martes, 20 de enero de 2009

Calcedonia (451) Una persona divina en dos naturalezas íntegras

De Éfeso a Calcedonia
Entre Éfeso (431) y Calcedonia (451), se dan los siguientes, hechos relevantes:

o Cambios de patriarcas en las sedes de Constantinopla y Alejandría;
o La aparición en escena de un monje influyente Eutiques;
o El Tomo de León a Flaviano;
o El latrocinio de Efeso; y
o El Concilio de Calcedonia.

Concilio de Calcedonia (451). Este Concilio que tuvo consecuencias trágicas para el Oriente católico ya que se gestó el cisma de Oriente, definió con precisión terminológica el resultado del misterio de la Encarnación en Cristo. Una persona divina en dos naturalezas íntegras.

El II Concilio de Constantinopla (553). La confusión siguió al Concilio de Calcedonia. No fueron atendidos los cirilianos sinceros y sintieron Calcedonia enfrentado a Éfeso. Esto exigió un nuevo concilio que tuvo lugar a más de un siglo de distancia. En él, se condenaron las herejías cristológicas que de una u otra forma habían subsistido a los Concilios de Éfeso y Calcedonia.
III Concilio de Constantinopla (681). Con posterioridad, surgieron nuevas expresiones heréticas sobre el misterio de la Encarnación, el monoenergismo y el monotelismo que tuvieron que ser aclaradas. En este concilio se definió, contra el monoenergismo la doble actividad si bien realizadas por una única persona, la del Verbo, y contra el monotelismo, la doble voluntad divina y humana en Cristo. A este concilio se debe la centralidad de la humanidad de Cristo en la economía de salvación, así como la adoración de la humanidad de Cristo en que se funda por ejemplo la devoción al Corazón de Jesús.

EL CUARTO CONCILIO: CALCEDONIA: Una persona divina en dos naturalezas íntegras (451)

Entre Éfeso y Calcedonia, se dan los siguientes, hechos relevantes: los cambios de patriarcas en las sedes más relevantes de Constantinopla y Alejandría, la aparición en escena de un monje influyente Eutiques, Tomo de León a Flaviano, el latrocinio de Efeso, y finalmente el Concilio de Calcedonia.

Fin de la hegemonía ciriliana en Constantinopla

Proclo de Constantinopla

o Pa­triarca de Constantinopla después de la deposición de Nestorio. Murió en el año 446

o Fue importante en la evolución progresiva del dogma cristológico. Defendió que por lo mismo que se dice que el que nace de María es el Hijo de Dios, también hay que decir que este Hijo de Dios que nace de María muere en la cruz por nosotros, o sea, que la segunda persona de la Santísima Trinidad ha muerto por noso­tros según su naturaleza humana.

Dióscoro de Alejandría

o Sucedió a san Cirilo. Se hizo el portaestandarte de la doctrina de san Cirilo, discípulo muy adicto, no era un santo, sino un fanático, cerrado, ambicioso.

o Empleó la autoridad de san Cirilo en la línea que llevaría a la tragedia en Calcedonia. San Cirilo tuvo una actitud abierta con los que tenían otras preferencias terminológicas con tal de que reconociesen lo esencial del misterio revelado y aceptasen que en Éfeso la Iglesia había condenado justamente a Nestorio. Dióscoro quería enfrentarse a los antioquenos y cerrar el camino en la Iglesia a cualquier terminología de las «dos naturalezas», terminología que san Cirilo había aceptado en el Edicto de Unión de 433 con aprobación del papa Celestino, y que terminaría por triunfar en la Iglesia a partir de Calcedonia.

San Flaviano de Constantinopla.

o Formado en la terminología antioquena, era bondadoso y orto­doxo; discípulo de aquellos maestros, un tiempo enfrentados a san Cirilo pero reconciliados con él en 433.
o No era ciriliano, pero tampoco era hostil a san Cirilo, a diferencia de Teodoreto de Ciro, siempre anticiriliano intransigente.




Eutiques. Archimandrita de Constantinopla

o Era un archi­mandrita superior de monjes, influyente. Se creía auténtico y ferviente ciriliano, y que sentía una hostilidad absoluta a la terminología de las dos natu­ralezas, al creerla ligada intrínsecamente con la negación de la unidad de Cristo y con las afirmaciones de Nestorio.

o Juzgaba que Flaviano, era de nue­vo un nestoriano, opuesto al ciriliano san Proclo.
Una alianza seudociriliana fomenta la herejía monofisita

Eutiques, y con él todo el monacato constantinopolitano, su ahijado Crisafio y el patriarca alejandrino Dióscoro se aliaron contra Flaviano y tendieron a imponer, en nombre del Concilio de Éfeso y de la autoridad de san Cirilo, la doctrina herética, antitética al nestorianismo, la que negaba la humanidad del Señor o la confundía y la absorbía en la divinidad del Verbo.

Eutiques negaba la humanidad de Cristo, diciendo que la Encarnación absorbe la humanidad en la divinidad, y que no tiene sentido reconocer naturaleza humana en Cristo.

Eutiques declaró que el patriarca constantinopolitano era hereje nestoriano.

Eusebio de Dorilea, que -siendo un laico- fue el primero que denunció a Nestorio como hereje, ahora -siendo obispo- denunció al sedicente ciriliano Eutiques como hereje, negador de la huma­nidad íntegra de Cristo, ante un sínodo de Constantinopla-en 448. En él, se leyeron la segunda carta de san Cirilo -la que fue aprobada dogmáticamente en Éfeso (431)- y la que mandó al patriarca Juan aceptando la fórmula de Union 433, en que se reconocen las dos naturalezas en Cristo. En aquel sínodo, presidido por Flaviano, Eutiques fue condenado como hereje.
Apelación al papa. Definición dogmática de San León Magno

Eutiques apeló al papa León, a quien también se dirigió Flaviano. El papa san León Magno respondió con su célebre carta, de 13 de junio de 449, conocida como Tomo de León a flaviano, que es uno de los actos pontificios de enseñanza dogmática más ilustres de todos los siglos. Al enviarlo a Flaviano, el papa León esperaba que su palabra dirimiría la cuestión sin necesidad de convocar un concilio ecuménico, que se produciría después, por las circunstancias de la política imperial, en el año 451.

Tomo de León a flaviano sobre la Encarnación del Verbo de Dios

« (…)
»Pues cuando creemos en Dios Padre omnipotente se patentiza que es sempiterno con Él el Hijo; en nada diferente del Padre, (…) no dividido en la esencia. Este Unigénito sempiterno del sempiterno Engendrador "ha nacido del Espíritu Santo y de María Virgen". La cual Natividad temporal nada disminuye a aquella divina y sempiterna, y nada le añade, sino que se entrega todo a la reparación del hombre, que había sido engañado, para vencer al pecado y a la muerte con su virtud. (…).

»Así pues, entra en estas debilidades del mundo el Hijo de Dios, descendiendo del trono celeste y no apartándose de la Gloria paterna, engendrado en un nuevo orden por un nuevo nacimiento.

Por un nuevo orden: porque invisible en lo suyo, fue hecho visible en lo nuestro, el Incomprensible quiso ser comprendido; El que permanecía antes que todos los tiempos comenzó a ser en el tiempo, el Señor de todas las cosas tomó forma de siervo dejando en la sombra la inmensidad de su majestad; el Dios impasible no ha desdeñado ser hombre pasible, y el inmortal someterse a las leyes de la muerte.

Engendrado con nueva Natividad: porque la virginidad inviolada, que desconoció la concupiscencia, suministró la materia de la carne. Fue asumida de la Madre del Señor la naturaleza, no la culpa; y en el Señor nuestro Jesucristo, engendrado del útero virginal, no es desemejante la naturaleza de lo nuestro porque la Natividad sea admirable.

Pues el que es verdadero Dios, El mismo es verdadero hombre y no hay ninguna falsedad en esta unidad, por cuanto existen juntos la humildad del hombre y la alteza de la divinidad. Pues así como Dios no se cambia por su donación misericordiosa, así el hombre no queda destruido por la dignidad. Pues una y otra naturaleza obran en comunión con la otra lo que le es propio: obrando el Verbo lo que es del Verbo y cumpliendo la carne lo que es de ella. Lo uno resplandece con milagros, lo otro sucumbe a las injurias. Y así como el Verbo no se aparta de la igualdad de la gloria paterna, así la carne no abandona la naturaleza de nuestro linaje».

El «latrocinio efesino» de 449

El emperador Teodosio II -el mismo que había apoyado a Nestorio y tratado de reprimir la voz de san Cirilo de Alejandría pero que había después desterrado a Nestorio-, bajo la influencia de Crisafio, Eutiques y Dióscoro, convocó un nuevo Concilio en Éfeso que sería, para quienes rechazaron la doctrina de san León y posteriormente, la definición de Calcedonia, el II Concilio de Éfeso, y que el lenguaje tradicional de la Iglesia católica cono­cería como el «latrocinio efesino» (latrocinium ephesinum)

Lo presidió Dióscoro, quien rechazó la presencia de legados del papa. Allí se condenó al patriarca Flaviano de Constantinopla como nestoriano y a todos los adversarios de san Cirilo, entre ellos a Teodoreto de Ciro (el que había redactado la fórmula de unión de 433 que había aceptado san Cirilo). Flaviano de Constantinopla fue físicamente maltratado, hasta el punto de que murió a los pocos días. La Iglesia católica le tributa culto como mártir de la fe. Eusebio de Dorilea tuvo que huir.

Se elabora en comisión la fórmula dogmática de Calcedonia

La comisión la formaban veinticuatro miembros pertene­cientes a diversos patriarcados y regiones, y en ella había tam­bién quienes, por sus tendencias y opciones, pertenecían a los sectores partidarios u hostiles a la autoridad doctrinal de san Cirilo de Alejandría. Por el ambiente creado como reacción al latrocinio efesino, y por la tendencia de la política imperial de Marciano y Pulcheria, se daba una hegemonía de Teodoreto de Ciro y lo que él representaba.

El patriarca Anatolio propuso la fórmula que habla de que Cristo es de dos naturale­zas, en el sentido que procede de ellas aunque, después de la unión, la naturaleza humana ha quedado absorbida en la divina.

Los legados pontificios apoyaban que la fórmula incluyera la expresión de que Cristo es en dos naturalezas, en el sentido la naturaleza humana y la divina permanecen inconfusas después de la unión.

Los cirilianos insistían para que se recordara también que María ha de ser llamada Madre de Dios y, además, que quedara explícita la afirmación de la unidad de Cristo porque las dos naturalezas convienen en una única hipóstasis.

El sector antioqueno proponía afirmar que las dos naturalezas eran concurrentes en una sola persona, pero dado el equí­voco del término griego prósopon, que hubiera podido sugerir una unidad moral o de actitud y actividad, dejando sin afirmar la unidad entitativa resultante de que el Verbo «se hizo carne», hubiera resultado una fórmula no opuesta al nestorianismo. La laboriosa discusión no terminaría hasta muy entrada la madru­gada del mismo día en que la fórmula tenía que ser votada oficial y públicamente en la cuarta sesión del Concilio, el día 22 de octubre de 451.

La comisión aceptó y, providencial y casi mila­grosamente, aceptaron también los legados pontificios, que se añadiese a la palabra persona la palabra hipóstasis.

Finalmente, el texto votado en la sesión pública fue este:

« (…) recibe congruentemente las dos cartas sinódicas de san Cirilo, en su tiempo prelado de la iglesia alejandrina, a Nestorio y a los orientales, para rechazar las locuras de Nestorio... a las cuales, también, consecuentísimamente unió la carta del beatísimo sapientísimo arzobispo de la máxima y antigua ciudad de Roma, escrita al arzobispo Flaviano, de santa memoria, para destruir la mala inteligencia de Eutiques, (…)

Pues a ellos, que se esfuerzan en separar en dos hijos el misterio de la divina economía, resiste y a aquellos que se atreven a decir que es pasible la divinidad del Unigénito, excluye de la comunidad sagrada y a los que buscan mezcla y confusión en las dos naturalezas de Cristo y a los que fingen que antes de la unión eran dos naturalezas pero que es una después de la unión.

»Así pues, siguiendo a los Santos Padres, enseñamos todos, en forma acorde, que hay que confesar uno y el mismo Hijo, Señor nuestro, Jesucristo, Él mismo perfecto en la divinidad, verdaderamente Dios y verdaderamente hombre, Él mismo integrado por un alma racional y un cuerpo, consubstancial al Padre según la divinidad, y consubstancial Él mismo con nosotros según la humanidad, «en todo semejante a nosotros fuera del pecado» (Heb 4,15); antes de los siglos, ciertamente, nacido del Padre según la divini­dad, y en los últimos días Él mismo, por nosotros y por nuestra Salvación, nacido de María Virgen, Madre de Dios, según la humanidad.

»Uno y el mismo Cristo, Señor, el Hijo Unigénito, en dos naturalezas inconfusamente, inmutablemente, indivisamente, inseparablemente, ha de ser reconocido, nunca suprimida la diferencia de las naturalezas por la unión, más bien salvada la propiedad de una y otra naturaleza, que concurren en una sola persona e hipóstasis, no partido o dividido en dos personas, sino uno y el mismo Hijo, el Verbo de Dios, el Señor Jesucristo: como antes los Profetas acerca de Él y el mismo Jesucristo nos enseñó, y nos transmitió el Símbolo de los Padres».

Puede verse en esta definición solemne la precisión de las palabras que cortan toda salida que no sea la de la verdad: una persona divina, y dos naturalezas íntegras, "sin confusión (o mezcla), sin cambio, sin división (unidad de persona), sin sepa­ración (una persona)". Eran las formas eutiquianas de concebir la absorción de la naturaleza humana por la divina, o su mezcla, siempre con perjuicio de la humana, que perdía su integridad. La naturaleza divina la posee con el Padre y el Espíritu Santo, la humana él solo y no el Padre ni el Espíritu, de forma personal individual.

Puede notarse en el texto conciliar que ya se emplea en su sentido en adelante fijo y clásico, la palabra "hipóstasis" por per­sona. Así en adelante hay que decir, conforme a este uso del tér­mino, que en Dios hay tres hipóstasis, y en Cristo una sola.
Acuerdo doctrinal entre Éfeso y Calcedonia

La profesión de fe de Calcedonia no había de constituir una ruptura doctrinal dogmática, con lo enseñado en Éfeso en 431, ni contradecir la doctrina de san Cirilo de Alejandría. Éste había aceptado el lenguaje diofisita en 433, y en el fondo podría decirse que en Calcedonia y en Éfeso se enseñaba la misma verdad, relacio­nada con la economía de nuestra salvación por Cristo. San Cirilo y Éfeso proclamaron que había que enunciar predicados divinos del Emmanuel nacido de María, mientras que en Cal­cedonia, en especial por el texto del papa León, se insistía en la realidad de los predicados humanos que convenían al Verbo eterno, misericordiosamente descendido para hacerse de la misma naturaleza que nosotros, los hombres.

En el plano dogmático es totalmente verdadero e iluminador lo que afirmó Pío XII, al escribir, en 8 de septiembre de 1951, en su encíclica Sempiternus Rex (1951) sobre el centenario del Concilio de Calcedonia: «Se equivocaban los nestorianos y los eutiquianos, y se equivocan algunos historiadores de hoy que dicen que el Concilio de Calcedonia modificó lo que se había definido en el Concilio de Éfeso. Por el contrario, el uno completa al otro, y la síntesis armónica del dogma fundamental cristológico se muestra definitiva en el segundo y en el tercer Concilios de Constantinopla, V y VI ecuménicos, de los años 553 y 681».

