“EL MESIAS DE ISRAEL EN LOS EVANGELIOS”
La expectación del Mesías en los Evangelios
Llegamos ya al punto central del origen de la fe en la divinidad de Jesús.
Estos evangelios quieren darnos y nos dan los hechos y las palabras de Jesús, no precisamente en forma de una vida ordenada cronológicamente, sino a manera de un poderoso retrato de su personalidad a través de sus hechos y palabras. Sin embargo, son hechos reales y palabras verdaderas, como indica el propio Lucas en el prólogo de sus evangelios, que es tan conocido (Lc 1, 1-4) y en los Hechos apostólicos, donde testimonia su voluntad de narrar en evangelio “hechos y palabras” de Jesús (Ac 1, 1). Asimismo en Juan se da testimonio de contar cosas que han sido vistas y vividas (Jn 19, 35; 20, 8; 1Jn 1-3)
Queda, sin embargo, en todo caso, como ya hemos indicado, la pregunta de si estas palabras son o no fielmente redactadas, o si han sido modificadas al proclamar la fe de los propios escritores.
“La santa Madre Iglesia firme y constantemente han creído y cree que los cuatro evangelios, cuya historicidad afirma sin vacilar, comunican fielmente lo que Jesús Hijo de Dios hizo y enseñó realmente (Vaticano II, Dei Verbum, de la revelación, nº 19)
Ahora vamos a recoger de los textos evangélicos lo que de ellos dicen que Jesús hizo o dijo.
La expectación del Mesías en tiempo de Jesús
El Mesías anunciado en el Antiguo Testamento. Una grande esperanza había florecido desde el comienzo en el pueblo de Dios Israel.
Dios Padre anuncia a Adán y Eva, los desgraciados pecadores, que aquella guerra que la Serpiente del Mal ha emprendido en el paraíso contra el hombre y la mujer, terminará con la victoria de un Descendiente de la Mujer. Es el primer anuncio brillante del futuro Mesías o Rey vencedor, hombre verdadero y descendiente de una mujer de la raza adámica (Gal 4, 4)
“Pondré enemistades entre ti, oh Serpiente, y la Mujer, y entre tu descendencia y la suya. Este (Descendiente de la mujer) aplastará la cabeza, mientras tú pones asechanzas a su talón” (Gen 3, 14-15)
Cuando en Abraham queda concretado en un hombre el nuevo origen del pueblo elegido por Dios, anuncia Yahvéh que un descendiente del patriarca dominará el mundo como rey. Son las famosas promesas hechas a Abraham (Gn 12, 2-3; 13, 14-17; 18, 18; 22, 16-18 en el sacrificio de Isaac)
El profeta Natán, ya instaurado el reino de Israel en el rey David, anuncia al rey que el Mesías surgirá en su familia, y que su trono será permanente y aun eterno (2 Sam 7, 11-17; cf Lc 1, 32). Finalmente, la gran serie de profetas de Israel y de Judá, después de Salomón, pronunciará numerosos oráculos (…) sobre el futuro Mesías, Rey de Israel.
Mesías (palabra hebrea) significa, lo mismo que Cristo (palabra griega), el Ungido, que es el nombre dado a los reyes (Jn 1, 41). Pero además de Rey, este Mesías era concebido por los profetas como profeta y sacerdote. Era un Mesías religioso, además de político, y en realidad primaba sobre este aspecto aquél.
Entre los llamados con razón Salmos mesiánicos, porque anuncian al Mesías con notable claridad, varios cantan la realeza del Mesías-Rey (Sal 2, 6; 44, 71), y lo mismo debe decirse de algunos textos proféticos (Is 9, 6-7; Jer. 33, 14-14; Ez 17, 22-24; Dan 7, 13-14; Zac 9, 9)
El Mesías será , además, constituido por Yahvéh Juez de los hombres (Sal 2; Sal 71, 2) Y por él Dios hará una nueva Alianza santa con su pueblo (…) (Is 55, 3-4)
Se debe notar que el Mesías previsto por los profetas de Israel no era simplemente un Mesías político, Rey de Israel, como David o Salomón, sino que tenía un carácter religioso y aun trascendente. Su reino, según los profetas, será un reino de carácter profundamente religioso, una nueva alianza con Yahvéh, con nuevo culto y nuevo sacerdocio, nueva doctrina más perfecta, y tendrá carácter de universalidad y eternidad (los profetas anunciaron este Mesías religioso con nuevo sacerdocio y culto – Sal 2, 44; 109; Zac 6, 12-15; Jer 31, 31-40; Is 2, 1-5; 66, 19-23; Jer 3, 14-17; Mal 1, 11).
Signos de la expectación mesiánica en tiempo de Jesús
El tiempo en el que nació Jesús de Nazaret fue de expectación mesiánica universal, atestiguado por historiadores romano y judíos (1ª p. c. 1).
En primer lugar tenían presente la profecía de Jacob al morir bendiciendo a sus hijos (Gn 49, 10) “No faltará de Judá el cetro. Ni de entre sus pies el báculo. Hasta que venga aquel cuyo es. Y a él darán obediencia los pueblos”
El segundo apoyo para creer llegada la época mesiánica era el del nuevo templo de Jerusalén, edificado por Zorobabel después de la vuelta de Babilonia, tras el decreto de Ciro. Nuevamente tras las expoliaciones de Antíoco Epifanes, Judas Macabeo restauró el tempo en su culto y altar, profanado por Antíoco (1 Mac 4, 36 ss.),
La obra de restauración y engrandecimiento del Templo por Herodes, se continuaba en tiempo de Jesús, como lo muestra un pasaje de san Juan (Jn 2, 20), y no había de terminarse hasta el año 64, siendo de nuevo destruido por los romanos hasta los cimientos el año 70.
Y, en fin, tal vez el fundamento más directo de la expectación de Israel debía ser la célebre profecía de las setenta semanas de años del profeta Daniel, que tenían bien presente.
El anciano Simeón es una clara muestra de tal esperanza. Pues había recibido promesa divina, dice san Lucas, de que no moriría “sin haber visto antes al Cristo del Señor” (Lc 2, 26),
Los dos evangelistas de la infancia nos han dado otros datos de esta expectación. Pues en Lucas el ángel que aparece a los pastores les anuncia “un gozo grande para todo el pueblo: os ha nacido hoy en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo el Señor” (Lc 2, 11).
Investigaban el nacimiento del Cristo. Herodes recurrió a los escribas para obtener la respuesta sagrada, que era en Belén de Judá, y toda la escena muestra que en el ambiente existía la expectación.
Podemos afirmar que después de la construcción del nuevo Templo (…) el profetismo sólo da sus últimas luces en Malaquías (s V aC) y al final de la época persa los profetas Joel y Jonás (s. IV aC). No hay profetas en Israel desde hace cuatro siglos, cuando aparecen Juan Bautista y Jesús de Nazaret.
Hay otro dato significativo. Los libros sagrados han cesado de producirse desde hace como un siglo (…) Hasta la aparición del Bautista y de Jesús pasará un siglo sin ningún autor inspirado, y en realidad el prodigio de la Biblia judía ha terminado definitivamente. Ya no volverá a escribirse ningún libro más. El año 70, con la dispersión judía, acabará con toda esperanza, y el canon judía.
Supuesta tal interrupción sagrada de oráculos divinos, y especialmente de figuras proféticas desde hacía cuatro siglos, la aparición de Juan Bautista suscitó una inmensa conmoción popular. Hay la sospecha de que pueda ser el Cristo, el Mesías esperado (Jn 1, 20).
“¿Quién dicen las gentes que soy yo?” y la respuesta de los apóstoles anterior a la confesión de Pedro, sabemos que entre la gente había diversas y confusas opiniones sobre Jesús. Unos pensaban que podía ser Elías, cuya vuelta se esperaba, otros que un profeta (Mt 16, 14; Mc 8, 28; Lc 9, 19). Pero, en el fondo, la cuestión latente de su misterio era acerca de su mesianidad. Las turbas asombradas – antes sus milagros – decían “¿No será este el Hijo de David?” (Mt 12, 23).
Es Juan quien nos ha dejado la más concreta referencia a estas graves preguntas del pueblo que rodeaban a Jesús. En la fiesta de las Tiendas del segundo año de su predicación los rumores crecieron sobre él. Las gentes se preguntaban admiradas: “¿Cuando venga el Cristo hará más milagros que los que éste hace?” (Jn 7, 31), tanto que los fariseos y príncipes tomaron la decisión de prenderle (Jn 7, 32),
“Si tú eres el Cristo, dínoslo. ¿Hasta cuándo nos vas a tener en la duda?” (Jn 10, 24)
El propio Pilato dará testimonio de esta expectación diciendo: “Este, que es llamado del Cristo” (Mt 27, 17.22)
A esta conmoción popular podríamos referir más directamente el caso de la Samaritana, que narra Juan.
“¿Dónde hay que adorar a Dios, en Jerusalén o en Garizim, como creemos los samaritanos?”; y ante la profunda respuesta de Jesús trata de evadirse con esta apelación a la llegada próxima del Mesías: “Ya sé que viene el Mesías o Cristo. Cuando él venga, nos anunciará todas estas cosas” (Jn 4, 25)
Los demonios que él expulsaba de los posesos daban testimonio de su dignidad mesiánica (y aún más de la divina) diciendo: “Sé quién eres, Jesús de Nazaret, el Santo de Dios (Cristo)” (Mc 1, 24; Lc 4, 34), como en el caso de Cafarnaúm, primero de todos. O como en el de los Egrésanos que le proclaman “Hijo del Altísimo” (Lc 8, 28; Mc 5, 7; Mt 8, 29)
martes, 20 de noviembre de 2007
AULA: P. JUAN MANUEL IGARTUA S.J. - CURSO: “EL MESÍAS JESÚS DE NAZARET”
“EL MESIAS DE ISRAEL EN LOS EVANGELIOS”
Afirmaciones Mesiánicas de Jesús
En este capítulo nos proponemos recoger los testimonios puestos por los evangelios en boca del propio Jesús acerca de su mesianidad, de ser él aquel Mesías o Cristo que Israel esperaba.
La mesianidad quedará afirmada si se afirma de alguno de los títulos del Mesías, que hemos mencionado que Jesús se los atribuye de manera clara e ineludible. Entendemos siempre que el Mesías que Jesús afirma no es un Mesías político, sino religiosa y trascendente, sin que por ello identifiquemos esta mesianidad con la misma divinidad afirmada.
Al decir que Jesús afirma tal mesianidad, conforme al relato evangélico y su atribución de tales palabras a Jesús, todavía no queda confirmado que las hubiese dicho
Manifestaciones a sus discípulos
Según el evangelio de Juan, que da detalles muy precisos de los días que siguieron al bautismo de Jesús, después del testimonio del Bautista, Jesús debió manifestarse a sus principales y primeros discípulos, desde la entrevista personal con ellos, como Mesías de Israel.
