domingo, 27 de febrero de 2011

CRONOLOGÍA DEL NUEVO TESTAMENTO - "LOS EVANGELIOS ANTE LA HISTORIA" P. IGARTUA S.J.

RESUMEN

Los escritos del NT (27 libros) son unos testimonios escritos en el siglo I que narran la vida, muerte y resurrección de Jesús de Nazaret. No es decisi¬vo saber si esos escritos corresponden a una determinada dé¬cada, a la anterior, o a la siguiente. Pero sí es de gran impor¬tancia la conexión directa con los hechos, que conforma su garantía de histórica verdad.

La excesiva se¬paración de años puede desfigurar sensiblemente las tradiciones si no se tienen en cuenta motivos ahistóricos como la asistencia del Espíritu para su conservación fiel y permanente. Si el testimonio se produce dentro de generaciones contemporáneas de los hechos y éstos son públicos y notorios entre ellas, la presencia de tales generaciones «presenciales» es una garantía de la verdad, si los hechos son aceptados por las mismas.

Este argumento lo utiliza el apóstol san Pablo en la I Carta a los Corintios al apelar al testimonio de una generación «presencial» y contem¬poránea como credencial de la Resurrección de Cristo: «Se apa¬reció a más de quinientos hermanos reunidos, muchos de los cuales viven todavía». La carta a los Corintios puede datarse en el año 57-58 d. Cr. Como la muerte y resurrección de Cristo acontecen el a. 30 de nuestra era, han pasado 28 años. En el año 58 el abanico de edades de los antiguos testigos de la aparición a los quinientos sería entre los 43 y los 98 años de edad.

2. Cronología básica

El año 70 de la conquista de Jerusalén es una fecha límite para la mayoría de los escritos del NT, con la excepción del Evangelio de Juan, su Apocalipsis y sus tres cartas.

El P. Igartua S.J. adopta este punto de partida, como seguro. La crítica que trata de posponer la fecha de composición de los evangelios más allá del año 70, se basa en la imposibilidad de la profecía, de manera que lo anunciado sobre la destrucción de Jerusalén y el templo, se trataría de una profecía ex eventu (o sea, después de los sucesos).

Comienzo de la vida pública de Juan el Bautista y Jesús año 29 ó 27. En el Evangelio de Lucas ese comienzo se fija, con precisión histórica, el año 15 del imperio de Tiberio César, siendo Poncio Pilato procurador de Judea y Herodes tetrarca de Galilea.

Augusto muere el 19 de agosto del año 767 ab Urbe Condita, que se corresponde con el 14 de nuestra era. 14+15=29. En el cómputo de Siria hay que retrasar dos años, es decir, el año 27 de nuestra sería para el bautismo de Jesús y comienzo de su vida públi¬ca.
En el evangelio de Juan, los judíos replican a Jesús 46 años hace que este templo comenzó a edificarse ¿y tú lo vas a levantar en tres días?. El templo comenzó a edificarse el año 19 a. Cr, el 735 de Roma, sumando 46 a 19 a. de Cr. Se obtiene también el año 27 d. Cr.. Jesús comenzó su vida pública el año 27 (tenía unos 30 años).

Pasión, muerte y resurrección en el año 30. La predicación de Jesús hasta su muerte duró alrededor de tres años, que coincide con el dato de Jn 19,31.

Las fechas de san Pablo

La conversión de Saulo en Damasco (año 36). El martirio de san Esteban debió ser cuando el relevo del gobernador Pilato por Albino que tuvo lugar en el año 36.

Primera estancia de San Pablo en Jerusalén (año 38). Pablo, en (Gal. 1,18) afirma que tres años después de la conversión subió a Jerusalén por primera vez para hablar con Pedro y con Santiago. Lo que supone el año 38.

El concilio de Jerusalén (año 49). En Gálatas, dice que 14 años después volvió a Jerusalén, es decir, en el año 49 como fecha de la reunión apos¬tólica en Jerusalén. Cita como participantes a las «columnas de la Iglesia»: Pedro, Santiago y Juan.

La muerte de Pedro y Pablo (años 64 y 68 respectivamente). Vinculadas al incendio de Roma del año 64, el del martirio de Pedro y la muerte de Nerón en el año 68, el del martirio de Pablo.

El nacimiento de Cristo año 6 a. de C.. El monje Dionisio el Exiguo erró al calcular el ca¬lendario de la Era cristiana en el siglo VI (m. en 556). Asignó el año 754 de Roma al nacimiento de Cristo. Nos consta por Mateo y Lucas (Mt. 2,1; Lc. 1,5), que reinaba Herodes que murió el 750 de Roma (F. Josefo, Ant. Jud., 17,8,1), es decir, cuatro años antes de la Era cristiana calcula¬da. Por ello, el nacimiento de Cristo debe situarse antes del año —4, en tiempo de Herodes, y si contamos los dos años apro¬ximados del cálculo evangélico para la matanza de los Ino¬centes (Mt. 2,16), lo podemos fijar en el año aproximado de —6 (o quizás en —7).


Cronología romana Cronología cristiana Sucesos
(ab Urbe Condita UC) (ante, post Christum)
año 747-48 -7, -6 Nacimiento de Jesús
año 750 -4 Muerte de Herodes
año 754 1 (no hay 0) Primer año era cristia¬na. (777 de las Olim¬piadas griegas según Varrón cfr. Espasa, Cronología, 16,478)
año 767 14 Muerte de Augusto. Vf. (Tiberio emperador desde el 12, collega Imperii).
año 780 27 Bautismo de Jesús.
año 783 30 Muerte y Resurrección de Jesús
año 789 36 Conversión de Saulo.
año 791 38 Saulo en Jerusalén con Pedro y Santiago.
año 802 49 Concilio apostólico: Saulo con Pedro, San¬tiago y Juan.
año 817 64 Muerte de Pedro en Roma. (Incendio: 18 julio 64).
año 820 67 Muerte de Pablo.
año 821 68 Suicidio de Nerón.
año 823 70 Destrucción de Jerusa¬lén.


Datación de los escritos del Nuevo Testamento

a) Los Hechos son del 61-63.
b) Lucas es anterior a los Hechos (antes del 60).
c) Marcos en anterior a Lucas (antes del 55).
d) Mateo arameo es anterior a Marcos (40-50).
e) Mateo griego es anterior al 66-70.
Cuadro de síntesis cronológica total

He aquí, como resultado final de los exámenes de los docu¬mentos del NT, el cuadro cronológico de los documentos del Nuevo Testamento.

año suceso
19 a. Cr. Comienzo de la reconstrucción del Templo por Herodes.
6-7 a. Cr. (aprox.) Nacimiento de Jesús en Belén
1 d. Cr. Año 754 de la fundación de Roma. (No existe el año 0).
6-7 Subida de Jesús niño al Templo con sus padres.
27 Bautismo de Jesús. Comienzo de su misión pública.
30 Muerte y Resurrección de Jesús. Ascensión. Pentecostés.
36 Muerte de Esteban protomártir. Conversión de Saulo.
38 1.a subida de Saulo a Jerusalén, entrevista con Pedro: el Kerigma de 1 Cor. 15,3-8 (cfr. ap. 11).
30-40 (aprox.) ¿Logia? (¿Redacciones primeras particulares de sentencias de Jesús en ara-meo?)
40-50 Evangelio de Mateo en arameo. — Versión griega directa.
43 Saulo en Antioquía con Bernabé. ¿Encuentro con Lucas? (Act. 11,27).
44 Muerte de Santiago, hijo de Zebedeo y hermano de Juan (Sant. el Mayor.)
45-49 (año aprox.) 1.° viaje de Saulo-Pablo. Marcos con Pa¬blo y Bernabé, hasta la separación de¬jando la empresa (Act. 12,12. 25; 13,13
49 Concilio de Jerusalén.
50-55 Evangelio de Marcos (¿antes del 50?:O' Callaghan)
50-52 2° viaje de Pablo. Europa. Lucas compa¬ñero temporal (Act. 16,10,40).
50-60 Epístola de Santiago.
51 Epístolas a los Tesalonicenses, 1 y 2.
53-58 Evangelio de Lucas (primera redacción). 3.° viaje de Pablo.
55 Gálatas.
¿56? ¿Filipenses? (ver años 61-63).
57-58 1 y 2 Corintios. Lucas se reúne de nuevo con Pablo (2 Cor. 8,18-19).
58 Romanos. — Lucas compañero definiti¬vo de Pablo (Act. 20,5).
58 Tumulto en el Templo y prisión de Pablo.
58-60 Cautividad de Pablo en Cesárea.
60 Viaje a Roma como prisionero. Naufragio en Malta. Lucas con Pablo.
61-63 Cautividad romana primera de Pablo, bie¬nio (Act. 28,30). Lucas compañero ro¬mano del prisionero. Libro de los He¬chos.
Epístolas de la cautividad: Efesios. ¿Filipenses? Colosenses. Filemón.
60-64 Epístolas de Pedro, 1 y 2.
60-70 (antes del 66) Evangelio griego de Mateo (actual).
62 Muerte de Santiago (el hermano del Se¬ñor). Simeón, ob. de Jerusalén (62-107).
64 18 de julio: Incendio de Roma (Tácito).
64 Difusión de los Hechos de los Apóstoles, terminados el 63-64.
64 13 octubre: Muerte de Pedro. (Dies impe-rii Neronis: Guarducci)
65 1Timoteo, tras el viaje de Pablo a España, ahora en Asia (1 Tim. 1,3) y Grecia.
Tito.
66-67 2 Timoteo. Lucas persevera con Pablo (2 Tim. 4,11). ¿Marcos con Pablo? (ib.).
Hebreos.
67 Muerte de Pablo
68 Muerte de Nerón (54-68), por suicidio forzado.
69-70 ¿Apocalipsis?
70 Destrucción de Jerusalén. Incendio del Templo. (29 agosto).
70-80 Epístola de Judas.
90-100 Evangelio de Juan (última redacción y difusión).
Epístolas de Juan.
Clemente Romano ad Corintios Didaché

jueves, 17 de febrero de 2011

LOS EVANGELIOS ANTE LA HISTORIA: CRONOLOGIA DEL NUEVO TESTAMENTO



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domingo, 6 de febrero de 2011

¿Los Evangelios retratan fielmente lo que Jesús de Nazaret "hizo" y "dijo"?

Curso 2010-2011: “La historicidad de los Evangelios”

“Introducción al curso: ¿los Evangelios retratan fielmente lo que Jesús de Nazaret “hizo” y “dijo”?

A partir de los años cincuenta, recuerda Ratzinger en su obra Jesús de Nazaret, “la grieta entre el «Jesús histórico» y el «Cristo de la fe» se hizo cada vez más profunda”. La figura de Jesús era cada vez más nebulosa como consecuencia de la investigación histórico-crítica realizada de la época. El resultado de ello es que ha quedado la impresión de que sabemos pocas cosas ciertas de Jesús, lo que da lugar a una situación dramática para la fe.

El Magisterio de la Iglesia y la hereméutica

En la Exhortación Apostólica Verbum Domini, Benedicto XVI hace una mención al desarrollo de la investigación bíblica y el Magisterio de la Iglesia. Cita la Encíclica Providentissimus Deus de León XIII de 1893 que advierte de los peligros de la “alta crítica” por la influencia del racionalismo en los métodos de interpretación y la Divino Afflante Spiritu de Pío XIIde 1943 que se enfrenta a los ataques de los partidarios de una interpretación mística que rechaza toda aproximación científica y reivindica el «alcance teológico del sentido literal definido metódicamente», como la pertenencia de la «determinación del sentido espiritual… en el campo de la ciencia exegética».

San Pío X, sucesor de León XIII, se encontró con el movimiento modernista que desde el racionalismo del protestantismo liberal trata de modificar la fe de la Iglesia para que se adecue a una religión que niega el orden sobrenatural y toda intervención de Dios en el mundo. Lo que dio lugar al decreto “Lamentabili sane exitu” y a la Encíclica “Pascendi” (ambos documentos del año 1907) que muestran las tesis del modernismo, así como sus fundamentos filosóficos y teológicos.

En relación con el método de los modernistas en la cuestión histórica, dice Pío X: “semejante crítica no es una crítica cualquiera, sino que con razón se la llama agnóstica, inmanentista, evolucionista; de donde se colige que el que la profesa y usa, profesa los errores implícitos de ella y contradice a la doctrina católica”.

Pío XII incorpora a la exégesis la teoría de los géneros literarios que emplean los métodos histórico-críticos como aplicables a la interpretación de la Sagrada Escritura con la finalidad de conocer lo que el hagiógrafo quiso decir que es lo que el Espíritu Santo le inspiró y por tanto lo que quiso revelar.

La Instrucción «Sancta Mater Ecclesia» de la Pontificia Comisión Bíblica de 21 de abril de 1964 recuerda el método histórico estudia las fuentes, las valora sirviéndose de la crítica textual, de la crítica literaria y del conocimiento de las lenguas y señala que el exegeta, siguiendo la recomendación de Pío XII, debe buscar el género literario adoptado por el hagiógrafo.

En relación con el «método de la historia de las formas», es lícito emplearlo pero con cautela pues con está implicado con principios filosóficos y teológicos no admisibles. Algunos fautores de este método, movidos por prejuicios racionalistas, repulsan reconocer la existencia del orden sobrenatural y la intervención de un Dios personal en el mundo, realizada me¬diante la revelación propiamente dicha, y asimismo la posibilidad de los milagros y profecías.



La hermenéutica en la Exhortación Apostólica Verbum Domini

Benedicto XVI ha recordado el valor y la importancia de los métodos histórico-críticos. Señala que la Dei Verbum (n. 12) (Vaticano II) ofrece dos indicaciones metodológicas para un adecuado trabajo exegético. En primer lugar, confirma la necesidad de la utilización del método histórico-crítico. El hecho histórico es una dimensión constitutiva de la fe cristiana. Además, la Dei Verbum habla de un segundo nivel metodológico necesario para una interpretación correcta de las palabras, que son al mismo tiempo palabras humanas y Palabra divina. Indica tres elementos metodológicos fundamentales: 1) Se debe interpretar el texto teniendo presente la unidad de toda la Escritura. 2) También se debe tener presente la tradición viva de toda la Iglesia. 3) Es necesario, por último, observar la analogía de la fe.

Sólo donde se aplican los dos niveles metodológicos, el histórico-crítico y el teológico, se puede hablar de una exégesis teológica, de una exégesis adecuada a este Libro.

Objeto y finalidad del Curso

El presente curso sobre la historicidad de los evangelios toma como referencia el libro del P. Igartua S.J.: “Los Evangelios ante la historia”. El cuál con la ayuda del Magisterio de la Iglesia, nos pone ante Jesús de Nazaret, cuyos hechos y dichos quedaron fielmente reflejados en los Evangelios y por lo tanto, con verdad nos dan noticia de la divinidad de Jesucristo, su misión redentora, la institución de la Iglesia, la institución de la Eucaristía etc.

