viernes, 19 de marzo de 2010

SEGUNDA PARTE: EL CUERPO DEL RESUCITADO - I.- La realidad corporal del Resucitado

La segunda parte del libro del P. Igartua trata sobre EL CUERPO RESUCITADO y dedica dos capítulos: I.- La realidad corporal del Resucitado y II. El Resucitado y el Cadáver de Jesús

I.- La realidad corporal del Resucitado.
En este primer capítulo, en base a los testimonios de los evangelios, Cartas de san Pablo y hechos de los Apóstoles, muestra como los apóstoles fueron progresivamente conociendo que el mismo que habían visto muerto en la cruz estaba vivo, había resucitado, pero con una resurrección diferente a la que habían visto en los casos de Lázaro; Naim Jairo.

Los apóstoles son testigos presenciales de haber visto a Jesús de Nazaret resucitado, vivo, con su cuerpo glorificado y esto lo conocieron por sus propios sentidos que permitieron que le identificaran.

Jesús utilizó en varias ocasiones la anagnórisis es decir hacerse reconocer por diferentes formas, como en el caso de María Magdalena, a los discípulos de Emáus, a los Apóstoles en el Cenáculo y en el lago Tiberíades cuando la pesca milagrosa.

Los Apóstoles, Discípulos y otro muchos vieron a Jesús resucitado, pero son testigos de la resurrección de forma oficial en el Iglesia los Apóstoles, quienes entre el día de la Resurrección y el día de la Ascensión vieron, oyeron y tocaron al resucitado reconociendo que era el mismo con el que habían convivido tres años, a quien le habían oído y visto hacer cosas extraordinarias. Le vieron muchos repetidas veces, le tocaron y comieron con El.

Es notable y conviene recordar que no esperaban verle como le vieron lo que pone de manifiesto que no fue una alucinación o unas visiones subjetivas ya que hay muchos datos que prueban lo contrario.

El segundo capítulo será tratado en la próxima reunión que tendrá lugar D.m. el 24 de junio de 2010 y que se anunciará oportunamente.

II. El Resucitado y el Cadáver de Jesús.
En este segundo capítulo la reflexión del P. Igartua se encamina a mostrar que el cuerpo glorificado de Jesús de Nazaret después de la resurrección, que tiene propiedades distintas a las que tenía antes de la muerte en la cruz, es idéntico numéricamente al del cadáver que estaba en la sepultura de José de Arimatea.
Analiza que el cuerpo resucitado que vieron y tocaron los apóstoles es un cuerpo humano orgánico y expone las verdades de fe conexas con la identidad y que la exigen. El primer hombre antes del pecado original, la predicación de la resurrección del último día, la Eucaristía, las apariciones de Jesús y de la Virgen María, la segunda venida.


SEGUNDA PARTE: EL CUERPO DEL RESUCITADO
CAPÍTULO I.- LA REALIDAD CORPORAL DEL RESUCITADO

Los apóstoles y discípulos (y antes que nadie, las mujeres), se convirtieron en testigos absolutamente convencidos de la resurrección de Jesús, y en sus divulgadores. Nadie vio directa¬mente el mismo suceso de la Resurrección, pues cuando las mujeres fueron muy temprano al sepulcro, con sus aromas pre¬parados, ya Jesús había resucitado, como se lo anuncia el ángel: «Ha resucitado, No está aquí». Nadie conoció la hora de la resu¬rrección, como canta la Iglesia en el pregón pascual del Sábado Santo en la Vigilia, al proclamar el pregón: «¡Qué noche tan dichosa! ¡Sólo ella conoció el momento en que Cristo resucitó de entre los muertos!».

Habían visto Pedro y Juan, por un examen detallado, la posi¬ción de la mortaja tras la desaparición del cuerpo resucitado. Los ángeles mostraron a las mujeres, aunque no parece que éstas, en la confusión del momento, atendieran a los detalles como Pedro y Juan, el lugar donde estuvo depositado el cuerpo del crucifica¬do, envuelto en la sábana mortuoria: «Mirad el lugar donde le pusieron» (Mc 16,6). Pero los dos apóstoles, al observar con detenimiento la posición de las mortajas sobre la losa llegaron convencimiento de que había resucitado, aun sin ningún testi¬monio verbal ni mensaje angélico: «Vio y creyó» (Jn 20,8).

Y es de creer que tal afirmación se refiere a los dos apóstoles, que hubieron de comentar los detalles de la situación, y la necesidad de que aquella mortaja, yacente y con el sudario anudado aún en su propio lugar en el interior de la sábana, hubiese sido abandonada por el cadáver de modo, sin duda, portentoso, pero verídico. Era la resurrección, que luego pudieron comprobar por las escrituras y sus testimonios, y por las apariciones.

Lo más seguro —casi ineludible en los hechos— es que Juan o Pedro, recogieron la mortaja y se la llevaron antes de que nadie más la viera, antes de que la investigación oficial hiciera la comprobación del hecho, que sin duda hubo de hacerse por orden de Pilato. Y esto puede haber dado pábulo al rumor de que los discípulos habían robado el cuerpo, como esparcieron entre las gentes los soldados. Este rumor seguía vigente entre los judíos cuando Mateo escribe su evangelio (Mt 28,15). Esto prueba que el evangelio ha sido escrito antes de la destrucción de Jerusalén, y lo extraño resulta que no se hable del hecho aunque debió hablarse de ello en las Actas oficiales de Pilato a Roma, que existieron .

Pedro y Juan se llevaron cuidadosamente la mortaja como documento (que muchos juzgan que es hoy el lienzo de Turín), y también el sudario, y explicaron a los otros discípulos la posi¬ción de los lienzos tan sorprendente, como prueba de convic¬ción.

Después, inesperadamente, comenzaron las apariciones, a María Magdalena, a los de Emaús, sobre todo a Pedro, y luego a los demás apóstoles reunidos en el cenáculo. El resucitado hablaba, dialogaba, comía, se dejaba tocar y palpar. La conclu¬sión evidente de ambos datos conjugados era que Jesús había resucitado de entre los muertos.

Los apóstoles fueron llevados de la incredulidad temerosa a la convicción firmísima hasta la muerte. ¿Cómo y por qué pasos sucedió esta mutación de ánimo? La tumba con los lienzos dispusieron los ánimos a creer que algo extraordinario había ocurrido, y aún a algunos (Pedro y Juan) les llevaron a creer que la única explicación era una misteriosa y nueva resurrección, distinta de las que ellos habían visto en los milagros de Jesús: Lázaro, Naim Jairo... Aquellas habían sido a la vista de muchos testigos y los resucitados habían vuelto a incorporarse a la vida normal de los hombres, como si no hubieran muerto, sino sola¬mente hubieran sido sanados de una gravísima enfermedad al borde del sepulcro. Pero ésta de Jesús era distinta, pues de algún modo su cuerpo se había transformado adquiriendo condiciones nuevas, las de la resurrección escatológica.

Ellos seguramente habían esperado, cuando Jesús les habló de su resurrección, en la escatológica triunfante, como triunfo definitivo del Mesías. Pero ahora se encontraban ante un hecho nuevo. Sólo habían pasado tres días, y se hallaban ante el miste¬rio de Jesús resucitado, y de modo sutil y difícil de comprender. ¿Cómo había sucedido todo? ¿Dónde estaba ahora el Maestro? ¿Volverían a verlo? Las apariciones comenzaron a dar respuesta a la desazón de las preguntas, devolviendo la serenidad y seguri¬dad a los ánimos. Sobre todo cuando, como hemos visto, se apa¬reció el primer día a Pedro, garantía del Colegio apostólico y su firme guía, a pesar de su pasajera defección.


1- El testimonio de los sentidos

Las apariciones tuvieron ya lugar, según los relatos de Lucas y de Juan, el mismo día del domingo, en que el mismo Mateo recuerda que se apareció también el mismo Señor a las mujeres, de cualquier manera que se quiere interpretar el pasaje . María Magdalena, los discípulos de Emaús, Pedro como supremo testimonio, y los demás apóstoles (eran en realidad diez, faltando Judas y Tomás), y otros que estaban reunidos en el cenáculo con las puertas cerradas, vieron a Jesús. Según Juan se hallaban encerrados por temor a los judíos, cuya actitud era de suponer de revancha, sobre todo tras hacer correr la voz de que lo habían robado ellos para hacer creer en la resurrección, por la calumniosa relación extendida por obra de los soldados guardianes ayudados de los fariseos y sacerdotes.

El modo en que identificaron a Jesús

Y se puede preguntar. Al ver a Jesús de improviso visible¬mente ante sí, lleno de vida, a quien vieron colgado exánime de la cruz y cuyo entierro conocían, ¿cómo le identificaron con el Jesús Maestro, cuya compañía habían seguido durante casi tres años? El modo de identificación personal es muy importante, y muestra por sí solo la verdad objetiva de las apariciones, frente a todas las teorías racionalistas del rechazo .

Cuando nosotros nos encontramos con alguien conocido, a quien quizás no esperábamos de ningún modo encontrar, ¿cómo le identificamos sin vacilar? ¿Cómo sabemos que tenemos allí a nuestro amigo, al que tal vez creíamos muy distante, y a quien vemos en forma inesperada? El testimonio identificador provie¬ne, sin duda alguna, de los sentidos y de la compenetración amis¬tosa con él. Tenemos delante una persona a quien vemos, cuya voz, con su timbre característico, oímos. Le abrazamos, le damos la mano, hablamos con él. En estas circunstancias nadie duda de que ha estado con su amigo, aunque las condiciones de su presencia le sean de momento desconocidas, aunque no supiera que se encontraba en la ciudad, ni que le iba a encontrar. El testimonio de los sentidos es múltiple y conjugado. Lo que un sentido percibe en su calidad específica, lo percibe también otro sentido en la suya, y es un testimonio doble conjugado en el mismo sujeto perceptor. Y ciertamente, desde del punto de vista humano, lo mismo da qué clase de filosofía maneja cada uno, bien sea subjetiva, bien impresionista bien idealista. La vida humana se impone sabiamente sobre todo pensamiento que puede servir para discurrir brillantemente, pero que no puede convencer, contra los sentidos que lo afirman, de la no presencia o existencia de algún sujeto, especialmente si es amado.

Ni Kant ni Hegel ni Husserl, ni filósofo alguno podrá dudar o ignorar a sus familiares y amistades de trato frecuente. Nada tienen que hacer en esto las tendencias o teorías filosóficas, idealistas o fenoménicas.

Todos estamos convencidos de que la bola de billar se desvía porque ha recibido el golpe efectivo de la otra bola. Aunque Hume lo eleve a categoría de duda sistemática, y Kant abra los ojos del desmayo de su «sueño dogmático». Cuando la bola blanca da a la roja, ésta inicia el movimiento por¬que ha sido golpeada con mayor o menor habilidad, y nos da lo mismo lo que cualquier filósofo pueda afirmar. Nos apoyamos en el sentido común o humano.

Este testimonio de diversos y múltiples sentidos se produjo en el grupo de apóstoles con la resurrección de Jesús y sus apa¬riciones, tanto en los que no sabían de antemano que había resu¬citado, como en los que lo sabían. En las diversas apariciones se muestra con claridad que, tras la sorpresa inicial al ver a Jesús, a quien habían visto muerto, flácido, decaído, entregado a los que lo portaban, y ahora veían sonriente, con el rostro lleno de vida, y pronto a la acción y al movimiento, en diálogo, se produ¬cía una convicción inicial, que no siempre permanecía sin vacila¬ción (Lc 24,37), de que era verdadero el convencimiento senso¬rial de que tenían delante verdaderamente un hombre, el cual era Jesús.

El sentido de la vista: vieron un hombre

El primer testimonio, instantáneo, lo daban los ojos que ates¬tiguaban lo que veían.

• Cuando María Magdalena se volvió en el jardín del sepulcro al oír una voz detrás, vio ciertamente un hombre, aunque no supiese que era Jesús. (Jn 20,14).

• Los de Emaús vieron venir a un hombre, también aparentemente viaje¬ro por el camino, andando hacia ellos, que se les reunía y les acompañaba participando en su conversación. (Lc 24, 15).

• Los Apóstoles y todo el grupo que estaba con ellos en el cenáculo vieron de pronto ante sí a Jesús, a pesar de estar cerradas las puertas y atrancadas (Jn 20, 19; Lc 24,36).

• En el lago de Galilea, los siete de la barca vieron a un hombre en la orilla algo neblinosa del lago en el amanecer (Jn 21,4).

• Tomás no tuvo la menor duda de tener ante sí a Jesús en el cenáculo, tras haber negado cerrilmente su posibilidad (Jn 20,26).