Progreso dogmático en el Concilio de Calcedonia

El dogma triunfó con una terminología muy válida. Pío XII, en la Sempiternus Rex, subraya la precisión del lenguaje que resultó de la enseñanza de san León y de la fórmula de Calce­donia. La palabra naturaleza se pone en la misma línea que la palabra esencia, y la palabra hipóstasis (substancia primera, sujeto) se pone en la misma línea que la palabra persona. Y así como en la Trinidad ya se decía desde san Basilio y san Gregorio Nacianceno, muy claramente, y lo admitieron san Atanasio y san Dámaso, que había una esencia o naturaleza y tres personas o hipóstasis, así en Cristo se dice «una persona o hipóstasis», que es la Segunda Persona de la Santísima Trini­dad, el Hijo nacido del Padre antes que todos los siglos, y dos naturalezas, la divina y la humana; la naturaleza divina, según la cual es consubstancial con el Padre, y la naturaleza humana según la cual nace de María, Madre de Dios, y por la que es de la misma naturaleza que nosotros. Y esta es la definición admi­rable de Calcedonia

EL QUINTO CONCILIO: CONSTANTINOPLA II (553)
Polémica cristológica entre los monjes acemetas y los monjes escitas

En Constantinopla surgió una querella entre dos grupos de monjes. A unos los llamaban «escitas». Estos escitas aceptaban Calcedonia y eran, a la vez, fervientes Cirilianos. Se profesaban fieles al papa san León y a san Cirilo rechazaban a quienes decían seguir a san León y Calcedonia no hablaban nunca de san Cirilo o hablaban mal de él; y a quienes, hablando bien de san Cirilo, decían que Calcedonia y san León eran herejes.

Los monjes escitas pidieron al papa que se reconociese que era legítimo y católico hablar como lo hacen los armenios y los sirios monofisitas: «El que murió en la cruz por nosotros es uno de la Santa Trinidad», es decir, que nuestro Redentor muerto en la cruz es el Hijo de Dios. El papa no quiso contestar y no quería que se complicasen más las cosas.

Los otros monjes vivían en Constantinopla, eran muy aus­teros y practicaban una especie de adoración perpetua, se llamaban «acemetas» («los no durmientes»). Estos monjes eran muy calcedonitas y se molestaron con los monjes escitas, a los que veían como monofisitas y enemigos de la fe de Calcedonia, porque querían decir que «Uno de la Trinidad ha muerto por nosotros», cosa que tam­bién decían los armenios y sirios. Afirmaban que esto no se podía decir, y que no estaba claro que María era Madre de Dios -el que muere en la cruz, como se ve en el Credo, es el mismo que nace de María.

Esta problemática duró unos años, hasta que el emperador Justiniano I (518-527), muy hábilmente, envió una consulta al papa Juan II en la que le preguntaba si podía decirse ortodoxamente que «Uno de la Trinidad había muerto por nosotros», si se podía decir ortodoxamente que «María era Madre de Dios», y también si «Cristo Dios, impasible en su divinidad sufrió en la carne». El papa respondió, en marzo del año 534 que las tres expresiones son «correctas, válidas, que deben ser consideradas conformes al Concilio de Éfeso y al de Calcedo­nia y expresión de la fe católica».

En más de cien años, no se habían citado en ningún docu­mento los doce anatematismos de san Cirilo. La respuesta pontificia de Juan II cita el anatematismo duodécimo para pro­bar la ortodoxia de la afirmación de que es Dios mismo el que padece en la carne. Los escitas tenían la fe recta, los acemetas estuvieron equivocados.

El papa dio la ra­zón definitivamente a los que la tenían, pero los monofisitas sirios, armenios y jacobitas no se convirtieron. Para esto hubo que esperar al V Concilio.

El II de Constantinopla (553)

El emperador Justiniano convocó un concilio. El Concilio redactó una serie de anatematismos titulados «Contra los tres capítulos» y, después de algunos meses, Vigilio los confirmó, y lo mismo hicieron los pontífices posteriores, pese a que ciertos sectores occidentales rechazaban este V Concilio, concebido como «enemigo» de Calcedonia, lo cual motivó cismas antirromanos en Milán y en Venecia. Estos cismas terminarían en tiempos de san Gregorio Magno, quien confirmaría de nue­vo y definitivamente la autoridad ecuménica del V Concilio.

La tarea del V Concilio abarca una doble línea temática:

Una primera y larga serie de cánones contienen precisiones terminológicas y definiciones doctrinales dirigidas a elaborar explícitamente aquella síntesis entre Éfeso y Calcedonia de que habló Pío XII en la citada encíclica Sempiternus Rex, en el XV centenario del Concilio de Calcedonia. Son los cánones que van del I al XI.

Los tres siguientes, del XII al XIV, condenan los tres capítulos, es decir, a Teodoro de Mopsuesta -el verdadero maestro de Nestorio, del que no se había tratado en Calcedonia, en el que alguna vez algunos Padres citan escritos sin formular reservas-, los escritos impíos de Teodoro de Ciro, hostiles a la doctrina de san Cirilo y a sus doce anatematismos, y críticos con el propio Concilio de Éfeso de 431, y la carta de Ibas de Edesa al persa Marín, en la que se compara a san Cirilo con el hereje Apolinar, y se descalifican sus doce anatematismos.

Los cánones del V Concilio

En los tres primeros cánones se encuentra claramente expresado lo que fue la idea central de san Cirilo, que es el mismo el Verbo y Cristo, y que, por tanto, las obras que le competen por la naturaleza divina y las que le convienen por su naturaleza humana hay que atribuirlas a un solo y mismo sujeto personal.

El canon 4 expresa admirablemente el sentido del misterio de la Encarnación redentora que «componen» lo divino y lo humano por haber asumido el Verbo realmente y puesto en Él una naturaleza humana concreta, hecho así ver­daderamente hombre. Se rechazan las posiciones que admiten formas de unión distinta de la unión según hipóstasis, como son: la unión según gracia u operación, según igualdad de honor, o según autoridad, o relación o hábito, o fuerza, o según buena voluntad, porque Dios Verbo se hubiera complacido con el hombre como dice Teodoro (Mopsuesta). O unión según homonimia, como dicen los nestorianos, que hablan de dos personas, aunque fingen hablar de una persona por la sola denominación de honor y dignidad y admiración. O unión de confusión como Apolinar y Eutiques. Los que hablan según Teodoro (Mopsuesta) o Nestorio aficionados a la división, introducen una unión habitual

El canon 5 advierte contra la tendencia a interpretar el lenguaje de Calcedonia en un significado casi nestoriano, que introducen en el misterio de Cristo dos hipóstasis y de las dos hacen una sola por dignidad, honor y adoración (Teodoro y Nestorio) y no confiesan que el Verbo de Dios se unión a la carne según hipóstasis. Esto explica que Nestorio afectase estar de acuerdo con el Concilio de Calce­donia, y explica también que la separación de los «nestorianos» respecto de Constantinopla y Roma fuese definitivamente cau­sada por el V Concilio.

El canon 6 insiste en la armonía doctrinal de la doctrina de Calcedonia con el dogma católico que había defendido san Cirilo de Alejandría y había definido el Concilio de Efeso sobre la afirmación de que la Santa y siempre Virgen María Madre de Dios, no es en sentido figurado, sino propio. Considerando una calumnia tratar de decir que Calcedonia la había afirmado en sentido figurado, inventado por Teodoro.

En el canon 7 se afirma que al decir en dos naturalezas hay que confesar a un solo Señor nuestro Jesucristo, reconocido en su humanidad y divinidad, ambas naturalezas unidas sin confusión y no en el sentido de división en partes. La sutil advertencia intenta evitar que del hecho de ser ver­dadero decir que Jesucristo es Dios y que Jesucristo es hom­bre se intente deducir que hay que hablar de Cristo Dios y de Jesucristo hombre como de dos entes distintos, cada uno de ellos subsistente por sí y separado del otro, a pretexto de la diferencia y dualidad de las naturalezas.

Al principio del canon 8 se remueve el lenguaje de los que reconocían la pro­cedencia de Jesús del Verbo y de María pero entendían que después de la unión ya no debía hablarse de dos naturalezas como lo había pretendido, al parecer, el patriarca Anatolio, para congraciarse con los eutiquianos en Calcedonia. También se Reconoce lo inadecuado de la terminología que había usado también san Cirilo, que hablaba de que «una es la naturaleza del Verbo de Dios encarnado», con lo que quería hablar de naturaleza como sujeto activo subsistente, pero que daba pie a la intepretación de los monofisitas. San Cirilo aceptó la terminología de las dos naturalezas en el Acta de Unión de 433, redactada con terminología de los antioquenos, que habían sido sus adversarios.

El canon 9 ha tenido trascendencia secular en la orienta­ción de la piedad cristiana al centrarse en la adoración de Cris­to atendiendo a su humanidad, tal como vindicaron la escuela franciscana y la devotio moderna, san Ignacio de Loyola, santa Teresa de Jesús y los devotos del Sagrado Corazón de Jesús.

El canon 10 es la confirmación conciliar de la aprobación, por el papa Juan II en el año 534, de la fórmula de los monjes escitas, “Uno de la Trinidad murió, en su naturaleza humana, por nosotros en la cruz”.

En el canon11 es digno de observarse no sólo la ratificación del elenco de los cuatro concilios, sino el hecho de que la enumeración de los herejes incluye a Orígenes. No es este el único texto de Ma­gisterio en este sentido, pero sí, probablemente, el de mayor nivel y significado. Santo Tomás de Aquino afirmaba que Orí­genes era la fuente del arrianismo, y advertía que Orígenes y Arrio siguieron el error de los filósofos neoplatónicos, suplan­tando la Trinidad revelada por el emanatismo de tres hipóstasis, afirmadas en las sistematizaciones de aquellos filósofos.

En el canon 12 se expone la condenación de Teodoro. Si se lee con atención el texto condenatorio, y se tiene en cuenta que, por el prestigio de Teodoro en la escuela antioquena, había sido citado alguna vez en las discusiones doctrinales en el mismo Concilio de Calce­donia, se comprenderá por qué se pudo considerar convenien­te y aun necesario precisar el abismo doctrinal que había entre su modo de concebir a Cristo y el de la fe católica y ortodoxa.

Teodoro de Mopsuesta dijo que uno es el Dios Verbo y otro Cristo, el cual sufrió la molestia de las pasiones del alma y los deseos carnales, y que poco a poco se fue apartando de lo malo, y se mejoró por el progreso de sus obras, y se hizo irreprochable por su conducta, que como puro hombre fue bautizado, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y por el Bautismo recibió la gracia del Espíritu Santo, y fue hecho digno de la filiación divina y que a semejanza de una imagen imperial, es adorado como efigie de Dios Verbo, y que se hizo inmutable en su mente y absolutamente impecable después de la Resurrección; y dijo además el mismo impío Teodoro que la unión de Dios Verbo con Cristo fue como aquella de que habla el Apóstol entre el varón y la mujer: «serán dos en una sola carne» (Eph 5,31)

Los dos últimos cánones, el 13 y el 14, no condenan a Teodoreto (de Ciro) y a Ibas, sino sus escritos y a los que se mostraban hostiles con el Concilio de Éfeso y contra la autoridad de san Cirilo de Alejandría.

En ambos cá­nones se vindica a san Cirilo como predicador de la recta fe cristiana, y precisamente se vindica la ortodoxia de sus doce anatematismos. La hostilidad a san Cirilo se sitúa en línea con el rechazo del I Concilio de Éfeso: «escribieron contra la fe recta, san Cirilo y sus doce capítulos» o «contra la recta fe del Concilio I de Éfeso y san Cirilo y sus doce capítulos» y denuncia a los que «inculpan a san Cirilo como apolinarista y al I primer Concilio Efesino como habiendo condenado a Nestorio sin examen», y a los doce capítulos de san Cirilo, como «impíos y contrarios a la recta fe». Recordemos que, por haber sido leídos en Éfeso, con la tercera carta de san Cirilo a Nestorio aquellos anatematismos, la aprobación pontificia de la legitimi­dad del juicio contra Nestorio exige reconocer que san Cirilo no trató de imponer una opinión teológica propia, sino que ex­presó, con el máximo rigor y claridad, la verdadera fe sobre el Verbo encarnado.

Las condenaciones del V Concilio tienen una importancia muy grande en la historia del progreso dogmático. La senten­cia contra Teodoro nos muestra la tendencia asumida por aquel maestro antioqueno de ver en Cristo a un hombre que, por su propia justicia, merece ser considerado como hijo por Dios Padre.

Y esto no tiene nada que ver con el mensaje evangélico. Este es el punto contra el que combatió, en toda su vida apos­tólica, el apóstol Pablo, porque si el hombre, por sus fuerzas, puede autorredimirse y elevarse a la filiación divina, no tiene ya sentido la fe en la Encarnación del Verbo, no hay descenso misericordioso de Dios; el hijo del Hombre no está en el cielo, no es Aquel que ascenderá porque primero descendió miseri­cordiosamente a nosotros para llevarnos con Él. Nosotros somos elevados porque Él bajó primero y nos adoptó con su gracia para elevarnos: este es el mensaje de los evangelios, de san pablo, de san Juan.

El que tiene una visión antropocéntrica ascendente, autó­noma, de lo humano frente a Dios, y apoya y espera la salva­ción y la justicia de un orden social, o de lo que sea, en los esfuerzos humanos y no en la redención de Cristo que nos libra del pecado, no es un verdadero cristiano, ni en el siglo primero ni en el XXI. En cualquier hipótesis en que se quieran plantear las cuestiones, ya sea en un plano social, ya en un plano de esfuerzo autosalvador, eso no es cristiano.

Los pelagianos eran unos monjes muy austeros, que esta­ban tan convencidos de la importancia del esfuerzo y de la virtud que afirmaban que el hombre se santifica por la perse­verancia de su voluntad, a la que la gracia de Dios venía a ayudar. En este contexto, la Redención no tendría sentido. Es digno de consideración que ya en el Concilio de Éfeso se con­denaran simultáneamente las herejías nestoriana y la de Celestio, que correspondía, en Oriente, a lo que en Occidente era el pelagianismo.


EL SEXTO CONCILIO: CONSTANTINOPLA III (681)


El sexto concilio ecuménico tuvo lugar en Constantinopla el año 681, siendo papa Agatón (678-681). El objetivo de este concilio fue precisar la doctrina sobre las operaciones y volun­tades de Cristo contra la herejía que había surgido en el siglo VII, que suele llamarse «monotelismo», y que afirma una volun­tad única en Cristo. A esta doctrina se unía, como conexo y previo, el «monoenergismo», la negación de la dualidad de ope­raciones, divinas y humanas, coherente con la definición dogmática de Calcedonia.
El monoenergismo

En la primera etapa se afirma la unidad de operación. Es la fase monoenergista, que dura bastantes años (619-634).

El patriarca Sergio de Constantinopla dice que «el único y mismo Cristo e Hijo opera sus acciones divinas y sus acciones humanas... » -luego es diofisita, pues reconoce la naturaleza humana- «por una única y sola operación, que hemos de llamar teándrica», una operación que es divino-humana, por la cual se obran operaciones divinas y operaciones humanas.

Es una manera extraña de hablar, que podría entenderse no heréticamente si quisiese subrayar que Cristo es un único operante y que, como decía Calcedonia, «cada naturaleza obra sus operaciones propias en comunión con la otra», de modo que en Cristo, el Verbo eterno obra todo lo que obra en comu­nión con la naturaleza humana de Jesús, y que Jesús todo lo que obra en cuanto hombre lo obra desde la unidad hipostática, de modo que quien obra es el mismo Verbo eterno de Dios en sus operaciones humanas. Pero este término de «una sola ope­ración teándrica» sirvió de base para una cierta Acta de Unión entre el patriarca Sergio de Constantinopla, el año 633 -a los tres años de la liberación de Jerusalén de las manos de los persas- y el patriarca Ciro de Alejandría.

Hacia la táctica del silencio. El papa Honorio reco­mienda no tratar el tema

La polémica suscitada por san Sofronio inicia una nueva etapa, la del silencio. Sergio retrocede y dice que «no hay que hablar ni de una ni de dos operaciones (enérgeiai) en Cristo». Después de haber afirmado que había una operación, ahora dice que no hay que hablar de que sean una o dos. Suceden cuatro años de transición, en que la doctrina es ortodoxa y la táctica es el silencio.