Tales primeros discípulos fueron con certeza Andrés y su hermano Simón, que será Pedro (Jn1, 40-41). Ignoramos el nombre del acompañante de Andrés en el primer encuentro, pero en general, y con razón nos parece, los exegetas se inclinan por el autor del mismo evangelio, Juan el evangelista, quien parece haber callado su nombre propio por discreción.
Da muchos detalles, incluso detalla la hora del encuentro de Andrés y su acompañante con Jesús: “Era la hora décima aproximadamente”, es decir, como las cuatro de nuestro reloj, pues el día comenzaba a las seis de la mañana, y la hora nona eran las tres nuestras, en que Jesús murió.
Los cuatro primeros conocedores de Jesús fueron así las dos binas de apóstoles: Andrés-Pedro, Juan-Santiago el Mayor. Según el evangelista le siguieron Felipe, y traído por él Natanael, que es Bartolomé en la lista apostólica (Jn 1, 43-45)
Andrés y su compañero estuvieron con Jesús, siguiendo su amable invitación: “Venid a ver dónde vivo” (Jn 1, 39), y prolongaron la entrevista al menos hasta primeras horas de la noche. Aquellas horas imborrables fueron para ellos las del gran descubrimiento: “Hemos encontrado al Mesías”, dijo de sopetón Andrés a su hermano Simón (Jn 1, 41). ¿De dónde sacó tal convicción enérgicamente expresada? No hay otra respuesta que de la conversación con Jesús que les debió hacer ver su realidad mesiánica de algún modo convincente.
Felipe también, después de haber conocido a Jesús fue a hacer participante de su gran descubrimiento a su amigo Natanael, y se le comunicó de esta forma: “Hemos hallado a aquel de quien escribió Moisés en la Ley, y los Profetas, y es Jesús, el hijo de José de Nazaret” (Jn 1, 45)
Esta seguridad del hallazgo, trascendental para un israelita fiel, proviene sin duda de la entrevista que ha mantenido con el propio Jesús. El tercer testimonio, ya más directo, de la entrevista de Natanael con Jesús provoca la misma convicción en el nuevo interlocutor. Cuando le dice “Te he visto cuando estabas bajo la higuera”, causó tal estupor en el nuevo visitante que le hizo exclamar: “Maestro, Tú eres el Rey de Israel” (Jn 1, 49), es decir, el Cristo o Mesías esperado. Jesús no rechaza su confesión. Así el encuentro con los seis primeros discípulos que serán apóstoles está marcado por la revelación mesiánica hecho por Jesús a ellos.
En este mismo terreno del grupo de los apóstoles, pero ya constituidos en el grupo elegido, está enmarcada la célebre “confesión de Pedro”. Los tres sinópticos nos han dado de ella tres versiones algo diferentes en su mismo núcleo central, aunque coincidentes en el suceso. No vamos a tratar ahora del aspecto de confesión de la divinidad que aporta Mateo, y con el cual coincide Juan en su capítulo sexto, como veremos más adelante. Solamente examinamos el aspecto de confesión mesiánica del Cristo. (…) Al menos debemos convenir en que Pedro proclamó la mesianidad de Jesús, con estas palabras que son común denominador de los tres textos: “Tú eres el Cristo” (Mt 16, 16; Mc 8, 29; Lc 9, 20).
Es la breve fórmula de Marcos. Lucas añade una palabra, que quizás es decisiva: “El Cristo de Dios”. Es sabido que Mateo lleva la explicitación hasta la confesión de “Hijo de Dios”
Resultaría difícil negar que Jesús proclamó, según los evangelistas, al aceptar la declaración de Pedro, que él era el Cristo. En Marcos les prohíbe que lo vayan diciendo (Mc 8, 30), Lucas hace lo mismo, y Mateo pone en boca de Jesús una expresa y grande alabanza para Pedro por la confesión.
Todavía tenemos, en cuanto al grupo selecto de los Doce, palabras expresas de Jesús en los evangelios, que se refieren a su mesianidad.
En todos la pregunta de los apóstoles obtiene un mismo resultado, que es el anuncio de los sucesos de la caída de Jerusalén y del fin del mundo o segunda venida del Mesías en gloria.
El es el Cristo.
Manifestación a otras personas singulares
Encontramos en los evangelios que Jesús hizo la clara y determinada manifestación de ser el Cristo o Mesías esperado por Israel a otras personas particulares fuera del círculo apostólico, lo cual por cierto no pudo ser ignorado de los apóstoles que iban con él.
El primer caso notable es el de la mujer de Samaría en Juan. Es cierto que Juan con los otros apóstoles no oyó directamente la manifestación de Jesús, pues había ido al pueblo con sus compañeros para adquirir provisiones, dejando a Jesús solo junto al pozo de Jacob descansando. Pero la mujer después dio testimonio de esta revelación sorprendente recibida por ella, al convocar al pueblo para que acudiese a Jesús, quien permaneció así en contacto con el pueblo durante dos días (Jn 4, 40) y el resultado fue que le aceptaron como “Salvador del mundo” (Jn 4, 42).
Ella dijo, al parecer para disimular su perplejidad de conciencia descubierta: “Sé que viene el Mesías (o sea, advierte el evangelista, el Cristo). Cuando él venga nos explicará estas cosas”. Y Jesús le respondió: “Yo soy. El que hablo contigo” (Jn 4, 25-26). La mujer estupefacta dejó el cántaro junto al pozo y corrió al pueblo: “Me ha dicho todo lo que he hecho en mi vida. ¿No será éste el Cristo?” (Jn 2, 29).
El otro caso que nos presenta Juan es el de Marta en la resurrección de su hermano Lázaro, relato también admirablemente dramatizado en el diálogo y situaciones.
Jesús va a Betania muerto ya Lázaro (…) “Sí, Señor, yo he creído que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo, que has venido a este mundo” (…) Esta afirmación de Marta sobre la mesianidad de Jesús, y trascendente por lo que se añade, es plena y absoluta. Es un Mesías que ha venido de Dios, es el Mesías o Cristo.
Afirmaciones Mesiánicas de Jesús
En este capítulo nos proponemos recoger los testimonios puestos por los evangelios en boca del propio Jesús acerca de su mesianidad, de ser él aquel Mesías o Cristo que Israel esperaba.
La mesianidad quedará afirmada si se afirma de alguno de los títulos del Mesías, que hemos mencionado que Jesús se los atribuye de manera clara e ineludible. Entendemos siempre que el Mesías que Jesús afirma no es un Mesías político, sino religiosa y trascendente, sin que por ello identifiquemos esta mesianidad con la misma divinidad afirmada.
Al decir que Jesús afirma tal mesianidad, conforme al relato evangélico y su atribución de tales palabras a Jesús, todavía no queda confirmado que las hubiese dicho
Manifestaciones a sus discípulos
Según el evangelio de Juan, que da detalles muy precisos de los días que siguieron al bautismo de Jesús, después del testimonio del Bautista, Jesús debió manifestarse a sus principales y primeros discípulos, desde la entrevista personal con ellos, como Mesías de Israel.
Tales primeros discípulos fueron con certeza Andrés y su hermano Simón, que será Pedro (Jn1, 40-41). Ignoramos el nombre del acompañante de Andrés en el primer encuentro, pero en general, y con razón nos parece, los exegetas se inclinan por el autor del mismo evangelio, Juan el evangelista, quien parece haber callado su nombre propio por discreción.
Da muchos detalles, incluso detalla la hora del encuentro de Andrés y su acompañante con Jesús: “Era la hora décima aproximadamente”, es decir, como las cuatro de nuestro reloj, pues el día comenzaba a las seis de la mañana, y la hora nona eran las tres nuestras, en que Jesús murió.
Los cuatro primeros conocedores de Jesús fueron así las dos binas de apóstoles: Andrés-Pedro, Juan-Santiago el Mayor. Según el evangelista le siguieron Felipe, y traído por él Natanael, que es Bartolomé en la lista apostólica (Jn 1, 43-45)
Andrés y su compañero estuvieron con Jesús, siguiendo su amable invitación: “Venid a ver dónde vivo” (Jn 1, 39), y prolongaron la entrevista al menos hasta primeras horas de la noche. Aquellas horas imborrables fueron para ellos las del gran descubrimiento: “Hemos encontrado al Mesías”, dijo de sopetón Andrés a su hermano Simón (Jn 1, 41). ¿De dónde sacó tal convicción enérgicamente expresada? No hay otra respuesta que de la conversación con Jesús que les debió hacer ver su realidad mesiánica de algún modo convincente.
Felipe también, después de haber conocido a Jesús fue a hacer participante de su gran descubrimiento a su amigo Natanael, y se le comunicó de esta forma: “Hemos hallado a aquel de quien escribió Moisés en la Ley, y los Profetas, y es Jesús, el hijo de José de Nazaret” (Jn 1, 45)
Esta seguridad del hallazgo, trascendental para un israelita fiel, proviene sin duda de la entrevista que ha mantenido con el propio Jesús. El tercer testimonio, ya más directo, de la entrevista de Natanael con Jesús provoca la misma convicción en el nuevo interlocutor. Cuando le dice “Te he visto cuando estabas bajo la higuera”, causó tal estupor en el nuevo visitante que le hizo exclamar: “Maestro, Tú eres el Rey de Israel” (Jn 1, 49), es decir, el Cristo o Mesías esperado. Jesús no rechaza su confesión. Así el encuentro con los seis primeros discípulos que serán apóstoles está marcado por la revelación mesiánica hecho por Jesús a ellos.
En este mismo terreno del grupo de los apóstoles, pero ya constituidos en el grupo elegido, está enmarcada la célebre “confesión de Pedro”. Los tres sinópticos nos han dado de ella tres versiones algo diferentes en su mismo núcleo central, aunque coincidentes en el suceso. No vamos a tratar ahora del aspecto de confesión de la divinidad que aporta Mateo, y con el cual coincide Juan en su capítulo sexto, como veremos más adelante. Solamente examinamos el aspecto de confesión mesiánica del Cristo. (…) Al menos debemos convenir en que Pedro proclamó la mesianidad de Jesús, con estas palabras que son común denominador de los tres textos: “Tú eres el Cristo” (Mt 16, 16; Mc 8, 29; Lc 9, 20).
Es la breve fórmula de Marcos. Lucas añade una palabra, que quizás es decisiva: “El Cristo de Dios”. Es sabido que Mateo lleva la explicitación hasta la confesión de “Hijo de Dios”
Resultaría difícil negar que Jesús proclamó, según los evangelistas, al aceptar la declaración de Pedro, que él era el Cristo. En Marcos les prohíbe que lo vayan diciendo (Mc 8, 30), Lucas hace lo mismo, y Mateo pone en boca de Jesús una expresa y grande alabanza para Pedro por la confesión.
Todavía tenemos, en cuanto al grupo selecto de los Doce, palabras expresas de Jesús en los evangelios, que se refieren a su mesianidad.
En todos la pregunta de los apóstoles obtiene un mismo resultado, que es el anuncio de los sucesos de la caída de Jerusalén y del fin del mundo o segunda venida del Mesías en gloria.
El es el Cristo.