Como luego diremos, en varios de estos casos precedió la visión corporal, que fue anterior al reconocimiento de la persona. No podía ser alucinación, pues lo que menos pensaban era en verlo.

El vestido blanco – no le confunden con un ángel – el vestido

Se puede preguntar, a propósito del sentido de la vista, cómo aparecía vestido Jesús, ya que se ha de suponer, que el vestido no es necesario para el resucitado. Tal fue la extraña e insidiosa pregunta que hicieron al pudor de Juana de Arco sus inicuos jueces, al preguntarle si San Miguel se le aparecía vestido o desnudo, a lo que respondió con desdeñosa altivez: «¿Pensáis que no tiene Dios dinero para poderlos vestir?».

• Juan en el Apocalipsis resolvió el problema de manera magistral; «Una mujer revestida de sol» (Ap 12,1) Y es tal el esplendor de la gloria que Jesús mostró en el Tabor que sus vestidos fueron revestidos de su luz corporal como níveos, aparte de que el pudor no tiene campo que defender en la región celeste.

• Cuanto a las mujeres, en primer lugar, se les aparecieron ángeles con vestidos blancos, sin duda de blancura deslumbra¬dora (Lc 24,4). Recordemos que en el Monte Tabor, en la Trasfiguración, Jesús, Moisés y Elias, aparecían con vestidos blancos deslumbradores, como nieve refulgente, como si fuera luz res¬plandeciente. Y el Señor les dijo, relacionando el aconteci¬miento con la resurrección, quizás por la gloria de la visión de los cuerpos: «No digáis a nadie lo que habéis visto hasta después que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos» (Mt 17,9).

• Por lo demás, aunque las mujeres vieron a los ángeles, y no dudaron de su aparición, en ningún caso se les ocurrió que podían ser hombres de este mundo con mensaje celeste. Quizás la majestad, y el mismo mensaje que transmitían, les hicieron comprender que eran ángeles. De todos modos no parece que aunque les vieran y hablaran, pensaran nunca que eran cuerpos humanos reales. ¿Por qué con Jesús no sucedió esto, sino que su misma presencia y locución, aunque no hubiera otras prue¬bas, bastó para la convicción de que se aparecía un ser humano viviente?

• Las apariciones celestes son vistas revestidas de vestidos de diversa condición, como vemos en los ángeles de la resurrección, y en la transfiguración de Moisés y en la de Elias. Siempre que en la Escritura aparece un ser celeste, un ángel de cualquier clase que sea, aparece vestido.

o Así en el AT en la aparición de los tres grandes personajes de Abraham que marchaban a castigar a Sodoma y Gomorra, y a los cuales ofreció una comida por hospitalidad, creyendo eran hombres, aunque luego comprendió la diferencia y así habló al principal de todos con imploración de hombre a Dios (Gen 18,1-8).
o Así en el ángel que apareció a Josué para ordenarle que tomase por asalto a Jericó, y el modo significativo en que debía hacerlo, o los ángeles que aparecieron a diversos grandes Jueces de Israel, determinando su vocación, como el caso de Sansón con su madre (Jue 13,3-20).
o Así, de forma concreta, en el caso de Gedeón personalmente, se apareció sentado bajo una encina, estableciéndose conversación entre ambos, y diversas pruebas (Jue 11,21).
o En todos estos casos, en general, el ángel con forma humana no comía, aunque sí lo hicieron los tres personajes de Abraham. También tenemos el extraño caso de la aparición de un ángel en el caso del castigo del pecado de David rey, sir¬viendo la presencia del ángel para marcar el lugar del futuro gran Templo de Jerusalén. Y consta que David vio al ángel (2 Sam 24,16-17).

Jesús no es un fatasma

¿Cómo se puede producir la aparición en cuerpo humano, no realmente viviente, sino formado en visión y con vida aparente? (puede consultarse, Summa Theol. 1, q. LI, y Suárez, Ed. Vives, tom. 2, de angelis, l.IV, 35). Suárez recoge la afirmación de Agustín de la dificultad del problema, que le lleva a declarar que es mejor decir que ignoramos el cómo.

• Jesús apela en especial a sus huesos (Lc 24,39) para deshacer la opinión de que es un espí¬ritu o fantasma. Debemos con todo apelar a su propia afirma¬ción. Basta la seguridad con que distinguen como hombre al resucitado, a diferencia de los ángeles de las mujeres.

En todos estos casos, y muy especialmente en el de Abraham y sus huéspedes es claro que aparecían vestidos de manera diver¬sa, a la manera humana del tiempo sin duda. No así los ángeles y querubines proféticos de Daniel, Ezequiel o Isaías (Dan 3,91-92; Ez 10; Is 6,2), que tomaban formas diversas y aun fantásticas en las apariciones o visiones menos humanas, pero más terribles y grandiosas. Pero los otros aparecían, en aquellos casos citados, vestidos a la manera humana.

No sabemos en el NT qué aspecto tenían el ángel de Zacarías junto al altar de los perfumes o el ángel de la anunciación. Pero todo hace pensar que su figura era humana. Para el problema de la aparición celeste no puede ser problema el accidental del vestido, sin que tengamos que pensar qué clase de vestido era, si en la tierra se fabrica aquella clase... Se aparece como conviene al instante de la aparición, y en general la forma más apta para hombres es la humana. Sus vestidos serán de forma humana de la época, de modo que no llamen por aquello la atención, aunque se distingue bien que no es figura humana real, como distinguieron las mujeres, en el alba de la aparición, a los ángeles que les hablaron, vestidos de un blanco resplandeciente, del Señor a quien más tarde vieron. El vestido, en las categorías aristotélicas, es el accidente menos personal y más mudable.

El sentido del tacto: palparon a Jesús

Pero la más íntima convicción en los sentidos parece provenir del tacto. Tocaron a Jesús, y comprobaron la realidad táctil de su cuerpo. Tenía volumen, dureza y resistencia, así como deter¬minada forma de aparecido, y lo cogieron y abrazaron, (ekráte-sen autoú tous podas). María Magdalena, en el sepulcro, en el jardín de Arimatea, al reconocer a Jesús abrazó sus pies y no los soltaba, hasta que Jesús hubo de decirle: «Deja de tocarme, suél¬tame» (Mé moú áptou: Jn 20,17).

• Al presentarse a la noche en el cenáculo, ante los apóstoles desconcertados, les convenció invitándoles a tocar su cuerpo, como argumento decisivo: «Tocadme y ved, que un espíritu no tiene carne y huesos, como veis que Yo tengo» (Lc 24,39)). Por¬que habían pensado (por la vista y el oído), que podía ser un fantasma, o sea una aparición aérea, no corporal real. Al decir esto Lucas, prosigue a continuación: «Les mostró las manos y los pies» (Lc 24,40). Esto hubo de ser tocando manos y pies, que además por tener multitud de pequeños huesos dan muestra evi¬dente de la corporeidad de los mismos. Indudablemente El hizo que le tocaran y palparan, teniendo, como sabemos por Juan, llagas en pies y manos, que eran ahora indoloras.

• Juan añade de manera especial «el costado», porque es el único que ha narrado el alanceamiento del cadáver por el solda¬do.

• Es normal pensar que hizo que efectivamente le tocasen, y que de ahí viene la pretensión, a primera vista algo extravagante, de Tomás, de meter los dedos en las heridas del crucificado y la mano en su costado alanceado. Con esto la plenitud del con¬vencimiento por el tacto llegó a su plenitud. «Le hemos visto, oído, nuestras manos le han tocado» (Jn 1,1-3). Palabras que pueden referirse tanto al tiempo presente como post pascual.

• Podemos comprobar en nosotros que, después de que hemos tocado un objeto, a una persona, por ejemplo en un abrazo u otro modo, no es posible la duda de su presencia real. Hemos advertido su volumen, su dureza y resistencia, su contorno, su figura, los huesos en su carne. ¿Quién puede dudar de tal presencia? De lo contrario tendríamos que dudar de todas nuestras relaciones humanas. El tacto -sugiere con finura Aristóteles- es el sentido más específicamente humano, siendo tan material, a pesar de lo que suele pensarse de su animalidad .

• Muchos animales nos vencen en la agudeza o variedad de visión o en la finura del oído, del olfato o de los sentidos en general. Sin embargo, en cuanto al tacto es el hombre el que domina con gran ventaja. El cerebro, la mano con su pulgar opuesto, que permite agarrar y dominar el instrumento del tra¬bajo, la voz trasmisora de las ideas, y la posición erguida, que libera las manos para su uso múltiple, son las que han hecho posible la riqueza con que el hombre, desde el desvalimiento de su unidad vital, ha dominado y enriquecido el mundo.

Con obras de trabajo industrial, con vestiduras, con herra¬mientas, con arte vario y espléndido, con admirable variedad y belleza de los elementos aptos para los demás sentidos, como la música y las sinfonías, la arquitectura, la variedad de cocina y de gustos y sabores, los perfumes mezclados y enriquecidos. La tierra, en fin, transformada por la mano del hombre, y su sentido del tacto. Apreciar el volumen, la corporeidad de las cosas tiene delante, lo hace con la mano, la cual contornea amorosamente el objeto, siente su dureza, su aspereza, su volumen, en una palabra, es decir, su corporeidad material.


2. La «anagnórisis» o reconocimiento

En la literatura antigua uno de los artificios que se utilizaban humanamente en el relato de la tragedia o de la epopeya era el de la llamada «anagnórisis» — reconocimiento, que llevaba al desenlace por medio del descubrimiento de la verdadera perso¬nalidad de un personaje importante.

• Aristóteles enseña con cla¬ridad en su Poética el valor de la anagnórisis para la acción, en la peripecia de cambio de sentido del curso que la acción seguía hasta entonces. Señala que hay reconocimientos que producen este efecto del cambio de la acción, y que de modo principal se da entre seres personales más que entre objetos inanimados. (Poética, c.ll). Y entre los indicios más frecuentes y obvios para provocar el reconocimiento de alguien, propone las huellas o cicatrices que lleva en el propio cuerpo.

• Es ejemplo clásico el de Ulises en la Odisea, cuando al llegar vestido miserablemente a su propia casa, donde Penélope, su fiel esposa, le aguarda tejiendo y destejiendo por la noche un manto, como pretexto para los pretendientes, que quieren casarse con ella, asegurando que Ulises ha muerto en Troya y no ha de regresar más, él no quiere todavía ser reconocido. Pero al lavarle los pies, como era costumbre, la anciana sirvienta Euriclea, reconoce por el tacto la cicatriz que le había producido en su juventud un enorme jabalí, que él mató. Sorprendida, dejó caer la pierna del forastero en el barreño, pero él le habló en secreto haciéndole saber que convenía no decir todavía la verdad, pues tenía que cumplir sus planes de venganza contra los pretendien¬tes. La «anagnórisis» es una peripecia perfectamente introducida por Hornero en esta escena. (Odisea, canto XIX).

• Naturalmente, también hay otros indicios personales varios que sirven para el reconocimiento y la identificación, pero indu¬dablemente uno de los más clásicos y eficaces es el de las cicatrices características, y es usado cuando existe, como sumamente natural. (Poética, c. 16). Jesucristo utilizó el procedimiento de la anagnórisis en la resurrección para ser reconocido de sus apóstoles, que le tenían a veces delante sin saber que era él, pero ha utilizado de manera específica precisamente el de las cicatrices.

Encontramos la anagnórisis o reconocimiento de un desconocido en la aparición a María Magdalena, a los discípulos de Emaús, a los apóstoles y en especial a Tomás (los Doce u Once), utilizando el método precisamente de las cicatrices, y también en la aparición a los pescadores junto al lago de Genesaret, en el tranquilo amanecer. También en la aparición a Saulo en el camino de Damasco hallamos el reconocimiento, pero propia¬mente no es el de alguien conocido de antes, sino más bien «identificado», porque le era desconocido (v. 1.a parte, c. III, 5).


3. La identificación del aparecido

En los distintos casos de anagnórisis citados (a los que se puede añadir la aparición a solo Pedro, en las primeras horas del domingo, Lc. 24,34), no siempre es la misma la nota de identifi¬cación del que les aparece, aunque ciertamente no es solamente un sentido el de esta nota, sino un conjunto de sentidos huma¬nos, que suelen intervenir en las entrevistas humanas en la vida.