Entonces el patriarca de Constantinopla, un poco para sacudirse la humillación que le había impuesto san Sofronio, escribe al papa Honorio (625-638) y le explica las cosas de una manera que Honorio, aprobando la idea de no hablar, sin dar de ninguna manera una definición monoenergista, acon­seja una táctica de silencio sobre el tema.

En este período de transición tenemos, pues, ortodoxia, silencio y confusión. Con­fusión que prepara la fase más aguda del problema, la fase propiamente monotelita.
El monotelismo

Esta tercera fase comienza el año 638, con un decreto im­perial de carácter dogmático llamado «Hectesis», en que el emperador dice qué es lo que hay que creer y que envía a los obispos. Orientado por el patriarca Sergio, el emperador Heraclio entra en la fase monotelita. Se mantiene el silencio, sin defini­ción sobre unidad o dualidad de operaciones, insistiendo siem­pre en que todas las operaciones de Cristo pertenecen al Verbo eterno, lo cual es verdadero, y afirmando ya aquí que en Cristo hay una sola voluntad.

Esto es incorrecto, el argumento que dan contra la dualidad de voluntades recuerda la línea de Apolinar de Laodicea, quien negaba en Cristo el entendimien­to, para que no pudiese tener malos pensamientos, como si la finitud de un entendimiento creado, humano, fuese constitu­tivamente fuente de error. El error es deficiencia. La defectibilidad de la voluntad no define a la voluntad. El libre albedrío no se define por la capacidad de pecar sino por la capacidad de ele­gir bienes que son «contingentemente apetecibles».

San Máximo el Confesor defiende la doctrina ortodoxa de las dos voluntades en Cristo

Esta etapa, iniciada con el decreto Hectesis, dura diez años y acaba con otro decreto imperial, de 648, llamado Typo. Así como en la fase de los diez años monotelitas hay una posición radical de exigir que los obispos enseñen que Cristo no tiene más que una voluntad -pues lo del silencio quedó atrás-, ahora vuelven otra vez a atenuar, vuelven a decir que no se debe hablar ni de dos operaciones ni de dos voluntades. El silencio se extiende también al tema del monotelismo junto al del monoenergismo. Así como en la primera etapa san Sofronio fue el gran Doctor, en esta época -de nueva posición de silencio y de equívoco- destaca san Máximo de Crysópolis, llamado Máximo el Confesor (580-662) Es uno de los grandes Doctores de la Cristología, de la teología dogmática sobre Cristo, de menor entidad y trascendencia his­tórica que san Cirilo, pero con una estricta fidelidad a él, al Concilio de Éfeso, al de Calcedonia y al V Concilio, unido a un gran sentido de Iglesia, de unión con el pontificado. Estos autores polemizaron con este silencio impuesto y llevaron la situación a su aclaración posterior en el Concilio de Constantinopla III.
El Imperio vuelve al apoyo de la ortodoxia: el Concilio III de Constantinopla

Este concilio, que es el III de Constantinopla y el VI Ecu­ménico, condena a los monotelitas, las doctrinas monoenergistas y ratifica Calcedonia y Efeso. Es un concilio que recoge las doctrinas del papa Agatón, quien envía una carta muy impor­tante, que también es acogida como lenguaje de Pedro: «Pedro ha hablado por Agatón», como había ocurrido en Calcedonia con la carta del papa san León. Se recoge también la doctrina del Concilio de Letrán del 649, y los Padres se inspiran en las posiciones de san Sofronio y san Máximo el Confesor contra el monoenergismo y el monotelismo. La fórmula no es muy extensa:

Rechaza a los que afirman que hay una sola voluntad y una sola operación en Jesucristo.

Fórmula del Concilio III de Constantinopla

«... decimos que sus dos naturalezas resplandecen en su única hipóstasis, en la que mostró tanto sus milagros como sus padecimientos, durante toda su vida redentora... [oikonomikés, dispensativa, destinada a comu­nicarnos la divinidad] no en apariencia, sino realmente; puesto que en una sola hipóstasis se reconoce la natural diferencia por querer y obrar, con comunicación de la otra, cada naturaleza lo suyo propio; y según esta razón, glori­ficamos también dos voluntades y operaciones naturales que mutuamente concurren para la Salvación del género humano.»

«... sigue también los cinco santos Concilios universales y, de acuerdo con ellos, define que confiesa a nuestro Señor Jesucristo, nuestro verdadero Dios, que es uno de la santa consubstancial Trinidad, principio de la vida, como perfecto en la divinidad y el mismo perfecto en la humanidad, verdaderamente Dios y verdaderamente hombre, compuesto de alma racional y de cuerpo; consubstancial al Padre según la divinidad y el mismo consubstancial a nosotros según la humanidad, «en todo semejante a nosotros, excepto en el pecado» (Hebr 4,15); que antes de los siglos nació del Padre según la divinidad, y Él mismo, en los últimos días, por nosotros y por nuestra salvación, nació del Espíritu Santo y de María Virgen, que es propiamente y según verdad Madre de Dios, según la humanidad; reconocido como un solo y mismo Cristo Hijo Señor unigénito en dos naturalezas, sin confusión, sin cambio, sin separación, sin división, pues no se suprimió en modo alguno la diferencia de las dos naturalezas por causa de la unión, sino conservando más bien cada naturaleza su propiedad y concurriendo en una sola persona y en una sola hipóstasis, no partido o distribuido en dos personas, sino uno solo y el mismo Hijo unigénito, Verbo de Dios, Señor Jesucristo, como de antiguo acerca de Él nos enseñaron los Profetas, y el mismo Jesucristo, y el Sím­bolo de los Padres nos lo han transmitido (Conc. Cale. v. 148). »Y predicamos igualmente en Él dos voluntades naturales o quereres y dos operaciones naturales, sin división, sin conversión, sin separación, sin confusión, según la en­señanza de los santos Padres; y dos voluntades, no contrarias -¡Dios nos libre!-, como dijeron los impíos herejes, sino que su voluntad humana sigue a su voluntad divina y omni­potente, sin oponérsele ni combatirla, antes bien, enteramente sometida a ella.»

La voluntad humana de Cristo quiere lo que quiere el Ver­bo que quiera. La libertad de Cristo no consiste, como están buscando algunos teólogos contemporáneos, en una «autono­mía» de la voluntad del hombre frente a la voluntad del Verbo. Esto serían dos personas y, además, no tiene ningún sentido.

Consecuencias de este concilio para el conocimiento de Cristo en su humanidad

El Concilio III de Constantinopla tiene, además, una im­plicación doctrinal muy importante: sin su definición no tendríamos formulado en la Iglesia, en un lenguaje dogmático, lo que es el fundamento inmediato del culto a Cristo en cuanto hombre, que ha ido predominando cada vez más en la historia de la Iglesia.

Si no se olvida que Cristo es Dios -y esto no lo olvidaron ni san Francisco ni san Bernardo ni el venerable Tomás de Kempis ni san Ignacio de Loyola ni san Francisco de Sales ni santa Margarita María de Alacoque ni el cardenal Bérulle ni santa Teresa de Jesús, por citar a hombres de Dios que han hecho progresar en la Iglesia este culto-; si no se olvida que Cristo es Dios, se avanza provechosamente en la predicación, en la me­ditación, en el lenguaje espiritual, por la atención a Jesucristo en su naturaleza humana, recordándole «como si lo viésemos», cómo era humanamente, cómo nació en un pesebre, cómo vi­vió una vida oculta en Nazaret, cómo estuvo treinta años «como cualquier hijo de vecino», de modo que después los mismos vecinos se enfadaron de que fuese sabio, cómo enseñó, cómo se cansó, cómo lloró, cómo amó a sus amigos, y todo lo que nos proponen los Ejercicios ignacianos, esto es, contemplar las es­cenas evangélicas, y todo lo que es penetrar a través de este recuerdo de la historia evangélica, tratando de que Dios nos ayude a conocerle por dentro en verdad, intimar con Cristo en su humanidad... Santa Teresa oyó una vez decir: «Pensar a Cristo como hombre aparta de la consideración de Cristo como Dios»; y replicó: «Que digan lo que quieran, a mí me parece mal», y más adelante agrega, con toda certeza, como quien habla como Doctora de la Iglesia, como quien lo sabe desde la fe: «No oigáis a nadie que os quiera apartar de la considera­ción de la sagrada humanidad de Cristo, porque Dios se hizo hombre para ser nuestro camino».
Profunda coherencia con el Concilio de Calcedonia

Esta definición del VI Concilio es una consecuencia, un enlace conceptual, de Calcedonia. ¡Cómo iba a tener Cristo verdadera naturaleza humana si no tuviera operación humana! Si la integridad de la naturaleza humana exige que Cristo tenga inteligencia humana, ¿cómo no va a tener voluntad humana? En esto se ve, una vez más, que el Concilio de Calcedonia fue un concilio inspirado, un concilio de la Iglesia católica.
Con el VI Concilio tenemos ya una serie de definiciones: Cristo es Dios (Nicea, 325), el Espíritu Santo es Dios (Constantinopla I, 381), Cristo es Dios, de modo que su Madre es Madre de Dios (Éfeso, 431); Cristo es verdaderamente hom­bre porque es hijo de una mujer que en la naturaleza humana ha engendrado al mismo Verbo eterno de Dios, que ha querido ser hombre para salvarnos (Calcedonia, 451). La ratificación de todo esto es el V Concilio, II de Constantinopla, del año 553. Ratificación deduciendo la consecuencia, que no podía negar- se sin derogar Calcedonia y Éfeso, de la operación humana y la voluntad humana de Cristo (III de Constantinopla, 681)

lunes, 5 de enero de 2009

Aula P. Igartua - "Una persona divina en dos naturalezas"- Calcedonia


Escribe tu resumen aquí.

Escribe el resto de tu post aquí.

miércoles, 24 de diciembre de 2008

EGUBERRI ON




Escribe el resto de tu post aquí.

La Virgen Madre de Dios – Concilio de Éfeso

En la sesión anterior se han recorrido las contradicciones o herejías opuestas a la verdad de la Encarnación por querer sostener la unidad absoluta de Dios, rechazando la Trinidad de Personas, por lo que se negaba la divina la persona del Hijo, que es la de Jesús.

En ésta se tratan las dificultades nacidas más directamente del misterio de la Encarnación. La cual supone que Jesús era Dios y hombre al mismo tiempo.

Antes de comenzar el tema de hoy vamos a comentar dos cuestiones que tienen que ver con lo que se dijo aquí en la última reunión. Una, sobre la exégesis de la Sagrada Escritura y otra, sobre la relación y dependencia de las herejías que se desarrollan de forma polarizada a modo de antítesis.

El esquema de la charla de hoy es pues el siguiente

 Dos cuestiones previas
 Un adecuado trabajo exegético – Adán y Eva
 La polaridad dialéctica de las herejías: Gnosticismo - Socinianismo
 Antecedentes del nestorianismo
 Teodoro de Mopsuesta
 Argumentación contra el descenso del Hijo de Dios a condición humana
 San Cirilo frente a Nestorio
 María Madre de Dios
 La «humildad de Dios»: el descenso misericordioso
 El malentendido de la soberbia religiosa
 La virginidad de María pertenece a la fe católica
 San Cirilo reúne el concilio en Éfeso
 La definición dogmática aprobada en el Concilio de Éfeso
 Los doce anatematismos
 Enfrentamiento de los antioquenos a san Cirilo y al Concilio de Éfeso
 El Concilio de Éfeso y el pueblo cristiano: Théotokos
 Resumen


Dos cuestiones previas
Un adecuado trabajo exegético

La Dei Verbum (n. 12) ofrece dos indicaciones metodológicas para un adecuado trabajo exegético.

En primer lugar, confirma la necesidad de la utilización del método histórico-crítico (…). La historia de la salvación no es una mitología, sino una verdadera historia y, por tanto, hay que estudiarla con los métodos de la investigación histórica seria.
Esta historia posee otra dimensión, la de la acción divina.(…) El Concilio (…) dice que la Escritura para interpretarse con el mismo espíritu con que fue escrita, hay que tener en cuenta tres elementos metodológicos fundamentales: 1) la unidad de toda la Escritura;(…) 2) la tradición viva de toda la Iglesia. 3) la analogía de la fe.
Sólo donde se aplican los dos niveles metodológicos, el histórico-crítico y el teológico, se puede hablar de una exégesis teológica, de una exégesis adecuada a este Libro. (…)

(…) donde desaparece la hermenéutica de la fe indicada por la Dei Verbum, aparece necesariamente otro tipo de hermenéutica, una hermenéutica secularizada, positivista, cuya clave fundamental es la convicción de que lo divino no aparece en la historia humana. Según esta hermenéutica, cuando parece que hay un elemento divino, se debe explicar de dónde viene esa impresión y reducir todo al elemento humano. Por consiguiente, se proponen interpretaciones que niegan la historicidad de los elementos divinos.

Hoy, el llamado mainstream de la exégesis en Alemania niega, por ejemplo, que el Señor haya instituido la sagrada Eucaristía y dice que el cuerpo de Jesús permaneció en la tumba. La Resurrección no sería un hecho histórico, sino una visión teológica.

Esto sucede porque falta una hermenéutica de la fe: se consolida entonces una hermenéutica filosófica profana, que niega la posibilidad de la entrada y de la presencia real de lo Divino en la historia.

La polaridad dialéctica de las herejías

En torno al diálogo entre católicos y protestantes– Francisco Canals Vidal

Desde la edad apostólica, el error anticristiano se presenta en una polaridad dialéctica, al opo¬nerse al misterio revelado desde una doble co¬rriente de diversa y antitética actitud. «No sigamos ni el error judaico ni el herético», exhortaba en su tiempo san Jerónimo.

Ni el error de un Mesías humano, exaltado a la filiación divina en méritos de su propia justicia según la ley, sentado a la diestra de Dios como rey terreno de un reino mundano y carnal;

ni el contrapuesto error herético, que niega la venida de Cristo en carne, desprecia la resurrección y el reino y es hostil a la ley y los profetas.

Desde aquella primera antítesis que enfrentó el ebionismo milenarista y las primeras gnosis, di¬ríase que una corriente misteriosa, en sucesivas evoluciones o atenuaciones, mantiene, a través de una continuidad secular, la interna dialéctica de las desviaciones religiosas.

¬El error judío, que pervivió en el adopcionismo, se atenuó en el dualismo separatista, del que se originó la herejía nestoriana. En su vertiente soteriológica, la tradición judaizante pervive en el error pelagiano — estoico y neofarisaico — sur¬gido originariamente en las propias escuelas y autores «antioquenos» en que se gestó el nestorianismo.

El error herético, hostil a la obra y a la ley del Creador y Señor del mundo —enfrentado al juicio por el que Dios, «viendo todo lo que había creado, juzgó que todas las cosas eran muy bue¬nas» —, parece haberse transformado sutilmente a lo largo de una corriente de actitudes que, aun atenuando la estridencia del dualismo maniqueo, han invocado lo divino contra lo humano, lo pneumático contra la plasmación histórica y sen¬sible de la obra redentora, la gracia y la reden¬ción contra la ley y contra la autoridad. En el siglo del humanismo renacentista, esta corriente se habría concretado en la antitética teología de la gracia sin la libertad, de la justificación sin la interna regeneración del hombre redimido.





GNOSTICISMO

El gnosticismo es un complejo sistema sincretista de creencias provenientes de Grecia, Persia, Egipto, Siria, Asia Menor, etc. Es de notar la influencia platónica.

