin de favorecer la causa de la Iglesia, propone a sus oraciones y esfuerzos principalmente este objetivo: que el reino de Cristo venga cuan­to antes a la tierra como sucede en el cielo («ut quantocius Christi reg­num adveniat sicut in cáelo et in térra»)» (T 527).
En tiempo de León XIII En la encíclica de su jubileo sacerdotal de 1888, Exeunte iam anno:

«Venga tu reino, entiendan que es preciso someterse a ti y servirte aun aquellos que buscan con vano trabajo la verdad y la salud lejos de ti» (T 533).

La encíclica inaugural del pontificado de San Pío X, la E Supremi Apostolatus Cathedra, de 1903, que en ella desarrolla como tema la instauración del reino de Cristo en todo, según el lema de omnia instaurare in Christo (Ef 1,10):

«Ya veis, venerables hermanos, qué empresa se nos pide a Nos y a vosotros igualmente: que traigamos la sociedad de los hombres, alejada de la sabiduría de Cristo, a la obediencia de la Iglesia, y la Iglesia la someterá a Cristo, y Cristo a Dios.

»y cuando habremos hecho esto con el favor de Dios, nos felicitare­mos de que la iniquidad ha dejado el paso a la justicia, y oiremos dichosamente una gran voz del cielo que dice: Ahora ha venido la salvación, y el poder, y el reino de nuestro Dios, y el poder de su Cris­to» (T 557).
En tiempo de Pío XII El texto más importante es la epístola apostólica a los pueblos de Rusia, de 1952.

«Si el Adveniat regnum tuum brotase como un grito potente del ejército de todos estos corazones sinceros, ¿creéis vosotros que un grito semejante dejaría insensible al Eterno Padre, el cual no desea otra cosa que ver a su amado Hijo, enviado por El como redentor a los hombres, reinar en el mundo para la salvación de los hombres?» (T 617).

Así, en estos varios documentos, hemos visto una inteli­gencia muy clara del versículo Mt 6,10 de la segunda petición de la oración dominical, como una oración de sentido de es­peranza ecuménica: según la mente de los documentos se pide en ella la entrada universal del mundo en la Iglesia de Cristo.

 

Tercera parte: Problemas teológicos acerca de la esperanza ecuménica de la Iglesia


Valoración particular de algunos documentos de la esperanza ecuménica

La encíclica «Ineffabilis Deus» y la definición del dogma de la inmaculada (1854)

En esta bula define el Pontífice ex cathedra el dogma de la concepción sin mancha de María. Ahora bien, inmediatamente, a continuación de la misma definición, la bula prosigue con las palabras ya varias veces transcritas y comentadas:

Nos apoyamos en una esperanza ciertísima y en una confianza abso­lutamente total de que sucederá que la misma Virgen Inmaculada quiera hacer... que se haga un solo rebaño y un solo pastor (T 194.510).

El P. Igartua S.J. entiende que goza el Pontífice de asistencia plena y absolutamente garantizada del Espíritu Santo, con ine­rrancia consecuente.
La epístola apostólica «Praeclara», de León XIII (1894)

Se corona y resume la idea de la encíclica en la seguridad del cumplimiento de «la divina promesa de Jesucristo: Se hará un solo rebaño y un solo pastor» (T 231); esta seguridad es confirmada expresamente con respecto a esta promesa por la Encíclica Christi nomen, que señala el cumplimiento de tal divina promesa como la cumbre de los deseos del Pontífice (T 233).

Si se tiene en cuenta ahora que la epístola va dirigida al mundo entero, incluidas las naciones no cristianas, y que la Encíclica Christi nomen va dirigida a toda la Iglesia católica, se llega a la convicción de que tal esperanza, apoyada en la divina promesa de Jesús, debe formar parte del tesoro ecle­sial, como doctrina católica contenida en la revelación  
La encíclica «E Supremi», de Pío X (1903) 
 Según  la Enciclia E Supremi, de San Pío X, la conversión de la humanidad a Cristo y a su Iglesia, como término de la esperanza, la creemos y esperamos con fe cierta. La esperanza ecuménica resulta así, al parecer, afirmada en su término plenario como de fe de la Iglesia. 
La encíclica «Ubi arcano», de Pío XI (1922)

La encíclica Ubi arcano es la primera de Pío XI. En ella expone su programa de acción pontificia, basado en el lema Pax Christi in regno Christi, en el que funde los lemas de sus dos predecesores (T 579).