María Magadalena

• Tenemos, en primer lugar el caso de María Magdalena. Llo¬rando sola junto al sepulcro, cuando ya los apóstoles han mar¬chado con su preciosa carga de los lienzos, que quizás ella ni siquiera ha visto, distraída en su dolor, oye pasos detrás de sí en el jardín, cuando acaba de hablar con los ángeles: «Se han lle¬vado a mi Señor, y no sé dónde le han puesto» (Jn 20,13).

• Cuando ella se vuelve hacia el hombre de los pasos no le reconoce, cree o piensa que es un empleado de Arimatea, quizás el jardinero; y en su obsesión por hallar el cadáver de Jesús, piensa que él le podrá dar razón de su paradero. Prosiguiendo el diálogo con los ángeles, o la expresión más bien de su dolor, aborda directamente a Jesús, que ha repetido la pregunta de los ángeles sobre el estado de desconsuelo de la mujer: «Mujer, ¿por qué lloras?». «Señor —palabra de respeto para ganar su confianza- si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo me lo llevaré» (Jn 20,15). Por su mente no ha pasado todavía otra idea que la del traslado del cadáver a otro lugar, por razón que ella ignora. Y pensando que quizás resulta un estorbo en el jardín, se muestra dispuesta a llevarlo ella sola con sus fuerzas femeninas multiplicadas por el amor. Todo esto muestra cuán ajena estaba a la idea de resurrección.

• ¿Cómo no reconoció María a Jesús en presencia? No sabemos el vestido que llevaba puesto Jesús, quizás semejante al de un trabajador. María le ha mirado entre lágrimas (20,14), pero no le ha reconocido. Es un caso de anagnórisis. Quizás no se ha fijado en el rostro para identificarlo. Y entonces se produce la señal del reconocimiento, que en este caso es la voz de Jesús con acento especial, pues ya antes había hablado con ella.

• Pero esta vez es la voz que llama por el nombre, con el acento inimitable, inconfudible, diciendo su nombre solamente como tantas veces en la casa de Betania, o en las conversaciones de discípula de Jesús . En la voz vibra el acento personal de Jesús, el que lo descubre e identifica ante ella, haciendo que enajenada, de pronto se arroje a los pies del Maestro, con una sola palabra: «Rabboni», que quiere decir, nos advierte el evan¬gelista, «Maestro» .

• Los hombres nos identificamos claramente por la voz. Aun¬que puede ser desfigurada, pero cuando es natural, manifiesta la persona. Suena el teléfono, y apenas hemos oído la voz sabe¬mos quién nos llama, sin verle, y en la televisión suena también con su propio acento. Si especialmente es el nombre dicho con el amor inconfundible de siempre, basta. María le identifica por la voz, por el acento afectuoso con que la nombra, como antes.

La identificación personal suele practicarse hoy a base de las huellas dactilares. No hay dos iguales, conforme a la variedad de las fórmulas genéticas. Pero también es muy notable la identificación por la voz, por su acento, sonido y timbre. Aun oída lejos, identificamos al que la pronuncia. ¿Qué es lo que hace distinguir cada voz humana de las demás?.

Los discípulos de Emaús

• En el caso de los discípulos de Emaús resulta más difícil seña¬la nota de identificación; pero en cambio se dilata el reconocimiento, la longitud y tiempo del camino hasta Emaús, con una animada conversación, en que el desconocido expone una interpretación, que debió ser impresionante, de la Escritura respecto de la muerte y resurrección del Mesías. Quizás Cleofás (que parece ser el testigo de quien lo ha oído Lucas) y su compañero no han estado tan acostumbrados al trato directo con Jesús, aun¬que en verdad eran del círculo de intimidad (Lc 24,22-24).

• Qui¬zás Jesús al unírseles, lleva un tanto caído el velo sobre el rostro, como para evitar el polvo del camino. Tiene el aspecto de un hombre que va de viaje. Mantienen una larga conversación, en la que sienten el poder de su palabra y arde su corazón al escu¬charle (Lc 24,32).

• Y llega la nota del reconocimiento, en que aparece que inter¬viene el poder del Señor para ello. Están sentados ya a la mesa, tras la cordial invitación de los peregrinos, y comienza el servi¬cio. «Tomó el pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio» (Lc 24,30). Parece que se ha de pensar más en una reminiscencia de un gesto habitual de Jesús, que en bendición alguna de eucaristía, aunque sea su símbolo en la narración. Le reconocen en el gesto de ben¬decir el pan y distribuirlo. Parece, además, que siendo el invita¬do, se ha arrogado un privilegio que no le pertenecía. Es el mismo gesto hecho en la multiplicación de los panes, el de la bendición inimitable. Muchas veces reconocemos nosotros a alguien, aun desde lejos, cuando todavía no podemos identifi¬carle por sus rasgos faciales, por algún gesto suyo característico, su modo de andar, su modo de mover las manos...

En el lago de Genesaret

• En el lago de Genesaret de Galilea, los siete pescadores veían en el amanecer confuso y quizás neblinoso, a distancia en la orilla, un hombre que les hablaba a gritos;

• y de pronto Juan vio algo revelador: aquel gesto, aquel modo de entonar la voz, aquel levantamiento de la mano, aquel modo de andar, eran los del Señor, y así, tras esta identificación, dijo a Pedro: «Es el Señor» (Jn 21,7). No es un transeúnte casual, ha ido a buscarles a ellos, y su orden de echar la red para obtener la copiosa pesca, termina de identificarlo. Es el Señor.

• Resulta curiosa en este caso la advertencia del narrador, de que cuando ya en la orilla, sentados, comían en silencio el pan y el pez asado, parece que en el ánimo de todos estaba el iniciar la conversación con el desconocido, la cual de ordinario se inicia por preguntas acerca su situación, quién es, de dónde viene. Pero ellos estaban justamente convencidos de que era Jesús, y no se atrevían a iniciar la conversación (Jn 21,12).

El reconocimiento por el tacto

Mas falta todavía la señal que hemos visto que es la más humana, la del tacto, para el reconocimiento, sobre todo, para evitar el pensamiento de que quizás sea un fantasma, una forma vaporosa con semejanza de Jesús. La liberación de Pedro de la cárcel de Herodes en los Hechos nos aporta un curioso testimo¬nio acerca del pensamiento judío de que el ángel que acompaña a uno puede parecerse a él, o tomar su voz. Cuando Pedro llega a casa de María, madre de Marcos, donde estaban reunidos orando, la muchacha que llegó hasta la puerta al oir la llamada, reconoció al punto la voz de Pedro desde dentro. Y, en un gesto muy apropiado a su modo de ser, en vez de abrir corrió adentro a anunciar llena de alegría que Pedro estaba a la puerta, y que llamaba. Como estaba en la cárcel cuidadosamente custodiado por Herodes, creyeron que deliraba, pero se convencieron al abrir. Alguno, antes de abrir, ante la noticia asombrosa, decían: «Debe ser el ángel de Pedro» (Act 12,15).


Diez discípulos en el Cenáculo

• Cuando Jesús se presenta en el cenáculo ante sus discípulos reunidos (los Diez, menos Tomás, otros discípulos, los de Emaús, mujeres...), para convencer a sus discípulos, totalmente desconcertados por la aparición, Jesús les invita a la anagnórisis del tacto: «Ved mis manos y mis pies, que soy Yo mismo. Palpad y comprobad que un espíritu (o fantasma) no tiene carne y hue¬sos, como veis que tengo yo». Y les mostró las manos y los pies (Lc 24,39-40).

• Sabemos por Juan que Jesús tenía las heridas de la crucifixión abiertas en su cuerpo (podía meterse en ellas el dedo o la mano) y así al decir Lucas que les mostró los pies y las manos, está claro que les mostraba estas extremidades con sus heridas de crucificado.



El contacto de Tomás

Y puesto que Tomás pide como comprobación meter la mano y los dedos en las heridas, podemos -pensar que Jesús mostraba pies y manos con las heridas abiertas, y que invitó a alguno los presentes a meter la mano. No cabe duda de que la multiplicidad de huesecillos, que forman el admirable conjunto de estructura de pies y manos del hombre, hacía muy fácil comprobar allí su existencia en dedos y palma, y empeine. Quizás se veían los huesos a través de las heridas, aunque no de manera hediese compasión.

Lucas que hace a Jesús presentar las heridas de manos y pies para el reconocimiento, no habla nada de la herida del costado. Solo por Juan sabemos que ésta se había producido en el cuerpo de Jesús, ya cadáver en la Cruz. Tomás, en efecto, recibe de sus compañeros la noticia de que: «Hemos visto al Señor» (Jn 20, 25). Quizás un poco tocado en su amor propio por el hecho de que la aparición se haya producido estando él ausente, esto acentúa su negativa a creer. Entonces, en su negativa resuelta a creer aquella noticia alegre, añade, en su enfado, una condición para aceptar la verdad de lo que le dicen: «si no veo las heridas v meto mi dedo en sus manos y mi mano en su costado, no cree¬ré» (Jn 20,25).

Esta exigencia de Tomás, que sobrepasa lo necesario, pues le han dicho que ellos han visto al Señor, y él exige tocarlo y meter en las aberturas dedo y mano, indica (pues Juan en la anterior aparición dice que les «mostró manos y costado»: Jn 20,20) que sus compañeros le habían hablado de este tacto reco¬nocedor y de la abertura de las heridas. También Lucas dice que les mostró manos y pies (Lc 24,40), señalando de manera pare¬cida que los ofreció al tacto y a la entrada. Tenemos pues, manos, pies y costado, la herida más grande donde caben al menos tres dedos de la mano juntos.

Cuando en la siguiente aparición a los ocho días, delante de todos sus compañeros, es invitado Tomás por Jesús a ver y tocar manos y costado, según su exigencia, guiada su mano por la amorosa de Jesús, tienen ya todos el reconocimiento directo del tacto, y del vacío de la abertura en la carne. No parece hay moti¬vos para pensar que haya conservado otras heridas, que desfigu¬raban profusamente el cuerpo sagrado. No olvidemos que Juan fue el único evangelista en señalar que fue abierto el costado del cadáver por la lanza, por lo cual es natural que sólo él señale esta herida como especialmente destacada en la aparición, pues pies y manos constaban a todos por la crucifixión misma.

Esta comprobación por el tacto es de especial importancia, y es la señal que parece cerrar el ciclo del reconocimiento, aunque todavía Jesús, según Lucas, añadió la de la comida ante ellos. Las heridas abiertas, pues, muestran que el mismo crucificado histórico, cuyas mortajas han recogido. El tacto ahora muestra que no es una aparición alucinada.

No es una ilusión vieron el Cuerpo de Jesús resucitado

Ha escrito san Ambrosio: «¿Cómo podría no ser un cuerpo si aparecen en él las señales de las heridas, las marcas de las cicatrices (más bien aberturas), que el Señor ofrece al tacto para que las palpen?» (In Lucam, c.24). Cuando aparece en la pantalla del televisor un personaje conocido, todos lo identificamos punto por dos cosas; el rostro con la figura y su gesto, que los ojos perciben, y el timbre característico de la voz, que percibe el oído. Nos basta, no podemos engañarnos. Es su figura y su voz, es él. Y, sin embargo, todos somos conscientes de que es tan sólo una imagen grabada, como es grabada la sonoridad y timbre de su voz. Pero no es su propia presencia directa. ¿Qué falta? El volumen, lo tangible, la percepción por el tacto. No podemos cogerlo, es imposible abrazarlo.

Cuando un espejismo deslumbra a un viajero del desierto podrá ver un oasis de deseo, y hasta casi oír el susurrar del agua que la sed requiere. Pero se desvanece la ilusión, cuando al acer¬carse, desaparece todo y sólo quedan el aire y el deseo. Se podría aquí preguntar sobre casos bíblicos, si en las apariciones de ángeles, que no tienen cuerpo (aunque lo formen aparente de algún modo, misterioso para nosotros), o en la aparición de Moisés y Elías en la Transfiguración (al menos, con mayor cer¬teza en el caso de Moisés, que consta había muerto), si no se dan fenómenos de tacto con los de la vista y el oído.

Tenemos el caso del ángel que libró a Pedro de la cárcel herodiana, custodiado por relevos de soldados, el cual rompió realmente sus cadenas o las soltó, abrió ante él las puertas, y lo dejó finalmente con realidad en la calle (Act 12,7-10). En el AT el caso más señalado parece ser el de los huéspedes de Abraham en la revelación de Mambré, pues dice que Abraham, como señal de hospitalidad, lavó sus pies, tocándolos en volumen. Además, comieron ante él (Gen 18,4,9; 19,3,10).