Manifestación a otras personas singulares
Encontramos en los evangelios que Jesús hizo la clara y determinada manifestación de ser el Cristo o Mesías esperado por Israel a otras personas particulares fuera del círculo apostólico, lo cual por cierto no pudo ser ignorado de los apóstoles que iban con él.
El primer caso notable es el de la mujer de Samaría en Juan. Es cierto que Juan con los otros apóstoles no oyó directamente la manifestación de Jesús, pues había ido al pueblo con sus compañeros para adquirir provisiones, dejando a Jesús solo junto al pozo de Jacob descansando. Pero la mujer después dio testimonio de esta revelación sorprendente recibida por ella, al convocar al pueblo para que acudiese a Jesús, quien permaneció así en contacto con el pueblo durante dos días (Jn 4, 40) y el resultado fue que le aceptaron como “Salvador del mundo” (Jn 4, 42).
Ella dijo, al parecer para disimular su perplejidad de conciencia descubierta: “Sé que viene el Mesías (o sea, advierte el evangelista, el Cristo). Cuando él venga nos explicará estas cosas”. Y Jesús le respondió: “Yo soy. El que hablo contigo” (Jn 4, 25-26). La mujer estupefacta dejó el cántaro junto al pozo y corrió al pueblo: “Me ha dicho todo lo que he hecho en mi vida. ¿No será éste el Cristo?” (Jn 2, 29).
El otro caso que nos presenta Juan es el de Marta en la resurrección de su hermano Lázaro, relato también admirablemente dramatizado en el diálogo y situaciones.
Jesús va a Betania muerto ya Lázaro (…) “Sí, Señor, yo he creído que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo, que has venido a este mundo” (…) Esta afirmación de Marta sobre la mesianidad de Jesús, y trascendente por lo que se añade, es plena y absoluta. Es un Mesías que ha venido de Dios, es el Mesías o Cristo.
AULA: P. JUAN MANUEL IGARTUA S.J. - CURSO: “EL MESÍAS JESÚS DE NAZARET”
“EL MESIAS DE ISRAEL EN LOS EVANGELIOS”
Los títulos mesiánicos en Jesús
El primer título implicado en el mismo nombre de Mesías o Cristo es el de Rey de Israel, Rey divino o enviado por Dios a Israel. Es evidente que uno de los temas predilectos de la predicación de Jesús fue el del Reino de Dios o Reino de los cielos, como lo llamó frecuentemente en sus parábolas.
El segundo título mesiánico que hemos presentado es el de “Hijo de David”. Jesús nunca se llamó a sí mismo el Hijo de David. Pero admitió que se le dirigiera este título por los que a él acudían. El caso más importante es el del ciego de Jericó. Marcos le ha dado el nombre de Bartimeo o hijo de Timeo. Al tener nombre personal y el lugar del suceso parece más claro que es un caso histórico. Tenemos el relato de Marcos, que coincide en lo principal con los otros. El ciego, que estaba mendigando al borde del camino que salía de Jericó, al oír que era Jesús el que pasaba, de quien ya había oído sin duda la fama de sus milagros, comenzó a clamar: “Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí” (Mc 10, 47; Mt 20, 30; Lc 18, 38). Jesús mandó llamarle, y al oír de sus labios que deseaba la curación de su ceguera, se la concedió. Si el ciego clamaba a Jesús con el título de “Hijo de David”, y fue atendido, se hace necesario pensar que Jesús aceptaba tal título mesiánico de labios del ciego.
En Mateo también la mujer cananea invoca a Jesús con el nombre de Hijo de David, y obtiene la curación de su hija (Mt 15, 22). Marcos sin embargo ha omitido en el relato esta invocación del título mesiánico (Mc 7, 24-30).
El tercer caso, común a los tres sinópticos, y el más relevante sin duda, es de la entrada gloriosa del día de los ramos en la ciudad de Jerusalén. (…) Llegó hasta el mismo templo, entrando en él como un rey triunfador acompañado por aquella multitud en el descenso del monte Olivote, y en la entras por la puerta de la ciudad y luego del templo. El clamor del pueblo, subyugado por los milagros realizado por Jesús era: “Bendito el que viene en nombre del Señor”, atestiguado por los tres evangelistas (Mt 21, 9; Mc 11, 10; Lc 19, 38).
Esta palabra pertenece al Salmo final del Hallel (117, 26), y es un Salmo que, según ha mostrado Jeremías, era el Salmo de la llegada del Mesías, cantado a coro por los de la ciudad y por los que llegaban, es un Salmo plenamente mesiánico de triunfo.
Mateo presenta el título mesiánico de “Hijo de David”, que es aclamado en Jesús (Mt 21, 9), título que parecen omitir Marcos y Lucas. Pero en realidad la han sustituido por un equivalente. Pues Marcos dice: “Bendito el que viene en nombre del Señor, bendito el Reino que viene de nuestro padre David” (Mc 11, 10); y Lucas hace también referencia a la entrada regia, diciendo: “Bendito el Rey que viene, en nombre del Señor” (Lc 19, 38). Todos convienen en que era aclamado como el rey de Israel enviado por el Señor, que era el Hijo de David. Jesús, además de haber provocado la manifestación, la aprueba expresamente frente a los fariseos que quieren apagarla. Les responde: “De la boca de los niños sacó Dios la alabanza” (Mt 21, 16), y “Si éstos se callasen hablarían las piedras” (Lc 19, 40). Tal voluntad aprobatoria de la alabanza en Jesús es una declaración expresa de ser adecuado el recibimiento y el título. El es el Hijo de David, él es el Rey de Israel, que viene en nombre del Señor, como enviado suyo. Es plena y total la confirmación.
Viene el tercer título mesiánico antes explicado, el de “Hijo del hombre”. Están conformes todos los intérpretes en notar que la utilización personal de este título es del mismo Jesús, que se designa con él misteriosamente de diversas maneras y en diversas ocasiones.
Nunca ha sido utilizado tal título por los propios evangelistas, ni siquiera por los escritos apostólicos. Siempre aparece en boca del mismo Jesús, y pueden numerarse hasta 82 citas de este tipo si incluimos los lugares paralelos. Si solo contamos los diversos quedan 51 textos, de ellos 38 en los sinópticos y 13 en Juan. Se hace necesario admitir que este título fue utilizado con mucha frecuencia por Jesús.
Utiliza el título para designarse a sí mismo en su vida cotidiana, como por ejemplo cuando afirma que no tiene lugar fijo para dormir (Mt 8, 20; Lc 9, 58), o se queja de ser acusado de comedor y bebedor injustamente (Mt 11, 19; Lc 7, 34)
De su muerte en cruz habla enigmáticamente como de una “exaltación, ser levantado en alto”, con el título de Hijo del hombre en Juan, expresión que provoca la respuesta del pueblo que le oía, el cual identifica el Hijo del hombre con el Cristo o Mesías, diciendo: “Sabemos por la Ley que el Cristo permanece eternamente. Pues ¿cómo dices tú: Es necesario que el Hijo del hombre sea alzado (en cruz)? ¿Quién es este Hijo del hombre? (Jn 12, 34). Precisamente Jesús había dicho de sí mismo: “Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre (…).” (Jn 12, 23-25.32)
También designa con el título misterioso la segunda venida para juzgar en numerosos textos. El Hijo del hombre será el juez de los hombres (…) La hora de esta venida es repentina, como el rayo, y desconocida para todos excepto para Dios (Mt 24, 27; Lc 17, 24; Mt 24, 44; Mc 13; 32; Lc 12, 40).
Para desvelar en profundidad el misterio del Hijo del hombre sería necesario aducir los textos más importantes, que se resuelven ya en implícita afirmación de divinidad; él perdona los pecados, él es dueño del sábado (Mt 9, 6; 12, 8). Dejaremos tales textos para los capítulos de afirmación de la divinidad en boca de Jesús. Pero otro texto muy importante del uso de la expresión “Hijo del hombre” por Jesús es el relativo a la eucaristía.
“¿Cómo puede este darnos a comer su carne?” (Jn 6, 52). Jesús les dijo: “En verdad en verdad (Amén, amén) os digo si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre no tendréis vida en vosotros” (6, 53). La solemne forma de juramento propia de Jesús, y la realidad del hecho del escándalo de discípulos suyos, entre los cuales estaba Judas, persuaden de la realidad histórica de estas referencias. Todavía frente a esta rebeldía dirá en seguida: “¿Esto os escandaliza? ¿Y si viereis al Hijo del hombre que sube a donde estaba antes?” (6, 62). Todo esto muestra que el valor dado a la expresión “Hijo del hombre” es totalmente trascendente, pues llega a referirlo a una existencia anterior.
Consta claramente aquí que en Juan este Hijo del hombre es el propio Jesús, pues dice repetidas veces en primera persona que él mismo es este pan de vida: “Yo soy el pan de vida”, y esto precisamente es lo que origina la murmuración creciente, y que han de comer y beber su propia carne y su propia sangre, declarando con mayora firmeza el punto de la dificultad, y ello a continuación de decir lo del Hijo del hombre (6, 54-56)
Un tercer relato de los de gran dramatismo en Juan, después de los dos ya señalados de la Samaritana y de Marta en la resurrección de Lázaro, se nos ofrece en relación con el título Hijo del hombre, y es el del ciego de nacimiento, uno de las más brillantes y logrados de Juan, bastando con mencionar que una vez curado el ciego, y de que éste ha declarado ante los sacerdotes del templo y autoridades terminando su declaración con el terrible sarcasmo que les exaspera: “¿También vosotros queréis haceros discípulos suyos?” (Jn 9, 27) (…) Jesús le dice: “Tú crees en el Hijo del hombre?” (9, 35). Hay dos variantes de este texto en los códices. Una dice Hijo de Dios, otra Hijo del hombre.
El ciego responde humilde a su bienhechor a quien no conoce, pero de quien ha oído muchas cosas. Dice: “¿Quién es, Señor, para que crea en él?”. Jesús hace la solemne declaración: “Le has visto ya, El que habla contigo ése es” (9, 37)
Testimonios mesiánicos: milagros y posesos
Cuando el Bautista envió dos discípulos a Jesús para preguntarle si era él aquel que Israel esperaba que había de venir, es decir, el Mesías, o si habían de esperar después de él a otro, del cual fuese el mismo Jesús precursor, Jesús realizó delante de los enviados asombrados diversos milagros, dice Lucas: “Curó delante de ellos a varios enfermos de llagas, de varias enfermedades, echó espíritus malos de otros, y devolvió a algunos ciegos la vista” (Lc 7, 21; Mt 11, 4)
Decid a Juan lo que habéis visto y oído. “Los ciegos, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, los pobres son evangelizados” (Mt 11, 4-5; Lc 7, 22).
Respecto a los testimonios que dieron de él los espíritus malos cuando salían de los posesos, aunque dejaremos el cuerpo principal de casos para el testimonio sobre la divinidad misma, aquí, acerca del título de Cristo o Mesías, debemos notar la actitud del propio Jesús en relación a tales manifestaciones.