Esquema del libro: “Los Evangelios ante la historia”

Capítulo primero: la cronología del Nuevo Testamento

1. Importancia de las fechas
2. Cronología básica
3. Un punto seguro de partida: los Hechos de los Apóstoles
4. La cronología y el evangelio de Lucas
5. Cronología de los evangelios de Mateo y Marcos
6. Cronología de Juan
7. Cronología epistolar paulina
8. Cronología de las epístolas católicas y a los Hebreos
9. Cuadro de síntesis cronológica total
10. Variantes en la cronología de los evangelios
11. La fecha del kerigma paulino en 1 Cor. 15
Notas especiales
a) La llegada de Pedro a Roma (cf. nota 17)
b) La fecha del nacimiento de Jesús (cf. nota 26)

Capítulo segundo: La garantía histórica de los testimonios

1. La naturaleza de los escritos documentales
2. El carácter sagrado del testimonio
3. La garantía de la comunidad cristiana
4. La comprobación arqueológica actual
Nota especial

La Sábana Santa de Turín (cf. notas 28-35)

Capítulo III: La historia como genero literario en el Antiguo Testamento

1. Perspectiva de la historia en el Antiguo Testamento
2. Elementos de la interpretación
3. Género literario histórico
4. Valor histórico
5. Personajes del AT
6. Los hechos del relato bíblico
7. El problema moral de los relatos

Notas especiales

a) El desciframiento de lenguas antiguas (cf. nota 2)
b) Las cartas de Lakis y la conquista de Josué (cf. nota 10)
c) Abraham, Isaac y Jacob (cf. nota 11)
d) El Génesis y el Gilgamés (cf. nota 17)
e) La ruina de 'AY (cf. nota 19)
f) Las setenta semanas de años en Daniel (cf. nota 22)
g) La Historia de las Formas o Formgeschichte (cf. nota 30)
Capítulo IV: La historia como genero literario en el Nuevo Testamento
1. Diferencias con el Antiguo Testamento
2. Interpretaciones midráshicas en el Nuevo Testamento
3. Génesis de los evangelios y problema sinóptico
4. El género evangélico y su historicidad
5. La Resurrección como clave de los relatos evangélicos
6. La Resurrección afirmada históricamente por Pablo y Pedro

Notas especiales
a) Renán y el evangelio de Juan (cf. nota 5)
b) El relato de las tentaciones de Jesús (cf. nota 11)

Capítulo V: Pensamientos sobre los Evangelios y su verdad
I — Género, estilo y valor literario de los evangelios
II — Los evangelistas y su elección
III — El tiempo y el espacio en los evangelios
IV — Los hechos y su verdad
V — La figura de Jesús en los evangelios
VI — Fe y razón ante los evangelios
VII — Los exegetas y sus métodos
VIII— Formgeschichte y Redaktiongeschichte
IX — La teología ante la exegesis

Epílogo: San Ignacio de Antioquía y la verdad de los Evangelios

Apéndice: Autenticidad y fidelidad de los documentos actuales del NT
1. Las copias
2. Restauración crítica del original
3. Los autores de los documentos
4. La lengua de los escritos y la lengua de Jesús
5. Documentos autenticados y apócrifos

Notas especiales
a) El testimonio de Flavio Josefo sobre Jesús (cf. nota 1)
b) Papiros y pergaminos notables (cf. notas 9-10)
c) Criterios de restauración del texto:
d) Apócrifos dnl Nuevo Testamento

“Introducción al curso: ¿los Evangelios retratan fielmente lo que Jesús de Nazaret “hizo” y “dijo”?

1.- Cuestiones preliminares

El origen de la cuestión planteada

Hace unos cuantos años, a muchos fieles cristianos les resultaría chocante la pregunta que ilustra el título de la charla inaugural porque la lectura de los evangelios, tanto en los actos litúrgicos, como en retiros o ejercicios espirituales, se hacía teniendo como referencia histórica todo lo narrado en los mismos, tanto los “hechos”, como los “dichos”.

Cuando cuestionarse la historicidad de los Evangelios no era normal entre los fieles cristianos, diremos entre los que tenían poca ilustración teológica, no pasaba lo mismo en los centros de estudio para formación de sacerdotes, seminarios y facultades de teología, donde se iban difundiendo interpretaciones de la Sagrada Escritura que prescindían del carácter sobrenatural de la revelación divina, de la Inspiración de los hagiógrafos por el Espíritu Santo, y que ponían en duda la inerrancia de la Sagrada Escritura.

En el prólogo del libro “Jesús de Nazaret” de Ratzinger comenta que “En mis tiem¬pos de juventud —años treinta y cuarenta— había to¬da una serie de obras fascinantes sobre Jesús: las de Karl Adam, Romano Guardini, Franz Michel Willam, Giovanni Papini, Daniel-Rops, por mencionar sólo algu¬nas. En ellas se presentaba la figura de Jesús a partir de los Evangelios… Así, Dios se hizo visible a través del hombre Jesús y, desde Dios, se pudo ver la imagen del auténti¬co hombre.”

Continúa Ratzinger: “En los años cincuenta comenzó a cambiar la situación. La grieta entre el «Jesús histórico» y el «Cristo de la fe» se hizo cada vez más profunda; a ojos vistas se alejaban uno de otro” (…)

Los avances de la investigación histórico-crítica lleva¬ron a distinciones cada vez más sutiles entre los diversos estratos de la tradición. Detrás de éstos la figura de Jesús, en la que se basa la fe, era cada vez más nebulosa, iba per¬diendo su perfil….

Acaba concluyendo: “Como resultado común de todas estas tentativas, ha quedado la impresión de que, en cualquier caso, sabemos pocas cosas ciertas sobre Jesús, y que ha sido sólo la fe en su divinidad la que ha plasmado posteriormente su imagen. Entretanto, esta impresión ha calado hondamen¬te en la conciencia general de la cristiandad. Semejante situación es dramática para la fe, pues deja incierto su au¬téntico punto de referencia: la íntima amistad con Jesús, de la que todo depende, corre el riesgo de moverse en el vacío”.


La Exhortación Apostólica “Verbum Domini”

Esta Exhortación Apostólica consta de Introducción; tres partes: Verbum Dei, Verbum in Ecclesia, y Verbum mundo; y Conclusión. En el apartado La hermenéutica de la sagrada Escritura en la Iglesia dedica el número 33 a hacer una mención al Desarrollo de la investigación bíblica y Magisterio eclesial. En él, cita las Encíclicas Providentissimus Deus del Papa León XIII y Divino afflante Spiritu del Papa Pío XII. Juan Pablo II, con ocasión de la celebración del centenario y cincuenta aniversario de su publicación, respectivamente, recordó la importancia de ambas para la exégesis y la teología.

Por una parte, dice que la intervención del Papa León XIII tuvo el mérito de proteger la interpretación católica de la Biblia de los ataques del racionalismo, sin refugiarse por ello en un sentido espiritual desconectado de la historia. León XIII pide que los profesores se formen en la exégesis de la Sagrada Escritura teniendo en cuenta los métodos científicos (crítica textual e históricos), siempre en continuidad con la Tradición Apostólica, los santos Padres y bajo la guía del Magisterio de la Iglesia.

Por otra parte, recuerda que el Papa Pío XII, se enfrentaba a los ataques de los defensores de una exégesis llamada mística, que rechazaba cualquier aproximación científica. Dice que la Encíclica Divino afflante Spiritu, ha evitado con gran sensibilidad alimentar la idea de una dicotomía entre «la exégesis científica», destinada a un uso apologético, y «la interpretación espiritual reservada a un uso interno», reivindicando en cambio tanto el «alcance teológico del sentido literal definido metódicamente», como la pertenencia de la «determinación del sentido espiritual… en el campo de la ciencia exegética».


El problema de la crítica en León XIII y San Pío X

León XIII: Providentissimus Deus

Conviene recordar en la introducción de este curso a qué situación habían llevado los métodos histórico-críticos que León XIII denominaba “alta crítica”, como consecuencia de la contaminación de racionalismo con la que surgieron y comenzaron a ser aplicados.

León XIII destaca la importancia de que los profesores de Sagrada Escritura se instruyan y ejerciten más en la ciencia de la verdadera crítica, porque: desgraciadamente, y con gran daño para la religión, se ha introducido un sistema que se adorna con el nombre respetable de «alta crítica», y según el cual el origen, la integridad y la autoridad de todo libro deben ser establecidos solamente atendiendo a lo que ellos llaman razones internas (…)

Este género de «alta crítica» (…) conducirá en definitiva a que cada uno en la interpretación se atenga a sus gustos y a sus prejuicios; de este modo, la luz que se busca en las Escrituras no se hará, y ninguna ventaja reportará la ciencia; antes bien se pondrá de manifiesto esa nota característica del error que consiste en la diversidad y disentimiento de las opiniones, como lo están demostrando los corifeos de esta nueva ciencia; y como la mayor parte están imbuidos en las máximas de una vana filosofía y del racionalismo, no temerán descartar de los sagrados libros las profecías, los milagros y todos los demás hechos que traspasen el orden natural
.


San Pío X: El decreto “Lamentabili sane exitu” y la Encíclica “Pascendi”

En el Decreto LAMANTABILI SANE EXITU del Santo Oficio, hoy Congregación para la Doctrina de la fe, de 3 de julio de 1907, se condenan un total de 65 errores del modernismo, los que lo califican de forma más clara, y los que muestran el alcance del mal que representa para la Iglesia ese conjunto de doctrinas.

En relación con la autoridad doctrinal y disciplinar de la Iglesia, los modernistas subordinan la autoridad de la Iglesia a los escritores que se dedican a la crítica o a la exégesis científica de los libros del Antiguo y del Nuevo Testamento (1); afirman que la interpretación que la Iglesia hace de los Libros Sagrados debe estar sometida al juicio y corrección de los exegetas (2); contra lo enseñado en el Concilio Vaticano I, los modernistas afirman que el magisterio de la Iglesia no puede determinar el genuino sentido de las Sagradas Escrituras (4).

En relación con la autoridad de las Sagradas Escrituras, los modernistas niegan que Dios sea el verdadero autor de la Sagrada Escritura (9); niegan la inspiración divina al hagiógrafo, afirman que la inspiración de los libros del Antiguo Testamento consiste en la transmisión que hicieron los israelitas de las doctrinas religiosas (10); y niegan que la Inspiración divina abarque a toda la Escritura (11). Proponen que el exegeta debe rechazar cualquier idea preconcebida acerca del origen sobrenatural de la Sagrada Escritura y debe proceder a interpretarla como cualquier documento humano (12).

En relación con el Nuevo Testamento, los modernistas afirman que hubo una elaboración artificiosa de las parábolas (13); que las narraciones evangélicas fueron redactadas para provecho de los lectores aunque fueran falsas (14); que en los evangelios no quedó, sino un tenue e incierto vestigio de Cristo (15); que el Evangelio de San Juan no es historia, sino teología (16); que San Juan exageró los milagros (17); que San Juan no es testigo sino de la vida cristiana (18).

En relación con la divinidad de Jesucristo, los modernistas afirman que la divinidad de Jesucristo no se prueba por medio de los Evangelios, sino que es un dogma que la conciencia cristiana deduce de la noción de Mesías (27); que el Cristo de la historia es muy inferior al Cristo de la fe (29); que el título Hijo de Dios de los evangelios es equivalente al de Mesías, pero no significa que Cristo es verdadero y natural Hijo de Dios (30); que el sentido natural de los textos evangélicos no puede compaginarse con lo que nuestros teólogos enseñan acerca de la conciencia de Jesucristo y de su ciencia infalible (32); que no siempre tuvo Cristo conciencia de su dignidad mesiánica (35); que la Resurrección del Salvador no es propiamente un hecho histórico, sino de orden meramente sobrenatural, ni demostrado ni demostrable, que la conciencia cristiana fue poco a poco derivando a partir de otros hechos (36); que en un comienzo, la fe en la Resurrección de Cristo no versó tanto sobre el mismo hecho de la Resurrección como sobre la vida inmortal de Cristo junto a Dios (37); que la doctrina acerca de la muerte expiatoria de Cristo no es evangélica, sino solamente paulina (38).

En la Carta Encíclica PASCENDI, 8 de septiembre de 1907, PÍO X realiza un análisis muy detallado de las doctrinas de los modernistas, expone los principios en los que los diferentes personajes modernistas que examina se fundan para negar el carácter sobrenatural del cristianismo, así como la divinidad de Jesucristo.

En relación con el historiador o crítico modernista, señala que los principios en los que basan su ciencia crítica son: el agnosticismo, el principio de la transfiguración de las cosas por la fe, y el de la desfiguración.

Dice Pío X que en aplicación del principio del agnosticismo, la historia versa únicamente sobre fenómenos. Luego, Dios y cualquier intervención divina en lo humano, se han de relegar a la fe, como pertenecientes tan sólo a ella. Por lo tanto, si se encuentra algo que conste de dos elementos, uno divino y otro humano —como sucede con Cristo, la Iglesia, los sacramentos y muchas otras cosas de ese género—, de tal modo se ha de dividir y separar, que lo humano vaya a la historia, lo divino a la fe. De aquí la conocida división, que hacen los modernistas, del Cristo histórico y el Cristo de la fe; de la Iglesia de la historia, y la de la fe; de los sacramentos de la historia, y los de la fe; y otras muchas a este tenor.
Después, continúa Pío X, en virtud del principio de transfiguración, ha de reconocerse que el elemento humano ha sido realzado por la fe más allá de las condiciones históricas. Y así conviene de nuevo distinguir las adiciones hechas por la fe, para referirlas a la fe misma y a la historia de la fe; así, tratándose de Cristo, todo lo que sobrepase a la condición humana, sea la natural, según enseña la psicología, sea la correspondiente al lugar y edad en que vivió.
Finalmente, en virtud del tercer principio filosófico, se han de pasar también como por un tamiz las cosas que no salen de la esfera histórica; y eliminan y cargan a la fe igualmente todo aquello que, según su criterio, no se incluye en la lógica de los hechos, como dicen, o no se acomoda a las personas. Pretenden, por ejemplo, que Cristo no dijo nada que pudiera sobrepasar a la inteligencia del vulgo que le escuchaba. Por ello borran de su historia real y remiten a la fe cuantas alegorías aparecen en sus discursos.
Así, pues, para terminar, a priori y en virtud de ciertos principios filosóficos —que sostienen—, afirman que en la historia que llaman real Cristo no es Dios ni ejecutó nada divino; como hombre, empero, realizó y dijo lo que ellos, refiriéndose a los tiempos en que floreció, le dan derecho de hacer o decir.
32. Nos parece que ya está claro cuál es el método de los modernistas en la cuestión histórica. Precede el filósofo; sigue el historiador; luego ya, de momento, vienen la crítica interna y la crítica textual. Y porque es propio de la primera causa comunicar su virtud a las que la siguen, es evidente que semejante crítica no es una crítica cualquiera, sino que con razón se la llama agnóstica, inmanentista, evolucionista; de donde se colige que el que la profesa y usa, profesa los errores implícitos de ella y contradice a la doctrina católica.


2.- El valor de los métodos histórico-críticos

Los géneros literarios
Divino Afflante Spiritu año 1943
Pío XII, en la Encíclica Divino Afflante Spiritu, daba el impulso decisivo a la teoría de los géneros literarios, con estas palabras que hacen época en la historia de la inter¬pretación de la Escritura, por parte del Magisterio:

«Esfuércese el intérprete por averiguar cuál fue el ca¬rácter y condición de vida del escritor sagrado, en qué edad floreció, qué fuentes utilizó ya escritas ya orales, y qué for¬mas de decir empleó. Porque así podrá conocer más clara¬mente quién haya sido el hagiógrafo y qué haya querido significar al escribir. Porque a nadie se le oculta que la nor¬ma suprema de la interpretación es aquella por la que se averigua y define qué es lo que el escritor intentó decir.» (AAS, 35, 1943, 314).

Pero para alcanzar a comprender bien lo que el escritor quiso decir, son necesarias la inteligencia del texto y del am¬biente en que se escribió. Sigue el Pontífice:

«Qué quisieron ellos dar a entender con sus palabras, no se determina solamente por las leyes de la gramática y de la filología, ni sólo por el contexto del discurso; sino que es de todo punto necesario que el intérprete se traslade, como si dijéramos, mentalmente a aquellos remotos siglos de Oriente a fin de que debidamente ayudado por los recur¬sos de la historia, de la arqueología, de la etnología y de otras disciplinas, discierna y claramente vea qué géneros literarios, como dicen, quisieron usar y de hecho usaron los escritores de aquella vetusta edad.» (ib.).