Se les llama "gnósticos" por la "gnosis" (conocimiento), ya que afirmaban tener conocimientos secretos obtenidos de los apóstoles y no revelados sino a su grupo elite, los iluminados capaces de entender esas cosas.
Entre las creencias generalmente sostenidas por los gnósticos, señalamos:
- La posibilidad de ascender a una esfera oculta por medio de los conocimientos a los que sólo una minoría selecta puede acceder por vía de una iluminación no asequible a otros. Conocer esas creencias sería suficiente para salvarse, sin necesidad de una práctica de moral.
- Hay dos principios: el buen dios que creó el mundo espiritual y el perverso el cual es responsable por la creación del mundo (la materia y el cuerpo). Nuestro cuerpo era, para los gnósticos, la cárcel en la que estaba presa nuestra alma como consecuencia de una caída original. En nuestra liberación de la materia, la iluminación gnóstica era necesaria para lograr la salvación.
- Yahvé es un Dios del mal, culpable por haber realizado la creación del mundo material.
- Existe una enorme jerarquía de seres. Las Personas de la Trinidad serían diferentes seres de relativo bajo rango en dicha jerarquía. La divinidad esta compuesta de una multitud de seres espirituales.
- Al creer que la materia es una prisión, la procreación es también vista como algo perverso. El matrimonio es también perverso porque conduce a la procreación.
- Jesús no es ni dios ni hombre sino un ser espiritual que solo aparentó tomar cuerpo y vivir entre nosotros para darnos los conocimientos secretos necesarios para liberarnos de la prisión que es nuestro cuerpo. Por lo tanto, nos salvamos al adquirir conocimiento y no por la obra de redención de Cristo. Se trata de auto-divinización.
Jesús estaba asociado al dios bueno. La mayoría creían que Jesús era un auténtico mediador entre nosotros y nuestra verdadera vida, más allá de la materia, en el dios bueno.
- Niegan la muerte expiatoria de Jesús (ya que no tenía verdadero cuerpo propio y porque no hace falta la redención cuando se tienen los conocimientos gnósticos). Rechazan la resurrección del cuerpo.
- Rechazo a las tradiciones y Biblia judía

SOCINIANISMO

Doctrina teológica antitrinitaria elaborada y difundida en el siglo XII por los nobles Lelio y Fausto Socini.

Es una característica esencial del socinianismo la tendencia a racionalizar los contenidos de la fe cristiana, reduciendo a la mínima expresión los contenidos sobrenaturales y revelados.

La Biblia -leída con métodos filológicos de cuño erasmiano- es considerada como depósito único de la fe, pero queda sometida a la luz de la razón natural, que se sitúa, por tanto, como el último criterio del juicio.

Doctrinas de los socinianos:

- Negación del dogma de la Trinidad, considerada como extraña a la doctrina bíblica original: el Padre es la única persona divina, mientras que Cristo es sólo un hombre dotado de una particular gracia divina, al nacer de una virgen.

- La redención consiste en adherirse a la predicación y al ejemplo de Cristo y en difundir la verdad.

- Los sacramentos quedan despojados de todo carácter sobrenatural y se conciben como un simple ceremonial exterior.

Introducción

En la sesión anterior hemos recorrido las contradicciones o herejías opuestas a la verdad de la Encarnación por querer sos¬tener la unidad absoluta de Dios, rechazando la Trinidad de Per¬sonas, lo que hace que no se admita como divina la persona del Hijo, que es la de Jesús.

En ésta nos enfrentamos a las dificultades nacidas más directamente del misterio de la Encarnación. La cual supone que Jesús era Dios y hombre al mismo tiempo.

Antecedentes del nestorianismo: Teodoro de Mopsuesta

La escuela de Antioquía, que había dado lugar al brote del arrianismo, en su segundo reflorecimiento da origen al problema de la unidad de persona. De ella, y de su maestro Diodoro de Tarso, son discípulos tanto Teodoro de Mopsuesta como Nestorio, que llegó a alcanzar el patriarcado de Constantinopla, la segunda Roma.

Teodoro de Mopsuesta (m. 428) para esclarecer la dificultad de unir Dios y hombre en Cristo, manteniendo la naturaleza humana, creyó necesaria la hipótesis de que la divinidad vivió en Jesús solamente por la gracia.

Teodoro de Mopsuesta utiliza el término de "Templo" para la naturaleza humana de Jesús. Su equívoco de decir solamente que "Dios está en Cristo" ha llegado hasta nuestros días. Según Teodoro de Mopsuesta, el Verbo vivía en Cristo como en su propio templo y efigie. Ambas naturalezas eran íntegras, y ambas personales.

Nestorio, para resolver el problema de la persona, afirmó que en Cristo hay dos personas, la divina y la humana, cada una con su naturaleza, de modo paralelo, pero más decisivo que Teo¬doro. Lo hizo además de modo dramático, negando que la Vir¬gen María, su madre en relación a la naturaleza humana, pudiese ser llamada con verdad "Madre de Dios", en la expresión griega "Zeotókos". Para, Ella era solamente madre de la naturaleza humana, la cual tenía su propia persona también humana, y así era madre del hombre, pero no de Dios. Nestorio aceptaba para María el título de "Jristozókos" (madre de Cris¬to), o el de "androzókos" (madre del hombre), pero negaba el de "Zeotókos" (Madre de Dios), por negar la Persona divina de Cristo, y reconocer a María sola¬mente ser madre del hombre, con persona humana.

Argumentación hipócrita contra el misterio del descenso del Hijo de Dios a la condición humana

Nestorio tendía a ver apolinarismo en todo lenguaje en el que no se hablase de «dos hijos», y predica¬ba una doctrina que le llevaría fuera de la fe.
Siendo patriarca de Constanti¬nopla, apoyó públicamente a un presbítero constantinopolitano que por medio de la predicación pretendió ponerle en guardia contra la «desviación», el «peligroso error» de los que llaman a María «Madre de Dios».

Argumentaba que una mujer no puede dar a luz a Dios, que es eterno, y lo que nace de una mujer es temporal, es un niño pequeñito que va creciendo, y de este hijo de María, pequeño, que crece, se cansa y llora, no podemos decir que es el Hijo de Dios, sino que el Hijo de Dios descansa sobre aquel niño, que une a sí mismo en unidad de persona, entendiendo este término como si significa¬se que Jesús pasa a hacer su mismo papel, su misma misión, y ha sido puesto a su servicio, pero no porque sea el mismo, en su subsistencia, el que ha venido a hacerse hombre.

El Verbo eterno es infinito, no nace en el tiempo, no está en el seno de una mujer, no llora, no crece. Es blasfemo llamar Dios al hijo de María, que es Jesús de Nazaret, el Cristo, el Ungido. Sólo se le puede llamar hijo de Dios en el sentido de el Hijo de Dios descansa en él, en el sentido de que el Verbo lo ha tomado como su propio templo y su instrumento de salvación. En definitiva: todo menos decir que este que nace de María es Dios. Esta era la predicación del presbítero constantinopolitano.

El pueblo fiel de Constantinopla no creyó lo que predicaba el presbítero nestoriano. Un laico, que después fue obispo, Eusebio de Dorilea, se enfrentó al predicador diciéndole que no estaba predicando la fe católica y que María era Madre de Dios. Toda la ciudad se puso en tensión y el patriarca Nestorio tuvo que intervenir. Dio la razón al presbítero, su discípulo, y la negó al laico y asumió la tesis de que no debe decirse que María es Madre de Dios, que esto es un insulto a Dios; es atribuir condiciones de finitud a Dios.

San Cirilo de Alejandría defiende la fe contra Nestorio

Nestorio escribió al papa Celestino (422-432) exponiendo en un tono muy explícito, su doctrina y rogándole que frenara los errores apolinaristas, negadores de la humanidad de Cristo y causantes de que se afirmara que el nacido de María era Dios. El papa contestó a Nestorio que deseaba ser informado más detalladamente de la polémica, y no dio todavía sentencia. Por su parte, el patriarca san Cirilo de Alejandría escribió a Nestorio, pues la cuestión se había convertido en una polémica abierta en todo el Oriente, advirtiendo que era herético no re¬conocer que María es Madre de Dios.

Argumentaba así san Cirilo, en favor de la legitimidad del término «Madre de Dios» dicho de María: no queremos decir que la naturaleza divina se origine de la naturaleza humana, ni que se confunda con ella; no queremos decir que la persona divina comience a ser en el tiempo y provenga de una mujer; tampoco decimos que Dios sea finito, y que sea niño que crece en el sentido de que lo divino como tal tenga crecimiento; decimos que, puesto que Dios ha querido redimirnos y para ello ha querido ser hombre como nosotros, el Hijo de Dios no ha venido a unirse con un hombre que hubiese na¬cido de María, sino que Él mismo se ha hecho hombre, naciendo de ella.

La «humildad de Dios» en el descenso misericordioso a nosotros

Todo lo que tengamos que decir de Dios Hijo, de la segun¬da persona de la Santísima Trinidad, es lo que nos relatan los Evangelios: que era tenido por hijo de José, el carpintero de Nazaret; que vivió treinta años de vida oculta, tan ordinaria y común, que después de predicar en la sinagoga, al empezar la vida pública, decían: «¿No es éste el hijo del carpintero?», y se preguntaban de dónde le venía tanta sabiduría. Lo cual quiere decir que tenían a José por uno de tantos, que nunca había destacado. Salvo las operaciones angélicas y la Providencia divina sobre él, lo mas adecuado es pensar que, en su vida entre los hombres, ni José ni María obraron milagros.

La «humildad de Dios» -la expresión es de san Juan de la Cruz- se había manifestado en la Encarnación. El tierno des¬cender misericordioso sobre el hombre había puesto aquello que a Nestorio escandalizaba: que fuese posible decir que quien era Dios crecía, se cansaba, trabaja y lloraba. Por la misericordiosa economía por la que Dios ha querido ser hombre como nosotros es por lo que el Verbo se ha hecho hombre, no se ha unido a un hombre, sino que ha asumido una naturaleza en una unidad real, personal e hipostática, y no meramente moral o de actitud. Es Dios mismo quien nace de María, María es Madre de Dios. Esto lo decía san Cirilo a Nestorio con intención de convencerle.

Nestorio no quiso oír a san Cirilo y se enfrentó con él como si fuese herético, seguidor de Apolinar, el que negaba la integridad de la humanidad de Cristo. El papa Celestino convocó un concilio occidental, examinó la cuestión y envió una serie de cartas: al emperador Teodosio, al patriarca Nestorio, al patriarca de Antioquía Juan -más amigo de Nestorio que de san Cirilo como discípulo de la línea de Diodoro de Tarso y de Teodoro de Mopsuesta, y al propio san Cirilo.
El malentendido de la soberbia religiosa

En el fondo de la tradición antioquena había el deseo de que el Redentor fuese un hom¬bre, sólo un hombre que, por sus propios méritos mereciese ser hijo de Dios, y que el Verbo, el Hijo eterno de Dios, descansase en él como en su templo.

Convencidos de que la justificación del pecado ha de hacerse desde un esfuerzo del hombre, Cristo es el modelo de esfuerzo del hombre, de la auto-salvación. Cristo era para ellos tan justo que el Padre previó que aquel hombre, que nacía de María, le iba a servir de instrumento, y por eso mereció este hombre que se llamara hijo de Dios, unido al Hijo eterno.

Es una visión judaizante, de que el hombre sube al cielo por su cuenta, visión que tenían los fariseos. Querían interpretar la profecía del Mesías como un Hijo del Hombre que subía a ser Hijo de Dios. Que aquél que se sentaba a la diestra del Padre era un hombre a quien Dios pre¬miaba, con una retribución merecida por la justicia humana. En este caso, la Encarnación no sería redentora, descendente, misericordiosa; no se habría bajado Dios al hombre, sino que habría reconocido en el hombre una tan alta dignidad que lo habría elevado hasta Él.

¡Es el orgullo religioso, el humanismo de los hombres reli¬giosos! No el de los hombres mundanos, racionalistas, sino el de los herederos del fariseísmo. Esta postura estaba subya¬cente en la tendencia de Diodoro de Tarso, Teodoro de Mopsuesta, Nestorio y sus amigos.

La virginidad de María pertenece a la fe católica

El argumento de san Ambrosio es éste: el parto virginal hace nacer en el mundo al Hijo de Dios. Por eso es un parto virginal.

No se trata de definir si María es virgen, porque esto nadie lo ha discutido nunca en la Iglesia; sólo lo han hecho los judíos ebionitas que estaban fuera de la Iglesia, a quienes los Santos Padres ni siquiera llamaban herejes, sino simplemente judíos.

En cambio, en el lenguaje del magisterio de la Igle¬sia, siempre se enseña que María concibe virginalmente y que su virginidad es perpetua.

Esto es más cierto que si hubiese existido una definición dogmática, porque las cosas que en el magisterio ordinario se proponen siempre como de fe, consta más claramente como lugar teológico que son de fe; cons¬tan más obviamente que las que han necesitado una defini¬ción dogmática.

Es verdad que la definición dogmática pone de manifiesto lo que es de fe, pero aquello que no ha nece¬sitado definirse es que ni siquiera ha sido discutido por na¬die. No sólo son de fe las verdades definidas, lo son las que siempre han sido creídas como de fe divina sin necesidad de una definición. ¡Nestorio mis¬mo profesaba la concepción virginal y la asunción corporal de María a los cielos!


San Cirilo reúne el concilio en Éfeso

Los egipcios llegaron en seguida, en barco, con buen vien¬to, antes de lo que se les esperaba. De los antioquenos, no se tenía noticia. Entonces el patriarca alejandrino avisó con tres días de tiempo que iba a convocar el Concilio. Los legados pontificios, que no tenían tan buen viento como los egipcios, también tardaban. El Concilio reunió a unos doscientos obispos y citó a Nestorio tres veces, pero éste no quiso comparecer. Entre tanto, san Cirilo le había dirigido una tercera carta, la que contiene los llamados «doce anatematismos». Aparecen doce errores que profesaban los que no querían reconocer que Cristo es el Hijo de Dios hecho hombre.

Se leyó en el Concilio la carta del papa san Celestino y votó unánimemente a favor de la condenación de Nestorio como hereje. No se redactó un símbolo sino que se decretó «como juicio relativo a la fe», que no es compatible con el Credo de Nicea negarse a decir que María es Madre de Dios.

En el Concilio de Éfeso no hay referencias al símbolo que aprobó el Concilio de Constantinopla del año 381, que sólo en tiempos posteriores al Concilio de Calcedonia se reconocería como el segundo concilio ecuménico.

En el credo de Nicea aunque no se diga que María es la Madre de Dios, está supuesto claramente. Dice: Creo en Dios Padre, creo en Jesucristo «nombrado con nombre humano: Jesús-Cristo», del cual se dice que es el Hijo del Padre, engendrado antes de todos los siglos, que se hizo hombre... Sólo se habla de uno en quien creemos: «Credo in Jesum Christum»; todo lo demás son aposiciones u oraciones de relativo), «consubstancial con el Padre» (aposición), «el cual (relativo) por nosotros los hom¬bres bajó de los cielos»...

Todo lo que se profesa en el Credo de la segunda persona de la Santísima Trinidad tiene, gramaticalmente, un solo sujeto: Jesús. Luego Jesús es la segunda persona de la Santísima Tri¬nidad que nace de María, muere y resucita. Por tanto, si no se dice que María es la Madre de este Jesús, que es consubstan¬cial con el Padre, no se reconoce la fe de Nicea.

La definición dogmática aprobada en el Concilio de Éfeso

En Éfeso se profesa que María es Madre de Dios como algo inseparable de la profesión de fe en que Jesucristo es Dios. He aquí el texto votado y firmado por todos los obispos presentes en aquel momento en el Concilio y que es considera¬do unánimemente como solemne definición dogmática:

«Así pues, dice el santo Concilio [de Nicea] que El mismo nacido naturalmente de Dios Padre, Hijo Unigénito, Dios verdadero de Dios verdadero, Luz de Luz, por El que y con El que el Padre creó todas las cosas, Éste descendió, se encarnó y se hizo hombre, padeció, resucitó al tercer día, y de nuevo subió a los cielos....