Los títulos mesiánicos en Jesús
El primer título implicado en el mismo nombre de Mesías o Cristo es el de Rey de Israel, Rey divino o enviado por Dios a Israel. Es evidente que uno de los temas predilectos de la predicación de Jesús fue el del Reino de Dios o Reino de los cielos, como lo llamó frecuentemente en sus parábolas.
El segundo título mesiánico que hemos presentado es el de “Hijo de David”. Jesús nunca se llamó a sí mismo el Hijo de David. Pero admitió que se le dirigiera este título por los que a él acudían. El caso más importante es el del ciego de Jericó. Marcos le ha dado el nombre de Bartimeo o hijo de Timeo. Al tener nombre personal y el lugar del suceso parece más claro que es un caso histórico. Tenemos el relato de Marcos, que coincide en lo principal con los otros. El ciego, que estaba mendigando al borde del camino que salía de Jericó, al oír que era Jesús el que pasaba, de quien ya había oído sin duda la fama de sus milagros, comenzó a clamar: “Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí” (Mc 10, 47; Mt 20, 30; Lc 18, 38). Jesús mandó llamarle, y al oír de sus labios que deseaba la curación de su ceguera, se la concedió. Si el ciego clamaba a Jesús con el título de “Hijo de David”, y fue atendido, se hace necesario pensar que Jesús aceptaba tal título mesiánico de labios del ciego.
En Mateo también la mujer cananea invoca a Jesús con el nombre de Hijo de David, y obtiene la curación de su hija (Mt 15, 22). Marcos sin embargo ha omitido en el relato esta invocación del título mesiánico (Mc 7, 24-30).
El tercer caso, común a los tres sinópticos, y el más relevante sin duda, es de la entrada gloriosa del día de los ramos en la ciudad de Jerusalén. (…) Llegó hasta el mismo templo, entrando en él como un rey triunfador acompañado por aquella multitud en el descenso del monte Olivote, y en la entras por la puerta de la ciudad y luego del templo. El clamor del pueblo, subyugado por los milagros realizado por Jesús era: “Bendito el que viene en nombre del Señor”, atestiguado por los tres evangelistas (Mt 21, 9; Mc 11, 10; Lc 19, 38).
Esta palabra pertenece al Salmo final del Hallel (117, 26), y es un Salmo que, según ha mostrado Jeremías, era el Salmo de la llegada del Mesías, cantado a coro por los de la ciudad y por los que llegaban, es un Salmo plenamente mesiánico de triunfo.
Mateo presenta el título mesiánico de “Hijo de David”, que es aclamado en Jesús (Mt 21, 9), título que parecen omitir Marcos y Lucas. Pero en realidad la han sustituido por un equivalente. Pues Marcos dice: “Bendito el que viene en nombre del Señor, bendito el Reino que viene de nuestro padre David” (Mc 11, 10); y Lucas hace también referencia a la entrada regia, diciendo: “Bendito el Rey que viene, en nombre del Señor” (Lc 19, 38). Todos convienen en que era aclamado como el rey de Israel enviado por el Señor, que era el Hijo de David. Jesús, además de haber provocado la manifestación, la aprueba expresamente frente a los fariseos que quieren apagarla. Les responde: “De la boca de los niños sacó Dios la alabanza” (Mt 21, 16), y “Si éstos se callasen hablarían las piedras” (Lc 19, 40). Tal voluntad aprobatoria de la alabanza en Jesús es una declaración expresa de ser adecuado el recibimiento y el título. El es el Hijo de David, él es el Rey de Israel, que viene en nombre del Señor, como enviado suyo. Es plena y total la confirmación.
Viene el tercer título mesiánico antes explicado, el de “Hijo del hombre”. Están conformes todos los intérpretes en notar que la utilización personal de este título es del mismo Jesús, que se designa con él misteriosamente de diversas maneras y en diversas ocasiones.
Nunca ha sido utilizado tal título por los propios evangelistas, ni siquiera por los escritos apostólicos. Siempre aparece en boca del mismo Jesús, y pueden numerarse hasta 82 citas de este tipo si incluimos los lugares paralelos. Si solo contamos los diversos quedan 51 textos, de ellos 38 en los sinópticos y 13 en Juan. Se hace necesario admitir que este título fue utilizado con mucha frecuencia por Jesús.
Utiliza el título para designarse a sí mismo en su vida cotidiana, como por ejemplo cuando afirma que no tiene lugar fijo para dormir (Mt 8, 20; Lc 9, 58), o se queja de ser acusado de comedor y bebedor injustamente (Mt 11, 19; Lc 7, 34)
De su muerte en cruz habla enigmáticamente como de una “exaltación, ser levantado en alto”, con el título de Hijo del hombre en Juan, expresión que provoca la respuesta del pueblo que le oía, el cual identifica el Hijo del hombre con el Cristo o Mesías, diciendo: “Sabemos por la Ley que el Cristo permanece eternamente. Pues ¿cómo dices tú: Es necesario que el Hijo del hombre sea alzado (en cruz)? ¿Quién es este Hijo del hombre? (Jn 12, 34). Precisamente Jesús había dicho de sí mismo: “Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre (…).” (Jn 12, 23-25.32)
También designa con el título misterioso la segunda venida para juzgar en numerosos textos. El Hijo del hombre será el juez de los hombres (…) La hora de esta venida es repentina, como el rayo, y desconocida para todos excepto para Dios (Mt 24, 27; Lc 17, 24; Mt 24, 44; Mc 13; 32; Lc 12, 40).
Para desvelar en profundidad el misterio del Hijo del hombre sería necesario aducir los textos más importantes, que se resuelven ya en implícita afirmación de divinidad; él perdona los pecados, él es dueño del sábado (Mt 9, 6; 12, 8). Dejaremos tales textos para los capítulos de afirmación de la divinidad en boca de Jesús. Pero otro texto muy importante del uso de la expresión “Hijo del hombre” por Jesús es el relativo a la eucaristía.
“¿Cómo puede este darnos a comer su carne?” (Jn 6, 52). Jesús les dijo: “En verdad en verdad (Amén, amén) os digo si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre no tendréis vida en vosotros” (6, 53). La solemne forma de juramento propia de Jesús, y la realidad del hecho del escándalo de discípulos suyos, entre los cuales estaba Judas, persuaden de la realidad histórica de estas referencias. Todavía frente a esta rebeldía dirá en seguida: “¿Esto os escandaliza? ¿Y si viereis al Hijo del hombre que sube a donde estaba antes?” (6, 62). Todo esto muestra que el valor dado a la expresión “Hijo del hombre” es totalmente trascendente, pues llega a referirlo a una existencia anterior.
Consta claramente aquí que en Juan este Hijo del hombre es el propio Jesús, pues dice repetidas veces en primera persona que él mismo es este pan de vida: “Yo soy el pan de vida”, y esto precisamente es lo que origina la murmuración creciente, y que han de comer y beber su propia carne y su propia sangre, declarando con mayora firmeza el punto de la dificultad, y ello a continuación de decir lo del Hijo del hombre (6, 54-56)
Un tercer relato de los de gran dramatismo en Juan, después de los dos ya señalados de la Samaritana y de Marta en la resurrección de Lázaro, se nos ofrece en relación con el título Hijo del hombre, y es el del ciego de nacimiento, uno de las más brillantes y logrados de Juan, bastando con mencionar que una vez curado el ciego, y de que éste ha declarado ante los sacerdotes del templo y autoridades terminando su declaración con el terrible sarcasmo que les exaspera: “¿También vosotros queréis haceros discípulos suyos?” (Jn 9, 27) (…) Jesús le dice: “Tú crees en el Hijo del hombre?” (9, 35). Hay dos variantes de este texto en los códices. Una dice Hijo de Dios, otra Hijo del hombre.
El ciego responde humilde a su bienhechor a quien no conoce, pero de quien ha oído muchas cosas. Dice: “¿Quién es, Señor, para que crea en él?”. Jesús hace la solemne declaración: “Le has visto ya, El que habla contigo ése es” (9, 37)
Testimonios mesiánicos: milagros y posesos
Cuando el Bautista envió dos discípulos a Jesús para preguntarle si era él aquel que Israel esperaba que había de venir, es decir, el Mesías, o si habían de esperar después de él a otro, del cual fuese el mismo Jesús precursor, Jesús realizó delante de los enviados asombrados diversos milagros, dice Lucas: “Curó delante de ellos a varios enfermos de llagas, de varias enfermedades, echó espíritus malos de otros, y devolvió a algunos ciegos la vista” (Lc 7, 21; Mt 11, 4)
Decid a Juan lo que habéis visto y oído. “Los ciegos, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, los pobres son evangelizados” (Mt 11, 4-5; Lc 7, 22).
Respecto a los testimonios que dieron de él los espíritus malos cuando salían de los posesos, aunque dejaremos el cuerpo principal de casos para el testimonio sobre la divinidad misma, aquí, acerca del título de Cristo o Mesías, debemos notar la actitud del propio Jesús en relación a tales manifestaciones.
AULA: P. JUAN MANUEL IGARTUA S.J. - CURSO: “EL MESÍAS JESÚS DE NAZARET”
“EL MESIAS DE ISRAEL EN LOS EVANGELIOS”
El proceso de Jesús: el Sanedrín
La culminación del testimonio mesiánico de Jesús se produce ante el tribunal supremo de Israel, llamado el Sanedrín, presidido por el Sumo Sacerdote, que lo era este año Caifás, yerno del anterior Anás (Lc 3, 2). El testimonio de Jesús ante el Sanedrín adquiere todo su dramatismo de cuestión mesiánica, cuestión central en Israel. Hallamos la escena en los tres evangelios sinópticos, relatada de manera semejante, con algunas variantes de menor importancia. Juan no relata la escena, como no ha relatado algunas otras también de suma importancia en los sinópticos. La principal razón de omitirlas parece ser precisamente el haber sido conocidas en la iglesia por aquellos evangelios de manera clara.
Juan en su evangelio presenta ya a los judíos acosando a Jesús en la fiesta de las Encenias, en el invierno anterior a la Pascua en que iba a morir (Jn 10, 22-23), con la pregunta clave: ¿Eres el Cristo? “Si eres el Cristo dínoslo. ¿Hasta cuando va a tenernos en suspenso? Dínoslo claramente” (Jn 10, 24)
La gran preocupación de los enemigos oficiales de Jesús en estos meses anteriores a su muerte y al juicio del Sanedrín era ésta. La respuesta de Jesús, por lo demás sin afirmar, fue suficientemente abierta: “Os lo he dicho y no me creéis” (Jn 10, 25). Jesús, pues, en su respuesta, según Juan, había ya confirmado en público su pretensión mesiánica.
La primera cuestión planteada era: ¿Eres el Cristo o Mesías esperado? ¿Te tienes por tal?. La pregunta se hacía, señala Juan, en el invierno que precedía a la última Pascua de la muerte.
Trajeron testigos para la acusación formal (en el tribunal) y sin duda querían testimonios de esta pretensión mesiánica. Pero los testigos no fueron constantes o concordes (…)
Entonces entró directamente en acción el mismo Sumo Sacerdote, Caifás, enfrentado autoritariamente al reo, le conminó a declarar este punto clave. El silencio de Jesús ante los testimonios aducidos contra él, que no han conseguido llevar a la confesión del propio reo, le obliga a plantear la pregunta.