Esta norma de interpretación, tan conforme por otra parte con la recta inteligencia de cualquier escrito, y que el Pontífice califica de «norma suprema», es de carácter universal y general. Se ha de aplicar a la interpretación de todo escrito, tanto pro¬fano como inspirado, en cuanto éste último tipo de escritura participe, en la recta doctrina de la inspiración, de la labor humana del autor inspirado y de modo especial en su voluntad e intención de autor al servicio del Autor divino.

La noción de inspiración, conforme a la enseñanza de León XIII en la Providentissimus Deus, es: "de tal manera los excitó y movió con su fuerza sobrenatural para que escribieran, de tal manera les asistió mien¬tras escribían, que todo aquello y sólo aquello que El mismo les mandara, lo concibiesen rectamente (recta mente conciperent), y fielmente lo quisie¬sen escribir (fideltter conscribere vellent), y lo expresaran aptamente con infalible verdad" (EB, 125).


Instrucción «Sancta Mater Ecclesia» de la PCB - 21 de abril de 1964.


1. Que el exegeta católico, bajo la guía del magisterio eclesiás¬tico, aproveche todos los resultados conseguidos por los exegetas que le han precedido, especialmente por los Santos Padres y los Doctores de la Iglesia, sobre la inteligencia del texto sagrado y se dedique a proseguir su obra. Con el fin de poner a plena luz la ver¬dad y la autoridad de los evangelios, siguiendo fielmente las normas de la hermenéutica racional y católica, será diligente en servirse de los nuevos medios de exégesis, especialmente de los ofrecidos por el método histórico universalmente considerado.

Este método estu¬dia con atención las fuentes, define su naturaleza-y-valor- sirviéndose de la crítica del texto, de la crítica literaria y del conocimiento de las lenguas. El exegeta pondrá en práctica la recomendación de Pío XII, de v. m., que le obliga a «prudentemente... buscar cuanto la forma de la expresión o el género literario adoptado por el hagiógrafo pueda llevar a su recta y genuina interpretación; debe estar persuadido de que esta parte de su oficio no puede ser descuidada sin causar grave perjuicio a la exégesis católica». Con esta advertencia, Pío XII, de v. m., enuncia una regla general de hermenéu¬tica, válida para la interpretación de los libros del Antiguo y Nuevo Testamento, pues para componerlos los hagiógrafos siguieron el modo de pensar y de escribir de sus contemporáneos. En suma, el exegeta utilizará todos los medios con que pueda penetrar más a fondo en la índole del testimonio de los evangelios, en la vida reli¬giosa de las primitivas comunidades cristianas, en el sentido y en el valor de la tradición apostólica.

El «método de la historia de las formas»

Donde convenga le será lícito al exegeta examinar los eventua¬les elementos positivos ofrecidos por el «método de la historia de las formas» si empleándolo debidamente para un más amplio entendimiento de los evangelios. Lo hará, sin embargo, con cautela, pues con frecuencia el mencionado método está implicado con principios filosóficos y teológicos no admisibles, que vician muchas veces tanto el método mismo como sus conclusiones en materia literaria. De hecho, algunos fautores de este método, movidos por prejuicios racionalistas, repulsan reconocer la existencia del orden sobrenatural y la intervención de un Dios personal en el mundo, realizada me¬diante la revelación propiamente dicha, y asimismo la posibilidad de los milagros y profecías.

Otros parten de una falsa noción de la fe, como si ésta no cuidase de las verdades históricas o fuera con ellas incompatible. Otros niegan a priori el valor e índole histórica de los documentos de la Revelación. Otros, finalmente, no apreciando la autoridad de los apóstoles, en cuanto testigos de Cristo, ni su influjo y oficio en la comunidad primitiva, exageran el poder creador de dicha comunidad. Estas cosas no solo son contrarias a la doctrina católica, sino que también carecen de fundamento científico y se apartan de los rectos principios del método histórico.

La hermenéutica en la Exhortación Apostólica Verbum Domini

Benedicto XVI ha recordado el valor y la importancia de los métodos histórico-críticos incorporando a la Exhortación Apostólica la intervención suya del día 14 de octubre de 2008.

La Dei Verbum (n. 12) (Vaticano II) ofrece dos indicaciones metodológicas para un adecuado trabajo exegético. En primer lugar, confirma la necesidad de la utilización del método histórico-crítico, cuyos elementos esenciales describe brevemente. Esta necesidad es la consecuencia del principio cristiano formulado en el evangelio de san Juan: "Verbum caro factum est" (Jn1, 14). El hecho histórico es una dimensión constitutiva de la fe cristiana. La historia de la salvación no es una mitología, sino una verdadera historia y, por tanto, hay que estudiarla con los métodos de la investigación histórica seria.

Sin embargo, esta historia posee otra dimensión, la de la acción divina. En consecuencia la Dei Verbum habla de un segundo nivel metodológico necesario para una interpretación correcta de las palabras, que son al mismo tiempo palabras humanas y Palabra divina. El Concilio, siguiendo una regla fundamental para la interpretación de cualquier texto literario, dice que la Escritura se ha de interpretar con el mismo espíritu con que fue escrita y para ello indica tres elementos metodológicos fundamentales cuyo fin es tener en cuenta la dimensión divina, pneumatológica de la Biblia; es decir: 1) Se debe interpretar el texto teniendo presente la unidad de toda la Escritura; esto hoy se llama exégesis canónica; en los tiempos del Concilio este término no había sido creado aún, pero el Concilio dice lo mismo: es necesario tener presente la unidad de toda la Escritura. 2) También se debe tener presente la tradición viva de toda la Iglesia. 3) Es necesario, por último, observar la analogía de la fe.

Sólo donde se aplican los dos niveles metodológicos, el histórico-crítico y el teológico, se puede hablar de una exégesis teológica, de una exégesis adecuada a este Libro. Mientras que con respecto al primer nivel la actual exégesis académica trabaja a un altísimo nivel y nos ayuda realmente, no se puede decir lo mismo del otro nivel. A menudo este segundo nivel, el nivel constituido por los tres elementos teológicos indicados por la Dei Verbum, casi no existe. Y esto tiene consecuencias bastante graves:

a) Ante todo, si la actividad exegética se reduce únicamente al primer nivel, la Escritura misma se convierte sólo en un texto del pasado: «Se pueden extraer de él consecuencias morales, se puede aprender la historia, pero el libro como tal habla sólo del pasado y la exégesis ya no es realmente teológica, sino que se convierte en pura historiografía, en historia de la literatura».[110] Está claro que con semejante reducción no se puede de ningún modo comprender el evento de la revelación de Dios mediante su Palabra que se nos transmite en la Tradición viva y en la Escritura.
b) La falta de una hermenéutica de la fe con relación a la Escritura no se configura únicamente en los términos de una ausencia; es sustituida por otra hermenéutica, una hermenéutica secularizada, positivista, cuya clave fundamental es la convicción de que Dios no aparece en la historia humana. Según esta hermenéutica, cuando parece que hay un elemento divino, hay que explicarlo de otro modo y reducir todo al elemento humano. Por consiguiente, se proponen interpretaciones que niegan la historicidad de los elementos divinos.
c) Una postura como ésta, no hace más que producir daño en la vida de la Iglesia, extendiendo la duda sobre los misterios fundamentales del cristianismo y su valor histórico como, por ejemplo, la institución de la Eucaristía y la resurrección de Cristo. Así se impone, de hecho, una hermenéutica filosófica que niega la posibilidad de la entrada y la presencia de Dios en la historia. La adopción de esta hermenéutica en los estudios teológicos introduce inevitablemente un grave dualismo entre la exegesis, que se apoya únicamente en el primer nivel, y la teología, que se deja a merced de una espiritualización del sentido de las Escrituras no respetuosa del carácter histórico de la revelación.
d) Todo esto resulta negativo también para la vida espiritual y la actividad pastoral: «La consecuencia de la ausencia del segundo nivel metodológico es la creación de una profunda brecha entre exegesis científica y lectio divina. Precisamente de aquí surge a veces cierta perplejidad también en la preparación de las homilías».[112] Hay que señalar, además, que este dualismo produce a veces incertidumbre y poca solidez en el camino de formación intelectual de algunos candidatos a los ministerios eclesiales.[113] En definitiva, «cuando la exegesis no es teología, la Escritura no puede ser el alma de la teología y, viceversa, cuando la teología no es esencialmente interpretación de la Escritura en la Iglesia, esta teología ya no tiene fundamento».[114] Por tanto, es necesario volver decididamente a considerar con más atención las indicaciones emanadas por la Constitución dogmática Dei Verbum a este propósito
.

3.- Objeto y finalidad del Curso

La historicidad de los evangelios es un curso que toma como referencia el libro del P. Igartua S.J.: “Los Evangelios ante la historia”. El cuál con la ayuda del Magisterio de la Iglesia, en relación con la historicidad de la verdad revelada, nos pone ante Jesús de Nazaret, cuyos hechos y dichos quedaron fielmente reflejados en los Evangelios y por lo tanto que con verdad nos dan noticia de la divinidad de Jesucristo, su misión redentora, la institución de la Iglesia, la institución de la Eucaristía etc..


El libro “Los Evangelios ante la historia”: Prólogo del autor

A nadie se le ocultará la importancia de la cuestión sobre la verdad histórica de los evangelios. Pues son el fundamento escrito de la religión cristiana, que ha modelado la cultura occidental en los dos últimos milenios, hasta los últi¬mos y recientes tiempos en que una parte del mundo ha busca¬do la inspiración para su modo de vivir, (al menos en las esfe¬ras oficiales, restricción de suma importancia), en módulos que niegan el cristianismo y aun toda religión.

Pero, más que por una más correcta interpretación de nues¬tra cultura, la importancia de la cuestión traspasa el límite de lo trascendente. Se trata, en realidad, de saber si tenemos o no en ellos un recuerdo real de un Hombre excepcional, cuyas afir¬maciones sobre Sí mismo han cambiado el curso del problema mismo del hombre. Pues habiendo El afirmado que es Dios, y habiendo instaurado una religión permanente para servir al Dios verdadero (que es así El mismo), el problema de Jesús se convierte en el problema del hombre.

Y el problema de Jesús, como se comprende fácilmente, está íntimamente ligado con el problema de los evangelios y del Nuevo Testamento, y aun del Antiguo. Si los evangelios han de ser mirados a través del prisma de la verdad histórica se alzan ante el hombre los grandes dilemas, de los que una pre¬gunta primera es ésta: ¿el hombre que los evangelios retratan fue como ellos lo describen?

Afirmamos, naturalmente, que los evangelios nos ofrecen un fiel recuerdo de Jesús, aunque la fidelidad no haya de interpretarse como una fotografía. Son, más bien, un cuadro reali¬zado por pinceles magistrales, que nos da la persona del Hom¬bre que buscamos, en sus rasgos intuidos y plasmados. Pero de un Hombre histórico, cuyos hechos y palabras se ofrecen en compendio, como dice San Juan Crisóstomo, al comentar la inmediata lla¬mada de Andrés a su hermano Pedro para traerle a Jesús, y que Pedro parece haberse convencido enseguida: "Es verosímil que su hermano le haya contado las cosas despacio y con muchas palabras. Pero los evangelis¬tas narran generalmente muchas cosas en compendio, procurando la breve¬dad" (Hom. 19 in Evang. loannis, 1: PG 59,121).

Hoy, cuando voces vacilantes, y a veces desde campos an¬taño impensables, alzan críticas que todo lo ensombrecen a los ojos de muchos, se plantea con fuerza renovada el problema de los evangelios y su verdad histórica. Hemos tratado de respon¬der a él con lealtad. Siempre será una respuesta incompleta. Nadie puede captar la luz entera que emana de sus páginas. Pero es dada con voz de amor afirmativo.

Digo de amor, porque el amor no está reñido con la verdad, sino que la sostiene. Sólo el amor es capaz de penetrar en el ser amado. No hemos pretendido, sin embargo, en estas pági¬nas penetrar en la figura misma de Jesús, sino apoyar la fideli¬dad de su recuerdo, confirmando la verdad de sus evangelis¬tas. Quede para otro tiempo aquel deseo profundo irrenunciable.

Escribimos en la fe, aunque no sólo desde la fe. Pero cree¬mos que no es posible conocer a Jesús plenamente si no se presta crédito a los evangelios, que nos ofrece la Iglesia como tradición acreditada y aceptada de los hechos y dichos de Jesús.

Es sumamente significativa la siguiente nota de RENÁN en su Vida de Jesús: (Prólogo a la 13 ed.) "El ridículo de Paulus (teólogo racionalista) residía en que pretendía conservar a la Biblia toda su autoridad, y penetrar el verda¬dero pensamiento de los autores sagrados. Si se hubiera contentado con decir que muchos relatos milagrosos tienen por base hechos naturales mal entendidos, hubiera tenido razón. Pero cayó en la puerilidad al sostener que el narrador sagrado sólo había querido contar cosas enteramente senci¬llas, y que se prestaba un servicio al texto bíblico despojándolo de sus milagros. El crítico profano (Renán) puede y debe sostener esta especie de hipótesis llamadas racionalistas; pero el teólogo no tiene derecho a ello, porque la condición previa de tales hipótesis es suponer que el texto no es revelado". ¿No asesta así una lanzada en pleno corazón a los que lla¬mándose teólogos católicos despojan al texto sagrado de todo lo sobrena¬tural, pretextando siempre hipótesis racionalistas? Nuestra intención, lejos de las hipótesis racionalistas, y de las desmitologizaciones teológicas, es es¬cribir desde la fe y en la fe, como decimos. Es decir, creyendo que el texto es inspirado y contiene revelación sobre obras de Dios, a la vez que damos por descontado que los textos están escritos por hombres que quieren na¬rrar historia, y son tomados por Dios con sus condicionamientos humanos, para transmitir la verdad que la inspiración pone en sus almas

Cuando Jesús se apareció al apóstol Tomás, y le hizo poner la mano en su costado abierto como comprobación, dijo al an¬tes incrédulo discípulo: «Porque me has visto, Tomás, has creído. ¡Dichosos los que crean sin haber visto!» Y sin embargo, aun¬que nos consideramos dentro de esa dicha de que habla el Se¬ñor, la vista y el tacto de Tomás nos sirvieron de tierra para la planta de nuestra fe. Nos consideramos dichosos por creer aun¬que no hayamos visto, o sin haber visto; pero nuestra seguridad se apoya en el testimonio de los que vieron y palparon. Por eso hemos querido robustecer la convicción de ese apoyo.