En la culminación de la encíclica, el Pontífice declara que tiene delante de los ojos el mundo entero, ya los no cristianos, ya los cristianos separados por la doctrina o por la obediencia de la unidad, y que, frente a todos ellos, repite con alegría en su memoria aquella profecía del mismo Cristo: Se hará un solo rebaño y un solo pastor; y se declara unido en la oración con toda la Iglesia, con vosotros (los obispos) y con vuestros grupos de fíeles respectivos, en oraciones unánimes, pi­diendo que veamos cuanto antes comprobada por el suceso esta suavísima y cierta profecía del divino Corazón (T 264).

Al parecer del P. Igartua S.J. tal pasaje confiere a esta esperanza de la Iglesia un gran valor de doctrina eclesial, y puede llamarse así doctrina católica de su esperanza, llevando anejo el valor de la profecía de Jn 10,16.

La encíclica «Miserentissimus Redemptor», de Pío XI, y la fiesta de cristo rey (1928)

«la solemnidad anual, que se celebrará ahora, nos da muy buena espe­ranza de que la sociedad humana se apresurará a volver con buenos aus­picios al amantísimo Salvador...» (T 587).

Es, pues, ya una proclamación también de esperanza del hecho futuro. Pero esto queda mucho más claramente de manifiesto en la encíclica Miserentissimus Redemptor, del propio Pío XI.

«Al instituir la fiesta de Cristo, Rey del universo, no sólo coloca­mos a plena luz la soberanía que Cristo tiene sobre todo el universo, sobre la sociedad tanto civil como doméstica y sobre los individuos, sino que también cogimos de antemano ya entonces el gozo de aquel día lleno de presagios, en el cual día todo el orbe gustosa y voluntariamente obedecerá al suavísimo dominio de Cristo Rey» (T 598).

La es­peranza de este día futuro de obediencia universal gustosa y voluntaria a Cristo Rey es creencia de la Iglesia propuesta en la fiesta. Esto le da valor, si es así, de doctrina católica.
El «Credo del Pueblo de Dios», de Pablo VI (1968)

En el Credo pronunciado por Pablo VI el 30 de junio de 1968, al clausurar el año de la fe, se contiene la afir­mación católica de la esperanza ecuménica:
 «Esperamos que sucederá que los cristianos que todavía no gozan de la plena comunión de la única Iglesia se unan por fin en un solo rebaño y un solo pastor».

Es una afirmación católica de esperanza teologal, fundada, según el mismo texto, en la acción suscitada por el Espíritu Santo en los cristianos para la unión. El Pontífice hace este acto de esperanza dentro de una extraordinaria profe­sión de fe católica, en la que habla «en nombre de todos los pas­tores y de todos los fieles». Es, pues, una esperanza católica y, desde luego, debe ser compartida por todos los miembros de la Iglesia, en cuyo nombre universal se hace.

 

Conclusiones relativas a la valoración de la esperanza ecuménica


1.        La esperanza ecuménica existe.
2.        Esta esperanza ecuménica, en sus diversos grados, es de la Iglesia como tal, y propuesta a sus fieles, por lo cual debe ser compartida por ellos como esperanza firme y cierta; y deben orar para alcanzarla, como la Iglesia ora.
3.        Esta esperanza ecuménica de la Iglesia es ciertísima en sí misma, por ser esperanza teológica y apoyarse solamente en el poder y misericordia de Dios para esperar.
4.        Esta esperanza ecuménica, en relación a su grado máximo de unidad de todos los hombres en la Iglesia, es cierta en su resultado, con certeza de fe divina, por ha­llarse tal resultado anunciado en la revelación divina como profecía absoluta del mismo  Cristo (Jn  10,16) y de su apóstol Pablo (Rom 11,25) en el Nuevo Testamento. Se pueden fácilmente a esta luz hacer confluir otros anun­cios proféticos del Antiguo Testamento, como coinciden­tes en esta revelación.
5.        Esta esperanza ecuménica, en relación con todos los hombres, y también en relación con la unidad de to­dos los cristianos hoy separados, es propuesta por la mis­ma Iglesia a sus fieles como cierta en su resultado de ma­nera pública y universal, siendo por ello en ambos grados (de los que el uno encierra al otro, y en él también al primero) doctrina católica de la Iglesia.
El contenido de la esperanza ecuménica debe ser limitado, conforme a la doctrina de la misma Iglesia, den­tro de límites determinados, que hemos propuesto en esta tercera parte.  En cuanto al modo de realizarse, pueden formularse diversas hipótesis, más o menos pro­bables, pero su real y concreto contenido será mostrado por el cumplimiento final de la profecía contenida en Rom 11,25, al alcanzarse la conversión de Israel, que es de fe divina.
    
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sábado, 11 de abril de 2015