Mt (26, 63-64) – “Dinos si tú eres el Cristo, el Hijo de Dios”. “Tú lo has dicho”
Mc (14, 61-62) – “¿Eres tú el Cristo, el Hijo del Bendito (Dios)”. “Yo soy”
Lc (22, 66-67) – Si tú eres el Cristo, dínoslo”. “Si os lo digo no me creeréis”.
Advertimos que Mateo y Marcos han unido en la pregunta del Sumo Sacerdote la doble cuestión del Cristo y del Hijo de Dios. Lucas, quizás con más crítica, ha puesto separadas ambas cuestiones. Para él primero fueron los sacerdotes del Consejo quienes plantearon la pregunta del Cristo, y luego el Sumo Sacerdote la del Hijo de Dios, a la cual da Jesús respuesta positiva. Pero también en Lucas, como se ve, a la del Cristo da suficiente respuesta con su aparente evasiva: “Si os lo digo no me creeréis”. Pues es claro que si lo hubiese negado le hubiesen creído todos, y el juicio podía haber acabado allí.
Se pueden ver, en la presentación de las tres frases que hemos transcrito, una diferencia de Lucas con los otros dos. Pues Lucas solamente propone en esta pregunta la cuestión del título de Cristo o Mesías, y los otros dos la han profundizado añadiéndole el elemento de divinidad, al decir, “el Cristo, el Hijo de Dios” (Mt), y “el Cristo, el Hijo del Bendito (Dios)” (Mc)
Basta que retengamos ahora que la pregunta capital del juicio encerraba como elemento primero básico la de “el Cristo”. Aunque, por lo dicho, los tres proponen este mesianismo con profundidad trascendente.
En resumen dejamos sentado que Jesús, según los tres evangelistas, ha afirmado ser el Cristo en la pregunta oficial y jurídica que se le ha propuesto en nombre de la autoridad religiosa. Sabía que era causa de muerte segura en tal ambiente para él, principalmente porque iba doblada con la referente al origen divino. No ha vacilado ante la muerte, y ha dado testimonio a su propia verdad.
Los evangelistas, después de este juicio previo al de Pilato, nos presentan a los sacerdotes llevando la acusación de la proclamación de “el Cristo”, o sea “el rey” de Israel, ante el tribunal político y civil. En la custodia en que los guardianes le vendaron los ojos, y jugando a un juego miserable le daban bofetones y golpes diciendo: “Profetiza, Cristo, ¿quién te ha herido?.
Ya al pie de la cruz, y obtenido el triunfo de la crucifixión pública, los sacerdotes son presentados ironizando entre sí con el título de Cristo o Rey: “El Cristo, el Rey de Israel, que baje de las cruz para que veamos y creamos” (Mc 15, 32; Mt 27, 42)
Aparece pues con gran claridad la postura sacerdotal tanto en el juicio como después de él, haciendo cuestión central de la afirmación de ser el Cristo o Mesías, que Jesús había formulado.
En realidad, a los sacerdotes no les bastaba para condenar a Jesús acusarle de proclamarse Cristo o Mesías, pues esta acusación la quisieron anular por su parte al pedir al procurador romano que modificase el título escrito de la condena, como veremos en seguida. Era el celeste trasfondo de su mesianismo lo que rechazaban. Era, en rigor, la proclamación de divinidad lo que condenaban, de la cual hablaremos mas adelante.
El proceso de Jesús: el Sanedrín
La culminación del testimonio mesiánico de Jesús se produce ante el tribunal supremo de Israel, llamado el Sanedrín, presidido por el Sumo Sacerdote, que lo era este año Caifás, yerno del anterior Anás (Lc 3, 2). El testimonio de Jesús ante el Sanedrín adquiere todo su dramatismo de cuestión mesiánica, cuestión central en Israel. Hallamos la escena en los tres evangelios sinópticos, relatada de manera semejante, con algunas variantes de menor importancia. Juan no relata la escena, como no ha relatado algunas otras también de suma importancia en los sinópticos. La principal razón de omitirlas parece ser precisamente el haber sido conocidas en la iglesia por aquellos evangelios de manera clara.
Juan en su evangelio presenta ya a los judíos acosando a Jesús en la fiesta de las Encenias, en el invierno anterior a la Pascua en que iba a morir (Jn 10, 22-23), con la pregunta clave: ¿Eres el Cristo? “Si eres el Cristo dínoslo. ¿Hasta cuando va a tenernos en suspenso? Dínoslo claramente” (Jn 10, 24)
La gran preocupación de los enemigos oficiales de Jesús en estos meses anteriores a su muerte y al juicio del Sanedrín era ésta. La respuesta de Jesús, por lo demás sin afirmar, fue suficientemente abierta: “Os lo he dicho y no me creéis” (Jn 10, 25). Jesús, pues, en su respuesta, según Juan, había ya confirmado en público su pretensión mesiánica.
La primera cuestión planteada era: ¿Eres el Cristo o Mesías esperado? ¿Te tienes por tal?. La pregunta se hacía, señala Juan, en el invierno que precedía a la última Pascua de la muerte.
Trajeron testigos para la acusación formal (en el tribunal) y sin duda querían testimonios de esta pretensión mesiánica. Pero los testigos no fueron constantes o concordes (…)
Entonces entró directamente en acción el mismo Sumo Sacerdote, Caifás, enfrentado autoritariamente al reo, le conminó a declarar este punto clave. El silencio de Jesús ante los testimonios aducidos contra él, que no han conseguido llevar a la confesión del propio reo, le obliga a plantear la pregunta.
Mt (26, 63-64) – “Dinos si tú eres el Cristo, el Hijo de Dios”. “Tú lo has dicho”
Mc (14, 61-62) – “¿Eres tú el Cristo, el Hijo del Bendito (Dios)”. “Yo soy”
Lc (22, 66-67) – Si tú eres el Cristo, dínoslo”. “Si os lo digo no me creeréis”.
Advertimos que Mateo y Marcos han unido en la pregunta del Sumo Sacerdote la doble cuestión del Cristo y del Hijo de Dios. Lucas, quizás con más crítica, ha puesto separadas ambas cuestiones. Para él primero fueron los sacerdotes del Consejo quienes plantearon la pregunta del Cristo, y luego el Sumo Sacerdote la del Hijo de Dios, a la cual da Jesús respuesta positiva. Pero también en Lucas, como se ve, a la del Cristo da suficiente respuesta con su aparente evasiva: “Si os lo digo no me creeréis”. Pues es claro que si lo hubiese negado le hubiesen creído todos, y el juicio podía haber acabado allí.
Se pueden ver, en la presentación de las tres frases que hemos transcrito, una diferencia de Lucas con los otros dos. Pues Lucas solamente propone en esta pregunta la cuestión del título de Cristo o Mesías, y los otros dos la han profundizado añadiéndole el elemento de divinidad, al decir, “el Cristo, el Hijo de Dios” (Mt), y “el Cristo, el Hijo del Bendito (Dios)” (Mc)
Basta que retengamos ahora que la pregunta capital del juicio encerraba como elemento primero básico la de “el Cristo”. Aunque, por lo dicho, los tres proponen este mesianismo con profundidad trascendente.
En resumen dejamos sentado que Jesús, según los tres evangelistas, ha afirmado ser el Cristo en la pregunta oficial y jurídica que se le ha propuesto en nombre de la autoridad religiosa. Sabía que era causa de muerte segura en tal ambiente para él, principalmente porque iba doblada con la referente al origen divino. No ha vacilado ante la muerte, y ha dado testimonio a su propia verdad.
Los evangelistas, después de este juicio previo al de Pilato, nos presentan a los sacerdotes llevando la acusación de la proclamación de “el Cristo”, o sea “el rey” de Israel, ante el tribunal político y civil. En la custodia en que los guardianes le vendaron los ojos, y jugando a un juego miserable le daban bofetones y golpes diciendo: “Profetiza, Cristo, ¿quién te ha herido?.
Ya al pie de la cruz, y obtenido el triunfo de la crucifixión pública, los sacerdotes son presentados ironizando entre sí con el título de Cristo o Rey: “El Cristo, el Rey de Israel, que baje de las cruz para que veamos y creamos” (Mc 15, 32; Mt 27, 42)
Aparece pues con gran claridad la postura sacerdotal tanto en el juicio como después de él, haciendo cuestión central de la afirmación de ser el Cristo o Mesías, que Jesús había formulado.
En realidad, a los sacerdotes no les bastaba para condenar a Jesús acusarle de proclamarse Cristo o Mesías, pues esta acusación la quisieron anular por su parte al pedir al procurador romano que modificase el título escrito de la condena, como veremos en seguida. Era el celeste trasfondo de su mesianismo lo que rechazaban. Era, en rigor, la proclamación de divinidad lo que condenaban, de la cual hablaremos mas adelante.
AULA: P. JUAN MANUEL IGARTUA S.J. - CURSO: “EL MESÍAS JESÚS DE NAZARET”
“EL MESIAS DE ISRAEL EN LOS EVANGELIOS”
El proceso político ante Pilato
La acusación de ser el Cristo, o proclamarse tal sin serlo, es la que llevan ante el gobernador romano para el juicio. En el fondo de la estrategia sacerdotal ante Pilato late desde el principio la formulación que harán, según Juan, en el momento decisivo: “Todo el que se hace a sí mismo rey se opone al emperador” (Jn 19, 12).
Consta así en los evangelios que la acusación formal ante Pilato, que los sacerdotes de común acuerdo plantearon, es la de mesianismo. El reo se ha proclamado rey de Israel al proclamarse Cristo. Lucas es el que mejor ha planteado la plenitud de la fórmula acusatoria: “Provoca la rebelión de nuestro pueblo, prohíbe dar tributo al César, y dice que él es el Cristo (o Rey)” Lc 23, 2; Mt 27, 11-14; Mc 15, 2-4). La triple acusación contenida en la fórmula es eficaz ante los romanos. Si la rebelión es la primera acusación, la prohibición de pagar el tributo es la segunda. Finalmente, la acusación de proclamarse rey, en la alucinación del mesianismo deseado y esperado, está en el fondo de todas estas actuaciones, como lo estará en la defensa desesperada que los celotes y judíos harán en Jerusalén contra Tito cuarenta años más tarde, y en el año 135, por última vez, en la rebelión de Bar-Kochebá, el Hijo mesiánico de la estrella. Es pues una acusación certeramente formulada para destruir a Jesús ante Pilato.