Juan Manuel Igartua Universidad de Deusto-Bilbao

4.- Esquema del libro: “Los Evangelios ante la historia”

Capítulo primero: la cronología del Nuevo Testamento

1. Importancia de las fechas
2. Cronología básica
3. Un punto seguro de partida: los Hechos de los Apóstoles
4. La cronología y el evangelio de Lucas
5. Cronología de los evangelios de Mateo y Marcos
6. Cronología de Juan
7. Cronología epistolar paulina
8. Cronología de las epístolas católicas y a los Hebreos
9. Cuadro de síntesis cronológica total
10. Variantes en la cronología de los evangelios
11. La fecha del kerigma paulino en 1 Cor. 15

Notas especiales
a) La llegada de Pedro a Roma (cf. nota 17)
b) La fecha del nacimiento de Jesús (cf. nota 26)

Capítulo segundo: La garantía histórica de los testimonios

1. La naturaleza de los escritos documentales
2. El carácter sagrado del testimonio
3. La garantía de la comunidad cristiana
4. La comprobación arqueológica actual

Nota especial

La Sábana Santa de Turín (cf. notas 28-35)

Capítulo III: La historia como genero literario en el Antiguo Testamento

1. Perspectiva de la historia en el Antiguo Testamento
2. Elementos de la interpretación
3. Género literario histórico
4. Valor histórico
5. Personajes del AT
6. Los hechos del relato bíblico
7. El problema moral de los relatos

Notas especiales

a) El desciframiento de lenguas antiguas (cf. nota 2)
b) Las cartas de Lakis y la conquista de Josué (cf. nota 10)
c) Abraham, Isaac y Jacob (cf. nota 11)
d) El Génesis y el Gilgamés (cf. nota 17)
e) La ruina de 'AY (cf. nota 19)
f) Las setenta semanas de años en Daniel (cf. nota 22)
g) La Historia de las Formas o Formgeschichte (cf. nota 30)
Capítulo IV: La historia como genero literario en el Nuevo Testamento
1. Diferencias con el Antiguo Testamento
2. Interpretaciones midráshicas en el Nuevo Testamento
3. Génesis de los evangelios y problema sinóptico
4. El género evangélico y su historicidad
5. La Resurrección como clave de los relatos evangélicos
6. La Resurrección afirmada históricamente por Pablo y Pedro

Notas especiales
a) Renán y el evangelio de Juan (cf. nota 5)
b) El relato de las tentaciones de Jesús (cf. nota 11)

Capítulo V: Pensamientos sobre los Evangelios y su verdad
I — Género, estilo y valor literario de los evangelios
II — Los evangelistas y su elección
III — El tiempo y el espacio en los evangelios
IV — Los hechos y su verdad
V — La figura de Jesús en los evangelios
VI — Fe y razón ante los evangelios
VII — Los exegetas y sus métodos
VIII— Formgeschichte y Redaktiongeschichte
IX — La teología ante la exegesis

Epílogo: San Ignacio de Antioquía y la verdad de los Evangelios

Apéndice: Autenticidad y fidelidad de los documentos actuales del NT
1. Las copias
2. Restauración crítica del original
3. Los autores de los documentos
4. La lengua de los escritos y la lengua de Jesús
5. Documentos autenticados y apócrifos

Notas especiales
a) El testimonio de Flavio Josefo sobre Jesús (cf. nota 1)
b) Papiros y pergaminos notables (cf. notas 9-10)
c) Criterios de restauración del texto:
d) Apócrifos dnl Nuevo Testamento

sábado, 22 de enero de 2011

LOS EVANGELIOS ANTE LA HISTORIA: INTRODUCCION


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sábado, 18 de diciembre de 2010

EGUBERRI ETA URTE BERRION - 2010



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domingo, 4 de julio de 2010

TERCERA PARTE: UN NUEVO ESTADO CORPORAL

En esta parte del libro analizamos dos capítulos: 1º.- El nuevo estado corporal y 2º.- La Transfiguración de la vida.

La resurrección de Jesús del sepulcro no fue una simple rea¬nimación del cadáver, como lo fue la de Lázaro, o la del hijo de la viuda de Naim, a quienes Jesús resucitó de la muerte

En el primer capítulo examina el P. Igartua las cua¬tro dotes nuevas de Jesús: claridad, agilidad, sutileza e impasibili¬dad o inmortalidad.

Claridad: Es luminosidad exterior, que proviene al cuerpo como participación de la gloria especial del alma, que se manifiesta en el esplendor luminoso de la irradiación.

Agilidad o ligereza: Permite a los cuerpos gloriosos el tras¬lado rápido de un lugar a otro a voluntad, y también la liberación de las leyes de gravedad, como se ve en la Ascensión del Señor.

Sutileza o penetración: Es clásicamente considerado como la cualidad por la cual los cuerpos gloriosos pueden atravesar los objetos materiales.

Impasibilidad e inmortalidad: La inmortalidad y la impasibilidad le fueron concedidas a nuestros primeros padres como dones preternaturales, Jesús de Nazaret por ser Dios aunque por milagro ocultó la impasibilidad, después de la Resurrección, por la participación de la divinidad y de la gloria ya no se ocultarán nunca más.

El cuerpo y el nuevo estado

Si resumimos finalmente la condición gloriosa del cuerpo resucitado de Jesús de Nazaret, debemos decir que su cuerpo permanece inmutable en su nueva condición, y no necesita la renovación permanente, que tenía, como el nuestro, en su vida mortal.

Su nueva condición gloriosa le comunica en forma habitual y permanente, dependiente de su voluntad, el esplendor de la cla¬ridad luminosa, la libertad de movimientos y desplazamientos a voluntad, la capacidad de penetrar a través de cuerpos, que en nuestro estado ordinario actual son macizos e impenetrables, y la inmutabilidad vital y con ella la plena inmortalidad. «Ha¬biendo resucitado Cristo de entre los muertos, ya no vuelve a morir, la muerte no le domina» (Rom 6, 9). Tales son las leyes que se deducen de lo que los evangelistas narran de Jesús resuci¬tado en sus apariciones de vida nueva
.TERCERA PARTE: UN NUEVO ESTADO CORPORAL

CAPÍTULO I.- UN NUEVO ESTADO CORPORAL

La resurrección de Jesús del sepulcro no fue una simple rea¬nimación del cadáver, como lo fue la de Lázaro, o la del hijo de la viuda de Naim, a quienes Jesús resucitó de la muerte, o en el AT el caso del hijo de la Sunamitis resucitado por Eliseo (2 Re 4, 32-37).

Características de la resurrección de Lázaro

• Jesús resucitó, por ejemplo, a Lázaro, haciendo que volviese de nuevo a la misma vida que tenía antes de morir.
• Lázaro, después de resucitado por Jesús, vivió la misma vida mortal que antes. Asistió como comensal al banquete dado en Betania en honor de Jesús por el milagro, pocos días más tarde. Y los enemigos de Jesús pensaron en la posibilidad de matar también a Lázaro (Jn 12, 2.10). Tan ciegos estaban, y al par, tan ciertos de que la nueva vida de Lázaro seguía siendo mortal, como antes.
• Su alma, separada del cuerpo en la muerte causada por su grave enfermedad, fue llamada con voz potente por Jesús para que volviese a la vida, con sublime autoridad.
• Y salió de la tumba envuelto en la sábana y con el sudario anudado al rostro, y las ataduras de pies y manos sobre la sábana, entre el olor del embalsamamiento y los aromas.


Características de la resurrección de Jesús

• La resurrección de Jesús del sepulcro al tercer día ofrece caracteres muy distintos.
• No es, en verdad, una simple reanima¬ción del cadáver.
• Es una resurrección trascendente, como lo será la última de todos los hombres. El alma humana de Jesús había sido ya glorificada en el momento mismo de su muerte, al ser entregada en manos Padre (Lc 23,46). Y al unirse al tercer día con el cuerpo sepultado en el sepulcro de Arimatea le comunica su nueva vida de gloria, fúlgida con la visión de Dios, y termina ya la humillación voluntaria o kénosis que explica San Pablo en Flp.
• El cuerpo de Jesús es así glorificado también, y queda en estado nuevo de gloria. Adquiere este nuevo estado en la vivificación por el alma, que está ya en plenitud de gloria.
• Sigue siendo un cuerpo compuesto de materia, carne y huesos en estructura y forma humana, como advierte el propio Jesús (Lc 24,39), pero este cuerpo material se halla espiritualizado (pneumatikós), es decir sometido a nueva condición y leyes que el cuerpo humano no tiene en este mundo mortal. San Gregorio Magno ha dicho lapidariamente, al explicar las nuevas dotes del cuerpo glorioso: «El cuerpo de Jesús resucitado es de la misma naturaleza que antes, pero con diferente gloria (eiusdem naturae, sed alterius gloriae» (Homil. 26 in Evangelia).

Debemos advertir que no tratamos ahora de las condiciones de la vida gloriosa de la resurrección final de los hombres, que expone san Pablo expresamente al tratar del tema (1 Cor 15,42-46).

Como tenemos en el propio evangelio expresadas las con¬diciones de vida o leyes del nuevo estado de Jesús, bastará con señalarlas deduciéndolas del mismo evangelio.

Veamos las cua¬tro dotes nuevas de Jesús, que clasificaremos, conforme a la divi¬sión más tradicional, en claridad, agilidad, sutileza e impasibili¬dad o inmortalidad.

1. La claridad o esplendor

Esta nueva condición es la más externa y visible de los nuevos cuerpos. Es su gloria y armonía, resaltando su belleza creada. Es luminosidad exterior, que proviene al cuerpo como participación de la gloria especial del alma, que se manifiesta en el esplendor luminoso de la irradiación.

Después de la resurrección no se describe ningún caso en el evangelio de tal gloria exterior del resucitado. Pero en la vida mortal de Jesús, y en especial relación con la resurrección, tenemos un glorioso episodio que la muestra con magnificencia.

La Transfiguración

En el relato de la Transfiguración del monte, acompañado el Señor en la noche por Moisés y Elias, se dice que los apóstoles Pedro, Santiago y Juan lo vieron. Los tres evangelios sinópticos dicen que los vestidos de Jesús, que suponemos eran blancos, aparecieron «blancos como la nieve», con ese resplandor que ésta da bajo la luz del sol (Mt 17, 2; Mc, 9, 2; Lc 9, 29). Esta luz provenía del cuerpo de Jesús, cuyo rostro «brilló como el sol» (Mt 17,2; Lc 9, 29). La luz de los vestidos era una iluminación proveniente del cuerpo luminoso. Por eso Mateo y Marcos dicen que se «metamorfoseó» (Mt 17, 2: Mc 9, 2), en tanto Lucas dice que su rostro tomó un aspecto diferente (Lc), y que tanto el pro¬pio Jesús como sus acompañantes Moisés y Elias estaban en «gloria y majestad» (Lc 9, 31-32).

Era un anuncio de su futura resurrección. Lucas nos dice que los tres personajes hablaban de su futura muerte en Jerusalén, y esta materia de conversación, que sin duda percibieron los tres apóstoles presentes, fue, según los otros dos evangelistas, prohibida en amonestación a los discípulos, por el propio Jesús, para que no la comunicasen a los demás «hasta que él resucitase de entre los muertos» (Mt 17, 9; Mc 9, 9; cf. Lc 9, 31). Sin duda, porque la claridad que les deslumbraba y confortaba, (Bueno es estar aquí dice san Pedro), era un signo de la futura resurrección.

Jesús mostró a sus tres testigos, cuál debería ser la gloria del cuerpo unido a la divinidad, y cuál sería después de la resurrección. Este fenómeno de la claridad de los cuerpos resucitados es aludido por Jesús mismo, cuando dice: «Los justos brillarán como el sol en el reino de mi Padre» (Mt 13,43- cf Sab 3,7;an 12,3).


Otros hechos relacionados: los ángeles y la Sábana Santa

Aunque esta gloria de la claridad luminosa no es mención expresamente en las apariciones de Jesús, sí indirectamente cuando dice Lucas que los ángeles que aparecieron a las mujeres en la tumba, para anunciarles la resurrección de Jesús, tenían un vestido refulgente (Lc 24,4).

Un testi¬monio inexplicado de esta gloria de esplendor parece mostrarse en la radiación que se piensa grabó la figura de Jesús en la Sábana Santa en el instante de la resurrección, luz o irradiación además chamuscante que no podía salir en la cueva oscura del sepulcro sino de su cuerpo, cuando accedía a la glorificación.

El rostro de Moisés quedaba radiante de gloria después de comunicarse con Dios, y para que lo pudiesen soportar los hijos de Israel hubo de cubrirse el rostro con un velo (Ex 34, 29-35; cf 2 Cor 3, 13).

El admirable testimonio de santa Teresa, en que habla de la primera visión interior que tuvo de Cristo, quien le mostró primeramente solamente una mano, y finalmente todo el rostro y cuerpo entero, que la santa ha expresado así: «Es como ver un agua muy clara que corre sobre cristal, y reverbera el sol, ...es la gran hermosura de los cuerpos en el cielo... es una luz muy diferente de la de acá, que la luz del sol parece deslus¬trada en su comparación» (Vida. c. 28).

La Virgen milagrosa, que se apareció a santa Catalina Laboure, emitía de sus manos rayos de luz admirablemente luminosos. Y más claramente en la aparición de Fátima, dice así la narración de Lucía describiendo lo que vio con intensidad y fuerza en la primera aparición: «Era una Señora vestida de blanco, más brillante que el sol, derramando una luz más clara que un globo lleno de agua cristalina atravesado por los rayos más ardientes del sol» Recordemos que la Virgen María está en el cielo con su cuerpo glorificado, según el dogma de la Asunción.


2. La agilidad o ligereza

El don de la agilidad permite a los cuerpos gloriosos el tras¬lado rápido de un lugar a otro a voluntad, y también la liberación de las leyes de gravedad, como se ve en la Ascensión del Señor. Este don también es concedido por milagro en este aspecto en la vida natural, como de Jesús narra el evangelio que anduvo sobre las aguas del mar, suspendiéndose así para él por un tiempo la ley de la gravedad, que le hubiera arrastrado al fondo del mar. Y aún fue concedido por Jesús a Pedro a petición suya en forma de milagro, aunque Pedro no se mantuvo constante en la fe que el milagro exigía, y comenzó a hundirse (Mt 14, 25, 29.30).

Otro caso notable lo tenemos en los Hechos de los Após¬toles, donde se narra el bautizo del eunuco de la reina de Candaces por el diácono Felipe. Pues, apenas bautizado en el agua, tras confesar su fe en Jesucristo, Felipe fue arrebatado por el Espíritu, y se halló en Azoto, a muchos kilómetros de distancia. (Act 8, 39-40.)

En la Ascensión se le describe subiendo por los aires hasta el encuentro con la nube que le oculta a las miradas de los Apóstoles.

Este don de agilidad aparece voluntario en el resucitado, pues caminó normalmente con los discípulos de Emaús, y en la bendición de la mesa desapareció de su vista repentinamente, suponiéndose que se trasladó a donde Pedro para que éste le viese. Es pues un don que parece puede ser concedido por milagro en la vida natural, y que se manifiesta en la resurrección.

Los tratadistas de este punto advierten que el don de agilidad comprende o es compatible con un triple modo de mover el cuerpo. Uno es semejante al nuestro en la vida, que es de los miembros con respecto al cuerpo al andar moviendo las piernas, al mover los brazos para muchas actividades, la cabeza, etc. Sin cambiar el cuerpo de lugar se mueve en sí mismo, cambiando de postura. Este modo lo conserva Jesús en la resurrección como se ve en Emaús, donde camina varios kilómetros al par de sus compañeros, se sienta a la mesa, toma el pan, etc. El segundo es el que vemos en la ascensión, donde la sola voluntad del resucitado, sin movimiento corporal añadido, le eleva por los aires sin apoyo alguno, por su propia voluntad solamente, y recorriendo todo el camino intermedio hasta la nube que le oculta sin más movimientos que el de bendecir, pero no de caminar por el aire. Este parece contradecir a la ley de la gravedad, aunque una vez iniciado sigue la de inercia.

El más sorprendente de todos, y el más característico del resucitado, es el de traslación instantánea de un lugar a otro junto con la facultad de aparecer o desaparecer de la vista a voluntad. Son testimonios de ello, Emaús, el cenáculo, y casi todas las apariciones cuanto al aparecer repentino y desaparecer de la vista.


3. La sutileza o penetración

El don de sutileza es clásicamente considerado como la cualidad por la cual los cuerpos gloriosos pueden atravesar los objetos materiales. De este modo habría entrado Cristo en el cenáculo en su aparición, aun estando las puertas cerradas, presentándose en medio de ellos.

Los datos evangélicos parecen indicar que Jesús resucitó en la noche, con la piedra que cerraba el sepulcro inmóvil, y antes de que la moviese el ángel de san Mateo. (Mt 28, 2.)