»Así pues, Éste, que antes de todos los siglos ha nacido del Padre, se dice que ha sido también, según la carne, en¬gendrado de mujer, no porque su divina naturaleza tomase principio de la Santa Virgen, ni que Él mismo necesitase nacer por segunda vez después del nacimiento del Padre (pues es inadecuado y necio afirmar que El que es antes de todos los siglos y coeterno con el Padre necesitase una segunda generación para empezar a ser); sino porque por nosotros y para nuestra salvación unió a Sí la naturaleza humana y nació de mujer, y por esto decimos que nació según la carne. Ni nació primeramente un hombre de la Santa Virgen y después en él habitó el Verbo, sino que en el mismo seno materno y virginal se unió con la carne y sostuvo la generación, haciendo suya la natividad según la carne.

»No dice la Escritura que el Verbo de Dios asumiese una persona humana, sino que se hizo carne. El Verbo de Dios ha participado en la carne y en la sangre para nosotros, y que hizo propiamente suyo lo que es nuestro, lo humano; que nació, como hombre, de mujer, no depuesta ni dejada por aquella generación que tenía del Padre, sino que permaneció Dios incluso al asumir la carne.

»Esto es lo que profesa la recta fe; y este pensamiento hallamos que tuvieron los Santos Padres; por esto no dudaron en decir que la Santa Virgen es Madre de Dios, no porque la naturaleza del Verbo y su divinidad tomasen principio de la Santa Virgen, sino porque de ella nació aquel cuerpo sagrado, animado con alma racional, unido hipostáticamente al Verbo de Dios, que por esto decimos que nació según la carne».

El texto votado como fórmula dogmática por el Concilio de Efeso es la carta que san Cirilo había escrito a Nestorio y que se cita siempre como la «segunda carta de san Cirilo». Los Padres presentes asumieron unánimemente esta enseñanza la suscribieron, y puesto que todo lo realizado en el Concilio de Efeso fue aprobado por los legados pontificios y posteriormente por el papa Celestino I, aquel acto tiene todos los caracteres de una definición dogmática.

Para juzgar como hereje a Nestorio se leen ante el Concilio los doce anatematismos

En sesiones posteriores, el Concilio se ocupó propiamente del examen de Nestorio, del hecho de que, en realidad, profe¬saba una doctrina herética que es la que había denunciado san Cirilo no sólo en aquella carta, sino en otra posterior, la que es citada siempre como la «tercera carta de san Cirilo», que es la que contiene los doce anatematismos. Esta carta fue también leída en Éfeso y, aunque se estaba examinando entonces lo que llamaríamos la «cuestión de hecho» acerca de la posición herética del patriarca Nestorio, en realidad, si los doce ana¬tematismos expresaran una doctrina exagerada de orientación apolinarista -como pretendieron entonces sus adversarios antioquenos, y siguen diciendo en nuestros días bastantes auto¬res- no hubiera habido por qué condenar como hereje a Nestorio por discrepar de Cirilo.

Atendamos al contenido de aquella tercera carta, en la que a los doce anatematismos precede una riquísima exposición doctrinal:

«Siguiendo, pues, en todo, la confesión de fe de los santos mártires, en los que habló el Espíritu Santo... profesamos que el mismo unigénito de Dios, el Verbo, Dios nacido de la misma esencia del Padre, Dios verdadero de Dios verdadero, Luz de Luz, por el cual fueron hechas todas las cosas, ya sean celestes ya terrenas, descendiendo, por causa de nuestra salvación, se ha dignado inclinarse hasta el anonadamiento encarnado y hecho hombre, esto es, tomando de la Santa Virgen la carne y haciéndola suya propia, sostuvo nuestro nacimiento desde el útero, y no perdiendo lo que era, pues aunque por la asunción de la carne y de la sangre se ha hecho hombre, sin embargo persistió siendo lo que era, a saber, Dios en su naturaleza y en verdad. Y no decimos que la carne se ha convertido en divina, ni que la inefable esencia del Verbo de Dios se ha cambiado en la substancia de la carne, pues es inconvertible e inconmutable e idéntico, Él mismo, según las Escrituras, y así permaneciendo plenamente. Se le ha visto como un párvulo, puesto en la cuna y engendrado en el seno de la Madre Virgen, El que llenaba toda la Creación, como Dios indiviso con El que le engendra; pues lo que es divino no admite cantidad ni límites. Así pues, confesando al Verbo de Dios unido según hipóstasis a la carne, adoramos al Hijo y Señor Jesucristo, no separando y poniendo aparte al hombre y a Dios, como si se uniesen entre sí por dignidad y autoridad, y no nombrando Dios al Verbo que procede de Dios y Cristo, como si fuese otro, al hombre nacido de mujer, sino que conocemos sólo a un único Cristo, Verbo de Dios Padre, con su propia carne.

»Así pues, a una única Persona atribuimos todas las cosas que hallamos dichas en el Evangelio, a una única hipóstasis del Verbo encarnado, porque uno es el Señor Jesucristo.

»Así pues, porque la Santa Virgen parió a Dios unido a la carne según hipóstasis, por esto la llamamos a ella Madre de Dios.

»Hemos sido enseñados por los Santos Apóstoles y Evangelistas y por toda la Escritura divinamente inspirada, y por las confesiones fieles a la fe de los Santos Padres, a profesar estas cosas; conviene, pues, que tú concuerdes y, fuera de cualquier engaño o ficción, consientas en estas cosas. Están añadidas a esta carta aquellas cosas que es necesario anatematizar en tu profesión de fe; lo cual, si no hicieres, quedarías sometido a estas sentencias».


Estas palabras del fin de la carta introducen los doce cánones que contienen los doce anatematismos:

Canon I: «Si alguno no confiesa que el Emmanuel es verdaderamente Dios, y que por eso la Santa Virgen es Madre de Dios (pues dio a luz, según la carne, al Verbo de Dios encarnado), sea anatema».

El Emmanuel, que significa «Dios con nosotros», y es el nombre profetizado por Isaías para el que había de concebir la Virgen como «Hijo de David», es verdaderamente «Dios con nosotros», porque el engendrado eternamente por el Padre ha venido a ser hombre y ha nacido «según la carne», es decir, en lo humano, de María, pero sin dejar de ser él mismo, eterna¬mente nacido de Dios Padre. Y porque el Emmanuel verdade¬ramente es Dios, María engendra, con generación humana, aunque milagrosa, por obra del Espíritu Santo, al Verbo de Dios hecho carne. La necesidad de llamar a María Madre de Dios se funda en la necesidad de afirmar que Cristo es uno, y que es la segunda persona de la Santísima Trinidad. Se trata de defen¬der que el que viene a redimirnos es Dios mismo.

Canon II: «Si alguno no confiesa que el Verbo de Dios Padre se unió, según hipóstasis, a la carne, y que Cristo es uno con su propia carne, a saber, que Él mismo es Dios y al mismo tiempo hombre, sea anatema».

Hipóstasis es la persona existente; carne, que traduce un término griego, traducido a su vez del hebreo, significa «direc¬tamente humano» y «el hombre». Así, decir que Cristo es uno con su propia carne, quiere decir que Cristo no es uno el Verbo de Dios y el otro un hombre nacido de María, sino que son el mismo ser personal, que es, al mismo tiempo, Dios, como el Padre, y hombre, como nosotros.

Canon III: «Si alguno divide en el único Cristo las hipóstasis después de la unión, y sólo las une por una relación de dignidad o de autoridad y potestad, y no por la conjunción que resulta de la unión natural, física, sea anatema».

La terminología de san Cirilo, que habla aquí de «unión física» (enosis physiké) sería después acusada de monofisita, de confundir en una sola unidad lo divino y lo humano. Pero es clara la intención de san Cirilo de afirmar que la unión del Verbo con la naturaleza humana no es de carácter moral o afectivo, o de acción conjunta, sino de carácter entitativo y natural.

Canon IV: «Si alguno distribuye entre dos personas o hipóstasis las voces contenidas en los escritos apostólicos o evangélicos, o dichas sobre Cristo por los Padres, o por Él mismo sobre sí mismo; y unas las acomoda al hombre, entendiéndolo aparte del Verbo de Dios, y otras como dignas de Dios al solo Verbo de Dios Padre, sea anatema».

Quien atribuye los predicados divinos al Verbo y no a Je¬sús, y los predicados humanos a Jesús, y no al Verbo, no podría decir, como hace el credo de Nicea, que el Señor Jesucristo es consustancial con el Padre y nacido antes de todos los siglos, y que Él mismo fue condenado, muerto y sepultado. Pero si ha¬blásemos así, no creeríamos en Cristo, ni podríamos reconocernos redimidos, porque la redención es obra de Dios realizada por¬que Su mismo Hijo ha venido a nosotros para ser en todo se¬mejante a nosotros, menos en el pecado, y salvarnos con su muerte redentora. Sólo Dios salva, pero Dios ha querido sal¬varnos haciéndose total y plenamente uno de nosotros.

Canon V: «Si alguno se atreve a decir que Cristo es un hombre "teóforo", es decir, portador de Dios, y no más bien Dios verdadero, como Hijo único y natural, según que el Verbo se hizo carne y tuvo parte con nosotros, en todo semejante a nosotros en la carne y en la sangre (Heb 2,14), sea anatema».

Del Verbo de Dios hemos de predicar atributos humanos temporales y decir que es hijo de María, que nace en Belén, que es condenado bajo Poncio Pilato, que fue muerto, sepultado y que resucitó. Y poniendo en el sujeto, gramaticalmente, nombres humanos, es decir, el «Hijo del Hombre», el «Hijo de David y de Abraham», el «Hijo de María», el «Hijo de José de Nazaret» puedo decir de este sujeto predicados eternos y divinos, como El mismo afirmaba de sí mismo al decir que «el Padre y yo somos una misma cosa», porque Él existía antes de que Abraham fuera, y confesar así que es Hijo de Dios. A esto, se llama «communicatio idiomatum», así habla el lenguaje católico siempre.

Canon VI: «Si alguno se atreve a decir que el Verbo del Padre es Dios y Señor de Cristo, y no confiesa que Él mismo es juntamente Dios y hombre, puesto que el Verbo se hizo carne según las Escrituras (Ioh. 1, 14), sea anatema».

Canon VII: «Si alguno dice que como hombre fue ayudado por el Verbo de Dios, y le fue atribuida la Gloria del Unigénito, como si fuera otro distinto de Él, sea anatema».

Estos dos cánones denuncian algo que el nestorianismo ha¬bía heredado de la teología de los «dos hijos», y que entendía que el hombre Jesús, otro y distinto que el Hijo eterno de Dios, había de ser llamado Hijo de Dios porque tenía con él una rela¬ción de asistencia y colaboración.

Canon VIII: «Si alguno se atreve a decir que el hombre asumido ha de ser coadorado y coglorificado con Dios Verbo y, juntamente con Él, llamado Dios, como uno en el otro (pues esto nos obliga a entender la partícula co) y no más bien, con una sola adoración, honra al Emmanuel y le tributa una sola gloria, según que el Verbo se hizo carne (Ioh 1,14), sea anatema».

No adoramos conjuntamente al Verbo eterno y a Jesús, sino que adoramos a Jesús, que es el Verbo eterno hecho hom¬bre. Así, en una encíclica sobre el Sagrado Corazón, pudo en¬señar Pío XII que el Corazón de Jesús es el corazón de la segunda persona de la Trinidad en su naturaleza humana, y el Concilio Vaticano II nos ha recordado que «Dios ha querido amarnos con corazón de hombre» (Gaudium et spes).

Canon IX: «Si alguno dice que el solo Señor Jesucristo fue glorificado por el Espíritu, como si hubiera usado de la virtud de éste como ajena, y de Él hubiera recibido el poder de obrar contra los espíritus inmundos y de hacer milagros en medio de los hombres, y no dice, más bien, que es por su propio Espíritu aquel por el que obró los milagros, sea anatema».

En la Escritura se llama al Espíritu Santo «el Espíritu de Jesús» San Cirilo, en esta carta que contiene los anatematismos escribió: «El Espíritu Santo, que es llamado Espíritu de Verdad, es el Espíritu de Cristo, que es la Verdad; por lo que procede de Él, así como de Dios Padre». El Señor Jesús alien¬ta sobre los Apóstoles y les dice: «Recibid el Espíritu Santo»

¿Acaso el Espíritu Santo procedía de la naturaleza humana de Jesús? El Espíritu procede del Padre y del Hijo, y la naturaleza humana de Jesús no era la de una persona humana distinta del Verbo, sino que el Verbo mismo se había hecho hombre, un hombre del que se dice que es Hijo de Dios, no adoptivo, sino natural. De tal manera se dice lo divino del sujeto humano, que se llama Espíritu de Jesús al Espíritu Santo que procede del Padre y del Hijo.

Canon X: «La divina Escritura dice que Cristo se hizo nuestro sumo sacerdote y apóstol de nuestra confesión (Heb 1,14) y que se ofreció a sí mismo a Dios Padre (Eph 5,2). Si alguno, pues, dice que no fue el mismo Verbo de Dios quien se hizo nuestro sumo sacerdote y apóstol, al hacerse carne y hombre entre nosotros, sino otro fuera de Él, un hombre que propiamente nació de mujer; o si alguno dice que también se ofreció como ofrenda por sí mismo, y no, más bien, por nosotros (pues no tenía necesidad de ofrenda El que no conoció el pecado), sea anatema».

Puesto que atribuimos a Cristo el carácter de sacerdote en cuanto hombre, porque el sacerdocio implica la mediación en¬tre Dios y el hombre, si al decir que Cristo es sacerdote en cuanto hombre, entendemos que es un hombre que no es el Verbo de Dios, estamos desconociendo el sentido mismo del sacerdocio de Cristo, porque Cristo es ungido en su naturaleza humana por el mismo Verbo que ha asumido la carne como Propia.

Canon XI: «Si alguno no confiesa que la carne del Señor es vivificante y propia del mismo Verbo de Dios Padre, sino de otro fuera de Él, aunque unido a Él por la dignidad, o que sólo tiene la inhabitación divina, y no más bien la confiesa vivificante porque la hizo suya propia el Verbo, que tiene poder de vivificarlo todo, sea anatema».

Texto referente a la afirmación de Jesús en el evangelio de san Juan de la necesidad de comer su propia carne para tener en nosotros la vida. Este carácter vivificante del Cuerpo de Cristo carecería de sentido sin el reconocimiento de la perte¬nencia total de la carne de Jesús al Verbo de Dios, que se ha hecho pan vivo bajado del cielo.

Canon XII: «Si alguno no confiesa que el Verbo de Dios padeció en la carne, fue crucificado en la carne, y gustó de la muerte en la carne, y fue hecho el primogénito entre los muertos, según que es vida y vivificador como Dios, sea anatema».

El que padece y muere en la cruz es la segunda persona de la Trinidad, y este mismo Cristo resucita por su propia virtud, porque es el Hijo de Dios.

Enfrentamiento de los antioquenos a san Cirilo y al Concilio de Éfeso

La carta que concluye con los doce anatematismos había sido aprobada en un sínodo de todos los obispos del patriarcado de Alejandría, presidido por san Cirilo, y después enviada al patriarca de Constantinopla Nestorio. Su lectura en Éfeso que, como diji¬mos, se realiza como un elemento más del juicio sobre Nestorio, para preparar la sentencia del mismo como hereje, se produce también en una situación dramática. Los treinta obispos del patriarcado antioqueno se habían reunido por su parte y procedieron a excomulgar a san Cirilo como apolinarista. Los que son responsables de esta iniciativa, el patriarca Juan de Antioquía y el máximo representante de la tradición antioquena, Teodoreto de Ciro (393-466), estaban convencidos del error de Nestorio, pero obraban también los problemas de terminología de escuela y el orgullo de Antioquía, enfrentada a Alejandría, y la circunstancia del apoyo imperial a Nestorio, el patriarca de Constantinopla, y a los antioquenos anticirilianos.