Por lo mismo, tomando el punto más grave de la acusación, Pilato hace la primera pregunta a Jesús sobre este punto: “¿Eres tú el Rey de los judíos?” (Mt 27, 11; Mc 15, 2; Lc 23, 3). La respuesta clara y terminante de Jesús fue rotunda: “Tú lo dices”, que equivale a la plena afirmación. Juan introduce la misma pregunta de Pilato (Jn 18, 38). Matiza luego la respuesta de Jesús, introduciendo un diálogo admirable, en el que Jesús advierte sutilmente al presidente que la acusación formulada por los judíos tiene doble sentido, y no precisamente el que Pilato supone. (…) Pilato hace la misma pregunta en Juan que en los sinópticos, y obtiene la misma respuesta afirmativa: “¿Luego eres rey?”, ya que confiesas tener un reino. “Tú lo dices, yo soy Rey”, es también aquí la respuesta de Jesús (Jn 18, 37)
Aquí introduce Lucas, único en esto, el episodio de Herodes, del que sin duda tiene testimonio por alguna fuente personal. Es un intento de Pilato de zafarse del problema, al oír la acusación de que la rebelión comenzó en Galilea, el lugar clásico de las rebeliones, de donde es originario Jesús en la creencia general, y donde ciertamente ha vivido y reclutado sus primeros discípulos. Ahora el asunto ha llegado ya a Judea y Jerusalén. Herodes, que era rey de Galilea bajo los romanos, se hallaba precisamente en Jerusalén aquellos días, seguramente por ser la Pascua (Lc 23, 6-7). Pero Herodes, ante el absoluto silencio de Jesús, cuyos labios no se despegaron una sola vez en el palacio del asesino del Bautista, tomó el asunto como cosa de ridículo, al verse envuelto en ello. Devolvió el preso a Pilato, con su opinión de que se trataba de un alucinado (…) Pilato recobró el preso y el problema.
La causa de Jesús no ofrecía base real para la acusación, sino solamente pretexto, que aprovecharon los sacerdotes. Jesús se declaró Cristo o Mesías, pero tuvo un gran cuidado en mostrarse ajeno a toda maniobra política. Desde el comienzo de su predicación la centró en la llegada del “Reino de Dios” o del “Reino de los cielos”. Hablaba de un reino espiritual, de obediencia a los mandamientos de Dios, de conversión del corazón, aunque trataba por esto mismo de un verdadero Reino de Dios en los hombres. Reino que tenía su “Rey”, el Cristo o Mesías, que se declaraba él mismo.
Por eso Jesús hubo de insistir en este caso en la diferencia de su reino con los humano-políticos: “Sabéis que los príncipes de las naciones dominan, y los mayores son los más poderosos. Entre vosotros no es así (…) El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir, y a entregar su vida” (Mt 20, 25-28; Mc 10, 42-45). Por todas estas causas, y con suma prudencia, Jesús rechazó el título de rey que le ofrecían. Pues la multitud, tras el admirable prodigio de la multiplicación de los panes, de tal magnitud por la multitud concentrada, clamaba que era “el profeta esperado en Israel, que había de venir al mundo” (Jn 6, 14), y en su entusiasmo por el Cristo o Mesías deseado y esperado le querían proclamar ya rey. Jesús declinó el peligro huyendo al monte en soledad (Jn 6, 15). Pilato conoce estas actitudes (Lc 23, 14-15).
Pilato se halló de nuevo con el problema entre las manos. El astuto procurador temía más a los propios fariseos y sacerdotes conociendo su fanatismo religioso. Y entonces comenzó los intentos de librar a Jesús de la acusación y condena, convencido de su inocencia.
Piensa Pilato en Barrabás (…) Presenta al pueblo el dilema de Jesús o Barrabás, el malhechor o bandido que aguardaba la condena. Piensa al recurrir al pueblo que éste, en su instinto religioso, preferirá siempre a Jesús.
Conoce el presidente la tumultuosa manifestación de los ramos, y los hosannas al “Hijo de David”, y el enfrentamiento de Jesús con los sacerdotes en el templo, arrojando a los vendedores fuera. Puesto que la multitud aclamaba a Jesús, la multitud el elegirá. Intenta una especie de referéndum popular. Propone la pregunta: “¿Quién queréis que os suelte, Barrabás o Jesús, llamado el Cristo?” (Mt 27, 17). Tanto Marcos como Juan sustituyen la palabra Cristo por la de “rey de los judíos”.
Al responder la turba con su grito unánime “persuadida por los sacerdotes”, principales responsables del grito (Mt 27, 20; Mc 15, 11), que preferían a Barrabás, todavía Pilato queriendo salvar su propio gesto, insistió con las mismas palabras ofreciendo la oportunidad de librar a los dos: “¿Y qué haré de Jesús, que es llamado el Cristo?” (Mt 27, 22) Ante el grito de la multitud “Crucifícale, crucifícale”, sólo sabe balbucir como una reflexión interior de su conciencia judicial: “¿Qué mal ha hecho?”
Ordena azotar a Jesús creyendo salvarle de la muerte por este medio. Después de cumplir el cruel oficio, los verdugos inventan un castigo superior (…) Trenzaron una corona de agudas espinas (…) El doloroso episodio, insólito quizás en los anales romanos, muestra de nuevo que el título en juego en el proceso era el de “rey de los judíos” o Mesías-Cristo. Pues impuesta la corona comenzaron con los golpes salvajes los burlescos saludos: “Salve, Rey de los judíos” (Mt 27, 29; Mc 15, 16; Jn 19, 3).
Al llegar el Presidente en busca del pobre reo, el espectáculo le conmovió profundamente al parecer. Lo sacó en esta mismas condiciones ante el pueblo, diciendo: “Mirad el hombre” (Jn 19, 5). Las palabras de Pilato muestran su conmoción humana. Por eso dice: “el hombre”. El nuevo grito, esta vez parece que de solos los sacerdotes y sus afines ante el silencio de sorpresa del pueblo (Jn 19, 6), se alzó como un muro ante Pilato: “Crucifícadle vosotros, que yo no encuentro causa”, y entonces adujeron los sacerdotes la acusación religiosa, la profunda y verdadera, que luego propondremos, sobre la pretensión divina de Jesús. El desconcierto de Pilato fue total. Entrando dentro con el reo comenzó un nuevo interrogatorio, respondido por Jesús con el silencio: “¿De dónde vienes tú?”, y amenazó con su autoridad para matar. Jesús responde. “Esa autoridad te ha sido dada de arriba. Por eso, mayor culpa tienen los que me han entregado a ti” (Jn 19, 8-11). La sublime excusa de Jesús en la cruz sobre la ignorancia de sus enemigos (Lc 23, 34), aquí cubre misericordiosamente a Pilato, pero no a ellos.
Los últimos intentos de Pilato por salvar a Jesús se producen ente la nueva dimensión divina que entrevé en el proceso, como estertores agónicos de su voluntad de salvarle, y por temor religioso. Al notarlo los sacerdotes vuelven a la acusación política (…) “Si sueltas a éste no eres amigo del Emperador, pues todo el que se hace rey a sí mismo se opone al César” (Jn 19, 12). Oída esta directa interpelación Pilato ha tomado su decisión a favor de su condición de funcionario, frente a su conciencia. Su irritación interior por su fracaso se torna en punzante ironía. Decís que se hace rey, pues bien: “Ahí tenéis a vuestro rey” (Jn 19, 14). El humano y conmovido “el hombre” se ha convertido en el irónico y dramático “el rey vuestro” (…) “¿A vuestro rey he de crucifiar?” – No tenemos más rey que el César” (Jn 19, 15). El drama se ha consumado en las conciencias de ellos como en la de Pilato. Este cede por temor político, ellos renuncian y se someten por afán de venganza. Queda así planteada la causa de Jesús en el dramático desarrollo del proceso como una causa mesiánica. Jesús será condenado como rey de los judíos, como Mesías y Cristo.
Declarada la sentencia, el título de la causa fue escrito según costumbre, para llevarlo al lugar del suplicio y ponerlo sobre el reo ajusticiado para conocimiento popular. En una tabla de madera es grabado el título de la causa en tres lenguas: en la línea superior en arameo o hebreo, en la siguiente en griego, en la inferior en latín. Las tres lenguas usadas en el país, la del pueblo palestino, la de la cultura genera, la de la justicia romana, son empleadas para público testimonio: “Jesús Nazareno Rey de los judíos”. El testimonio atravesará los siglos, y hará saber a todas las gentes que Jesús es, y se ha proclamado, “Rey de los judíos”, que significa Cristo-Mesías (Mt 27, 36; Mc 15, 26; Lc 23, 38; Jn 19, 19).
No escribas Rey de los judíos, sino que él ha dicho: Soy el Rey de los judíos”; pero el presidente (…) contestó secamente: “Lo escrito, escrito queda” (Jn 19, 21-22). Así ha llegado hasta nosotros, como un resto de sublime naufragio y tesoro de suprema arqueología, lo que quedó inscrito por la mano grosera de algún soldado o carpintero.
El proceso político ante Pilato
La acusación de ser el Cristo, o proclamarse tal sin serlo, es la que llevan ante el gobernador romano para el juicio. En el fondo de la estrategia sacerdotal ante Pilato late desde el principio la formulación que harán, según Juan, en el momento decisivo: “Todo el que se hace a sí mismo rey se opone al emperador” (Jn 19, 12).
Consta así en los evangelios que la acusación formal ante Pilato, que los sacerdotes de común acuerdo plantearon, es la de mesianismo. El reo se ha proclamado rey de Israel al proclamarse Cristo. Lucas es el que mejor ha planteado la plenitud de la fórmula acusatoria: “Provoca la rebelión de nuestro pueblo, prohíbe dar tributo al César, y dice que él es el Cristo (o Rey)” Lc 23, 2; Mt 27, 11-14; Mc 15, 2-4). La triple acusación contenida en la fórmula es eficaz ante los romanos. Si la rebelión es la primera acusación, la prohibición de pagar el tributo es la segunda. Finalmente, la acusación de proclamarse rey, en la alucinación del mesianismo deseado y esperado, está en el fondo de todas estas actuaciones, como lo estará en la defensa desesperada que los celotes y judíos harán en Jerusalén contra Tito cuarenta años más tarde, y en el año 135, por última vez, en la rebelión de Bar-Kochebá, el Hijo mesiánico de la estrella. Es pues una acusación certeramente formulada para destruir a Jesús ante Pilato.
Por lo mismo, tomando el punto más grave de la acusación, Pilato hace la primera pregunta a Jesús sobre este punto: “¿Eres tú el Rey de los judíos?” (Mt 27, 11; Mc 15, 2; Lc 23, 3). La respuesta clara y terminante de Jesús fue rotunda: “Tú lo dices”, que equivale a la plena afirmación. Juan introduce la misma pregunta de Pilato (Jn 18, 38). Matiza luego la respuesta de Jesús, introduciendo un diálogo admirable, en el que Jesús advierte sutilmente al presidente que la acusación formulada por los judíos tiene doble sentido, y no precisamente el que Pilato supone. (…) Pilato hace la misma pregunta en Juan que en los sinópticos, y obtiene la misma respuesta afirmativa: “¿Luego eres rey?”, ya que confiesas tener un reino. “Tú lo dices, yo soy Rey”, es también aquí la respuesta de Jesús (Jn 18, 37)
Aquí introduce Lucas, único en esto, el episodio de Herodes, del que sin duda tiene testimonio por alguna fuente personal. Es un intento de Pilato de zafarse del problema, al oír la acusación de que la rebelión comenzó en Galilea, el lugar clásico de las rebeliones, de donde es originario Jesús en la creencia general, y donde ciertamente ha vivido y reclutado sus primeros discípulos. Ahora el asunto ha llegado ya a Judea y Jerusalén. Herodes, que era rey de Galilea bajo los romanos, se hallaba precisamente en Jerusalén aquellos días, seguramente por ser la Pascua (Lc 23, 6-7). Pero Herodes, ante el absoluto silencio de Jesús, cuyos labios no se despegaron una sola vez en el palacio del asesino del Bautista, tomó el asunto como cosa de ridículo, al verse envuelto en ello. Devolvió el preso a Pilato, con su opinión de que se trataba de un alucinado (…) Pilato recobró el preso y el problema.