En todo caso ha tenido que atravesar el lienzo de la mortaja, dejándolo intacto, como aparece en Jn 20, 7. Naturalmente que también aquí se puede argüir con el modo espacial, aunque parece más difícil, si ha dejado verdaderamente su imagen grabada en el Lienzo en el momento de salir de la mortaja .

Esta sutileza o penetrabilidad se da por milagro especial en la eucaristía, donde el cuerpo del Señor, según el dogma, ocupa el mismo lugar que la hostia y sus límites, aunque no con su misma forma.

Un hecho de esta clase se produjo por gran milagro en el nacimiento virginal de Jesús, que salió del cuerpo de por conducto alguno, sino por milagro divino, hallándose en manos de su Madre sin que hubiese propiamente parto femenino. Allí fue milagro, aquí sería condición ordinaria, a voluntad del resucitado.


4. Impasibilidad e inmortalidad

Sabemos que el primer hombre, antes del pecado, había reci¬bido milagrosamente el don de la inmortalidad, acompañado de la exención del mal o impasibilidad. Tuvo este don de los resuci¬tados, pero por milagro divino, y de manera diferente.

Adán era inmortal, pero no inmutable en su cuerpo y su desarrollo, al menos no consta, y parece no debe serlo, pues los nacimientos se hubiesen verificado de manera normal, aunque sin dolor de la mujer madre, que fue el castigo añadido al parto por el pecado (Gen 1, 17; 3, 16). Debía pues desarrollar su cuerpo el recién nacido hasta la edad viril, aunque sin enferme¬dades ni muerte. Su edad debía mudarse con el desarrollo, con¬forme al poder concedido al organismo animal por Dios, a crearlo con su fórmula genética.

¿Cómo era inmortal? Al llegar la edad señalada por Dios para cada uno como término de su vida terrena, su cuerpo era transformado en glorioso, y desaparecía de este mundo, parece, al menos, que debemos pensarlo. Pasaban del estado natural, con dones preternaturales, al estado glorioso permanente del inmortal, sin resucitar, al no haber muerte, pero en semejantes condiciones.

San Pablo hace notar el anhelo humano de este estado antiguo: «Los que estamos aún en esta habitación (corpórea), gemimos apesadumbrados: porque no deseamos ser despojados (por la muerte), sino revestidos encima (de la gloria celeste sin morir), de modo que lo mortal sea absorbido por la vida» (2 Cor 5,4), habiendo dicho antes que gemimos deseando ser revestidos (de la gloria) sin ser desnudados (por la muerte).

Habiendo comenzado su vida pública «hacia los treinta años», según dice san Lucas, añade que hasta entonces desarro¬lló su crecimiento corporal de modo normal en el hombre (Lc 2, 40 52; 3, 23). Jesús cubrió las etapas del desarrollo humano nor¬mal del mismo modo que los demás hombres, hasta esa edad de plenitud. No aparece en parte alguna que haya estado sometido a la enfermedad o daño corporal hasta su pasión, pero sí que ha pasado hambre, sed, sueño, y las demás necesidades humanas ordinarias, como los demás.

Adán estaba también sujeto al hambre y al sueño, según se puede pensar, ya que esto pertenece al organismo humano nor¬mal; y sugiere el texto que Dios les permitió comer de los árboles del Paraíso, excepto del de la vida, y que le infundió un sueño, aunque fuese de origen místico, para crear a Eva (Gen 1, 16; 2,21). Jesús tuvo hambre cuando ayunó en el desierto (Lc 4, 2: Mt 4, 2), tuvo sueño hasta quedarse dormido en medio de la tempestad (Mt 8, 24 par.,Lc 9, 58). Tuvo sed junto al pozo de Jacob y en la cruz (Jn 4, 7; 19, 28). Sintió el dolor, al menos el de la circuncisión, como mortal, cumpliendo el rito señalado por Dios, aunque, por ser niño, mitigado; y sabemos que acabó su vida en sufrimientos atroces en la cruz, y su cuerpo fue cubierto de heridas.

En cambio, ahora, en el estado glorioso, se ha hecho absolutamente impasible. Ha conservado las señales de las principales llagas (pies, manos y costado) en su cuerpo, pero sin dolor alguno. Su cuerpo se halla ya en estado inmutable en cuanto a la misma sustancia corporal, sin envejecer ni modificarse. Es decir sus células (a diferencia del Adán creado en gracia) no sufren ya metabolismo, ni renovación biológica alguna, son permanentes en la vida que poseen. Al no haber sufrido incorrupción alguna en el sepulcro, según hemos visto en las citas de Pedro y Pablo, su cuerpo permanece intacto en su integridad celular y orgánica, en el sepulcro sin vida por milagro, en la resurrección por la condición del nuevo estado.


5. El cuerpo y el nuevo estado

Aunque no tiene necesidad de alimentarse para vivir, puede, sin embargo, comer, como nos dice san Lucas en el evangelio, donde para probar la verdad de su carne come un pez ante ellos, como en los Hechos, donde antes de la pasión tuvo una comida con sus discípulos, al parecer como un convite.

San León IX, en su profesión de fe católica, dice: «Sólo por confirmar su resurrección comió con sus discípulos, no porque tuviera necesidad de alimento, sino por sola su voluntad y potes¬tad» (Denz B. n. 344).

Y san Pedro aduce ante Cornelio el Cen¬turión, como prueba de la verdad de la resurrección, entre otros datos el de que «comimos y bebimos con él después de que resu¬citó de entre los muertos» (Act 10, 41). Sin embargo, habla tam¬bién en la Cena de que beberá un vino nuevo con los suyos (fruto de la vid), en el reino de los cielos (Mt 26, 29).

Los evangelistas nos ofrecen otros datos sobre las modalida¬des de la vida del resucitado. Ya hemos dicho de los tres modos de trasladarse (andando en Emaús, subiendo en la Ascensión, cambiando instantáneamente de lugar). En cuanto al uso real de los sentidos corporales tenemos primero el uso de la vista. Los testigos de sus apariciones veían su figura humana como antes, advertían sus llagas, su rostro, sus gestos habituales. Resumían la aparición, diciendo simplemente: «Hemos visto al Señor», tanto ellos como Pablo en Damasco (Jn 20, 25; 1 Cor 9, 1).

Y si ellos veían a Jesús, no puede caber duda de que Jesús les veía a ellos. Sus ojos tenían visión corporal. Lo mismo hay que decir del oído y de la facultad de la locución. Hablaba y decía cosas a sus discípulos, algunas de suma importancia para la vida de la Iglesia, como la concesión del Primado a Pedro, o la orden de evangelizar el mundo. Ellos le oían, y no hay la menor duda de que Jesús les oía a ellos, como aparece en la escena del lago y en el diálogo con Pedro.

Respecto al tacto, ya hemos indicado cómo el testimonio de verdad corporal de su cuerpo lo comprobaron máximamente al tocar su carne real, y palpar la abertura de sus llagas, y ver sus huesos o tocarlos a su invitación. (Lc 24, 39-40.) Tomás es máximo exponente de este hecho de tocar su cuerpo y aberturas (Jn 20, 25-28), y del mismo modo que en los otros sentidos hay que razonar que si ellos le podían tocar y sentir la palpación, él no podía ser ajeno a este efecto por su parte. Del olfato y gusto no se dice nada especial, pero parece absurdo comiera el pez y no sintiera su gusto, y más si comió el panal de miel, que le atri¬buyen otros manuscritos. Lo mismo del olfato, pues no se ve razón de excepción, y Juan habla del exquisito perfume que llenó toda la casa cuando María vertió el alabastro (Jn 12,3), que él recibió para su sepultura (ib. 7). Y hay que pensar que si tenía sentido de tacto, habrá de sentir con él la frialdad y calor, dureza y blandura, sin que nada pueda ya causarle molestia.

En el organismo humano se encuentran estos diez sistemas estructurales: sistema tegumentario (piel), esquelético (endo o exo) que le conforma en su figura, muscular, nervioso, circulatorio, respiratorio, endocrino, digestivo, excretor y reproductor.

¿Qué decir de estos sistemas normales del cuerpo humano en el cuerpo resucitado?

La piel o epidermis necesariamente permanece, y de ella parece brota la belleza irradiante del cuerpo glorioso (su rostro como el sol), aunque la claridad puede hallarse también en otros órganos interiores. Y aparece con su normal configuración humana, en todos los detalles: cabellos, dientes... La forma humana característica es mantenida por el esqueleto, del que Jesús habla, al hablar de «sus huesos» (Lc 24, 39), y sin él no habría forma definida o figura humana, ni diferencia de cuerpos a cuerpos. El sistema muscular funciona, sin duda, en los movimientos de sus miembros (brazos, piernas al andar) aunque sin fatiga alguna, eliminada como imperfección mortal. (Jn 4, 6.) El sistema nervioso, coordinador en el hombre, y cuyo centro prin¬cipal es el cerebro, indudablemente permanece. El hace funcio¬nar los sentidos externos, transmitiendo los impulsos al centro perceptor.

El sistema circulatorio, que en el hombre tiene una principal función respiratoria, ya no tiene tal exigencia, pues las células han pasado a un estado de permanencia no renovado. Sin embargo, la respiración debe funcionar, al menos para emitirla voz y hablar, y además, al ser un cuerpo viviente, el corazón pal¬pita con la vida sin perturbación alguna, como lo veremos luego al mencionar la devoción al Corazón de Jesús en la Iglesia y la enseñanza pontificia sobre él. Los restantes sistemas, digestivo endocrino, excretor y reproductor, aunque conserven su capaci¬dad humana, pierden su finalidad, en la inmutabilidad propia de resucitado en cuanto a su vida.

El órgano humano sin duda más importante, en cuanto distingue al hombre de los demás animales, es el cerebro. El prodigioso cerebro humano, que se halla a enorme distancia de perfección, aun materialmente, de los demás animales, además de por su volumen, principalmente por la complejidad admirable de su desarrollo y funcionamiento. Los innumerables surcos, lóbulos y protuberancias, en los que coordina los impulsos nerviosos recibidos de los sentidos, respondiendo con impulsos sensitivos y motores, que la conciencia puede percibir o no, conforme a la voluntariedad o automatismo de ellos.

Por otra parte, en el cerebro se conserva la memoria fisiológica de grabación orgánica, al parecer, ya que podemos recordar, y también los demás animales a su manera, los impulsos que son semejantes a los antes recibidos. Esto forma la base del aprendizaje animal. Existe además la respuesta instintiva, que corresponde a la naturaleza, por la que el animal, sin aprendi¬zaje alguno, responde a determinados estímulos de forma carac¬terística suya. Todo esto se da también en el hombre.

Pero, en éste, además, se da el pensamiento espiritual, que apoya su ejercicio en la actividad nerviosa del cerebro, aun cuando puede también llegar a prescindir de ella en actos propia¬mente espirituales, superiores a toda materia, la cual es incapaz de ellos, y aun pensar fuera del espacio y del tiempo y en la abs¬tracción de las ideas de toda materia, como en la universalidad de su pensamiento y en la percepción de las relaciones.

Supera la barrera del futuro en sus proyectos, tiene actividad creativa que llega a las maravillas del arte en cimas casi sobrehu¬manas, mantiene su memoria espiritual, su actividad puramente mental y la actividad previa necesaria al acto libre y voluntario. No puede caber duda de que en el Resucitado se mantuvo su cerebro humano, como centro coordinador de los sentidos y movimientos voluntarios, y en su actividad espiritual superior, muy superior a todo pensamiento humano y aun angélico. Sin cerebro no habría hombre posible, y Jesús resucitado tiene cerebro y todo el organismo nervioso dependiente del mismo.

¿Qué decir del corazón y la actividad circulatorio-respiratoria? La Iglesia nos enseña a venerar el Corazón del Resucitado, por voluntad manifestada por El mismo (Haur. Aquas, AAS, 48, 1956, 340), con el culto que tributa solemnemente al Sagrado Corazón de Jesús, cuya fiesta alcanza en la liturgia la máxima solemnidad de rango. El objetivo de este culto, explicitado por la doctrina eclesial misma, es el Corazón de carne humana de Jesús, aunque no como centro de la circulación, sino como signo natural del amor divino y humano, y podríamos decir que también de la vida, tenido por tal entre los hombres (Lev 17, 11.14), aun cuando esto debe ser considerado como signo convencional. Sin embargo, sin sangre no hay vida, y en la Eucaristía la sangre es elemento esencial.

La Iglesia da culto al Amor divino y humano del redentor en su Corazón, y en él a su Persona (Haur. Aquas, AAS, 48,1956, 322-328; Dives in misericordia, «venera su amor de misericordia», VII, 13). Da culto a su Corazón en cuanto es índice y signo del amor sensible, humano y divino del Señor. Pero venera y da culto al Corazón de carne, en el Resucitado, como parte de su cuerpo unida con su Persona y símbolo de su amor de misericor¬dia.

La función del corazón en el cuerpo humano mortal es fisio¬lógica, pues es el centro muscular motor de la circulación de la sangre, necesaria para la renovación del oxígeno en el cuerpo por la respiración pulmonar. Es un órgano conjunto cardio-respiratorio. Recoge el deshecho del anhídrido carbónico de las células, ya gastado en el ejercicio corporal, lo elimina por las venas en la respiración, y recoge en las arterias el nuevo oxígeno necesario. Esta función fisiológica, desde luego, ya no es necesa¬ria en la resurrección, pues sus células han adquirido un estado nuevo inmutable biológicamente.

¿Nos autorizaría esto a pensar que en Jesús resucitado, en quien existe la sangre, como consta por el dogma de la Eucaris¬tía, la sangre divina de la redención (u otra equivalente, pues es elemento intercambiable), pudiera mantenerse ésta inmóvil en las venas del Resucitado al no ser necesaria para el cuerpo ya la circulación? Esto sería presentar un cuerpo resucitado, con carne y sangre, pero humanamente cuasi momificado y no humano. No es ésta la representación que la Iglesia nos ofrece del mismo. Si la sangre, como hemos dicho, es señal o símbolo de la vida, es la sangre en movimiento por el cuerpo, al que anima y comunica la vida. La Iglesia venera un Corazón vivo en movimiento de sagrados latidos o impulsos, que impelen también aquí la circulación sanguínea, que dio origen al derramamiento de la sangre redentora.

La Encíclica Haurietis Aquas de Pío XII sobre el culto eclesial al Corazón de Jesús, se expresa así en este punto concreto: «Se paró en la muerte su Corazón y cesó de latir, y su amor sensible (no el humano del alma, ni el divino) se interrumpió, hasta que triunfante de la muerte resucitó del sepulcro. Una vez que su cuerpo consiguió la gloria inmortal, y se volvió a unir a divino Redentor, vencedor de la muerte, su Corazón sacratísimo nunca más ha cesado ni cesará de latir plácida e imperturbablemente, ni dejará tampoco de manifestar el triple amor, que une al Hijo con el Padre y con la comunidad humana» (Haur. Aquas, AAS 48, 1956. 328-9). Y poco después añade: «Desde que subió al cielo nuestro Salvador, con su cuerpo embellecido por los resplandores de su eterna gloria, y se sentó a la diestra del Padre, no ha dejado de amar a la Iglesia su Esposa, con aquel amor inflamado que palpita en su Corazón» (ib, 334). Palpitacio¬nes que se dirigen hacia cada uno de nosotros en el amor.