El patriarca Juan se había retrasado en su viaje a Éfeso y él y los obispos de su Patriarcado llegaron después de la aprobación dogmática de la segunda carta y del juicio de hecho de la herejía por la tercera carta con los anatematismos. Entonces (y hoy) se acusó a san Cirilo de precipitación, y aun de haber juzgado a Nestorio sin querer oírle. El hecho es que Nestorio rehusó comparecer ante el Concilio porque alegaba la ausencia de los antioquenos. Es también un hecho que, al llegar los legados pontificios (dos obispos y un presbítero que representaban al papa Celestino) examinaron todo lo realizado y lo aprobaron. Las acusaciones contra san Cirilo, ni entonces ni en nuestro tiempo, han sido asumidas por la Iglesia católica. Pío XI, en su encíclica Lux veritatis (25-12-1931), conmemorando los 1500 años del Concilio de Éfeso, reafirma la ortodoxia y el acierto de san Cirilo de Alejandría en su condenación de la herejía nestoriana:

«No se nos oculta que algunos investigadores de la histo¬ria, principalmente en nuestro tiempo, tratan de defender a Nestorio de la nota de error, e incluso acusan de duplicidad inicua al santo obispo alejandrino Cirilo, y de haber acusado a Nestorio atribuyéndole lo que no enseñaba para provocar su condenación. A esta gravísima incriminación añaden los contemporáneos defensores del obispo de Constantinopla que nuestro predecesor, san Celestino, y el propio Concilio efesino fueron engañados por Cirilo, que abusó de su ignorancia».

»Pero contra tal osadía y temeridad reclama la Iglesia, que nunca dejó de reconocer la condenación de Nestorio como justa y proferida con justicia, siempre tuvo como ortodoxa la doctrina de san Cirilo, y el Concilio de Éfeso lo ha venerado siempre como uno de los ecuménicos celebrados con la inspiración del Espíritu Santo».

El Concilio de Efeso había sido convocado por voluntad del emperador Teodosio II, y por influencia del patriarca de Constantinopla Nestorio, que había escrito al papa Celestino y que esperaba triunfar en el Concilio y convencer al papa de Roma. Nestorio obtuvo el apoyo político, y el ejército imperial ocupó la iglesia de Santa María de Éfeso para impedir la con¬tinuidad del Concilio, que se reunió, desde entonces, en la sede del obispo de Efeso. Así pues, resultó un concilio clandestino en el plano político, pero su carácter auténtico y oficial en lo ecle¬siástico fue garantizado por los legados pontificios, ante quienes se leyó la totalidad de lo realizado en las sesiones anteriores.

El Concilio de Éfeso y el pueblo cristiano.

San Cirilo canta la grandeza de la Théotokos

El Concilio de Éfeso fue, probablemente, aquel en que se dio una mayor proximidad y comunicación entre los obispos presentes y el pueblo fiel. Una comunicación contemporánea, porque la definición de que María es Madre de Dios fue acla¬mada en una memorable procesión de antorchas en el anoche¬cer de aquel mismo día. La basílica de Santa María la Mayor, en Roma, que fue el primer templo occidental dedicado a María, es el monumento conmemorativo de la definición de Éfeso.

Sentiremos este fervor mariano del gran Doctor de la En¬carnación del Verbo en su modo de hablar en un sermón pronunciado ante el Concilio de Éfeso, en el que podemos encontrar como el inicio del lenguaje de todos los grandes apóstoles de María: de san Bernardo de Claraval, de san Luis María Grignon de Montfort, de san Alfonso María de Ligorio, de san Antonio María Claret. En san Cirilo encontramos la vida y el ambiente del magisterio de la Iglesia al definir Pío IX la Inmaculada Concepción de María y al enseñar Paulo VI su maternidad sobre la Iglesia. Oigamos a san Cirilo en Éfeso:

«¡Salve, oh María, Madre de Dios, Virgen y Madre, lucero y vaso de elección! ¡Salve, Virgen María, Madre y sierva: Virgen en verdad por Aquel que nació de tí, Virgen, Madre por virtud de Aquel que llevaste en pañales y nutriste con tus pechos; sierva, por Aquel que tomó de siervo la forma! Quiso entrar como Rey en tu ciudad, en tu seno, y salió cuando le plugo, cerrando por siempre su puerta, porque concebiste sin obra de varón y fue divino tu alumbramiento. ¡Salve, María, templo donde mora Dios, templo santo, como le llama el profeta David! ¡Salve, María, criatura la más preciosa; salve, María, antorcha inextinguible; salve porque de ti nació el Sol de Justicia!

»¡Salve, María, morada de la inmensidad, que encerraste en tu seno al Dios inmenso, al Verbo unigénito, produciendo sin arado y sin semilla la espiga inmarcesible! ¡Salve, María, Madre de Dios, aclamada por los Profetas, bendecida por los pastores, cuando con los Ángeles cantaron el sublime himno de Belén: «Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad».

»¡Salve, María, Madre de Dios: por ti adoraron a Cristo los Magos, guiados por la estrella de Oriente! ¡Salve, María, Madre de Dios, honor de los Apóstoles! ¡Salve, María, Madre de Dios, por quien Juan, el Bautista, saltó de gozo desde el seno de su madre! ¡Salve, María, Madre de Dios, que trajiste al mundo la gracia inefable de la que dice san Pablo: «ha aparecido la gracia de Dios, Salvador de todos los hombres. »¡Salve, María, Madre de Dios, que hiciste brillar en el mundo al que es Luz verdadera, a Nuestro Señor Jesucristo, al que dice en su Evangelio: «Yo soy la Luz del mundo» ¡Salve, María, Madre del que los Evangelios aclaman bendito. «Bendito el que viene en nombre del Señor». ¡Salve, María, por quien se poblaron de iglesias nuestras ciudades ortodoxas! ¡Salve, María, por quien vino al mundo el vencedor de la muerte y el destructor del infierno! ¡Salve, María, por quien vino al mundo el autor de la Creación, restaurador de las criaturas y Rey de los cielos!

Salve, María, Madre de Dios, por quien resplandeció la gloria de la Resurrección! ¡Salve, María, Madre de Dios, por quien lució el sublime bautismo de santidad! ¡Salve María, Madre de Dios, por quien el Bautista y el Jordán fueron santificados y fue destronado el demonio! ¡Salve, María, Madre de Dios, por quien todo espíritu fiel alcanza la Salvación eterna!».


Resumen

Frente a Nestorio se alzó la gran figura de san Cirilo Patriarca de Alejandría, quien recogió la antorcha de la verdad levantada por la protesta de los fieles. Se reunió el tercer Concilio Ecumé¬nico, el de Efeso (a. 431). Cirilo proclamó a María Zeotókos, Madre de Dios. Esto significaba que la persona de Cristo era úni¬ca, la divina, y así la madre, aunque lo era por obra divina y desde la naturaleza humana en milagro virginal, pero era madre de la persona, como toda madre, y la Persona única en Cristo era la divina. Ella era pues, con verdad, Madre de Dios.

San Cirilo apoyó con fuerza su doctrina en las afirmaciones de san Atanasio, el gran campeón contra el arrianismo, que tam¬bién llamó a María Madre de Dios.

El Concilio recogió una importante carta de Cirilo a Nestorio (la segunda), en que expresaba la verdadera doctrina, y la proclamó con solemnidad de definición. También recogió, dándoles valor conciliar aunque no con tan plena solemnidad, los llamados "Anatematismos de Cirilo contra Nestorio". La carta contenía lo esencial de la definición. Niega el Concilio que la divinidad o el Verbo se transforme en hombre sino que hay unión de la naturaleza humana con la Persona divina.

"Habiendo unido el Verbo consigo, según hipóstasis o persona, la carne animada de alma racional se hizo hombre de modo inefable e incomprensible, y fue llamado Hijo del hombre....

No nació primero un hombre de la santa Virgen; luego descendió sobre él el Verbo, sino que unido desde el seno materno se dice que se sometió a nacimiento carnal, como quien hace suyo el nacimiento de la propia carne. De esta manera los Santos Padres no tuvieron inconveniente en llamar Madre de Dios a la santa Virgen" (Denz 111 a)

En este texto de la carta, que es objeto de la definición, se observan dos puntos de especial interés:

o Primero, la unión del Verbo con la naturaleza humana plena (alma-cuerpo) se hace “según hipóstasis o persona", por lo cual en adelante será llamada "unión hipostática o personal".

o El segundo punto concreto es el nombre dado así a María, con verdad, de Madre de Dios o Zeotókos en griego.

Los importantes Anatematismos o anatemas contra la herejía (anatema = condenación o excomunión) tomados de san Cirilo, aunque no definidos sí asumidos por el Concilio, muestran la verdad doble de modo especial. Son doce en total. De ellos podemos recoger el 1º, que afirma que la Virgen es Madre de Dios, por haber dado nacimiento al Verbo en su carne o humanidad; el can. 2, que recoge la dicha unión "según ipostasis (persona)", y el 3-4 que niega una doble hipóstasis Persona en Cristo. (Denz 113-116).

El pueblo, entusiasmado por la formulación de honor para la Madre de Dios, acompañó a los Padres conciliares tras la defi¬nición con antorchas encendidas. Aparecen ya así los tér¬minos como específicos en adelante: la sustancia o cosa = ousía; la naturaleza o sea la entidad como principio de actividad y ener¬gía = fúsis; la subsistencia o persona = hipóstasis. En adelante será abandonado el término de "prósopon" para designar a la persona, que será llamada hipóstasis Prósopon significaba la careta o máscara teatral de los actores griegos, con la que declaraban la persona a quien representaban (prós-opon = ante el rostro). Pero ya en nuestra lengua (como en latín y lenguas derivadas) ha pasado a ser usado en el mismo sentido de "persona" que es válido, para el que en griego se ha reservado el de "hipóstasis".

martes, 25 de noviembre de 2008

La Virgen Madre de Dios - Concilio de Efeso


Dos indicaciones metodológicas para una exégesis verdadera en la “Dei Verbum”

En primer lugar, confirma la necesidad de la utilización del método histórico-crítico (…)..
En segundo lugar, esta historia posee otra dimensión, la de la acción divina.

Sólo donde se aplican los dos niveles metodológicos, el histórico-crítico y el teológico, se puede hablar de una exégesis teológica, de una exégesis adecuada a este Libro. (…) donde desaparece la hermenéutica de la fe indicada por la
Dei Verbum, aparece necesariamente otro tipo de hermenéutica, una hermenéutica secularizada, positivista, cuya clave fundamental es la convicción de que lo divino no aparece en la historia humana.

El error anticristiano se desenvuelve en polaridad dialéctica


Desde la edad apostólica, el error anticristiano se presenta en una polaridad dialéctica, al opo­nerse al misterio revelado desde una doble co­rriente de diversa y antitética actitud.

Ni el error de un Mesías humano.
Ni el contrapuesto error herético, que niega la venida de Cristo en carne.

Desde aquella primera antítesis que enfrentó el ebionismo milenarista y las primeras gnosis, diríase que una corriente misteriosa, en sucesivas evoluciones o atenuaciones, mantiene, a través de una continuidad secular, la interna dialéctica de las desviaciones religiosas.

La unidad de Persona en Cristo

En la sesión anterior hemos recorrido las contradicciones o herejías opuestas a la verdad de la Encarnación por querer sos­tener la unidad absoluta de Dios, rechazando la Trinidad de Per­sonas, lo que hace que no se admita como divina la persona del Hijo, que es la de Jesús, en ésta nos enfrentamos a las dificultades nacidas más directamente del misterio de la Encarnación. La cual supone que Jesús era Dios y hombre al mismo tiempo.
Nestorio, para resolver el problema de la persona, afirmó que en Cristo hay dos personas, la divina y la humana, cada una con su naturaleza. Frente a Nestorio se alzó la gran figura de san Cirilo Patriarca de Alejandría, quien recogió la antorcha de la verdad levantada por la protesta de los fieles. Se reunió el tercer Concilio Ecumé­nico, el de Efeso (a. 431). Cirilo proclamó a María Zeotókos, Madre de Dios.

martes, 18 de noviembre de 2008

El Dogma (I): Los Misterios de la Encarnación y la Trinidad

En esta sesión se examinan dos misterios relacionados intrínsecamente: El Misterio de la Encarnación y el de la Trinidad.

El error anticristiano se presenta en una polaridad dialéctica, al oponerse al misterio revelado desde una doble corriente de diversa y antitética actitud. «No sigamos ni el error judaico ni el herético». Ni el error de un Mesías humano, exaltado a la filiación divina en méritos de su propia justicia según la ley, sentado a la diestra de Dios como rey terreno de un reino mundano y carnal; ni el contrapuesto error herético, que niega la venida de Cristo en carne, desprecia la resurrección y el reino y es hostil a la ley y los profetas.

Contra la afirmación de la fe en Jesús de Nazaret, Dios y Hombre verdadero, Verbo de Dios encarnado, Hijo del Padre, de la misma naturaleza, se polarizaron las doctrinas enfrentadas:

 El “docetismo” – gnosticismo (Marción)
 El error “judío”
 Monoteísmo anti-Trinitario
 El “adopcionismo” precedente del arrianismo
 Síntesis de monarquianismo modalista y adopcionista
 El “arrianismo”
 Un Cristo ni divino, ni humano
 El Concilio de Nicea: San Atanasio
 El símbolo de Nicea
 El I Concilio de Constantinopla
 El apolinarismo
 Vacilaciones terminológicas: las tres “hipostasis” divinas
 El Símbolo de Constantinopla

Sin la revelación del misterio de la Trinidad, no se puede formular adecuadamente el misterio de la Encarnación


EL MISTERIO DE LA ENCARNACIÓN
¿Qué es encarnar?

En toda religión, se venera a un poder divino superior al hombre y a la misma naturaleza que le rodea.

La religión cristiana adora a un solo Dios infinito en su ser a la vez que afirma, por la revelación de Jesús de Nazaret, que en Dios hay una Trinidad de personas.

De cualquier manera que sea, la relación entre el hombre y Dios es el fundamento de la religión como fenó¬meno y hecho humano e histórico.

Pero en el cristianismo, acep¬tado el dogma de la existencia de un Dios trinitario, tres personas en una sola naturaleza divina, misterio inefable que sólo por revelación pudo ser conocido, se añade el misterio fundamental de que una de las tres personas divinas tomó naturaleza humana, se hizo hombre. A esto llamamos encarnar.

Encarnar significa posesionarse de una carne huma¬na, hacer de ella un rostro visible del Dios invisible en sí mismo, el cual se asienta en la carne humana y hace de ella su forma externa visible. Carne significa propiamente naturaleza de hom¬bre, cuando de él se trata.

La encarnación de Dios en la naturaleza humana

Los hombres, guiados por su deseo de hallar a la divi¬nidad, la concibieron con formas humanas en su mitología, y nos ofrecen pasiones y combates humanos, aun en la mansión celeste imaginada.

También llegaron los hombres, en su fantasía religiosa, a pensar en progenie humana de los dioses. Mas tales dioses eran en sí mismos sólo hombres, sin verdadera naturaleza divina.

Lo que no hay en ninguna religión, fuera de la cristiana, es una verdadera "encarnación" de Dios en una naturaleza humana, que se convierte con ello en naturaleza humana de Dios mismo, o sea en Dios que vive como hombre.

El Dios-Hombre del evangelio

La manifestación histórica de Dios como hombre en la tierra se nos ofrece en los evangelios. Jesús se proclamó a sí mismo Dios, Hijo del Padre, igual a Él. El se ha proclamado Mesías de Israel, espe¬rado durante siglos, y verdadero Dios, dentro del rígido monoteísmo propio del pueblo hebreo, y lo confirmó con numerosos mila¬gros especialmente con su propia resurrección.

El vértice de sus afirmaciones, si bien múltiples y precisas, puede ser la sesión del juicio de su condena ante el Sanedrín judío. Donde a la pregunta del Sumo Sacerdote: "¿Eres tú el Hijo del Dios Viviente, el Bendito?" Él respondió: "Yo soy". Esta respuesta se halla en los tres sinópticos y no puede ser desvirtuada.