Pero, aunque ignoramos el modo cómo los ángeles en sus apariciones se muestran con cuerpos humanos, en todo caso hay una importante diferencia con las apariciones de Jesús. Esta es precisamente la «anagnórisis». Pues en su caso tienen, con el tacto y la común comida (Lc 24,41-43; Act 10,41) el reconocimiento por el tacto, la vista, el oído, el rostro y la figura y gestos, de alguien con quien han vivido durante tres años habitualmente, y esto sólo después de tres días (o día y medio) en que había desaparecido de entre ellos. Ni la duda ni la argucia es posible n un caso así. Por otra parte, los ángeles, si aparecen corporalmente aunque parezca enteramente que es un ser corporal, esto se hace -como hay que reconocer- por milagro de Dios, y no es posible que El haga un milagro para engañar, pues lo que Jesús quería negar era precisamente la existencia de alucinación respecto de su verdadero cuerpo.


4. La afirmación del propio Resucitado

Finalmente, en la identificación del aparecido, tenemos que contar con que, en sus propias palabras, el propio Resucitado afirma quién es, y no cabe duda de que es imposible que Dios permita un engaño en esta afirmación fundamental, que con¬vierte directamente la aparición en una revelación. Este es el caso singular de la célebre aparición a Saulo en Damasco, que provoca su conversión instantánea, total y cerrada. Pues, no habiendo sido Saulo discípulo de Jesús, y no habiéndole cono¬cido directamente, según los testimonios, ha de preguntar al aparecido por su identificación, y ha de ser él quien se identifi¬que. (Act 22,3). La respuesta de identificación del aparecido es ésta: «Yo soy Jesús, a quien tú persigues» (Act 9,5; 22,8; 26,15) y las palabras de esta autoproclamación del que se aparece, per¬tenecen al mismo núcleo central del relato, en las tres versiones que poseemos del mismo.

Saulo ha visto, y de esto no le queda la menor duda posible, al propio Jesús en persona, por lo que dice: «¿No soy Apóstol? ¿No he visto al Señor Jesús?» (1 Cor 9,1). Tiene seguridad directa de que ha oído su voz en presencia cierta. Jesús le ha revelado su identidad, y el efecto ha sido tan grande, la mutación de su ánimo tan total, que no le puede quedar duda de si ha sido una realidad, con todos los sucesos posteriores de Damasco y Ananías (Act 9,9-19; 22,12-16). No ha sido un relámpago alucinante, sino una persona, una conversación, unos sucesos consecuentes, una vida entera los que testifican la revelación del propio Jesús. (Act 9,7-23).

También con los demás el mismo Señor ha manifestad quién era: a María Magdalena le ha dicho el nombre propio le ha dado un encargo personal; a los de Emaús, al desvanecerse de su vista, después de varias horas de presencia en compañía; a los apóstoles en el cenáculo, de manera directa: «Soy Yo mis¬mo, no temáis» (Lc 24,39). Son las mismas palabras que les dijera al llegar sobre el agua encrespada del lago, calmando el oleaje violento (Mt 14,27; Me 6,50; Jn 6,20).


No es una alucinación pasajera

Los apóstoles, los testigos, y con ellos nosotros, podemos estar seguros enteramente de que no es una pasajera alucinación del deseo. Son muchos los que le han visto, le han visto muchos de ellos repetidas veces, su rostro querido, su acento, su gesto inolvidable. Sus palabras siguen conservando el estilo personal y conocido. Y por encima de todo esto, han tocado su cuerpo de carne, sus heridas abiertas, como dato físico de identificación. Han oído de su boca la seguridad de su persona y de su ser.

¿De dónde puede venir la duda, que les achacan ciertos exegetas del racionalismo? La duda, decimos, que permanece (pues la momentánea es natural por lo asombroso del caso). Ellos no dudan de su propia experiencia del entorno. No dudan de modo real y humano en el que viven con seguridad de certeza. ¿Que les asegura? Sus sentidos, su comunicación, la permanencia o repetición de la experiencia. Y ¿por qué habían de dudar de ésta los apóstoles, asegurados de tantas maneras y por tantos medios? ¿Cómo podríamos nosotros dudar de la verdad de su testimonio, conociendo su multiplicidad, sinceridad y virtud?

Es, en verdad, Jesús de Nazaret quien ha resucitado, quien se les ha aparecido, el Maestro en cuya compañía han vivid durante tres años tantos momentos inolvidables, a quién n visto morir en el desamparo de todos los poderes. Es Jesús quien ha resucitado, y a quien han visto.

Se puede añadir una pregunta para estos maestros de duda: ¿qué otro modo se les ocurre a ellos de certificar que ha resucitado Jesús, si no es el de las apariciones en estas condiciones? Esperamos su respuesta.


5. El testimonio de los testigos auténticos

Nosotros tenemos el testimonio de aquellos que vieron, oyeron-tocaron a Jesús resucitado, y comieron con él. Este testimonio en cuanto a los puntos principales, entre los cuales el central es el de la resurrección, se llama el «kerigma» o proclamación de la verdad testificada, y es el punto de apoyo de nuestra fe. Ellos tuvieron esa dicha, pero, como dice Jesús a Tomás, más dichoso es el que cree sin ver, en cuanto que su fe es más pro¬funda y más claramente divina. Naturalmente que ellos tenían esta misma fe, aunque hubieran visto.

Pero tenemos que tener en cuenta que ellos para nosotros no son testigos de su propia fe, sino de los hechos que en ella se afirman. Cuando eligen los apóstoles a san Matías como duodé¬cimo apóstol en lugar de Judas Iscariote, que se suicidó ahorcán¬dose, la exigencia es que hayan sido testigos de los hechos de Jesús, y en especial «testigos de su resurrección» (Act 1,22), es decir testigos de sus apariciones. Al llamarlos así, se está indi¬cando que tales apariciones eran hechos objetivos, puesto que no se puede ser testigo de cosas que no existen sino en la mente alucinada del testificador.

Tenemos así testigos calificados de verdaderos de las apari¬ciones, por donde se califican de verdaderas las mismas aparicio¬nes. Tal argumento no tiene vuelta de hoja. De la misma manera califica san Pablo en Antioquía de Pisidia a los que le vieron repetidas veces resucitado, como «testigos de su resurrección ante el pueblo», habiéndolo sido de sus apariciones objetivas. Son objetivas y están unidas con la resurrección, que no vieron, porque son su efecto y su prueba. (Act. 13,30.) Esta afirmación es básica en la fe cristiana .


6. Las apariciones fueron personales

Las apariciones, comprobadas por los sentidos de los apóstoles y por la misma revelación de Jesús en diálogo que en ellas se producía, fueron apariciones personales. En la misma historia evangélica, en el libro de los Hechos, se nos narran, además de la visión de Saulo en Damasco, que también fue personal equiparada a las de los otros apóstoles, como hemos visto otra visiones interiores de Jesús, que avisa interiormente algo, y no pertenecen directamente al testimonio de la Resurrección. Así Pablo tiene una visión nocturna del Señor en Corinto, en que le dice: «Estoy contigo. Tengo un pueblo numeroso en esta ciu¬dad.» (Act 18,11.) En su discurso al pueblo vociferante contra él en el Templo, dice: «Cuando volví a Jerusalén, tras mi conver¬sión, caí en éxtasis, y me dijo el Señor: Apresúrate a salir de Jerusalén, pues no recibirán tu testimonio», y al excusar Saulo a sus hermanos adversarios ante un caso como el suyo, pasado de perseguidor a apóstol, respondió el Señor: «Marcha, que Yo te enviaré lejos a las naciones» (Act 22,17-21). Es claro que tal éxtasis no fue visión corporal. Y una de las más significativas, aquella en que le manda predicar en Roma (Act 23,211).

Cuando le confía la misión de predicar en Roma, y dar testi¬monio allí, como antes en Jerusalén, es en visión nocturna, y aunque dice que el Señor estaba presente a él (epistás) no por eso es visión de testimonio apostólico de resurrección personal, como la de Damasco. También Juan en el Apocalipsis tiene la gran visión de Jesús en la gloria, donde afirma que «El es el que vive y estuvo muerto», es decir el Resucitado. Pero toda la visión fue en espíritu, como lo muestra la visión con elementos simbó¬licos (candelabros, estrellas). Notemos, con todo, que en esta visión Juan veía al Señor con rostro de radiante claridad, «como el sol en la plenitud de su fuerza» (Ap 1,16), como de modo semejante vio Esteban a Jesús en su martirio . Ninguna de estas visiones, sin embargo, ocupan lugar en el catálogo de las testificaciones de la resurrección. Son de otro género, no en persona corporal.

Con esta ocasión, se puede preguntar: las visiones o apariciones se producen en la Iglesia y en la historia de los santos, algunas de las cuales son innegables, ¿se producen en forma corporal? Es evidente que tal pregunta sólo puede formularse acerca de Jesucristo, y de la Virgen María, que por el dogma de la Asunción se halla corporalmente ya en el cielo.

Concretamente, las apariciones de Lourdes, Fátima y otros lugares marianos, aceptadas por la Iglesia como creíbles, ¿eran en forma personal corpórea de María? No es fácil responder, pero parece se debe pensar que, en algunos casos, como el de Lourdes, se ha de dar respuesta afirmativa. Porque hablando con solemnidad, dice: Yo soy la Inmaculada Concepción. Y en Fátima, menos dogmáticamente: Os diré quién soy. Bernardette llamaba a la aparición: Aqueró, Aquello, en patois.

Cuanto a las visiones de Jesucristo parece admitirse que sus apariciones a los santos no son de tal forma que pueden decir, como san Pablo: He visto a nuestro Señor Jesucristo. Nos move¬mos, de todos modos, en cierta incertidumbre. Otra cosa es en las visiones llamadas interiores o imaginarias, donde ciertamente no se produce presencia corporal, sino sólo intelectual o imagi¬nativa. Tales son las visiones de santa Teresa de Jesús, que con¬fiesa que vio corporalmente junto a ella por excepción al queru¬bín de la transverberación, con forma corporal que describe, y dice: «Veía un ángel cabe mí, hacia el lado izquierdo en forma corporal, lo que no suelo ver sino por maravilla» (Vida, c. 29,13). Y sin embargo, es claro que el ángel no tenía cuerpo, sino que lo tomaba la aparición, pues no lo tienen. Nunca ha dicho ella tal cosa de Jesús, que se le apareció muchas veces.

Lo mismo habría que decir de santa Margarita María Alacoque y sus visiones del Sagrado Corazón. No consta que fuesen corporales. Pues, aunque en la primera vez que le mostró su Corazón, ella dice: «Me hizo reposar por muy largo tiempo sobre su pecho divino...» (Autobiografía, c. IV), parece que esto pudo más bien suceder en la visión interior.

Otras visiones de Santa Catalina de Siena, y de otros santos se pueden explicar de modo parecido. Sin embargo no deja de haber algún caso en que parece haber estado corporalmente el Señor. No parece puede ponerse en duda la aparición de la Virgen María al joven Estanislao de Kostka, estando enfermo en cama, cuando le dio la orden de entrar en la Compañía de Jesús, que él cumplió con absoluta decisión, a pesar de todas las dificultades. En este caso el relato, que proviene del mismo santo en su generosa inocencia, dice que la Virgen puso luego el Niño Jesús, que llevaba en brazos, en los del joven, que le besan y acariciaba, lo que exige forma corporal. Estaba Jesús, sin embargo, en forma de niño, y aunque puede tomar formas distintas, como se ve en el evangelio (Emaús, Magdalena), no parece que de tal manera que tenga otra edad que la del Resucitado. En aquellos casos evangélicos, siempre se mostraba como un hombre, aunque alguna vez haya disimulado su aspecto exterior con el vestido, la voz o el gesto. Así, parece podemos pensar que, fuera de las apariciones evangélicas, y la de Saulo queda otra aparición que la última, en que le verá toda carne cuando venga a juzgar en el resplandor de su gloria .

lunes, 1 de marzo de 2010


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miércoles, 24 de febrero de 2010

EL HECHO DE LA RESURRECCIÓN

Resumen

El kerigma de la fe tiene los siguientes elementos: la muerte de Jesús, su sepultura, la resurrección al tercer día, y las apariciones mencionadas. A lo que Pablo añade, «según las escrituras», anunciado en el AT. Pablo confirma a los Corintios la importancia dogmática de la resurrección para la fe: «Si Cristo no ha resucitado, vana es vuestra fe» (1 Cor 15,17).

1. Un hecho dogmático cierto

Hay que mantener como un hecho cierto la resurrección de Jesús del sepulcro. El testimonio de Pedro es elocuente en el sermón del día de Pentecostés y el testimonio de Pablo es aún más abundante.