Estas afirmaciones eclesiales, profundamente humanas y divinas, muestran claramente que la Iglesia mira el Corazón del Resucitado en perpetuo movimiento, en latido perenne de amor glorioso. Estas afirmaciones están unidas con toda la doctrina sobre el corazón como índice del amor sensible, que el mismo Jesús quiso pedir a su Iglesia que fuese venerado actualmente con culto especial (ib 340). Y ciertamente, ¿cómo podríamos ni imaginar un Corazón viviente, pero inmóvil? El latido del cora¬zón es uno de los signos característicos de la vida en el hombre. Sería un contrasentido venerar un Corazón inmovilizado por la gloria que posee, como muerto, con su preciosa sangre cuajada en perpetua inmovilidad. Fluye como signo del amor que la derramó por los hombres, precio de redención. Fluye a impulsos de los «plácidos e imperturbables latidos del divino Corazón». Aparte de que para hablar tiene que funcionar la respiración, exhalando aire con las palabras.

Si resumimos finalmente la condición gloriosa del cuerpo resucitado de Jesús de Nazaret, debemos decir que su cuerpo permanece inmutable en su nueva condición, y no necesita la renovación permanente, que tenía, como el nuestro, en su vida mortal. Sus células, tejidos y órganos son inmutables y perennes en su actividad, sin caducidad, envejecimiento, ni posibilidad de morir.

Los modernos descubrimientos de la fórmula genética del hombre y del animal, a partir de los guisantes de Mendel hasta la admirable «ingeniería genética actual», han hecho saber que hay algo individualizante en las células animales y humanas. Es el ADN o código genético individual, invariable en sí mismo, aunque en esta vida sujeto a determinadas posibles mutaciones, con 46 cromosomas en el hombre. Este código genético propio de Jesús en vida mortal ha de permanecer inmutable e intocado en su vida gloriosa, manteniendo el cromosoma o cromosomas (Y) propios de los rasgos y órganos masculinos. Es el cuerpo que fue recibido milagrosamente de la Virgen María en la concepción virginal; y tenía que ser un milagro, por ser imposible sin un milagro de mutación genética operado por el Espíritu Santo, que de una mujer nazca virginalmente un hombre .

Su carne y sangre son verdaderamente humanas, aunque hallan sometidas a nuevas condiciones del nuevo estado. Pero no es un fantasma, sino un hombre de carne y hueso (Lc 24 39), no una especie de ectoplasma espiritista, ni un fantasma de apariencia humana (Lc ib.). La expresión usada por san Pablo de «cuerpo espiritualizado» (pneumatikón) (1 Cor 15,44), no signi¬fica en modo alguno que su cuerpo no sea realmente de carne y hueso, contra la afirmación de Jesús citada en san Lucas, sino que es un cuerpo que se halla en un nuevo estado de la materia con nuevas condiciones. Tiene vida verdadera de cuerpo ani¬mado por un alma glorificada y beata sin condicionamientos tiene sentidos humanos, memoria e imaginación humana, movi¬mientos corpóreos, voz humana, figura de hombre en su con¬creto espacio corporal.

Su nueva condición gloriosa le comunica en forma habitual y permanente, dependiente de su voluntad, el esplendor de la cla¬ridad luminosa, la libertad de movimientos y desplazamientos a voluntad, la capacidad de penetrar a través de cuerpos, que en nuestro estado ordinario actual son macizos e impenetrables, y la inmutabilidad vital y con ella la plena inmortalidad. «Ha¬biendo resucitado Cristo de entre los muertos, ya no vuelve a morir, la muerte no le domina» (Rom 6, 9). Tales son las leyes que se deducen de lo que los evangelistas narran de Jesús resuci¬tado en sus apariciones de vida nueva.
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Beato Bernardo de Hoyos S.J., un beato para nuestro tiempo

Vida y misión apostólica (1711-1735)

La vida del padre Hoyos fue una vida oculta. Murió al comienzo de su «tercera probación», es decir, antes de que llegase a ser profeso con los últimos votos en la Com¬pañía.

Durante sus estudios vivió la experiencia del «despo¬sorio espiritual con Cristo».

Bernardo de Hoyos, a sus veinte años, se encuentra en lo que Santa Teresa llama las “sextas moradas”. La frase que Hoyos escribe en su Diario el 15 de agosto de 1731: “Yo soy Jesús de Bernardo, tú eres Bernardo de Jesús”, lo explica todo.

2.- La vocación de Bernardo de Hoyos

La vocación del padre Hoyos a este apostolado, por el que sería en España lo que fue para Francia santa Marga¬rita María de Alacoque, ocurriría en el año 1733.

3.- En la homilía de la beatificación, monseñor Angelo Amato

La beatificación del siervo de Dios Bernardo Francisco de Hoyos, de la Compañía de Jesús, supone una gran alegría para la Iglesia católica y, al mismo tiempo, un honor para España, tierra noble de santos y de mártires.

Significado de la beatificación del padre Bernardo Francisco de Hoyos?: un preclaro testimonio de la presencia en la Iglesia de sacerdotes santos – una exhorta a todos los consagrados y con¬sagradas del mundo, a vivir una existencia virtuosa, que sólo es posible como fruto de la gracia, que pro¬viene de los sacramentos de la reconciliación y de la Eucaristía - una invitación a los jóvenes cristianos permanecer firmes en sus buenos propósitos - a todos los fieles, nos ofrece un extraordinario mensaje de bondad y caridad. Él es un rayo del rostro Pascual de Cristo Resucitado. Él nos invita a confiar en el Corazón de Jesús, para obtener en ese copioso manantial el amor que debe animar nuestra vida de familia, nuestra vida social y nuestro trabajo. - Por último, el beato Bernardo recuerda que los bautizados estamos llamados a la santidad.

4.- Monseñor Renzo Fratini, nuncio de Su Santidad en España, con motivo de la beatificación de Bernardo de Hoyos

El P. Bernardo Francisco de Hoyos es una estrella fugaz, un jovencísimo sacerdote jesuíta, de 24 años, que cumplió en poco tiempo la preciosa misión que Jesús le confió mover los corazones al culto de su Sagrado Corazón, cuya «esencia, consiste en corresponder al infinito amor con que nos ama; y en reparar sus ofensas con cuantos obsequios puede inventar la piedad cristiana».
.Beato Bernardo de Hoyos S.J., un beato para nuestro tiempo


Vida y misión apostólica

1.- Datos sobre su vida

La vida del padre Hoyos fue una vida oculta. Murió al comienzo de su «tercera probación», es decir, antes de que llegase a ser profeso con los últimos votos en la Com¬pañía.

1711.- Bernardo Francisco de Hoyos nace en Torrelobatón el 20 de agosto. Acaba de terminar la Guerra de Sucesión y los Borbones se han instalado en España con la persona del rey Felipe V. El padre de Bernardo, Don Manuel de Hoyos, es el secretario del Ayuntamiento, y procede de la ciudad de Toro, mientras que su madre, Dña Francisca de Seña y Fuica, ha nacido y pasado su juventud en Medina del Campo.

¿Qué será de este niño que acaba de nacer a la sombra del gran castillo de Torrelobatón? En la primera biografía que se escribió de Bernardo de Hoyos, leemos: “Crió a Bernardo su madre con especial esmero y cuidado, diciendo algunas veces que tendría gravísimo escrúpulo del menor descuido, porque si perdía aquel hijo, le daba a conocer el cielo que le quitaba un gran santo”. (Vida I, cap 1, pár 2).

La infancia de Bernardo transcurrió sin novedad, como la de cualquier otro niño de Torrelobatón en aquel tiempo. Sí parece que le gustaba, de vez en cuando, subirse a un pequeño púlpito que había a la salida de la iglesia y desde allí repetía a la chiquillería lo que acababa de decir el cura. Poco más sabemos de sus travesuras de muchacho, que sin duda tuvo que hacerlas, dada su índole activa y su condición de liderazgo.

1721. A los diez años le envían sus padres a estudiar al colegio de los Jesuitas en Medina del Campo, el mismo colegio donde siglo y medio antes había estudiado San Juan de la Cruz. Vivía como alumno externo, ya que se hospedaba en cada de una tía suya. Si algo llamaba la atención en aquel muchachito de diez años era su deseo de aprender. Un deseo tan ardiente que le llevó un día a marcharse camino de Madrid, montado sobre un borriquillo. Iba en busca del que se consideraba entonces como el mejor colegio de todos: el Colegio imperial, del que le había hablado su tío Tomás, que vivía en Madrid.

Tras esta peligrosa aventura decidieron sus padres buscarle un colegio de gran prestigio y que, afortunadamente, no estaba lejos de Torrelobatón. En el colegio de estudios clásicos de Villagarcía pasará cuatro años, estudiando Gramática, Humanidades y Retórica. Formó parte de la Congregación Mariana, erigida en Villagarcía tan sólo unos años después de su fundación en Roma.

1726. A los quince años decide ser jesuita. Tras alguna oposición, primero por parte de sus padres que lo veían demasiado joven, y luego también por los Superiores de la Compañía, que lo veían por entonces débil de salud, supo encontrar Bernardo un gran valedor en el P. José Félix de Vargas, un anciano retirado a Villagarcía y que había ocupado puestos de alto gobierno en la Orden. Bernardo supo captarse la confianza y benevolencia de este Padre, logrando así su deseo. Este arte de saber captarse las voluntades de la gente será una de las cualidades que ayudará a Bernardo de Hoyos en su futura tarea de extender el culto al Sagrado Corazón.

Admitido en el Noviciado de Villagarcía en 1726, comenzará sus estudios de Filosofía dos años más tarde en la ciudad de Medina del Campo. Su estancia en esta ciudad se prolongará hasta octubre de 1731, en el que lo vemos ya entrar por la iglesia de lo que hoy es el Santuario de la Gran Promesa, en Valladolid.

Quedan dos años para que Bernardo, en 1733, reciba el encargo de extender por toda España el culto al Corazón de Jesucristo. ¿Qué ha sucedido en estos siete años que van de 1726, en que se mete jesuita, y 1733, en que recibe el “encargo” del Señor?

Bernardo Javier Hoyos fue conducido por la gracia de Dios por los caminos de una elevada vida mística. Este fue el motivo por el que sus superiores quisieron que co¬municase por escrito al padre Agustín de Cardaveraz los íntimos secretos de su vida espiritual, y que además la correspondencia entre ambos fuese siempre conocida por el padre Juan de Loyola.

La divina providencia dispuso así que aquel joven que moriría tan prontamente, y que no alcanzaría a publicar escrito alguno, pueda ser hoy conocido por las cartas que se conservaron en que el pa¬dre Cardaveraz respondía a sus consultas, y que son el principal testimonio de aquella elevada vida mística.

Durante sus estudios vivió la experiencia del «despo¬sorio espiritual con Cristo». Nadie sospecha las alturas por las que camina Bernardo, ya que exteriormente nada parece traslucirse de su camino interior. He aquí las palabras que re¬fiere haber oído dichas a él por Jesús:

«Alma escogida: yo te quiero por esposa... Igual es mi poder, mi grandeza, mi inmensidad, mi bondad, mis atri¬butos y mis perfecciones con las del Padre y el Espíritu Santo.
»Esto fue en nombre de la divinidad, y lo que sigue, de la humanidad santísima: yo soy Dios y Hombre; dotado, en cuanto hombre de todas las dotes correpondientes a mi dignidad... a mí se me ha entregado el mando de todo lo criado, siendo rey de todo ello.
»Esta hermosa máquina del universo con todas sus perfecciones me está sujeta como hacedor, en cuanto Dios y en cuanto heredero del cetro de Judá» (ob. cit., p. 125).

Al escribir esto en 1730, no había cumplido Bernar¬do Javier todavía diecinueve años y cursaba el tercer año de Filosofía. Es digno de notarse este texto por la conexión que siempre ha tenido el apostolado del Sagrado Corazón de Jesús con la afirmación del Reinado de Cristo en el mundo.


Lo cierto es que Bernardo de Hoyos, a sus veinte años, se encuentra en lo que Santa Teresa llama las “sextas moradas”. La frase que Hoyos escribe en su Diario el 15 de agosto de 1731: “Yo soy Jesús de Bernardo, tú eres Bernardo de Jesús”, lo explica todo.


2.- La vocación de Bernardo de Hoyos

La vocación del padre Hoyos a este apostolado, por el que sería en España lo que fue para Francia santa Marga¬rita María de Alacoque, ocurriría en el año 1733. La cer¬teza del llamamiento divino la expresaba así en carta al padre Juan de Loyola:

«Yo no se cómo me vienen estos pensamientos, por¬que yo discurro muy poco sobre esta materia y sin discur¬so —es decir, sin razonamiento propio— me lo hallo todo hecho» (p. 299).

Pero Dios había querido que el primer sentimiento de la voluntad divina viniese después de la lectura de unas páginas de la obra del padre Gallifet, el gran apóstol que en 1726 publicó en Roma su obra en latín Sobre el culto del sacrosanto corazón de Nuestro Dios y Señor Nues¬tro Jesucristo. El motivo de esta lectura fue el atender al ruego del padre Agustín de Cardaveraz que tenía que pro¬nunciar en la parroquia de San Antonio Abad de Bilbao un sermón en torno a la fiesta del Corpus Christi, y le pidió a Bernardo Javier le copiara algunos párrafos del primer capítulo de la obra.

Aquel gran teólogo del Corazón de Jesús argumenta¬ba, frente a los que ya entonces discutían sobre el origen de la devoción en «revelaciones privadas», que también la propia fiesta del Corpus había tenido su origen en las comunicaciones del Señor a santa Juliana de Falconieri, y apoyándose en esto defendía la autenticidad del mensaje contenido en los escritos de santa Margarita María de Alacoque.

Leyendo este libro descubre Bernardo la espiritualidad del Corazón de Jesús y queda impactado fuertemente, tan fuertemente que –recordando aquellos momentos- escribirá: “sentí en mi espíritu un extraordinario movimiento, fuerte, suave y nada arrebatado ni impetuoso, con el cual me fui luego al punto delante del Señor Sacramentado a ofrecerme a su Corazón, para cooperar cuanto pudiese, a lo menos con oraciones, a la extensión de su culto”

He aquí cómo refiere Bernardo Javier lo que Dios obró en él en ocasión de aquella lectura:

Día 3 de mayo (1733)
«Yo que no había oído jamás tal cosa, empecé a leer el origen del culto del Corazón de nuestro amor Jesús, y sentí en mi espíritu un extraordinario movimiento...»

Día 4 de mayo
«No pude echar de mí este pensamiento hasta que ado¬rando la mañana siguiente al Señor en la hostia consagra¬da me dijo clara e distintamente que quería, por mi me¬dio, extender el culto de su corazón para comunicar a muchos sus dones».

Día 5 de mayo
«Todo el día anduve con notables afectos al Corazón de Jesús, y ayer... repitióme la elección que había hecho de este indigno siervo suyo para adelantar su culto... que sería singular agrado suyo que esta provincia de su Com¬pañía tuviese oficio y celebrase la fiesta de su corazón...»

Día 10 de mayo
«El domingo pasado inmediato a la fiesta de nuestro San Miguel, después de comulgar sentí a mi lado este santo arcángel que me dijo cómo extender el culto del Corazón de Jesús por toda España y, más universalmen¬te, por toda la Iglesia, aunque llegará día en que esto suceda, ha de tener gravísimas dificultades, pero que se ven¬cerán; que él, como príncipe de la Iglesia, asistirá a la empresa...»

Día 14 de mayo: Ascensión del Señor
«Dióme a entender que no se me daban a gustar las riquezas de este corazón para mí sólo, sino para que por mí las gustasen otros. Pedí a toda la Santísima Trinidad la consecución de nuestros deseos. Y pidiendo esta fiesta en especialidad para España, en que ni aún memoria pa¬rece que hay de ella, me dijo Jesús: REINARE EN ESPA¬ÑA CON MAS VENERACIÓN QUE EN OTRAS MU¬CHAS PARTES (pp. 244 a 248).