El evangelio de Juan propone la fe en la divinidad del hombre Jesús desde el prólogo de su evangelio y cartas: "El Verbo era Dios... El Verbo se hizo carne, o sea hombre... Ha vivido entre nosotros... Hemos visto, oído y tocado con nuestras manos su verdad corporal. Es la verdad, la Vida...". Y relata la proclamación de la divinidad de Jesús de Nazaret realizada por el apóstol Tomás inmediatamente después de la resurrección: "Señor mío, y Dios mío", decla¬ración aprobada por Jesús.

No se puede dudar de que el cristianismo nace con la afirmación de la divinidad de Jesucristo, como se ve en las cartas de san Pablo, en concreto a Filipenses con cuyas palabras hicimos la introducción a este curso. Uno de los testimonios más directos de que la afirmación de la divinidad de Jesús proviene de los apóstoles, y como fuente del propio Jesús, es la fórmula trinitaria del bautismo. Esta fórmula es utilizada como obligatoria por todas las reli¬giones cristianas actuales, aunque sean de Iglesias separadas, lo cual es un claro índice de su origen apostólico.

Sin la revelación del misterio de la Trinidad, que nos enseña que en Dios hay tres personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo, no se puede formular adecuadamente el misterio de la Encarnación, en el cual se nos ha revelado que Jesucristo es Dios y hombre verdadero, porque la segunda persona de la santísima Trinidad, el Verbo se encarnó en el seno de la Virgen por obra del Espíritu Santo, de manera que lo concebido milagrosamente en el seno de la Virgen es el Hijo de Dios.

Los negadores de la Trinidad (Nicea-Constantinopla I)

La divinidad de Jesús de Nazaret signo de contradicción

La historia del cristianismo prosigue fundada en esta fe de que Jesús de Nazaret, hombre que ha vivido entre los hom¬bres, es en verdad Hijo de Dios, como aparece en los evangelios que resumen sus dichos y sus hechos.

Tal afirmación que fue aceptada muchos hombres, una parte de ellos creyentes monoteístas, era previsible que crease un ambiente de contradicción vehemente.

Esta oposición venía en principio de que la proclamación de la divinidad de Jesús parecía contradecir al dogma fundamental de Dios, que es su unidad absoluta como tal. El A.T. está lleno de afirmaciones de esta exclusividad verdadera. Fuera del Dios creído, sólo hay dioses falsos. Que un hombre se proclamara Dios, e Hijo de Dios, es lo que llevó en último término a Jesús a la muerte, a pesar de haber probado con sus obras la verdad de lo confesado.

En la obra en torno al diálogo entre católicos y protestantes – de D. Francisco Canals Vidal, hace la siguiente afirmación esclarecedora de la forma en que los errores heréticos se han ido difundiendo en oposición a la verdad revelada.

Desde la edad apostólica, el error anticristiano se presenta en una polaridad dialéctica, al opo¬nerse al misterio revelado desde una doble co¬rriente de diversa y antitética actitud.

«No sigamos ni el error judaico ni el herético», exhortaba en su tiempo san Jerónimo. Ni el error de un Mesías humano, exaltado a la filiación divina en méritos de su propia justicia según la ley, sentado a la diestra de Dios como rey terreno de un reino mundano y carnal; ni el contrapuesto error herético, que niega la venida de Cristo en carne, desprecia la resurrección y el reino y es hostil a la ley y los profetas .

Desde aquella primera antítesis que enfrentó el ebionismo milenarista y las primeras gnosis, di¬ríase que una corriente misteriosa, en sucesivas evoluciones o atenuaciones, mantiene, a través de una continuidad secular, la interna dialéctica de las desviaciones religiosas. ¬El error judío, que pervivió en el adopcionismo, se atenuó en el dualismo separatista, del que se originó la herejía nestoriana. En su vertiente soteriológica, la tradición judaizante pervive en el error pelagiano — estoico y neofarisaico — sur¬gido originariamente en las propias escuelas y autores «antioquenos» en que se gestó el nestorianismo.

El error herético, hostil a la obra y a la ley del Creador y Señor del mundo —enfrentado al juicio por el que Dios, «viendo todo lo que había creado, juzgó que todas las cosas eran muy bue¬nas» —, parece haberse transformado sutilmente a lo largo de una corriente de actitudes que, aun atenuando la estridencia del dualismo maniqueo, han invocado lo divino contra lo humano, lo pneumático contra la plasmación histórica y sen¬sible de la obra redentora, la gracia y la reden¬ción contra la ley y contra la autoridad. En el siglo del humanismo renacentista, esta corriente se habría concretado en la antitética teología de la gracia sin la libertad, de la justificación sin la interna regeneración del hombre redimido.


Los docetas: Jesús no era hombre verdadero, sino aparente

La dificultad de la encarnación apareció primero en los lla¬mados "docetas", que en los tiempos apostólicos de fines del s.I, mantuvieron que no existía el problema de la encarnación por¬que el hombre Jesús era sólo una figura "aparente" (dokéin = parecer), que parecía morir en la cruz, o sentir las debilidades humanas, pero era sólo apariencia. En realidad, el problema lo resolvían negando la historicidad del hombre Jesús como tal. San Juan escribió contra ellos, y san Ignacio de Antioquía pronunció contra ellos palabras enérgicas, como en la carta a los de Esmirna.

En la primera carta de san Juan se nos revela a lo largo de ella el misterio de la encarnación del Verbo y sus repercusiones sobre nuestra salvación. El texto que señala la gravedad de la negación de la encarnación es en (1Jn 4, 1-3):

1 Juan 4
1 Queridos, no os fiéis de cualquier espíritu, sino examinad si los espíritus vienen de Dios, pues muchos falsos profetas han salido al mundo.
2 Podréis conocer en esto el espíritu de Dios: todo espíritu que confiesa a Jesucristo, venido en carne, es de Dios;
3 y todo espíritu que no confiesa a Jesús, no es de Dios; ese es el del Anticristo. El cual habéis oído que iba a venir; pues bien, ya está en el mundo.

San Ignacio de Antioquía a los fieles de Esmirna también les previene contra los que niegan la encarnación del Verbo.

San Ignacio de Antioquía escribe a los fieles de Esmirna que Jesucristo "es verdaderamente del linaje de David según la carne, pero Hijo de Dios por la voluntad y poder divinos, verdaderamente nacido de una virgen y bautizado por Juan para que se cumpliera en Él toda justicia, verdaderamente clavado en cruz en la carne por amor a nosotros bajo Poncio Pilato y Herodes el Tetrarca …. Porque Él sufrió todas estas cosas por nosotros [para que pudiéramos ser salvos]; y sufrió verdaderamente, del mismo modo que resucitó verdaderamente; no como algunos que no son creyentes dicen que sufrió en apariencia, y que ellos mismos son mera apariencia. Y según sus opiniones así les sucederá, porque son sin cuerpo y como los demonios".


Docetismo.

Es una herejía que niega la realidad carnal del cuerpo de Cristo. Por su etimología viene de la voz griega dokéo, parecer, dókesis, apariencia y niega por tanto diversos dogmas relativos a la encarnación.. Sirve para designar el error de los que se niegan a admitir que Jesucristo ha sido hombre verdadero, con cuerpo de carne como el nuestro. Por consiguiente, sería pura ilusión o apariencia todo lo que los Evangelios cuentan y la Iglesia enseña sobre la concepción humana de Cristo, su nacimiento y su vida, sobre su pasión, muerte y resurrección (v. voces correspondientes).

Más que una secta, es una consecuencia de las doctrinas de sectas gnósticas. Apoyado en antiguas enseñanzas del oriente medio, el dualismo espiritualista de la -> gnosis dominaba el mundo griego del oriente cuando apareció el cristianismo. Del choque entre ambos surgió una serie de herejías que pretendían explicar racionalmente el misterio de Cristo. Una tesis fundamental de la gnosis está en la afirmación de que la materia es radicalmente mala: Como consecuencia inmediata, es imposible que Dios, espíritu purísimo, se contamine realmente con ella. Aplicado esto a Cristo, se dan diversas variantes: desde las más extremas que no admiten en él ninguna realidad verdaderamente humana, pasando por los que aceptan la encarnación pero no los sufrimientos de la cruz, hasta los que atribuyen a jesús un cuerpo privilegiado, libre de toda miseria.

Después de esta primera reacción herética dentro de la Iglesia, entró en disputa, por los adver¬sarios del dogma de la encarnación, la divinidad de Jesús de Nazaret. Si los docetas negaban la verdad del hombre, la nueva herejía iba a poner en cuestión la verdad de su divinidad.

Lo que los Padres llamaban «el error judío»

La tentación de la soberbia humana que se dio en el mundo judío fue enfrentarse al misterio de que Jesús, nuestro Salvador, es el Hijo de Dios, esto es, que Dios mismo ha venido a salvarnos.

El llamado error judío, así se denomina porque es el de los judíos que admiten que Jesús de Nazaret es el Mesías esperado. El judío interpreta su relación con Dios de una manera jurídica, contractualista: si yo cumplo el pacto, Dios tiene que cumplir el suyo. Dios me ha dado la Ley, y yo la cumplo; luego Dios, en justicia, me tiene que premiar.

Si para guardar la Ley no fuera nece¬saria la gracia de Dios, y después de infringida la Ley por el pecado no hiciese falta una misericordia de Dios totalmente gratuita, tampoco tendríamos que entender que Jesucristo fuese Dios mismo que ha descendido hasta nosotros, que ha veni¬do para salvarnos. Pero el hombre no puede pasar del pecado a la justicia sino en virtud de la promesa, por la misericordia prometida por Dios, y en virtud de la muerte redentora de Cristo.

Los judíos esperaban el Mesías, sobre todo, como el libertador de Israel frente a los poderes gentiles, pero no Aquel que nos salva de los pecados. Por esto, entendían que el Mesías era un hombre, no Dios hecho hombre.

El que no siente necesidad de ser salvado de sus pecados, no espera que el Salvador sea verdaderamente el Emmanuel, Dios con nosotros.
Interpretación antitrinitaria del monoteísmo

Los errores buscan siempre armas verdaderas para seducir, el llamado error judío se valió pronto de la afirmación insistente del monoteísmo. Frente al cristianismo auténtico que iba reiterando la afirmación de que Jesús es el Hijo de Dios, y que bautizaba «en nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo», con lo cual estaba profesando desde el primer sacra¬mento la fe en la Trinidad, ellos insistían en el monoteísmo: «Oye, Israel, Yahveh, el Señor nuestro, es el único Yahveh».

Si el Señor es uno, no les parecía que pudiesen reco¬nocer como Dios al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo y dar a estos tres el carácter de reales y distintos; no podían admitir que Jesús fuese Dios.

Este monarquianismo, que así se lla¬maba esta herejía porque afirmaba que Dios es uno, fue el apoyo doctrinal del llamado «error judío», es decir, de la redención consistente en el ejemplo y el magisterio del Mesías, sin la gracia de Cristo, sin su muerte redentora.

Este monarquianismo se expresó en formas diversas:

o bien interpretando los nombres de las personas divinas como as¬pectos o modos de la única naturaleza y persona de Dios, lo que constituyó el llamado modalismo, que profesó, sobre todo, Sabelio;
o bien entendiendo el nombre de Hijo y el de Espíritu Santo como designando el efecto de la fuerza -dynamis- divi¬na en el hombre Jesús, al que Dios adoptaba como Hijo. El error judío se expresó preferentemente en este monarquianismo dinamista o adopcionismo.

Para «los judaizantes», Jesús es el Mesías, es el Hijo de Dios porque en Él reside el poder de Dios. Dios ha puesto en Él su poder y en él Dios actúa, porque le ha adoptado como hijo. Como a María le dice el ángel que «el poder del Altísimo vendrá sobre ti», Cristo es un mero hombre sobre el que des¬cansa el poder de Dios, que así le adopta como hijo. Con esto, decir que Jesús es «hijo de Dios» tiene un sentido totalmente diverso del que tiene en la fe cristiana.

Los comienzos del arrianismo

En el s. II Teódoto el Coriario, declara a Jesús sólo hombre real, sobre el cual descendió el Espíritu divino con sus dones en el bautismo, sin que por ello fuese Dios, sino sólo un hombre excepcionalmente santo y reli¬gioso. En realidad, esta primera negación de la divinidad es la que será retomada por el racionalismo del s.XIX al hacer de Jesús un hombre excepcional solamente.

En el s. III se manifiesta la oposición al dogma de la Trinidad. Pablo de Samosata declara a Jesús "hijo de Dios", pero no natural y eterno, sino solamente adopti¬vo. Es el adopcionismo. Dios único le otorga el título divino, pero en rigor no es Dios. Solamente existe en él un atributo divi¬no, la inteligencia, el logos (razón, idea, palabra). Es la inteligen¬cia del Padre pero no hay persona diversa.

La negación de la trinidad de personas se renueva en Sabelio, el cual negará la del Espíritu Santo. Es ahora la herejía trinitaria del modalismo. No hay en Dios tres Personas, sino sólo tres modalidades de una sola Persona, que es el Padre. El vértice, casi necesario, de este error, admitiendo que Jesús padeció la muerte en cruz, es el llamado con palabra difícil patripasianismo, que afirmará que fue el Padre el que sufrió en la Cruz, porque sólo hay una Persona en Dios, que es único.

Complejos antecedentes del arrianismo: síntesis monarquianista

La herejía arriana es una refundación, una reconversión verbal del error judío con instrumentos conceptuales origenistas. ¿Cómo se llegó a esta herejía que sintetizaba dos corrientes heréticas tan opuestas, el error judío y el error griego origenista?

En Antioquía, en el siglo III, un obispo, Pablo de Samosata (obispo de 260 a 268) había impulsado una reedición del modalismo -que habían profesado Sabelio, Práxeas y Noeto, y que afirmaba que Padre, Hijo y Espíritu Santo son tres mo¬dos de hablar de un Dios único, sin distinción de personas-, sintetizándolo con el adopcionismo o monarquianismo dinamista -enseñado por los dos Teodotos, el Coriario y el Nummulario-, que decía que el Mesías sólo es hijo por adopción, por descan¬sar en él la fuerza, la dynamis de Dios.

De esta síntesis del modalismo con el adopcionismo resultó la siguiente doctrina: no hay eternamente tres personas, Padre, Hijo y Espíritu Santo, sino que Dios es de tal manera que noso¬tros podemos invocarlo como Padre porque adoptó a Cristo como hijo, y en Cristo nos ha adoptado a nosotros. Según su pensamiento, como al adoptar a Cristo el poder de Dios ha habitado en Él, a Dios, en cuanto está presente en Cristo con su poder, nosotros lo llamamos Hijo; a su vez, como que Dios, adoptándonos por Cristo, nos penetra por dentro, en cuanto Dios viene a habitar en nosotros actúa como el Espíritu de Dios. No es una persona distinta del Padre y del Hijo, como tampoco lo son el Padre y el Hijo.

En definitiva, le llama Dios en cuanto creador del mundo; le llama Padre en cuanto nos adopta en Cristo; le llama Hijo en cuanto habita en Cristo; le llama Espíritu Santo en cuanto habi¬ta en nosotros animándonos interiormente.

Por tanto, aquí no se trata ya del error judío. Pero, para ellos, Cristo no es el Hijo eterno de Dios. Dios no era Hijo antes de que naciese Jesús de Nazaret, sino que Dios se hizo Hijo al habitar en Jesús. De esta manera, el Hijo no es eterno y preexistente, sino que Dios de tal manera adopta a Cristo que habita en Él. Así se mantenía el modalismo de Sabelio -Padre, Hijo y Espíritu San¬to son modos de hablar del único Dios, con unidad de especie y persona- con el adopcionismo -Jesús es un hombre en el cual Dios habita. Jesucristo no es el Hijo de Dios por naturaleza, sino por la habitación de Dios en Él.

Este sistema de Pablo de Samosata preparó el arrianismo.

El arrianismo, negación de la divinidad de Jesús de Nazaret

En el s. IV aparece en toda su crudeza la herejía negadora de la divinidad de Jesús. Es la última etapa de la contradicción al dogma trinitario, centrada en el Verbo o persona de Jesús. Entra en escena el presbítero de Alejandría Arrio.