2.- El valor del testimonio apostólico

Los cuatro evangelios culminan la narración de los hechos y dichos de Jesús con la resurrección de Cristo. Sin ésta, se convertirían en libros de ficción gravemente sacrílega. El testimonio de la resurrección es pues comprobable históricamente por los documentos.

3. El suceso como hecho histórico

En los relatos de las apariciones, son muchos y muy diversos los testigos de las mismas. Pedro, Santiago, Juan, Pablo, los Doce reunidos con otras personas, ha sido visto en diversas situaciones y lugares, lo han visto inesperadamente, lo han visto más de quinientas personas juntas, además del testi¬monio primicial de Magdalena y las mujeres. No sólo le han visto, sino que le han oído, le han tocado, han abrazado sus pies, han comido con él como harán notar firmemente, con muchas demostraciones o pruebas: cf. Lc

4. ¿Se debe llamar hecho histórico la resurrección?

La resurrección de Jesús tuvo lugar en unas coordenadas exactas de lugar y de tiempo, como todo suceso histórico. Su lugar fue el interior del sepulcro de José de Arimatea en Jerusalén; su tiempo, a determinada hora exacta del amanecer del domingo de Pascua.

5. Al tercer día

Conforme a los evangelios, Jesús mismo en vida mortal, repetidas veces, había hablado de su resurrección precisamente «al tercer día». El signo más importante es el del Templo. Este testimonio tuvo gran impacto en los oyentes, pues en la cruz le fue reprochado por muchos. En el propio juicio ante el Sanedrín que fue decisivo para su muerte.

6. Según las Escrituras

Cristo citó a los de Emáus el salmo 15 (16), en su versículo 10. David dice: no permitirás que tu amado vea la fosa o la corrupción que ella encierra. Ahora bien, dicen Pedro y Pablo: David está sepultado, y su sepulcro dura hasta hoy en honor entre nosotros. Luego a él no le libró Dios de la fosa ni de la corrupción. Por lo tanto David no hablaba de sí mismo sino que movido por la inspiración hablaba de su descendiente el Mesías.

7. ¿Quién resucitó a Jesús?

Se puede decir que el Padre le resucitó, pero también que él se resucitó a sí mismo» obrando como Dios. Distinguir entre la divinidad de Jesús y la del Padre, aunque sean personas distintas, sería renovar un error politeísta o simplemente y mejor arriano, dando a Jesús una divinidad menor que la del Padre.


EL HECHO DE LA RESURRECCIÓN

Introducción

El kerigma (proclamación) apostólico

El llamado kerigma (o proclamación) de la fe, es el mensaje fundamental y básico de la fe. He aquí los elementos que hallamos en el kerigma: la muerte de Jesús, su sepultura (y el modo de hablar indica una sepultura especial), la resurrección al tercer día, y las apariciones mencionadas. Estos mismos elementos se hallan presentes en el kerigma de Pedro (1 Pe 3,18-22) y de Juan. «Estuve muerto y vivo» (Ap 1,18).

Los siguientes textos neo-testamentarios confirman los puntos fundamentales del kerigma: Muerte en Cruz, Sepultura, Resurrección.

• Muerte en Cruz: Act. 2,23.36; 3,15; 4,18; 5,30; 10,39; 1 Cor 2,2; Gal 3.1; Flp 2,8; Hebr 13,12; 1 Pe 3,18.
• Sepultura: Act 13,29; Rom 6,4; 1 Cor 15,4; Col 2,12.
• Resurrección: Act 1,3; 2,24-31-32; 3,15; 4,10; 4,33; 5,30; 10,40; 13,29-37;17,3; 17,31; 25,19; 26,7-8; 26,22-23; - Rom 1,4; 4,24; 6,4-9; 8,34; 10,9;14,9; 1 Cor 6,14; 15.4.15.20; - 2 Cor 4,14 - Gal /,/ - Ef 1,20; 2,6 – Flp 3,10 - Col 1,18; 2,12; 3,1 - 1 Tes 1,10 (texto más primitivo de Pablo);4, 14 - 2 Tim 2,8; - Hebr 12,2; 13,20 -1 Pe 1,3; 1,21; 3,21 - Ap 7,5.5

El Concilio XI de Toledo proclamó en magnífica profesión de fe contra los priscilianistas , en el año 675, estas verdades fun¬damentales, en un párrafo concentrado:

«Creemos que en esta forma de hombre (Cristo), salva la divinidad, padeció la pasión misma por nuestras culpas, y condenado a muerte y a cruz, sufrió verdadera muerte de la carne, y también al tercer día, resucitado por su propia virtud, se levantó del sepulcro.» (DB n.286)

Murió, fue sepultado en un sepulcro, resucitó desde allí al tercer día. Tal es el esquema fundamental de la fe, a lo que Pablo añade que todo ello fue «según las escrituras», es decir que estaba anunciado en el AT, y la comprobación de las apariciones fundamentales. Esta es la fe predicada por todos los apóstoles (1 Cor 15,11).

Esta es la fe predicada por todos los apóstoles (1Cor 15, 11), en cuyo contenido no se puede renunciar o poner vacilación en cualquiera de los puntos. De tal manera que, “aunque viniera un ángel de Dios predicando otra cosa, sea anatema”, en una paradoja imposible.


La resurrección de Cristo en el kerigma

Pablo contra los Corintios que tenían dudas acerca de la resurrección confirma la importancia dogmática de la resurrección para la fe, cuando dice: «Si Cristo no ha resucitado, vana es vuestra fe» (1 Cor 15,17).

Esta afirmación de Pablo podría ser contrastada con todo el NT, con todas las epístolas paulinas y petrinas, en especial los discursos de Pedro y Pablo en los Hechos de los Apóstoles y con el testimonio del Apocalipsis.

Resumen del citado kerigma apostólico de Pablo: «Cristo resucitó al tercer día... esto es lo que os hemos predicado (los apóstoles) y lo que habéis creído» (1 Cor 15,4.11).


1. Un hecho dogmático cierto

Los textos evangélicos relacionan la resurrección con el sepulcro vacío

Conforme a esta fe católica inmutable hemos de mantener como un hecho cierto el de la resurrección de Jesús del sepulcro. Podemos decir que los textos de la resurrección no se pueden entender disociando el sepulcro del nuevo viviente Jesús resucitado. Los mismos ángeles entrelazan esta relación del resucitado con el sepulcro, afirmando que el lugar que ocupaba en la losa sepulcral está ahora vacío (Mt 28,6; Mc 16,6; Lc 24,5-6).

Mt 28,6 No está aquí, porque ha resucitado, así como dijo. Venid, ved el lugar donde estaba puesto. 7 E id de prisa y decid a sus discípulos que ha resucitado de entre los muertos.

Mc 16,6 Pero él les dijo: -No os asustéis. Buscáis a Jesús de Nazaret, quien fue crucificado. ¡Ha resucitado! No está aquí. He aquí el lugar donde le pusieron.

Lc 24, 5-6 Como ellas les tuvieron temor y bajaron la cara a tierra, ellos les dijeron: -¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? 6 No está aquí; más bien, ha resucitado.

El testimonio de Pedro en sus discursos de Actas

El testimonio de Pedro es elocuente en el sermón del día de Pentecostés. Vemos —dice— el sepulcro de David, y no sabe¬mos que haya sido vaciado o desocupado el cadáver o los restos. Es el de Jesús el que está vacío. Dios le ha resucitado de los muertos (Act 2,31-32; 3,15; 4,10; 5,30; 10,40). Invariablemente, para Pedro el mismo Jesús que fue crucificado en el Gólgota está ahora vivo.

El testimonio de Pablo en Actas y cartas paulinas

El testimonio de Pablo es aún más abundante, tanto en sus discursos como en sus cartas. Jesús ha resucitado de entre los muertos.

Lo afirma ante el areópago reunido, lo afirma ante la Sinagoga de Antioquía y de Tesalónica. Lo afirma ante el rey Agripa (Act 13,29-37; 17,3; 17,31; 25,19; 26,7-8).

En sus cartas los testimonios se suceden y multiplican. Solamente en la carta a los Romanos tenemos hasta ocho afirma¬ciones de la resurrección (Rom 1,4; 4,24; 6,4-9; 7,4; 8,11; 8,34; 10,9; 14,9). En la primera a los Corintios, además de afirmarlo en su kerigma célebre sobre la fe fundamental, todo el capítulo es una larga exposición sobre la resurrección de Cristo (1 Cor 15,20).

Tres veces en la segunda a los Corintios (2 Cor 4,14; 5,15; 13,4) tres veces en la de los Colosenses (1, 18; 2,12; 3,1), dos a los Tesalonicenses (1-1,10; 4,14), dos a los Efesios (Ef 1,20; 2,6), y una vez en cada una de éstas: Gal 1,1; Flp 3,18; 2Tim 2,8; Hebr 13,20.

Términos para expresar la resurrección – el sujeto - cadáver

En cuanto al modo de la expresión para decirlo, hallamos que utilizan los verbos griegos, principalmente el de egeirein = despertar, levantar, alzar, resucitar: hasta en treinta y seis textos hablan con esta expresión.

Sigue en importancia de utilización el de Anástasis (de anístemi) el hecho de levantar, reconstruir resucitar. También alguna vez es utilizado el verbo Anágagon en el sentido de ser llevado hacia arriba (Hbr 13,20). En el texto 1 Cor 15,12 Pablo muestra el valor de identidad que tienen las palabras energuéin y anástasis.


En cuanto al sujeto de la acción ése es siempre Dios, que es el que resucita. Dios resucita a Jesús. Pero debemos tener en cuenta que para los apóstoles Jesús es Dios, y así, él mismo como Dios con su virtud divina resucita su humanidad levantándola a nueva vida. Son bastantes los textos que dicen que Jesús se resucitó a sí mismo: «Yo lo levantaré en tres días» (Jn 2.19).

Conviene señalar especialmente que una de las fórmulas más generalmente empleadas, es la de que Jesús resucita «de entre los muertos», «ek ton nekrón». Nekrós es propiamente la palabra sustantivada que designa el cadáver sin vida, lo que se ve cuando la vida falta. Se opone así a Soma, que es el cuerpo viviente.

Tenemos así que para el modo de hablar apostólico la resu¬rrección de Jesús es un levantarse del cadáver de entre los cadá¬veres, por acción divina. Y el que resucita es Jesús mismo.

2.- El valor del testimonio apostólico

La resurrección en los cuatro evangelios

Los cuatro evangelios culminan la narración de los hechos y dichos de Jesús con la resurrección de Cristo. Si ésta fuese arrancada de ellos, se convertirían en libros de ficción gravemente sacrílega, como afirma el propio Pablo: «Si Cristo no ha resucit¬ado resultamos falsos testigos contra Dios, pues habríamos proclamado contra Dios (con mentira) el testimonio de que resucitó «Cristo» (1 Cor 15,15).

Si san Ambrosio ha podido decir que «es un gravísimo sacrilegio la impiedad de los herejes» (De Fide: PL 17, 1162), cuando habla de la culminación de los misterios de Cristo, es grave sacrilegio la herejía que no acepta la resurrec¬ción; mucho más grave sacrilegio sería testimoniar falsamente contra la resurrección de Cristo, presentando el hecho como ver¬dadero siendo falso.

Los cuatro evangelios no pueden haber mentido al declarar la resurrección de Cristo, que es la clave de arco de su íntegro mensaje. Han recogido tradiciones, que en algunas cosas pueden provenir de diversas fuentes, pero esto precisamente les da mayor valor.

La fecha de estos testimonios

La antigüedad de esta tradi¬ción común. La carta de Pablo a los Corintios, de la que hemos tomado el kerigma apostólico, evidentemente ha recogido esta predicación de la que hacían los apóstoles de viva voz. Está escrita en el año 57, y afirma que viven todavía muchos de los que han participado en los sensacio¬nales acontecimientos.

Vive todavía Pedro, con quien además Pablo se ha entrevis¬tado hacia el año 39, es decir a los pocos años del suceso. Durante quince días hablaron Pedro y Pablo sobre estos sucesos fundamentales en Jerusalén (Gal 1,18) . Es evidente que en este diálogo Pablo ha contado a Pedro su inolvidable experiencia en Damasco, y a su vez ha oído de boca de Pedro la de su propia o varias visiones de Jesús resucitado.

Se puede notar que el otro testimonio directo sobre una aparición a Pedro, además de la afirmación paulina, es el de Lucas su discípulo que lo ha recogido de boca de otros testigos presentes en la vuelta de los de Emaús de su camino (Lc 24,34).