La causa de Jesús no ofrecía base real para la acusación, sino solamente pretexto, que aprovecharon los sacerdotes. Jesús se declaró Cristo o Mesías, pero tuvo un gran cuidado en mostrarse ajeno a toda maniobra política. Desde el comienzo de su predicación la centró en la llegada del “Reino de Dios” o del “Reino de los cielos”. Hablaba de un reino espiritual, de obediencia a los mandamientos de Dios, de conversión del corazón, aunque trataba por esto mismo de un verdadero Reino de Dios en los hombres. Reino que tenía su “Rey”, el Cristo o Mesías, que se declaraba él mismo.
Por eso Jesús hubo de insistir en este caso en la diferencia de su reino con los humano-políticos: “Sabéis que los príncipes de las naciones dominan, y los mayores son los más poderosos. Entre vosotros no es así (…) El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir, y a entregar su vida” (Mt 20, 25-28; Mc 10, 42-45). Por todas estas causas, y con suma prudencia, Jesús rechazó el título de rey que le ofrecían. Pues la multitud, tras el admirable prodigio de la multiplicación de los panes, de tal magnitud por la multitud concentrada, clamaba que era “el profeta esperado en Israel, que había de venir al mundo” (Jn 6, 14), y en su entusiasmo por el Cristo o Mesías deseado y esperado le querían proclamar ya rey. Jesús declinó el peligro huyendo al monte en soledad (Jn 6, 15). Pilato conoce estas actitudes (Lc 23, 14-15).
Pilato se halló de nuevo con el problema entre las manos. El astuto procurador temía más a los propios fariseos y sacerdotes conociendo su fanatismo religioso. Y entonces comenzó los intentos de librar a Jesús de la acusación y condena, convencido de su inocencia.
Piensa Pilato en Barrabás (…) Presenta al pueblo el dilema de Jesús o Barrabás, el malhechor o bandido que aguardaba la condena. Piensa al recurrir al pueblo que éste, en su instinto religioso, preferirá siempre a Jesús.
Conoce el presidente la tumultuosa manifestación de los ramos, y los hosannas al “Hijo de David”, y el enfrentamiento de Jesús con los sacerdotes en el templo, arrojando a los vendedores fuera. Puesto que la multitud aclamaba a Jesús, la multitud el elegirá. Intenta una especie de referéndum popular. Propone la pregunta: “¿Quién queréis que os suelte, Barrabás o Jesús, llamado el Cristo?” (Mt 27, 17). Tanto Marcos como Juan sustituyen la palabra Cristo por la de “rey de los judíos”.
Al responder la turba con su grito unánime “persuadida por los sacerdotes”, principales responsables del grito (Mt 27, 20; Mc 15, 11), que preferían a Barrabás, todavía Pilato queriendo salvar su propio gesto, insistió con las mismas palabras ofreciendo la oportunidad de librar a los dos: “¿Y qué haré de Jesús, que es llamado el Cristo?” (Mt 27, 22) Ante el grito de la multitud “Crucifícale, crucifícale”, sólo sabe balbucir como una reflexión interior de su conciencia judicial: “¿Qué mal ha hecho?”
Ordena azotar a Jesús creyendo salvarle de la muerte por este medio. Después de cumplir el cruel oficio, los verdugos inventan un castigo superior (…) Trenzaron una corona de agudas espinas (…) El doloroso episodio, insólito quizás en los anales romanos, muestra de nuevo que el título en juego en el proceso era el de “rey de los judíos” o Mesías-Cristo. Pues impuesta la corona comenzaron con los golpes salvajes los burlescos saludos: “Salve, Rey de los judíos” (Mt 27, 29; Mc 15, 16; Jn 19, 3).
Al llegar el Presidente en busca del pobre reo, el espectáculo le conmovió profundamente al parecer. Lo sacó en esta mismas condiciones ante el pueblo, diciendo: “Mirad el hombre” (Jn 19, 5). Las palabras de Pilato muestran su conmoción humana. Por eso dice: “el hombre”. El nuevo grito, esta vez parece que de solos los sacerdotes y sus afines ante el silencio de sorpresa del pueblo (Jn 19, 6), se alzó como un muro ante Pilato: “Crucifícadle vosotros, que yo no encuentro causa”, y entonces adujeron los sacerdotes la acusación religiosa, la profunda y verdadera, que luego propondremos, sobre la pretensión divina de Jesús. El desconcierto de Pilato fue total. Entrando dentro con el reo comenzó un nuevo interrogatorio, respondido por Jesús con el silencio: “¿De dónde vienes tú?”, y amenazó con su autoridad para matar. Jesús responde. “Esa autoridad te ha sido dada de arriba. Por eso, mayor culpa tienen los que me han entregado a ti” (Jn 19, 8-11). La sublime excusa de Jesús en la cruz sobre la ignorancia de sus enemigos (Lc 23, 34), aquí cubre misericordiosamente a Pilato, pero no a ellos.
Los últimos intentos de Pilato por salvar a Jesús se producen ente la nueva dimensión divina que entrevé en el proceso, como estertores agónicos de su voluntad de salvarle, y por temor religioso. Al notarlo los sacerdotes vuelven a la acusación política (…) “Si sueltas a éste no eres amigo del Emperador, pues todo el que se hace rey a sí mismo se opone al César” (Jn 19, 12). Oída esta directa interpelación Pilato ha tomado su decisión a favor de su condición de funcionario, frente a su conciencia. Su irritación interior por su fracaso se torna en punzante ironía. Decís que se hace rey, pues bien: “Ahí tenéis a vuestro rey” (Jn 19, 14). El humano y conmovido “el hombre” se ha convertido en el irónico y dramático “el rey vuestro” (…) “¿A vuestro rey he de crucifiar?” – No tenemos más rey que el César” (Jn 19, 15). El drama se ha consumado en las conciencias de ellos como en la de Pilato. Este cede por temor político, ellos renuncian y se someten por afán de venganza. Queda así planteada la causa de Jesús en el dramático desarrollo del proceso como una causa mesiánica. Jesús será condenado como rey de los judíos, como Mesías y Cristo.
Declarada la sentencia, el título de la causa fue escrito según costumbre, para llevarlo al lugar del suplicio y ponerlo sobre el reo ajusticiado para conocimiento popular. En una tabla de madera es grabado el título de la causa en tres lenguas: en la línea superior en arameo o hebreo, en la siguiente en griego, en la inferior en latín. Las tres lenguas usadas en el país, la del pueblo palestino, la de la cultura genera, la de la justicia romana, son empleadas para público testimonio: “Jesús Nazareno Rey de los judíos”. El testimonio atravesará los siglos, y hará saber a todas las gentes que Jesús es, y se ha proclamado, “Rey de los judíos”, que significa Cristo-Mesías (Mt 27, 36; Mc 15, 26; Lc 23, 38; Jn 19, 19).
No escribas Rey de los judíos, sino que él ha dicho: Soy el Rey de los judíos”; pero el presidente (…) contestó secamente: “Lo escrito, escrito queda” (Jn 19, 21-22). Así ha llegado hasta nosotros, como un resto de sublime naufragio y tesoro de suprema arqueología, lo que quedó inscrito por la mano grosera de algún soldado o carpintero.
AULA: P. JUAN MANUEL IGARTUA S.J. - CURSO: “EL MESÍAS JESÚS DE NAZARET”
“EL MESIAS DE ISRAEL EN LOS EVANGELIOS”
El cumplimiento de las Escrituras
Jesús se declara Mesías de Israel, el Cristo esperado. La esperanza del Mesías es el fondo mismo de la historia del pueblo judío. Esto se halla en los escritos sagrados del pueblo de Dios.
Aquí estamos tratando de las declaraciones mesiánicas del propio Jesús. Pero es claro que entre éstas deben ser contadas aquellas en las que Jesús, según los evangelios, menciona el AT como escritos referidos a él mismo.
Durante su vida ha declarado repetidas veces que en él se cumplen las Escrituras sagradas de Israel, lo cual equivale a proclamarse el Mesías esperado. En su apostolado llegó a la sinagoga de su pueblo de larga residencia y trabajo, Nazaret. Lucas ha propuesto al comienzo de su apostolado cuando regresa del bautismo de Juan a Galilea (Lc 4, 14). Le fue entregado para que lo leyese el libro del profeta Isaías, abriéndolo en el pasaje mesiánico en que se recuerda que sobre el Mesías está el Espíritu del Señor (Is 61, 1-2) Jesús se sentó para la explicación, y con los ojos de todo el pueblo fijos en su persona, comenzó tranquilamente su exegesis: “Hoy se ha cumplido esta escritura en vuestro oídos” (Lc 4, 21). En realidad acababa de proclamar: “Yo soy el Mesías”.
En Mateo Jesús se niega a defenderse en el huerto de los Olivos, cuando llegan a prenderle y Pedro, recordando un incidente de la cena, saca la espada para la defensa: “¿Cómo se cumplirían las Escrituras de que es necesario que esto suceda?” (Mt 26, 54). En la cena había hablado diciendo: “Es necesario que se cumpla lo que está escrito de mí: Ha sido contado entre los malhechores” (Lc 22, 37), en cuyo momento Pedro sacó su espada (…)
Juan es el que ha dado más vigorosos testimonios de la apelación mesiánica de Jesús a las Escrituras. La objeción puesta a Jesús para aceptar su título de Cristo era la creencia de que era Nazaret su lugar de origen, debiendo ser Belén conforme a la Escritura, pues el Mesías debía venir nacido de allí, y de Sion, no de Galilea (Jn 7, 41-42.52; cf Mt 2, 5-6; Jn 4, 22). Jesús arguye a los judíos que son precisamente las Escrituras las que dan testimonio del El: “Estudiad las Escrituras, y que pensáis tener en ellas la vida eterna. Son precisamente ellas las que dan testimonio de mí” (Jn 5, 39) (…) “Si leyeseis a Moisés, seguramente me creeríais a mí. Pues él escribió de mí” (Jn 5, 4). Y termina confirmando la aserción: “Pero si no creéis a sus escritos, ¿cómo vais a creer en mí?” (5, 47).