Aunque el padre Agustín de Cardaveraz vivía, desde hacía muchos años, la espiritualidad del Corazón de Je¬sús, no se había sentido movido a difundirla en otros, y mucho menos a darla a conocer públicamente. En 1733, no había casi memoria de ella en España.


3.- Intensa labor apostólica para difundir la devoción al Corazón de Jesús

A Bernardo Javier Hoyos le daría la divina providen¬cia la oportunidad de cumplir el encargo recibido sólo en el período que va del mes de mayo de 1733 al mes de noviembre en 1735 en que había de morir. En aquel breve período el fervor de su acción, en especial por correspon¬dencia epistolar, iba a cambiar por completo la situación.

Persuadido Bernardo de que ésta es su tarea, se lanzará con todas sus fuerzas a cumplirla. Tiene tan sólo 22 años, es un simple estudiante de segundo curso de Teología; pero va a desarrollar una actividad inaudita.

Lo primero que hace Bernardo es elaborar un plan de acción en siete puntos muy concretos:
1) Ganarse a los jesuitas más influyentes
2) Publicar libros sobre esta devoción y culto
3) Difundir por doquier grabados y estampas
4) Extender por el pueblo fiel la novena al Corazón de Jesús
5) Lograr que los misioneros “populares” den a conocer esta devoción entre la gente.
6) Interesar a los Obispos de España para que pidan a la Santa Sede esta fiesta
7) Contactar con la familia real para conseguir el apoyo del rey ante la Santa Sede con vistas a obtener para España esta fiesta del Corazón de Jesús.

Pero ¿quién era él para llevar a cabo una tarea tan grande? El mismo escribirá que, ante tamaño encargo, “quedé algo turbado, viendo la improporción del instrumento y no ver medio para ello...” Sin embargo, siente que el Señor está con él dándole la fortaleza necesaria.

Esbozado el plan, cae en la cuenta de que –como en toda batalla- se necesita una vanguardia, pero también una retaguardia. La retaguardia estará formada principalmente por la Madre Ana María de la Concepción y sus religiosas cistercienses del convento de San Joaquín y Santa Ana. En una visita “muy larga y muy santa” que tiene con ella, “convinieron en que el negocio era muy arduo y que pedía muchas y fervorosas oraciones al mismo Sagrado Corazón de Jesús, y que se encontrarían muchas oposiciones”.

Para la vanguardia cuenta con el llamado “Grupo de los Cinco”: su director espiritual, el P. Juan de Loyola (47 años y fecundo escritor); Agustín de Cardaveraz, casi compañero suyo, buen predicador y pronto misionero popular en Guipúzcoa y Navarra, 30 años; Pedro Peñalosa, segoviano de 38 años, predicador y traductor de un libro del P. Croisset sobre el Sagrado Corazón; Juan Lorenzo Jiménez, compañero de estudios y entusiasta de Bernardo, 23 años; y, cerrando el grupo, el que tendrá mayor influjo en la extensión del culto al Sagrado Corazón: el famoso misionero popular Pedro de Calatayud, que dará “misiones” por toda España y Portugal, hablando de esta devoción y creando las primeras Cofradías del Corazón de Jesús. Tenía entonces 44 años.

Lo primero que hacen es consagrarse privadamente al Corazón del Señor, empleando la misma fórmula que años antes habían utilizado San Claudio de la Colombiére y Santa Margarita Mª de Alacoque. Esa fórmula era como el juramento secreto del Grupo y sus señas de identidad. Por ello procurarán que quienes se les vayan adhiriendo, se consagren al Corazón de Jesús con la misma fórmula.

Pronto se adhieren y apoyan al Grupo antiguos Padres Provinciales, Rectores, Maestros de novicios... Bernardo poseía unas dotes de persuasión verdaderamente notables. Estar apoyados en aquellos momentos por gente de autoridad y de peso en la Provincia jesuítica de Castilla era importante, pero no bastaba.


4.- Libros sobre la devoción al Corazón de Jesús: El Tesoro escondido

En 1734 el jesuita Pedro Calatayud publicó en Mur¬cia un libro sobre Incendios sagrados del Corazón de Jesús en las almas devotas. Aquel mismo año apareció en Pamplona la traducción de la obra La devoción al Sa¬grado Corazón de Jesús, del jesuita francés Croiset, dis¬cípulo de san Claudio la Colombiére y que había tenido intensa comunicación epistolar con la propia santa Mar¬garita María de Alacoque. También por iniciativa de Ber¬nardo Javier, su director y amigo el padre Juan de Loyola publicó en Valladolid la primera edición de su libro: Te¬soro escondido en el secretísimo Corazón de Jesús des¬cubierto a nuestra España. Siguieron las ediciones de Barcelona (1735) y Madrid (1736).

La impresión del libro pasó muchas peripecias: primero lograr que Loyola lo escribiese..., después que pasara la censura de la Orden (nada fácil por tratarse de una devoción “nueva”, muy combatida incluso en el ambiente romano....). Se logró el visto bueno de la censura... (Bernardo respiró...!); pero el Provincial exigió que se llevara el libro a Roma para ser estudiado por los Censores de la Curia oficial de la Compañía de Jesús. Nuevo retraso... Pasa el tiempo y no llegan noticias (Bernardo se decide a pedirlo en la novena de la Gracia). Por fin llega la respuesta positiva de Roma. Todo parecía solucionado. Pero, inesperadamente, el Provincial niega el permiso de publicación del “Tesoro escondido”. ¿Razón? Acababa de salir un libro, publicado por el P. Calatayud, que trataba del Sagrado Corazón... En efecto, el P. Calatayud había escrito por entonces un librito titulado “Incendios de amor”. Hubo que demostrar al P. Provincial que aquel libro era de tipo oracional, meramente piadoso...y que apenas nada tenía que ver con el Tesoro escondido. Estudiado todo, al fin el Provincial da el deseado permiso de impresión. Bernardo lo lleva a la imprenta de la Universidad..., comienza ya a corregir las primeras pruebas...y ¡otra dilación más! El Rector de San Ambrosio le pide que vaya a acompañar a un compañero enfermo, que necesitaba tomar “los aires de su tierra” por prescripción médica. Tenía que marcharse con él al pueblo de Villerías. Más tarde dirá Bernardo que esa fue una de las obediencias que más le costaron en su vida.

Por fin, el 21 de octubre de 1734 Bernardo comulgó llevando oculto en la sotana el libro tan intensamente deseado del “Tesoro escondido”. Para él había procurado toda una serie de indulgencias, como se estilaba entonces, concedidas por algunos Obispos, entre ellos el Arzobispo de Burgos Don Manuel de Samaniego y Jaca, que incluso le costeó la edición. Ese ejemplar se conserva hoy en el Archivo de Loyola.

El libro estaba ya en la calle y pronto vendrían otras ediciones. En los cuatro años siguientes se editaría no menos de ocho veces. Realmente fue un “best seller” de la época

5.- Grabados, estampas, cofradías y primera novena del Corazón de Jesús

Pero el libro no bastaba. Mucha gente entonces no sabía leer ni escribir. Se necesitaba algo que les entrase por los ojos: los grabados, las estampas. Y Bernardo trajo de Roma miles de estampas; incluso logró adquirir la plancha con la que Miguel Sorelló, buen grabador, había estampado una de las primeras láminas que se conocen del Sagrado Corazón. Con ella se multiplicarían tanto las estampas-grabado del Corazón de Jesús que, no sin cierta exageración, llega a escribir el P. Loyola: “se podía decir seguramente que apenas hubo lugar ni pequeña aldea en toda España, donde no se adorase por este medio el Corazón de Jesús”.

Además de los grabados, Bernardo de Hoyos recurrió a las novenas, muy apreciadas en el siglo XVIII. Con vistas a una expansión masiva el P. Loyola publicará una novena que llegará no sólo a los conventos, sino también a no pocas parroquias de nuestra Patria. El procedimiento era muy sencillo. Se metía en un sobre una estampa del Corazón de Jesús y la novena, y en él se escribía: A N. N...que Dios guarde muchos años, en la ciudad (o villa) de N. Y si se enviaba a un convento, se añadía una nota que decía: “El que remite a Vd esta estampa y novena, le ruega se digne introducir en su santa comunidad la devoción al Corazón de Jesús, y suplica a todas las religiosas que comulguen todos los primeros viernes de mes”.

Sin duda que el medio más eficaz para extender la devoción y culto al Corazón de Jesucristo fueron las misiones populares. Y el gran paladín de ellas era el P. Pedro de Calatayud. Hombre pasional y ardiente, encendido en celo de las almas, fue un predicador incansable de esta devoción. Gracias a las Cofradías del Sagrado Corazón, que siempre fundaba al terminar las “misiones” para mantener el fruto espiritual de las mismas, logró Calatayud sembrar esta devoción en regiones enteras de España. La primera Cofradía la creó en Lorca (1734). Cuando nos habla de sus “misiones” en tierras asturianas (1736) dirá: “sólo en Asturias superan el centenar”.

Si el P. Calatayud fue el realizador de las Cofradías del Sagrado Corazón, Bernardo de Hoyos fue su inspirador. Así lo reconoce el mismo Padre cuando, recién muerto el P. Hoyos, escribe: “Lo que puedo decir es que...él fue el impulso y motor para que yo publicase esta devoción desde el púlpito; para que la insinuase a varias y muchas comunidades religiosas y la abrazasen muchas almas...., para que yo fundase las Congregaciones del Corazón de Jesús...”

Terminados sus estudios de teología, organizará Bernardo en el mes de Junio de 1735, entorno a la fiesta del Corpus, la que fue la primera novena pública al Sagrado Corazón en nuestra Patria. Tuvo lugar en la Capilla llamada “de las Congregaciones marianas”, ante un cuadro que el mismo Hoyos mandó pintar y que luego se trasladaría a una de las capillas de la iglesia (el actual Santuario). Aquella novena fue todo un éxito, no sólo por la numerosa gente que acudió a ella, sino sobre todo porque –escribe Bernardo-: “...el Corazón Sagrado del Salvador se ha dejado conocer y, a lo menos, ha abierto la puerta para que se pueda hablar francamente de su causa en los púlpitos...”.


6.- Últimas labores apostólicas y muerte

Quedaban aún pendientes dos tareas por realizar: contactar con los Obispos y con la familia real. Ambas logró Bernardo llevarlas a cabo, valiéndose de otras personas. Para con los Obispos el contacto fue el Arzobispo de Burgos, quien envió a cada uno de ellos un ejemplar del “Tesoro escondido” y la petición de que, unido a los demás, solicitase del Santo Padre la fiesta, misa y oficio del Sagrado Corazón.

Esta misma petición lograría Bernardo que la hiciese el rey Felipe V , por medio de su Embajador ante la Santa Sede. ¿Cómo lo consiguió? Por medio del confesor real. Lo era entonces un jesuita escocés, el P. Clarke. Bernardo se enteró de su estancia en el palacio de verano, en La Granja de San Ildefonso, y le faltó tiempo para escribir inmediatamente a su querido P. Loyola (Rector entonces en el colegio de Segovia) para que se pusiera en contacto con el jesuita escocés y éste con el Rey.

Pero ya antes de esto, había enviado Bernardo a la familia real unos ejemplares de su libro junto con algunas estampas. Conservamos la carta que Don Juan de Idiáquez, Conde de Salazar y Duque de Granada, escribe de parte de la familia real: “Sus Altezas los príncipes Don Fernando VI y Dña María de Braganza me mandan manifestar a V.R su especial estimación y gratitud por tan singular regalo”.

Iniciado el mes de septiembre de 1735, Bernardo de Hoyos que se había ordenado de sacerdote el primero de enero de ese año, se traslada al colegio de San Ignacio, en la misma ciudad de Valladolid, para hacer su Tercera Probación. No la pudo acabar. En el mes de noviembre enfermó de tifus y quince días más tarde moría, abrasado por la fiebre. Era el martes 29 de noviembre de 1735. Había vivido solamente 24 años, tres meses y nueve días; pero supo vivirlos a fondo!

Es aleccionador y estimulante advertir la plena conciencia que tenían aquellos primeros apóstoles del Corazón de Jesús en España de que estaban iniciando una obra que por designio divino tenía que fructificar definitiva y universalmente en España y en el mundo. La certeza de que serían vencidas todas las dificultades que el mismo. Señor les había anunciado, es también para nosotros un renovado mensaje. El reinado del Corazón de Jesús en España, prometido en 1733, se habrá ido cumpliendo no tanto en la pública consagración oficial al Sagrado Cora¬zón, sino también y muy especialmente en la semilla fecunda de los mártires de la gran persecución de los años 1936-1939, que fructificará sin duda en el futuro.



La Beatificación de Bernardo de Hoyos S.J.


1.- Congreso del Corazón de Jesús

Como preparación del acontecimiento, la semana precedente tuvo lugar en la facultad de Derecho de la Universidad vallisoletana el Congreso del Corazón de Jesús bajo el lema «Me mostró su Corazón. Bernardo de Hoyos, testigo de una promesa para nuestro mundo» De entre las ponencias del fin de semana a que pudimos asistir, destacamos la impactante exposición a cargo de Alicia Beauvisage, y del padre Eduardo Marot, ex rector del santuario de Paray-le-Monial, responsables de los viajes de las reliquias de santa Margarita alrededor del mundo, que expusieron sus experiencias de cómo el mensaje del Corazón de Jesús es aceptado, comprendido y correspondido, sin la menor dificultad, por toda clase de personas, pueblos y razas. Seguidamente, el padre Máximo Pérez S.J., presentó una precisa síntesis biográfica del padre Hoyos. La clausura estuvo a cargo de monseñor Angelo Amato, con la ponencia titulada: «"Nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien quiera dar a conocer". El Corazón de Cristo y su amor redentor».

2.- Vigilia Juvenil de adoración en el templo de la Gran Promesa

En la noche de la víspera de la beatificación monseñor Francisco Cerro, obispo de Coria-Cáceres, presidió la vigilia juvenil de adoración en el Templo de la Gran Promesa, abarrotado de jóvenes, en que tras la proyección de un inspirado vídeo del nuevo Beato, glosó sus palabras al Corazón de Jesús, momentos antes de recib Gran Promesa: «Este es mi descanso para siempre, moraré en él, porque lo he elegido». Numerosos jóvenes se sucedieron en turnos de adoración hasta el rezo de Laudes al amanecer.


3.- El acto de la beatificación, actualización anticipo de la promesa de su reinado

Hace 62 años, el 22 de mayo de 1948, en la conmemoración del 25 aniversario de la con¬sagración de la ciudad de Valladolid al Corazón de Jesús y la entronización de la imagen del Corazón de Jesús sobre la torre de su catedral metropolitana, el entonces arzobispo monseñor Antonio García recibía del Vaticano el siguiente telegrama: «Excmo. y Rvdmo. Señor, el Santo Padre [Pío XII] pide al Corazón Divino de Jesús, que en la capital de esa Archidiócesis tiene un foco de luz y de amor.... que se realice en ella, antes que en otras partes, la promesa de su reinado». J. B. Montini, Substituto. Secretaría de Estado. El firmante sería luego papa Paulo VI.

En la mañana de este tercer domingo de Pascua, 18 de abril de 2010, los devotos del Sagrado Co¬razón, con ojos providencialistas, hemos podido contemplar el gran acontecimiento de la beatifi¬cación de su apóstol Bernardo, como el principio del cumplimiento de aquella petición del entonces Vicario de Cristo, y como confirmación de la plena vigencia de los designios del Corazón de Jesús de reinar en España que impulsaron al hoy silenciado gran arzobispo Remigio Gandásegui a consagrarle su diócesis y a erigirle su santuario de la Gran Promesa.