En su viaje para el concilio apostólico, año 49, tuvo Pablo ocasión de hablar con Juan, y saber datos nuevos de las apariciones a los Doce reunidos (Gal 2,1.9) , ya que acudía precisamente para comprobar su propia predicación sobre Jesús (Gal 2,2).

Los testimonios escuchados a Pedro, Santiago y Juan, y a otros varios, sin duda, sobre los sucesos, le retrotraían al mismo año 30 del hecho de la resurrección, a aquella mañana dominical llena de inolvidables emociones, reflejadas en los evangelios.

Conclusión: el testimonio es comprobable históricamente

Una carta auténtica del apóstol Pablo nos trae así, a través de los intermediarios, al momento mismo del hecho de la resurrec¬ción y del sepulcro abierto. Tenemos, además, el testimonio extraevangélico de los Hechos, donde narra Lucas el primer dis¬curso de Pedro a los habitantes de Jerusalén, con enorme con¬moción, cincuenta días después de la resurrección.

El testimonio es pues comprobable históricamente por los documentos. No cabe duda de que aquel primer día de la semana pascual de los ázimos, el sepulcro se halló vacío, y que los apóstoles afirmaban ya aquel día que habían visto a Jesús resucitado. Y el día de Pentecostés testimoniaban que le habían visto muchas veces durante cuarenta días, hasta su marcha al cie¬lo.

Este múltiple testimonio apostólico, múltiple por el número de testigos, múltiple por los diversos sen¬tidos con que lo habían comprobado (vista, oído, tacto, presen¬cia), confirmado con la existencia de un sepulcro vacío y abierto, en el que sólo habían encontrado los lienzos mortuorios, de tal forma que obligaban a creer en la resurrección (Jn 20,8, reco¬gido por Lucas, discípulo de Pablo, en directo: Lc 24,12), hace inconmovible el testimonio apostólico del extraordinario suceso.


3. El suceso como hecho histórico

Algunos, se resisten a calificarlo de «hecho histórico»

¿Se puede calificar de «hecho histórico» un suceso que nadie pudo ver directamente en sí mismo, y que introduce la nueva vida de Jesús en un mundo de cualidades diversas a las del nuestro?

En el lenguaje ordinario humano llamamos «hecho histórico» a algo que ha sucedido realmente en historia de los hombres. Negar que en tal sentido sea un hecho histórico, sería por ello lo mismo que negar la autenticidad y rea¬lidad del hecho en la historia humana.
Habría que borrar, según este lenguaje, que es obvio entre los hombres, el acontecimiento pascual, centro de nuestra fe, de las realidades acaecidas en la tierra entre los hombres. Este sen¬tido negativo, y en este carácter negativo de hecho acontecido, suele ser frecuente en las afirmaciones de los racionalistas. Estos autores no pueden aceptar el hecho de la resurrección ni como milagro contrario al curso ordinario de la vida, ni siquiera como una realidad constatable, porque nos llevaría a la conclusión de la divinidad de Jesús.

Atribuyen, en general, las apariciones a experiencias puramente subjetivas, negándoles en todo caso la reali¬dad objetiva de que hubiesen podido ver a alguien presente ante ellos en realidad corporal


Acentuar la verdad y objetividad del testimonio apostólico

Frente a este criterio se hace necesario acentuar la verdad y objetividad del testimonio apostólico. Como hemos visto, en los relatos de las apariciones, son muchos y muy diversos los testigos de las mismas, que no pueden atribuirse legítimamente, por lo mismo, a la exaltación de un hombre alucinado. Lo ha visto Pedro, lo ha visto Santiago, lo ha visto Juan, lo ha visto Pablo, o han visto los Doce reunidos con otras personas, ha sido visto en diversas situaciones y lugares, lo han visto inesperadamente, lo han visto más de quinientas personas juntas, además del testi¬monio primicial de Magdalena y las mujeres, que no fueron creídas por ellos. ¿Quién podría atribuir tal masa de testimonios situaciones tan diversas, a alucinación?

Y hay que añadir que no sólo le han visto, sino que le han oído, le han tocado, han abrazado sus pies, han comido con él como harán notar firmemente (Act 1,3: en pollóis tekmeríois, con muchas demostraciones o pruebas: cf. Lc 24,39-43: Jn 20, 27- Act 4,20; 10,40-41).

• Lc 24, 39-43: Mirad mis manos y mis pies, que yo mismo soy. Palpad y ved, pues un espíritu no tiene carne ni huesos como veis que yo tengo. 40 Al decir esto, les mostró las manos y los pies. 41 Y como ellos aún no lo creían por el gozo que tenían y porque estaban asombrados, les dijo: -¿Tenéis aquí algo de comer? 42 Entonces le dieron un pedazo de pescado asado. 43 Lo tomó y comió delante de ellos.

• Jn 20, 27: Luego dijo a Tomás: -Pon tu dedo aquí y mira mis manos; pon acá tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo sino creyente.

• Act 4, 20: Porque nosotros no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído.

• Act 10,40-41: pero Dios le levantó al tercer día e hizo que apareciera, 41 no a todo el pueblo, sino a los testigos que Dios había escogido de antemano, a nosotros que comimos y bebimos con él después que resucitó de entre los muertos.


El testimonio del apóstol Juan en su carta no solamente es válido por el hecho de haber convivido con él en vida mortal sino especialmente por la presencia del resucitado: «Lo qué hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos mirado y nuestras manos han tocado del Verbo de vida... eso os anunciamos» (1 Jn 1,1-3). Por eso decían Pedro y Juan con fir¬meza a sus jueces cuando les querían prohibir hablar de la resu¬rrección de Jesús: «Si es justo delante de Dios, obedeceros a vosotros antes que a Dios, juzgadlo. Porque no podemos no hablar de lo que hemos visto y oído» (Act 4,19-20).

1 Jn 1,1-3: El Verbo de vida: 1Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y palparon nuestras manos tocante al Verbo de vida 2 -la vida fue manifestada, y la hemos visto; y os testificamos y anunciamos la vida eterna que estaba con el Padre y nos fue manifestada-, 3 lo que hemos visto y oído lo anunciamos también a vosotros, para que vosotros también tengáis comunión con nosotros. Y nuestra comunión es con el Padre y con su Hijo Jesucristo

Act 4,19-20: 19 Pero respondiendo Pedro y Juan, les dijeron: -Juzgad vosotros si es justo delante de Dios obedecer a vosotros antes que a Dios. 20 Porque nosotros no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído.

Se puede recordar que el texto, entre los sentidos, parece dar al tacto una mayor certeza de presencia original, tanto por la inmediatez que supone como por la corporeidad que exige, en lo que se invita a tocar: «Tocad y ved: no soy un fantasma, pues los fantasmas no tienen carne y hueso, como veis que yo tengo» (Lc 24,39).

Que el cadáver no estaba entretanto en el sepulcro es cosa cierta. Si allí hubiese permanecido con sus vigilantes (¿quién se hubiera atrevido a robar un cadáver tan estrecha¬mente vigilado?), pronto hubiesen demostrado los vigilantes con los sacerdotes y fariseos la mentira del hecho. Hubiesen llegado tal vez a pasear el cadáver por la ciudad para que sea visto.

Las apariciones con realidad histórica tienen gran importancia dogmática

Por lo demás, la importancia de las apariciones con realidad histórica alcanza cotas dogmáticas de gran importancia. Pues en las apariciones se verifican algunos misterios fundamentales de la Iglesia, como:

• Lc 24,47; Jn 20,23: la concesión del poder apostólico de perdonar los pecados.

Lc 45 Entonces les abrió el entendimiento para que comprendiesen las Escrituras, 46 y les dijo: -Así está escrito, y así fue necesario que el Cristo padeciese y resucitase de los muertos al tercer día; 47 y que en su nombre se predicase el arrepentimiento y la remisión de pecados en todas las naciones, comenzando desde Jerusalén.

Jn 22 Habiendo dicho esto, sopló y les dijo: "Recibid el Espíritu Santo. 23 A los que remitáis los pecados, les han sido remitidos; y a quienes se los retengáis, les han sido retenidos."

• Mt 28,19; Mc 16,16: la institución del bautismo y su fórmula trinitaria invariable desde entonces.

Mt Por tanto, id y haced discípulos a todas las naciones, bautizándoles en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo,

Mc 15 Y les dijo: "Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. 16 El que cree y es bautizado será salvo; pero el que no cree será condenado.

• Jn 21,15-17; Mt 16,18: la institución del primado de Pedro, que da solidez a la construcción de la Iglesia. (S. León, Sermo I de Ase. 2-4; PL 54,395-6).

Por todo ello, con¬denó san Pío X la proposición modernista: «La resurrección del Salvador no es propiamente un hecho de orden histórico, sino un hecho de orden meramente sobrenatural» (Lamentabili, 36).

El valor del testimonio apostólico de la resurrección queda patente en el caso de la elección para completar el número de apóstoles de san Matías, pues la condición puesta para llenar el puesto dejado vacío entre los Doce por Judas en su traición «haber sido testigo de la vida de Cristo, y en especial de la resurrección de Jesús». (Act 1,22)

4. ¿Se debe llamar hecho histórico la resurrección?

Parece que la resurrección de Jesús no es real

Algunos católicos estiman que en ningún caso es una simple reanimación a la vida del cadáver en el sepulcro, como pudo darse en el caso de Lázaro o de los demás resucitados por Jesús, que volvían a la condición anterior con sus necesidades físicas, y su nueva muerte.

La gran diferencia de la resurrección de Jesús con estos casos citados, y otros que hizo Jesús en vida (Jairo, Naim) está en que Jesús resucita a una vida ya escatológica, que introduce al viviente en un mundo trascendente, en el que no rigen las leyes de este mundo que conocemos, y por lo mismo no se puede decir simplemente que pertenecen a la vida humana de la historia.

Así, dicen, la resurrección de Jesús no es histórica, porque su término real no lo es.

Aunque esta formulación es real cuanto a lo que afirma, adolece de graves defectos en su formalidad y daña gravemente a la necesidad del valor de la resurrección, conside¬rada siempre en la Iglesia como histórica. Es más, es el funda¬mento de la misma «Historia de la salvación», que en ella alcanza su cima, y en ella tiene su fundamento.

El momento de la resurrección sin testigos y el alma a vida nueva

Si se dice que tal resurrec¬ción no es histórica porque nadie hubo que pudiera ver su reali¬zación en el fondo de un tenebroso sepulcro, cubierto por una piedra, que cegaba toda luz, y antes de que nadie hubiera podido ver al resucitado, entonces habría que negar, por las mismas razones que sean históricos los sucesos fundamentales de la historia de los hombres, como son la concepción y la muerte. Nadie ha visto ni podrá ver jamás el momento inicial de la vida humana en el seno materno, ni siquiera en la fecundación en vitro.

Aunque asistamos a la muerte de un hombre, y estemos allí en presencia ¿quién podrá asegurar con certeza en qué instante se produce? Ciertamente comprobamos sus efectos. ¿quién podría certificar con absoluta seguridad cuál sea el momento en que la vida ha cedido el paso a la muerte? Además se da aquí el otro término de la paradójica expresión de que la resurrección no es histórica: que el ser inmortal, el alma, ha entrado en una vida nueva, que nin¬guno conocemos en la historia. ¿No sucede lo mismo con la muerte? Aun con la fe en el alma inmortal, nadie conoce direc¬tamente las condiciones de la nueva vida que se ha originado. El alma inmortal sola no pertenece ciertamente a la historia humana normal.

El “antes” y del “después” de la concepción y de la muerte

Basta que en ambos casos la muerte y resurrección de Jesús haya un antes y un después para que estimemos que el hecho se ha realizado en el tiempo de la historia, aunque pueda haber duda de cuál fue el instante del antes y cuál es el instante del después.

En la concepción, el antes no ha existido como historia del viviente, sólo existe el después, el «a partir de». Y en la muerte, al contrario, el antes es históri¬co, pero el después es el cadáver, solamente la huella de lo que existió. Pero en la resurrección de Jesús se da también un antes y un después. El antes es el cadáver inmóvil sobre la losa, y el después es la vida, que deja del mismo modo su huella, la mor¬taja vacía.

La resurrección de Jesús tuvo lugar en unas coordenadas exactas de lugar y de tiempo, como todo suceso histórico. Su lugar fue el interior del sepulcro de José de Arimatea en Jerusalén; su tiempo, a determinada hora exacta del amanecer del domingo de Pascua. Y si se dice que la resurrección de Jesús no es histórica porque su alma ha entrado en una vida que no se rige por las leyes de la historia, del mismo modo habrá que decir que la muerte de Jesús no es histórica porque su alma descansa más allá de la historia, en las manos del Padre.