Al llegar a la pasión hará ver en los sucesos de ella el cumplimiento de la Escritura (…)
Después de la resurrección el propio resucitado hará exégesis, sin duda maravillosa, de lo dicho por Moisés (la Ley) y los profetas, o sea la Escritura, sobre él y los sucesos de su pasión y muerte. Lo hará ante los de Meaux en el camino, y sus corazones arderán con un fuego nuevo al oír su interpretación mesiánica de la Ley y los profetas (Lc 24, 27). Del mismo modo en su aparición ante los apóstoles en el relato lucano donde dice: “Tenían que cumplirse las cosas anunciadas sobre mí … así debía el Cristo padecer y resucitar al tercer día” (Lc 24, 44).
Luego, el resucitado les concedió el don de comprender las Escrituras y les añadió: “Así está escrito, que el Cristo debía padecer y resucitar al tercer día” (Lc 24, 45-46). Sería pues bastante obvio que recibamos de sus discípulos con especial reverencia los textos que ellos adujeron después sacados del A.T. para confirmar el mesianismo de Jesús, en particular cuando aparece clara su intención de dar una interpretación real del texto, que es lo más general. Para ellos en adelante las Escrituras fueron el lugar de apelación autorizada, por el don que habían recibido, y que hasta entonces no gozaban. Pues dice Juan al relatar su ida al sepulcro con Pedro, y su examen del sepulcro vacío y su estado: “Vio y creyó. Porque no conocían la Escritura sobre su resurrección” (Jn 20, 9). Y recordemos que Jesús, según JUna, se dispuso a morir y dijo: “Todo está consumado” sólo después de cumplir el último detalle anuciado por la Escritura: “Tengo sed”, y de dieron a beber vinagre” (Jn 19, 28; cfr. Sal 68, 22)
Conclusión mesiánica sobre las declaraciones de Jesús
De este capítulo se desprende, creemos que con claridad, que Jesús de Nazaret, según lo que los evangelios le atribuyen (y que por el momento no juzgamos críticamente en su realidad histórica), se declaró Mesías de Israel, el esperado. Juan Bautista lo había anunciado, Jesús lo confirmó. Ya ante sus propios apóstoles en privado, ya ante personas particulares como la Samaritana, el ciego de nacimiento o Marta de Betania, ya también en público de diversas formas ante los judíos. Se puede decir, en general, que su predicación y sus parábolas del reino de Dios, que son tan numerosas, así como los milagros realizados, a los que apela, son testimonios públicos de su mesianismo. También su apelación mesiánica a la Escritura.
Lo mismo muestra su aceptación solemne del título de Hijo de David, en el día de triunfo de los ramos. Y el título de Hijo de hombre, usado habitualmente por Jesús, pone de relieve su profundo conocimiento de la situación y del valor de tal título. Su afirmación mesiánica de ser el Cristo de Israel resplandece en el juicio ante el Sanedrín, al responder a la pregunta solemne del Sumo Sacerdote.
Luego, el proceso ante Pilato y el título de su condena, puesto en la cruz sobre su cabeza, dejan indubitable tal punto. Este título, además de por los evangelios que no podrían falsearlo con todo el proceso realizado, nos es confirmado por el testimonio de Tácito, el cual reconoce que fue ésta la causa de la acusación, dando así valor histórico reconocido extraevangélico al hecho: “Su fundador, llamado Cristo, fue condenado a muerte por el procurador Poncio Pilato, imperando Tiberio” (Annales, 15, 44). Fue condenado por ser el Cristo, o llamarse de ese modo. Tácito no podía ignorar que la palabra y nombre griego Cristo tiene la significación regia de “Ungido” o “Rey” en el Oriente. Confirma pues que Jesús fue condenado porque se atribuyó el título de Rey de los judíos”, que en la cruz se mostraba, y hubo de pasar a las Actas que Pilato remitió al emperador a Roma sobre el caso.
Poseemos un fragmento que puede legítimamente ser tenido por auténtico, del título mismo de la Cruz de Jesús. En él, en el relicario de la Basílica de Santa Croce de Gerusalmme, construido por Constantino, se puede ver todavía hoy (y el que escribe lo ha visto) la parte del letrero en dos lenguas completas (griego y latín), con las señales indudables de la hebrea que providencialmente incluyen precisamente la causa del proceso:
REY DE LOS JUDÍOS
El cumplimiento de las Escrituras
Jesús se declara Mesías de Israel, el Cristo esperado. La esperanza del Mesías es el fondo mismo de la historia del pueblo judío. Esto se halla en los escritos sagrados del pueblo de Dios.
Aquí estamos tratando de las declaraciones mesiánicas del propio Jesús. Pero es claro que entre éstas deben ser contadas aquellas en las que Jesús, según los evangelios, menciona el AT como escritos referidos a él mismo.
Durante su vida ha declarado repetidas veces que en él se cumplen las Escrituras sagradas de Israel, lo cual equivale a proclamarse el Mesías esperado. En su apostolado llegó a la sinagoga de su pueblo de larga residencia y trabajo, Nazaret. Lucas ha propuesto al comienzo de su apostolado cuando regresa del bautismo de Juan a Galilea (Lc 4, 14). Le fue entregado para que lo leyese el libro del profeta Isaías, abriéndolo en el pasaje mesiánico en que se recuerda que sobre el Mesías está el Espíritu del Señor (Is 61, 1-2) Jesús se sentó para la explicación, y con los ojos de todo el pueblo fijos en su persona, comenzó tranquilamente su exegesis: “Hoy se ha cumplido esta escritura en vuestro oídos” (Lc 4, 21). En realidad acababa de proclamar: “Yo soy el Mesías”.
En Mateo Jesús se niega a defenderse en el huerto de los Olivos, cuando llegan a prenderle y Pedro, recordando un incidente de la cena, saca la espada para la defensa: “¿Cómo se cumplirían las Escrituras de que es necesario que esto suceda?” (Mt 26, 54). En la cena había hablado diciendo: “Es necesario que se cumpla lo que está escrito de mí: Ha sido contado entre los malhechores” (Lc 22, 37), en cuyo momento Pedro sacó su espada (…)
Juan es el que ha dado más vigorosos testimonios de la apelación mesiánica de Jesús a las Escrituras. La objeción puesta a Jesús para aceptar su título de Cristo era la creencia de que era Nazaret su lugar de origen, debiendo ser Belén conforme a la Escritura, pues el Mesías debía venir nacido de allí, y de Sion, no de Galilea (Jn 7, 41-42.52; cf Mt 2, 5-6; Jn 4, 22). Jesús arguye a los judíos que son precisamente las Escrituras las que dan testimonio del El: “Estudiad las Escrituras, y que pensáis tener en ellas la vida eterna. Son precisamente ellas las que dan testimonio de mí” (Jn 5, 39) (…) “Si leyeseis a Moisés, seguramente me creeríais a mí. Pues él escribió de mí” (Jn 5, 4). Y termina confirmando la aserción: “Pero si no creéis a sus escritos, ¿cómo vais a creer en mí?” (5, 47).
Al llegar a la pasión hará ver en los sucesos de ella el cumplimiento de la Escritura (…)
Después de la resurrección el propio resucitado hará exégesis, sin duda maravillosa, de lo dicho por Moisés (la Ley) y los profetas, o sea la Escritura, sobre él y los sucesos de su pasión y muerte. Lo hará ante los de Meaux en el camino, y sus corazones arderán con un fuego nuevo al oír su interpretación mesiánica de la Ley y los profetas (Lc 24, 27). Del mismo modo en su aparición ante los apóstoles en el relato lucano donde dice: “Tenían que cumplirse las cosas anunciadas sobre mí … así debía el Cristo padecer y resucitar al tercer día” (Lc 24, 44).
Luego, el resucitado les concedió el don de comprender las Escrituras y les añadió: “Así está escrito, que el Cristo debía padecer y resucitar al tercer día” (Lc 24, 45-46). Sería pues bastante obvio que recibamos de sus discípulos con especial reverencia los textos que ellos adujeron después sacados del A.T. para confirmar el mesianismo de Jesús, en particular cuando aparece clara su intención de dar una interpretación real del texto, que es lo más general. Para ellos en adelante las Escrituras fueron el lugar de apelación autorizada, por el don que habían recibido, y que hasta entonces no gozaban. Pues dice Juan al relatar su ida al sepulcro con Pedro, y su examen del sepulcro vacío y su estado: “Vio y creyó. Porque no conocían la Escritura sobre su resurrección” (Jn 20, 9). Y recordemos que Jesús, según JUna, se dispuso a morir y dijo: “Todo está consumado” sólo después de cumplir el último detalle anuciado por la Escritura: “Tengo sed”, y de dieron a beber vinagre” (Jn 19, 28; cfr. Sal 68, 22)
Conclusión mesiánica sobre las declaraciones de Jesús
De este capítulo se desprende, creemos que con claridad, que Jesús de Nazaret, según lo que los evangelios le atribuyen (y que por el momento no juzgamos críticamente en su realidad histórica), se declaró Mesías de Israel, el esperado. Juan Bautista lo había anunciado, Jesús lo confirmó. Ya ante sus propios apóstoles en privado, ya ante personas particulares como la Samaritana, el ciego de nacimiento o Marta de Betania, ya también en público de diversas formas ante los judíos. Se puede decir, en general, que su predicación y sus parábolas del reino de Dios, que son tan numerosas, así como los milagros realizados, a los que apela, son testimonios públicos de su mesianismo. También su apelación mesiánica a la Escritura.
Lo mismo muestra su aceptación solemne del título de Hijo de David, en el día de triunfo de los ramos. Y el título de Hijo de hombre, usado habitualmente por Jesús, pone de relieve su profundo conocimiento de la situación y del valor de tal título. Su afirmación mesiánica de ser el Cristo de Israel resplandece en el juicio ante el Sanedrín, al responder a la pregunta solemne del Sumo Sacerdote.
Luego, el proceso ante Pilato y el título de su condena, puesto en la cruz sobre su cabeza, dejan indubitable tal punto. Este título, además de por los evangelios que no podrían falsearlo con todo el proceso realizado, nos es confirmado por el testimonio de Tácito, el cual reconoce que fue ésta la causa de la acusación, dando así valor histórico reconocido extraevangélico al hecho: “Su fundador, llamado Cristo, fue condenado a muerte por el procurador Poncio Pilato, imperando Tiberio” (Annales, 15, 44). Fue condenado por ser el Cristo, o llamarse de ese modo. Tácito no podía ignorar que la palabra y nombre griego Cristo tiene la significación regia de “Ungido” o “Rey” en el Oriente. Confirma pues que Jesús fue condenado porque se atribuyó el título de Rey de los judíos”, que en la cruz se mostraba, y hubo de pasar a las Actas que Pilato remitió al emperador a Roma sobre el caso.
Poseemos un fragmento que puede legítimamente ser tenido por auténtico, del título mismo de la Cruz de Jesús. En él, en el relicario de la Basílica de Santa Croce de Gerusalmme, construido por Constantino, se puede ver todavía hoy (y el que escribe lo ha visto) la parte del letrero en dos lenguas completas (griego y latín), con las señales indudables de la hebrea que providencialmente incluyen precisamente la causa del proceso:
REY DE LOS JUDÍOS
sábado, 3 de noviembre de 2007
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