Arrio negó la divini¬dad de Jesús, diciendo y afirmando que, siendo el Verbo de Dios, Jesús no era en verdad Dios, porque tal Verbo o Sabiduría del Padre, único Dios, era una obra de creación. Renovaba, en cierto modo, el error de Pablo de Samosata, fun¬dando su doctrina en que la Sabiduría es presentada en diversos textos del AT como obra creada de Dios. Afirmó que no era Dios sino solamente criatura de Dios, aunque fuese excepcional, y por la cual después creó las demás cosas del universo (cf. Prov 8, 22; Sir 24, 5.12). El Logos del evangelio de san Juan fue reducido a dimensión de primera criatura de Dios, instrumento para la creación de todo lo demás. Pero no era verdaderamente Dios, ni Hijo unigénito del Padre.

Característica de la doctrina de Arrio: un Cristo ni divino ni humano

Arrio (?-336) habla del Logos no sólo como siendo inferior al Padre, como afirmaba Orígenes, sino creado en el tiempo, no eterno, como decía Luciano de Antioquía. También consi¬dera al Espíritu Santo inferior al Padre, aunque Arrio se ocupa poco del Espíritu Santo.

Para la fe cristiana, Cristo es el Hijo eterno de Dios, el Verbo de Dios que se ha hecho hombre, de modo que es verdadero Dios y verdadero hombre. El Cristo de los arrianos, por el contrario, no es ni verdadero Dios ni verdadero hombre.

Para Arrio, Jesucristo no es verdaderamente Dios, sino una criatura de Dios que se lla¬ma Logos, que se encarna, es decir, que toma cuerpo en Jesús de Nazaret, asume la corporeidad, la carne; pero, como este Logos es una criatura espiritual preexistente, Jesús de Nazaret no tiene un alma humana, sino que su alma es el Logos creado, preexistente a su existencia histórica. O sea, que para Arrio Cristo tampoco es verdadero hombre.

Hay aquí una profunda diferencia con el error judío, para el que Jesús es un hombre y no otra cosa. En el caso de Arrio se finge un Cristo que no es ni Dios ni hombre, con lo cual la redención queda completamente destruida, porque el Redentor no era Dios, ni se entendía por qué los redimidos fuesen los hombres -porque según la Escritura, si Cristo se hizo semejan¬te en todo a los hombres menos en el pecado es para que real¬mente la humanidad tuviese un Redentor, un Ungido, uno de nosotros, un descendiente de mujer, nacido de la Virgen María.

Nosotros afirmamos que Cristo es verdadero hombre igual que pudieran afirmarlo los ebionitas, pero nosotros afirmamos que es hombre porque la dignación misericordiosa de Dios ha hecho que la segunda persona de la Santísima Trinidad viniese a ser uno de nosotros, y naciese de la Virgen María, que por eso es Madre de Dios. De modo que los arrianos desconocie¬ron la divinidad de Cristo y también su humanidad.
El Concilio de Nicea: Atanasio

El diácono Atanasio (295-373) comienza sus polémicas espléndidas contra Arrio. El obispo depone a Arrio de sus funciones sacerdotales y éste va al Oriente, contacta con los colucianistas y moviliza a gran parte del episcopado del norte de Siria y de Asia Menor contra Atanasio.

Constantino se alarma porque los cristianos disputan entre sí y convoca el Concilio en Nicea el año 325. Allí triunfan el diácono Atanasio, que habla en nombre de su obispo, y Osio, obispo de Córdoba, enviado como legado del papa Silvestre (314-335). Osio, occidental, y Atanasio, alejandrino, dominan la asamblea de los 318 padres que redacta la fórmula de Nicea, bastante parecida al Cre¬do de la Misa, pero con algunas variantes, pues algunas cosas se añadieron en el Concilio de Constantinopla y en símbolos posteriores, mientras que el de Nicea desarrolla un poco más alguna idea.

Contra la herejía de Arrio, que se extendió más tarde en otras formas como mancha de aceite, se reunió el primer Concilio Ecu¬ménico de la historia de la Iglesia, más de trescientos obispos convocados por el emperador Constantino. Es el I de Nicea, en el año 325. A él asistió como sacerdote, acompañando a su obispo Alejandro, san Atanasio, que iba a ser el grande e incan¬sable adversario contra el arrianismo a lo largo de su vida, como obispo de Alejandría, y que ya había comenzado su ingente tarea con los primeros escritos. En el Concilio fue proclamada con solemnidad la fe de la Iglesia apostólica, en forma de Símbolo de la fe.


San Atanasio, que había sucedido en el año 328 al patriarca Alejandro en la sede alejandrina, pasará veinte años, de los cuarenta y cinco que duró su pontificado, desterrado primero en las Galias y después en el desierto de Egipto. Es uno de los grandes héroes de la fe, uno de los que ha soportado mayor persecución por ella.
El Símbolo de Nicea

El Símbolo que Atanasio redacta, apoyado por Osio y vota¬do por los obispos, dice así:
«Creemos en un solo Dios Padre Omnipotente, Creador de todas las cosas visibles y de las invisibles; y en un solo Señor nuestro Jesucristo, el Hijo de Dios, nacido Unigénito del Padre, es decir, de la sustancia del Padre ("ek tes ousías I tou Patrós"), Dios de Dios...»

«...Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero. Nacido, no hecho, de la misma substancia que el Padre ("homooúsion to Patrí", "consubstancialem Patri"), por Quien todas las cosas fueron hechas,...» [tomado del prólogo de san Juan].

«...las que hay en el cielo y las que hay en la tierra, el cual por nosotros los hombres y por nuestra salvación descendió y se encarnó, se hizo hombre, padeció, y resucitó al tercer día, subió a los cielos, y ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos. Y en el Espíritu Santo».

La palabra que más directamente expresaba la realidad divina del Hijo era la palabra "consustancial", que expresaba la unidad de ser del Padre y del Hijo, ambos un sólo y mismo Dios en personas diferentes. Esta palabra en lengua griega, utilizada por el Concilio (Nicea está en Oriente, y la lengua de la cultura era entonces el griego), se expresaba con el término "omo-ousios" (la misma-sustancia). Los seguidores de la doctrina arriana posteriores a la condenación de la herejía de Arrio, hicieron una sutil maniobra. Sustituyeron el término por su casi igual “omoi-ousios" (semejante-sustancia).

La variación entre el término del Concilio (la misma), y el nuevo (semejante) hacía variar totalmente lo expresado. Pues si eran de sustancia o ser solamente "semejante", pero no idéntico o el mismo, ya el Hijo no era consustancial al Padre, por lo mismo no era Dios verdadero, sino sólo parecido a Dios, como reflejo o imagen, pero creada.

Tal maniobra formó, aun en vida del propio Constantino, el poderoso grupo de los llamados semiarrianos por la expresión. Pero en realidad rigurosa seguían siendo arrianos verdaderos. Fueron bastante los obispos que siguieron el nuevo término frente a los verdaderamente conciliares, hasta el punto de decir san Jerónimo que el mundo católico se halló de pronto sorprendentemente arriano.

Atanasio personifica la fe ortodoxa

En el Martirologio romano se dice de san Atanasio, el día 2 de mayo: «San Atanasio, obispo de Alejandría, confesor, Doc¬tor de la Iglesia, celebérrimo en santidad y doctrina, en cuya persecución se conjuró casi todo el mundo, defendió victoriosamente la fe católica desde el tiempo de Constantino hasta Valente, contra emperadores, gobernantes e innumerables obis¬pos arrianos, acosado por los cuales insidiosamente, anduvo prófugo de una a otra región, hasta no quedarle en la tierra lugar donde ocultarse».

A partir de entonces, a los que creían que Jesucristo es Hijo de Dios les comenzaron a llamar atanasianos o nicenos, dando a entender que en Nicea se había tomado un camino equi¬vocado. Esta fórmula de Nicea, que es la que ha permanecido en la Iglesia, fue combatida durante cincuenta años en varios con¬cilios, por innumerables obispos que excomulgaron a Atanasio, que inventaron otras fórmulas y buscaron múltiples subterfu¬gios para no decir homoousion, de la misma naturaleza.

Los orientales llaman a Atanasio «el padre de la fe ortodoxa de Cristo». Así como decimos que san Agustín es Doctor de la gracia, y no es el que define la gracia de Cristo, sino el que defiende y expone contra los pelagianos y semipelagianos lo que habían enseñado los evangelistas y san Pablo y los otros Apóstoles; o como san Cirilo es el Doctor de la Encarnación y de la Maternidad divina de María, así deci¬mos que san Atanasio es el Doctor de la Divinidad de Cristo y de la Trinidad divina.


EL SEGUNDO CONCILIO: CONSTANTINOPLA I (381)
Los enemigos del Espíritu Santo

Surgen dos cuestiones que dicen relación al tema del se¬gundo concilio: la de la naturaleza divina del Espíritu Santo y la de la integridad y plenitud de la naturaleza humana de Cristo.

El punto que dis¬cierne los que sólo aparentemente son semiarrianos, pero en el fondo son católicos ortodoxos cobardes, o pedantes, de los que no son cristianos, es el tema del Espíritu Santo. Son los macedonianos o pneumatómacos, que significa «los que combaten al Espíritu».

Y aquí nos encontramos con una cuestión muy profunda: La hetero¬geneidad de la ley evangélica sobre una ley moral natural está en que ahora ya no debemos obrar meramente como hombres, según nuestra naturaleza humana, sino como hijos de Dios, según la naturaleza divina. Por eso, todas las virtudes cristia¬nas asumen todo lo natural, pero lo trascienden para ponernos en familia de Dios.

En el siglo IV esto era tan claro que no se atrevían a negarlo ni los arrianos, ni aquellos a los que los arrianos intentaban contaminar. Porque el argumento nuclear de san Atanasio, san Gregorio Nacianceno y san Basilio, es éste: «Cristo te da vida divina. Si Él fuese un Hijo adoptivo o un instrumento de Dios, entonces por incorporarte a Él, no te ocurriría nada. Si eres miembro de Cristo, si eres verdaderamente hijo de Dios es porque Él es el Hijo natural eterno de Dios. El Espíritu Santo te es enviado a tu corazón, y porque eres hijo de Dios, te es dado el Espíritu de adopción que nos permite decir a Dios: "Abba, Padre". Este Espíritu que nos envía Dios y habita en nosotros, por el cual somos hijos de Dios, es Dios mismo enviado al alma». Y éste era el argumento.


El Apolinarismo desconoce la divina economía salvífica

Mientras tanto, en un sector de amigos de Atanasio surge un error, el apolinarismo, que es un error que acecha siempre al cristianismo ortodoxo.

Apolinar, viendo la doble condena de Arrio por dos Concilios, y el firme rechazo eclesial de que el Verbo no era Dios, intentó componer la divinidad con la humanidad con una extraña y singular invención.

Apolinar, al afirmar que Dios se ha encarnado, cree que ha de negar la existencia del alma racional humana de Cristo. Lo entendía así: «donde está el Verbo, ¿qué falta hace el alma humana racional? Donde está Dios, ¿qué falta hace el hom¬bre? Y aunque sabemos por la fe que Dios se ha hecho hom¬bre, que ha tomado carne humana, nuestro cuerpo, ¿qué iba a hacer Cristo de un entendimiento y una voluntad humanos?».

Según Apolinar el Verbo era Dios, y debía admitirse su dis¬tinción del Padre, conforme a las decisiones conciliares. Pero este Verbo Dios al unirse con la naturaleza humana corporal de Jesús eliminó el alma humana, dejando sólo el cuerpo. Y así Jesús era en realidad un cuerpo animado por el mismo Verbo divino.

Se trata de unos malentendidos que afectan de lleno a la cristología. El argumento con que replican san Atanasio, san Gregorio Nacianceno y el papa san Dámaso (366-384) a estos herejes -que se presentaban como del partido de Atanasio y un ardiente antiarrianismo- , es que el Verbo eterno se ha hecho hombre para redimirnos a nosotros, como dice la Carta los Hebreos: «se ha hecho hermano nuestro, en todo semejante a nosotros menos en el pecado». Si no tuviese todo lo humano no brillaría el miste¬rio de la divina dispensación de haber asumido una naturaleza humana, haciéndose hermano nuestro «para salvar -como de¬cía san Gregorio- todo lo que había perecido».

Este es el misterio que los griegos llaman oikonomía, la «administración» de la misericordia de Dios, la dispensación divina. Los grandes doctores antiarrianos fueron también los grandes doctores antiapolinaristas, aunque Apolinar pensase plenamente ser antiarriano.

En realidad esta nueva herejía destruía la verdadera naturaleza humana de Cristo, porque no hay hombre si no hay alma humana creada en el cuerpo. Se convertía así en un prólogo a las nuevas here¬jías que iban a invadir el campo de la contienda cristológica, afec¬tando ya a la unidad de persona en Cristo ya a la distinción y perfección de sus dos naturalezas.

Un año después del Concilio I de Constantinopla, el Papa san Dámaso reunió en Roma un Conci¬lio de mucha importancia aunque no ecuménico. En él pueden verse recogidas, en forma de condenaciones, todas las herejías aparecidas hasta entonces, con sus anatemas correspondientes. (Denz 58-82).

Vacilaciones terminológicas: la cuestión de las tres hipóstasis divinas

Mientras tanto, sigue la discusión sobre las distintas termi¬nologías, sobre las palabras adecuadas para expresar los con¬ceptos, y va ganando terreno la comprensión de que lo que en griego son «tres hipóstasis, una ousía» es equivalente conceptualmente, aunque no lo sea etimológicamente, a lo que en latín son «una naturaleza o substancia y tres personas».

El problema era grave porque en griego prósopon no tiene el sentido de subsistente espiritual personal que tiene en latín, sino que es más bien la personalidad como actitud, el papel que hace uno en la vida, como si fuese un actor que hace el papel de otro. Por eso, a los griegos les podía parecer «tres personas» como «tres modos de ser», y un pretexto más para acusar de sabelianismo a los atanasianos, sobre todo si empleaban la terminología latina. Y substancia, como dice santo Tomás, es una palabra que en latín es equívoca, porque lo empleamos para decir la esencia substancial, o lo que sería en griego la déutera-ousía. Pero también podría usarse lo que sería en griego prote-ousía, la substancia primera o el sujeto. Enton¬ces, decir «tres hipóstasis» lo traducían al latín como «tres subs¬tancias» y entendían por tales tres divinidades, tres esencias diversas. A los griegos, «tres personas y una substancia», una hipóstasis, les parecía sabeliano.
El símbolo de Constantinopla. Carácter especial de sus cánones

Los ciento cincuenta obispos que permanecieron en el concilio de Constantinopla definieron unánimemente la divinidad del Espíritu Santo y adoptaron el Símbolo tan conocido, incluido en la liturgia de la misa.

«Creemos en el Espíritu Santo, que reina y es vivificador, que procede del Padre, que es adorado y glorificado jun¬tamente con el Padre y el Hijo, que habló por los profetas».

En Occidente, se añadiría posteriormente el término Filioque, «y del Hijo», a la afirmación de que el Espíritu Santo es «El que procede del Padre». Aquel añadido sería uno de los pretextos de la separación de los orientales, (…)

La divinidad del Espíritu Santo fue definida contra Eunomio y los macedonianos o seguidores de Macedonio: El símbolo de ambos concilios es llamado Niceno-Constantinopolitano, y es el que actualmente se dice en las Misas de solemnidad.

El Concilio introdujo otro inciso muy importante en la fórmula de Nicea. Después de afirmar la encarnación, pasión y muerte bajo Poncio Pilato, la resurrección y ascensión, y su venida final a juzgar, formuló también: "Y su reino no tendrá fin". Esta fórmula se introducía contra Marcelo de Ancira y Fotino de Sirmia. Y significa que la encarnación dura por la eter¬nidad en gloria. En realidad, lo dice así el ángel Gabriel a la Vir¬gen María en la anunciación: "Y su reino no tendrá fin" (Lc 1, 33).