He ahí adonde nos llevaría querer eliminar la palabra «histó¬rica» en relación a la resurrección de Jesús. Tampoco sería histó¬rica su muerte redentora, el suceso histórico central de los hom¬bres. Nadie vio la resurrección, aunque pudieron comprobarse sus huellas restantes. Nadie vio la resurrección en sí misma. Pero tampoco propiamente vio nadie la muerte de Jesús en sí misma sino su antes y su después.

5. Al tercer día
La hora del hallazgo del sepulcro “vacío”

Los cuatro evangelistas han señalado la hora del hallazgo del monumento vacío, cuando las mujeres iban con los perfumes, al parecer con intención de com¬pletar los ritos del embalsamamiento.

La salida del sol dominical marcaba el principio de la semana laboral. El sábado había terminado a las seis de la tarde, cuando se puso el sol, y la oscu¬ridad ganó pronto el aire y su dominio. Esperaron al primer amanecer. Mt señala la hora en que «se enciende el primer día de la semana».

Lc, con profundo giro poético, dice que iban «en la profunda aurora del primer día de la semana») (te de mía ton sabbáton órzrou bazéos);

Mc describe la ida «muy temprano en el primer día de la semana» (lían proí ten mían ton sabbáton);

Jn, con brevedad dice que María Magdalena fue al sepulcro, sin duda acompañada de otras mujeres, «temprano, habiendo todavía oscuridad» (proí skotías oti oúses).

Conforme a los evangelios, Jesús mismo en vida mortal, repetidas veces, había hablado de su resurrección precisamente «al tercer día». El signo propuesto por Jesús ante el desafío de sus enemigos fue precisamente la resurrección al tercer día.
El signo de Jonás

Mt y Lc han propuesto el signo de Jonás, aunque lo han comen¬tado de modo diverso.

• Mt lo ha presentado como signo de poder: Jonás estuvo tres días en el vientre de la ballena o cetá¬ceo, y del mismo modo «el Hijo de hombre estará tres días y tres noches en el seno de la tierra», clara alusión a su muerte y sepultura (Mt 13,38-42; 16,4; cf. Jn 2,1)

• Lc en cambio sólo presenta el signo de Jonás como llamada a la conversión. (Lc 11,29-32).

La expresión de Mateo atribuye a Jesús sepultado una duración de «tres días y tres noches» (12,40). Pero tal expresión venía a ser idéntica a la duración hasta el tercer día, al juzgarse el día como una unidad de día-noche.

El signo del templo

El signo más importante es el del Templo. Cuando los enemi¬gos, según Juan, pidieron el signo de la autoridad de Jesús para actuar en el Templo, él respondió: «Destruid este Templo, y Yo o levantaré en tres días». Juan advierte que era una profecía que hacía sobre su propio cuerpo, comparado al Templo: Jn 2, 19: «Hablaba de su Cuerpo como Templo o Santuario»

Este testimonio tuvo gran impacto en los oyentes, pues en la cruz le fue reprochado por muchos como desvarío, y por las autoridades burlonas como error suyo. En el propio juicio ante el Sanedrín que fue decisivo para su muerte, aparecieron dos testigos que adujeron este testimonio. «Este ha dicho: Yo puedo destruir el Templo de Dios y levantarlo en tres días» (Mt 27,61)

Los mismos sanedritas tenían el temor de que sucediese algo al tercer día, y así fueron a Pilato, y le dijeron: «Señor, nos hemos acordado de que este seductor dijo en vida: después de tres días resucitaré. Manda, pues, que sea custodiado el sepulcro, no sea que vengan sus discípulos y lo roben, y digan: Ha resucitado de entre los muertos, y sea el último engaño peor que el primero» (Mt 27,63-64).

El tercer día en el kerigma fundamental de Pablo

El plazo del tercer día consta en el kerigma fundamental de Pablo (1 Cor 15,4; Act 13,3). Pedro lo testifica en casa del cen¬turión Cornelio (Act 10,40). Fue el mismo Jesús quien, siempre que anunció su resurrección futura, la señalaba para el plazo del tercer día en sus anuncios (Mt 20,18-19; Mc 10,33-34; Lc 18,33-34 y los paralelos de éste: Mt 16,21; 17,22-23; Me 8,31-32; 9,31-32; Le 9,22; 9,44). Y aun Lucas pone en boca del ángel en el sepulcro el recuerdo del anuncio del tercer día (Lc 24,6-7).

6. Según las Escrituras

Pablo menciona dos veces el Antiguo Testamento

Es precisamente el mencionar el plazo del tercer día cuando Kerigma paulino de que hablamos, menciona el testimonio del AT por segunda vez: «Os he transmitido lo que he recibido» (1 Cor 15, 3). Es la transmisión fiel y correcta de la tradición recibida: ¿Y qué ha sido lo recibido y transmi¬tido? Por dos veces se menciona aquí el AT:

«Que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras.
Que fue sepultado y resucitó al tercer día, según las Escrituras.» (1 Cor 15,3-4).

Conforme a la predicación apostólica, Cristo murió por los pecados de los hombres, para salvarlos, como estaba profeti¬zado. No es necesario que nos extendamos aquí a señalar dónde estaba anunciada la muerte por los pecados precisamente, la muerte redentora. Se puede brevemente señalar la primera página de la historia de la humanidad, donde habiendo vencido el enemigo-serpiente por la tentación del pecado, será vencido por el Hijo de la Mujer anunciada en aquello mismo en que parece haber vencido, es decir, en los pecados.

El Redentor anunciado morirá por reparar el género humano caído en el pecado de la desobediencia. Es la exegesis clara de Pablo en la carta a los Romanos (Rom 5,12-21). Se puede añadir también una serie de pasajes del pueblo de Israel, en que se anuncia el perdón de los pecados de los hombres.
Dónde se menciona la resurrección de Cristo en el AT

Si ahora preguntamos dónde se halla en el AT la mención de la resurrección de Cristo, que Pablo anuncia aquí (y que Juan confirma al decir ante los lienzos funerarios: «No conocían todavía la Escritura de que había que resucitar de entre los muertos Jn 20,9), quizás nos encontramos ante una dificultad mayor. ¿Estaba anunciado que el Mesías debía resucitar? Parece que implícitamente en la misma profecía del Paraíso, donde la herida mortal hecha al hombre, será reparada por un hombre nacido de Mujer, cuyo talón sin embargo llegará a morder en la batalla el enemigo. Esta mordedura sería la muerte humana, y la resurrección la victoria divina. Jesús, ante Nicodemo, recuerda de forma algo extraña la serpiente levantada en el desierto pro Moisés para curar las mordeduras de serpiente precisamente. La fe de Abraham, el cual creyó “contra toda esperanza” (Rom 4, 18), adquiere en la carta a los Hebreos el contorno de fe de la posible resurrección de Isaac después de muerto, como en perfecta imagen de Cristo (Hb 11,19)

Referencias mesiánicas del AT explicada por Jesús de Nazaret

Fue el propio Jesús quien inició a sus apóstoles en la búsqueda de referencias mesiánicas en el AT. Dice, en efecto, el evangelio de Lucas que a los dos discípu¬los de Emaús les interpretó Cristo en el diálogo del camino los textos del AT que trataban de El mismo, en Moisés y en los Pro¬fetas, es decir, en el AT (Lc 24,27).

Cuando aquéllos hubieron vuelto de su camino a comunicar la aparición, y de nuevo se apareció Cristo entre los apóstoles reunidos con ellos y otros, cita el evangelista en el elenco de textos del AT mencionado por Cristo para hacerles ver que todo esto se hallaba anunciado: «la ley de Moisés (la Ley, el Pentateuco), los profetas».

Quedaba la expresión completa (la Ley y los Profetas: Mt 7,12; 22,40). Los Salmos pertenecían en realidad a los Profetas, pues eran el resto de la ley inspirada fuera del Penta¬teuco, y su autor principal era David, rey y profeta. Parece pues un método obvio que, si queremos saber qué textos les citó Cris¬to, Sabiduría infinita, al abrirles el sentido de la Escritura preci¬samente, examinemos qué textos fueron a continuación particu¬larmente citados por los propios apóstoles, después de tal lección, al referirse al anuncio mesiánico de las Escrituras.

Fue el salmo 15 (16), en su versículo 10. Lo citará ampliamente Pedro en su sermón primero al pueblo, el mismo día de Pentecostés. Esto parece indicar que este texto fue capital para ellos en la tradición apostólica, y debe haber sido por provenir de la misma interpretación de Jesús.

10 Pues no dejarás mi alma en el Seol, ni permitirás que tu santo vea corrupción.

¿Qué decir de este texto críticamente examinado? Señalan los críticos que el Salmo habla no precisamente de la «corrupción» (palabra clave de la interpretación), sino de la «fosa», de la cual libra Dios al justo. Pedro y Pablo argumentan, y la fuerza de su argumento descansa en la palabra «corrupción» del texto griego de los Setenta, al traducir el Salmo del hebreo. ¿Es lo mismo «liberar de la fosa» que «librar de la corrupción», que se produce en la sepultura? Esta es la base del argumento pro¬puesto por Pedro y Pablo, que habían estado en contacto con el Maestro o con su tradición.

Realmente tendría poco sentido que el Salmista agradezca a Dios tan efusivamente que le libre ahora de la muerte, si des¬pués va a morir de modo semejante, y a ir a parar también a la fosa. Al Amado de Dios el Señor Yahvéh le ha de librar de las consecuencias de la muerte, y por ende de la corrupción de la sepultura

No sabemos cuál de los dos términos empleó Pedro el día de Pentecostés, aunque se puede suponer que Jesús citaría el texto hebreo. Pero el autor de los Hechos presenta el discurso en lengua griega, y da el término equiva¬lente de los Setenta: «corrupción». Hay que tener en cuenta ade¬más que, según el fenómeno descrito por el autor del libro, cada uno de los oyentes le oía en su propia lengua, y la lengua griega era más general que la hebrea. Todo esto hace ver que el verdadero sentido del texto es el que le da Pedro en su argumentación, que vale para todas las lenguas.

El argumento dice lo siguiente: David dice: no permitirás que tu amado vea la fosa o la corrupción que ella encierra. Ahora bien, dicen Pedro y Pablo, sin que nadie pueda contradecirles: David está sepultado, y su sepulcro dura hasta hoy en honor entre nosotros. Luego a él no le libró Dios de la fosa ni de la corrupción. Por lo tanto David no hablaba de sí mismo sino que movido por la inspiración hablaba de su descendiente el Mesías. Este es el que dice por boca de David:

«No abandonarás mi alma en la muerte.» (2,27) Es decir que le espera otra vida después de la mortal. Si esto lo creían los judíos de la resurrección final, cuánto más habían de creerlo del Mesías. Pero el «Amado de Dios» tenía un privi¬legio.

«Me has dado a conocer los caminos de la vida. Me llenarás de alegría con tu rostro al verlo» (ib.28)

Esto sucede ya en la muerte: el rostro de Dios se le muestra, y ve los caminos de vuelta a una vida mejor, tras la muerte, más allá de ella. Hay una clara esperanza de resurrección en todo ello, y siendo el discurso de Pedro el día de Pentecostés, cuando acaban de recibir esta lección de su Maestro.

Así podemos llegar a la conclusión de que, al menos por este texto, bien pudo decir san Pablo en el kerigma: «Creemos en la resurrección según las escrituras.»

¿Se puede decir lo mismo del «tercer día», dato que Pablo parece haber unido en el kerigma con el de la resurrección del Mesías, y que ciertamente pertenece a la predicación de la fe? ¿Existe también en el AT algún testimonio que nos hable de una resurrección del «Amado de Dios» antes de la escatológica final? ¿Y precisamente «al tercer día»

Jesús en vida lo anunció, como hemos visto, muchas veces. Siempre hablaba de su resurrección «al tercer día», no simplemente de la resurrección final. Cuando habla de Jonás en el vientre de la ballena,

Puede parecer, sin embargo, este texto de Jonás, aparte de la profecía del Señor mismo, una adaptación del AT. También se ha aducido otro texto particular del profeta Oseas: «El nos vivificará, después de dos días. El día tercero nos resucitará» (Os 6,3). La claridad del texto es patente, pero al parecer no se refiere a la resurrección del mismo Mesías, sino en una fórmula general a la resurrección final humana.