La plaza de Colón, donde se hallaba instalado el presbiterio, y la amplia avenida de Acera de Recoletos, estaban repletas de una multitud de más de veinte mil fieles. En repre¬sentación del Papa, el legado pontificio monseñor Angelo Amato presidió la Eucaristía. Con él se ha¬llaban el nuncio apostólico en España, el prepósito general de la Compañía de Jesús, el vicepostulador de la Causa padre Postigo, S.J.. y entre otros, el arzobispo de Toledo monseñor Braulio Rodríguez, el presidente de la Conferencia Episcopal Española monseñor Antonio María Rouco, numerosos obispos y representantes de congregaciones religiosas con el carisma del Corazón de Jesús, y en las primeras filas, diversas autoridades civiles y medio millar de sacerdotes.

Monseñor Amato iniciaba la celebración dicien¬do:

«El padre Hoyos es un rayo del rostro pascual del Cristo resucitado, que nos invita a confiar en el Corazón de Jesús, para obtener en ese copioso manantial el amor que debe animar nuestra vida de familia, nuestra vida social y nuestro trabajo».

Seguidamente, monseñor Ricardo Blázquez, arzobispo de Valladolid desde hacía apenas unas horas, tras leer una breve reseña biográfica del padre Hoyos, se dirigió al legado pontificio:

«Exce¬lencia, humildemente hemos pedido a Su Santidad Benedicto XVI que se digne inscribir en el número de los beatos al venerable siervo de Dios Bernardo Francisco de Hoyos».

En respuesta, el prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos dio lectura a la carta apostólica de Benedicto XVI:

«Acogiendo el deseo de nuestro hermano Ricardo Blázquez y de muchos hermanos en el episcopado y fieles, y después de haber consultado a la Congregación para las Causas de los Santos, concedemos que el venerable sierro de Dios, reli¬gioso, miembro de la Compañía de Jesús, testigo humilde del amor de Cristo y apóstol en la devoción del Corazón de Jesús, sea llamado beato y que su fiesta se puede asi celebrar el 29 de noviembre, día de su nacimiento para el cielo».

Un atronador aplauso entre ondear de estandartes y banderas siguió a estas autorizadas palabras del representante del Corazón de Jesús en la tierra, mientras el coro entonaba vibrante el «Christus vincit, Christus regnat, Christus imperat».

Tras el rito de beatificación y finalizada la Euca¬ristía, el arzobispo de Valladolid pidió la intercesión del nuevo Beato en nuestra actual situación socio-cultural «en la que se desatiende a Dios, e incluso se le declara indiferente a la vida humana. Como conclusión sonó por los altavoces el canto por distin¬tos coros diocesanos del tradicional himno del padre Hoyos. Al día siguiente, el presidente de la Conferencia Espiscopal Española, glosando el magnífico acto de la víspera, invitaba a sus miembros a comenzar la sesión con el canto del Oficio al Corazón de Jesús: Cor Iesu Sacratissimum, adveniat Regnum tuum... El beato Hoyos les inspiraba.


4.- Homilía de monseñor Angelo Amato

1. Queridos hermanos. La beatificación del siervo de Dios Bernardo Francisco de Hoyos (1711-1735), de la Compañía de Jesús, supone una gran alegría para la Iglesia católica y, al mismo tiempo, un honor para España, tierra noble de santos y de mártires. Aunque es verdad que su breve existencia terrena aconteció hace ya tres siglos, su fama de santidad ha sobrevivido los años difíciles de la supresión de la Compañía en 1773 y permanece todavía muy viva en España, en América Latina y lógicamente aquí, en Valladolid, al igual que en su pueblo natal. Son, además, muy numerosas las gracias obtenidas por su intercesión.

Si bien era pequeño de estatura y de delicada apariencia, el padre Hoyos es un gran testigo de la perfección cristiana, vivida con serenidad y ternura, pero con solidez y sin connotaciones pueriles. Fue un enamorado del Corazón de Jesús, cuya devoción predicó y propagó con todas las fuerzas de su amor y de su celo apostólico.

Ya desde el noviciado, cuando todavía tenía 15 años, recibió gracias espirituales extraordinarias que se intensificaron en los últimos años de su corta vida. Siendo joven estudiante de teología, el Señor le continuó enriqueciendo con visiones místicas espe¬ciales que le llevaron a difundir en España el culto público al Sagrado Corazón de Jesús. Pero Bernardo destacaba también por sus cualidades humanas poco comunes. De hecho, estaba dotado de una notable inteligencia, como lo demuestra el brillante resultado obtenido en la solemne disputa académica que tuvo lugar al final de sus estudios de filosofía.

Su originalidad espiritual consiste en la capaci¬dad de acoger, en armonía con la mística ignaciana, la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, según la impronta trazada por santa Margarita María de Alacoque.

Fue el primero, de hecho, en considerar la im¬portancia de esta devoción como un instrumento de santificación personal y de eficaz apostolado. La devoción al Sagrado Corazón no consiste en otra cosa sino en el culto al amor redentor de nuestro Salvador, cuya enseñanza se puede resumir en el único mandamiento del amor a Dios y al prójimo.

2. Con razón se le puede aplicar a nuestro Beato el íntimo diálogo entre Cristo Resucitado y san Pedro, que hemos leído en el Evangelio de hoy (Jn 21,15-17). Por tres veces Jesús dirige a Pedro la pregunta: «Simón, hijo de Juan, ¿me quieres más que éstos?». Y por tres veces, Pedro le responde: «Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero».

El beato Bernardo fue sometido al examen del amor durante toda su vida, pero sobre todo en los últi¬mos tiempos, cuando ya era sacerdote. Fiel miembro de la Compañía de Jesús, amaba a Cristo, su Señor, y sentía que era su bendito corazón el manantial de toda caridad. El Sagrado Corazón fue su verdadera escuela. Como el apóstol Juan, él reclinó su cabeza en el Corazón de Jesús, para contar al mundo la riqueza de este amor infinito.

Su entusiasmo por la devoción al Corazón de Jesús no se basaba en un sentimentalismo superfi¬cial, sino en una auténtica vivencia de caridad. La espiritualidad del Corazón de Jesús fue para él fuente de una cuádruple experiencia.

Fue primero y ante todo experiencia de transfi¬guración. Al poner su corazón junto al Corazón de Jesús, se convierte en un apóstol inflamado de cari¬dad. En el fuego, la leña se quema y da calor. En el Corazón de Jesús su corazón se quemaba de amor. Podía así repetir con san Pablo: «Ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí» (Gal 2,20).

Además, segundo, la espiritualidad del Sagrado Corazón significó para él una experiencia de acepta¬ción interior del sacrificio. El Corazón de Jesús es un corazón ensangrentado, traspasado y herido por los pecados y la traición de sus amigos y hermanos. Al beato Bernardo no le fue ahorrada la prueba dolorosa de la noche oscura y del gran abandono, que duró del 14-11-1728 al 17-4-1729.

En tercer lugar, la espiritualidad del Sagrado Co¬razón fue para nuestro beato una experiencia intensa de oración continua y de diálogo de amor. Escuchar el latido del Corazón de Cristo significa hablar con Jesús y así alcanzar la verdad de aquel que es la Verdad en persona.

Finalmente, la espiritualidad del Sagrado Corazón supuso para el beato Bernardo de Hoyos una experiencia de santificación. Él buscó en el Corazón de Cristo el alimento para su fe, la ayuda para su fide¬lidad sacerdotal, la creatividad para su apostolado y la alegría de su vida de gracia.


3. ¿Qué significado tiene hoy la beatificación del padre Bernardo Francisco de Hoyos? La respuesta es múltiple.

A nuestro parecer, tal acontecimiento eclesial es sobre todo un preclaro testimonio de la presencia en la Iglesia de sacerdotes santos. En este año sa¬cerdotal, nuestro beato dice a todos los sacerdotes del mundo una palabra de estímulo para vivir con alegría la sublime misión del anuncio del Evangelio, según el ejemplo de san Ignacio de Loyola, del Santo Cura de Ars, de san Juan Bosco, de san Damián de Veuster, el héroe de los leprosos de Molokaí, de san Pío de Pietrelcina.

En segundo lugar, como religioso, exhorta a sus hermanos, y también a todos los consagrados y con¬sagradas del mundo, a vivir una existencia virtuosa, que sólo es posible como fruto de la gracia, que pro¬viene de los sacramentos de la reconciliación y de la Eucaristía. Es posible superar la fragilidad humana y vivir en gracia sólo si permanecemos estrecha¬mente unidos al Corazón de Cristo y a su perdón y misericordia. No hay atajos ni caminos fáciles. Sin la gracia que brota del Sagrado Corazón de Jesús no se puede vivir la santidad.

Por otra parte, Bernardo de Hoyos, muerto cuando apenas contaba veinticuatro años, pocos meses después de haber sido ordenado sacerdote, es una invitación a los jóvenes cristianos permanecer firmes en sus buenos propósitos y es también un empuje para aquellos jóvenes que sienten que el Señor les llama a dar una respuesta generosa y definitiva.

A todos los fieles, además, el beato Bernardo nos ofrece un extraordinario mensaje de bondad y caridad. Él es un rayo del rostro Pascual de Cristo Resucitado. Él nos invita a confiar en el Corazón de Jesús, para obtener en ese copioso manantial el amor que debe animar nuestra vida de familia, nuestra vida social y nuestro trabajo.

Por último, el beato Bernardo recuerda que los bautizados estamos llamados a la santidad. La vocación de los discípulos, de hecho, es la santidad. «Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto». (Mt 5,48). Nuestro Beato nos exhorta a vivir «como conviene a los santos» (Ef 5,3). La santidad no debe ser exclusiva de los sacerdotes ni de los consagrados. Todos los cristianos estamos llamados a la plenitud del amor. La santidad de los laicos es hoy más necesaria que nunca para promover un estilo de vida más humano y para introducir en la sociedad terrena aquellas virtudes evangélicas que fa el bien y la verdad.

4. «Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios, y Dios en él» (1Jn 4,16). Como en el beato Bernardo, también Dios ha derramado en nosotros su amor por medio del Espíritu Santo que nos ha sido dado (Rm 5,5). Ayudados por su ejemplo e intercesión, hagamos crecer la caridad en nuestro corazón, como una buena semilla que da frutos buenos.

Para finalizar, queremos expresar nuestra gratitud al Santo Padre por el precioso regalo de esta Beatificación. El Papa ama mucho a España y a todos los españoles y reza para que vuestro pueblo continúe dando testigos ejemplares del Evangelio de Jesús como el beato Bernardo de Hoyos. Amén.



«En lo profundo del mensaje de la vida del nuevo beato percibimos la urgencia de una tarea que realizar y para la que Dios cuenta con nosotros»
Comunicado de monseñor Renzo Fratini, nuncio de Su Santidad en España, con motivo de la beatificación de Bernardo de Hoyos
EN estos primeros meses en que inicio la tarea que el Santo Padre me ha confiado al servi¬cio de la Iglesia que peregrina en España, es para mi ocasión de gran estímulo y esperanza la concurrencia de varias beatificaciones de hijos de esta querida nación. Veo en ello significada la poderosa acción del Espíritu Santo que actúa di¬versamente en cada caso enriqueciendo a la Iglesia universal, lo cual no puede sino revertir en bien de nuestras comunidades eclesiales.

El P. Bernardo Francisco de Hoyos es una estrella fugaz, un jovencísimo sacerdote jesuíta, de 24 años, que cumplió en poco tiempo la preciosa misión que Jesús le confió mover los corazones al culto de su Sagrado Corazón, cuya «esencia, consiste en corresponder al infinito amor con que nos ama; y en reparar sus ofensas con cuantos obsequios puede inventar la piedad cristiana».

El P. Hoyos vio el sentido de su vida desde aque¬llas palabras del salmo «¿Con qué pagaré el bien que me ha hecho?» (Sal 115). Su vida la considera una deuda de agradecimiento, una correspondencia al encendido amor del Verbo hecho carne que nos da todo bien entregando su vida por nosotros en la Cruz. Esa correspondencia la vive en la contem¬plación del sufrimiento del Corazón «traspasado por nuestras rebeliones» (Is 53, 5), en el espíritu de servicio y en el ejercicio de la humildad como nos dice su primer biógrafo: «se ejercitaba en los ofi¬cios humildes y en cuanto podía hacerle semejante al humilde Corazón de su amado Jesús, que estaba muy en lo más íntimo de su corazón».

De ahí nacía en el P. Hoyos el ímpetu del celo apostólico. Buscar el Reino de Cristo en la vida, en la sociedad humana, emprendiendo empresas vivifi¬cadas por el amor de Cristo, amigo de los hombres, que busca la amistad de las personas, dándonos la capacidad de contribuir en la obra de la creación con la bondad que sólo El puede derramar en nuestros corazones mediante el don de su Espíritu Santo.

En el culto al Corazón del Redentor nos vemos amados con un corazón de carne, exactamente como el nuestro menos en el pecado (Cf. Heb 4, 15). Es muy curioso comprobar que, precisamente cuando el hombre en los últimos siglos siente la tentación de experimentar su libertad como un derecho sub¬jetivo, sin referencias a la razón, a la objetividad de su naturaleza, se producen entonces como efecto las ideas bien de un Dios lejano que nos ha dejado a nuestra suerte sin intervenir en nuestra vida; o bien de un Dios a mi semejanza, donde proyecto lo que yo soy o me gusta, así como también una religión a la carta, donde mi compromiso lo mide lo que cada uno está dispuesto a aceptar según su particular criterio.
Es en este contexto donde la devoción al Corazón de Jesús aparece como un camino que nos conduce a lo auténtico, a sanear nuestra relación con Dios y con nuestros hermanos, a recuperar realmente el ámbito de la libertad que sólo se fortalece en la relación con Cristo. Como nos dicen los últimos pontífices, es en esa relación donde somos capaces de descubrir el fin y el sentido de nuestra vida, «a permanecer alejados de ciertas perversiones del corazón y a unir el amor filial a Dios con el amor al prójimo».

El conocimiento que el hombre encuentra en la fe le pone ante la realidad de ser amado por Dios. Este misterio, siendo inabarcable, le adviene como algo que le permite crecer, y le hace capaz de lo más grande, de entregarse totalmente sin esperar nada a cambio.

En lo profundo del mensaje de la vida del nuevo beato Bernardo Francisco de Hoyos percibimos la urgencia de una tarea que realizar y para la que Dios cuenta con nosotros. Esa tarea es un oficio de amor que tiene su fuente en el misterio de Cristo que trans¬forma nuestra propia vida. Como enseña el Santo Padre Benedicto XVI al hablar del culto al Corazón de Jesús con ocasión del quincuagésimo aniversario de la encíclica Hanrietis aquas:

«cuando practica¬mos este culto no sólo reconocemos con gratitud el amor de Dios, sino que seguimos abriéndonos a este amor de manera que nuestra vida quede cada vez más modelada por Él... la experiencia del amor surgida del culto del costado traspasado del Re¬dentor nos tutela ante el riesgo de replegarnos en nosotros mismos y nos hace más disponibles a una vida para los demás».

Hago un llamamiento en particular a los jóvenes. El P. Hoyos es un precioso testimonio de los que ellos más codician. Sí, existe un amor que es capaz de llenar completamente el corazón y de empeñarlo en una gran tarea cargada de ilusión, portadora de luz y esperanza a los hombres con la entrega propia vida. Ese amor es Cristo Jesús. Este jesuíta nos enseña cómo vivir la amistad con dándole el primer lugar en la vida.

Al felicitar a la Iglesia que peregrina en España y en particular a la archidiócesis de Valladolid y a la Compañía de Jesús, expreso mis mejores de que esta beatificación sea ocasión de renovar la apertura de nuestra voluntad a la de Dios para que «su Nombre sea santificado así en la tierra como en el cielo».
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