Podemos decir que el texto tan citado por los apóstoles del Salmo 15, al anunciar la resurrección del Mesías con la garantía dicha (de que ciertamente no hablaba de David mismo, que no resucitó), anuncia también de manera implícita la resurrección del cadáver al tercer día, al afirmar que no permitirá Dios que su «Santo o Amado» vea la corrupción. Decir simplemente que no permitirá que vea la fosa, o sea la sepultura, si es esperanza llena en Dios, sería creer que el Santo será inmortal

Recuérdese que Jesús fue sepultado según las costumbres judías (Jn 19,40). ¿Cuál era esta costumbre? Sin duda la que es mencionada allí mismo: «Vino Nicodemo trayendo myrra y aloes, casi cien libras. Tomaron el cuerpo de Jesús, y lo sujetaron con lienzos acompañados de aromas, como es costumbre de los judíos sepultar» (19,39-40). ¿Qué misión tenían estos aromas, que pertenecen al rito judío? La de dilatar la corrupción del cadáver, como señal de respeto a la vida.

«Señor, ya tiene hedor, porque lleva cuatro días (Jn 11, 39).

La descomposición del cadáver se iniciaba según la creencia judía, pasado el tercer día. Hasta ese día podía permanecer intacto. Así, cuando el Salmo 15 dice: «No permiti¬rás que tu Santo vea la corrupción», está diciendo implícitamen¬te: «No permitirás que llegue al cuarto día.»

Con razón puede decir Pablo, y dar como señal de la histori¬cidad de la fe, el tiempo de la resurrección junto con el lugar. Resucitó en Jerusalén, en el sepulcro, al tercer día, y esto, como dice san Pablo, también «según las Escrituras», que no han dejado ignorado punto tan singular e histórico de la fe central. Es como si hubiera dicho «Resucitó, sin haber padecido la corrupción del sepulcro, estando aún su cadáver intacto, al tercer día, según las escrituras». Por eso, el tercer día, como dato, es histórico y dogmático.

7. ¿Quién resucitó a Jesús?

Muchos testimonios del NT afirman, con razón, que «Dios resucitó a Jesús», es decir su humanidad muerta, que reposaba en el sepulcro. Sabemos que en Jesús hay dos naturalezas, según la fe, una divina y otra humana. Solamente la humana murió, separándose su cuerpo y su alma, como expresa el último grito de Jesús al expirar: «Padre, en tus manos encomiendo mi espí¬ritu o alma» (Le 23,46).

¿Quiere decir aquella expresión «Dios resucitó a Jesús» (vg-Rom 10,9; Act 2,32; 10,20; 13,30...) que es el Padre quien resu¬cita al Hijo, y no él a sí mismo? Es sabido que todas las obras externas las hacen en común, con una sola naturaleza y poder las tres Personas de la Trinidad. Por eso se puede decir que el Padre le resucitó, pero también que él se resucitó a sí mismo» obrando como Dios. Distinguir entre la divinidad de Jesús y la del Padre, aunque sean personas distintas, sería renovar un error politeísta o simplemente y mejor arriano, dando a Jesús una divinidad menor que la del Padre.

Hans Küng en este punto, según una posición crítica tomada ya de tiempo atrás en ambigüedad, declara que «no se trata de una acción autónoma de Jesús, sino de una obra de Dios en Jesús el crucificado». Distinguir en Jesús en la resu¬rrección entre una acción autónoma de Jesús y una acción estric¬tamente divina parece posición nestoriana propiamente. Jesús es Dios en su persona, y por lo tanto se resucita a sí mismo como Dios que es.

«Destruid este Templo (hablaba de su Cuerpo) y Yo lo levantaré en tres días» (Jn 2,19). El mismo, como Dios que es verdadera¬mente, es el autor de su propia resurrección. No dijo: Dios lo levantará, sino clara y expresamente: «Yo lo levantaré».

Jesús, persona divina del Hijo, en unidad divina de poder con el Padre y el Espíritu, resucita su naturaleza humana, uniendo de nuevo su alma humana con el cadáver inmóvil en el sepulcro, que, como Adán en el Paraíso, al recibir el aliento del creador en el alma inmortal recobrada, «se levanta como ser vivo». (Gen 2,7).


EL EVANGELIO DE SAN MATEO Y LA RESURRECCIÓN

Los cuatro evangelios tienen la resurrección como término final de sus libros, mencionando el de san Lucas la Ascensión y el de san Marcos, en su final añadido, aludiendo a ella. Pero el término normal de los evangelios son las apariciones de Jesús resucitado, que confirman la vida nueva del resucitado. El de san Marcos, como es sabido, a partir de 16,9 añade al men¬saje angélico a las mujeres algunas apariciones, que, de otra mano o no que la del propio evangelista, ha sido añadido des¬pués a manera de apéndice.

La primera noticia de la resurrección llega a los apóstoles en los cuatro evangelios (con cierta salvedad para Marcos, que dice que se callaron las mujeres) a través del anuncio de las mujeres. Sin embargo, si examinamos los cuatro diversos relatos, encontramos diferencias, que se acentúan en el de san Mateo.

Comparación entre los cuatro relatos evangélicos

El evangelio de san Mateo, sin duda, es el que añade más datos externos al relato básico común. Es Mateo quien, por boca de los Sumos Sacerdotes y principales fariseos, plantea en la mañana del sábado, ya enterrado Jesús, como todos saben, en el sepulcro de Arimatea, la petición de un retén de guardia ante el sepulcro hasta que hayan transcurrido los tres días de la muerte, con el fin de evitar la mentira de los apóstoles que pudiesen quizás robar el cadáver, profanando la tumba con gravísimo atrevimiento para hacer creer que Jesús había resucitado de manera ignorada, y vivir luego en el clima de tan insostenible mentira. Pilato lo concedió: «Teneis una guardia. Id, aseguradlo como sabéis.» (Mt 27,65.)

Y así como en la muerte de Jesús es el único evangelista que ha aludido expresa¬mente a fenómenos de la naturaleza misteriosos (la tierra tem¬bló, las rocas se rajaron, los sepulcros se abrieron, los muertos resucitaron: detalles exclusivos suyos), así en la resurrección aparecen en exclusiva algunos fenómenos que la acompañan. (Mc y Lc mencionan las tinieblas; los tres el Velo rasgado).

No se dice ni a qué hora aconteció el hecho milagroso de la resurrección, ni si algo sucedió en aquel instante. Pero, debió ser en la aurora ya, próximo el sol, se produjo el fenómeno externo: la tierra tembló, y un ángel refulgente de luz apareció, que hizo rodar con majestad la piedra que cerraba el sepulcro, y se sentó encima de ella, una vez quitada.

Entre los modernos exegetas, examinando el apócrifo evangelio de san Pedro, que introduce dos ángeles cuya cabeza llegaba al cielo, ha habido una tendencia a considerar estos detalles de Mateo como obra literaria del autor, que es el único que los aporta. Pero, sin negar que esto sea posible cuando hay indicios suficientes, aquí hay una pregunta que no se puede eludir: en todos los relatos evangélicos la piedra que cierra el sepulcro aparece quitada, y el sepulcro abierto, de modo que las mujeres, y luego Pedro y Juan pueden entrar y salir con libertad.

La retirada de la piedra

¿Quién quitó la piedra? ¿Quién abrió sepulcro? La única explicación dada es la de san Mateo. Mateo dice que apareció un ángel y la quitó con suma facilidad como pueden hacerlo los espíritus angélicos. No se conoce ninguna otra explicación válida de un hecho cierto. El ángel «hizo rodar la piedra» (Mt 28,2), seguramente por su natural lugar de corrimiento, hasta abrir la puerta. Luego se sentó encima.

«Su aspecto —dice— era como el relámpago, y su vestido blanco como la nieve» (Mt 28,3). Es una indicación semejante a la de la Transfiguración del Señor (Mt 17,2). Sería, sin embargo fantasear pensar que esta irradiación de su aspecto (que no era cuerpo verdadero, aunque lo semejaba), era la irradiación des¬conocida que pudo estampar en la Sábana Santa la imagen de Jesús, como se estima. No es nada probable que ambos acon¬tecimientos fuesen simultáneos. Este fulgor angélico fue exterior al sepulcro, el de la resurrección fue dentro de la oscuridad com¬pleta de la caverna funeraria y anterior. Sin embargo, puede dar¬nos una sugerencia de cómo existen fenómenos de luz descono¬cidos de los hombres, por una irradiación milagrosa en el modo, pero que podría ser una de las formas desconocidas de energía de la naturaleza. En todo caso estamos ante un milagro. Es semejante al de la Transfiguración.

El efecto sobre los soldados fue abrumador: «Quedaron como muertos» Recogieron sus armas y huyeron, dejando las señales de su estancia: el fuego para la noche, quizás restos de alimentos.

El sepulcro había sido abierto por una fuerza superior, y ellos habían visto el ángel luminoso, sentado tranqui¬lamente, como guardián del sepulcro, sobre la piedra. Los sacer¬dotes celebraron inmediatamente consejo reuniendo también los ancianos, que formaban parte de él (Mt 28,12). La decisión no sabemos si unánime, fue la misma que en el caso de Judas. El dinero lo cubre todo. «Tenéis que decir que sus discípulos vinieron de noche, y lo robaron mientras vosotros dormíais» (Mt 28, 13). Era confesar que habían faltado a su obligación oficial.

Los ancianos del Consejo salieron garantes de la defensa de los soldados ante Pilato, lo que no sabemos cómo hubieran hecho, aunque con Pilato era muy factible.

Añade el evangelista que el rumor del robo, difundido por los soldados, a pesar de ser tan increíble, «dura hasta hoy» (Mt 28,15)- Esto prueba que en el año del Mateo escrito, quizás el original primero en arameo en los años cuarenta, era un rumor que circulaba, admitido por los judíos.

Si existía ese rumor es que fue difundido, y si fue difundido por alguien que tenía interés en ello, es que no había otra prueba de verosimilitud para el hecho de la desapari¬ción del cadáver.

Pero estaban los guardias aterrorizados, que daban su testi¬monio. Y es un testimonio tan absurdo el de que, estando ellos dormidos, los discípulos robaron el cadáver, que ha justificado la célebre invectiva de san Agustín: «¡Oh infeliz astucia! Empleas testigos dormidos...» Pues el relato ficticio de los guardias se des¬miente por sí solo. Si estaban dormidos, ¿cómo saben lo que pasó? ¿No era su obligación grave vigilar por turnos, según costumbre, para que esto no aconteciese? Y, si se lleva el argu¬mento al extremo, ¿es posible correr la piedra del sepulcro, tan pesada, por su ranura, sin un ruido estridente, y verificar toda la operación del robo, permaneciendo dormidos los vigilantes? Ninguna novela de ficción lo aceptaría, a no ser que les hubiesen primero suministrado un narcótico poderoso.

Las mujeres en los evangelistas

En el evangelio de san Mateo su ida es al comenzar el primer día de la semana, pero con este dato significativo: «la hora que comienza la luz de los días laborales» (sabbáton). ¿Era esta luz la de la aurora, como parece natural? ¿Era la luz que se encendía en algunas ventanas, indicando la preparación para ir al trabajo.

El problema sería éste: cuando llegan las muje¬res (que son en Mateo Magdalena y la otra María, es decir, la madre de Santiago y José, Mt 28.1), ¿han huido ya los soldados, o al menos están corriendo y el ángel sentado en la piedra? Así parece deducirse del texto, pues el ángel, que ha aterrado a los soldados, a ellas les dice: «Vosotras no temáis...». Parece que de algún modo han conocido el terror de los guardianes. Todo esto era, sin embargo, fuera del sepulcro. Después del mensaje del ángel, Mateo dice que partieron (otros: salieron), en cuyo caso no vieron el sepulcro por dentro. Corrieron a comunicar el men¬saje lo primero de todo.

De María Magdalena consta esto por Juan 20, 1-2. Ella no entró en el sepulcro. En cambio en Marcos y Lucas «entraron» (Mc 16,8; Lc 24,3). Luego aparece un ángel en Mc y dos en Lc, que les dan el mensaje, pareciendo más seguro el mensaje de Marcos, por contener el dato de ir a Gali¬lea, que Lucas ha desfigurado. Por otro lado, Lucas añade que Pedro fue y vio «los lienzos» (ozónía) (24,12).

Tales son las principales diferencias en estos puntos que hemos notado entre Mateo y los otros. Las mujeres, por lo demás, al llegar al cenáculo no hablaron de los lienzos, como se ve en lo que dicen los de Emaús, que sólo hablan de que no estaba el cuerpo, sin más distinción. Fueron Pedro y Juan quie¬nes obtuvieron el testimonio de la mortaja. Aquí parece concor¬dar Mateo más con Lucas y con Juan, cediendo a los apóstoles la comprobación de los lienzos.